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La amante cautiva primera parte


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CAPÍTULO XVIII

A la mañana siguiente Nicole abrió lentamente los ojos. Permaneció acostada e inmóvil, no del todo despierta, con el cuerpo y las emociones saciados y en reposo por primera vez desde hacía muchas semanas. Una sonrisa asomó a sus labios, se desperezó sensualmente y se abrazó a la almohada que conservaba aún la huella de la cabeza de Christopher.

No sabía exactamente a qué hora se había marchado, pero sospechaba que debía de haber sido al rayar el alba. Y a juzgar por la débil luz que se filtraba al interior de la alcoba, seguramente no había pasado mucho desde entonces. A su lado, donde él había dormido, las sábanas conservaban algo del calor de su cuerpo. Los brazos de Nicole se ciñeron más alrededor de la almohada como si ésta, por arte de magia, se hubiese convertido en el cuerpo vital y grande de Christopher. Estaba amodorrada y con el cuerpo relajado, plenamente feliz.

Apoyó la mejilla en el hueco de la almohada y reconoció que estaba enamorada de Christopher Saxon. Y por alguna razón inexplicable, esa idea no engendró el espanto y repugnancia esperados por ella. No podía negarlo más, cualquiera que fuese el precio para ella y sin importar los sufrimientos que quizá le reservara el futuro.

Un poco avergonzada, cayó en la cuenta de que buena parte de la furia y aversión dirigidas al capitán Sable habían sido una forma de autodefensa, un intento de cerrar los ojos a la atracción creciente que sentía por él. Hasta el hecho de ponerse de parte de Allen en contra del capitán había sido sólo para ocultarse a sí misma los inciertos anhelos de su corazón.

Una sonrisa melancólica cruzó fugazmente por su rostro al recordar a las otras mujeres y las otras noches de pasión en la vida de aquel hombre y sacudió la cabeza. Aquella noche había sido diferente, pensó con apasionamiento. Ceñuda, clavó la mirada en su almohada. La había abandonado al alba sin ninguna explicación. Con absoluta firmeza se dijo que no querría que los sirvientes cuchichearan por haberlo encontrado acostado en su cama. La idea de que no deseara que sus relaciones amorosas fueran pasto de las murmuraciones la reconfortó un poco.

Se sentó en la cama y llamó a Mauer al tiempo que echaba las mantas a un lado. Si él se ceñía a su plan original no habría partido aún para Nueva Orleans. Rogó con el mayor fervor que lo sucedido entre ellos aquella noche le hubiera hecho cambiar de opinión con respecto al futuro.

Después de bañarse a toda prisa, con la ayuda de Mauer se puso un vestido de suave muselina color amarillo y se pasó con rapidez un cepillo por la cabellera oscura y lustrosa. Impaciente, se sentó quieta sólo el tiempo suficiente para que Mauer entretejiera una cinta amarilla de seda entre sus brillantes rizos.

Christopher tenía que sentir algo por ella algo distinto de lo común, pensó obstinadamente. Si después de lo de aquella noche él la trataba con frío desdén, le odiaría con toda su alma. Sus sentimientos eran demasiado nuevos para ella, demasiado frágiles para soportar un rechazo o siquiera indiferencia. Necesitaba confianza, algún pequeño gesto que le permitiera saber que aquella noche había sido especial para él también.

Al cruzar el vestíbulo principal y ver el equipaje de Christopher apilado con esmero junto a la puerta, dejó escapar un suspiro de alivio. Aún no se había ido, pero la simple presencia de esas maletas no era nada favorable. Todavía seguía pensando en partir esa mañana. Trató de convencerse de que tendría alguna explicación aceptable... sin duda no se había marchado aún porque estaba aguardándola para hablar con ella.

Nicole ansiaba creer que su súbito reconocimiento del amor que sentía por él había engendrado el mismo reconocimiento en Christopher. Estaba dispuesta a hacer toda clase de concesiones en cualquier tipo de relación que pudieran llegar a mantener. Si quería que fuese su amante, lo aceptaría sabiendo que a la larga podría hacer que la amara. Pero si la rechazaba, estaba convencida de que no soportaría semejante dolor. No quería odiarle, deseaba con toda su alma amarle con pasión. Y estaba del todo segura de que él debía sentir algo especial por ella.

Por un momento se quedó de pie en el centro del vestíbulo sin saber dónde encontrarle. Luego, al dar un paso vacilante en dirección a la biblioteca, Sanderson la sobresaltó al salir de improviso del comedor por el lado opuesto del vestíbulo. Al verla allí, la saludó:

-¡Buenos días, señorita Nicole, se ha levantado usted muy temprano hoy!

Ella le brindó una sonrisa radiante y le preguntó:

-¿Ha visto al señor Saxon? Todavía no se ha marchado, ¿verdad?

- ¡Oh, no! No se marchará hasta dentro de una hora o más. Le acabo de servir el desayuno. ¿Se reunirá con él?

- ¡Gracias, eso es precisamente lo que deseo hacer!

Cuando ella entró en el comedor segundos después, Christopher levantó la cabeza sorprendido. Nicole estaba excepcionalmente hermosa y adorable esta mañana, pensó, con ese bonito rubor en las mejillas y un brillante destello en sus ojos topacio oscuro que realzaban aun más su belleza. El vestido amarillo contrastaba con los reflejos de fuego de sus rizos oscuros, y al recordar ese cabello esparcido sobre la almohada, sintió que algo se apretaba con dolor en lo más profundo de su ser.

Con una sonrisa temblorosa en los labios, Nicole se encaminó a la silla que acostumbraba usar y murmuró con timidez:

- Buenos días.

Sanderson le sirvió una taza del fuerte café con sabor a achicoria que era el preferido de Christopher y luego se marchó, sin duda para encargarse de su desayuno.

A solas, los dos se miraron desde los extremos de la larga mesa, y Nicole quedó horrorizada de repente al no tener nada que decir. ¿Qué debía experimentar un hombre después de haber pasado una noche como la de ayer, y en especial alguien como Christopher?

Él vestía pantalones de ante y botas altas, preparado ya para remontar el río hacia Nueva Orleans. Le echó una mirada furtiva y vio con desaliento que su semblante tenía una expresión sombría e inescrutable que la llenó de temores. Pero cuando al mismo tiempo advirtió sus ojos soñolientos que delataban una noche pasada en vela, una sonrisa complacida asomó a las comisuras de sus labios. Ella conocía la causa de esa somnolencia.

Fue una especie de sonrisa satisfecha y reservada la que curvó sus labios. Christopher la reconoció y pudo recordar que era exactamente igual a la de la madre cuando estaba particularmente encantada con algo: Annabelle había sonreído así con mucha frecuencia en aquellos días previos a su traición. Mirando con severidad la suave curva de esos labios, montó súbitamente en cólera al pensar con qué facilidad podía haber vuelto a caer en la misma trampa. Pero la sonrisa le recordó intensa y dolorosamente algo en lo que no quería pensar.

-¿Te divierte alguna cosa? -preguntó con voz irritada-. No me vendría mal reírme a carcajadas esta mañana.

La sobresaltó el tono ofensivo y sarcástico de su voz y la sonrisa se desvaneció de sus labios.

- No, nada en particular. Es que esta mañana es encantadora -contestó. Su malhumor la volvió cautelosa, e ignorante de la causa de su enfado, bebió el café y deseó que hubiera alguna forma de disipar las corrientes peligrosas que percibía en la habitación.

Mas Christopher no había de privarse de la discusión que estaba buscando con afán:

- ¿Siempre sonríes así porque es una mañana hermosa? - preguntó de malos modos -. ¿Tienes que sentarte al otro extremo de mi mesa sonriendo como una idiota?

La taza de Nicole chocó contra el plato. Su temperamento explosivo se inflamó como una tormenta de verano. Tratando de evitar una discusión, pero sin estar dispuesta a pasar por alto la provocación, preguntó con frialdad:

- ¿Siempre tienes un carácter tan espantoso al levantarte?

- ¿No lo recuerdas, Nick? No hace tanto tiempo que dejamos La Belle Garce. Seguramente, unas pocas semanas no te habrán hecho olvidar cómo soy después de una noche pasada con una prostituta. - Pronunció las últimas palabras impulsado por la ira contra sí mismo. Estaba más allá del raciocinio; todo lo que comprendía era que la hija de Annabelle estaba sentada delante de él, ¡la hija de Annabelle, adorable, poseedora de una belleza y calidez que habrían eclipsado el bello cascarón vacío de Annabelle con la misma facilidad que un diamante desluciría una cuenta de vidrio!

Estaba aterrado y era incapaz de confiar en sus propios instintos, pues ya le habían traicionado una vez. Estaba actuando torpemente y al mismo tiempo se hallaba furioso... furioso contra Nicole por despertar en él emociones y sentimientos que creía muertos hacía tiempo, y colérico contra sí mismo por no poder juzgar con exactitud si esas emociones y esos sentimientos eran verdaderos o falsos. Deseaba con ardor recuperar su acostumbrada indiferencia hacia las mujeres y convencerse de que la noche anterior no había sucedido nada.

Al oír aquellas palabras tan desagradables algo estalló con fuerza en el interior de Nicole. Al ver sus sueños hechos añicos, aturdida por la palabra que él había usado para referirse a ella, irrumpió en la peor rabieta de toda su vida.

-¡Cómo te atreves! -gritó con la voz estrangulada. Estaba vibrando con la fuerza de su propia ira, prácticamente chisporroteando de furia, y sin pensarlo ni un instante, su mano se cerró alrededor de la taza de frágil porcelana que acababa de depositar en su plato. Soltando un grito de indignación, la arrojó a la cabeza de Christopher.

Él se agachó y la taza no dio en el blanco, pero un poco de café caliente le salpicó cuando pasó volando a su lado. Él también se puso en pie de un salto y se enfrentaron por encima de la larguísima mesa cubierta con el mantel blanco de lino.

-¡Basta ya de estas tonterías! -tronó la voz de Christopher conteniendo a duras penas su ira.

Pero los labios de Nicole se fruncieron en una mueca de soma cuando respondió:

- ¿Tú crees? ¡Ni siquiera he empezado! - Entonces el platillo pasó zumbando muy cerca de su cabeza, y apenas pudo esquivar el pesado pimentero de plata maciza que lo siguió raudamente. Se encontraba tan consternado y sorprendido que no fue lo bastante rápido para esquivar el salero de mesa del mismo juego, y éste le dio de lleno en la boca del estómago.

La furia que sentía Nicole le daba más fuerzas. Veía todo rojo y buscó con desesperación algún otro objeto pesado para arrojárselo a su torturador. Sus ojos se posaron sobre un magnífico candelabro de plata labrada que dominaba el centro de la mesa, y con un juramento que habría enorgullecido a cualquier marinero, lo lanzó en dirección a Christopher. Afortunadamente no dio en el blanco, pero por desgracia se estrelló contra la pared justo en el momento en que Sanderson, con la bandeja cargada con el desayuno de Nicole, entraba en el salón.

La joven no perdió tiempo y arrancó la bandeja de plata con el plato de jamón y huevos de las manos del sorprendido Sanderson. Con una puntería infalible se la arrojó a Christopher.

- ¡Bastardo! -le gritó. El plato le dio de lleno en el pecho y los huevos se adhirieron a la pechera de la camisa hasta que él, con cierta afectación, los desprendió con las puntas de los dedos.

Con los ojos dilatados de estupor, Sanderson contemplaba a Christopher mientras éste trataba de limpiar la masa adherida a la camisa y la chaqueta con una servilleta. Con absoluta calma, Christopher dijo:

- Puedes marcharte, Sanderson. La señorita Nicole y yo terminaremos de desayunar muy pronto.

El servidor clavó la mirada atónita en él, pero se limitó a decir:

-Como usted ordene, señor. - Y desapareció.

En el comedor reinó el silencio. Las palabras serenas de Christopher habían atravesado la roja neblina de furia que envolvía a Nicole, y con ojos horrorizados contempló el estado en que había quedado el comedor.

Christopher la observó con cautela. Había visto rabietas antes, pero sin duda Nick se llevaba la palma. Mientras que por una parte estaba furioso con Nick, por otra luchaba para contener la risa. En realidad no la culpaba por su estallido. Él estuvo buscando una pelea desde el momento en que despertó esa mañana, y la había conseguido. Y al pensar en el aspecto ridículo que presentaba, preguntó:

- ¿Pasó ya la tormenta o debo correr a buscar refugio?

Nicole estaba enferma. La furia la había abandonado tan deprisa como había llegado, y ahora sólo deseaba salir arrastrándose hasta algún lugar y morir. Se dirigió ciegamente hacia la puerta, pero Christopher la tomó de un brazo.

- No te vayas - pidió con suavidad.

La congoja de Nicole era tan obvia que él se sintió inexplicablemente conmovido.

- Nick, lo siento. No debí haber dicho lo que dije. - Sonriéndole tiernamente, continuó-: Estoy de un humor de mil demonios esta mañana, querida. Olvida lo que acabo de decir y empecemos de nuevo.

Nicole alzó la vista y le estudió por un momento, sin confiar en el tono persuasivo de su voz, ni creer en el brillo cálido que chispeaba en sus ojos dorados. La había engañado demasiadas veces en el pasado y no podía perdonarle que hubiese empequeñecido algo que para ella fue una ocasión trascendental. Aun pasado el primer estallido de cólera, todavía estaba muy enfadada.

- No - respondió quedamente -. No empezaremos de nuevo. Has aclarado perfectamente tu posición. Las cosas están igual que ayer por la tarde. Lo de anoche fue una equivocación. Puedes estar bien seguro de que no volverá a ocurrir.

Le retiró con firmeza el brazo que la retenía y dijo con cortesía al dirigirse a la puerta.

-Confío que el viaje será placentero y estoy esperando con mucho interés volver a encontrarme con la señora Eggleston... en el pasado fue una buena amiga mía. -Sin más, desapareció dejando a Christopher, pálido y tenso, mirando con verdadera consternación y bastante enojo la puerta que acababa de cerrarse. Le quedaba la sensación de haber dañado algo de manera irreparable. Desasosegado, descubrió que deseaba la oportunidad de volver a vivir esos últimos minutos. Pero se recobró rápidamente y haciendo un esfuerzo recordó las perfidias de Annabelle y en un arranque de cólera maldijo a todas las mujeres... y a Nick con más vehemencia que a ninguna.

¿Qué le estaba pasando?, cavilaba poco después mientras la piragua avanzaba lentamente río arriba hacia Nueva Orleans. ¿Qué demonios le ocurría últimamente? ¡Nick estaba siempre en sus pensamientos! Y además, descubría que se despertaban en él sentimientos y emociones que había creído arrancados de cuajo por las acciones despiadadas de Annabelle. No quería que nadie atravesara la muralla de indiferencia y crueldad que había erigido para proteger su sensibilidad. Y resolvió que mantendría a Nick a distancia prudencial. No se dejaría persuadir por la idea de enamorarse de ella: era inconcebible a su edad, y mucho menos de Nick. Durante el resto del viaje procedió a acorazarse contra Nicole. Con meticulosidad erigió una barrera muy alta y muy fría entre ellos y se persuadió a sí mismo de que ahora tenía la situación bien controlada.

Convencido de ello, estaba muy satisfecho de sí mismo cuando esa tarde fue a visitar a la señora Eggleston. La familia Dumas había salido y no regresaría hasta la noche. La señora Eggleston estaba disfrutando de un merecido descanso de su voluntariosa pupila. La señorita Dumas había estado molesta y exasperante la semana pasada, y la señora Eggleston casi dispuesta a dejar de lado su orgullo y aceptar lo que le había ofrecido Christopher.

El relato de las vicisitudes de Nicole conmovió a la señora Eggleston y se mostró deseosa de aceptar el empleo que él le proponía.

Permaneció sentada y como hipnotizada mientras Christopher narraba la historia de la aventura vivida por Nicole.

- ¡Esa Nicole Ashford! - dijo ella al fin con un brillo malicio- so en sus pálidos ojos azules-. Siempre fue una niña revoltosa. Y si bien me escandaliza que una señorita de su alcurnia intachable hiciera algo tan indecoroso, debo admitir que no me sorprende. La muerte de sus padres y su hermano gemelo fue un golpe terrible para ella, y sus tutores, los Markham, no eran personas de buen corazón. Claro que sí, me sentiré muy dichosa y más que dispuesta a tomarla a mi cargo y acompañarla desde ahora en adelante.

Meneando la cabeza blanca y con una mirada de aprobación hacia Christopher que le hizo sentir realmente incómodo, continuó:

- ¡Eres tan bueno! Y Nicole es muy afortunada de que fueras tú quien descubriera su engaño. Qué terrible si hubiese caído en manos de algún monstruo sin escrúpulos que se hubiese aprovechado de lo que era, estoy segurísima, sólo rebeldía infantil.

Sintiéndose más incómodo que nunca y bastante avergonzado, Christopher desechó los cumplidos con un gesto.

- Fue un privilegio y, se lo aseguro, nada de importancia.

-¡Oh, Christopher! -protestó, exaltada-. ¿Qué habría sucedido de encontrarse en las garras de alguien que... -la voz se redujo a un susurro horrorizado- hubiera destruido su inocencia? ¡Da horror sólo pensar en ello! Ella es muy, muy afortunada de que fueras tú. ¡Podría haberle pasado cualquier cosa!

Christopher nunca se encontró en una situación tan denigran- te en su vida, y cambió de tema con rapidez:

-Sí, bien, todo eso afortunadamente quedó atrás.

Luego respiró hondo y se agitó en el sillón al comenzar la parte más delicada de su engaño.

- Naturalmente, deseo verla de nuevo en su hogar y con su familia -dijo con energía-. Creo que es importante que se haga algo para que regrese a Inglaterra lo antes posible, a pesar de esta guerra desafortunada.

Con el semblante preocupado, la señora Eggleston aventuró, vacilante:

-Christopher, no creo que sea tan sencillo como lo pintas.

Odiándose por llevarla exactamente adonde quería de manera tan descarada, y por otro lado convencido de la imperiosa necesidad de hacerlo, Christopher se mostró muy sorprendido:

- ¿Qué quiere decir, señora? - Luego, fingiendo interpretar erróneamente el sentido de sus palabras, concedió-: Desde luego, tendremos que encargamos de que esté a la altura de las circunstancias, pero usted será capaz de hacer eso, sin lugar a dudas.

Marcándose aún más las arrugas de preocupación que surcaban su frente, la señora Eggleston habló con lentitud:

- No estaba pensando tanto en eso como en el posible escándalo que se producirá si llega a saberse que Nicole ha estado navegando todos estos años disfrazada de muchacho. -Seriamente, añadió-: ¡Querido, eso no puede consentirse jamás! Estaría completamente desprestigiada. ¡De ninguna manera podemos permitir que eso se sepa!

-¿Qué sugiere usted? -preguntó Christopher en tono inexpresivo.

La anciana le dirigió una mirada nerviosa. Estaba segura de que si no hubiese abandonado a Nicole, eso no habría sucedido. Ahora se sentía deseosa de hacer cualquier cosa para poner las cosas en su lugar... hasta mentir, lo cual iba en contra de sus principios. Como no quería que Christopher creyera que era una mujer que podía engañar con facilidad, jugueteó con el gastado encaje que rodeaba su cuello y al fin dijo con precipitación:

- Podríamos decir una mentira... podríamos decir que ha estado conmIgo.

Cada vez más disgustado consigo mismo, Christopher se aferró rápidamente a sus palabras.

-Sí, claro. Debí haberlo pensado. Permítame hilvanar una historia adecuada, y después, si no lo toma a mal, la usaremos para ocultar las desventuras de Nick.

Se sintió agradecida de que le quitara la decisión de las manos, sonrió con expresión bondadosa y pregunto:

-¿Cuándo debo dar aviso a los Dumas?

- Hoy mismo - afirmó él, tajante -. Quiero que esté fuera de su dominio esta misma noche.

Cuando ella mostró señales de obstinación, rápidamente la convenció de que el tiempo urgía, que cada día que Nick pasaba sin una dama a su lado, su situación se tornaba menos apropiada. Se ablandó su tierno corazón al pensar en la posible desgracia de la pobre Nicole, y sin discutir nada más, se dedicó a hacer las maletas.

Dejó una nota en la que se disculpaba por abandonar el servicio tan de repente y rogaba que la perdonaran. Dimitir de ese modo iba contra su naturaleza, pero con Christopher urgiéndola con insistencia no tuvo tiempo de cambiar de opinión y fue así como salió rápida y definitivamente de la casa de los Dumas.

La señora Eggleston y Christopher permanecieron en Nueva Orleans sólo dos días más dedicados a diversas tareas. Él dejó las medidas que la señorita Mauer le había tomado a Nicole en la tienda de la modista y persuadió con maña y halagos a la señora Eggleston de que si había de hacerse todo de manera apropiada, ella también necesitaría un guardarropa completo.

Al principio protestó, horrorizada de que un caballero le comprara sus vestidos, pero Christopher, aceptando sus puntos de vista con la mayor inocencia, continuó diciendo:

- Desde luego que usted tiene razón. No había reparado en cómo se sentiría. Sólo espero que nadie comente sobre el guardarropa costoso de Nick y crea que usted se ha privado de todo por ella. Recuerde también que no se sabrá nada de los aprietos por los que ha pasado, ni que se ha estado ganando la vida con su trabajo. Pero, por otra parte, para que no haya una gran diferencia entre ustedes, habremos de suprimir algunos de los trajes que he encargado para Nick y mandaremos hacer otros diferentes. Ya me entiende usted, algo más práctico y duradero.

Al meditar en todas las privaciones que había padecido la pobre Nicole durante esos años, la señora Eggleston se sintió despreciable, tal como él había previsto. Escudriñando el semblante inexpresivo de Christopher, exclamó angustiada:

- ¡Oh, no! No creo que sea necesario. La pequeña Nicole se merece algo alegre y frívolo después de esos atuendos varoniles que ha estado llevando.

Christopher no contestó. Tras luchar con su conciencia durante unos segundos más, la señora Eggleston murmuró débilmente:

- Antes que privar a la pequeña Nicole, tal vez deba aceptar uno o dos vestidos para completar mi guardarropa. -Se le iluminaron entonces los ojos y añadió-: Y naturalmente te devolveré el dinero gracias al fabuloso salario que quieres pagarme.

Reprimiendo una sonrisa, Christopher la vio andar a paso vivo hacia el fondo de la elegante tienda de la modista. Mientras la señora Eggleston estaba ocupada con una costurera que le tomaba las medidas y le enseñaba un pequeño muestrario de las telas para sus nuevos vestidos, Christopher mantuvo una charla muy satisfactoria con madame Colette, la modista. Cuando la señora Eggleston descubriera su treta sería demasiado tarde: se encontraría con más prendas de vestir de las esperadas, ¿y qué se puede hacer con prendas hechas a medida salvo usarlas?

Aparte de encargarse de los guardarropas de las damas, Christopher pasó varias horas con su banquero y su agente de negocios, discutiendo la marcha de sus asuntos durante los seis meses en que estaría ausente del país. Y se las ingenió para entrevistarse con Jason Savage durante unas cuantas horas en la víspera de su partida hacia la plantación.

Después de una agradable cena, Jason dijo con bastante satisfacción:

- Parece ser que no está desperdiciando el tiempo y que su plan ya está bien encaminado.

Christopher hizo una mueca.

-Oh, sí. Me estoy convirtiendo en un experto en embaucar ancianitas confiadas.

Jason arqueó las cejas, divertido.

- ¿Le resulta una tarea muy pesada?

-¡Demasiado! -exclamó Christopher, desanimado-. No creí que servirme de ella me iba a contrariar tanto, pero he descubierto que es así. El único consuelo que puedo encontrar es que todo es por una causa noble y que la señora Eggleston saldrá beneficiada.

Esas pocas palabras complacieron a Jason en buena medida. Lo que estaba haciendo era arriesgado y, aun cuando tenía el informe de Jake sobre Saxon y sus propios instintos para guiarle, era un gran alivio descubrir que Christopher no era tan insensible e inescrupuloso como aparentaba. Jason se preguntó qué clase de hombre era en realidad. Un caballero de buena familia, un corsario, el dueño de una plantación, un tahúr, un cómplice de Lafitte y ahora... ¿un patriota o espía? ¿Cuál era la verdad sobre él? Los ojos verdes de Savage escrutaron pensativamente ese semblante duro y casi desdichado y Jason llegó a la conclusión de que Saxon guardaba con celo su verdadera personalidad y lo más recóndito de sus pensamientos y sentimientos. El tiempo diría si había sido acertada su decisión de requerir sus servicios. Dejando esos pensamientos de lado, preguntó:

- ¿Cuándo considera que podrá estar listo para partir? Debe avisarme con suficiente tiempo, pues tengo que encontrar un barco que esté dispuesto a afrontar el riesgo del bloqueo británico del Golfo de México.

- Todavía debo aguantar, por lo menos, un mes más, pero si el tiempo lo permite, supongo que podremos zarpar a mediados de febrero. Nick no es en realidad la golfilla que yo temía. Y la señora Eggleston y yo tendremos seis semanas en el mar para completar su transformación. Seguramente el tiempo nos brindará más incertidumbre que los progresos de Nick.

Jason asintió, recordando con un escalofrío su propia travesía invernal hacía unos años.

-Sí, estoy de acuerdo. Con todo, empezaré ya a buscar un capitán de barco dispuesto a arriesgarse a ser capturado por los británicos. Después de todo, no hay razón para esperar hasta el último minuto.

Christopher se alzó de hombros.

- Puede ser que su tarea y la mía concluyan al mismo tiempo. Tener que zarpar una o dos semanas antes de lo planeado no nos vendría mal.

-Sí. No encuentro palabras para expresarle lo inquieto que estoy por el retraso, suponiendo que tuviera a mano en este instante al capitán y el barco -confesó Jason con sinceridad.

-Creí que habíamos decidido que no intentaríamos nada antes del otoño como fecha más cercana, y eso si derrotan completamente a Napoleón en Europa -apuntó Christopher.

-Oh, probablemente tenga usted razón, pero no me gusta la incertidumbre -se quejó Jason con una mueca.

Christopher sonrió compasivamente; tampoco él rebosaba de alegría por las dificultades a que tendría que hacer frente. La empresa era arriesgada y estaba plagada de incertidumbres.

-Si tuviésemos más en qué basamos y una persona en particular de quién recabar información, personalmente me agrada- ría más. Pero como no es así, tendré que nadar a ciegas por mi cuenta y esperar que todo salga bien al final.

- Es verdad - murmuró Jason sin mucho entusiasmo.

-¡Vaya! -dijo Christopher, exasperado-. Si pude vencer a los británicos en el mar, cosa que hice, no veo motivo para dudar de mi habilidad para superarlos con maña en tierra. - Sonriente, agregó-: ¡De todos modos no tienen seso!

Fríamente, Jason remarcó:

-Olvida que yo soy inglés en parte y que usted tiene sangre enteramente inglesa en las venas.

-Sí, pero como ve, ambos tuvimos el sentido común de caer en la cuenta de la poca perspicacia que tienen los británicos y rápidamente nos aliamos a nuestra nueva patria -replicó Christopher con un destello burlón en los ojos dorados.

Jason se limitó a gruñir:

- Yo nací aquí.

Con la mirada más brillante aún, Christopher volvió a replicar de inmediato:

-¡También Benedict Arnold!

Riendo a carcajadas, Jason meneó la cabeza.

- No se muerde la lengua... y es un argumento eficaz, debo admitirlo. -Pero después se apagó su risa e inquirió-: Hablando de traidores... ¿cómo se las ingenió para desertar de las huestes de Lafitte y que no le acusaran de traidor?

Christopher hizo una pausa; no se sintió muy complacido por el giro de la conversación, pero encogiéndose de hombros apuntó:

-Jamás estuve involucrado en el contrabando; no estoy tratando de separarme de Jean para disculparme. Yo era corsario. Desde luego, sabía que los artículos de mis presas serían introducidos de contrabando en Nueva Orleans, y supongo que eso me hace en teoría un contrabandista, pero conozco muy poco sobre las actividades de Jean. Él sabe que no le traicionaría, aunque Claiborn suba la recompensa a cien veces su valor actual. Jean es un buen amigo para mí y para el estado de Louisiana. Cree que está ofreciendo algo que la gente desea, y tal vez sea cierto. Con toda seguridad que no le faltan compradores.

- Pero sin embargo, él viola la ley con cada carga de contra- bando que afluye a la ciudad -argumentó Jason, sombrío-. Claiborn no va a tolerarlo mucho más.

- Lo sé - admitió Christopher, serio -. Le dije a Jean cuando renuncié que él también debía retirarse, pero no lo hará. Y en un enfrentamiento entre ellos, no estoy tan seguro de que lean no salga triunfante.

- Tal vez, pero se vuelve más descarado cada día, y Claiborn no puede permitirse pasar por alto eternamente una afrenta tan grande.

Y fue con esa nota de tensión como se separaron.


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