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La amante cautiva primera parte


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CAPÍTULO III

Si Nicole sentía aligerado su espíritu en el momento de escapar por la ventana de su cuarto, no le ocurría lo mismo al capitán Sable. Sentado en la sala privada de la posada con una espumosa jarra de cerveza espesa y amarga en la mano, consideraba intolerable la situación en que se hallaba. No obstante, por el momento le era imposible hacer nada al respecto. Después de un discreto interrogatorio a unos cuantos habitantes de la aldea, había tenido que aceptar que Robert no le había engañado en cuanto a la salud del barón. Simon Saxon había sufrido un ataque cardíaco en enero y las rabietas y los súbitos arrebatos de cólera del anciano eran proverbiales entre los aldeanos. Pero a pesar de esta noticia le irritaba tener que permitirle a Robert Saxon el derecho a decidir en sus asuntos privados. Desgraciadamente, parecía que tendría que confiar en la diplomacia de Robert. Sabía que se había comportado como un necio al regresar, como un necio al pensar que tal vez lord Saxon le había perdonado o averiguado la verdad. Y haber regresado solo y desarmado era peligroso. Era peligroso haber salido de Londres sin compañía y más peligroso aún habérselo confiado a Robert. Ahora se daba cuenta de que debía haber traído a Higgins consigo. Pero había dejado bien claro que no tenía intención de quedarse en la aldea, se repitió Sable tercamente, afirmando que partiría en breve para no regresar. Esa información debería bastar para que Robert se abstuviera de planear alguna sorpresa desagradable, como la que le había preparado la última vez. Se preguntó con rencor si Robert le habría contado a esa ramera de Annabelle que él había regresado.

Los labios de Sable se afinaron en un rictus amargo y un destello desagradable y ominoso brilló en sus ojos ámbar dorado. Le había costado cuatro largos años. Cuatro años de brutalidad y crueldad inenarrable s en la Armada Real, todo ello hábilmente dispuesto por el bondadoso Robert Saxon. Cuatro años en los que pasó de ser un muchacho idealista a un hombre duro y calculador que había luchado en sangrientas batallas navales y padecido las caricias del látigo de nueve colas sobre su espalda; las cicatrices lo acompañarían hasta el día de su muerte.

Recordando esos años su mano apretó la jarra hasta que se blanquearon los nudillos. Enojado consigo mismo por permitir que la furia surgiera tan deprisa, bebió de un trago el contenido de la jarra y luego la dejó sobre la mesa con golpe sordo. Inflexiblemente, se obligó a sí mismo a alejar esos recuerdos y pensó que, en cierto modo, Robert le había hecho un favor. ¡Que Robert lo había enrolado en la marina por su propio bien era discutible! Una carcajada cortante y desgarradora brotó de su garganta y se levantó de la silla, impaciente, deseando no haber reservado la sala privada. Necesitaba la compañía de sus semejantes, no la soledad de aquel pequeño cuarto.

Beddington's Corner era una pequeña comunidad y The Bell and Candle, como las típicas posadas de la campiña inglesa, hospedaban y servían principalmente a granjeros y aldeanos del lugar. La sala privada no se utilizaba con frecuencia; pocas damas y caballeros de categoría se detenían en Beddington's Corner. En busca de compañía más agradable que sus sombríos pensamientos, salió de la sala, sin encontrarse con la señora Eggleston por escasos minutos, y se reunió con un grupo bullicioso en el austero salón de oscuras vigas de roble. Cuando la mirada anhelante y maliciosa de la rolliza cantinera llamó su atención, abandonó su plan de beber hasta emborracharse. Unos minutos más tarde, la chica estaba calentando las rodillas y soltando risitas nerviosas por sus insinuaciones y tanteos osados. Entre chillidos de risa y falsas protestas, le permitió saber que su nombre era Peggy, que quedaba libre a medianoche y que estaría más que contenta de compartir su lecho solitario. Sonriendo, Sable encontró una mesita en un rincón tranquilo y se dedicó a observar con interés el comportamiento ruidoso de los alegres labriegos del lugar reunidos en el bar. Peggy, de buen humor, rechazaba sus cachetes con sonoras palmadas y miraba con frecuencia al caballero alto de pelo negro repantigado a sus anchas con descuidada elegancia en un rincón del salón.

Ese hombre sí que era guapo, pensaba con deleite, y un verdadero caballero además, con esa barba recortada, corbata blanca almidonada y manos limpias de dedos largos. Al acercarse la medianoche un estremecimiento de impaciencia le recorrió la espalda. Pronto estaría subiendo sigilosamente por la escalera de servicio con ese caballero y, al ver la mirada indolente y divertida que él le dirigía a través de sus espesas pestañas negras, un agudo placer se hizo sentir en la boca de su estómago.

Sable, sabiendo que estaría placenteramente ocupado durante el resto de la noche, bebió poca cerveza de la que corrió en abundancia durante la velada. Minutos después de la medianoche, al subir por la escalera con Peggy, tenía la mente despejada y su paso era firme. Llegaron a su habitación al final de la escalera unos minutos más tarde. Sable abrió la puerta de un empujón y le cedió el paso a Peggy para que entrara en primer lugar. Ella dio unos pasos en la habitación en tinieblas y soltó un grito de dolor porque un objeto pesado golpeó violentamente su cabeza. La muchacha se desplomó. Cuando Sable comprendió lo que había sucedido, dio un salto hacia atrás y se apretó contra la pared del pasillo. En guardia ahora contra el peligro repentino, sus dedos buscaron el pesado cuchillo marinero oculto entre sus ropas. Con el cuerpo tenso contra la pared, volvió la cara hacia la puerta abierta esforzándose al máximo para ver el interior de la habitación.

Dos figuras vagas parecieron desprenderse de la penumbra de la habitación. Un grosero juramento salió de la boca de uno de ellos al inclinarse sobre el cuerpo de Peg.

- ¡Es la maldita cantinera! ¿Dónde está el hombre?

Ambos se dieron la vuelta deprisa y salieron corriendo al pasillo en el preciso momento en que Sable, cuchillo en mano, salía de su escondite. Sorprendidos y sobresaltados, los dos hombres vacilaron antes de abalanzarse sobre él, pero Sable saltó ágilmente y de un puntapié envió a uno de los hombres contra el otro haciendo que ambos cayeran rodando por la angosta escalera. Luego, bajando a grandes saltos se lanzó sobre ellos antes de que pudieran recobrarse siquiera. Se contuvo de matarlos sólo cuando comprendió que si lo encontraban cerca del patio de la posada con dos cadáveres aún tibios, Robert se beneficiaría tanto o más que con su muerte o desaparición. Llamó al posadero a gritos y mantuvo ocupados a los rufianes esquivando la peligrosa puntería de sus botas lustrosas.

Pasó una hora antes de que todo quedara arreglado, y no precisamente a satisfacción de Sable. Peg había recobrado el conocimiento, pero le dolía de tal forma la cabeza que, de ahora en adelante, se lo pensaría dos veces antes de aceptar entrar en la habitación de algún caballero desconocido. Los dos hombres proclamaron su inocencia a gritos afirmando que se habían equivocado de habitación y que no habían tocado a la mujer; debía de haberse caído y golpeado la cabeza contra el suelo. Peggy no podía recordar nada y Sable supuso que ganaría muy poco presionándola, así que aceptó fríamente las falsas disculpas y dejó que el posadero los echara de la posada. Aparentemente eran dos conocidos matones del lugar y el posadero no deseaba tener problemas con ellos.

Sable, displicente, estudió y repasó los acontecimientos de la velada. Quedaba descartado su pasatiempo amoroso con Peggy. Pero lo más importante era que sabía que tampoco podría dormir, ya que permanecer unas horas más en Beddington's Corner era brindarle una segunda oportunidad a Robert Saxon para que lo atacara. Pagó su trago de licor y ordenó que le prepararan su caballo. Esos hombres no se habían equivocado de habitación y si, como había planeado en un principio, se hubiese emborrachado hasta alcanzar un agradable estado de euforia, habrían cumplido su cometido: ya fuera asesinarlo, como sospechaba, o meramente hacerle regresar a la Armada Real. Dudaba que Robert usara nuevamente ese truco y estaba convencido de que había planeado hacerlo degollar enseguida.

El percance de esta noche le hizo comprender que ganaría muy poco quedándose y que sería muy improbable que pudiera llegar a ver a Simon Saxon. Robert se encargaría de ello.

Era comprensible que el posadero se mostrara consternado por lo sucedido, y mientras Sable esperaba con impaciencia que le ensillaran el caballo, el buen hombre intentó minimizar el desgraciado incidente. A Sable no le reconfortaron sus palabras y se alejó a grandes zancadas en dirección a las caballerizas, resuelto a averiguar por qué motivo tardaba tanto el mozo de cuadra. A la luz mortecina de una linterna observó los movimientos torpes del muchacho soñoliento hasta que, exasperado, gritó:

-¡Suéltalo! Vuelve a la cama, yo mismo lo haré.

El muchacho, sin discutir órdenes, regresó dando tumbos a su lecho en medio del heno y con movimientos seguros y rápidos

Sable terminó la tarea. Estaba a punto de sacar al caballo fuera de la cuadra, cuando lo detuvo una vocecita ronca.

- Por favor, señor, ¿es usted el caballero de Londres que anda en busca de marineros?

Sorprendido, Sable giró sobre sus talones y observó con divertido asombro la pequeña figura que estaba frente a él. El muchachito, vestido con ropas demasiado holgadas para su cuerpo esmirriado, le devolvió la mirada con ojos redondos y bordeados de pestañas irregulares. Un sombrero alado y negro le cubría la cabeza y dejaba asomar mechones cortos e irregulares de pelo oscuro, todo lo cual le daba una apariencia muy extraña. Era casi un niño, no debía tener más de diez años, calculó Sable, y sonriendo bondadosamente dijo:

- Las noticias viajan deprisa... es verdad que necesitaba algunos marineros, pero me temo que las circunstancias son tales que me encuentro obligado a partir antes de lo que había planeado. ¿Te interesa una vida en el mar?

Con el corazón latiéndole con tanta fuerza que estaba segura de que él podía oírlo, Nicole jadeó:

-Sí, señor. ¿Me tomará usted? Soy mucho más fuerte de lo que parezco y trabajaría muy duro.

Meneando la cabeza lentamente, Sable trató de suavizar el golpe mientras se enfrentaba a los suplicantes ojos topacio del golfillo.

- Estoy seguro de que lo harías, pero eres un poco... joven. ¿Tal vez la próxima vez?

Saludó al niño con un cortés movimiento de cabeza y se volvió para montar a caballo. Un pie ya estaba en el estribo cuando una mane cita desesperada le aferró el brazo y una voz llena de pasión le suplicó casi llorando:

- ¡Por favor, señor! ¡Lléveme con usted! Le prometo que nunca se arrepentirá. ¡Por favor!

Desde lo alto miró aquellos grandes ojos suplicantes y vaciló, extrañamente conmovido por aquel muchachito. Percibiendo que el hombre empezaba a ceder, Nicole le rogó:

- ¡Por favor, señor, déme una oportunidad! Sable podría haberse alejado de allí al galope, pesaroso por haber rechazado a la criatura, si el mozo de cuadra no se hubiese despertado al oír las voces y hubiese intervenido en ese momento.

Aunque era una posada rural, The Bell and Candle era un lugar muy respetable donde no se toleraba que los mendigos importunaran a los huéspedes. Encolerizado, el mozo de cuadra se acercó y echó de allí a Nicole. Tomándola del cuello de la chaqueta, intentó arrojarla fuera de las caballerizas al tiempo que gritaba:

-¡Fuera de aquí, vagabundo despreciable! Vete a mendigar a otra parte. No importunes a este caballero.

Perdidas todas sus esperanzas, Nicole dio rienda suelta al enojo concentrado y casi escupiendo de rabia embistió contra el mozo de cuadra, arañando y pateando como un animal salvaje, hasta el punto de morderle el brazo al desprevenido muchacho.

-¡Suéltame de una vez! ¡Voy a ir al mar! ¡Lo haré! ¡Lo haré!

El mozo de cuadra era casi el doble de grande que Nicole, y una vez pasó su sorpresa, se abalanzó sobre ella resuelto a propinarle la azotaina de su vida. Pero Nicole luchaba como una loca y daba tantos golpes como recibía, consiguiendo que le hiciesen sangre en la nariz. Era una lucha injusta y sólo Sable podía darle fin. Arrancándola de las manos del mozo de cuadra mientras ella golpeaba con los puños cerrados, exclamó riendo:

- Muy bien, mi zorro. ¡Irás conmigo!

La sorpresa la dejó sin habla e inmóvil, mas luego, ignorando el dolor de la nariz ensangrentada y del ojo que se hinchaba a pasos forzados, sonrió. Y Sable, incapaz de comprender sus motivos, se encontró devolviéndole la sonrisa.

Sable montó sobre su caballo, se agachó y levantando el cuerpo ligero de la niña, la colocó a sus espaldas sobre la grupa. Entonces, cabalgando en la noche sin estrellas, abandonaron Beddington's Corner sin mirar atrás. Con la cabecita apoyada sobre la espalda de Sable, los bracitos flacuchos envueltos alrededor de su cintura como si en ello le fuera la vida, Nicole apenas podía contenerse para no gritar de júbilo. ¡Había resultado! ¡Ya estaba camino del mar!

SEGUNDA PARTE 1813

El joven Nick

«Que el mañana se encargue del mañana, deja las cosas del futuro al destino.»

Charles Swain, Males Imaginarios.



CAPÍTULO IV

La laguna parecía un espejo y Nicole contemplaba distraídamente el agua azul turquesa mientras sus pensamientos vagaban al ritmo indolente de las olas. Estaba tendida sobre la arena blanca y caliente de uno de los islotes que conforman el archipiélago de las Bermudas. Pero no estaba sola, un hombre la acompañaba. Habían bajado del barco no hacía mucho, en busca de unas horas de sosiego e intimidad. Hacía tiempo ya que esas islas se habían convertido en uno de los paraderos favoritos del capitán Sable, y el hecho de que gran parte de la Armada Real estuviera estacionada en la isla principal añadía una pizca de interés y de peligro al uso continuado que hacía de ellas.

Los cientos de islotes que se extendían como las cuentas verdes de un gigantesco collar a través del océano Atlántico eran escondites ideales para muchos de los corsarios norteamericanos que acechaban y pirateaban barcos británicos, franceses y españoles. Las Bermudas eran el último trozo de tierra hasta las Azores, y la cálida corriente del golfo que llevaba a los barcos, cargados de especias, tabaco y azúcar de las Antillas, hacia las aguas más frías y verdes del Atlántico norte, corría a poca distancia de los arrecifes de coral que las circundaban.

Eran demasiadas islas e islotes, la mayoría deshabitados, para que la Armada Real pudiera patrullarlos eficazmente, y los corsarios norteamericanos, ni cortos ni perezosos, supieron sacar rápida ventaja de ese hecho; además, a ellos no les asustaba ni la flota más poderosa que pudiera surcar el océano. Con el mayor descaro sobrepujaban en velocidad y maniobrabilidad a los barcos de guerra más pesados de los británicos, y los dejaban atrás, impotentes y humillados. Los insolentes norteamericanos no hacían ascos tampoco a atacar y hasta capturar de vez en cuando algún barco de guerra británico, puesto que la contienda declarada por el presidente Madison en 1812 brindaba a los corsarios la gloria adicional de estar cumpliendo una tarea patriótica cada vez que apresaban uno de esos barcos. Sus pillajes a la flota de combate inglesa no eran muy numerosos, pero la Armada Real no era el blanco preferido de los norteamericanos. Sí lo eran, en cambio, los barcos mercantes cargados camino de Europa procedentes de las Antillas, y éstos no sólo atraían a los corsarios sino también a los piratas que se abalanzaban sobre ellos como tiburones hambrientos. El capitán Sable, como muchos otros que navegaban con patente de corso de varios países, se había enriquecido con esos transportes repletos de la riqueza de las islas.

Si bien últimamente, razonaba Nicole con aire pensativo, el capitán Sable parecía tomar su actividad de corsario como un mero pasatiempo. Actuaba más como un tigre bien alimentado, saciado pero aun así incapaz de resistir la tentación de atrapar las rollizas palomas que desfilaban debajo de sus narices en forma de barcos mercantes ingleses. La Belle Garce, su goleta de líneas elegantes y fuertemente armada sólo había hecho dos presas en los últimos seis meses y Nicole sospechaba que Sable había capturado ambas -un bergantín inglés procedente de Jamaica y un buque mercante español en viaje a Cádiz- para calmar el descontento creciente entre la tripulación, o simplemente porque estaba aburrido.

Frunciendo el ceño clavó la mirada en las tentadoras aguas de la caleta donde se encontraba, tratando de desentrañar el misterio de un hombre que podía bautizar a su barco La Belle Garce. Hacía rato ya que Sable actuaba de manera extraña y con desasosiego se preguntó si no sería que había descubierto su disfraz. Inquieta, se movió sobre la arena caliente, disgustada por el cariz que estaban tomando sus pensamientos.

Se preguntó por qué no podían quedar las cosas como estaban. Había crecido y madurado mucho en esos cinco años, pues estuvieron llenos de aventuras excitantes y peligros. A veces hasta ella misma olvidaba que era mujer y no el grumete alto y delgado de La Belle Garce. Su máscara la había resultado relativamente simple durante el primer año más o menos, pues la naturaleza, como si la apoyara, la había dotado de una estatura que estaba por encima de la de una chica normal y una voz grave que sería inusual en una mujer, pero que pasaba inadvertida en un jovencito.

El capitán, sin comprender aún el extraño capricho que se había adueñado de sus actos, la había dejado sobre cubierta descuidadamente y no había pensado más en ella. Nicole pasó varias semanas de angustia y terror indecibles viviendo en la estrecha bodega del barco antes de que Sable volviera a reparar en ella. Mientras tanto trabajó como una esclava durante horas interminables y arduas, de modo que al llegar la noche se desplomaba completamente exhausta en su hamaca colgada en cubierta junto con las de los otros miembros de la tripulación. Le cayeron en suerte las faenas más inmundas, desde vaciar los potes para la orina y las heces de los camarotes de los oficia- les hasta el trabajo duro y agotador de raspar el casco de la nave.

Siendo el miembro de más bajo rango de la tripulación, así como también el más joven y novato, estuvo a entera disposición de todos los de a bordo y durante aquellas primeras semanas aterradoras le pareció que había pasado más tiempo llevando recados que otra cosa. Asombrosamente se las arregló para sobrellevar todo eso y seguir viviendo. La idea de haberse escapado de los Markham daba bríos a su ánimo alicaído y las brisas frescas y salobres que soplaban desde el océano calmaban los remordimientos de conciencia por haber dado un paso tan precipitado. También había otras compensaciones, pues adoraba que la enviaran a la arboladura, y le encantaba trepar por las escalas de viento como un mono ágil entre las velas, sin miedo al peligro y casi embriagada por la altura vertiginosa. Y también estaba el poder del mar para drogarla, sus incontables estados de i ánimo, desde la plácida mansedumbre hasta el regocijo del trueno y el estallido de la tempestad. Y la excitación; sí, la excitación...

Jamás, pensó soñadoramente, podría olvidar su primera batalla en el mar... Aquel día en que avistaron un barco mercante español y La Belle Garce cayó sobre su presa como un halcón. Cuando se dispararon los primeros cañonazos de aviso había sentido un estremecimiento de terror juvenil, pero por sus venas corría la sangre de otros guerreros navales y ansiosamente, con los ojos brillantes y el alma deseosa de aventuras, entró en la refriega dispuesta casi con impaciencia. Cuando el capitán advirtió su delgada silueta corriendo de un lado a otro de las cubiertas llenas de humo, le ordenó ásperamente que entrara en uno de los camarotes y se mantuviera lejos del peligro. Furiosa, ella exigió regresar a cubierta, pero él no se lo permitió bajo ningún concepto. Enternecido quizá por la evidente juventud del chaval, Sable destinó a Nicole a su servicio personal. En el barco se desataron las lenguas haciendo comentarios jocosos y burlones sobre el «chico bonito» del capitán Sable, mas Nicole, demasiado consciente del peligro que corría, por una vez contuvo su lengua prudentemente y pretendió no oír... ni comprender lo que querían decir.

En cuanto se convirtió en el criado personal del capitán disminuyó el peligro de ser descubierta, ya que él, con la misma indiferencia que concedería a un cachorro precoz, le había ordenado que durmiera en un rincón de su camarote, y por lo tanto, llena de indignación, colgó su hamaca en el rincón más alejado del ya no tan amado capitán Sable y con muy poco entusiasmo se encargó de la tarea de mantener en perfectas condiciones no sólo su camarote sino también sus armas y prendas de vestir.

La decepción que le producía su nueva posición en el barco era evidente y las miradas furiosas que le enviaba mientras se afanaba cumpliendo sus órdenes parecían proporcionarle al capitán una diversión perversa. Y a menudo regañaba a su antiguo grumete por su falta de gratitud:

-Sabes, joven Nick, en este mismo momento podría nombrarte a media docena de muchachos de la bodega que estarían encantados de encontrarse en tu piel... ¡Y para colmo harían mucho mejor tu trabajo!

La lengua ingobernable de Nicole la impulsaba a hablar imprudentemente además de hacerla de modo irrespetuoso, lo cual siempre le acarreaba un fuerte tirón de orejas que le dejaba la cabeza zumbando durante una hora. Pero el capitán dejaba bien establecido su punto de vista y ella se resignaba a la monótona tarea de cuidar de sus efectos personales. Murmurando para sus adentros que estaría mucho mejor como camarera o doncella en alguna posada, Nicole rechinaba los dientes y se dedicaba a trabajar. Pero estaba a la vista el alivio de esas tareas cansadas y aburridas, aunque, una vez más, no era precisamente lo que ella habría deseado. Cuando él descubrió por casualidad que su desagradecido grumete también sabía leer y escribir, circunstancia que le hizo valorar de otra manera al muchacho, al instante lo puso a trabajar redactando listas del botín capturado. A la larga, la malhumorada Nicole fue no sólo su sirviente personal sino también su secretario.

En sus momentos de mayor calma se daba cuenta de que si se hubiese quedado con la tripulación de hombres rudos de La Belle Garce, era dudoso que su sexo hubiese permanecido oculto por mucho tiempo, y desde luego no durante cinco largos años. Pero como propiedad privada del capitán y su secretario además, había quedado aislada del resto de los hombres. En cuanto al propio capitán, en tanto cumpliera con presteza sus órdenes jamás desperdiciaba en ella una segunda mirada. Pero a veces ella se preguntaba si no sospecharía su secreto, y acostándose de costado sobre la arena, miró de frente a su acompañante y le preguntó de improviso:

- Allen, ¿crees que el capitán Sable está enterado de que soy una chica?

-¡Por todos los cielos, espero que no! Si así fuera, tu vida no valdría ni un cubo de agua sucia - respondió Allen con innecesaria rapidez.

Contemplando su rostro oscuro y franco, su pelo castaño y rizado que se movía levemente con la suave brisa marina, Nicole se preguntó una vez más las razones que habría tenido él para unirse a la tripulación del capitán Sable.

Allen Ballard era un enigma para Nicole. Se había alistado en La Belle Garce hacía menos de un año, después de desertar de la Armada Real, y ella a menudo se devanaba los sesos para descifrar los motivos que había tenido para hacerlo. Sabía muy poco de él, pero por la pulcritud de sus ropas y sus excelentes modales, era evidente que provenía de un ambiente más refina- do que la mayoría de la tripulación. Su aire de seguridad, tanto como sus maneras y sus trajes, indicaban que debía de haber sido un oficial, así que no era sorprendente que Sable lo hubiese elegido como segundo en mando para su último viaje. Nicole se había sentido atraída por Allen instantáneamente. Le recordaba a Giles por su temperamento tranquilo y su actitud considerada, y uno de esos extraños lazos de amistad a bordo de un barco había surgido entre ellos.

Como pasaban la mayor parte de su tiempo libre juntos al tocar puerto, a Allen no le había llevado mucho tiempo descubrir que Nicole no era el muchachito esbelto por el que se hacía pasar.

Ello había sucedido en una ocasión muy parecida a la de hoy, cuando él se topó con ella cuando estaba tendida y completamente desnuda sobre la arena de una cala apartada. Al principio no había podido creer lo que veían sus ojos. De inmediato, Nicole le suplicó que no la traicionara. A él no le agradó la idea y menos aún cuando ella le confesó de mala gana toda su historia. En vano había discutido para que le permitiera arreglar su regreso a Inglaterra, al seno de su familia. Durante todo el tiempo Nicole, inflexible, le clavaba la mirada sin decir palabra. Se resistió a todas las súplicas que él empleó, pero había notado que era extraño que nunca empleara el único argumento contra el que ella no tenía defensa alguna: notificárselo al capitán. Se había preguntado con frecuencia el porqué, pero prefería no ahondar en el tema.

Algunas veces, sin embargo, la asaltaba la sospecha de que Allen era algo más de lo que aparentaba. Mostraba un interés excesivo en todo lo que sucedía en el camarote del capitán, especialmente en sus papeles oficiales y listas de barcos y cargamentos apresados. Nicole había pensado que Allen simplemente se interesaba por las ganancias que se sacarían de los pillajes hasta que, hacía muy poco, lo había encontrado revisando los papeles privados de Sable. En ese instante vio una mirada asesina en sus ojos hasta que la reconoció, y luego una expresión extraña había cruzado fugazmente por su rostro... ¿Arrepentimiento? ¿Turbación? ¿Resignación?

Fue una situación embarazosa y rápidamente Allen la había conminado a guardar el secreto prometiéndole que si ella no lo traicionaba, él no la traicionaría a ella.

Curiosamente ese pacto los unió más todavía, pues Nicole ya había dejado de mirar al capitán Sable con los ojos de adoración con que lo había hecho en un comienzo. Pero hoy no quería pensar en nada. Ansiaba disfrutar de esos momentos de libertad e, impaciente, se retorció debajo de la tela áspera de su tosca camisa de algodón.

En circunstancias normales, Nicole se habría despojado de toda la ropa en el instante de llegar a la playa. Pero Allen era un tanto peculiar en esas cosas, así que se cubría con una versión abreviada de su atuendo habitual, la camisa anudada debajo de los pechos y los pantalones de algodón recortados casi en el nacimiento de los esbeltos muslos. Tenía otro par de pantalones negros de algodón para ponerse antes de regresar al barco, pues nadie que viera sus largas piernas delicadamente torneadas podría tener alguna duda sobre su sexo.

Poniéndose ágil y graciosamente de pie, estudió la figura yacente de Allen. Llevaba una ropa bastante parecida a ella, excepto que su espalda fuerte y musculosa estaba desnuda al calor del sol y de su cinturón colgaba un largo cuchillo marinero. Nada de camisas para Allen, pensó con resentimiento, pero como era habitual en ella su humor varió de súbito y le preguntó:

-¿Nos zambullimos desde la roca? -Aunque a Allen le gustaba, esa cala en particular no era una de las favoritas de Nicole por la atmósfera de melancolía y tristeza que se cernía sobre ella y que la desasosegaba. Tal vez se debía a las rocas volcánicas cortadas a pico que se elevaban a ambos lados internándose en el mar como dos brazos siniestros. La laguna era mucho más profunda que la mayoría, el agua era oscura y de un tono azul oscuro y amenazador en lugar del azul celeste preferido por Nicole. Pero poseía un alto risco al final de uno de los brazos que resultaba un lugar excelente desde el cual zambullirse en las frescas profundidades.

Con una mirada indolente en los ojos azules, Allen murmuró soñolientamente:

- Ve tú delante, Nick. Yate seguiré dentro de un rato.

Entonces Nicole escaló lentamente las rocas. Al llegar a la cima permaneció más de un minuto con la mirada perdida en el mar abierto antes de clavarla en las profundidades cristalinas y azuladas de la laguna a sus pies. En ese lugar las aguas tenían casi cincuenta metros de profundidad y el hecho de que no hubiera rocas ocultas lo convertía en un sitio ideal para zambullirse de cabeza. Echó un vistazo por encima del hombro y al ver que Allen por fin estaba empezando a trepar hacia la cima, lo saludó alegremente con la mano en alto. Entonces la grácil figura de cabello llameante y largas piernas doradas se zambulló en el agua. Se internó hasta el fondo y luego con golpes de tijera de sus piernas se impulsó de nuevo a la superficie. El agua era un verdadero deleite después de sufrir el calor abrasador del sol en la piel y por unos minutos Nicole nadó en amplios círculos a la espera de Allen, que aún se hallaba en la cima de la roca. No presentía ningún peligro, sólo gozaba de las caricias del agua de mar; entonces flotó de espaldas y dio una patada en el agua que levantó una columna de espuma en dirección a la roca.

-Zambúllete de una vez, es como estar en el cielo.

Allen, desde unos seis o siete metros de altura sobre la superficie del agua, le sonrió y miró apreciativamente el cuadro tentador que le ofrecía. Pero súbitamente se puso rígido y con voz áspera, dominada por el terror, gritó:

- ¡Cuidado, Nick! ¡Debajo de tus pies!

Dejó de retozar instantáneamente y clavó la mirada en el agua. y allí estaba, nadando en círculos a no más de quince metros de profundidad justo debajo de ella, la forma alargada y mortífera que teme todo hombre de mar: ¡un tiburón!

Un escalofrío serpeó por su espalda y el terror la paralizó. Luego, recobrándose un poco, empezó a dar brazadas torpes e inseguras, decidida a nadar los pocos metros que la separaban de lugar seguro. Su única esperanza era alcanzar la playa, puesto que los flancos empinados de la laguna no le ofrecían ninguna posibilidad de escapar del agua. Rogó ferviente mente que el tiburón sólo tuviera curiosidad y cuando su primer ataque de terror amainó empezó a nadar con su habitual estilo fuerte y rápido. Pero el tiburón tenía algo más que mera curiosidad. Había algo tan aterrador y amenazador en los círculos cada vez más cerrados que daba esa criatura que Nicole percibió que sólo sería cuestión de unos minutos antes de que el monstruo asestara una dentellada a sus largas piernas centelleantes en el agua.

Como si estuviera indeciso, el tiburón se deslizó con rapidez hasta unos cuantos metros delante de ella, cortándole de esta manera la retirada a la playa ya fuera por accidente o intencionalmente. Nicole paró en seco su carrera hacia la arena, pedaleando en el agua para mantenerse a flote y tragando un nudo de terror mientras observaba el tiburón que nadaba de un lado a otro a escasos metros de distancia frente a ella.

Echó una mirada incierta en dirección a Allen, que seguía de pie sobre el promontorio con el rostro tan blanco como el de Nicole y los ojos fijos en la bruñida criatura amenazadora que ahora estaba nadando a no más de tres metros de distancia.

Allen gritó con voz que quería ser alentadora:

-Sigue nadando, Nick. ¡Por lo que más quieras, no te dejes dominar por el pánico... eso sólo empeoraría las cosas! ¡Sigue nadando!

Tragando una bocanada de puro miedo y diciéndose inflexiblemente que su vida no podía acabar en la panza de un tiburón, siguió el consejo de Allen. Pero observó que el tiburón estaba otra vez justo debajo de ella y empezaba a subir lentamente hacia su cuerpo indefenso, con las mandíbulas abiertas dejando ver las hileras de dientes como lustrosas hojas de sierra. Sabía que iba a morir de un momento a otro.

Como en sueños oyó el chapuzón del cuerpo de Allen al zambullirse en el agua. El ruido y las vibraciones sorprendieron al tiburón, que detuvo el ataque mortal y salió disparado como si estuviera atemorizado. Al ver la cabeza de Allen emerger a la superficie, le gritó:

- ¿Qué diablos estás haciendo? Ahora ambos estamos en peligro.

-Supongo -gritó él severamente-, que debía permanecer allá arriba mirando cómo te desgarraba. Cállate, Nick, y empieza a nadar.

El tiburón, que en ningún momento se había alejado demasiado, retornó y esta vez lo hizo cerca de Allen, quien no lo perdía de vista. Con mano firme asió el mango del cuchillo marinero de hoja afilada.

- ¡Vete de una vez, Nick, maldita sea! -le gritó por encima del hombro.

-¡Pero tú! -argumentó ella sabiendo que él tenía razón pero incapaz de abandonarlo a su suerte.

-¿Y qué demonios puedes hacer tú? ¡Si me hicieras el grandísimo favor de irte de aquí inmediatamente, tal vez yo podría hacer lo mismo! ¡Ahora no es el momento de acciones heroicas!

Ahogando una risita histérica se preguntó cómo calificaría él sus propias acciones. Luego, con la velocidad nacida tanto del temor de sentir en cualquier momento esas mandíbulas serradas desgarrándole el cuerpo como del conocimiento de que Allen no intentaría salvarse hasta no verla a ella a salvo, se dirigió con rapidez a la playa. Pero por las brazadas lentas y regulares que daba Allen y por la forma en que mantenía su vista clavada en el agua, supo que el tiburón aún lo seguía. Desesperadamente sus ojos escudriñaron la pequeña playa desierta en frenética búsqueda de algo, cualquier cosa que pudiera utilizar para ayudar a Allen, pero no encontró nada.

Con gran cautela, Allen seguía nadando sin apartar los ojos ni por un segundo de la figura gris que continuaba deslizándose silenciosa y desalentadoramente a poca distancia. No era un tiburón enorme, apenas mediría unos tres metros de largo, pero hasta un tiburón de la mitad de ese tamaño era un enemigo mortal para un hombre en medio del mar. El cuchillo que aún asía en la mano le daba cierta tranquilidad, como también el hecho de que la costa estaba cada vez más cerca. Pero Allen estaba bastante familiarizado con los tiburones y no se confió demasiado.

En ese momento, el tiburón nadaba en paralelo a no más de dos metros de distancia, y una o dos veces cambió repentinamente de dirección, nadando justo debajo de Allen, con la espina dorsal a escasos centímetros de sus poderosas piernas que seguían dando fuertes golpes de tijera.

Estaban ya cerca de la playa y Nicole pudo ver por sí misma la larga forma destructora que parecía volverse más osada acercándose cada vez más al cuerpo bronceado de Allen. «¡Oh, Dios mío, sálvalo! ¡Él me salvó a mí, no permitas que muera! ¡Por favor!», se dijo a sí misma. Dio un paso adelante resuelta a lanzarse nuevamente al agua, pero si lo hacía, conociendo la valentía de Allen, bien podría ser en vano. Así que se quedó petrificada en la playa con el cuerpo congelado hasta los huesos al ver que el tiburón volvía a deslizarse una vez más debajo de Allen. Momentos después, girando con movimientos sinuosos, la criatura empezó la misma embestida mortal con que sólo minutos antes la había amenazado a ella. Allen presintió el ataque inminente del tiburón y la afilada hoja de su cuchillo le pareció una protección endeble contra las hileras de dientes agudos y la piel áspera como papel de lija de su adversario. Pero sabía que un hombre podía ganarle a un monstruo semejante, pues lo había presenciado docenas de veces, y con una plegaria esperó poder repetir esa hazaña.

Al embate de una ola que hizo que la cabeza y los hombros de Allen salieran a la superficie, el tiburón se abalanzó sobre él a tal velocidad que lo dejó pasmado, pero conservó el valor y la sangre fría al afrontar la embestida mortal, y la distancia entre ellos fue de centímetros. Después, sólo a un pelo de distancia de las mandíbulas devastadoras, Allen se apartó bruscamente a un costado, sosteniendo ahora el cuchillo con ambas manos y la hoja apuntando a la cola del animal. Entonces se lo clavó en la parte más vulnerable. La fuerza del impulso del tiburón destripó a la bestia de las agallas hasta la cola. Echándole un vistazo apenas, Allen vio al animal, herido mortalmente, derramando sangre y tripas por la cavidad abierta, dirigiéndose enloquecido hacia mar abierto. Luego, nadando con intolerable impaciencia, alcanzó la costa y se tambaleó hasta los brazos abiertos de Nicole.

Se abrazaron largo rato, temblorosos y estremecidos hasta lo más recóndito de sus seres.

-¡Oh, Dios mío, Allen! ¡Estaba tan asustada! -musitó Nicole todavía pálida como una muerta.

Allen sonrió mientras trataba de recobrar el resuello a grandes bocanadas.

-¡Yo estaba un poquito inquieto!

Nicole soltó una risa nerviosa, una risa que rayaba en la histeria. Pero un momento después ambos estaban riendo sobre la arena por el puro placer de estar vivos. Nicole fue, sin embargo, la primera en ponerse seria.

- Te debo la vida, Allen. ¿Cómo podré corresponder dignamente a tanta valentía?

Por un segundo sus ojos azules estudiaron aquel rostro y aquel cuerpo esbelto cuyas curvas tentadoras eran evidentes bajo la ropa mojada, pero se limitó a sonreír.

-¡Tonterías, joven Nick! Pero no creo que volvamos a nadar en este sitio nunca más; no quisiera pasar por esto otra vez.

Con un escalofrío, Nicole contempló las aguas tranquilas de la laguna.

-¡No! ¡Desde luego que no!

No queriendo que ella le diera más vueltas a lo cerca que habían estado de la muerte, le revolvió con cariño el pelo mojado.

-¡Vamos! ¡No es para tanto! Olvídalo y recuerda la próxima vez que no debes alejarte tanto de la costa.

Esbozando una débil sonrisa, asintió, completamente de acuerdo con la sugerencia.

-Sólo nadaré en aguas poco profundas, no te preocupes.

Se vistieron rápidamente sin más charla, pero Nicole sabía que estaría por siempre en deuda con Allen y que le debía la vida. Su acto de arrojo había sido una valentía incuestionable y jamás lo olvidaría. ¡Jamás!

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