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La amante cautiva primera parte


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CAPÍTULO VIII

Si bien Sable no volvió a provocar más escenas inquietantes, Nicole vivía en constante conflicto con su conciencia por lo que hacia a él. Soñaba con que esos detestables libros de claves se desvanecían en el aire evitando de ese modo la necesidad de enemistarse con Sable. Cuando se hallaba a solas en el camarote del capitán, pasaba horas con la mirada clavada en la caja fuerte tratando de hacerlos desaparecer por fuerza de voluntad. Pero era inútil: sabía que estaba comprometida a robar aquellos libros negros.

El regreso a la bahía de Barataria se llevó a cabo sin dificultades y Nicole lo vivió como una llegada al hogar cuando divisó los contornos de las islas Grand Terre y Grand Isle en el horizonte.

Durante cinco largos años Grand Terre, el cuartel general de Jean Lafitte, el aristocrático contrabandista de terrible fama, había sido como su segundo hogar, ya que el primero era La Belle Garce. Era precisamente en Grand Terre, al este de .Grand Isle, donde Lafitte había construido enormes almacenes para guardar el producto de los pillajes cometidos por los numerosos barcos que pululaban en la había. También allí había hecho construir un gran barracón de esclavos bien provisto, burdeles, casas de juego y cafés para diversión de los piratas. Lafitte era el rey de los contrabandistas y se paseaba descaradamente por Nueva Orleans, con su porte erguido y gallardo, codeándose con los ricos y aristócratas como si les desafiara a negarle el derecho de estar allí.

Muy pocos lo hacían, pues el contrabando era un modo de vida casi respetable en Louisiana del sur, y había más de una familia aristocrática que debía su fortuna al contrabando, para gran consternación de los norteamericanos. Los criollos, blancos de ascendencia francesa y española que dominaban esa región, no hallaban nada malo en ello, y cuando los funcionarios y comerciantes norteamericanos intentaban hacerles comprender que era una actividad ilegal, se topaban con miradas de incomprensión y tonos de protesta.

- Indudablemente, monsieur está equivocado, ¡mi abuelo fue un gran contrabandista! Es sólo una forma más de vida, n'est ce pas?

Era en efecto una forma de vida, y los incontables brazos pantanosos del río al sur de Nueva Orleans constituían un marco ideal para los contrabandistas. La zona pantanosa era como una catacumba, con escondrijos donde almacenar las mercancías antes de transportarlas secretamente por las vías de agua de los brazos cenagosos hasta los almacenes de la ciudad.

Se llevaban a cabo muchísimas operaciones de contrabando en pequeña escala, pero el grupo de Lafitte, ubicado en Grand Terre, era con mucho el más numeroso, ya que contaba con más de mil hombres. La bahía de Barataria estaba llena de barcos de todos los tamaños y calados: faluchos, lugres de velas rojas y goletas; algunos buques capturados y reparados para volver al mar; barcos piratas y unos pocos buques corsarios; y allí, arrogante, con sus tres presas a la zaga, La Belle Garce

Como ocurría siempre que regresaba un barco a puerto, había una actividad febril tanto a bordo del barco como en tierra. De ordinario, Nicole adoraba ese período de intensa excitación, pero ese viaje había sido diferente y desagradable en muchos sentidos, y estaba tensa y con los nervios de punta sabiendo que dentro de poco Allen y ella misma bajarían a tierra para quedarse allí indefinidamente. Una vez que esos libros de claves estuvieran en sus manos, no habría regreso. Nunca más navegaría en La Belle Garce como el grumete-secretario del capitán, y nunca más volvería a dormir en su estrecho cuchitril ocultando su identidad bajo apariencia de muchacho. Era el final de una aventura que había comenzado al ser izada a la grupa de un caballo hacía años. La pobre Nicole no sabía si estar contenta o triste.

Allen y ella habían acordado seguir un plan muy sencillo. Como sabían que la mayoría de la tripulación estaría en tierra y que el capitán se quedaría a bordo hasta después de la primera salida, decidieron reducirlo en su camarote en el barco casi desierto. Después de atarlo y amordazarlo, sería fácil quitarle la llave que llevaba colgada al cuello, abrir la caja fuerte, recuperar los libros y escapar hacia la costa remando. Lo dejarían atado en su litera con la esperanza de que lo descubrieran horas más tarde. No sorprendería a nadie verlos llegar juntos a tierra, ya que el joven Nick siempre seguía los pasos de Ballard. Tampoco les extrañaría que llegaran con un pequeño baúl ni que partiese inmediatamente en dirección a Nueva Orleans. Muchos miembros de la tripulación ya estaban haciendo proyectos para la orgía de vino y mujeres que encontrarían en aquella ciudad de vida licenciosa. Sólo Allen y Nicole sabían que su destino fina no sería Nueva Orleans.

El único fallo del plan era que Sable abandonase el barco antes de lo previsto llevándose los libros de claves. Era imprescindible que el barco estuviera casi vacío; sería catastrófico que algún marinero entrara inoportunamente al camarote del capitán con alguna petición de última hora. Allen permanecería afuera, aunque cerca, y le tocaría a Nicole ocuparse de que Sable se quedara en su camarote hasta que se hubiese dispersado la tripulación. Para ello, Allen había deslizado una pequeña pistola con cachas de marfil en las manos de Nicole advirtiéndole que la usara sólo en el caso de que Sable intentara abandonar su camarote. Tenían la esperanza de que no lo intentase hasta que Allen estuviera listo para entrar en acción.

Nicole estaba tan nerviosa como una potranca asustadiza e vísperas de su primera carrera. La pequeña pistola que llevaba escondida en la cintura le pesaba como un cañón y cada vez que Sable hablaba, estaba segura de que había descubierto el complot. Se esforzó por mantenerse fría y distante y fingió estar ordenando su mesa de trabajo mientras ignoraba la turbadora proximidad de Sable.

Higgins entró para conversar brevemente con el capitán, Sable mandó a Nicole a hacer una diligencia en el pañol. Casi se negó a hacerla, pero con Higgins allí, no tuvo más remedio que obedecer. Se apresuró cuanto pudo, temerosa de que Sable se fuese antes de su regreso; el trayecto de vuelta lo hizo a carrera, y entró al camarote casi sin resuello. Sable estaba solo y recibió la información con un gruñido indiferente.

Parecía no tener prisa por abandonar el barco y Nicole le dio gracias a su suerte. Pero eso no quería decir que dudara de su habilidad para retenerlo allí: pocos hombres se atreverían a discutir con una pistola. Sin embargo, se hubiese sentido mucho más segura si Allen estuviese a su lado. A decir verdad, Nicole estaba desgarrada. En el fondo estaba convencida de que le debía cierta lealtad a Sable, pero no podía permitirle que entregara esos libros de claves a los norteamericanos. Inconscientemente, frunció el ceño.

- ¿Preocupado por algo, Nick? - preguntó Sable, y Nicole se sobresaltó al oír sus palabras.

Dejó de revolver los papeles y se volvió para mirarlo de cara.

- Pues no, señor. Sólo estaba concentrado en mi trabajo. Ya sabe lo que pasa cuando se tiene la mente ocupada.

Un resoplido de desconfianza recibió sus palabras. Sable estaba descansando en uno de los amplios sillones de cuero situados junto al escritorio. Estaba a medio vestir, con la camisa blanca de hilo abierta casi hasta la cintura, y Nicole súbitamente cayó víctima de un deseo desconcertante de pasar sus manos por aquel pecho musculoso. Una mano de Sable se apoyaba sobre el escritorio y sostenía un vaso de ron oscuro a pesar de la hora tan temprana. Además estaba fumando un fino cigarro negro y su aroma embriagador flotaba en el aire. Observándolo por debajo de las pestañas, percibió una vez más esa sensación de energía y poder contenidos que emanaban de él. Por una fracción de segundo cuestionó la cordura de ganarse su enemistad; sabía de sobra que podía convertirse en el enemigo más devastador y cruel. Los rodeaba el silencio excepto por el suave golpeteo de las olas contra el casco. Presintiendo que se esperaba más de ella, preguntó con acritud:

- ¿No le ha gustado mi respuesta, señor?

Aplastando el cigarro en un platillo de porcelana y aparentemente absorto en la tarea, dijo en tono pensativo:

- No, no me ha gustado tu respuesta, pero nunca me agradan del todo.

Nicole contuvo su lengua, pues no deseaba que se desatara otra discusión entre ellos. Al no obtener una respuesta ni un comentario mordaz sobre sus palabras, Sable desvió la mirada a la cara de la joven.

-¿Nada que decir, joven Nick?

Nicole meneó la cabeza y le volvió la espalda deliberadamente. Lo oyó levantarse del sillón y le dio un vuelco el corazón cuando él comentó:

-Un Nick callado es algo inusual. ¿Estás planeando algo acaso?

Nicole mantuvo la cabeza gacha deseando con todas sus fuerzas que la dejara en paz. No podría soportar otra de esas conversaciones inquietantes y extrañas que parecían no llevar a ninguna parte.

Fue una suerte que no pudiera ver a Sable en ese momento, pues estaba mirando fijamente la parte posterior de su cabeza con una mirada penetrante y especulativa. Lo hizo así durante varios segundos, pero como Nicole no reaccionaba, se encogió de hombros con indiferencia y se dirigió a su camarote privado.

Nicole supuso que se estaba vistiendo para abandonar el barco. Sintió la boca reseca y supo que, a menos que Allen apareciera de inmediato, tendría que impedirle salir. Su mano se deslizó hacia la pequeña pistola, y volvió la cabeza para mirar por el umbral de la puerta precisamente en el momento en que Sable regresaba al cuarto vestido y con el cofre negro de cuero bajo el brazo. ¡Bien, se dijo valerosamente, ha llegado el momento!

Sable arqueó una ceja al ver que se levantaba de la mesa y se dirigía a la puerta de salida.

-¿Te vas, Nick? Si aguardas un minuto puedes venir conmigo.

Sin duda ignorante de la traición que estaba a punto de cometerse, no le prestó más atención. Dejó el cofre sobre el escritorio y lo abrió, dándole la espalda. Después de revisar el contenido, cerró la tapa de un golpe e hizo girar la llave. Poniéndose lo una vez más bajo el brazo, se dio la vuelta, deteniéndose de pronto cuando su mirada cayó sobre Nicole, que de pie y muy erguida delante de la puerta, sostenía una pistola en la mano.

-¡Vaya, vaya! -exclamó casi divertido-. ¿Significa eso lo que creo que significa?

Nicole tragó saliva, ignoró el comentario inoportuno y dijo con los dientes apretados.

- Deje ese cofre sobre el escritorio.

- Por supuesto. Lo que digas, se hará. Espero que no seas una persona nerviosa, Nick. Aborrecería que me hicieras un agujero por accidente - murmuró Sable mientras seguía sus instrucciones. El cofre quedó sobre el escritorio y a salvo, luego él se sentó sobre el borde y se cruzó de brazos al tiempo que preguntaba, fascinado-; ¿Esperamos que aparezca Allen o vas a hacerlo tú solo?

La pregunta la sobresaltó, sobre todo la referencia a Allen. ¿Habría adivinado el complot? Ciertamente su tono era demasiado tranquilo y esa actitud desconcertaba a Nicole. Había esperado un acceso de cólera, no esa indiferencia divertida. Lanzó un vistazo inquieto al rostro de Sable y advirtió que si bien parecía estar seguro y tranquilo, tenía una línea tensa alrededor de la boca y sus ojos estaban deliberadamente inexpresivos.

- ¿No vas a responder? Bueno, es una actitud prudente. Veo que Allen te ha enseñado muy bien. - Sus ojos se desviaron de la cara de Nicole y se alzaron por encima de ella -. Aquí llega el bueno de Allen.

Con alivio infinito, Nicole giró en redondo hacia la puerta y en ese preciso instante Sable atacó. Nicole sólo tuvo un segundo para comprender que se había dejado engañar por uno de los trucos más viejos de este mundo. Los brazos de Sable le ciñeron el cuerpo como dos bandas de hierro y sus manos casi le destrozaron las suyas mientras le arrancaba la pistola. Luchando denodadamente, Nicole le golpeó los brazos para poder escapar, pero él la dominó sin esfuerzo y la apretó más contra su pecho en un abrazo doloroso.

-¡Necio! -le susurró al oído-. ¿De verdad creíste que te saldrías con la tuya?

Demasiado enfurecida para tener miedo, los ojos de Nicole se volvieron negros de furia.

-¡Suélteme! -le escupió-. ¡Déjeme ir!

Luchó en silencio hasta que se dio cuenta de que los extraños ojos ambarinos la estaban mirando con fijeza, que la boca lucía una sonrisa satisfecha y que las manos que la sostenían con firmeza se habían vuelto casi acariciantes. Echó bruscamente la cabeza atrás dominada por el recelo y se le agrandaron los ojos ante la expresión que vio en la cara de Sable.

-Lo sabes -afirmó ella.

Él la estrechó más contra su cuerpo si eso era posible y musitó:

-Por supuesto que sí, pequeña hechicera -y de inmediato sus labios le cubrieron la boca.

Su aliento olía a tabaco, sus labios eran duros y ásperos y, por momentos, salvajes o tiernos al moverse sobre los de ella. Al sentir su contacto los sentidos de Nicole giraron vertiginosamente; era incapaz de pensar con claridad mientras permanecía rígida entre sus brazos deseando que la soltara. Después de lo que parecieron horas, los labios de Sable abandonaron la boca magullada de Nicole y los brazos se aflojaron. Con una expresión inquisitiva en el rostro, Sable le preguntó:

- ¿Es porque soy yo o es Allen el único con quien compartes tus encantos?

Tensa y hablando entre dientes apretados, estalló:

- ¿Por qué no se lo preguntas a él?

- Tengo la intención de hacerlo, muchacha. Me propongo formularle infinidad de preguntas al bueno de Allen - aclaró alzando una ceja.

Como si ésa fuera una señal, la puerta se abrió de par en par y dos marineros fornidos entraron en la habitación sosteniendo entre ellos a un Allen sanguinolento.

Al ver a Allen, Nicole avanzó hacia él, pero la mano de Sable la retuvo a su lado.

-Compórtate -la amenazó en voz queda-. ¿Te gustaría unirte a él? Estoy seguro de que a los hombres les encantaría.

Helada por lo que sugerían aquellas palabras, se quedó inmóvil, incapaz de figurarse dónde había fallado el plan, o cómo había sabido Sable que era mujer. ¿Cuánto tiempo hacía que lo sabía?, se preguntó, mareada. ¿Desde el principio? No, seguramente no; ni siquiera él habría expuesto a sabiendas a una niña a un estilo de vida tan crudo y a menudo tan cruel. Entonces ¿cuándo? De pronto tuvo conciencia del murmullo de conversación que la rodeaba, pero fue la voz de Sable la que se destacó:

- Llevadle abajo y encadenadlo. Me encargaré de él más tarde. - Y sus palabras la sacaron de su estupor.

- ¡No! - gritó, y pillando desprevenido a Sable casi se zafó de la mano de hierro que le presionaba el brazo.

Pero ese puño apretó más su carne tierna haciéndole daño. Consciente de que sería imposible escapar de la mano de acero que la tenía presa, le arañó la mejilla barbada con todo el odio contenido.

Soltando un juramento, Sable la soltó, pero la tomó por el otro brazo inmediatamente y, haciéndola girar, le dio una bofetada. Asombrada, Nicole exclamó:

- ¡Me has golpeado, bastardo!

Con los ojos brillantes y entrecerrados, Sable refunfuñó.

- ¡Y te golpearé otra vez si repites ese truco!

Luego, ignorándola, les gritó a los marineros boquiabiertos:

- Ya me habéis oído, ¡fuera de mi vista! Y mantened vuestras bocas cerradas - añadió en tono amenazador.

Si Nicole creyó antes que la habitación había estado silenciosa, ese silencio había sido casi estruendoso comparado con el que descendió ahora después de haberse marchado los hombres arrastrando a Allen entre ellos. Nicole rehusó mirar a Sable dándole la espalda y manteniendo la vista fija en la portilla. Estaba tan confundida por los acontecimientos y furiosa con Sable por haber descubierto su sexo, que por un momento se sintió agotada, sin saber a ciencia cierta cuál sería su próximo paso. Con cierto dolor y pesar se le ocurrió pensar, mientras contemplaba por la portilla las verdes olas coronadas de espuma, que era improbable que tuviera derecho a decidir lo que sucede- ría de ahora en adelante.

Aunque muy joven e insensible a la pasión, Nicole conocía más de lo debido acerca de los apremios animales que impulsaban a los hombres. Sabía que Sable la deseaba: su cuerpo había traicionado ese hecho de la manera más explícita cuando habían luchado minutos antes. Ahora mismo recordaba el calor que había emanado de él cuando la mantenía agarrada, y podía evocar muy claramente la presión del endurecido venablo de potencia viril que había cobrado vida súbitamente cuando los cuerpos se retorcían juntos.

Tragó saliva con dificultad, se le había resecado la garganta. Parecía injusto que tuviera que convertirse en mujer antes de haber tenido la oportunidad de ser una chica, reflexionó con pesar. Sus pensamientos abordaron entonces lo ineludible y se preguntó si Sable trataría su virginidad con gentileza... o si la tomaría con pasión brutal. Al menos sabía qué esperar de él, lo cual era mucho más de lo que sabían las niñas de su edad y crianza. Pero, por otra parte, retornaron a su mente ciertos recuerdos, desconcertantemente claros y detallados, de Sable teniendo relaciones sexuales con otras mujeres - algunas en ese mismo cuarto- y tragó saliva una vez más. Sabía que podía ser amable y gentil porque lo había visto serlo; también sabía que podía ser un animal y pidió fervorosamente que fuera tierno con ella.

Resignada a su suerte, cuadró sus frágiles hombros y lentamente se volvió a mirar a Sable. Estaba reclinado junto a la puerta con los ojos entornados mirando el fino hilo de humo de su cigarro. Se había despeinado durante la corta lucha mantenida y unos cuantos rizos caprichosos caían sobre su frente amplia aumentando su apariencia de pirata. Al enfrentarse a esos ojos duros desde el otro extremo de la habitación, se sintió incómoda por la rapidez de los latidos de su corazón. Para combatir su propio nerviosismo, levantó la barbilla en gesto de desafío y habló con voz fría:

-¿Qué pretendes hacer con nosotros?

Sonriendo desagradablemente, dijo en tono casual:

- Lo has hecho muy mal. En lugar de un silencio pétreo deberías mostrar todas las señales de inocencia ultrajada y exigir saber qué ha hecho el bueno de Allen para estar en esta situación. Aceptaste la derrota con demasiada facilidad. Me has desilusionado, Nick. Estaba seguro de que intentarías afrontarlo descaradamente.

Nicole se endureció al oír el tono burlón y provocador e, incapaz de contenerse, estalló:

-¿De qué me hubiera servido? Obviamente conocías todo el plan.

- Hmm, es verdad... pero nunca, pequeña arpía, nunca reveles tan descaradamente que has perdido. Podrías haberme con- vencido de que no estabas involucrada en el intento de Allen. Y si hubiésemos conservado nuestra relación actual, habrías podido ayudar a tu cómplice. Es una lástima que no seas más lista.

Nicole se contuvo haciendo un esfuerzo sobrehumano y clavó la vista en un punto por encima de la cabeza de Sable ignorando sus provocaciones. Sable sonrió, complacido. Qué pequeña arpía más obstinada era. Y qué inconsciente de su propia belleza. Un sentimiento de intensa satisfacción lo inundó mientras la contemplaba. Nunca más se levantaría a medias de su cama tentado por los pensamientos del adorable cuerpo de miembros largos y esbeltos que dormía a corta distancia; nunca más volvería a perseguirlo el recuerdo de esa joven saliendo del agua en las Bermudas.

No le importaba quién era, ni por qué estaba en su barco disfrazada de hombre. Era una mujer, una mujer deseable, que había conspirado contra él. Se entrecerraron sus ojos al recordarlo y durante un largo rato su dura mirada se clavó en la cabellera oscura donde un rayo de sol arrancaba destellos rojizos como llamas encendidas. Qué se podía esperar de ella, pensó injustamente. Las mujeres de pelo rojo, cualquiera fuese el matiz, no eran de fiar. Qué bien había aprendido esa lección, reflexionó con amargura. Y de repente apareció ante él el rostro de Annabelle... Annabelle la del cabello de fuego y los ojos verdes... Annabelle que había mentido y engañado y urdido su ruina al tiempo que él depositara su joven corazón a sus pies... ¡perra mal nacida! ¡Perra mendaz y conspiradora!

Nicole, que seguía con la mirada perdida detrás de él, se estaba cansando de su incertidumbre. No iba a permitir que la provocara o la amedrentara. Desgraciadamente, no era hábil en ocultar sus emociones y su actitud beligerante se reflejaba claramente en su rostro.

Los negros recuerdos de Sable se desvanecieron al verle la cara y con algo cercano a una carcajada, preguntó:

-¿Piensas quedarte así para siempre? Puedo asegurarte que te cansarás de ello después de algunas horas.

Le lanzó una mirada fría y distante al tiempo que respondía:

-¿Qué otra cosa podría hacer? -Su voz sonó fría como el hielo y al ver la rápida sonrisa que asomó a sus labios podría haberle clavado un puñal en el corazón.

Él se apartó de la pared y se acercó lentamente a ella, le puso un dedo en la barbilla y le alzó el rostro para que lo mirara a los ojos. Entonces agachó la cabeza y burlonamente le acarició la boca con los labios.

- Pareces impaciente. ¿Estás ansiosa de que comiencen tus nuevas tareas? - murmuró contra la boca. Luego sus labios se deslizaron por la mejilla y le besó la oreja -. Desde luego que si así lo deseas, podemos empezar inmediatamente. Ha pasado mucho tiempo desde que estuvimos en las Bermudas y no puedo pensar en nadie que hubiera preferido para romper mi celibato forzoso.

Nicole se apartó bruscamente de él.

-¿Ni siquiera Louise Huntleigh?

Los ojos dorados relumbraron de furia entre las espesas pestañas negras y Nicole percibió el súbito arrebato de mal genio.

-¡La dejaremos fuera de esto! -ordenó. Impulsada por una emoción oculta y desconocida, argumentó:

-¿Por qué? ¿No es tu amante? ¿Crees que se sentirá complacida cuando se entere de que has estado retozando con otra?

- Eres muy jovencita, ¿no es así, Nick? - se mofó él. Luego, al ocurrírsele otra idea, preguntó-: ¿Qué edad tienes? Sin duda no los quince años que me has hecho creer. Mientras estamos en ello también podrías decirme tu verdadero nombre. No puedo seguir llamándote Nick. Aunque debo confesar que, a pesar de todo, probablemente siempre pensaré en ti como Nick.

No podía decidir qué contestarle, pero eran preguntas tan insignificantes para resistirse que le dio las respuestas que le pedía.

- Bien, Nicole, otra pregunta con tu permiso. ¿Cuánto hace que eres la amante de Allen?

Esa pregunta, vociferada ásperamente, hizo que Nicole se tomara una pausa. Seguramente no le creería si afirmaba que jamás había sido la amante de Allen ni de ningún otro. Por otra parte, cuando él la tomara como haría sin lugar a dudas, su virginidad sería evidente. Resignada, murmuró:

-Jamás he sido su amante.

- Mi querida criatura, ¿esperas que me trague eso? - preguntó burlón.

Sosteniéndole la mirada, lo desafió:

- ¿No hay una manera de averiguarlo acaso? - Al ver el brillo especulativo en los ojos ambarinos, añadió-: ¡Juro que me defenderé y puedes estar seguro de que no lo disfrutarás!

-¿Qué? ¡No disfrutar de ser el primero! -se burló-. Eres demasiado joven y cándida para pensar así. La virginidad de la mujer es el don más preciado por un hombre.

- Pero yo no soy tu mujer - replicó ella, enojada pero aun así extrañamente excitada.

-No -respondió con una sonrisa en sus labios-. ¡No por el momento! Ni tampoco hemos probado la verdad de tu afirmación. Debo admitir que me resulta difícil creer que Allen no se haya aprovechado de ti. Desde luego que -finalizó él a la ligera -, estoy deseoso de que se me demuestre lo contrario.

Pasó por alto el reto y consideró más prudente cambiar de tema.

- ¿Qué te propones hacer con Allen?

La sonrisa se desvaneció al instante y se endurecieron sus facciones en una máscara de severidad implacable.

- Te convendría olvidar a Allen. No es beneficioso para ti por ahora.

-¿Olvidarle? ¡Debes de estar loco! ¡Le quiero! ¡No puedo apartarle de mí como si nada hubiese pasado! -gritó apasionadamente.

- ¿Le amas? - preguntó él, tajante -. Hace un momento afirmaste que no erais amantes. Decídete, Nick. ¿Cuál es la verdad?

-¡Maldito seas! Tergiversas todo lo que digo. No te diré nada más. Piensa lo que te venga en gana. Lo harás de todos modos - añadió con resentimiento.

Los ojos de Nicole eran casi negros por el fuego de la pasión y el sufrimiento al arrojarle estas palabras, pero Sable no se mostró conmovido. La observaba como si fuera una criatura divertida. Exasperada por su actitud, Nicole dio una patada en el suelo y poniendo los brazos en jarras, gritó:

- ¡Dios te maldiga, Sable! ¡No te quedes ahí sentado! Contesta mi pregunta. ¿Qué pretendes hacer con Allen?

Sable soltó una carcajada burlona y dijo en tono desdeñoso:

- ¿No estás olvidando que soy el único que está en condiciones de preguntar y exigir respuestas? Recobra la calma, jovencita impetuosa.

Rechinando los dientes, Nicole se tragó su rabia impotente. ¡Cómo se atrevía a permanecer tan frío, tan insensible, cuando había hecho un caos de su vida y encarcelado a Allen, Allen que le había salvado la vida! Giró sobre sus talones resuelta a salir dando un portazo, pero la voz de Sable, severa ahora, la detuvo en seco.

-Siéntate, Nick. No vas a ir a ninguna parte, al menos por el momento. Tu lealtad hacia tu... er... cómplice, aunque admirable, es innecesaria. Ese hombre es perfectamente capaz de apañárselas por su cuenta. ¡Tú no! Si yo no te deseara como te deseo... sólo Dios sabe por qué... estarías encadenada en la bodega con él. Y hasta te colgarían con él - añadió con deliberación.

Conmovida y escandalizada, Nicole estalló:

- ¡No puedes colgarlo! ¡No tienes ningún derecho!

Él continuó imperturbable.

- No le colgaré yo. Dejaré esa tarea a las autoridades de Nueva Orleans. -Endureció la voz y continuó-; Tu precioso Allen es un espía británico.

-¿Cómo lo sabes? ¡No tienes ninguna prueba!

- No necesito ninguna prueba. Da la casualidad que sé que es miembro de la Armada Real, de hecho capitán. En caso de que lo hayas olvidado, Estados Unidos está en guerra con Inglaterra. Aun cuando no hubiese tratado de robar el libro de claves, podrían colgarlo por el solo hecho de estar en mi barco.

- ¿Qué dices? Allen no ha hecho nada mientras ha estado a bordo de tu barco. Ni siquiera puedes probar que estaba haciendo algo indebido hoy -replicó Nicole con desdén tratando de ocultar el miedo que le oprimía el corazón.

Sable respiró a fondo y sofocó el impulso de ponerla boca abajo sobre sus rodillas y propinarle una buena paliza para hacerla entrar en razón. No parecía darse cuenta de la gravedad de su situación y su fe ciega en Allen le fastidiaba considerablemente.

- Allen perteneció a las tripulaciones de otros dos barcos antes de incorporarse a La Belle Garce. ¿Dirías que fue pura casualidad que esos dos navíos anteriores fueran tomados por los británicos a los pocos días de haber subido él a bordo y que ambas veces escapara milagrosamente el señor Ballard, sólo para reaparecer más tarde sobre otro barco de los Estados Unidos?

Nicole, perturbada, se revolvió en su silla, pero se aferró a su actitud agresiva.

- Lo estás inventando para desacreditarlo. Además - persistió-, ¿para qué querría permanecer en La Belle Garce un capitán de la Armada Real? Se trata de un barco civil... no lleva secretos militares.

Sable casi sonrió por la referencia posesiva que utilizó para el barco, pero su voz no reveló sus pensamientos al responderle.

-¡Allen no es ningún tonto! Sólo tenía que permanecer de incógnito en La Belle Garce y suministrar a sus superiores las fechas de salida y las rutas de otros corsarios.

Ante la mirada de incredulidad de Nicole, añadió:

- Yo también tengo mis propios métodos para averiguar cosas. Fue una tarea sencilla conseguir que cierto... er... amigo en Jamaica pidiera algunos datos sobre un supuesto espía de la armada. Naturalmente, no se dio ninguna información en cuanto a las órdenes que tenía Allen o su paradero, pero el testimonio que recibí revela claramente que la Oficina del Almirantazgo Británico en Londres tiene en muy alta estima al joven capitán Allen Ballard.

Horrorizada y no poco consternada al descubrir que efectivamente Allen era el espía que ella había sospechado, Nicole palideció. Era indudable que Sable presentaría su información a las autoridades apropiadas y colgarían a Allen. Por el momento el peligro que ella misma corría pasó a segundo plano ante el peligro de muerte que corría Allen, y estudió atentamente a Sable.

Según todas las apariencias, éste no se había alterado en absoluto por los acontecimientos del día, hasta se podría decir que era indiferente a todo. Si le hubiese convenido que Allen continuara en su puesto, se lo habría permitido, al igual que habría hecho la vista gorda con respecto a su propio disfraz indefinidamente. No estaba segura de su papel en aquel drama, pero sospechaba que él se había aburrido de la situación y había decidido ponerle término. Tenía la plena convicción de que el deseo que sentía por ella había sido un factor decisivo, y consideró la posibilidad de usar la pasión de Sable en provecho propio. Cautelosamente, preguntó:

- ¿Si obtuvieras algún beneficio personal, olvidarías la identidad de Allen y le permitirías escapar?

- Mi querida Nick, ¿estás tratando de sobornarme? - preguntó, curioso.

La joven asintió lentamente mientras la excitación hacía hervir la sangre en sus venas. Pero Sable hizo añicos su ilusión riendo cruelmente.

- ¿Qué tienes para ofrecer? Ni un penique, y no creo que Allen esté en condiciones de negociar conmigo.

Era una situación delicada y Nicole estaba jugando con la suposición muy aventurada de que Sable la deseaba dispuesta a satisfacer sus requerimientos y no pateando y arañando. Era una realidad muy dura, pero respirando profundamente, dijo con osadía:

-No tengo nada que ofrecer excepto mi propia persona. Te propongo un trato... yo voy a tu cama voluntariamente y me quedo contigo todo el tiempo que desees y tú liberas a Allen... tienes mi palabra.


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