Página principal

La amante cautiva primera parte


Descargar 2.16 Mb.
Página4/36
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño2.16 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   36

CAPÍTULO V

La Belle Garce estaba casi desierta cuando subieron a bordo un rato después. Ahora Nicole llevaba el cabello peinado hacia atrás y recogido bien tirante en una coleta que le estiraba las facciones, endureciéndose las y disimulando la femenina delicadeza de su rostro. Llevaba puestos unos pantalones baratos de algodón que le quedaban holgados, lo mismo que la camisa, y tenía toda la apariencia de un muchacho alto y delgado de quince años.

Había unos cuantos hombres jugando a los dados en la cubierta de proa y entre ellos Nicole reconoció fácilmente la cabeza rubia de Jake. Le echó un vistazo, extrañándose una vez más de todas las preguntas que formulaba ese hombre. Como si percibiera la mirada fija en él, Jake levantó la cabeza y Nicole vio que, como de costumbre, tenía la mejilla llena de aquel tabaco que mascaba eternamente. No era una persona agradable ni atractiva y Nicole decidió que cultivaba deliberadamente esa apariencia anodina y poco conspicua para pasar inadvertido. Nadie le recordaría a los cinco minutos de haberlo conocido. Pero Jake formulaba infinidad de preguntas, pensó Nicole al tiempo que lo saludaba con un ligero movimiento de cabeza antes de marcharse a toda prisa al camarote del capitán Sable.

- Hola, señor Higgins - saludó ella alegremente al encontrarse con el segundo oficial inclinado sobre un mapa extendido encima de una de las largas mesas del salón.

- Buenos días, Nick. ¿Buscas al capitán?

Nicole simpatizaba con el señor Higgins. Sus ojos color café siempre estaban risueños y parecía tener cierta debilidad por ella, ya que más de una vez había ocultado a los ojos de lince del capitán algunas de las faltas menores que ella había cometido.

- No. No precisamente. Pero creí que debía presentarme en el barco. He estado en tierra toda la mañana - admitió con una sonrisa culpable.

- Bien, el capitán ha salido de visita. - Una sonrisa socarrona le arrugó aún más el rostro apergaminado y murmuró-: Y nosotros sabemos bien a quién ha ido a visitar.

- A Louise Huntleigh - respondió Nicole en tono inexpresivo, sin entender por qué le deprimía la noticia.

Higgins asintió y sus ojos brillaron maliciosamente.

- Y si el capitán no tiene cuidado, sus días de corsario habrán acabado.

-Eso me parece muy difícil -dijo arrastrando las palabras una voz grave desde el umbral de la puerta.

Nicole dio media vuelta y sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho al encontrarse con la mirada ámbar dorada del capitán. Últimamente cada vez que se enfrentaba de súbito con él reaccionaba de la misma manera y ello le disgustaba, así como su desvergonzada masculinidad, más patente ahora que estaba a la puerta del camarote absolutamente desnudo, salvo por una toallita atada alrededor de las estrechas caderas. La piel atezada de intenso color bronce oscuro, el pecho ancho y con músculos bien desarrollados ostentando una maraña de fino vello oscuro, las piernas largas y nervudas y el resto de su cuerpo, representaban en ese momento para Nicole la viva imagen de una lustrosa pantera salvaje de pelaje leonado, mirándola con sorna con sus ojos dorados por entre espesas pestañas negras. Era evidente que acababa de regresar de un baño en el mar, pues a su paso había dejado un reguero de gotas de agua salada sobre el piso de madera de la cubierta. Haciendo caso omiso de los dos ocupantes del camarote, desató la toallita y se la quitó. Nicole desvió la mirada de la figura alta de hombros anchos completamente desnuda que se dirigía, imperturbable, a sus aposentos privados.

El movimiento instintivo de Nicole no pasó inadvertido para Higgins, quien la miró con expresión intrigada. Nicole le sonrió débilmente y después de un minuto, extrañándose todavía por la timidez del supuesto muchacho, Higgins se encogió de hombros y volvió a estudiar el mapa. Pero antes de que ella pudiera escapar de la turbadora presencia del capitán, su voz la detuvo:

- Nick, ¿dónde diablos has puesto esos pantalones negros que compré en Boston en el último viaje?

Con un suspiro de resignación, sabiendo que sus horas de libertad habían terminado, Nicole, reticente, entró en los aposentos privados de Sable.

Desnudo aún, estaba de espaldas a ella ante una cómoda de roble con un cajón abierto mientras revolvía y buscaba entre las ropas. Y por un momento Nicole quedó cautivada por la belleza sin igual de ese cuerpo viril, duro y bronceado por el sol. Era alto, unos centímetros más de metro ochenta, un Apolo perfectamente proporcionado desde la coronilla hasta las plantas de los aristocráticos pies. Nicole deseó ferviente mente poder ver su desnudez, su belleza casi pagana, con la misma indiferencia con que veía a cualquier otro miembro de la tripulación. Pero no podía. Sable la desasosegaba, haciendo que se agitara en ella su femineidad aletargada, y últimamente esos inoportunos sentimientos habían arreciado hasta el punto de volver sus movimientos torpes y vacilantes.

Esta vez no fue diferente, y cuando Sable volvió la cabeza y le echó una mirada impaciente por encima del hombro, ella cruzó la habitación y tropezó con un escabel de madera. La rápida reacción de Sable, que dio un salto y la sostuvo tomándola por los hombros, la salvó de caer de bruces al suelo delante de él.

- Espera, jovencito. Que yo tenga prisa no significa que espere que caigas a mis pies -le dijo con una sonrisa, y los dientes contrastaron con la negrura de la barba recortada.

Una vez más la asaltó esa extraña sensación de quedar sin aliento, y fue tan consciente de la proximidad de ese cuerpo desnudo, caliente y con el perfume salobre del mar, que por un momento aterrador creyó que se derretiría en sus brazos y ofrecería la boca a la inflexible crueldad experimentada de sus labios. Mas, ahogando un jadeo, se recobró con celeridad mientras una voz interior vociferaba: ¡recuerda que cree que eres un muchacho!

Se apartó de sus brazos con brusquedad y musitó:

- Esos pantalones están aquí en el baúl, exactamente donde me ordenó que los pusiera.

- Es verdad - respondió con estudiada indiferencia, pero se marcaron arrugas de desconcierto entre sus negras cejas al aceptar de ella la prenda en cuestión -. ¿Pasa algo malo, Nick? -le preguntó inesperadamente.

Nicole masculló:

- No. Me está resultando difícil acostumbrarme al balanceo del barco en este viaje. -Soltó un suspiro de alivio cuando finalmente él le dio permiso para irse después de echarle una mirada penetrante e inquisitiva con los ojos entornados.

No habría estado tan aliviada si hubiese sabido que esa mirada la seguía, profundizándose más las arrugas de desconcierto que tenía entre las cejas, al ver que se escabullía del camarote. Sable se preguntó qué demonios le ocurriría al muchacho. Nick había estado tan nervioso y asustadizo como un pez en el arpón últimamente y estaba decidido a averiguar el motivo. Pensándolo mejor, consideró que sería preferible preguntárselo a Higgins; éste parecía saber todo lo que pasaba en el barco. Y reme morando todos los años que él y Higgins habían pasado juntos, sonrió.

Se hicieron compañeros desde que el hombre mayor había tomado bajo su protección a un jovencito perplejo y confundido que fue arrojado a los brazos nada cariñosos de la Armada Real. Aquellos primeros meses resultaron un infierno hasta con la intervención protectora de Higgins. Su espalda llevaba las marcas de los resultados de aquellas veces en que Higgins, un felón condenado por falsificador, no había podido impedirle a su joven amigo, demasiado impetuoso, que cometiera locuras y sufriera los correspondientes castigos. Evocando aquellos años, Sable pensaba a menudo que se habría vuelto loco si no hubiese sido por Higgins y sus consejos serenos y moderados. Pero hasta Higgins, cansado de aquel sistema brutal, cuando Sable juró que se fugaría del barco, lo acompañó, invirtiéndose súbitamente los papeles, pues era Sable quien dirigía ahora y Higgins quien lo seguía. Existían pocos hombres, y por el momento ninguna mujer, en quienes Sable pudiera confiar alguna vez, pero Higgins era uno de ellos; el otro habría asombrado a la gente de haberse sabido: era un negro ex esclavo llamado Sanderson.

También éste había conocido la adversidad antes de que Sable y Higgins se toparan con él poco después de haber desertado. Estaba en la tarima de subastas de esclavos en Nueva Orleans, y se decía que lo iban a vender por haberse insolentado con su amo. Fue sólo por casualidad que los dos se encontraran en la plaza aquella calurosa mañana soleada, pero el ver aquel cuerpo vigoroso cargado de cadenas que llevaba con orgullo, afectó profundamente a Sable cuando recordó los grilletes que él mismo había sufrido hacía poco. Reuniendo sus recursos hicieron una oferta por el hombre y muy pronto se encontraron cerca de la indigencia y dueños de un esclavo conocido por su carácter indeseable.

Un extraño trío había salido de la subasta de esclavos: un hombre cito semejante a un gnomo, un joven alto y de hombros anchos y un negro esbelto y hosco. Sus pasos los llevaron a la herrería de los hermanos Lafitte, y una vez allí, con una mueca de disgusto ante los pesados grilletes de hierro alrededor de los tobillos del hombre, Sable exigió que se los serrasen. Concluida la tarea, aplastó rudamente los documentos de la compra y la última moneda de oro que le quedaba contra la mano del sorprendido negro, dándole la libertad. En ese mismo instante había ganado un esclavo para toda la vida.

Con una sonrisa indolente en los labios, Sable desechó esos recuerdos del pasado y se dirigió a la oficina del barco. Higgins todavía se hallaba allí. Con la escena de Nick aún fresca en su mente, Sable preguntó:

- Higgins, ¿has notado algo extraño en el comportamiento de Nick últimamente? El muchacho me considera un monstruo y no puedo explicarme por qué.

Higgins vaciló por un momento antes de responder, recordando por un instante la timidez tan peculiar que parecía atacar al muchacho cada vez que el capitán, vestido o desnudo, se acercaba a él. Finalmente, dijo:

-No puedo decir que haya notado nada, creo que el chico está creciendo y quizás está un poco resentido por ser nada más que tu criado. Tal vez Nick sea ambicioso.

Sable soltó una risotada.

- Lo dudo. A veces se comporta conmigo con el mayor descaro y otras trata de confundirse con la mampara para pasar inadvertido. Pero quizá tengas razón. Tendré que meditar sobre su futuro.

Nicole se habría horrorizado ante la idea de que el capitán planeara su futuro, pero por suerte no se enteró de la conversación que habían mantenido los dos hombres ni de las opiniones vertidas por ambos. Por consiguiente, continuó dedicándose a sus tareas habituales como si nada hubiese cambiado, aunque era consciente de que Sable parecía observarla con mayor atención y una vez más la inquietó la idea de que hubiese descubierto su engaño. Por la noche, mientras yacía en su hamaca, el capitán invadía su mente. Enojada, lo maldecía. Hasta cuando no estaba cerca tenía el poder de acosarla.

Algunos días después, esos pensamientos volvieron a asaltarla mientras estaba tendida sobre la arena caliente de otra pequeña cala. Estaba sola y se había recobrado en parte del terror que había paralizado su corazón la primera vez que entrara en el mar después del ataque del tiburón. El pánico abyecto había desaparecido, pues creía que había sido un capricho de la suerte y que no era probable que sucediera otra vez. Pero evitaba la laguna donde había ocurrido el incidente y jamás nadaba demasiado lejos de la costa; algo de lo que se burlaría el capitán si lo supiera, considerándola una cobarde. Suspirando, movió el cuerpo desnudo sobre la arena cambiando de posición, deseando que sus pensamientos no girasen siempre en torno al exasperante y autoritario capitán Sable.

Hasta hacía poco no había meditado mucho sobre la relación que le unía al capitán. Él sólo estaba allí, en segundo plano. Reflexionando sobre el tema, reconoció en silencio que lo había admirado enormemente durante los primeros años a bordo de La Belle Garce; él era esa criatura divina que había convertido en realidad sus fantasías más alocadas, quien la escamoteó de los Markham y llenó su vida de excitación. No había sido hasta la guerra con Inglaterra cuando empezó a cuestionarse sus sentimientos.

Era curioso, pensó de repente, que en los cinco años que habían estado juntos, nunca hubiese mostrado curiosidad por saber algo respecto de su joven secretario y mozo de a bordo al mismo tiempo. Nunca demostró interés alguno por saber qué la había impulsado a ir al mar, o si dejó atrás familia que pudiera estar preocupada por ella. Suponía que en parte se debía a que nadie preguntaba los motivos o los antecedentes de los individuos de mirada dura y gestos hoscos que navegaban en barcos corsarios y piratas y que él, simplemente, había extendido esa misma falta de interés a su caso. Existía una regla tácita por la cual nadie, ni siquiera el capitán, podía fisgar en las razones de un hombre para desear el anonimato de la vida en el mar. Sable jamás le había prestado demasiada atención más allá de asegurarse de que hiciera lo ordenado. Nunca fue innecesariamente cruel, aunque sí fue un supervisor exigente y riguroso. Nicole jamás cuestionaba su relación con él a bordo del barco, ni la manera en que dirigía La Belle Garce, y descubrió que había mucho en él digno de admiración. Pero eso era antes, caviló sombríamente, antes de que exhibiera su absoluta sangre fría y pavorosa insensibilidad.

Sucedió hacía tres meses. Un miembro de la tripulación, un jovencito de no más de dieciocho años, había subido clandestinamente a bordo a una mujer al salir de un puerto de Francia rumbo a Nueva Orleans. Se trataba de una ramera, una de tantas que ejercían su oficio en la zona portuaria, y Nicole muchas veces se había preguntado cómo Tom, ese mozalbete, podía haberse enamorado de aquella criatura de facciones desagradables e innobles y ojos de mirada astuta y furtiva. Pero lo estaba y peor aún, se había dejado convencer por ella de que sin él su vida no tenía sentido. Se dejó cegar tanto por el amor y por aquella mujer, que lo manipuló hábilmente para que violase una de las reglas cardinales del barco: ninguna mujer a bordo cuando se estaba en alta mar. Hacía dos días que habían zarpado de Francia cuando se descubrió la ramera y Nicole se estremeció al recordar la ira sorda que demostró Sable cuando Tom y la mujer fueron llevados a su presencia. Se encargó de Tom rápidamente; treinta azotes delante de la tripulación y pasar el resto del viaje en el calabozo.

Nicole contempló el castigo sin estremecerse siquiera, pero la espalda del muchacho había quedado hecha una masa de carne desgarrada y sangrante cuando todo terminó. El castigo era cruel, pero Tom conocía los riesgos y Nicole comprendía, aunque le disgustase, que se necesitaba una mano de hierro para hacer cumplir las leyes por las que se regían las vidas de los corsarios. Podría haber estado en desacuerdo con el castigo impuesto por Sable, pero no le guardaba rencor por ello. No, lo que la asqueaba era el castigo que le había impuesto a la mujer.

Concluidos los azotes, la mirada fría de Sable cayó sobre la mujer. La miró fijamente durante mucho tiempo como si estuviera indeciso acerca de lo que quería hacer con ella. Entonces entornó los ojos; la mujer interpretó mal el interés que él le mostraba y le lanzó una tímida mirada de invitación. Observándola con rostro inexpresivo, dijo:

- ¡Llevadla abajo y dejad que la tripulación disfrute de una ramera!

Los ojos de la mujer se dilataron de horror, gritó y suplicó cuando un grupo de marineros, sonriendo socarronamente, la forzaron a descender a la bodega. Entonces, sabiendo lo que le aguardaba a la mujer, Nicole sintió verdaderas náuseas.

El corazón de Nicole había sufrido profundamente por el calvario de la prostituta. Ninguna mujer, pensó con furia, ni siquiera una vil ramera, merecía semejante castigo, atender incesantemente a las exigencias de toda la tripulación de La Belle Garce.

Evocando el incidente con viveza y detalle, se agitó, inquieta y triste, en la playa. Todavía la angustiaba y se le formaba un nudo en la boca del estómago. Los hombres eran unos verdaderos salvajes, pensó con desdén. Después, un esbozo de sonrisa le curvó la boca grande y generosa; no, no todos los hombres, Allen no era así.

Pensando en Allen sonrió complacida. El querido, querido Allen. Fue precisamente él quien había sugerido a Sable que no era conveniente que Nick estuviese expuesto a todo lo que ocurría en los aposentos del capitán. Sable había mirado a Allen con frialdad, y luego esos ojos dorados y bordeados de espesas pestañas negras cayeron sobre el joven rostro de Nick. Y sin duda, recordando las veces que invitara a damas bastante ligeras de cascos a pasar la noche en su camarote mientras Nick supuestamente dormía en un rincón, la boca de Sable se torció en una sonrisa indolente y maliciosa y ordenó a Allen que encontrara algún sitio cercano donde acomodar al chico. Poco después, Nicole pasó a ser la orgullosa poseedora de una alacena junto a la puerta que conducía a los aposentos del capitán.

En realidad había sido una alacena, pero Allen ordenó al carpintero del barco que realizara algunas modificaciones sin importancia. Y así Nicole tuvo un cuarto diminuto apenas del tamaño suficiente como para colgar su hamaca y colocar el pequeño cofre forrado de cuero donde guardaba sus escasas pertenencias. Al pasar los meses agradecía frecuentemente a Sable que hubiera seguido la sugerencia de Allen.

El sol quemaba demasiado para seguir inmóvil por más tiempo, por lo que Nicole se levantó y caminó lentamente hasta la orilla del mar. El último vestigio de temor al ataque de algún tiburón desapareció y se internó en el agua transparente hasta que le llegó a la cintura; luego nadó cierto trecho hacia mar abierto, atraída por su azul intenso. Buceó hasta que se sintió algo cansada, luego se impulsó con indolencia hacia la costa. Creyendo que nadie la observaba, actuaba con tanta naturalidad y falta de inhibición como sólo los jóvenes pueden hacerlo, y risueña, se puso de pie y alzó el rostro para recibir la caricia del sol, mientras alrededor de sus esbeltas caderas se arremolinaban las aguas verde-azuladas como un magnífico manto de raso centelleante. Pero Nicole no estaba sola.

El hombre, que permanecía con el rostro transfigurado por el espectáculo que se presentaba a sus ojos, se hallaba oculto entre la maleza exuberante de la selva tropical, y petrificado en su sitio, no hizo ningún ruido. Al principio, asombrado y aturdido, sólo podía mirar con fijeza a la joven alta y esbelta que reía en el agua con el oscuro cabello rojizo cayendo alrededor de sus hombros como un manto de fuego.

Nicole se había convertido en una joven alta y elegante, pero no desgarbada. Era de huesos menudos y figura exquisita con hermosos hombros redondeados y pechos erguidos, no voluptuosos, pero aun así muy femeninos. Observando su cintura estrecha, su talle cimbreante y las caderas delicadamente redondeadas, el observador se preguntó cómo alguien podía haber ignorado cuál era su sexo. Y cuando ella avanzó por el agua hacia la playa de arenas blancas, con las piernas largas y flexibles brillando como oro mojado al sol, contuvo la respiración ante la belleza de aquella mujer de miembros largos y figura escultural. La suave piel dorada era inmaculada y la boca de labios carnosos desató en él un deseo imperioso de apresarla entre sus brazos y probar la dulzura de sus besos. Empezó a avanzar cuando un ruido a su izquierda detuvo sus pasos. Instantáneamente reconoció al hombre que se acercaba por la playa.

- ¡Maldita sea, Nick! ¿Cuántas veces tengo que advertírtelo? ¡Cualquiera podría venir y descubrirte!

Sorprendida, Nicole alzó la cabeza, temerosa, pero al ver quién era, sonrió.

- Allen, te inquietas demasiado. El barco está al otro lado de la isla y los hombres nunca dejan el pueblo... están demasiado ocupados bebiendo ron y saciándose con rameras. ¿Por qué demonios habían de venir tan lejos?

- ¡Ésa no es la cuestión! Alguien podría hacerlo y entonces sí que estaríamos en un lío. Te he dicho una y otra vez que si deseas nadar me lo hagas saber, así, al menos, puedo vigilar que nadie se acerque.

Haciendo una mueca y completamente despreocupada por su desnudez, Nicole gruñó:

- Creo que te preocupas más de la cuenta.

Allen meneó la cabeza, disgustado.

- No creo que te des cuenta del riesgo que estás corriendo. ¡Ponte algo de ropa encima!

De buen humor, Nicole se enfundó en sus largos pantalones de algodón, y sin ceñirse los senos como hacía normalmente, deslizó sobre su cuerpo la tosca camisa de algodón blanco.

- Ya está, ¿satisfecho? -dijo. Una sonrisa cruzó por el rostro tostado de Allen y sus ojos azules chispearon.

- Sí, estoy satisfecho, ¡pero creo que soy lo bastante hombre como para preferir verte como estabas! ¡Ahora ven aquí y deja que te arregle esa melena enmarañada!

Obediente, Nicole avanzó hasta detenerse delante de él. Allen se sentó sobre una de las piedras redondeadas de la cala y, haciéndola arrodillarse en la arena delante de él, procedió a desenmarañarle el pesado cabello rojizo. Luego lo echó hacia atrás sin ningún miramiento y lo ató en una larga coleta trenzada que caía por su espalda. Cuando terminó, se puso de pie y le tendió una mano para ayudarla a levantarse. Al mirarse en sus grandes ojos topacio, oscurecidos por las espesas pestañas negras y el tono dorado de su cutis, se preguntó, inquieto, cuánto tiempo más podría durar esa mascarada. La boca de Nicole era demasiado sensual para ser masculina; su nariz, con esa pureza de línea ligeramente quebrada en la punta, era también demasiado femenina.

El hecho de que ella se hubiera quitado tres años de edad desde el principio la había ayudado mucho: en principio un joven delicado de quince años podía parecerse a Nicole. Le sonrió, pero no pudo por menos que preguntarle:

- ¿Cuánto tiempo más puedes continuar llevando este disfraz, Nicole? Tarde o temprano tendrás que terminar con esta parodia. No pensarás convertirte en un marinero de gran experiencia, ¿verdad?

Nicole encorvó la espalda y se alejó de la mirada inquisitiva de Allen. Con la vista en la lejanía, entornando los ojos contra el reflejo del sol en el agua, dijo muy despacio:

-Si hiciera lo que me dices y regresara a Inglaterra, no habría conseguido nada más que un respiro de cinco años. Todavía soy menor de edad, mujer, y los Markham aún tienen control sobre mi persona y mi dinero. Sólo tengo dos alternativas... esperar hasta alcanzar la mayoría de edad o casarme. -Girando sobre sus talones, preguntó en broma-: ¿Te casarías conmigo, Allen?

Mudo por la sorpresa, Allen la miró turbado y la risa de Nicole burbujeó al ver su expresión.

-Como ves, no tengo más remedio que esperar la mayoría de edad.

Al darse cuenta de que su silencio no era muy cortés ni halagador para ella, Allen intentó darle una explicación y empezó a tartamudear bajo la mirada fija y risueña de Nicole. Su autodominio a veces lo alarmaba. Esa jovencita carecía de pudor virginal y pensaba con tanta claridad y sagacidad como un hombre, tanto era así que algunas veces Allen se preguntaba si se daba cuenta de que era mujer. No estaba enamorado de ella, pero la quería entrañablemente como a un hermano menor, y de vez en cuando hasta él se veía en apuros para recordar que era una mujer. Pero otras veces, como ahora, era bien consciente de que era una mujer joven de linaje con una familia en Inglaterra que se estaría preguntando qué habría sido de ella.

Nicole carecía de gazmoñería y engreimiento. Era una muchacha franca sin nada de mojigatería. Nada de desmayos ni de rubores virginales. Allen se sonrió sin poder evitarlo al imaginar el efecto que causaría en el decoroso Londres la primera vez que abriera su boca bonita y sensual y soltara una de las blasfemias más coloridas y pintorescas aprendidas durante su larga asociación con una tripulación de rudos y groseros hombres de mar. Pasando el brazo alrededor de sus hombros en un gesto lleno de afecto fraternal, la guió hacia el sendero que cruzaba la selva.

-Sabes una cosa, señorita, si creyera que iba a funcionar, me casaría contigo. Pero mucho me temo que me harías bailar una danza tan movida que iría a la tumba mucho antes de lo que lo tengo planeado.

-Ojalá quisieras casarte conmigo, Allen -dijo Nicole lentamente -. ¿Estás seguro de que no te avendrías a hacerlo? Después de todo, nos llevamos maravillosamente bien y sé que podrías expulsar a los Markham.

Allen simplemente meneó la cabeza al oír el tono persuasivo de su voz.

- Nicole, Nicole, ¡qué chica tan rara eres! ¿No sueñas con enamorarte algún día?

La sorpresa detuvo sus pasos y lo miró con perplejidad.

- ¡Pero yo te amo! ¡Te amo más que a nadie en el mundo! - protestó.

Allen respondió amablemente:

- Ésa es la clase equivocada de amor, Nicole. Algún día descubrirás lo que quiero decir y entonces me comprenderás cuando digo que lo que sientes por mí no es suficiente.

Ceñuda, lo miró largamente con ojos dubitativos, Allen le pellizcó la punta de la nariz.

-No te preocupes -le aconsejó-. Olvídalo. Ya sabrás muy pronto lo que quiero decir, en cuanto te consiga las ropas apropiadas.

Proclive a argumentar, Nicole abrió la boca para profundizar en el tema, pero Allen le dio un empujón y ella avanzó a desgana por el sendero.

Para mitigar su malhumor, Allen se echó a reír.

- Vamos, joven Nick, tengo una sorpresa para ti... espero que te guste.

Lentamente desaparecieron en medio de la maleza y fuera del alcance del observador furtivo. Unos minutos más tarde, el hombre salió de su escondite y emprendió el camino por la selva. Aunque no había podido oír la conversación de las dos figuras de la playa, vio claramente el aire de intimidad que existía entre ellos. Había una sonrisa desagradable en aquellos rasgos y labios bien marcados al pensar sombríamente que el joven Nick no sería el único que recibiría una sorpresa.

1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   36


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje