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La amante cautiva primera parte


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Shirlee Busbee

LA AMANTE CAUTIVA

PRIMERA PARTE

Inglaterra, 1808




La Fugitiva

CAPÍTULO PRIMERO

Era uno de esos días cálidos y perezosos de agosto que de tanto en tanto acariciaban las onduladas colinas y valles de Surrey, cerca de la pequeña aldea de Beddington's Corner. Los rayos de sol se filtraban en la habitación de Nicole Ashford como dorados hilos de telaraña irresistiblemente tentadores y, sin embargo, por unos minutos más, Nicole rehusó abandonar la mullida comodidad del colchón de plumas. Ignoró con firmeza el impulso de levantarse y encarar el nuevo día. Hundió más la cabeza en la almohada tibia y acogedora y arrebujó la fina sábana de hilo alrededor de su cuerpo espigado. Pero el sueño la esquivó, y con un suspiro indolente se dio la vuelta hasta quedar tendida de espaldas sobre el amplio lecho cubierto de una colcha bordada. Lánguidamente, su mirada de topacio vagó sin rumbo por la encantadora habitación, observando la cómoda de brillante palisandro, el armario de madera de cerezo y los brillantes tonos de la alegre alfombra floreada que Cubría el suelo. De las altas ventanas colgaban cortinas blancas ribeteadas con la misma tela bordada de la colcha del lecho; un arcón de caoba, repleto ahora de juguetes descartados, se hallaba debajo de una de las ventanas y a su izquierda estaba la mecedora de roble sobre uno de cuyos brazos había caído descuidadamente el vestido arrugado que usara ayer.

La vista de esa prenda le recordó que muy pronto tendría que levantarse, puesto que hoy era un día especial; esa tarde sus padres iban a dar una fiesta en el jardín y tanto Giles, su hermano gemelo, como ella misma, estaban autorizados a asistir. Una fiesta en el jardín podría no parecer un acontecimiento social muy excitante para algunos, pero como Nicole aún no tenía doce años y ésta sería su primera fiesta de adultos, su regocijo era bien comprensible. Además, no era frecuente que Annabelle y Adrian Ashford pasaran una temporada en Ashland, la casa de campo de la familia, y Nicole apreciaba mucho los pocos momentos que compartía con sus padres. Con una sensación de dichosa anticipación, el largo cabello enmarcando unas delicadas facciones que ya llamaban la atención por su belleza, echó las sábanas atrás para levantarse cuando se detuvo bruscamente al ver que la puerta del dormitorio se abría de golpe y Giles irrumpía en la habitación.

-¡Nicky! ¿Todavía estás en la cama, grandísima holgazana? ¡Vístete de prisa, Sombra tuvo su potrillo anoche! -gritó Giles y su voz juvenil sonó llena de orgullo y excitación. Sus ojos color topacio, tan semejantes a los de su hermana, brillaban con destellos leonados y un mechón de pelo castaño oscuro caía sobre su frente.

La carita de Nicole se iluminó súbitamente con un arranque de júbilo y salió de la enorme cama al tiempo que dirigía a su hermano una sarta de preguntas:

- ¿Por qué no me has despertado antes? ¿Estabas allí cuando nació el potrillo? ¿De qué color es? ¿Es una potranca o un potro?

Giles se rió a carcajadas.

-¡Dame una oportunidad, parlanchina! No, no estaba allí cuando nació, así que quita esa expresión enfurruñada de tu rostro... no te gané por pies. Es una potranca, hermosa y negra, igualita a Sombra. Nació apenas pasada la medianoche. ¡Oh, espera a verla, Nickyl Está muy bien formada y es muy suave. Tiene los ojos grandes... -Con el pecho infantil henchido de orgullo, terminó altivamente-: ¡Papá dice que ha de ser mía!

-¡Oh, Giles! ¡Qué suerte tienes! ¡Me alegro tanto! -exclamó Nicole con auténtico placer. Había recibido su propio caballo, Maxwell, el año anterior y estaba realmente encantada de que ahora Giles tuviese el suyo. .

Se puso precipitadamente el vestido arrugado del día anterior y se preparó mentalmente para la reprimenda que le daría su doncella más tarde. Se lavó rápidamente la cara y se pasó un cepillo por la enmarañada masa de pelo rizado. Un segundo más tarde, los gemelos corrían escaleras abajo, cruzaban el amplio y elegante vestíbulo y salían por las sólidas puertas dobles de la entrada principal a la mansión. Les llevó sólo un momento descender a saltos los pocos escalones de mármol de la entrada y desaparecer por un costado de la magnífica casa de campo. Asidos de la mano y casi sin resuello llegaron a las caballerizas situadas detrás de la casa unos minutos después. De puntillas y respirando el olor acre y fuerte que exudaban los caballos y el más dulce y fresco de la paja recién cortada, se acercaron a la cuadra del fondo. Adrian Ashford, alto y elegante, enfundado en unos pantalones de ante y una ceñida chaqueta azul de botones de plata, ya estaba allí, así como también el caballerizo principal, el señor Brown. Adrian miró por encima del hombro y les sonrió, al tiempo que con un gesto les indicaba que podían acercarse más.

- Ya veo que la has despertado. ¿No podías esperar? - inquirió con una amplia sonrisa curvándole la boca aristocrática. Unas chispas burlonas centelleaban en sus grandes ojos oscuros.

- ¡No! Además, Nicky se habría puesto hecha una furia si no se lo hubiera dicho inmediatamente. ¡Ya sabes lo cascarrabias que es! - respondió Giles con ojos alegres. Nicole le sacó la lengua, y sonriendo con dulzura a su padre, aclaró:

- Estoy creciendo. ¡Las señoritas no son cascarrabias!

Giles se desternilló de risa y tanto Adrian como el señor Brown lo imitaron, para mayor disgusto de Nicole. Apiadándose de su hija, Adrian la levantó en brazos y murmuró cariñosamente:

-Casi estás demasiado crecida para esto, mi pequeña. Dentro de unos pocos años tendré que recordar que ya no eres mi niñita mimada.

- ¡Oh, papá! ¡Siempre seré tu niñita mimada! - prometió Nicole apasionadamente, arrojándole los brazos al cuello y abrazándolo con desesperación, casi convulsivamente. Su padre la besó en la frente y volvió a depositarla en el suelo. Le retiró un mechón de pelo castaño rojizo oscuro de detrás de la oreja y dijo:

- Estoy seguro de que lo serás, amorcito. Pero venid, admiremos a la hermosa hijita de Sombra. La potranca era exactamente como la había descrito Giles: negra, tan negra y lustrosa como el ébano y con enormes ojos color café. Con un suspiro de puro deleite y sin preocuparse por su vestido, Nicole se arrodilló sobre la mullida paja que servía de lecho a los animales y, acariciando la potranca, canturreó:

- ¡Oh, qué bonita! ¡Qué hermosa eres!

Sombra, una extraordinaria yegua pura sangre de patas largas, tan negra como su hija, frotó la nariz contra aquella zanquilarga y desgarbada réplica de sí misma y resopló por los ollares. Nicole soltó una carcajada.

-Creo que Sombra está muy orgullosa de su hija. - Alzando el rostro de facciones exquisitas hacia su hermano, preguntó, excitada-: ¿Cómo vas a llamarla?

- Pensaba que te gustaría ponerle el nombre tú me dejaste elegirlo para Maxwell - musitó Giles, un tanto cohibido.

-¿Puedo? ¿De verdad, Giles? ¿Me dejarás que le elija un nombre?

- ¡Por supuesto, tonta! ¿A quién si no podría permitírselo?

Sus ojos topacio brillaron como gemas cuando Nicole volvió la mirada a la potranca. Arrugó la frente, pensativa, y dijo al cabo de unos minutos:

-Sé que no es muy original, pero me gusta el nombre Medianoche. ¡Dijiste que nació apenas pasadas las doce y desde luego es tan negra como la medianoche!

- ¡Es perfecto, Nicky! - Una elección excelente - comentó Adrian. Luego, ayudando a Nicole a ponerse nuevamente de pie, dijo-: Creo que nos hemos entretenido demasiado en las caballerizas. Probablemente vuestra madre se estará preguntando dónde nos hemos metido todos. No olvidéis que en unas pocas horas empezarán a llegar nuestros invitados.

- ¡Como si pudiera olvidarlo! - protestó Nicole.

Giles la miró con una sonrisa burlona y le dijo:

- ¡Bien, si eso es lo que vas a llevar puesto y si vas a dejar que esa melena rebelde caiga así por tu espalda, parece que sí lo has olvidado!

- ¡Sabes muy bien que no es así! Espera a verme dentro de un rato. - Y escapó corriendo con la larga melena roja flotando al viento como un estandarte.

Dos horas más tarde, mientras Nicole estaba de pie en la ancha escalinata de mármol que llevaba a la entrada de Ashland, saludando a los invitados que iban llegando, nadie habría relacionado a aquella encantadora criatura con el revoltoso diablillo que se había arrodillado sobre la paja del establo. Nicole, con porte airoso y confiado entre su padre y Giles, el largo cabello rojo oscuro recogido en una profusión de bucles que caían en cascada por la espalda casi hasta la cintura, lucía ahora un elegante vestido de fina muselina amarillo oro y falda amplia hasta los tobillos, por donde asomaba el encaje de las exquisitas enaguas. La niña era todo lo que debía ser la hija de un aristócrata. Desde la brillante cinta amarilla que sujetaba su cabello hasta los pequeños escarpines de cabritilla blanca que enfundaban sus pies, era una hija de la que cualquier hombre podría enorgullecerse. Adrian Ashford estaba realmente satisfecho tanto de su hijo como de su hija, y era evidente por las miradas que les dirigía mientras recibían a los invitados.

Nicole adoraba cada momento de aquella ceremonia. Lo único que la decepcionaba era que su madre, Annabelle, decidiera recibir a los amigos y vecinos en los jardines, en vez de en la ancha escalinata de acceso a la mansión junto con su esposo y sus hijos. Pero era un defecto tan leve en un día tan maravilloso, que Nicole no le dio importancia.

La fiesta era todo un éxito; los perfumados jardines estaban llenos de miembros de la clase más rica y elegante de Inglaterra alegremente ataviados y de sirvientes con libreas blancas y doradas que iban de un lado a otro ofreciendo gigantescas bandejas de refrescos dispuestos de manera tentadora. Se habían colocado delicadas mesitas blancas con sillas haciendo juego debajo de los majestuosos robles y los nogales de frondosas ramas para aquellos que desearan sentarse a la sombra y observar a los demás.

Nicole y Giles, saciados de limonada helada y deliciosos pasteles de crema, pasaban rápidamente de un grupo a otro, disfrutando de la atención de que eran objeto. Con todo, ambos sabían muy bien que era su primera fiesta de adultos y por lo tanto se esmeraban por comportarse bien, lo cual no dejaba de resultar sorprendente, pues todo el mundo en la vecindad sabía que los gemelos podían ser los diablillos más traviesos y revoltosos que pudieran encontrarse.

- Ni un gramo de maldad en ninguno de ellos - recalcó el coronel Eggleston con pomposidad-. ¡Pero qué de problemas pueden causar esos dos! ¿Os he contado la vez que cazaron un zorro y lo encerraron en el gallinero de lord Saxon? Y esa pequeña Nicole es una pilluela alocada y revoltosa como la que más. ¡Caramba, si la semana pasada sin ir más lejos, trepó a lo más alto de la copa del viejo nogal que está a la entrada de ingesta casa! ¡Sin duda una actividad poco digna de una jovencita a punto de convertirse en una señorita!

Nicole, al acercarse al coronel y a la señora Eggleston mientras charlaban con el vicario y su esposa, oyó el comentario y por un momento un arrebato súbito de rabia le sacudió el cuerpo. ¡Ese coronel tenía que contárselo a todo el mundo!, pensó con furia. ¡No era más que un viejo charlatán y pretencioso! Pero el estallido de cólera desapareció tan rápidamente como había venido y los saludó con rostro sonriente.

- Buenas tardes, coronel Eggleston, señora Eggleston, vicario y señora Summerton.

- Hoy estás preciosa, querida - exclamó la señora Eggleston rápidamente tras haber advertido la mirada ceñuda que había ensombrecido por un instante el rostro radiante de la niña.

Y porque la señora Eggleston, con su cabello blanco y gentiles ojos azules, era lo más parecido a una abuela para los gemelos, y porque verdaderamente se estaba portando lo mejor posible, Nicole olvidó al instante los comentarios del coronel. Sin embargo, no se quedó con ellos mucho rato, ya que al ver a su padre solo en una esquina de la casa encaminó sus pasos hacia él. Adrian le rodeó los hombros con el brazo y la estrechó contra su cuerpo.

-¿Feliz, hija mía?

-Oh, sÍ... pero me estoy cansando un poco de sonreírle a todo el mundo y de portarme tan bien. ¿No querrán volver pronto a sus casas?

Adrian soltó una carcajada.

-¡Qué falta de tacto! ¡Pero es exactamente lo que yo pienso! - Mirando a su alrededor, preguntó con indiferencia -: ¿Dónde está tu madre? Hace unos minutos que no la veo.

- Está caminando por la rosaleda con el señor Saxon, creo. Al menos fue allí donde la vi la última vez.

Asombrada, Nicole sintió que se tensaba el cuerpo de su padre y levantó la carita para verle el rostro. Súbitamente pareció más tenso y más severas las arrugas marcadas por la risa. Pero entonces se rió con una risa peculiar que Nicole no había oído antes en él.

- Bien, ¿por qué no vamos a buscarlos?

Y como a ella nada le agradaba más que estar en compañía de su encantador padre y muy hermosa madre, aceptó alegre la sugerencia y trotó detrás de su padre que ya había emprendido el camino a grandes zancadas hacia las rosaledas que se extendían a la izquierda del césped.

Encontraron a Annabelle y a Robert Saxon pocos minutos después en el fondo del jardín. Annabelle, que lucía un hermoso vestido de talle alto color verde hoja que dejaba al descubierto sus senos más de lo conveniente, estaba lánguidamente recostada sobre los almohadones amarillo brillante de un sillón de jardín situado debajo de un sauce que le brindaba su sombra. Robert Saxon se hallaba sentado a su lado con la cabeza inclina- da atentamente en dirección a Annabelle. En un arranque de inocente orgullo, Nicole no pudo menos que admirar la deslumbradora belleza de su madre, su llameante cabellera roja, las facciones absolutamente perfectas y los ojos de gata de color esmeralda. Annabelle Ashford era sin duda una de las mujeres más adorables y bellas de toda Inglaterra.

-Ah, estabas aquí, querida -dijo Adrian-. ¿No crees que tratas a tus invitados con cierta descortesía al abandonarlos?

Annabelle se encogió de hombros con displicencia, y tendiéndole los brazos a Nicole le brindó una de sus deslumbrantes sonrisas. La niña corrió ansiosamente a sus brazos. No era frecuente que mama le demostrara su afecto y Nicole atesoraba esos raros momentos. Con la cabecita apoyada sobre los adorables senos de Annabelle, Nicole sonrió tímidamente a Robert Saxon, que le devolvió la sonrisa con un dejo burlón.

Dirigiendo a su esposo una mirada calculadora, Annabelle murmuró:

- Hace demasiado calor, Adrian, y sabes bien que estas fiestas campestres no son de mi agrado. Regresaré en un momento.

Tan sólo quería gozar de unos minutos de paz y quietud, y Robert se ofreció tan galantemente a acompañarme lejos de todos esos palurdos charlatanes, que no pude resistirme.

Nicole alzó los ojos redondos de asombro y los clavó en los de su madre.

-¿No te gusta la fiesta, mamá? ¡A mí me parece magnífica!

- ¡Desde luego que sí, cariño! Lo que sucede es que esta clase de reuniones sociales no son tan excitante s como las que solemos frecuentar tu padre y yo en Londres. No prestes atención a las palabras de tu madre.

Satisfecha con la explicación, Nicole volvió a reclinarse sobre el pecho de su madre sin darse cuenta del cuadro encantador que presentaban. Fue Robert Saxon quien hizo un comentario al respecto:

- He de felicitarte, Ashford, por poseer una esposa tan adorable y, al parecer, una criatura también adorable en extremo. Con ese cabello y esa boca yesos inmensos ojos color topacio, en unos pocos años más tendrás a los pretendientes vociferando a tu puerta.

Nicole se ruborizó y volvió la cabeza, aunque se sentía muy complacida por el cumplido. Adrian miró largamente a Saxon sin sonreír siquiera e hizo un comentario evasivo. Percibiendo que los tres mayores sólo estaban dándose conversación delante de ella, después de un último abrazo Nicole se incorporó.

-Si me disculpáis, iré en busca de Giles.

- Puedes irte, amor mío - respondió Adrian, y sin pensarlo más Nicole se marchó por el sendero empedrado en dirección a la casa.

El aire estaba impregnado de un suave olor a lavanda que se mezclaba con el fuerte perfume de los rosales que bordeaban el sendero. Respirando a fondo, Nicole saboreó la embriagadora fragancia que la rodeaba. Hoy había sido un día especial. Tan perfecto que lo recordaría para siempre. Su primera fiesta entre adultos, y mamá tan adorable y papá tan elegante y bondadoso. Era maravilloso. Maravilloso vivir aquí en Ashland, maravilloso tener un hermano como Giles y ser la hija de tales padres. Con una sensación de orgullo creciente se acercó a la casa majestuosa que llamaba su hogar pensando en las generaciones de Ashford que habían vivido en esa misma casa de los Ashford que habían navegado con Drake, de los Ashford que habían luchado contra Cromwell y habían ido al exilio con su príncipe, de los Ashford que habían sido consejeros y amigos de los diferentes monarcas, y sintió que se le henchía el pecho de orgullo. ¡Algún día ella también haría grandes cosas! ¡De veras que sí! Y Giles y mamá y papá estarían muy orgullosos de ella.

Luego, riéndose de su propia vehemencia, empezó a correr en busca de Giles. Lo encontró como era de esperar en el henil de las caballerizas, que era el sitio perfecto para mirar desde lo alto a Sombra y a Medianoche, y los gemelos pasaron varios minutos juntos observando los movimientos todavía torpes e inseguros de la potranca. De pronto, Nicole se puso nuevamente de pie y se sacudió la falda para desprender la paja que se había adherido al vestido.

-Será mejor que regresemos, Giles. Papá considera que es una descortesía abandonar a nuestros invitados.

Giles asintió con desgana y lentamente empezó a descender los peldaños de la escalerilla que llevaba al suelo de la cuadra. Nicole lo seguía cuando le resbaló el pie y comenzó a caer. Trató de salvarse, sólo que no pudo recobrar el equilibrio y su cuerpo se precipitó hacia abajo, abajo, abajo...

Ahogando un grito, Nicole se sentó en la cama y sus ojos enfebrecidos recorrieron la habitación. Era su dormitorio, como debía ser, sólo que diferente. Los muebles eran los mismos, pero el arcón ya no estaba lleno de juguetes ni había un vestido arrugado sobre el brazo de la mecedora. También se sentía diferente en su interior, porque se dio cuenta, desconsolada, de que había estado soñando de nuevo con aquel día maravilloso de hacía poco más de un año, con la vida que habían llevado entonces, soñando que Giles y mamá y papá aún estaban vivos.

Reprimió un sollozo, echó las mantas atrás y clavó la mirada en la puerta. Sabía que nunca más irrumpiría Giles en su dormitorio, que su padre nunca más volvería a llamarla su niñita mimada, que jamás volvería su madre a estrecharla contra su pecho. Escapó de su garganta un gemido de dolor y con movimientos torpes avanzó, tambaleante, hacia la ventana que daba al prado posterior, ese prado donde hacía sólo un año se había llevado a cabo aquella fiesta inolvidable. Se detuvo delante de la ventana y clavó la mirada vacía en la distancia. Sólo podía angustiarse y extrañarse de la rapidez con que podía cambiar todo. Seis semanas después de la fiesta del jardín viajaron a Brighton. Adrian había decidido que el aire marino sería un cambio muy agradable para todos ellos. Y lo fue... al principio.

Giles y ella amaban el mar y toda la familia, con bastante frecuencia, salía a navegar en la bahía de Brighton, deleitándose en el aire tonificante y el oleaje. Adrian hasta les había compra- do un pequeño yate que bautizó Nicole, cosa que casi había hecho estallar de orgullo a la niña. Oh, sí, fue algo maravilloso... hasta aquel día.

Aquel día el cielo estaba ligeramente encapotado y un fuerte viento soplaba por la bahía, el mar estaba picado y el tiempo no tenía trazas de mejorar. Adrian y Annabelle planearon con cierta precipitación salir a navegar solos en el Nicole porque Annabelle había alegado que quería tener a su esposo para ella sola por una vez. Pero Giles, como el diablillo travieso que era, decidió sorprender a sus padres escabulléndose a bordo y escondiéndose en la cabina, decidido a no dejarse ver hasta que el yate estuviera lo bastante lejos como para que no pudieran devolverlo al muelle.

Tal vez si Nicole no se hubiera torcido un tobillo y no hubiera tenido que guardar reposo, Giles se habría quedado con ella. Salvo por el tobillo dislocado, posiblemente Nicole también se hubiese unido a esa travesura. Pero el destino decidió otra cosa: Nicole había estado confinada en la residencia de verano observando desde el balcón que daba a la bahía cuando ocurrió el accidente. Con el pie cómodamente levantado sobre una pila de mullidos cojines, vio al Nicole alejarse raudamente del muelle y deslizarse sobre las olas encrespadas de la bahía. Sonriendo, imaginó la aparición inesperada de Giles en cubierta. Pero de pronto la sonrisa se desvaneció, pues el pequeño yate que había estado navegando con el viento, viró de repente sin ton ni son y dio una vuelta de campana. Ante la mirada horrorizada de Nicole, el brillante yate blanco se hundió casi al instante bajo las aguas encrespadas de la bahía.

Las horas que siguieron al accidente habían estado dominadas por un miedo sofocante mientras ella aguardaba alguna noticia de su familia. No podían ahogarse, no podían, se repetía una y otra vez como si fuera una plegaria. Muy pronto empezaron a llegar varios amigos de los Ashford, la señora Eggleston entre ellos. Fue precisamente la señora Eggleston quien tuvo la dolorosa tarea de informarle a la niñita pálida que sostenía entre sus brazos que sus padres habían muerto ahogados; sus cuerpos habían sido arrastrados hasta la playa por la marea antes del amanecer. Nada se supo de Giles y se creía que había quedado atrapado en la cabina del yate sin poder salir a la superficie.

El mero pensamiento de Giles para siempre atrapado en el fondo del mar hizo que el dolor volviera a ser tan intenso e insoportable que Nicole cerró los ojos y dejó escapar un grito ahogado de angustia, deseando creer con todas sus fuerzas que aquello no había sido más que una horrible pesadilla. Pero no era así.

En cierto modo, Nicole echaba de menos a Giles más que a Adrian o a Annabelle, pues siguiendo la costumbre de las familias aristocráticas de la época, sus padres habían estado a menudo demasiado ocupados para sus hijos, y Nicole y Giles estaban más familiarizados con niñeras e institutrices que con sus propios padres.

La muerte de toda la familia había sido para Nicole una tragedia en más de un sentido. No sólo perdió a su hermano gemelo, a su padre y a su madre, sino que esas muertes la dejaban completamente sola en el mundo, sin parientes cercanos. Y eso no resultaría tan desgarrador si el coronel Eggleston y su esposa hubiesen sido nombrados sus tutores. Al menos con ellos se habría sentido amada y querida. Pero Annabelle tenía una hermanastra, Agatha, que junto con su esposo William Markham reclamó la tutela alegando ser pariente directo de la familia.

Los Markham estaban relacionados sólo remotamente con ella, pero como su derecho era mayor que el de unos vecinos cariñosos como los Eggleston, Agatha y su esposo habían sido nombrados sus tutores. Tutores de la pequeña Nicole Ashford y administradores de su vastísima fortuna.

Fue y aún era un arreglo muy desgraciado para Nicole. Unos extraños ocupaban ahora las habitaciones donde su padre y su madre habían dormido. Ni siquiera se salvaron las habitaciones de Giles, pues Edward, su primo de diecisiete años, había exigido con arrogancia que le fueran destinadas.

Los Ashford jamás intimaron demasiado con los Markham, puesto que las dos hermanastras se habían demostrado mutua aversión a lo largo de los años. Y lo más importante de todo, Annabelle provenía de una familia noble y adinerada, mientras que Agatha, a despecho del oportuno matrimonio de su madre viuda con un viudo rico y aristócrata, apenas si era de buena familia. Y ahora Nicole estaba bajo la autoridad de una tía con quien no tenía nada en común, una persona a quien casi ni conocía y un tío cuya vulgaridad y ordinariez le granjeaban el desprecio de la aristocracia local.

Reclinando la cabeza en el quicio de la ventana, Nicole vio el día a través de ojos nublados por las lágrimas. Si Giles hubiese vivido, las cosas no serían tan malas. Si Giles estuviera con ella, los Markham tal vez no le habrían parecido tan abominables. Al menos entonces Giles y ella podrían encontrar consuelo uno en el otro. Pero ahora...

Sólo cuando empezó a vestirse recordó que la señora Eggleston vendría a visitarla esa mañana y se animó un poco. Al pensar en la reciente tragedia de la señora Eggleston olvidó por un momento sus propios problemas. El coronel había muerto hacía menos de dos semanas y ahora, se dijo Nicole, era hora de consolar a su viuda. «Podremos consolarnos mutuamente y juntas afrontaremos cualquier cosa», pensó la niña.

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