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La amante cautiva primera parte


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CAPITULO VI

Allen y Nicole, ignorando por completo que alguien los había estado observando, continuaron por la angosta senda de tierra entre el exuberante follaje tropical hasta llegar a un área donde la selva cedía paso a la toma de posesión de los humanos, A fuerza de tesón y golpes de machete habían hecho retroceder la selva para hacer lugar a las plantaciones de caña de azúcar, A lo lejos podía verse aquí y allá el destello blanco de una casa o de algún edificio contra el telón de fondo de un cielo azul brillante y una profusión de matices de verde, Bordeando la plantación que empezaba al final del sendero por donde habían venido, llegaron por fin a su destino: una casita encalada de una sola planta,

La casa pertenecía al capataz de la plantación, un escocés, un tal Jan MacAlister, a quien Allen había conocido casi al mismo tiempo que Sable descubriera los encantos nada despreciables de Louise Huntleigh, la única hija del dueño de la plantación, y mientras Sable cortejaba con cierta indolencia a Louise, nació una estrecha amistad entre Allen y MacAlister, Así pues, cada vez que La Belle Garce hacía escala en las Bermudas y Allen estaba libre de sus tareas a bordo, pasaba casi todo el tiempo con MacAlister, acompañado la mayoría de las veces por Nicole,

El sagaz escocés no necesitó muchas visitas para descubrir el secreto que Allen y Nicole trataban de ocultar, Pero aparte de mascullar que ambos eran unos necios por continuar con semejante mascarada, MacAlister hizo la vista gorda, Si aquella bonita muchacha quería pasar por muchacho, allá ella.

Jan estaba dispuesto a hacer la vista gorda, pero Marthe, su mujer, una mulata clara, menuda y graciosa, que además era la doncella de Louise, no pensaba lo mismo. La situación en sí era un verdadero ultraje a su sentido del decoro, pero una sola mirada y una orden severa de su amado Jan acallaron las palabras de censura en sus labios. Mas, a pesar de su desaprobación manifiesta, Marthe tenía un corazón tierno y admiraba secretamente el descaro de Nicole. Cuando Allen la abordó para pedirle ayuda, estuvo más que dispuesta a secundarlo en sus planes.

En cuanto entraron en la casa, Nicole miró en derredor del cuarto con curiosidad buscando algún indicio de la sorpresa que le prometiera Allen. Pero la vivienda de pulida madera oscura y paredes blancas estaba exactamente igual que siempre.

Marthe, levantándose del sillón de alto respaldo de caña, y luciendo un fresco vestido blanco, sonrió a Nicole. Jan, con su sempiterna pipa apretada entre los dientes y un brillo especial en los claros ojos azules, se rió.

- Vaya, vaya, muchacha, entre estos dos van a dejarte boquiabierta con todos esos trapos y adornos que ha estado reuniendo Marthe.

Nicole miró con suspicacia a su esposa y a Allen, pero Marthe protestó con su suave voz melodiosa:

- ¡Cállate tú! Señorita Nicole, venga conmigo y no le preste ninguna atención.

Casi como un animal que huele el peligro, Nicole echó una mirada llena de cautela en derredor del cuarto. Allen sonrió ante la evidente inquietud de la joven y le dio una palmadita en la espalda.

- Ve con Marthe. No te hará ningún daño.

Ésta, impaciente por empezar la transformación, le agarró de la mano y la condujo a una pequeña alcoba. Cerrando la puerta delante de las caras sonrientes de los dos hombres, giró y examinó a su pupila.

Nicole, rígida como una estatua en el centro de la habitación, miró la tina de bronce llena de agua perfumada como si fuera un escorpión. Un vestido de muselina amarillo oro estaba extendido sobre la cama, y con consternación creciente su mirada cayó sobre los cepillos y peines y los extraños potes de contenido desconocido que atestaban el tocador. Tragando saliva, retrocedió un paso, pero Marthe, con un brillo de determinación en sus ojos negros, le dijo:

- Vamos, no es para tanto, señorita Nicole. ¿No le gustaría ver lo que puede hacer Marthe? Es sólo para divertimos un rato. Además, ¿no le agradaría tomar un buen baño caliente de agua de lluvia en lugar de esa horrible agua de mar?

Cautelosamente, Nicole se acercó a la tina y hundió la mano en el agua. Desde luego era más suave al tacto, y estaba deliciosamente templada. Como sabía que pasaría por desagradecida si desdeñaba aquello que Marthe y Allen consideraban una agradable sorpresa, se rindió con resignación. Sin mucho entusiasmo dejó que Marthe la acomodara en la tina y luego se sometió a los servicios de la mujer. Asombrada, encontró el baño de su agrado y disfrutó más de lo que había imaginado. Además, era lo bastante femenina para decidir que también a ella le gustaba el jabón perfumado a la lavanda que Marthe usaba con tanta eficiencia. No le gustó que le lavara el cabello y protestó con vehemencia hasta que Marthe le vertió un cubo de agua helada sobre la cabeza. Después de eso permaneció sentada, furiosa y chorreando agua mientras Marthe pasaba por alto las amenazas que susurraba Nicole y continuó con su tarea como si su pupila fuese una verdadera señorita acostumbrada a los servicios de una doncella en lugar de una salvaje malhumorada. Pero una vez que el baño y el consiguiente lavado de cabello quedaron atrás, la joven, envuelta en una inmensa toalla blanca y sentada en una cómoda silla, se encontró tan relajada que casi cayó dormida mientras Marthe le secaba los largos bucles rojizos. Hábilmente le recogió la brillante cabellera sobre la coronilla en largos bucles. Después de empolvarle generosamente todo el cuerpo, Marthe la instó a ponerse una camisa de seda delgadísima antes de deslizarle el vestido de muselina amarillo oro por la cabeza. Era una prenda a la última moda, pero por supuesto, Nicole no lo sabía, ni que había sido incluido, accidentalmente, en un pedido que había hecho Louise unos meses atrás. Cuando se descubrió que el vestido era demasiado grande para la diminuta Louise, Marthe, recordando el plan apenas esbozado de Allen, le rogó a su señora que se lo regalara. Luego, lo había alterado ligeramente y de memoria para que se adaptara al cuerpo alto y esbelto de Nicole, y ahora el atuendo le sentaba como si hubiese sido hecho a medida.

Algo desconcertada, Nicole se miró largamente al espejo, incapaz de creer que esa criatura que la contemplaba desde el cristal pudiera ser ella. El corpiño tenía un escote profundo que dejaba los hombros al aire y cubría apenas sus jóvenes pechos erguidos. Debajo del busto había una cinta de raso color verde musgo que se ataba en un lazo, mientras que el resto del vestido caía en suaves pliegues hasta los pies descalzos. Desgraciada- mente, Marthe no había podido conseguir zapatos del tamaño de los pies delgados y largos de Nicole. Pero la joven le restó toda importancia a la falta de calzado adecuado. Agitadamente, como la criatura turbulenta que era, irrumpió en la habitación donde Jan y Allen estaban sentados charlando sobre los últimos acontecimientos de la guerra del señor Madison.

Los dos hombres levantaron la vista al unísono y sus semblantes fueron un tributo a la destreza de Marthe. Ni siquiera en sus fantasías más alocadas había esperado Allen que Nicole fuera tan hermosa y la contempló con la boca abierta como si fuera la primera vez que la veía. Era una jovencita adorable, pensó asombrado mientras su mirada se deleitaba en los brillantes bucles de fuego para luego descender por la frente ancha, las cejas negras y las pestañas espesas y largas. Marthe le había oscurecido levemente las cejas y las pestañas y le había aplicado una capa muy fina de polvo de arroz antes de pintarle la boca. Allen aplaudió en silencio la habilidad de aquella mujer. Pero no había nada de artificial en la luminosidad de los ojos topacio y mientras Nicole danzaba por el cuarto con la falda del vestido revoloteando alrededor de sus piernas, gritó:

- ¡Miradme! ¿No estoy espléndida? ¿Me creéis bonita? - Bajando los ojos, preguntó maliciosamente -: Dime, Allen, ¿soy tan bonita como las mujeres de madame María que Sable y tú visitáis?

Como la casa de madame María era un famoso burdel de Nueva Orleans, Allen evitó el rostro colérico de Marthe. Aclarándose la voz, incómodo, la reprendió:

-Nick, Nick, no has de compararte con ellas... ¡Y las señoritas no hablan de esas cosas!

- Pero yo no soy una señorita y no conozco otras mujeres - confesó con un candor que los paralizó, para luego añadir con picardía -: Salvo a Marthe.

Allen no sabía si echarse a reír por aquella afirmación tan ingenua o ceder al deseo imperioso de tirarle de las orejas. Juzgando que la risa era el curso más seguro para seguir, dijo:

- ¡Bien, tenemos la esperanza de poder remediar ese grave fallo de tu educación!

Al ver la expresión rebelde en el rostro de la joven, Allen levantó una mano en señal de advertencia y ordenó:

-Ahora escúchame hasta el final, Nick, y presta atención a lo que voy a decir.

La respuesta que recibió fue un bufido impropio de una dama, pero para sorpresa de todos, sin discutir la orden, Nicole se desplomó en un sofá cercano y masculló:

- Dejadme en paz, no me molestéis. ¡Soy dichosa como soy y lo que hago no es de vuestra incumbencia!

Pasando por alto sus palabras de enojo, Allen se sentó frente a ella y tomándole una mano, le habló en tono de ruego:

- Ahora escúchame. Lo que me propongo hacer no te hará daño... de hecho, te ayudará. Tienes que aprender a ser una chica y una dama tarde o temprano. Marthe y yo nos proponemos hacerte recordar cómo debe actuar una señorita. Si alguna vez regresas al lugar que te corresponde en la sociedad, no puedes hacerlo usando ropa de hombre y blasfemando como un marinero. Piensa en lo que estoy diciendo -concluyó en tono severo.

Nicole apretó los labios y apartó la mano con brusquedad. Le habría gustado salir del cuarto como una tromba y arrancarse el vestido a jirones, pero el sentido común le aconsejó quedarse sentada. La verdad de sus palabras era obvia. Nicole no había considerado su retorno a la herencia familiar. Era algo que ocurriría en un futuro nebuloso y remoto. Tan sólo albergaba la esperanza de regresar algún día, expulsar de allí a los Markham y luego vivir feliz por siempre jamás. Indecisa, se mordió el labio y reconoció para sí que lo que decía Allen tenía sentido. En este preciso momento ni siquiera estaba segura de querer regresar a Inglaterra. A regañadientes, preguntó:

- ¿Qué es exactamente lo que queréis hacer?

Allen se sonrió ante su aparente desgana. Era tan niña... no, ya no era una niña, ni siquiera la vista de sus pies descalzos asomando por debajo del elegante vestido podía disimular el hecho de que era una jovencita muy hermosa. Pero también era una pequeña descarada y la tarea no sería fácil ni sencilla. Albergaba la esperanza de poder manipularla con habilidad hasta conseguir que sintiera el deseo de ocupar su lugar en sociedad como la joven de alcurnia que era. Cautelosamente, tanteando el terreno, contestó la pregunta:

- Marthe y yo hemos decidido que podría gustarte que te trataran como a una jovencita. Pensábamos que si estuvieras de acuerdo, siempre que La BeIle Garce toque puerto aquí, ella actuaría como tu doncella y Jan y yo, con la ayuda de Marthe, te instruiríamos sobre los modales de una verdadera dama. Será una experiencia diferente para ti. Estoy seguro de que disfrutarás. Desde luego no tienes nada que perder.

Nicole lo observó con el ceño fruncido. No podía hallar ningún defecto en el razonamiento de Allen, pero aun así recelaba de ese plan. ¿De qué le valdría aprender a ser una dama si carecía de planes inmediatos para poner en práctica esos conocimientos? Echó una ojeada a Marthe y Jan, luego a Allen. Los tres rostros sólo mostraban un interés lleno de afecto. De mala gana resolvió que si era tan importante para ellos, ¿por qué no hacerlo?

Y durante aquella velada descubrió que, efectivamente, se divertía y disfrutaba más de lo que había podido imaginar. Allen estaba encantador mientras le hacía cumplidos provocativos que le arrebolaban las mejillas y acentuaban el brillo de sus ojos topacio. Jan y Marthe lo acompañaban tratándola como si fuera una visita. Lo único que no le agradaba era cuando los tres al unísono le corregían la lengua ingobernable o le hacían notar que las señoritas no se desploman sobre las sillas, ni tragan y farfullan cuando beben champán.

Allen se burlaba de la fascinación que el espejo ejercía sobre ella. Pero no podía remediarlo. Estaba hipnotizada por su propia imagen reflejada en él; sin embargo, no era vanidad lo que atraía sus ojos al espejo una y otra vez, ¡era asombro! Tenía que seguir mirando para tranquilizarse y convencerse de que la jovencita del espejo era ella misma.

Allen estaba entusiasmado con los resultados de aquella velada, pero no le reveló lo que pensaba cuando ambos emprendieron el camino de regreso al barco. Aún le quedaba mucho que aprender antes de que él deseara verla en Almack's, pero esta noche había sido el primer paso para hacerle tomar conciencia de que existía otra manera de vivir. Por enésima vez deseó que ella hubiese aceptado quedarse con Jan y Marthe. A ellos les habría encantado y aunque un capataz y su amante mulata no eran la compañía ideal para Nick, era muchísimo mejor que la que tenía en La Belle Garce, bajo la mirada perspicaz... lasciva, se corrigió rápidamente, de Sable.

Se habría entusiasmado mucho más si hubiese sabido que Nicole se quitó el vestido y observó a Marthe mientras le quitaba hasta el último vestigio de polvos y carmín con verdadera tristeza. No estaba preparada para admitir que deseaba conservar su atuendo de señorita, pero la había asaltado un deseo extraño y desconcertante de que ese exasperante capitán Sable la viera ataviada con el espléndido vestido de muselina amarillo oro y con el cabello recogido en lo alto de la cabeza. Ese pensamiento la alarmó y estaba inquieta al trepar a su hamaca en la pequeña alacena de La Belle Garce.

Lo sucedido esa tarde y esa noche había agitado viejos recuerdos y preceptos olvidados a medias. Nunca pensaba en su «otra» vida, la vida mimada de la señorita Nicole Ashford, pero esa noche se despertaron esas reminiscencias: recuerdos de su madre, tan hermosa y siempre sonriente, con la luz de las velas centelleando en su cabello rojo como las llamas del hogar y su vestido de satén arremolinándose alrededor de los pies cuando se apoyaba en el brazo que le ofrecía su esposo. Su padre, guapo y elegante, vestido de seda, con el encaje blanco de la camisa como espuma cerca de la garganta. Juntos descendían por la majestuosa escalera de roble para recibir a sus invitados mientras Giles y ella espiaban por entre los barrotes de la balaustrada superior; se abrían de par en par las puertas talladas del comedor y los niños vislumbraban la larga mesa de caoba oculta bajo un mantel de hilo blanco como la nieve, el cristal lanzando destellos a la luz de las velas y la plata brillando en el salón. ¡Cuánto tiempo había pasado desde aquellos días! Sin embargo, sus recuerdos eran tan claros y vívidos como si hubiera sido ayer.

Consciente de que pasaba demasiado tiempo pensando el Sable y en cosas que era mejor olvidar, Nicole intentó dormirse Fue inútil. Su mente estaba demasiado ocupada y por primer: vez la pequeñez del cuarto pareció asfixiarla. ¡Maldición! ¿Por qué tenía Allen que entrometerse en su vida? ¡Él era el único culpable de este desasosiego que la atormentaba! Si la dejara en paz ella sola resolvería sus problemas.

¿Qué iba a hacer ahora? No poseía mucho más que la ropa que llevaba puesta. Su parte de los cargamentos saqueados en estos cinco años había sido ínfima y, para peor, no había ahorrado nada, ni un penique. Simplemente se dejó llevar a deriva viviendo cada día como si fuese el último.

De pronto comprendió que regresar a Inglaterra no sería nada fácil, que tendría problemas y dificultades que nunca antes había imaginado siquiera. No podría presentarse a la puerta de su hogar así como así. Con toda seguridad tendría que probar su identidad y sobrevivir de alguna manera hasta que se le reconocieran sus derechos. Para consternarla aún más se le ocurrió la idea de que nadie le creería y apretó los labios. Ella era Nicole Ashford e iba a recuperar su fortuna... pero, ¿cómo?

Se revolvió, inquieta, en la estrecha hamaca. ¡Maldito Allen! ¿Por qué no podía dejarla en paz? Así estaba feliz, se dijo con furia. ¿A quién le apetecía esos viejos vestidos ridículos yesos jabones perfumados? ¡A ella no! A ella le gustaban los baños de agua de mar, su gastada camisa y los pantalones de algodón. Pero, por otra parte, dejó escapar un suspiro al recordar la suavidad de la camisa de seda. ¡Qué suave la había sentido en contacto con su piel!

La preocupación de Allen de que Nicole pudiera olvidar a veces que era mujer era infundada. Recientemente, hacía uno o dos años aproximadamente, había empezado a ser cada vez más consciente de un desasosiego e inquietud que estaban directa- mente relacionados con su engaño. No lo hubiera reconocido por nada del mundo, pero sin darse cuenta había empezado a interesarse por la vestimenta y los modos de las pocas mujeres con quienes entraba en contacto; no precisamente las prostitutas con las que retozaban los marineros la primera noche que tocaban puerto tras semanas interminables en el mar, sino las damas un tanto refinadas que invitaba Sable a sus aposentos.

Era muy tarde y Nicole airadamente echó a un lado la manta que le cubría el cuerpo. No quería pensar más en todo eso. Estaba cansada y algo mareada por la cantidad desacostumbrada de vino que había bebido durante la velada. Reflexionó sobre lo sucedido, suspiró profundamente y una sonrisa de placer le curvó los labios. Adormilada ya, se preguntó si su transformación habría impresionado a Sable, pero al punto se irritó consigo misma por pensar en él de ese modo. ¿Qué le importaba lo que opinaba Sable... de nada? Sabía ya qué tipo de mujeres le gustaban, rubias melindrosas como la adorable Louise, no mozas descaradas, altas y de cabello castaño rojizo, que se sentían más cómodas en ropas de muchacho que en sedas y encajes.



CAPÍTULO VII

Nicole dirigía miradas coléricas en dirección a Sable. Era algo que hacía con frecuencia, pero desde que habían partido de las Bermudas, le daba la sensación de que él se estaba esforzando extraordinariamente en molestarla. La hacía trabajar todo el santo día, corriendo primero tras una cosa y luego otra. Cuando no la mandaba a hacer recados inútiles, la obligaba a copiar cuidadosamente con su hermosa letra cursiva un duplicado completo de la lista de cada cargamento que habían apresado durante el último año. Nicole no veía ninguna razón para esa tarea y sospechaba, enojada, que sólo quería tenerla encadenada a su mesa de trabajo. Pero lo que le irritaba de verdad era el cambio repentino en sus hábitos, que lo había convertido en el hombre más desordenado del mundo. Se deleitaba en desarreglar adrede todo lo que tenía a su alcance. Después, en lugar de dejarla sola para encargarse del aseo, se recostaba indolentemente contra el marco de la puerta y observaba con ojos críticos cómo ordenaba su cuarto retándola a que se quejara. Nicole se mordió el labio y pasó por alto el desafío que veía en sus ojos mientras terminaba de hacer la cama que había dejado completamente deshecha.

- ¿Esto es todo, señor? - preguntó ella estoicamente.

- Hmm, supongo que es todo por ahora.

Nicole, feliz de escapar de su presencia, que la turbaba más cada vez, dio unos Cuantos pasos hacia la puerta, pero él seguía parado en el umbral. Se paró en seco a corta distancia de él. No estaba segura de cuál era su estado de ánimo y además se sentía ligeramente inquieta. Había un brillo extraño en los ojos amarillo dorados de Sable, y no le gustaba la manera en que la estaba observando. Aquella mirada alimentó su inquietud, y odiándose por su nerviosismo, Nicole preguntó:

- ¿Puedo pasar, señor? ¿O hay algo más que desee?

Sable se enderezó lentamente llenando el hueco de la puerta con su cuerpo alto y fornido hasta que la cabeza morena casi rozó la viga de madera.

- ¿Qué edad tienes, Nick? - preguntó de pronto.

Sobresaltada y abriendo los ojos topacio, tartamudeó:

- Tengo... quince.

Una desagradable sonrisa distorsionó por un instante las facciones del capitán.

-Quince, hmm. ¿No opinas que ya eres demasiado mayor para ser grumete?

Tomada por sorpresa, Nicole lo observó con cautela mientras pasaba a su lado camino del escritorio donde se veía una colección de garrafas de licor. Después de servirse una generosa ración de oscuro ron de Jamaica, giró, se sentó a medias sobre el borde del escritorio con una larga pierna balanceándose sin tocar el suelo y volvió a clavarle la mirada. Al mirarlo sintió por un momento un curioso temblor en la boca del estómago. Pensó que era una de las criaturas más viriles y vitales que había visto en su vida. Y ahora mismo, con la blanca camisa abierta casi hasta la cintura que dejaba ver un pecho musculoso cubierto de fino vello negro y rizado, las caderas estrechas y las largas piernas enfundadas en ceñidos pantalones negros, hizo que Nicole, más incómoda que nunca, le mirara como hombre, un hombre de irresistible atractivo para las mujeres. Ciertos recuerdos íntimos de él con otras mujeres en ese mismo cuarto se agolparon en su mente y un rubor incontrolable le tiñó las mejillas. Furiosa consigo misma, lo fulminó con la mirada y preguntó con agresividad:

-¿Me está diciendo que no requiere más de mis servicios... señor?

- ¿He dicho eso acaso? - preguntó arrastrando las palabras mientras esa sonrisa desagradable volvía a curvarle los labios. Tenso, añadió-: Si escucharas lo que yo digo, Nick, con tanta atención como escuchas todo lo que dice Allen, nuestra relación sería más llevadera. Pero aparte de eso, me he limitado a comentar que quince años es una edad un poco avanzada para las tareas que realizas. Probablemente debiera asignarte al carpintero del barco, o tal vez podrías estar interesado en adiestrarte como asistente de artillero. ¿Te gustaría eso?

Era por lo que había suspirado alguna vez, pero ahora estaba pasmada. No podría continuar con su engaño si estaba en contacto directo e íntimo con la tripulación. La primera vez que fuera incapaz de realizar una actividad que requiriera musculatura masculina su situación sería realmente crítica. Confiando en que el semblante no la hubiera delatado, levantó la barbilla y dijo con la mayor desfachatez:

- ¡Me gustaría más que nada! Especialmente ser aprendiz del maestro artillero.

La boca del capitán se torció en un rictus al oír las valientes palabras de la joven y su tono desafiante. Dejando el vaso sobre el escritorio con un ruido sordo, replicó con acidez.

-¡Bien, puedes olvidarlo! ¡Después de cinco años me he acostumbrado a tu insolente eficiencia!

Con una furia irracional por el susto que le había dado, olvidando otra vez el peligro de dejar que su lengua mordaz la gobernara, colocó las manos sobre las delgadas caderas y replicó:

-Usted sacó el tema. ¡Yo sólo estaba prosiguiendo con mi usual insolente eficiencia!

-Cuidado, Nick -dijo él en voz baja-. No me provoques o te trataré como mereces.

La amenaza subyacente en aquella voz la volvió a sus cabales y bajó los ojos. A continuación dijo inexpresivamente:

- Le pido excusas, señor. Si me disculpa, ¿puedo continuar con las listas de los cargamentos?

Los papeles en los que había estado trabajando todavía estaban desparramados sobre el escritorio y después de retirar una pesada silla de roble, se sentó muy tiesa y empezó a escribir. Le resultaba muy difícil concentrarse con Sable a tan corta distancia de ella. Su descarada masculinidad y la fuerza de su cuerpo la distraían demasiado, turbándola más de lo debido. Por el rabillo del ojo pudo ver una mano tostada por el sol jugando distraída- mente con un cordel que estaba sobre el escritorio y deseó con vehemencia que se fuera de allí y la dejara sola. Sabía que la estaba observando, sabía que tenía la vista fija en su cabeza inclinada; podía sentirla y los músculos de su cuello se agarrota- ron. Peor aún, tuvo ganas de gritar de rabia cuando al tomar otra hoja de papel vio que le temblaba ligeramente la mano.

- Relájate, Nick. Ya sabes que no te morderé. - Era obvio que se estaba divirtiendo a costa de ella y a Nicole le rechinaron los dientes. Entonces, olvidando una vez más el papel que representaba y dominada por el fuego que brillaba en su pelo, le lanzó una mirada llena de veneno.

Él le devolvió una sonrisa falsa y un destello burlón en los ojos color ámbar.

-Joven Nick, se me ha ocurrido que a pesar de estos largos cinco años de estrecha asociación sabemos muy poco uno del otro. Ahora, ¿por qué supones que es?

Esforzándose por aparentar una calma que no sentía, respondió, tensa:

- Dudo que la mayor parte de los capitanes se interesen demasiado en sus grumetes. -Incapaz de dominar el impulso, añadió con sarcasmo-: Todo lo que tenemos en común es ropa sucia, potes de orina y camas deshechas... temas de conversación nada excitantes. No es necesario saber mucho de mí mientras realice mis tareas satisfactoriamente.

-Pero no lo haces -comentó él, sombrío-. Eres insolente y no simpatizas conmigo... un hecho que no te tomas demasiado trabajo en ocultar, podría agregar. Considerando que te traje al mar porque me lo suplicaste, tendría que pensar que te agrado hasta cierto punto. -Endureciendo la voz, la azuzó-: Pero no es así, ¿verdad, Nick?

- No creía que mis gustos y aversiones fueran tan importantes para usted - respondió con cautela -. Nunca antes hizo ningún comentario acerca de mi actitud y si mi... -vaciló un momento-, aversión fuera tan aparente como usted dice, seguramente habría dicho algo antes. -Con absoluta osadía, terminó-: Creo, señor, que imagina cosas.

- ¿Te parece, Nick? ¿He imaginado acaso la ojeada que me echaste hace unos segundos? ¿Y he estado imaginando esas miradas ominosas que me siguen cuando salgo de este mismo camarote? - preguntó secamente.

Oh, Dios, ¿dónde estaba Allen?, pensó ella, inquieta. ¿Dónde estaba cualquiera que pudiera interrumpir esa conversación tan tirante? Cobrando ánimo, se enfrentó a la mirada de aquellos ojos dorados y habló quedamente:

-Sólo me queda disculparme si ha encontrado mi actitud poco agradable. Lamento haberle disgustado y en el futuro trataré de no darle motivo de queja.

Era una contestación pomposa y lo sabía, pero deseaba terminar de una vez esa confrontación y que él saliera del camarote.

Sable había apretado los labios al oírla y dejando el vaso otra vez sobre el escritorio con un golpe más rudo aún, casi escupió las palabras:

-¡No quiero tus disculpas, maldita sea! ¡Eres todo un experto en eludir preguntas, amigo mío! -Inclinándose hacia adelante y con el rostro a escasos centímetros de ella, gruñó-: Ahora dime, joven Nick, ¿por qué te resulta tan odioso servirme? ¡Quiero una respuesta esta vez... no una excusa o una disculpa!

Mirando fijamente aquella cara barbada que tenía tan cerca, Nicole se sintió abrumada por emociones encontradas. En primer lugar era consciente de su hombría y virilidad, del tenue olor a tabaco y salado aire marino que se desprendía de él. Además le resultaba insoportablemente penoso que la boca de Sable estuviera tan cerca de sus labios y se preguntó cuál sería la reacción de ese hombre si ella llegara a inclinarse hacia adelante y presionara sus propios labios trémulos contra esa boca firme y sensual.

- Estoy aguardando, Nick.

Sus palabras hicieron pedazos sus pensamientos caprichosos y la devolvieron a la realidad. Toda inocencia y candor, dijo lentamente.

-Creo que todos los muchachos tenemos épocas de rebeldía y resentimiento contra aquellos que tienen autoridad sobre nosotros. Si doy la sensación de tenerle antipatía algunas veces, debe ser por ese motivo.

Un bufido de exasperación precedió a las palabras de Sable:

- Muy listo, Nick. Una respuesta que no es una respuesta. - Se echó hacia atrás y cogió el vaso-. Algún día de estos tú y yo vamos a tener otra pequeña charla. En cierto sentido tú eres mi... er... pupilo y creo que no he sido muy justo contigo. Tal vez me ocuparé más de ti en el futuro... mucho más que en el pasado

Se puso de pie después de vaciar de un trago todo el contenido del vaso de ron. Contempló el semblante de asombro y desconcierto de Nicole con una sonrisa y terminó:

- ¡Disfrutarás, estoy seguro! - Y salió majestuosamente.

Durante varios segundos Nicole sólo pudo mirarlo con fijeza mientras se alejaba. ¿Qué demonios había querido decir con eso?, se preguntó. Con un suspiro volvió a las listas de cargamentos, pero no podía concentrarse en el trabajo. No era propio de Sable indagar de esa manera, y podría haber jurado, antes de aquella mañana, que él apenas era consciente de la existencia de su grumete. ¿Qué había detrás de su extraño proceder?

Tampoco le había gustado la forma en que sus ojos le habían recorrido el cuerpo. En el pasado casi no la había mirado. ¿Acaso esos ojos de lince descubrieron algún fallo en su disfraz? ¿Había adivinado algo? ¿Se habría vuelto su rostro demasiado femenino? Echó un vistazo nervioso a sus pechos aplanados, que, como era habitual, estaban fajados debajo de la camisa de lienzo. No, solamente podía llamarle la atención su falta de musculatura viril. Su disfraz no le había fallado, estaba segura... o casi.

Tal vez, concluyó, estaba aburrido y se divertía azuzándola. Si hubiese sabido o siquiera sospechado algo, ella no estaría ahora sentada ante aquella mesa. Un escalofrío serpeó por su columna vertebral al recordar el destino de la ramera pelirroja y se puso a trabajar.

Se dedicó a su tarea por algún tiempo. El cuarto estaba en silencio y sólo la perturbaba el golpeteo suave de las olas contra el casco de la nave y el agradable susurro del viento en el velamen.

La Belle Garce se había construido hacía cuatro años siguiendo las órdenes precisas y el diseño detallado del capitán Sable. Era una goleta de cuatro mástiles, larga, baja y más bien angosta. La nave no era sino una amenaza de trescientas diecinueve toneladas, armada con veinte cañones cortos y gruesos de cinco kilogramos y medio y dos cañones largos de proa de ocho kilogramos para la captura del enemigo.

El cuarto donde se encontraba trabajando Nicole era la oficina del capitán; a pesar del fino tapete que cubría el piso y de las cortinas de damasco color albaricoque que colgaban de las portillas de popa, el pesado escritorio de roble del rincón así como las cartas de navegación y los mapas que cubrían las paredes daban clara prueba de ello. La mesa de Nicole estaba situada a estribor y en el centro de la habitación destacaba otra mesa muy pulida con varias sillas bajas de cuero alrededor.

El ruido producido por una puerta al abrirse hizo que Nicole alzara rápidamente la cabeza.

-Gracias a Dios que eres tú, Allen -musitó.

Él se rió al tiempo que se apoyaba en el borde de la mesa donde ella trabajaba.

-¿Qué sucede, Nick? ¿Te ha estado fastidiando otra vez el capitán?

Nicole arrojó la pluma y preguntó seriamente:

- Allen, ¿piensas que Sable sabe que soy una chica?

El brillo malicioso de sus ojos azules se desvaneció al instante. Preocupado, preguntó:

- ¿Que te hace preguntarlo? ¿Ha dicho algo?

Mostrando cierta impaciencia, respondió:

- Está actuando de una manera extraña. Esta mañana dijo una sarta de tonterías acerca de no conocernos mutuamente y de ocuparse más de mí en el futuro.

Allen soltó un silbido casi inaudible. Ceñudo, se frotó el mentón.

- Hmm, ¡no me gusta nada! Sable no es ningún tonto y cual- quiera que te mirara con atención se daría cuenta de tu disfraz. Nick, esto resuelve el asunto. Cuando lleguemos a Nueva Orleans tendrás que permitirme que me haga cargo de ti.

-¡Oh, Allen, no me vengas otra vez con eso! El no puede saberlo. Si lo supiese, puedes estar seguro de que no estaría sentada ahora aquí.

- No estés tan segura. Es como un gato en muchas cosas y es muy capaz de jugar con una ratita de cabeza rojiza. Hablo en serio, Nick, cuando toquemos puerto esta vez has de desembarcar conmigo y me encargaré de ti. He estado meditando mucho sobre esto, Nick... no puedes continuar como hasta ahora. Si rechazas mi ayuda no me dejarás otra alternativa que contárselo a Sable.

Consternada, Nicole le suplicó con la mirada. Pero su rostro era una máscara de determinación absoluta.

-Estoy hablando muy en serio, Nick. Toda esta mascarada se acaba en cuanto toquemos el puerto de Nueva Orleans.

Lo estudió en silencio. Era curioso que por fin se decidiera a usar la amenaza definitiva. Y se preguntó por qué elegía este momento para usarla. Por supuesto, ella podría vengarse...

-¿No estás olvidando que puedo contarle a Sable... lo que sé de ti?

El semblante de Allen se petrificó y una mirada terrible asomó a sus ojos.

- ¿Me estás amenazando, Nick? Debo advertirte que no lo hagas. Corre en busca de Sable si lo prefieres, pero no podrás probar nada y seguramente se revelará tu disfraz hagas lo que hagas. Por otra parte -continuó blandamente-, podrías mantener la boca cerrada en cuanto a lo que sospechas y dejar que me ocupe de ti hasta que estés en posición de ánimo favorable para regresar a Inglaterra. -Gentilmente, añadió-: Me agradas, Nicole, y me encargaré de llevarte sana y salva a tu familia en el instante en que lo digas.

- Ya veo -comentó ella, fríamente-. Muy bien, me temo que no tengo otra alternativa que aceptar tu bondadoso ofrecimiento. - La voz de Nicole acentuó la palabra bondadoso y Allen se encogió de hombros.

Tomó una mano de Nicole entre las suyas.

- No lo tomes así, Nick. Si lo meditas un poco te darás cuenta de que tengo razón. Ahora es la única solución y debí habértelo exigido hace mucho tiempo. No te preocupes demasiado de que pague tus gastos de ahora en adelante... me hace feliz hacerla. Si te disgusta mucho, puedes llevar una cuenta precisa y pagarme una vez que recuperes tu posición social y tu fortuna. - Después le rogó-: Seamos amigos, Nicole. Hemos sido compañeros durante demasiado tiempo para separarnos enojados... especialmente cuando sólo estoy pensando en tu bienestar.

Una sonrisa involuntaria curvó los labios de Nicole.

- ¡Oh, maldito seas, Allen! Que se haga como dices. Estoy cansada de luchar contra ti y tal vez tu plan es el más sensato. - De mala gana, admitió-: Desde luego no tengo nada que perder con probarlo. Pero te pagaré hasta el último penique.

Se oyó una tosecita discreta detrás de ellos y girando en redondo Nicole se quedó con la boca abierta al ver a Sable recostado contra la puerta; con los brazos cruzados sobre el pecho los observaba atentamente.

- ¿Le pasa algo a la mano de Nick? - inquirió, cáustico.

Allen la soltó como si fuera un carbón al rojo vivo y se puso de pie con brusquedad al tiempo que decía entre dientes:

- Er... Nick creyó que se le estaba formando un forúnculo y la estaba examinando.

En tono sarcástico, Sable murmuró:

- Médico también, nada menos. Debo comunicarle al cirujano del barco que cuando necesite un asistente la próxima vez estarás encantado de cooperar con él. - Apartándose de la puerta con un movimiento felino, la abrió de par en par y ordenó con voz helada -: Se necesitan tus servicios en cubierta, BaIlard. En caso de que no lo hayas notado, hay mucha actividad en el barco. Hemos avistado una nave y creo que es muchísimo más importante que el forúnculo de la mano de Nick. Además -añadió con voz de seda-, Nick está a mi cargo... no al tuyo.

El rostro de Allen no mostró ninguna emoción, pero apretó los labios al oír el comentario final de Sable y sus hombros se pusieron rígidos al salir. Cuando se hubo marchado, Sable cerró la puerta y giró en redondo.

-¿Y desde cuándo ocurre esto? -preguntó con voz fuerte.

Eludiendo una respuesta directa, Nicole se esforzó por mantener el semblante en blanco.

- ¿Qué? No entiendo lo que dice. - Con aire inocente, preguntó-: ¿El señor Ballard no debe entrar aquí?

Sable sofocó un juramento y la fulminó con la mirada.

- ¡No me tomes por estúpido! Creo, joven Nick, que tendremos esa charla muy pronto, una agradable, tranquila y privada charla persona… ¡solos tú y yo!

Unos golpes rápidos a la puerta del camarote impidieron continuar la conversación. Abriendo la puerta de golpe, Sable le gritó a Jake, que estaba delante de él.

- ¡Sí! ¿Qué pasa ahora?

-Señor, nos estamos acercando con rapidez. La nave es un paquebote inglés fuertemente armado, pero trata de evitar combate. ¿Lo perseguimos?

Sable sonrió con cinismo y dio una palmada en el brazo de Jake.

- Bien, ¿tú que opinas? Lanzando una mirada a Nicole por encima del hombro, le ordenó con voz tajante:

-¡Tú te quedas aquí! No quiero ver tu cara en cubierta. ¿Entendido?

Nicole asintió mientras se le iba formando un nudo en la boca del estómago. Sobre su cabeza ya podía oír los pies descalzos de los hombres corriendo por cubierta preparados para la acción, así como el retumbar de los cañones. Los tiradores más diestros, con los rifles cargados y listos, estarían trepando por los cordajes hasta sus puestos y Nicole sabía que la cubierta principal sería un hervidero de actividad febril mientras quitaban de en medio todo aquello que estorbara la batalla inminente y lo almacenaban en la bodega. Sable, desde su posición ventajosa en el puente de mando, estaría vociferando las instrucciones de último momento mientras los barcos se iban acercando uno al otro.

Nada de ello la molestaba cuando se atacaba algún barco español o francés. Pero cuando el barco era inglés, sus sentimientos entraban en conflicto. Más tarde, cuando traían a los prisioneros a bordo y traspasaban a las presas al barco vencido, se sentía inquieta y alterada por tener que unirse a los demás en el saqueo a sus propios compatriotas.

Intentó ignorar lo que estaba sucediendo a su alrededor y se enfrascó en las listas de cargamentos. Mas, incapaz de pasar por alto el estruendo de los cañones y los ruidos de la lucha encarnizada, se puso a observar el desarrollo de la batalla por la portilla.

La lucha que siguió fue feroz. Los rugidos y estampidos de los cañones retumbaban en el mar bajo los rayos del sol y el aire se llenaba de humo y gritos de los heridos. Mientras Nicole seguía mirando, el paquebote, en un desesperado intento de inutilizar a La Belle Garce, descargó una feroz andanada. Pero no hizo mucho daño ya que sus cañones no tenían el alcance de los de La Belle Garce, y Sable, habiendo anticipado esa maniobra del capitán del barco enemigo, ya había ordenado que La Belle Garce cambiara bruscamente de rumbo y los disparos jamás llegaron al barco.

Cuando al fin se hizo el silencio, Nicole se introdujo en el camarote privado de Sable y espió por la escotilla. El paquebote había luchado con valentía, pero no había podido competir con La Belle Garce en un plano de igualdad. Había caído el mástil mayor y las velas colgaban hechas jirones mientras la nave se mantenía a flote a duras penas. Los heridos atestaban la cubierta y Nicole se hallaba mirando la nave cuando arrió su bandera para rendirse. Con un nudo en la garganta, Nicole volvió la cabeza para no ver las escenas de carnicería. ¿Por qué tenía que atacar barcos ingleses?, se preguntó.

Era fácil olvidar que Estados Unidos estaban en guerra con Gran Bretaña; se necesitaba un acontecimiento como éste para hacerle recordar a Nicole la guerra del señor Madison. La campaña militar de Canadá era algo remoto para ella. Era como si los países beligerantes fueran otros. Las violentas batallas en los Grandes Lagos y el bloqueo a la Bahía de Chesapeake no significaban mucho para ella. No veía razón para preocuparse por una batalla que se había librado semanas o meses atrás y cuyo resultado ya estaba establecido. Nueva Orleans y el Caribe estaban a gran distancia del ataque británico al Fuerte Stephenson sobre el río Sandusky al norte de Ohio. Mas ahora, con la tripulación victoriosa de La Belle Garce abordando el paquebote inutilizado y sus oficiales y tripulación tomados prisioneros, la guerra del señor Madison -la «Guerra del Impresor»- era muy real y estaba muy cerca.

Se abrió la puerta y Nicole levantó la cabeza. Al ver a Sable el corazón le dio un vuelco en el pecho. Tenía una herida leve en la frente y traía un pequeño cofre de piel y bronce bajo el brazo. Sus ojos ardían con fuego dorado por la victoria y el viento había revuelto su pelo negro azulado, añadiendo aún más encanto, pensó Nicole, a su gran atractivo. Con una jubilosa sonrisa, arrojó el cofre sobre la mesa y exclamó.

- ¡Hemos hallado un tesoro, Nick! La Armada Real pagará mucho para recuperarlo de nuestras manos.

Su natural curiosidad hizo que Nicole se acercara a la mesa. La cerradura que sellara el cofre había saltado con el disparo de una pistola, pero quedó desilusionada cuando, al atisbar el contenido, vio solamente unos cuantos libros negros y algunos documentos.

- ¿Qué son? - preguntó con una mirada perpleja en los ojos.

Quien contestó fue Allen, que se acercaba silenciosamente por detrás de ella:

- Libros de claves británicos.

Un silencio ominoso siguió a las palabras de Allen. Con la vista fija en el cofre abierto, Nicole sabía que Sable la estaba observando con atención. Mantuvo imperturbable el semblante, ocultando la consternación que sentía. Entristecida, se preguntó cuáles serían los sentimientos de Allen con respecto a la captura de esos libritos negros que revelarían los secretos de los despachos cifrados británicos que habían tenido la mala fortuna de caer en manos de los norteamericanos; esos libritos, pensó Nicole, confundida por sus emociones encontradas, que proporcionarían a los norteamericanos una injusta ventaja sobre los ingleses.

Sable se sentó sobre la mesa cerca del cofre, encendió un cigarro fino y negro y sacó uno de los libros. Allen no pudo evitar un movimiento involuntario hacia adelante como si quisiera arrancarle el libro de la mano. Sable lo miró socarrona- mente con una sonrisa desagradable torciéndole la boca.

- ¿Estás interesado en ellos, Ballard?

Allen supo contenerse y responder con absoluta calma:

- No, no en particular. Pero ellos explican por qué el paquebote luchó con tanta desesperación. Simplemente me interesaría saber qué motivos tuvo el capitán de ese barco para no destruir- los antes que permitir que cayeran en manos enemigas.

Sable se encogió de hombros.

- Fue lo bastante necio como para esperar hasta el último minuto antes de tratar de desembarazarse de ellos. Lo pillaron en el preciso momento en que iba a arrojarlos por la borda. -Clavando una mirada penetrante en el rostro de su interlocutor, añadió-: Es una verdadera lástima que no haya sido más listo y veloz.

Allen guardó silencio y Sable, perdiendo al parecer todo interés en él, comenzó tranquilamente a hojear el libro.

- Hmm, no puedo sacar mucho sentido de todo esto, pero estoy seguro de que los militares apostados en Nueva Orleans estarán encantados con ellos. - Luego, como Allen no daba señales de querer marcharse, lo miró significativamente y le preguntó-: ¿No tienes nada que hacer en cubierta?

El rostro de Allen se tiñó de rojo y sin una palabra más, giró sobre sus talones y salió. Sable lo observó, cerró la puerta a sus espaldas y su mirada cayó una vez más sobre el rostro de Nicole. Daba la sensación de estar esperando que hablara, pero que la mataran si podía pensar en algo que decir.

Librando una batalla interna, desgarrada entre la lealtad a Estados Unidos y a Sable y el conocimiento de que esos libritos podrían costar la vida a cientos de británicos, tuvo que contenerse violentamente para no arrancar los libros de la mano delgada y aristocrática que los sostenía, coger el cofre y arrojarlo por la escotilla. Sus pensamientos debieron traicionarla porque Sable soltó una carcajada áspera y murmuró:

- Yo no lo intentaría, Nick. Y si estuviera en tu lugar, aprendería cuanto antes a no dejar traslucir mis sentimientos tan abiertamente.

Nicole se enfrentó a los ojos del capitán con osadía, aunque el corazón le golpeaba el pecho como un tambor.

- Me temo que no le entiendo, señor. ¿Qué quiere decir?

Quitándose el cigarro de entre los dientes y arrojando el libro en el cofre, se puso de pie. Instintivamente, Nicole dio un paso atrás pues se sintió alarmada al tenerlo tan cerca. La carcajada de Sable sonó más como un gruñido de satisfacción, pensó Nicole con recelo al ver que se acercaba más a ella. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no continuar retrocediendo, ya que tenía la plena seguridad de que era precisamente eso lo que estaba tratando de obligarla a hacer. Dominándose, permaneció en su lugar y alzó el rostro hacia el del capitán, que lucía una sonrisa siniestra en la boca a sólo centímetros de distancia. Se sostuvieron la mirada por un momento y a Nicole se le ocurrió la peregrina idea de que él tenía la intención de besarla. Con demasiada frecuencia había visto danzar en sus ojos la llama del deseo cuando quería acostarse con alguna mujer como para no saber reconocerla, y podía jurar que por sólo un instante, una fracción de segundo, aquella llama había brillado en sus ojos. El desconcierto y la confusión iban en aumento, así que la muchacha tragó saliva con gran esfuerzo y repitió estúpidamente.

-¿Qué ha querido decir?

- Me parece que sabes muy bien lo que he querido decir, Nick. - Entonces la dejó prácticamente paralizada cuando le pasó un dedo largo y delgado por la cara, al tiempo que murmuraba-: Un cutis muy suave para un muchacho, Nick. Me pregunto si de verdad eres un muchacho.

Sacudida por el terror, echó la cabeza atrás bruscamente y con dos saltos se alejó al otro extremo del cuarto. Con la voz ronca y más áspera ahora por el miedo, exclamó:

-¡No sea ridículo! ¡Por supuesto que soy un muchacho! ¿Qué otra cosa podría ser? Últimamente ha estado de un humor muy extraño, señor, y desearía que no descargara todo su malhumor riñéndome.

- ¿Dices que mi humor es extraño? ¿Quién sabe? - replicó en tono meditativo.

La miró a los ojos con expresión enigmática y Nicole deseó que se fuera de allí. Por un momento creyó que seguiría con sus preguntas desconcertantes, pero la mirada de Sable se desvió a los libros de claves. Encogiéndose de hombros como si se hubiera cansado de aquel juego, Sable se acercó a la mesa y recogió los libros negros.

- Éstos, creo, estarán más seguros si los guardo en la caja fuerte. - Sin más, giró y se dirigió a su camarote privado. Dominada por emociones contradictorias, lo vio depositarlos en la caja de seguridad que estaba cerca de su cama. Él poseía la única llave que la abría; era una caja enorme y muy pesada, así que no había cuidado de que pudieran robarla.

No podía hacer nada en absoluto para detenerlo, reflexionó con desconsuelo, sin saber a ciencia cierta si realmente quería hacer algo. Al menos, mientras los libros estuvieran guardados en la caja fuerte no podrían hacer daño a nadie.

No era tan descabellado que Nicole se encontrara en un verdadero dilema: sentía gran aprecio por los Estados U nidos, pero aún seguía considerándose inglesa. Yesos libritos negros la colocaban en una posición muy incómoda. Una parte de su ser deseaba destruirlos y sin embargo, en el fondo, simpatizaba con los norteamericanos. Más desdichada que nunca al descubrir que ya no sabía qué pensar de la guerra, dejó escapar un largo suspiro.

Esa noche, cuando salió en busca de un poco de aire fresco, vio a Allen cerca de la proa del barco y le comentó que deseaba que esos libros desaparecieran. Allen la miró de un modo peculiar y le preguntó:

- ¿No te molesta que los norteamericanos vayan a usar la información contra tus propios compatriotas... que muchísimos marineros ingleses vayan a morir a causa de ello?

Sintiéndose avergonzada, como si fuera culpa suya que se hubiesen encontrado aquellos malditos libros, Nicole respondió débilmente:

- Sí, desde luego. Pero, Allen, estamos en guerra y estoy segura de que los barcos británicos también se las ingenian para robar secretos de los norteamericanos.

El semblante de Allen se endureció.

-Escucha bien -refunfuñó en tono áspero y a media voz-, Gran Bretaña está luchando por su vida... ¿Crees acaso que está en esta guerra por pura diversión?

Se intensificó su lucha interior y Nicole susurró en tono lastimero:

- No. Pero, Allen, por favor, compréndeme... me resulta muy difícil tomar partido... he estado lejos de Inglaterra desde hace cinco años y todos los que he tratado durante ese tiempo han sido norteamericanos.

Las facciones de Allen se endurecieron aún más y sus ojos azules casi se volvieron negros debido a la violencia de sus emociones. Su puño se cerró con fuerza y Nicole tuvo la inquietante sensación de que si estuviesen en alguna otra parte, lejos de miradas curiosas, él le habría sacudido llevado por la ira.

Entonces ella formuló en voz alta la pregunta que durante tanto tiempo había estado flotando en el aire.

- Tú no eres realmente un desertor de la Armada Real, ¿Verdad, Allen?

En la oscuridad no pudo ver la expresión de su rostro, pero percibió la tensión de su cuerpo. Permanecieron callados durante varios segundos, con la mirada perdida en el mar infinito hasta el horizonte.

Al fin, Allen rompió el silencio.

- ¡Digamos que me gustaría ver el fin de esta maldita guerra! y que haré todo lo que esté a mi alcance para que termine cuanto antes.

Nicole tragó saliva sin saber si debía alegrarse o no de que Allen hubiese rehusado responderle. ¿Tenía alguna importancia? Lo principal era que la guerra terminara y, ¿era realmente imprescindible que se tomara partido por alguna de las partes en conflicto? Nicole creía que no. Pensativa, murmuró:

- Yo también haría cualquier cosa que ayudara a darle término. No es correcto que dos países con vínculos tan estrechos estén en guerra.

Allen dijo entonces:

-¡Entonces ayúdame, Nick! Esos libros de claves traerán más derramamiento de sangre, más hombres y barcos perdidos para los dos bandos. Pero si se los robásemos a Sable y los destruyésemos, no los tendría ninguno de los dos contendientes.

- ¿Robárselos a Sable? - preguntó ella, indecisa, ya que no le alegraba la idea de tener que habérselas con él.

-¡Sí! Tenemos que hacerla, Nick. ¡Si se destruyen esos libros, no sólo no los tendrán los norteamericanos sino tampoco los británicos! ¿No te das cuenta...? Se ahorrarán las vidas de muchos hombres... norteamericanos y británicos. ¡Ayúdame!

Sin embargo, Nicole vacilaba, pues sabía que Sable se pondría furioso y que ella sería una traidora. Pero por otra parte, convencida de que estaría ayudando a terminar la guerra, y comprendiendo que al compartir la suerte de Allen estaría cortando para siempre la relación tan extraña que la unía a Sable, accedió. No capituló con entusiasmo sincero, pero dejó de lado sus dudas con determinación. Ayudaría a Allen y cumpliría con su obligación para dar término a las hostilidades entre Estados Unidos e Inglaterra.

-Sí, te ayudaré -respondió con desgana mientras sus ojos reflejaban el torbellino de sentimientos encontrados que se debatían en su alma -. ¿Qué quieres que haga?

Allen la estudió severamente, pues estaba convencido de que no se había comprometido de corazón, pero luego se encogió de hombros; necesitaba la ayuda de Nick y sabía que estaría dispuesta cuando llegara el momento decisivo.

- No nos conviene actuar ahora... suponiendo que pudiéramos hacerlo. No tendríamos ninguna vía de escape y una vez que desaparecieran los libros, Sable sabría que los había robado alguien del barco. Esperaremos hasta llegar a Barataria. Todo lo que puedes hacer mientras tanto es vigilar estrechamente a Sable y avisarme en cuanto los saque de la caja fuerte.

Se separaron poco después. Nicole regresó silenciosamente a su alacena y Allen se quedó apoyado sobre la barandilla de la cubierta con los ojos perdidos en la inmensidad cambiante del mar. Quería tener esos libros con tanta desesperación que tenía que recurrir a todas sus fuerzas para dominar el impulso de robarlos de inmediato, aquella misma noche, a cualquier riesgo. Su único consuelo era saber que los libros no servían de mucho a Sable. Por desgracia, muy pronto estarían en manos de las autoridades norteamericanas. Ojalá hubiese sido él quien descubriera al frenético oficial, un tal teniente Jennings-Smythe, en el momento de tratar de destruir aquella información decisiva. Ahora, en vez de reposar a salvo en el fondo del mar, reflexionó furioso, descansaban en la caja fuerte de Sable. Esos libros no debían caer en manos de los norteamericanos, decidió Allen con rabia. ¡No debían caer en manos enemigas!

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