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La amante cautiva primera parte


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CAPÍTULO II

-¡No puede abandonarme! -estalló súbitamente Nicole-. ¡No puede hacerlo! Oh, señora Eggleston, dígame que no es verdad. ¿Por qué debe marcharse a Canadá? -lloriqueó Nicole compungida. Había empalidecido al oír lo que la señora Eggleston acababa de revelarle. Ambas estaban en el salón azul al frente de la casa, y la señora Eggleston con mucha suavidad y delicadeza acababa de darle la mala noticia de que se marcharía a la mañana siguiente rumbo a Canadá.

La voz de Nicole sonó tan desolada y triste que por un momento hizo tambalearse la resolución de la señora Eggleston. Ya sabía que la niña quedaría consternada y por eso mismo, cobarde y deliberadamente, dejó esta visita para el final. La reacción de Nicole la conmovió más de lo que había esperado o quisiera admitir, pero sonriendo con determinación, dijo:

-Querida, por más que quisiera quedarme aquí y por mucho que te eche de menos, no puedo seguir viviendo en Beddington's Corner por más tiempo. - Los descoloridos ojos azules parecían suplicar la comprensión de la niña -. De vez en cuando todos tenemos que hacer cosas que preferiríamos no hacer, y ésta, me temo, es una de esas ocasiones. Daría cualquier cosa por no tener que abandonarte ahora, pero me es imposible seguir viviendo en Rosehaven.

- Pero, ¿por qué? - inquirió Nicole. Sus enormes ojos, muy abiertos y suplicantes, brillaban a causa de las lágrimas contenidas.

Sintiéndose aún más culpable, si eso era posible, la señora Eggleston anheló poder brindarle a Nicole una migaja de consuelo. Pensó compasivamente en la pobre criatura al recordar cómo se había desvanecido la luz de su carita cuando recibió la noticia de la muerte de sus padres. Una luz que jamás había regresado a su rostro. Deliberadamente, la señora Eggleston se negó a pensar en los Markham y en lo que le estaban haciendo a la niña, y sólo consiguió seguir hablando tras recordarse severamente que no estaba en condiciones de hacer nada por la criatura que tenía delante.

-Querida, sé que las cosas son muy difíciles para ti en estos momentos, pero con el tiempo tal vez no las encuentres tan terribles como te parecen ahora. Dentro de pocos años serás toda una señorita y asistirás a todas las fiestas sociales de Londres. Entonces todo esto te parecerá sólo un mal sueño.

Fue una desafortunada elección de palabras. Nicole tenía muy fresco en la memoria el sueño sobre su vida tal como era en el pasado y las lágrimas que esa mañana había contenido a fuerza de voluntad, se derramaron súbitamente y rodaron por sus mejillas. La señora Eggleston sintió que se llenaban sus ojos de lágrimas, y soltando un murmullo inarticulado, estrechó a Nicole contra su pecho. El cuerpito de la niña se sacudía entre sollozos.

- ¡Oh, mi pequeña, no llores así! ¡Por favor, no lo hagas! En un momento yo también estaré sollozando y no lograremos nada.

Luchando para recobrar el control sobre sí misma, finalmente Nicole logró contener las lágrimas, pero continuó hipando. Se obligó a sí misma a separarse de la señora Eggleston y dijo casi sin voz:

- Lo siento, no debí actuar como una criatura. Es que nunca pensé que me abandonaría.

Transida de dolor, la señora Eggleston murmuró suavemente:

- Nicole, querida, no es el fin del mundo, ya lo verás. Te escribiré y debes prometerme que contestarás todas mis cartas. Continuaremos sabiendo cómo nos va en la vida y aunque sé que no es lo mismo que vemos a voluntad, será suficiente. Ya verás como tengo razón.

-¡Oh, cómo puede decir eso! Sabe que mi tía me escatima cada penique que le pido... ya me la imagino negándose a pagar la escandalosa suma de dinero que se necesita para enviar una carta a Canadá -exclamó Nicole con vehemencia, y en ese momento pareció recobrar un poco de su antigua vitalidad.

La señora Eggleston se mordió el labio. Lo que decía Nicole era verdad. La mansión, las tierras y la fortuna pertenecían a Nicole. Sin embargo, los Markham, tras mudarse allí con su hijo, actuaban como si Nicole fuera un estorbo innecesario con el cual tenían que vivir. Más de una vez, la señora Eggleston había visto a Agatha mandar a Nicole de acá para allá como si la niña fuese una pordiosera abandonada que, inadvertidamente, hubiese osado aparecer ante su augusta presencia. Y Edward no se andaba con rodeos en cuanto a demostrar su aversión por su prima, tratándola con tanta hostilidad que consternaba a la señora Eggleston. En cuanto a William, el esposo de Agatha, el pecho de la señora Eggleston se hinchó de indignación al recordarlo; pasaba todo el tiempo haciendo comentarios repugnantes y vulgares y parecía estar siempre pellizcando las mejillas o los brazos de Nicole, riéndose de su pequeña benefactora.

Al mirar la espigada figura vestida de muselina blanca, a la señora Eggleston le pareció increíble que esa niña delgada de rostro demacrado y ojos opacos que se encontraba ahora de pie, abatida, al otro lado del salón, pudiera ser la misma Nicole que había retozado tan llena de felicidad y alegría el día de la fiesta del jardín. ¿Recobraría alguna vez ese aire de júbilo, volvería a irradiar felicidad otra vez?

Recordándose una vez más que no podía hacer nada para remediar su desgracia, la señora Eggleston cerró su mente a más pensamientos perturbadores. Comprendiendo que alargar esa despedida resultaría penoso para ambas, dijo con forzada alegría:

- Bien, escríbeme cuando puedas, amor mío. Y ahora me temo que debo marcharme.

Hizo falta mucho valor y resolución para abandonar a esa criatura solitaria y afligida, pero sabía que no podía ofrecerle otra alternativa ya que ella estaba, de hecho, en peores condiciones que Nicole. Al menos la niña tenía un techo donde cobijarse. La señora Eggleston salió del salón con paso vivo, mas con el corazón oprimido.

La congoja que afligía a la señora Eggleston no se debía sólo a los padecimientos de Nicole. Ella misma se encontraba en serias dificultades, en aprietos muy graves, pero por nada del mundo dejaría que nadie se enterara de ellos, y desde luego no se los iba a contar a Nicole, pues la pobrecita ya tenía bastantes amarguras en su vida.

La muerte inesperada del coronel Eggleston a causa de una inflamación pulmonar había sido un gran golpe para ella, pero otro más rudo había esperado a la reciente viuda. Poco después del fallecimiento se descubrió que el coronel no sólo no le había dejado ninguna fortuna, sino que además había estado terriblemente endeudado. Rosehaven, la elegante mansión donde la señora Eggleston había vivido durante más de veinte años, tendría que venderse, así como también todos aquellos objetos de valor que la pareja había ido reuniendo a lo largo de sus cuarenta años de matrimonio. Habría de enfrentarse al mundo sin un penique en un momento de su vida en que había esperado gozar de un futuro seguro y sin sobresaltos.

Nadie, y mucho menos Nicole, se enteró de la desgracia que le había tocado en suerte, y con orgullo gentil y obstinado estaba resuelta a seguir manteniéndolo en secreto. A sus amistades, y tenía muchas, les decía con una amplia sonrisa que Rosehaven guardaba demasiados recuerdos... que era una casa grande para una mujer vieja y sola como ella y que de todos modos anhelaba un cambio. A los que le preguntaban dónde viviría en el futuro les respondía que se alojaría con unos parientes lejanos de Canadá. En realidad, había sido muy afortunada al conseguir un empleo como dama de compañía de una vieja dama francesa que estaba a punto de partir de Inglaterra a Canadá. Y como la señora Borair pensaba embarcarse el miércoles, ése era el último día de la señora Eggleston en su amado Beddington's Corner.

Retornó a Rosehaven y pasó el resto de la mañana haciendo las maletas. Pasaría esa noche en The Bell and Candle, la única posada que había en Beddington's Comer, y partiría a la mañana siguiente para Londres. Y así, deprimida y triste, continuó doblando aquellas prendas que consideraba más adecuadas para su nuevo empleo. Luego le quedaron varias horas libres antes de que llegara el carruaje que la llevaría al centro de Beddington's Corner. Durante esas horas vagó por las amplias habitaciones vacías de su casa por última vez, despidiéndose de todo lo que tanto había querido en su vida.

La casa guardaba muchos recuerdos, pensó con melancolía, algunos desdichados, otros felices. Se detuvo delante de un mirador que daba al estanque, y como si fuera ayer, vio a Christopher Saxon, riendo alegremente, su juvenil rostro moreno y el espeso cabello negro azulado dándole apariencia de bandolero salvaje, mientras pescaba del estanque de aguas poco profundas a una Nicole de sólo cuatro años que gritaba a todo pulmón.

Se preguntó con pesar qué habría sido de ese jovencito brillante y distinguido. No había pensado en Christopher desde hacía años, pues era un recuerdo doloroso, y se preguntó si el muchacho aún seguiría con vida. Había sido tan guapo durante aquella primavera de hacía nueve años - alto y apuesto, cutis de bronce y ojos de increíble fulgor ámbar dorado-, que parecía imposible que pudiera estar muerto, o que hubiera sido capaz de cometer las atrocidades que se murmuraban de él.

La señora Eggleston conocía a Christopher y a Nicole desde que eran niños y él también, como los gemelos, había sido un visitante asiduo de su casa. Sonriendo con ironía, reconoció que parecía ser su destino encariñarse siempre con las criaturas y sin embargo, no poder tener una propia. Pero Christopher casi había sido el nieto que nunca tendría, y aún no se resignaba a creer las historias que se contaban de él. Dejando de lado esos pensamientos tristes, se regañó con dureza a sí misma: no tenía sentido remover el pasado. Resueltamente dio la espalda al estanque, pero al recordar lo que había sucedido la última vez que se alejara de Beddington's Corner, vaciló. Si aquel verano no se hubiera marchado con su esposo a España, tal vez Christopher aún estaría con ellos, un joven de veinticuatro años, y no vagando por el mundo y en desgracia si es que todavía seguía vivo. La atemorizaba dejar a Nicole convencida de que estaba en una situación desgraciada. Pero sabiendo que no había más que ella pudiera hacer, la señora Eggleston se dijo que sólo porque al dejar a Christopher había sufrido una desgracia no tenía por qué sucederle lo mismo a Nicole. ¡Desde luego que no!

Y no obstante, sin que la señora Eggleston fuera plenamente consciente de ello, su partida de Beddington's Corner ciertamente marcaría el inicio de una nueva vida para Nicole; una vida preñada de engaños y peligros. Su partida de algún modo habría de despertar a Nicole de la apatía en que cayó después de la muerte de sus padres, y fue en un estado de ánimo pensativo e introspectivo que se reunió con los Markham y su hijo, Edward, a la hora del almuerzo.

Después de la comida, Edward, con un brillo burlón en sus ojos azules y un rictus malicioso en los labios que desmerecía la belleza de sus facciones, se dirigió ofensivamente a Nicole:

- Pobre bebé, ahora estás completamente sola. ¡Vaya! ¿Qué harás ahora? - Entornando los párpados al ver que Nicole no reaccionaba, continuó-: Bueno, ahora que la vieja «Eggie» se ha ido, quizá tengamos un poco de paz en esta casa y no nos tropezaremos con ella a cada rato. Y tal vez ahora serás un poco más amable conmigo... ¿no te parece, querida prima?

Nicole le dirigió una mirada desdeñosa. La mayoría de las veces podía azuzarla hasta hacerle perder la paciencia para luego sonreír beatíficamente cuando sus padres la regañaban por su aparente falta de control. Pero hoy Nicole estaba demasiado angustiada por la partida de la señora Eggleston como para rebelarse.

Edward, comprendiendo que su prima no le proporcionaría ninguna diversión, se encogió de hombros y salió del comedor, presumible mente en busca de compañía más alegre.

Agatha, cuyas facciones regordetas conservaban un vestigio de belleza, observó con evidente cariño la salida majestuosa de su único hijo. Tenía el descolorido cabello rubio artificiosamente arreglado en una cascada de bucles que sólo habría sido apropiada para una jovencita que tuviera la mitad de su edad, y el vestido que llevaba puesto, aunque muy a la moda, parecía haber sido hecho para una mujer que pesara varios kilos menos que ella. Al observar cómo se hinchaba el pecho de su tía de orgullo maternal cuando Edward traspuso la puerta, Nicole se quedó mirando fascinada la forma en que las costuras se tensaban casi hasta romperse y sin embargo conseguían no estallar.

Cuando Edward se hubo ido de la habitación, Agatha recogió la carta que le había estado leyendo a William. Era de una amiga particularmente íntima que vivía en Londres.

-¡Oh, escucha esto, William! ¡Beth escribe que ha conocido a Anne Saxon! - y Agatha empezó a leer en voz alta -: «La semana pasada tuve la suerte de conocer a algunos de tus vecinos. ¿No me dijiste que Ashland lindaba con la heredad del barón Saxon? Estoy segura de que así fue. Bien, querida mía, ahí estaba yo en la biblioteca Hookham's y ¿con quién crees que me encontré? ¡Nada menos que con la joven Anne Saxon! Es una chica muy bonita con todos esos bucles dorados yesos ojos tan, tan azules. Tengo entendido que ha venido a pasar la temporada social en Londres y los caballeros ya la han calificado como la "incomparable". Se dice por ahí que hasta están apostando a que se comprometerá antes de que empiece realmente la temporada».

Poniendo la carta a un lado, la tía lanzó una mirada rencorosa a la pobre Nicole.

-¿Sabías que Anne estaría en Londres?

Nicole suspiró. Por encima de todas las cosas, su tía ambicionaba codearse con la aristocracia y se había sentido mortificada y furiosa cuando se le hizo entender casi a la fuerza que mientras todas las puertas estaban abiertas para la huérfana Nicole Ashford, éstas no se abrirían de par en par para sus tíos de menor prosapia.

Por lo tanto, tratando de evitar que su tía la sometiera a una de sus famosas diatribas llenas de frustración sobre la injusticia de «ciertas» personas, respondió en tono mesurado:

- No. Anne tiene dieciocho años. Es casi una adulta. ¿Por qué habría de decirme que se marchaba a Londres? - Y decidiendo que el paso más acertado era devolverle el ataque, Nicole preguntó-: ¿Por qué te interesa tanto lo que hace Anne?

Mirándola con disgusto, Agatha replicó con rabia:

- ¡Será mejor que tengas mucho cuidado con lo que dices, señorita!

William, el rostro hinchado y rojo por los efectos de varias copas de vino que se había servido durante el almuerzo, exclamó con sinceridad.

-¡Vaya! ¡Vamos! No debes regañar de ese modo a nuestra pobrecita Nicole, recuerda cuánto le debemos. Espero que cuando crezca un poco se interese más en esos chismorreos que te tomas tan a pecho.

Por una vez Nicole agradeció la intervención de su tío, aunque no por ello le tomó más afecto. Mantuvo los ojos bajos clavados en la mesa y por enésima vez deseó haber estado también en el balandro aquel día fatídico. Aborrecía aquellas constantes escaramuzas que estallaban por nada y la defensa protectora de su tío era, a veces, peor que las regañinas de su tía.

Agatha, no satisfecha del todo aún, murmuró:

- ¡Lo dudo! ¡Es la criatura más insípida que conozco!

William trató de aplacar los ánimos plácidamente.

- No pierdas los estribos, amor mío. Cuando Nicole sea presentada en sociedad, cambiará. No me cabe la menor duda.

-Pero es que Nicole no será presentada en sociedad -soltó Agatha bruscamente.

Nicole levantó la cabeza de repente al oírla y pudo interceptar la mirada furiosa que su tío le lanzaba a su esposa.

- ¿Por qué no seré presentada en sociedad? - preguntó, perpleja. Su tía pareció confundida y eludió la pregunta.

-¡Basta ya de hablar! Puedes levantarte de la mesa.

Sabiendo que algo andaba muy mal, Nicole se puso rígida y alzó la barbilla, desafiante.

- ¿Por qué no se me presentará en sociedad?

Fulminándola con la mirada y demostrándole abiertamente la aversión que sentía por ella, Agatha estalló:

- ¡Porque has de casarte con Edward! No hay necesidad de gastar todo ese dinero en una temporada en Londres para buscar esposo. Ya está todo arreglado.

Muda de asombro por un momento, Nicole sólo pudo quedarse mirando fijamente a su tía. ¡Casarse con Edward! ¿Casarse con ese haragán y perverso hijo de las dos personas que más detestaba en el mundo?

- ¡Edward! - exclamó finalmente con repulsión manifiesta -. ¡Jamás me casaré con él! ¡Debéis de estar completamente locos si creéis que lo haré!

De súbito su tío, con el rostro más enrojecido aún por la cólera, ordenó:

- ¡Ahora no seas tan engreída y escucha lo que tenemos que decirte! Posees una inmensa fortuna y nosotros somos tus únicos parientes. No queremos que nadie se aproveche de ti. - En tono más calmado continuó-: Tu matrimonio con Edward asegurará que todo quede en familia. No permitiremos que ningún aventurero cazadotes se case contigo por tu dinero.

- ¡No, para cazadotes ya basta y sobra con vosotros! - estalló Nicole con absoluto desdén, los ojos topacio casi negros de furia y el rubor encendiéndole las mejillas. Se levantó de un salto de la silla y con una voz que temblaba de ira apenas contenida, aclaró-: ¡Olvidáis que en realidad no sois parientes directos míos en absoluto! ¡Que la fortuna que tanto os preocupa no pertenece a vuestra familia sino a la mía!

Después, sin siquiera escuchar los gritos destemplados de William ordenándole que permaneciera en su lugar, salió corriendo del comedor, atravesó toda la casa y se refugió en la cuadra.

En la quietud de las caballerizas, respirando aún agitadamente, reclinó la frente acalorada sobre el cuello sedoso de su caballo. En realidad, ya no le pertenecía tan sólo a ella, pensó con amargura, pues antes de gastar dinero en comprarle un caballo a Edward, William había ordenado que su hijo podría usarlo cuantas veces quisiera.

Maxwell había sido un obsequio de su padre al cumplir los once años y la mortificaba tener que compartirlo con alguien que maltrataba tanto a los animales como Edward. Con dedos cariñosos acarició la herida a medio cerrar que le habían hecho las espuelas de Edward en la piel lustrosa. «Ojalá Edward montase otro caballo», pensó sintiéndose más desdichada aún.

Era verdad que había otros caballos en la cuadra, pero ninguno tan magnífico como Maxwell, pues su tío, en lo que proclamaba era una jugada acertada para economizar dinero, había vendido todos los caballos de caza y los pura sangre de su padre, dejando en la cuadra sólo unos cuantos jamelgos y un par de caballos de tiro para los carruajes. Maxwell también habría sido subastado con los demás, sólo que Nicole se había despertado del letargo en que la sumieran las muertes de la familia para desafiar a su tío, exigiendo saber con qué derecho vendía cosas que en realidad eran de ella. Su tío se había echado atrás, ya que no deseaba que le formulara demasiadas preguntas acerca de adónde iba todo ese dinero.

Un ruido de pasos devolvió a Nicole al presente. De inmediato se acurrucó en el rincón más lejano de la cuadra, puesto que en estos precisos momentos no deseaba hablar con nadie. Ansiaba que quienquiera que fuese se alejara de allí cuanto antes, pero en vez de hacerlo, un momento más tarde alguien más se reunió con el primer intruso. Nicole oyó un suave murmullo, luego una carcajada ahogada y después silencio. Curiosa, espió por el borde de la cuadra y quedó paralizada al ver a Edward, con los pantalones bajados, tendido sobre un montón de heno con Ellen, la moza de cocina. Las manos de Edward desaparecieron debajo de las faldas de Ellen y Nicole parpadeó incapaz de creer lo que estaba viendo.

-Oh, señorito Edward, ¿qué pensaría la señorita Nicole si pudiera verlo en este momento? - bromeó Ellen abriendo los muslos ante la mirada horrorizada de Nicole, mientras Edward se tendía sobre su cuerpo. Nicole no era tan niña como para ignorar lo que estaban haciendo, y asqueada giró la cabeza para no seguir contemplándolos.

Edward gruñó en voz alta y murmuró con voz pastosa:

- La pequeña Nicole hará lo que se le mande.

Nicole probó el sabor de la bilis que había subido hasta su garganta, y creyó que vomitaría. Pero resistió la oleada de náuseas y, con los ojos cerrados y la mente en blanco, esperó a que terminaran su despreciable acto. Después de lo que pareció una eternidad, creyó oírlos ponerse de pie y luego, más claramente, oyó la voz de Edward.

-¿Vendrás esta noche a mi habitación?

El murmullo de Ellen no llegó hasta Nicole, por lo cual se sintió agradecida. Había oído bastante y no deseaba escuchar nada más. Después de que se hubieron marchado de la cuadra, ella continuó como petrificada en su lugar durante unos cuantos minutos más. Luego, como una zorra perseguida por una jauría salvaje, salió a tropezones y emprendió una veloz carrera hacia el bosque que crecía detrás de los establos. A ciegas, encontró el camino que llevaba al desierto pabellón de verano que se había convertido en su refugio preferido.

El pabellón no se alzaba en las tierras de los Ashford, sino que pertenecía al vecino más próximo, el barón Saxon. Siempre había tenido un atractivo especial para Nicole, y últimamente sólo encontraba un poco de consuelo y solaz entrando allí a hurtadillas como una intrusa y subiendo al ático del edificio para olvidar sus pesares soñando despierta. El pabellón se asociaba en su mente con épocas más felices, momentos en que había sido muy jovencita y en que los Ashford y los Saxon se visitaban mutuamente con frecuencia. Todos esos recuerdos la llevaban siempre a ese lugar.

El pabellón se había ido deteriorando con el paso de los años. Los canapés y sillones alguna vez verde suave con sus descoloridos cojines escarlata estaban gastados y opacos, las paredes estaban agrietadas y desconchadas. El edificio ya no era de un amarillo alegre y brillante, sino de un tono triste y parecido al de la tierra mojada, que no daba ninguna pista sobre su pasado encanto.

Años atrás, Giles y ella habían descubierto el pequeño ático que en el pasado se utilizaba como almacén de invierno. Los gemelos lo habían convertido, inmediatamente, en su sitio secreto; un lugar donde nadie los molestaba, un lugar donde podían acostarse en el suelo y mirar el cielo azul por el agujero del techo mientras compartían secretos y soñaban en voz alta. Pero eso pertenecía al pasado, cavilaba Nicole mientras trepaba por los peldaños que conducían al ático.

Los acontecimientos de ese día sólo habían agudizado los padecimientos que estaba soportando y la aflicción que la embargaba cada vez que consideraba su futuro. Nunca más podría consolarse diciéndose que las cosas se arreglarían solas, porque obviamente no lo harían. Los Markham creían a pie juntillas que tanto su fortuna como su propia persona les pertenecían para disponer de ellas como quisieran. Pero no les permitiría salirse con la suya, se prometió con firmeza. Y por primera vez en mucho tiempo, el espíritu indomable y la obstinación que siempre habían predominado en ella, despertaron y se agitaron tras un largo sueño.

¿Qué hacer?, se preguntó, consternada. ¡Jamás cedería a los planes de los Markham! Edward era un ser despreciable y repugnante. Con una expresión de asco, frunció la naricita al recordar los jadeos que habían brotado de los cuerpos enfebrecidos que se retorcían en el heno. ¡Edward jamás, pero jamás, le haría eso a ella!

Habiendo tomado tal resolución, Nicole pareció sentirse mejor. Mas, sabiendo que a menos que los hados fueran propicios o que tomara ella misma el destino en sus débiles y delicadas manos, estaba condenada a casarse con Edward, empezó seriamente a considerar la posibilidad de escaparse.

Sin demasiado entusiasmo empezó a cavilar sobre los métodos que podría utilizar para lograrlo, y como a sus trece años era aún muy ingenua, no tenía conciencia de los obstáculos que se presentarían en su camino. Primero, su fantasía la llevó a pensar en convertirse en camarera en alguna posada desconocida y distante cuyo bondadoso propietario y su esposa terminarían encariñándose con ella. Luego, decidió que en lugar de eso, huiría a Londres y ofrecería sus servicios como doncella... o tal vez, como dama de compañía de alguna anciana encantadora... ¿O era demasiado jovencita para ello? Mejor aún, se disfrazaría de muchachito y emprendería una vida aventurera en las filas del ejército -o, mejor todavía, en la Armada Real-. ¿Acaso no había planeado Giles ser oficial de marina, no fue el almirante Nelson el héroe de su hermano como también el de ella misma? y cuando su padre, riendo, le informó que no podría seguir a su hermano a alta mar, ¿no habían planeado los dos gemelos que ella subiría a bordo clandestinamente en el barco asignado a su hermano para divertirse luchando contra los franceses? Cuanto más pensaba en ello, tanto más la atraía ese plan descabellado que casi había quedado en el olvido. Exhaló un largo suspiro y de súbito deseó con toda su alma la presencia reconfortante de Giles a su lado.

El sonido de los pasos de alguien que se acercaba al pabellón dispersó sus pensamientos y cautelosamente espió desde su refugio del ático. Se tranquilizó al reconocer la figura ligeramente rolliza de SalIy

El padre de SalIy había sido el caballerizo principal de Ashland hasta que William, en otro arranque de tacañería, lo despidió. SalIy y Nicole se conocían desde la más tierna infancia. SalIy Brown era mayor que Nicole, pronto cumpliría dieciséis años, y desde hacía algún tiempo la amistad que las unía había comenzado a cambiar debido al creciente interés de SalIy por el sexo opuesto; algo que por el momento aburría a Nicole hasta el hastío.

-¿Nicky, estás allí arriba? -gritó SalIy una vez que hubo entrado en el pabellón.

Y, con un gruñido, Nicole respondió de mal humor.

-Sí, aquí estoy. ¿Qué quieres?

-¡Bien, baja de una vez y te lo diré!

Nicole hizo una mueca, convencida de que SalIy estaba a punto de recrearse contándole alguna historia tonta sobre el supuesto interés amoroso que sentía el hijo del hacendado del condado. Pero con todo, casi se alegró de ver a SalIy hoy, pues era de naturaleza alegre y su charla le haría olvidar por el momento a la familia Markham y la inminente partida de la señora Eggleston.

Con mirada soñadora, SalIy suspiró.

-Oh, Nicky, deberías ver la espléndida criatura que se hospeda en la posada. Acaba de llegar, pero Peg dice que sólo pasará allí esta noche. ¡Oh, cómo me gustaría trabajar en la posada! ¡Peg tiene la suerte de conocer allí a los hombres más guapos y encima le pagan por ello!

Nicole volvió a hacer una mueca y habló en tono de supremo hastío.

- ¡Eso era todo! Creí que tenías algo interesante que contarme.

-¡Pero lo es! Deberías verlo... alto, con el cabello tan oscuro que en realidad es negro azulado y sus ojos me recuerdan los de un león, dorados y peligrosos.

-¿Cómo lo sabes? ¿Le has visto? -preguntó Nicole, interesada a pesar de todo.

- ¡Oh, sí! Peg me permitió servirle el almuerzo y puedo decirte que apenas pude contenerme para no tocarle... es tan distinto a todos los de aquí. Su nombre es capitán Sable, es americano, y Peg dice que se detuvo en el pueblo para visitar a unos amigos esta noche y que mañana se marcha para Londres de nuevo. ¡Imagínatelo, tiene un barco todo suyo! Según Peg ha estado en Inglaterra comprando mercancías para vender en América, pero le oyó decir que no tendría inconveniente si uno o dos muchachos de Surrey desearan contratarse a su servicio.

-Salir soltó una risita nerviosa-. ¿Te imaginas a Jem o a Tim de marineros en alta mar? Si el capitán Sable lo supiera... ¡Beddington's Corner no es el sitio adecuado para encontrar lobos de mar!

Nicole miró fijamente a su amiga con sus ojos topacio.

- ¿Marineros? ¿Dices que ese hombre busca marineros?

- Bueno, eso creo, al menos es lo que le dijo a Peg cuando ella le preguntó, muy cortésmente, ya sabes, qué lo traía por aquí. -Como para disculpar la curiosidad de su hermana, Salir añadió-: No tenemos muchos visitantes desconocidos por estas tierras y Peg se preguntaba qué estaría haciendo en Beddington's Corner un caballero tan guapo como él.

Nicole, tramando en su mente febril un plan increíble, preguntó con impaciencia:

-¿Dónde está ahora?

Sally se encogió de hombros.

- No lo sé, salió de la posada después del almuerzo. Probablemente no regrese hasta tarde. -Sally exhaló otro suspiro-. Es probable que no vuelva a verle nunca más.

-¡Silencio!... -siseó Nicole de repente. Volviendo la cabeza en la dirección por la que había llegado Sally, escuchó atentamente por un segundo y luego exclamó:

- ¡Deprisa! ¡Al ático, alguien viene!

-¿Qué más da? -preguntó Sally, pero Nicole no le prestó atención y comenzó a subir al ático. Salir vaciló medio segundo y luego con aire resignado siguió a la niña. Apenas se había reunido con Nicole y situado para ver cómodamente lo que pasaba en el pabellón, cuando entró al edificio un hombre alto.

Sally ahogó una exclamación de sorpresa.

- ¡Es él! ¡Es el capitán Sable!

Aparentemente, el hombre alto que había entrado al pabellón no oyó la exclamación de la jovencita, pues ni siquiera levantó la vista. En cambio, permaneció en el mismo centro de la habitación y pareció examinarla lentamente mientras Nicole, fascinada a despecho de sí misma, observaba el rostro barbado de facciones marcadas y viriles.

Por unos minutos, el hombre continuó inmóvil, mirando a su alrededor y Nicole tuvo la extraña sensación de que el lugar guardaba recuerdos para él, recuerdos no muy felices. De pronto, el hombre cogió uno de los descoloridos cojines escarlata y en un arranque de furia lo arrojó lejos de sí con una exclamación de disgusto.

Nicole oyó que se acercaba un segundo hombre, y vio cómo el cuerpo del capitán se ponía rígido al volverse y clavar la mirada en la puerta. Y asombradas, tanto Salir como ella, vieron entrar al único hijo que aún le quedaba vivo a lord Saxon, Robert Saxon en persona.

- Me preguntaba si acudirías a esta cita después de todo - dijo Robert a manera de saludo.

El capitán Sable sonrió y sus dientes blanquísimos resplandecieron contra la barba negra.

- Ya no soy un adolescente para ser manipulado a voluntad. Y, además, estoy prevenido contra ti esta vez... la anterior confiaba en ti.

Robert lo estudió por un momento, advirtiendo el cuerpo fornido y alto, los hombros anchos y las piernas largas y nervudas. Sin dar señales de haber sido turbado por sus palabras, dijo con absoluta calma:

- Fue una suerte que te encontrara camino de casa. Sería intolerable que Simon te viera y se afligiera.

-¡Eso dijiste... pero me disculparás si dudo de tu palabra!

Robert esbozó una sonrisa y dijo:

- Pero, en realidad, no dudas del todo de mi palabra. Si lo hicieras, no habrías estado de acuerdo en encontrarte aquí conmigo primero. ¿Quieres oír lo que tengo que decir?

Los ojos dorados se entre cerraron peligrosamente y el capitán Sable replicó en tono ominoso:

- No mucho, pero como fui lo bastante necio como para reunirme contigo en lugar de seguir mi camino, tendré que hacerlo, ¿verdad?

-Así parece -asintió Robert y luego continuó-: Mi padre sufrió un ataque cardíaco casi fatal sólo el mes pasado y por algún tiempo temimos que muriera. Está bastante enfermo y más bien dudo que tu presencia pudiera ayudarle en algo. Nos ha sorprendido a todos, pero ahora su salud está mejorando, te lo digo para aquietar cualquier temor que pudieras tener de que esté en su lecho de muerte. Pero cualquier conmoción, cualquier sorpresa desagradable podría acarrearle un ataque fatal. Si estás tan resuelto a verle... a ver a un hombre que no desea verte... te sugeriría que esperaras unas semanas.

-¡Imposible! Sólo fue un capricho lo que me trajo aquí hoy. -El capitán Sable titubeó-. Me gustaría verle, Robert -dijo al fin -. Mi barco zarpa a fines de esta semana, y dudo mucho que pueda volver alguna vez a Inglaterra. Mi vida está en América y no hay nada que me retenga en estas tierras... así que no debes inquietarte creyendo que quiera imponerle mi presencia por la fuerza para despertar una vez más la maledicencia de la gente. Sólo deseaba verle para mejorar un tanto nuestras relaciones.

-¡Qué admirable de tu parte! -comentó Robert, seco, aparentemente impasible al tono vehemente de la voz del otro-. Pero desafortunadamente, imposible. Te sugeriría que te marcharas a tu barco esta misma noche y que te olvidaras por completo de volver a ver a lord Saxon. - Pero al reconocer el gesto obstinado en la boca de rasgos aristocráticos del otro, añadió cautelosamente -: Sé que no confías en mí y tal vez con motivos fundados, pero lo que hice sólo fue por tu propio bien. -Cuando el capitán Sable avanzó, furioso, Robert levantó una mano y ordenó-: ¡Escúchame hasta el final! ¡No quiero discutir contigo! Como empecé a decir hace un segundo, no confías en mí, pero en este caso creo que debieras hacerlo. Intentaré allanarte el camino si insistes. Déjame hablar primero con Simon. Trataré de introducir el tema gradualmente para que la conmoción no sea tan grande. Pero te pido que estés preparado por si fracaso.

-¿Por qué debo confiar en ti? ¿Cómo sé que no me estás mintiendo? - refunfuñó el capitán Sable con voz apagada.

- No lo sabes, ni puedes saberlo - respondió Robert, displicente -. Pero el estado de salud de lord Saxon puede verificarse muy fácilmente. Y créeme cuando digo que cualquier acontecimiento inesperado y perturbador podría precipitar un ataque fatal. Si deseas correr este riesgo, sigue adelante y preséntate ante él.

-¡Maldito seas! -estalló el capitán Sable con violencia-. Sabes que no osaría hacerla después de lo que me has dicho. Muy bien entonces, en ese caso haré lo que tú digas. Pero que Dios te ayude, Robert, si tú...

- ¡Mi querido joven! Olvidas que él es mi padre y que yo no haría nada que lo perturbara. En cuanto a ti... no me interesas en absoluto, pero trataré de concertarte un encuentro. ¿Dónde estás alojado?

Apretando las mandíbulas, el capitán Sable musitó:

- En The Bell and Candle Robert, hablé muy en serio cuando dije que no deseaba provocar un escándalo. Y debo regresar a Londres mañana. Tendrás que actuar esta misma tarde. No puedo aplazar más mi marcha. - Casi como disculpándose, añadió-: Reconozco que debí haber notificado a alguien de mi regreso en cuanto llegué a Inglaterra, pero ni siquiera había pensado entonces que intentaría verle. Fue sólo ayer cuando me pregunté si quizá no podía tratar de aliviar la tensión entre nosotros.

- Mm. Es una pena que la idea haya cruzado por tu cabeza. Pero puesto que así ha sucedido, haré lo que pueda. Y si no tienes noticias de mí mañana a las diez querrá decir que he fracasado y puedes estar seguro de que cualquier intento por tu parte de molestar a un viejo enfermo tendrá peligrosas consecuencias.

- Muy bien, entiendo. Si no tengo noticias de ti para entonces, sabré que nada ha cambiado -el capitán Sable respondió tragando saliva.

Los dos hombres no intercambiaron más palabras; salieron juntos, pero tomaron direcciones opuestas en cuanto abandonaron el pabellón.

Ahora que éste estaba desierto, Nicole y Sally se miraron.

-¡Vaya! -estalló Sally por fin-. Me pregunto de qué se trataba todo eso. ¿Por qué querría ese capitán Sable ver a lord Saxon con tanta urgencia?

Nicole no respondió; la conversación que acababa de oír no le interesaba demasiado. Lo que sí le importaba, sin embargo, era que el capitán Sable estaba en Surrey y que buscaba marineros.

Ese era el pensamiento predominante en su mente sin recordar siquiera todo lo otro que se había dicho allí ¿A quién le interesaba saber por qué deseaba ver al viejo lord Saxon? ¿O por qué Robert Saxon estaba dispuesto a interceder por él? ¡A ella no! En voz alta, dijo:

- ¿Qué importancia tiene? Probablemente era un mayordomo segundo y birló algunas piezas de la vajilla de plata y ahora desea aliviar su conciencia de remordimientos.

- Tal vez. Pero no creo que fuera eso. Aunque es lo más probable -dijo Sally decepcionada-. Sin embargo, ¿no habría sido más excitante si hubiese sido algo más que eso? Como si...

-Oh, Sally, quieres callarte, por favor -murmuró Nicole, exasperada. De repente deseó que la dejara a solas con sus pensamientos.

Sally se ofendió por los malos modales de Nicole y replicó malhumorada:

-¡Bueno, si eso es lo que quieres! Dejaré que sigas enfurruñada aquí arriba sola. Eres tan niña, Nicole. De verdad que no sé por qué me molesto contigo.

Nicole se arrepintió inmediatamente pues no deseaba herir los sentimientos de Sally.

- Lo siento, y no estoy enfurruñada. Pero, Sally, me gustaría estar a solas, si no te importa.

-Muy bien, me iré. ¿Te veré la semana entrante en la feria de caballos o tu tía te ha prohibido ir? - respondió Sally con resignación.

Con la mente en otra parte, Nicole dijo distraídamente:

- Probablemente. Al menos eso creo.

Una vez sola, Nicole permaneció sentada pensando durante varios minutos. El mar, tal vez esa era la respuesta. América, lejos de los Markham. Se le presentaba aquí una oportunidad nunca soñada y magnífica. Seguramente la fortuna era quien había guiado a Salir hasta ella ese día. Con la cabecita infantil llena de planes y proyectos, con una llama de esperanza iluminándole el alma, Nicole descendió de su escondite y echó a correr en dirección a Ashland.

No fue hasta mucho después de la cena, que se desarrolló en medio de una atmósfera tensa e incómoda, cuando Nicole pudo al fin poner en acción su plan. Pero una vez que se le permitió levantarse de la mesa para retirarse a sus habitaciones, sorprendiendo a su tía al no discutir la orden, subió a su dormitorio y se encerró con llave. Paseándose por la habitación, con manos temblorosas de excitación febril, hurgó entre los pocos y precia- dos efectos de su hermano que se las había ingeniado para guardar. Entre ellos estaban los objetos que buscaba; un par de pantalones descoloridos, una de sus camisas y su chaqueta preferida de tweed marrón, suave y gastada por el uso. Se quitó el vestido deprisa y se puso las prendas de su hermano, usando el cinturón de uno de sus propios vestidos para sostener el pantalón en la cintura. No había de dejarse acobardar por detalles tan nimios como pantalones abombados por el uso y una chaqueta cuyas mangas casi le cubrían las manos, así que con aire decidido se miró al espejo con optimismo.

Qué ridícula parecía, pensó riéndose nerviosamente, mientras estudiaba la cómica figura que reflejaba el espejo. Más seria ya, reparó en los largos bucles rojo oscuro con reflejos de fuego. ¡Tendrían que desaparecer! Sin piedad de ninguna clase, cortó irregularmente los largos cabellos sedosos. Con mucho cuidado recogió los mechones que habían caído al suelo y los guardó en la funda de una almohada con la idea de arrojarlos en el primer pozo que encontrara en el camino. El cabello, lo que había quedado de la espléndida cabellera rojiza, sobresalía en irregulares mechones, pero le daban una apariencia más masculina, la de un atractivo muchachito. Más satisfecha ahora, volvió a estudiar su figura en el espejo. Afortunadamente aún no se le habían desarrollado los pechos, pero frunciendo el entrecejo se estudió atentamente el rostro. Grandes ojos rasgados, castaños con iridiscencias de topacio bordeados de larguísimas y espesas pestañas negras la miraban desde el cristal azogado causándole cierta insatisfacción. La naricita era graciosa y recta si bien con rasgos aniñados todavía. Una boca grande y generosa, con el labio inferior carnoso y sensual y un mentón pequeño pero firme completaban el cuadro. Después de un escrutinio más severo quedó complacida con su aspecto. Parecía un muchachito, aunque demasiado guapo, salvo por esas larguísimas pestañas arqueadas. Bien, los actos desesperados requerían medidas extremas. Cautelosamente, con la carita muy pegada al espejo y las tijeras en la mano recortó con esmero las pestañas hasta que fueron prácticamente inexistentes. Echando otra larga mirada al espejo se convenció de que nadie adivinaría su verdadero sexo. Entonces, secretamente se juró que fuera cual fuese el resultado de su aventura, no regresaría nunca más. Esta noche vería a ese hombre en The Bell and Candle y le obligaría a llevarla al mar con él. Sin echar otra mirada al espejo ni cambiar de parecer, trepó ágilmente por la ventana y descendió por las ramas del viejo roble que crecía junto a la casa.


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