Página principal

La amante cautiva primera parte


Descargar 2.16 Mb.
Página36/36
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño2.16 Mb.
1   ...   28   29   30   31   32   33   34   35   36

EPÍLOGO

CAPÍTULO XL

Lo que sucedió durante los días que siguieron en las praderas de Chalmette, al sur de la ciudad de Nueva Orleans, es historia: Andrew Jackson ganó la más decisiva de las victorias al vencer contundente mente a los británicos. Sin embargo, no se puede negar que el resultado podría haber sido muy distinto de no mediar la intervención de Jean Lafitte, sus hombres y sus municiones.

En realidad, lo que se dio en llamar la batalla de Nueva Orleans fueron dos batallas, sin contar las luchas y escaramuzas intermedias. El 8 de enero de 181 5 se libró la más importante y definitiva en los cañaverales de la plantación Macarty. La pérdida de vidas fue terrible; los británicos sufrieron más de dos mil bajas en sólo dos horas en el vano intento de abrir brechas en las fortificaciones de tierra que Jackson había mandado construir. Los norteamericanos apenas sufrieron setenta bajas, aunque aquellos setenta hombres eran tan importantes para los americanos como lo habían sido los dos mil para los ingleses.

Los británicos también perdieron a dos de sus jefes militares más capaces, el general de división Samuel Gibbs y el general de división sir Edward Pakenham. Las bajas entre los oficiales subalternos y los sargentos fueron devastadoras; un solo regimiento perdió veinticuatro oficiales, entre los que se encontraban su coronel y doce sargentos.

Las indecisiones y la falta de comunicación entre los coman- dantes les costó a los británicos la batalla de Nueva Orleans. Debían haberla ganado: los sobrepasaban en número en casi tres a uno; poseían una poderosa flota de abastecimiento y podían proteger la retaguardia; además, estaban luchando contra un ejército políglota de hombres inexpertos y sin entrenamiento adecuado: criollos y ciudadanos de Nueva Orleans de habla inglesa; altos y descarnados «kaintucks» con los rifles bajo los brazos; bronceados acadios de las praderas y pantanos; pequeñas compañías de mulatos y negros; dragones de Mississippi y hombres oriundos de Tennessee con sus bastas chaquetas de tela; los baratarianos de Lafitte y una reducida partida de indios Choctaw. Todos ellos constituían sin duda un variopinto ejército, pero que puso de rodillas al león británico.

Como una ironía del destino, la batalla de Nueva Orleans se libró después de firmado el tratado de Gante por los negociadores británicos y estadounidenses el 24 de diciembre de 1814. La noticia de la rúbrica del documento no llegó a los Estados Unidos hasta febrero y para entonces la batalla de Nueva Orleans era un hecho consumado.

Los Estados Unidos ratificaron el tratado el 16 de febrero de 181 5 Y es irónico que en el mismo no se hiciera ni una sola mención de la leva de marineros norteamericanos por los británicos cuando ésa, en teoría, había sido una de las razones dominantes de la guerra de 1812.

Christopher y Jason intercambiaron miradas irónicas cuando una copia del tratado llegó por fin a Nueva Orleans. Pero ninguno vio motivos para hacer comentarios sobre esa curiosa, y sin embargo no tan curiosa, omisión. América estaba en paz nuevamente y por el momento eso era lo único que importaba.

Poco tiempo después, mientras caminaba con lentitud hacia Dauphine Street, Christopher admitió con cierto pesar que ahora todo lo que quería era tener paz en su propio hogar... paz entre esa pequeña cascarrabias obstinada con la que se había casado y él, además de amor.

Ya hacía casi tres meses que vivían en perpetuo estado de hostilidad.

Nicole, inconmovible y fría, recibía sus intentos de reconciliación con un glacial desdén. Y Christopher, sin saber cómo proceder, se refugiaba tras una máscara de indiferencia.

Era perfectamente consciente de que la había juzgado con injusticia, tenía muy claro que el error había sido sólo suyo, y como temía más que nada en el mundo ofenderla y alejarla más de él, su comportamiento era precisamente lo opuesto de lo que debía haber sido.

Parecían vivir dos vidas separadas: Christopher ocupado en sus asuntos y Nicole envuelta en el bullicioso círculo social de Nueva Orleans. Acudían juntos a las veladas teatrales, pero sólo para guardar las apariencias, yendo y viniendo de los diversos acontecimientos sociales en profundo silencio y, ya en los distintos destinos, buscando sus respectivos grupos de amigos para pasar la velada; en la mayoría de los casos no volvían a reunirse hasta el momento de la partida.

En la casa se eludían mutuamente. Christopher se levantaba y salía muchas mañanas antes de que Nicole despertara y la mayor parte de las noches cenaba fuera con otros conocidos, dejando que Nicole se distrajese como pudiese.

Al principio, él había intentado romper el muro de silencio y desilusión que ella había erigido a su alrededor, pero como procedió con amabilidad y delicadeza en lugar de hacerlo con su habitual arrogancia e implacabilidad, Nicole consideró sus intentos faltos de entusiasmo y verdadero interés.

Sin embargo, él había hecho una cosa que le ablandó ligeramente el corazón, obligándola a preguntarse si quizá no todo estaba perdido. Poco después de la última sangrienta batalla con los británicos, concretó arreglos para que Nicole se encontrara con Allen. Fue una visita muy corta, y mirando con desconsuelo a su antiguo camarada a través de las barras de la celda, consciente del guardia a tan sólo unos metros de distancia en el corredor, Nicole recordó vívidamente una circunstancia similar en Grand Terre.

Durante varios minutos ninguno de los dos supo qué decir, pero luego Allen, con una sonrisa irónica, murmuró:

- O soy un espía singularmente inexperto o tu esposo es mi vengador.

Nicole tragó saliva, pensando con dolor que esta vez ella era más responsable que Christopher del encarcelamiento de Allen, y un poco incómoda, dijo:

- Allen, lamento no haber dejado que escaparas cuando tuviste la oportunidad. -Sus ojos topacio, enormes y suplicantes al clavarse en los límpidos ojos azules de su amigo, añadieron en tono ronco-: Pero no podía dejarte ir sin saber si podrías ser la causa de la muerte de Christopher. ¡Por favor, compréndeme!

Allen le sonrió casi con cariño.

- Te comprendo, pequeña. Te comprendo. Aunque la idea de colgar en la horca no es de mi agrado, no puedo culparte por lo que hiciste. -Con un brillo burlón en la mirada, añadió-: si bien habría deseado que no fueras tan endiabladamente ágil y que no hubieses estado tan decidida a detenerme. ¡Saltaste como una perra de caza en pos de su presa!

- ¡No bromees! - gritó Nicole y cubriéndole la mano que asía una de las barras de la celda, murmuró-: Trataré de ayudarte. Tal vez no te cuelguen.

-Quizá no lo hagan. ¡Pero con toda seguridad tampoco me cambiarán junto con los otros prisioneros! Un espía no recibe el mismo trato que un soldado que ha luchado con honor en el campo de batalla. - La voz reveló cierta amargura que no pudo ocultar. Pero desechando la desolación que le sobrecogía, dijo en tono ligero-: Quizá podrías hacer algo para que ese esposo que tienes consiga reducir mi castigo. Por lo que he oído, es muy amigo de Claiborn y de Jackson, y una esposa amante bien puede influir en el ánimo de un hombre haciéndole cambiar de opinión.

Nicole sonrió con debilidad. Allen ya tenía bastantes problemas sin necesidad de saber que era el responsable directo de la terrible desavenencia entre su esposo y ella. Quedaba poco por decir, y con un fuerte apretón de manos se despidieron.

No habían vuelto a encontrarse y Nicole no se atrevía preguntarle a Christopher cuál sería el destino final de su amigo. No le pasó por alto el hecho de que detrás de la furia y las acusaciones de su esposo aquella noche fatal, los celos habían ocupado un lugar preponderante, y no deseaba despertarlos otra vez interrogándole acerca de Allen. Y por eso, como sabía lo terriblemente celoso que era, resultaba más incomprensible su actitud de haber concertado aquel encuentro. ¿Qué había esperado..: que de algún modo le brindaran la prueba que necesitaba? SIn embargo, por sorprendente que pudiera ser, ella creyó ver por un segundo una expresión bondadosa en sus ojos al informarle de que iba a ver a Allen. ¿Christopher bondadoso? ¡Ridículo! Reprimiendo los dictados de su corazón, se atrincheró en su mutismo y legítima indignación, diciéndose que él era indigno de su amor y de su confianza.

Pero de esa forma, Nicole se puso entre la espada y la pared y ahora, horrorizada veía que no tenía ninguna salida para escapar de la difícil situación en que se encontraba. Estaba atrapada en su propio castillo de glacial desdén y Christopher no daba ninguna muestra de querer sacarla de allí

Durante las semanas que siguieron a la batalla de Nueva Orleans, olvidados ya los temores de un posible ataque, Nicole había tenido tiempo para reflexionar con más calma y frialdad. Libre ya su mente de miedos, quedó espacio suficiente para la introspección, y lo que encontró no fue muy agradable.

¿Realmente quería pasar el resto de sus días en ese estado de indiferencia hostil? ¿No deseaba volver a gozar entregándose al cuerpo viril y fogoso de Christopher? Las puertas entre las alcobas habían permanecido cerradas y él hasta se había privado de sus legítimos derechos de esposo. ¿Toda su furia valía la pena comparada con la risa y el amor de que había gozado durante esas pocas semanas antes de la crisis? ¿Valía más que esa visión fugaz que habían tenido ambos del edén? La respuesta fue un categórico y sincero no.

Y brutalmente honesta consigo misma, admitió que si hubiese encontrado a Christopher con otra mujer en una situación similar a la de ella con Allen, habría llegado a la misma conclusión que él. Y de pensar eso, ¿podía culparle en realidad por creer lo que había creído? Una vez más la respuesta fue un desagradable no. Sentada en su elegante cuarto contemplando con tristeza las frondosas ramas del nogal gigante que se veían desde la ventana, descubrió que estaba en una encrucijada.

Había rechazado todos los intentos de Christopher de explicar o de hacer las paces con tal desdén que éste había renunciado ya a insistir. Ella había sido tan orgullosa y vehemente en su desprecio que su esposo, gradualmente, se fue replegando en sí mismo, ignorándola y tratándola con fría cortesía. ¿Cómo salir de aquella torre impenetrable en la que se había encerrado?

Una soleada mañana de marzo llegó a manos de Christopher una nota que le enviaba Bartel, el encargado de la plantación. Mientras la leía, una idea empezó a tomar forma en su mente. La misiva era breve y mencionaba sólo que había comenzado la siembra de primavera y que deseaba discutir algunos aspectos con él. Normalmente Bartel venía a la ciudad para aquellos menesteres, pero Christopher, tomando una decisión instantánea, resolvió que por una vez se trasladarían todos a Thibodaux House. Tal vez allí, estando los dos solos y sin las distracciones de la ciudad, Nicole y él podrían encontrar el camino de la reconciliación. Una vez tomada la decisión, no dejó pasar ni un instante sin informar de ello a su personal y, sobre todo, a su esposa.

Cuando entró en el cuarto de Nicole unos minutos más tarde, ella vio de inmediato que venía resuelto a algo con nueva y peligrosa vitalidad. Había desaparecido el hombre cortés y frío que había sido su esposo en estos últimos meses y en su lugar estaba el hombre arrogante y exasperantemente atractivo con que se había casado.

Christopher la contempló con ojos enigmáticos mientras ella seguía sentada en la silla junto a la ventana que daba al patio. Un rayo de sol daba de lleno en sus cabellos oscuros haciéndolos brillar como fuego al tiempo que intensificaba los destellos topacio de sus ojos entre las oscuras pestañas arqueadas. Su mirada apreciativa vagó por todo aquel cuerpo adorable sin intentar siquiera ocultar su admiración.

El vestido de color granate que tenía puesto era más escotado que los demás y dejaba al descubierto su carne suave y lechosa.

Christopher sintió que un temblor de deseo le sacudía el cuerpo. Maldita fuese, bastaba con mirarla y su cuerpo ardía de pasión al instante, pensó en un arranque de ira. Y él se había privado de ella durante demasiado tiempo, decidió agriamente. Ya era tiempo de que madame supiera que no era ésta la forma en que él había imaginado que sería su matrimonio.

Sintiéndose un tanto incómoda por la mirada fija y penetrante de aquellos ojos dorados, Nicole se levantó, y sin poder desprenderse de sus aires altaneros, preguntó con indiferencia:

- ¿Sí? ¿Qué te trae por aquí?

Él sonrió y se reclinó con descuido contra uno de los postes de la cama.

- ¿Cómo? ¿Ningún abrazo de bienvenida? ¿Ningún saludo dulce y tierno de mi esposa?

Nicole levantó la cabeza con enfado olvidando su resolución de hacer las paces.

-Si sólo has venido aquí para provocarme, puedes marcharte de inmediato - replicó con calor y con un rubor muy favorecedor en las mejillas.

Le tentaba la idea de seguir azuzándola, pero reprimió el impulso y dijo con indolencia:

-Creí que te gustaría saber que la guerra con Inglaterra ha terminado oficialmente. Acabo de estar con Jason y hemos leído una copia del tratado. - Incapaz de remediarlo, añadió con desprecio-: Puedes quedarte tranquila, tu adorado Allen no será ahorcado.

A Nicole le resultó imposible ocultar el alivio que la invadió al oír aquellas palabras y al verla, todos los celos que había reprimido hasta aquel momento volvieron a la superficie con renovadas fuerzas, hasta que pudo sentir el amargo sabor de la hiel quemándole la garganta. No había sido fácil para él permitir que Nicole se entrevistara con Allen, pero quiso demostrarle que la amaba y que confiaba en ella, que podía, y lo había hecho, vencer sus celos feroces e incontenibles. Pero no sirvió de nada; todo el dolor sufrido durante aquella terrible batalla librada en su interior fue en balde: Nicole había ido jubilosamente a ver a Allen, pero no se había enternecido ni había dado muestras de comprender las razones, o tan siquiera el esfuerzo que le había costado permitirle ese reencuentro. Y ahora ya no podía controlar el amargo rencor y los celos que le habían estado consumiendo durante meses. Trató de ser compasivo, comprensivo, intentando justificar su conducta, ignorando sus instintos más bajos y comunicándose con amabilidad, a la espera de que con el tiempo ella pudiera ver su explosión de cólera como lo que había sido. Pero no le había servido de nada, y renunciaba a ser por más tiempo el caballero cortés y amable.

Mirándola casi con disgusto, dijo, cruel:

- En tu lugar, yo no me mostraría tan feliz... todavía está pendiente de juicio y es más que probable que pase varios años en prisión. La horca podría haber sido preferible.

Nicole, demudado el semblante, se apoyó sobre el respaldo de la silla para no caer. Sin mirarle, preguntó en voz queda:

- ¿No puedes hacer nada para ayudarlo?

-¿Por qué había de hacerlo? -replicó mordiendo las palabras-. ¡No puedo decir que él haya hecho nunca nada para congraciarse conmigo! Aunque tal vez tu caso sea diferente.

Mirando ahora de frente las facciones sombrías de su esposo, Nicole dijo lentamente:

- Él me salvó la vida una vez. Estábamos nadando en una de esas lagunas de las Bermudas y un tiburón... -Calló cuando el horror de esos momentos volvió a dominarla. Forzándose a continuar, dijo-: Allen no tenía ninguna obligación de zambullirse para salvarme. Estaba a salvo en tierra. Pero arriesgó su vida por la mía, y si no hubiese estado allí o vacilado un instante, yo no estaría ahora aquí: sólo sería el pobre Nick a quien se tragó un tiburón en las Bermudas. ¿Te das cuenta ahora por qué haría cualquier cosa por él? No .es amor, tonto –gritó con vehemencia incontrolable-. ¡Es gratitud! ¡Y tú eres demasiado testarudo para comprenderlo!

El dardo dio en el blanco y Christopher se puso rígido al comprender, una vez más, adónde le había llevado su ceguera.

En lugar de arder de celos por el innegable afecto que existía entre Nicole y Allen, debería estar agradeciéndole a Dios que éste hubiese estado en la bahía con ella aquel día. Era irónico, pensó con amargura, que el único hombre a quien había considerado como su rival más peligroso, fue quien, de hecho, le había entregado a Nicole sana y salva.

Ella no podía leerle los pensamientos pues el rostro de Christopher no revelaba nada. Por su parte, él se apartó con cierta indolencia del poste de la cama y dijo en un tono cuidadosamente suave:

- Bueno, entonces, parece que sí debo hacer algo por el señor Ballard, ¿no te parece? Después de todo, si no fuera por él no estarías conmigo ahora.

Ella le observó con cautela, incapaz de sentir consuelo al oír sus palabras.

-¿Qué piensas hacer? -preguntó con recelo.

Se enderezaron los hombros de Christopher, pero su voz sonó abatida:

- Hablaré con Jason y quizá con él podamos encontrar alguna manera de solucionarlo. Me ocuparé de ello esta misma tarde. - Ya iba a abandonar la habitación, cuando al llegar a la puerta se detuvo y se volvió a mirarla -. Sin embargo, para lo que realmente vine a verte era para decirte que nos trasladaremos a Thibodaux House a finales de esta semana. Por favor, haz que las criadas hagan las maletas que consideres necesario llevar.

Nicole asintió en silencio sin saber si la noticia debía alegrarla o no. En cierto modo sería un alivio abandonar Nueva Orleans, pero regresar a Thibodaux House con un futuro incierto ante ellos la intimidaba bastante.
Él no le había mentido al decir que hablaría con Jason acerca de Allen. Pero sabía que no se podría hacer mucho al respecto. Capturado Allen como espía, ni siquiera el fin de la guerra ayudaría para disminuir los cargos. Y esa tarde, cuando le presentó el caso a Jason, éste le contestó tal cual esperaba:

- Hmm. En realidad no creo que podamos hacer nada, mon ami -dijo Jason-. En este caso, me temo que la justicia debe seguir su curso. Monsieur Ballard no es un prisionero de guerra más, como comprenderá. Veré qué puedo hacer, pero dudo que mi intervención sirva para algo.

Y así pareció que sería. Pero Christopher no era hombre que se rindiese con facilidad y decidió hacer una visita a la prisión. No fue directamente a ver a Allen en un principio; en cambio pasó una enorme cantidad de tiempo examinando los muros exteriores de la prisión y luego pareció mantener una larga, seria e importante conversación con uno de los guardias. Algún observador podría haber advertido el fajo de billetes que pasaron con rapidez de las manos de uno a las del otro, pero nadie les estaba prestando atención.

La entrevista que mantuvieron Christopher y Allen fue breve y hasta cierto punto bastante tirante. Ambos tenían muy poco que discutir y Allen tuvo la extraña sensación de que la visita estaba más interesada en la construcción de la celda que en conversar con él. Y las palabras de despedida del visitante dejaron a Allen mirándole con absoluto desconcierto. ¿Qué demonios había querido decir con: «Sinceramente espero que seas tan espabilado como yo creo»?

Esa noche madame y monsieur Saxon cenaron juntos en su hogar por primera vez desde hacía semanas. La conversación que sostuvieron fue afectada y precavida, pero era un diálogo, algo que no había ocurrido en meses. No se resolvió nada entre ellos; Christopher desapareció justo después de cenar, y ella supuso que había marchado en dirección a alguno de los cafés o salones de juego.

Sentada a solas en su alcoba, Nicole se miraba al espejo con enfado mientras se cepillaba furiosamente el largo cabello ondeado. ¿Qué diablos había de hacer? Tenía que derribar los muros que se levantaban entre ellos de alguna manera. Echando una ojeada al cuerpo alto y esbelto que reflejaba la luna del espejo, sonrió con una maliciosa sonrisa felina. Era un plan descarado y sin escrúpulos, pero de algún modo metería a su esposo en su lecho y le demostraría sin palabras la necedad que era seguir separados.

Decidirse a seducirlo adrede era mucho más fácil que llevarlo a cabo. Habría preferido realizarlo poco a poco, hacerle ver de diversas maneras que estaba lista para aceptar sus requerimientos de amor. Pero en lo hondo de su corazón sabía que habían rebasado ese punto. No, tendría que actuar de frente y sin tapujos de ninguna clase: Christopher no iba a permitirle que le resultara una tarea fácil. Se descorazonó un poco al pensar que pudiera rechazarla con desdén en sus adorados ojos y por lo tanto no hizo nada durante los días siguientes.

La víspera de la partida hacia Thibodaux House adquirió coraje y se preparó para la batalla. Perfumó el agua del baño con una esencia que olía a bosques y especias, se cepilló el cabello y eligió cuidadosamente un camisón de transparente seda verde esmeralda.

Esperó con impaciencia y creciente aprensión que su esposo regresara al hogar esa noche y cuando por fin oyó ruidos en la habitación vecina, el corazón saltó a su garganta. Levantándose de la cama, echó una última ojeada al espejo y casi se quedó sin aliento al ver lo transparente que era el camisón. Su piel brillaba como marfil entre los pliegues, el rosado de los pezones era evidente, la sombra oscura entre sus muslos era imprecisa y misteriosa. Tragó saliva y enderezó los hombros. ¿No deseaba excitarle y enardecerle?

Sus pasos no vacilaron cuando iba acercándose a las puertas que separaban las alcobas; con mano firme asió el picaporte, pero de súbito las puertas se abrieron de par en par.

Allí estaba Christopher con una bata de seda color oro opaco, en apariencia tan sorprendido como ella, pero cuando ambos empezaron a comprender lo que estaba pasando, él sonrió y preguntó casi en un murmullo:

-¿Su cama o la mía, madame?

Nicole reprimió un estallido de risa que subió a su garganta y se sintió del todo feliz al ver que se habían encontrado a medio camino. Deshaciéndose entre sus brazos, susurró:

- En la tuya, creo. La mía guarda suficientes recuerdos, mientras que la tuya no tiene ninguno hasta ahora.

Con ojos que ardían del amor que había estado ocultando aquellos meses, Christopher la levantó en sus brazos y contra su boca, prometió:

- Esta noche le daremos recuerdos para guardar, amor. Le daremos recuerdos para toda una eternidad.

Y mantuvo su palabra. Su cuerpo viril tomó el de ella con tal dulce y apasionada fiereza que ella lo recordaría todos los años de su vida. Años que pasarían juntos llenos de amor y ternura. Ya no cabían dudas: estaba presente en cada beso y en cada caricia que se prodigaron.

A veces, pensó Nicole soñolienta, una vez que ambos quedaron saciados de amor, a veces era más fácil hablar sin palabras, expresar los sentimientos con acciones, con el cuerpo y los ojos, con...

Nunca supo cuánto tiempo durmió, sólo que el alba era apenas una promesa cuando Christopher la sacudió para despertarla. Amodorrada, le miró sin comprender, pero advirtió vagamente que él ya estaba vestido con pantalones de montar y botas altas.

Los dientes blancos de su esposo brillaron en la penumbra cuando bromeó:

- ¡Levántate, perezosa! Nos queda una última tarea hoy antes de abandonar la ciudad.

- ¿De qué estás hablando? - se quejó ella tratando de echarse de bruces y meter la cabeza debajo de la almohada.

Pero Christopher no quiso saber nada de eso y con toda crueldad le arrancó las mantas de las manos y la tomó de los hombros.

-¡Despierta! Despierta de una vez o te dejaré atrás y jamás sabrás qué sucedió con Allen.

Completamente desvelada en un instante, Nicole le miró con asombro. Los ojos de Christopher estaban sonrientes y su boca curvada en una sonrisa temeraria.

Indicándole con un gesto la jarra de agua sobre el lavabo de mármol, murmuró.

-Si te das prisa no te lo perderás.

Ella saltó de la cama sin decir una palabra más, se lavó, presurosa, con agua y se puso el par de pantalones de montar que le tendía Christopher y una de sus camisas. Desconcertada, le miró al preguntar:

- ¿Pantalones?

- Pantalones, mi amor. No quiero que alguien sospeche de ti viendo esas curvas tan femeninas.

- Pero, ¿por qué?

- Ya lo verás -fue la irritante respuesta que recibió.

Segundos después abandonaban la casa y se deslizaban en silencio por el patio hacia los establos. Había tres caballos ensillados y con algo semejante a la estupefacción, Nicole se vio montada sobre uno de ellos.

Cabalgaron en completo silencio por las calles desiertas y fangosas. Christopher llevaba al tercer animal de las riendas, los cascos de los caballos no hacían casi ruido sobre el suelo mojado por la lluvia de la noche anterior. Fue sólo al vislumbrar la silueta de la prisión en el horizonte cuando Nicole tuvo la sospecha de las verdaderas intenciones de su marido y se dio cuenta de la importancia del tercer caballo y la gruesa cuerda que llevaba enrollada en la montura.

- ¡Estás loco! - siseó.

- Hmm, estoy de acuerdo, loco por ti - respondió suavemente acariciándole las facciones con la mirada. Nicole le agarró con fuerza del brazo.

- Escucha - dijo con sinceridad-, Allen es importante para mí, pero no a costa de tu vida. Te amo, Christopher, no tienes por qué hacer esto. Podrían dispararte, o peor aún, ambos podríamos terminar en la prisión con Ballard.

Él sonrió y sus ojos brillaron de excitación. Entonces Nicole se dio cuenta de que él se estaba divirtiendo con todo aquello, aunque su voz fue seria al decir:

- Es posible, pero el sargento a cargo ha recibido una suma suculenta por hacer la vista gorda con respecto a lo que pase en cierta celda. Hasta que Allen esté libre, por supuesto; después disparará unos cuantos tiros al aire para dar la alarma y guardar las apariencias.

- Christopher, no tienes que hacerlo, lo sabes - repitió con pasión.

Una expresión curiosa cruzó por su semblante.

- Sí que debo, querida mía. Ahora saquemos al bueno de Allen de la prisión.

Nicole aguardó cerca de unos altos y añosos cipreses donde Christopher la había dejado sosteniendo las riendas del tercer caballo. Impotente, observó cómo ataba la cuerda a las rejas de una de las celdas y con el corazón en la boca, inconscientemente, asió con fuerza el caballo de Christopher mientras las rejas iban saltando una a una del muro.

Primero apareció la cabeza de Allen y luego los hombros, y siguiendo las instrucciones de Christopher, Nicole hizo avanzar su caballo con el otro detrás. Por el rabillo del ojo vio que un soldado doblaba una esquina del edificio y le arrojó con violencia las riendas al preso.

- Deprisa, han hecho sonar la alarma.

Allen no perdió ni un segundo y dando un salto montó el caballo que tenía destinado. Luego, girando rápidamente, los tres emprendieron un veloz galope por las calles desiertas justo cuando empezaban a sonar los disparos. Con horror, Nicole oyó relinchar su caballo de dolor, tropezar y caer al suelo. Por fortuna, dio un salto para no quedar atrapada debajo del animal moribundo, y antes de que tuviera tiempo de levantarse, el brazo de su marido, como una banda de acero, le rodeó la cintura y la levantó en vilo, sentándola a la grupa de su caballo.

Corrieron como el viento dejando Nueva Orleans a kilómetros de distancia. Por fin, Christopher le hizo una seña a Allen para que le siguiera y condujo los caballos a un lado del camino, debajo de un montecillo de cipreses entre un laberinto de pantanos. Continuaron en silencio durante un rato por un sendero apenas visible que corría paralelo a un oscuro y fangoso canal. Nicole se agitó incómoda en la silla y Christopher la colocó delante de él con la espalda apoyada contra su pecho vigoroso y caliente. Al rato, éste detuvo su caballo y desmontó. Se volvió para mirar a Allen con semblante inescrutable y dijo secamente:

- Encontrarás una muda de ropa en el fardo que tienes en la silla. ¡Sugiero que te cambies ahora mismo!

Allen asintió de la misma manera y desapareció con el envoltorio para reaparecer minutos después vistiendo un par de pantalones y una chaqueta modesta pero de buen corte.

Los dos hombres se estudiaron con recelo y fue Nicole quien rompió el embarazoso silencio. Desmontando ágilmente, se acercó a Christopher y tomándole de la mano preguntó en voz queda:

- ¿Qué hacemos ahora?

La mano de su esposo apretó la de ella y le sonrió. La ternura que vio en sus ojos hizo que el corazón latiera como un tambor en su pecho.

Christopher echó un vistazo a Allen antes de decir:

- Ahora partimos por caminos separados. Nosotros iremos a Thibodaux House y el bueno de Allen encontrará la forma de volver a Inglaterra. - Dirigiéndose al otro hombre, dijo con frialdad -: Encontrarás dinero en la alforja de la derecha, comida y un arma en la de la izquierda. ¿Puedo confiar en dejar el resto de la huida en tus manos?

Ignorando adrede el tono provocador, Allen sonrió con ironía.

- Claro. Como la guerra ha terminado oficialmente, no tendré demasiados problemas para encontrar un barco con destino a Inglaterra y reunirme con lo que quede de mi regimiento.

Con rudeza, Christopher dijo:

- Me alegro. ¿Nos disculpas ahora? Tenemos un largo viaje por delante y todavía debo encontrar un caballo para mi esposa.

Giró sobre sus talones tirando de Nicole para que le siguiera, pero ella le miró con una súplica en los ojos, y soltándose corrió hacia Allen. Arrojó sus brazos al cuello y le dio un impetuoso saludo lleno de cariño.

- Ve con Dios, amigo mío. Quizás algún día volvamos a vernos.

Con mano gentil, él le alisó los cabellos rebeldes.

- Tal vez algún día. Sé feliz, Nicole.

Ella le devolvió una sonrisa deslumbrante y girando con rapidez sobre sus talones se reunió con su esposo, quien, a pesar de sus mejores intenciones, estaba con el ceño fruncido y los ojos relampagueantes. Nicole le acarició levemente la mejilla y él frunció los labios en una mueca de arrepentimiento. De inmediato montó y sentó a Nicole a la grupa. Allen siguió su ejemplo y montando su caballo, preguntó:

- ¿Cuál es el mejor camino desde aquí para escapar a la patrulla?

Christopher señaló con la cabeza hacia el este.

-Sigue por este sendero dos kilómetros más en esa dirección y verás que va a dar a una carretera principal. Tómala hacia el norte y finalmente te encontrarás en Baton Rouge.

Se separaron sin decir una palabra más, Christopher y Nicole alejándose al paso de la cabalgadura y sin rumbo fijo, Allen al galope hacia el este. Pasados unos cuantos minutos, Christopher detuvo el caballo una vez más y, desmontando, bajó a Nicole de la grupa y ambos se sentaron sobre un tronco caído.

Sosteniéndole con cariño la mano mientras los ojos dorados le acariciaban el rostro con la mirada cálida y llena de amor, preguntó simplemente:

- ¿Alguna pregunta?

-Una -respondió sonriente y el amor casi fue tangible en su mirada-. ¿Por qué?

Él vaciló y luego admitió con expresión preocupada:

- En realidad ni yo mismo lo sé con exactitud. Pero supongo que es porque quería devolverle la vida en pago de haber salvado la tuya y para demostrarte cuánto te amo, para probar que en realidad nunca creí todas esas cosas de las que te acusé. Y por encima de todo, para decirte que lo siento, que siento mucho ser un asno testarudo como me has llamado tan a menudo y con tanta razón.

-¿Y nunca volverás a ser así? -preguntó ella con coquetería.

Christopher le lanzó una mirada pensativa.

- Eso no puedo asegurarlo; sólo puedo decirte que intentaré ser razonable, trataré de escuchar primero lo que tengas que decir, pero no puedo asegurar que no seré arrogante, en ocasiones, y que no te trataré sin miramientos por tus exigencias. Lo que sí puedo prometerte -dijo en voz enronquecida por la pasión -, es que te amaré hasta el día de mi muerte. Estás en mi sangre, Nicole, como una dulce magia salvaje que no quiero perder jamás.

Clavándole la mirada en los ojos, su propio amor brillando y llenando de deleite a su esposo, preguntó con curiosidad:

-¿Y el pasado? ¿Y mi madre?

A Christopher se le endureció el semblante.

- El pasado está detrás de nosotros. Y yo también estaba equivocado en eso: no eres como Annabelle, no te pareces a ella en nada. - Los ojos dorados se volvieron casi sombríos cuando él continuó lentamente-. No puedo decir que el futuro será todo rosas y vino; no es fácil vivir conmigo... he excluido de mi vida a la gente demasiado a menudo y durante demasiado tiempo para dejarte creer que cambiaré del día a la noche convirtiéndome en un esposo perfecto. Dudo llegar a serlo alguna vez. Pero, Nicole, déjame intentarlo. - De pronto la atrajo contra su pecho y buscó su boca con desesperación-. Oh, Jesús -exclamó en un suspiro un momento después-, te amo con locura... y eso es todo lo que puedo ofrecerte con certeza.

Pero era suficiente. Con el tiempo, el pasado quedaría totalmente borrado, y aunque los días por delante serían borrascosos, turbulentos, llenos de pasión y fuego, Nicole no cambiaría uno solo de ellos por una vida entera de tranquilidad.



Volvieron a montar en silencio, ella sentada a la grupa del caballo rodeándole el ancho pecho en un abrazo apretado. Por un segundo volvió a su mente que había sido así como los dos comenzaron el viaje hacía muchos años en Beddington's Corner. Y sus brazos se apretaron con fiereza alrededor del cuerpo viril; en aquel momento habla sido para encarar un futuro incierto y lleno de peligros, pero ahora estaban Christopher y su amor y toda una vida por delante. Un inicio y el glorioso futuro que encontrarían juntos.


FIN
1   ...   28   29   30   31   32   33   34   35   36


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje