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Kaye, Harvey (1989)


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Kaye, Harvey (1989), Los historiadores marxistas británicos. Un análisis introductorio, Prensas Universitarias, Universidad de Zaragoza, Zaragoza.

1. INTRODUCCION

“Cuanta más sociológica se haga la historia y más histórica se haga la sociología tanto mejor para las dos”



E. H. Carr, what is History?1

Desde hace unos cuantos años la historia y la sociología se han visto envueltas en una relación simbiótica, puesta en manifiesto por el crecimiento y desarrollo de la historia social y la sociología histórica. Ello representa un cambio bastante radical en la práctica de cada una de estas disciplinas y, especialmente, en las relaciones entre ellas. Como evidencia podríamos considerar el incremento de revistas en esta área. En un principio la única que existía en inglés era Past & Present, fundada en 1952 por cuatro de los historiadores estudiados en este libro, y Comparative Studies in Society and History, aparecida unos años después. Ahora tenemos, además de estas dos revistas pioneras, Journal of Social History, Review, Journal of Inter-disciplinary History, Social History, y Social Science History por citar, de entre las nuevas revistas, las histórico-sociológicas de carácter mas internacional. Incluso una ojeada a las revistas tanto de historia como de sociología vendrá a demostrar un renovado interés por las cuestiones históricas informadas por la sociología y por los asuntos sociales con perspectiva histórica. También esta nueva relación ha dado lugar a la aparición de varios libros como son, Sociology and History de Peter Burke, As Sociology Meets History de Charles Tilly y Historical Sociology de Philip Abrams2. Incluso aunque muchos historiadores rechazaran la idea arriba citada de E. H. Carr, y aunque otros muchos sociólogos disintieran de la declaración de D. Wright Mill en The Sociological Imagination “de que toda sociología que se precie de tal ha de ser sociología histórica”3, sin embargo, las afirmaciones de Carr y Mills que en 1960 fueran consideradas radicales (por no decir absurdas) son vistas ahora como muy ciertas (al menos en algunos artículos).

Pero todavía perdura un problema importante en la relación que se ha establecido entre las (supuestamente independientes) disciplinas de la historia y la sociología, debido, en buena parte, sin duda, a los puntos de vista historiadores y sociólogos siguen manteniendo en relación con la materia propia y la ajena. Como observa Gareth Stedman Jones4, tanto por parte de los historiadores como de los sociólogos, hay una fuerte tendencia a considerar la sociología como fuente de métodos y teorías, y la historia como fuentes de datos, estudios de casos, o ilustraciones del pasado (en oposición al presente) sobre los que la teoría sociológica ha de ser verificada. Se acepte (como yo mismo hago) o no la propuesta hecha por Philip Abrams y Anthony Giddens según la cual la historia y la sociología, adecuadamente concebidas, no son dos materias independientes sino una sola5, la relación entre ellas es demasiado limitada y, también, de interpretación estricta. En primer lugar, para ser claro, la teoría sociológica es de desigual calidad. Segundo, y este punto ya se ha debatido con anterioridad, la historia ha sido una disciplina tan teórica como la sociología, a pesar de los continuos desmentidos. Así pues, los historiadores pueden ofrecer a la teoría social tanto como los sociólogos.

La falta de rigor de las aportaciones que los historiadores hayan podido hacer a la teoría social no ha sido característica solamente de los especialistas no marxistas. Esto es, hasta hace pocos años6, los estudios marxistas del pensamiento social no han sabido reconocer el trabajo teórico de los historiadores (incluso de los marxistas), a pesar de la importancia capital de la historia en el pensamiento y en la obra del propio Marx. Así pues, en trabajos por lo demás exhaustivos y estimulantes como Considerations on Western Marxism de Perry Anderson7, no se incluye ningún criterio de historiografía marxista como apoyo teórico necesario (Debe señalarse, sin embargo, que Anderson reconoce que la historiografía marxista tiene que ser reconsiderada precisamente en estos aspectos)8. En mi libro he partido del supuesto de que los historiadores tienen tanto que contribuir a la teoría social como los sociólogos (y, añadiría, los filósofos). Pero, claro está, de la misma manera que no todas las teorías de los sociólogos son igualmente válidas tampoco lo son todas las de los historiadores.

Proyectado en parte como una contribución al continuo y progresivo desarrollo de la simbiosis entre la historia y la sociología, este estudio presenta una introducción y una revisión, así como un examen de los historiadores marxistas británicos. Con “historiadores marxistas británicos”, me refiero específicamente a Maurice Dobb, un economista que hizo importantes aportaciones a la historia económica; Rodney Hilton cuyas contribuciones se han dirigido en particular al campo de la historia medieval y estudio del campesinado; Christopher Hill, cuya obra ha remodelado nuestra idea de la Revolución Inglesa del siglo XVII; Eric Hobsbawm, que ha trabajado en diversos campos de la historia, pero de forma más destacada en los estudios de la clase obrera, el campesinado y la historia mundial; y E. P. Thompson, que tanto ha contribuido a la historia social del siglo dieciocho y principios del diecinueve. Como se verá, no se menosprecian las extraordinarias aportaciones particulares que estos historiadores han hecho en sus respectivos campos de estudio, y la contribución que de forma colectiva han hecho al estudio de la historia social. Pero es mi argumento ulterior que, además de sus contribuciones individuales y colectiva a la historiografía, los historiadores marxistas británicos representan en su conjunto- en el sentido más estricto- una tradición teórica. (Debo aclarar que esta tradición no se ha limitado a los cinco historiadores aquí estudiados, si bien éstos son los especialistas mas destacados y constituyen el núcleo).

Mi argumento se basa, en principio, en el hecho de que los historiadores marxistas británicos han sido partícipes de una problemática teórica común. Haciendo uso de unas palabras del historiador americano Eugene Genovese, él mismo influido fuertemente por el trabajo de éstos, ellos han intentado “trascender la estricta noción económica de clase y llegar a solucionar el problema de la base-superestructura que ha dominado al marxismo desde sus comienzos”9. Esto es, el marxismo se ha relacionado desde hace tiempo con una concepción de la totalidad social basada en el modelo, o metáfora, de la base y la superestructura, donde la base es definida como la(s) dimensión(es) económicas y/o tecnológicas determinantes(s) y la superestructura es definida como las dimensiones política, jurídica, cultural e ideológica, determinadas. Tal concepción, modelo, o metáfora de la totalidad social se atribuye con frecuencia al mismo Marx y para documentar la evidencia normalmente se hace referencia al prefacio de A Contribution to the Critique of Political Economy, donde se considera que Marx presenta su aproximación al análisis histórico y social:

La conclusión general a la que llegué y que, una vez alcanzada, se convirtió en el principio rector de mis estudios puede resumirse como sigue. En la vertiente social de su existencia, los hombres inevitablemente establecen relaciones definidas, que son ajenas a su voluntad, en concreto relaciones de producción apropiadas a un determinado estado del desarrollo de las fuerzas materiales de producción. La totalidad de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, el fundamento real, sobre el que se erige una superestructura política y legal y a la que corresponden formas definidas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso general de la vida social, política e intelectual. No es la conciencia de los hombres lo que determina su existencia, sino que es su existencia social lo que determina su conciencia10

Los analistas sociales han construido un modelo que propone un cierto determinismo económico, aunque resulta cuestionable si la anterior cita de Marx lo implica necesariamente. Los historiadores marxistas británicos, habiendo reconocido esta tendencia, se han esforzado en desarrollar una historiografía marxista alejada del determinismo económico con el que, con demasiada frecuencia, ha sido (y todavía es) asociada y, de esta manera, han tratado de reconducir el análisis marxista. Como veremos, no han rechazado el sentido de determinación por completo. Ya que, como escribe Raymond Williams- y en ello todos coincidirían- : “Un marxismo con muchos de los conceptos de determinación que ahora incluye está muy disminuido. (Aunque) Un marxismo carente de todo concepto de determinación, sin duda, no tiene sentido”11.

Además de haber compartido la problemática teórica común en busca de una superación del determinismo económico del modelo base-superestructura, los historiadores marxistas británicos también han compartido una problemática histórica común. Estructurando sus diversos estudios históricos, subyace el tema de los orígenes, desarrollo y expansión del capitalismo, entendido, no en el sentido limitado del cambio económico, sino como cambio social en el sentido más amplio. Citado con frecuencia como la transición del feudalismo al capitalismo, este proceso no es solamente el tema central de Studies in the Development of Capitalism12 de Maurice Dobb y del debate que siguió a su publicación13. Aparece también en trabajos tan diversos como Society and Puritanism in the Pre-Revolutionary England de Christopher Hill14, The Making of the English Working Class de E. P. Thompson15 y Primitive Rebels de Eric Hobsbawm16.

Con todo, como tradición teórica, los historiadores marxistas británicos han hecho algo más que compartir unas preocupaciones teóricas e históricas. A lo largo de la elaboración y cotejo de los temas relacionados con esta problemática también han desarrollado lo que puede ser considerada como una aproximación común al estudio histórico, a la que llamaré análisis de la lucha de clases. (Este, como se demostrará, no es el mismo que el normalmente conocido por “análisis de clases”). Básicamente, los historiadores marxistas británicos no sólo se han aproximado a sus estudios desde la hipótesis materialista del prefacio de A Contribution to the Critique of Political Economy arriba señalado, sino también desde la proposición histórica de Marx en The Communist Manifesto que dice “la historia de toda la sociedad ha sido la historia de la lucha de clases”.

Estrechamente relacionadas con el análisis de la historia basado en la lucha de clases, los historiadores marxistas británicos han hecho importantes contribuciones al desarrollo de la perspectiva histórica conocida como la historia desde abajo o, haciendo referencia específica a sus escritos, historia de abajo arriba. Esto es, opuesta a la historia escrita desde la perspectiva de la clases dirigentes o de elite- que tradicionalmente ha caracterizado los estudios históricos- los historiadores marxistas británicos (en particular Hilton, Hill, Hobsbawm y Thompson) han hacho hincapié en las experiencias, acciones y luchas históricas de las “clases bajas”, recuperando el pasado que fue hecho por ellas pero no escrito por ellas: Hilton y Hobsbawm en relación con los campesinos, Hill y Thompson sobre el “pueblo llano” y Hobsbawm y Thompson sobre la clase trabajadora.

Estos historiadores han hecho, por supuesto, una contribución más amplia a la historia y a la teoría social. Porque, en su empeño por trascender el determinismo económico y explorar la transición al capitalismo, Dobb, Hilton, Hill, Hobsbawm y Thompson han desarrollado el marxismo como teoría para la determinación de clases17, cuyo postulado fundamental es que la lucha de clases ha sido de importancia capital en el proceso histórico. Tengo intención de profundizar sobre el sentido de las palabras de Eugene Genovese cuando dice que los historiadores marxistas británicos, al elaborar su teoría a partir de la práctica histórica (es decir no como teoría en sí mima, o por sí misma) han “contribuido inconmensurablemente más al desarrollo de una interpretación marxista que jamás lo hayan hecho los infinitos volúmenes sobre “el materialismo histórico y dialéctico”18. Antes de continuar, debo añadir- a fin de que la importancia de su contribución pueda ser apreciada con mas facilidad- que la concepción predominante del modelo marxista de clase es la definida por Barrington Moore Jr.: “De acuerdo con el esquema marxista, los trabajadores comienzan desde una situación generalmente inerte, capaz a lo sumo de rebelión instintiva. A través de la experiencia de la industrialización, que los reúne en grandes fábricas para imponerles un destino común, adquieren una conciencia revolucionaria” 19. Como veremos, este no es modelo de clase de los historiadores marxistas británicos.

Otro aspecto de la labor de estos historiadores (que tratare al final del libro) es su contribución a la cultura política británica contemporánea. Ellos han participado, por medio de sus escritos, en la formación de lo que pueda existir en Gran Bretaña de una conciencia histórica socialista y democrática.

Esbozo del libro

Este libro ha sido organizado de la siguiente manera. Los capítulos 2 a 6 tratan de los historiadores marxistas británicos, examinando las aportaciones que cada uno de ellos ha hecho en su(s) respectivo(s) terreno(s) y período(s) de estudio histórico, así como de su contribución colectiva a la historia y a la teoría social. Así, el capitulo 2 revisa la labor de Maurice Dobb, en especial su libro, Studies in the Development of Capitalism, en el que lleva a cabo un análisis de la transición al capitalismo basado en la lucha de clases, y con esto, introduce la problemática histórica y el método de los historiadores marxistas británicos. También se incluye en el capítulo 2 el debate a que dio lugar el libro de Dobb y algunos escritos recientes sobre la transición que indican la actual relevancia e importancia de los argumentos de Dobb en relación con los estudios históricos y sociales.

En el capitulo 3 se examina la labor de Rodney Hilton en el contexto de los estudios del campesinado y, especialmente, de los estudios históricos medievales, haciendo hincapié, en particular, en su énfasis sobre la importancia de la lucha de clases en el desarrollo histórico medieval y la contribución histórica de la clase campesina británica. En el capítulo 4 se revisan los numerosos escritos de Cristopher Hill sobre el siglo diecisiete, especialmente sobre la Revolución Inglesa, insistiendo en su contribución a la tesis de que se trató de una revolución burguesa y en la existencia de una fracasada “revolución democrática” dentro de la propia revolución. Por otra parte, se demuestra que tanto para Hilton como para Hill, el análisis de la lucha de clases no ha estado en absoluto limitado a cuestiones político-económicas.

En el capítulo 5 se presentan los estudios históricos globales de Eric Hobsbawm, especialmente sus aportaciones al estudio de la clase obrera, el campesinado y la historia mundial y a la ampliación de la que será considerada experiencia de clase. En el capítulo 6 se examina el trabajo de E. P Thompson: primero, The Making of the English Working Class, después sus estudios sobre el siglo dieciocho, y finalmente sus escritos sobre historiografía y teoría social. En particular, en este capitulo se presta atención a las aportaciones de Thompson en relación con la formación y la conciencia de clase en el marco de la lucha clases.

A continuación, el capítulo 7 examina la contribución colectiva de los historiadores marxistas británicos: su desarrollo de la perspectiva de la historia de abajo arriba- en comparación con otras aproximaciones históricas desde abajo-; y su desarrollo del Marxismo como teoría para la determinación de clases. Finalmente el capitulo concluye con una reflexión sobre su contribución al problema (político) de la conciencia histórica.

El resto de esta introducción se dedicará a examinar brevemente los antecedentes contextuales o “formación” de los historiadores marxistas británicos en cuanto tradición teórica e histórica.



La formación de una tradición teórica

Trabajar como historiador marxista en Gran Bretaña significa trabajar dentro de una tradición inaugurada por Marx, enriquecida por los logros complementarios e independientes de William Morris, ampliada recientemente por la participación de hombres y mujeres especialistas tales como V. Gordon Childe, Maurice Dobb, Dona Torr and George Thomson, y tener por colegas a estudiosos como Christopher Hill, Rodney Milton, Eric Hobshawn, V. G. Kiernan y (entre otros que podría mencionar) los editores de este Register (John Saville y Ralph Miliband). Creo que no existe razón deshonrosa alguna que me impida solicitar un puesto en esta tradición.

E. P. Thompson20

Aunque yo voy a defender que Dobb, Hilton, Hill, Hobsbawn y Tompson representan una tradición teórica, tres ensayos recientes han considerado a estos historiadores de manera diferente. En uno de estos ensayos, Raphael Samuel explica las fuentes de la “historia marxista” e incluye a los historiadores marxistas británicos dentro de lo que el considera una tradición de historiografía marxista británica, que ya ha cumplido su primer siglo, y que tuvo su origen en el mismo Marx21. En un segundo ensayo, Eric Hobsbawm escribe sobre el grupo de historiadores del Partido Comunista, del que fueron parte activa y decisiva, durante los años 1946-5622. En un contexto divergente, Richard Johnson examina el trabajo de éstos en relación con lo que presenta como una “estructura de sentimiento” postbélica particular (es decir, finales de los años cincuenta y década de los sesenta) dentro de los estudios sociales e históricos británicos23.

En su análisis, Raphael Samuel ofrece una historia básica, pero exhaustiva, del último siglo (1880-1980) de historiografía marxista británica. Su objetivo principal es presentar las “mutaciones” de los estudios históricos marxistas británicos desde la época de Marx y en relación con: el contexto cultural y social de los muchos historiadores que han hecho la tradición histórica marxista en Gran Bretaña durante el último siglo; la pervivencia en el tiempo de varios temas que surgieron de diferente movimientos intelectuales y políticos tanto socialistas como no socialistas; y las circunstancias históricas cambiantes (políticas y económicas) a las que las respectivas generaciones de historiadores marxistas británicos han tenido que enfrentarse. Así, por ejemplo: Samuel escribe sobre la influencia de los historiadores democráticos radicales y liberales tal como los Hammonds (que serán tratados en el capítulo 5, sobre Eric Hobsbawm) y, también, sobre la influencia de historiadores socialistas no marxistas tal como G.D.H. Cole y R.H. Tawney (este último será tratado en el capítulo 4, sobre Christopher Hill). Señala las influencias de éstos haciendo referencia especial a lo que denomina la “historia popular”24, ya que se trataba una fuente importante de lo que iba a ser historia de abajo arriba en la obra de Hilton, Hill, Hobsbawn y Thompson.

Samuel también trata la influencia del inconformismo protestante en las diferentes generaciones de historiadores marxistas británicos. Señala que en ocasiones la influencia fue muy directa, esto es, a través de una educación y/o una formación metodista como por ejemplo, en los casos de Christopher Hill y E. P. Thompson (afirmación que Thompson rechaza en relación con sí mismo). A veces fue indirecta, como en la relación que existía entre el Independent Labour Party y el metodismo en el West Riding. (En este sentido debemos señalar que los padres de Rodney Hilton fueron parte activa del ILP, y él mismo ha hablado de su educación dentro de una “tradición cultural no religiosa de inconformismo”). Además, defiende Samuel, la influencia del inconformismo sobre la historiografía marxista británica puede apreciarse en el empeño de algunos historiadores por descubrir y defender la “herencia radical” del puritanismo, la disensión y el inconformismo. Esto se evidencia más claramente, como veremos, en el trabajo de Christopher Hill sobre el puritanismo y las sectas religiosas radicales. Adicionalmente, bajo el epígrafe general del “racionalismo científico”. Samuel estudia la influencia de corrientes intelectuales y políticas tal como el “libre-pensamiento”, el anticlericalismo, la ciencia, el productivismo y el progresismo.

Eric Hobsbawm afirma- contrariamente a Samuel- que, con anterioridad al Grupo de Historiadores del Partido Comunista, “no había tradición de historia marxista en Gran Bretaña”25. Pero, con independencia de que sea o no convincente la argumentación de Samuel acerca de la existencia de un desarrollo continuo de la tradición histórica marxista británica (y yo pienso que lo es), él consigue demostrar que la formación de tal tradición fue un proceso abierto, en contacto con una serie de influencias a veces bastante contradictorias.

En general se considera que los años 1946-56 fueron los más significativos en la formación de la tradición histórica marxista británica. Ya que fue durante ese período cuando Dobb, Hilton, Hill, Hobsbawm, y (en menor grado) Thompson, junto con otros (entre los que destacan, Victor Kiernan, George Rudé, A. L. Morton, John Saville y Dorothy Thompson) fueron miembros activos del grupo de historiadores del Partido Comunista. En apoyo de mi tesis de que los historiadores marxistas británicos representan una tradición teórica, citaré, de la introducción que Hobsbawm hace a su artículo sobre el grupo, estas palabras: “por razones que incluso ahora son difíciles de entender, la mayor parte del esfuerzo teórico marxista británico fue orientado hacia el trabajo histórico”26.

En su artículo, Hobsbawm trata de la formación y organización del grupo; sus empeños por publicar; sus relaciones con el Partido Comunista; la respuesta de sus miembros a la crisis de 1956-57; y las aportaciones que el grupo y sus componentes han hecho, desde entonces y hasta ahora, a los estudios históricos. Hobsbawm recuerda que el grupo surgió inmediatamente después de la segunda guerra mundial a partir de unos debates para organizar un seminario sobre A People`s History of England de A. L. Morton27. (El libro había sido publicado originalmente en 1938 con el fin de ofrecer un texto marxista asequible sobre la historia inglesa. El seminario debía revisar la obra a la luz de estudios posteriores). Christopher Hill recuerda que, en realidad, la iniciativa para formar al grupo surgió, entre otros, de Hilton, Hobsbawm, Kiernan, y él mismo, todos los cuales, junto con John Saville y Max Morris, son considerados por Hobsbawm como los miembros más activos e influyentes del período 1946-56. Estos historiadores se habían graduado y comenzado sus investigaciones a mitad de la década de los treinta (como Hill y Kiernan) o lo habían hecho inmediatamente antes o inmediatamente después de la guerra (como Hilton y Hobsbawm). Debemos recordar que dichos historiadores contrajeron su compromiso intelectual y político durante, y como una respuesta a, la depresión, y en oposición al fascismo, tanto como marxistas que eran, como influidos por su servicio militar durante la guerra. Además de esta joven generación de historiadores, había un grupo de especialistas más veteranos, en especial Maurice Dobb (cuyo estudio histórico más importante se tratará en el siguiente capítulo) y Dona Torr (cuya influencia será señalada en breve).

Hobsbawn observa que “para algunos el grupo era, sino exactamente un estilo de vida, al menos una pequeña causa, además de una alternativa para estructurar su ocio. Para la mayoría fue también una amistad”, y añade que “la austeridad física, el estímulo intelectual, la pasión política y la amistad son probablemente lo que los supervivientes más recuerdan- pero también el sentido de igualdad-”. Con igualdad quiere decir que todos reconocían ser “igualmente exploradores de un territorio en gran manera desconocido. Pocos... dudaban en hablar durante un debate, menos en criticar, ninguno en aceptar una critica”28. Organizados en “secciones por períodos” (antiguo, medieval, siglos dieciséis-diecisiete y siglo diecinueve, además de una sección de profesores), las actividades del grupo estaban centradas en Londres, si bien Hobsbawm señala que se esforzaron por establecer ramas regionales que en parte tuvieron éxito. A través de sus miembros, el grupo trató activamente de “popularizar” la investigación histórica y la perspectiva que estaban desarrollando, de manera especial en algunas ocasiones tal como en el tricentenario de 1649.

Los historiadores “contemporáneos” del grupo naturalmente se dedicaban con mayor interés al seguimiento y difusión de la historia del movimiento obrero británico y, sin duda, fueron animados en su empeño por el Partido Comunista Británico. Sin embargo este fue el único terreno en el que se sentirían incómodos con el partido. Como Hobsbawm ha manifestado en varias ocasiones, había problemas en el seguimiento de la historia del trabajo del siglo veinte porque esto significaba necesariamente apreciaciones críticas sobre las actividades mismas del Partido29.

Además de las publicaciones y estudios individuales de sus miembros, el grupo también trazó e inició algunos proyectos de investigación y publicación. En concreto, en 1948-49, se comenzó a publicar una serie de volúmenes de documentos históricos (con introducciones y anotaciones) que cubrían distintos períodos de la historia inglesa, con la intención de divulgar los estudios y la perspectiva histórica del grupo. Con la inspiración y la dirección editorial de Dona Torr, la serie se llamó “History in the Making” y fueron publicados cuatro volúmenes: The Good Old Cause 1640-1660 (editado por Christopher Hill y Edmund Dell), From Cobbett to the Chartists (editado por Max Morris), Labour´s Formative years (editado por J. B. Jeffreys), y Labour´s Turning Point (editado por E. J. Hobsbawn)30.

Otros dos proyectos que se iniciaron pero que nunca llegaron a convertirse en una publicación- al menos en la forma en la que en principio se habían concebido- fueron una historia marxista del movimiento obrero y, respondiendo a una sugerencia de Dona Torr, la “historia completa del desarrollo capitalista británico”. En ambos casos se celebraron seminarios para organizar el trabajo, pero no se llegó a publicar ningún libro. Sin embargo, debemos recordar que, aunque el grupo no siempre coronó los ambiciosos proyectos que se propusieron, en muchos casos la investigación iniciada y los ensayos escritos sirvieron de base para algunos estudios desarrollados con posterioridad por algunos miembros individualmente. Asimismo debemos señalar la publicación del grupo, Democracy and the Labour Movement, editada por John Saville con ayuda de George Thompson, Maurice Dobb y Christopher Hill31. Esta colección de ensayos en honor de Dona Torr incluyen unos cuantos artículos notables- realmente originales- indicativos del grado de erudición de los componentes del Grupo y, hasta cierto punto, de la calidad de los programas que iban a realizarse en años venideros. Por ejemplo, entre las contribuciones al volumen destacan “The Norman Yokede Christopher Hill y “The Labour Aristocracy in19th Century Britain” (Ambos serán discutidos en los capítulos sobre Hill y Hobsbawm).

En este contexto debe ser reconocida la “poderosa influencia”32 de Dona Torr en la “formación” de los historiadores marxistas británicos. Nacida en 1883, Torr era hija de un canónigo de la catedral de Chester33. Mientras hacía su licenciatura en historia en el University College de Londres, trabajó como periodista, primero en el Daily Herald, y después en el Daily Worker. Fue miembro fundador del Partido Comunista en 1920 y se le ha descrito como una devota erudita marxista. Además de trabajar como editora general de la serie “History in The Making”, Torr publicó Selected Correspondence of Marx and Engels (1934), un Suplemento a una edición inglesa de El Capital (vol.1) (1938); Marxism, Nationality and War (2 vols.) (1940); y Marx on China (1951)34. Pero su obra más importante, la cual no había sido acabada cuando murió en 1957, fue Tom Mann and His Times35. En este último libro Torr no solamente quiso presentar la vida y la época de este radical de la clase trabajadora, socialista y activista del movimiento obrero, sino también relacionar las luchas del período en que vivió, 1856-1941, con una larga historia de luchas por los derechos democráticos en Inglaterra, que se inició en el siglo diecisiete.

Christopher Hill señala que, aunque Torr no fue miembro fundador del grupo, “de inmediato se sintió a gusto con él, ya que le proporcionaba el tipo de estímulo intelectual de academicismo específicamente histórico que no había encontrado hasta entonces”. Sin embargo añade: “De hecho, sabía más, había meditado más sobre historia que cualquiera de nosotros; y lo que es más, puso su trabajo, su erudición y su sabiduría a nuestra disposición”. En el prefacio a Democracy and the Labour Movement, Saville y sus co-editores explican el porqué de la importancia de la influencia y la aportación de Torr:

Nos enseño la pasión histórica. Para ella la comprensión del proceso histórico es una experiencia emocional intensa… Todos nosotros podemos recordar apasionadas discusiones con ella, palabras lacerantes por el hecho de darnos a conocer que algo importante estaba en juego. Hizo que la historia latiera en nuestros pulsos. La historia ya no eran palabras en una página, ni las andanzas de los reyes y de los primeros ministros, ni siquiera los meros sucesos. La historia era el sudor, la sangre, las lágrimas y los triunfos de la gente común, de nuestra gente36.

De esta manera, Torr debió influir en los historiadores marxistas británicos más jóvenes en su desarrollo de la “historia popular” según el criterio de historia de abajo arriba. Ella misma indicó su concepción del papel que los historiadores socialistas debían desempeñar, con una cita de la figura obrera del siglo diecinueve, William Newton, que utilizó para comenzar su Tom Mann and His Times:

Ha de ser nuestra tarea, nuestro deber, conservar fresco el recuerdo de nuestro orden, tomar nota de las luchas, señalar las victorias, intentar nuevas conquistas y recoger de los fracasos los elementos del éxito... veremos entonces que el mundo abarca la civilización con la mano enorme y áspera del obrero, no con los dedos finos y enguatados del noble37.

Además, como declara Hill al comentar sobre su “ingenio cáustico que trataba de reservar (generalmente con éxito) para sus superiores o iguales”, Torr se oponía al economicismo demasiado influyente en el pensamiento marxista. En particular se opuso a “lo que denominó “escuela catastrófica” de marxistas, los cuales creían que las condiciones en Inglaterra tenían que empeorar mucho más antes de que un cambio serio fuera posible; idea que era bien aceptada.

Hobsbawm reconoce que el establecimiento del Partido Comunista coaccionó a los historiadores modernos en su trabajo sobre el período. Sin embargo señala que “en los años 1946-1956, las relaciones entre el grupo y el Partido habían sido prácticamente impecables”. Esto, puntualiza, fue debido al hecho de que los historiadores “eran un grupo de comunistas tan leales, activos y comprometidos como el que más, aunque sólo fuera por considerar que el marxismo implicaba pertenencia al Partido. Criticar el marxismo suponía criticar al Partido y viceversa”38. También reconoce que en algunos aspectos había una cierta tendencia a aceptar la imposición de los términos del debate histórico, por ejemplo, el caso de “Absolutism and the English Revolution”. Con esto, Hobsbawm probablemente quiere decir que los propios escritos de Marx fueron tomados en ocasiones más como “modelos para ser aplicados” que como “hipótesis para ser exploradas o comprobadas”. Sin embargo, insiste en que “el resultado efectivo de nuestros debates y actividades significó una enorme ampliación y no una disminución o distorsión de nuestro concepto de historia”. Esto fue posible, sostiene, porque “incluso durante el período estalinista más dogmático las versiones autorizadas de la historia marxista se habían preocupado por los problemas históricos genuinos, susceptibles de debate histórico serio, excepto cuando estaba implicada la autoridad política del Partido Bolchevique u otros asuntos afines”. Incluso, afirma que “no hubo “política partidista” en la mayor parte de la historia británica”, o, cuando menos no había conciencia de ello en ese momento39.

También es importante notar que aunque los componentes del grupo (con el apoyo naturalmente, del partido) consideraron que una de sus tareas era criticar los estudios históricos no marxistas, no por ello trataron de aislarse de los historiadores no marxistas. De hecho, intentaron “tender puentes” hacia los historiadores no marxistas que compartían afinidades e intereses comunes. El resultado más significativo de este empeño fue la revista Past & Present, cuyo primer número apareció en el clima de guerra fría de 1952. (Originalmente publicado dos veces por año, la revista es ahora trimestral, y el número cien apareció en agosto de 1983). La iniciativa de la revista fue de miembros del grupo, específicamente de Dobb, Hilton, Hill, Hobsbawm y John Morris (a quien se reconoce como el protagonista principal en la organización de la revista). Pero Past & Present no fue publicada ni por el grupo ni por el Partido. Tampoco se tuvo la intención de que fuera una revista limitada a los estudios marxistas históricos- y nunca lo ha sido-. De hecho, en el consejo de redacción siempre ha habido algunos historiadores no marxistas y algunos sociólogos históricos, como el historiador Lawrence Stone, el sociólogo Philip Abrams y el antropólogo Jack Goody40.

Con una cita del erudito árabe del siglo catorce, Ibn Khaldun, los editores de Past & Present indicaron en el primer número cuáles iban a ser los objetivos de la nueva revista. Escribieron “nuestra principal tarea… es reflejar y explicar (las) “transformaciones que sufre la sociedad en virtud de su propia naturaleza”. Un estudio tal no puede sino dar lugar a conclusiones generales, les llamemos o no “Leyes del desarrollo histórico” y seremos malos historiadores si menospreciamos su complejidad”. Subtitulado originalmente a Journal of Scientific History (que se suprimió a partir de entonces), los editores de Past & Present marcaron las diferencias entre ellos y los científicos sociales, en especial los funcional-estructuralistas. En su opinión, los científicos sociales con excesiva frecuencia llevaban a cabo sus prácticas teóricas siguiendo las pautas de la biología y las ciencias naturales, y de esta manera perdían el contacto con la “especificidad histórica” de la vida social: “Cada forma de sociedad humana y cada una de sus fases individuales, tiene sus propias leyes de desarrollo”. Además, y esto era importante- a menos que “las leyes del proceso histórico” se consideren dependientes de alguna fuerza trascendente o predeterminación del desarrollo histórico- también afirmaron que “los hombres son constructores activos y conscientes de la historia, no meramente números y víctimas pasivas”41.

Aunque no todos los proyectos iniciales de los editores se concluyeron de igual manera (e. g. su interés por artículos sobre el Tercer mundo), Past & Present se ha convertido indiscutiblemente en una de las revistas líderes en el campo de los estudios históricos, a la vez que ha sido un medio importante para el (re-)surgimiento de la historia social y de la sociología histórica como temas centrales de estas disciplinas. Acompañados en los últimos años por Víctor Kiernan y E. P. Thompson, Hill, Hilton y Hobsbawm han permanecido activos en la dirección de la revista. Hill es presidente de la Past & Present Society y Hilton y Hobsbawm son director y vicedirector respectivamente del comité editorial. Su trabajo colectivo en la revista demuestra su camaradería y amistad que ha persistido a pesar de sus respectivas decisiones de abandonar o permanecer en el Partido Comunista a la vista de los acontecimientos de 1956-7.

A principios de 1956, a resultas del discurso de Kruschev sobre el “estalinismo” con motivo del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, la invasión soviética a Hungría más tarde ese mismo año, y la fracasada oposición a ésta por parte del Partido Comunista Británico (así como la fracasada democratización interna), miles de comunistas británicos abandonaron el Partido. Entre ellos Rodney Hilton, Christopher Hill y E. P. Thompson, junto con otros miembros del grupo de los historiadores. Maurice Dobb y Eric Hobsbawm por el contrario, permanecieron. Aunque no abandonó el partido Hobsbawm, así como otros muchos miembros del grupo, participó activamente, durante el período 1966-67, en los intentos por convencer a la dirección del partido y efectuar cambios “democráticos” en la práctica y en la política del partido. El mismo observa que alguno componentes del grupo de los historiadores “destacaron entre los críticos de la actitud oficial del partido en ese tiempo” y “los tres episodios de “oposición” más sobresalientes- el Reasoner, la publicación de una carta por unos cuantos intelectuales en The New Stateman y Tribune y el Informe de la minoría sobre la democracia del partido en el veinticinco Congreso del PCGB-, fueron todos ellos relacionados con historiadores comunistas (Saville, Thompson, Hilton, Hill, Hobsbawm, entre otros)”. Con relación a Reasoner en particular, Saville y Thompson, organizaron la revista en 1956 con el fin de proporcionar un vehículo para el debate y la disensión en el partido, pero la dirección del partido reaccionó suspendiéndoles de su afiliación. La respuesta de Saville y Thompson consistió en dimitir y Reasoner se convirtió en el New Reasoner (precursor de New Left Review)42.

Hobsbawm mantiene la hipótesis de que fueron tan activos en la disensión y la oposición porque “la preocupación básica sobre Stalin era literalmente histórica: qué había sucedido y por qué se había ocultado”. Puesto que “el análisis histórico era un tema central entre los políticos marxistas” éstos se vieron necesariamente empujados a la acción, en especial porque estaba claro que la dirección del partido negaba la necesidad de tal análisis43. Hobsbawm concluye su artículo observando que después de 1956-57 el Grupo de los Historiadores seguía existiendo pero ya no como antes, porque muchos de sus miembros habían abandonado el partido. Brevemente señala los que considera haber sido los mayores logros del grupo, haciendo hincapié en sus contribuciones a la historia social, particularmente la historia desde abajo y, en cuanto a los temas, la historia del trabajo y la Revolución Inglesa.

El tercer artículo antes mencionado, “Culture and the Historians”, está escrito por Richard Johnson del Centre for Contemporary Cultural Studies de la Universidad de Birmigham44. Este artículo de Johnson fue escrito como parte de un proyecto más amplio sobre la relación entre la ensayística histórica británica y la teoría social, la política y la “memoria popular”, incluyendo, en particular, una evaluación crítica de la formación de la tradición histórica marxista británica45. Es significativo que, durante gran parte del período en el que el programa se estaba desarrollando, la perspectiva teórica que dominaba en el Centro era “marxista-estructuralista” tal como la formulaba Louis Althusser (a la que y a quien se hará referencia en múltiples ocasiones en este libro, en especial en los capítulos sobre la obra de Dobb y Thompson).

En “Culture and the Historians”, Johnson examina el trabajo de los historiadores marxistas británicos atendiendo a lo que considera una “estructura de sentimiento”46 característica de los estudios sociales e históricos socialistas británicos de finales de la década de los cincuenta, durante los sesenta, y que persiste en los setenta. (En “socialistas”, Johnson incluye estudios marxistas y no marxistas). Defiende que, en el período posterior a 1956, los escritores e historiadores sociales socialistas británicos progresivamente se iban centrando y poniendo especial énfasis en las prácticas y las relaciones culturales (por diversas razones específicamente históricas, tal como los mismos sucesos de 1956, y el supuesto “aburguesamiento” de la clase obrera británica). Esto, mantiene, representaba un cambio tanto en los estudios históricos marxistas, es decir, alejándose de la estructura y relaciones económicas, como en la historiografía de la clase obrera, es decir, alejándose de los estudios meramente institucionales. Al mismo tiempo, señala, el concepto “cultura” fue ampliado, o, mejor, revisado para así incluir lo “social” y lo “popular” en oposición a lo meramente “artístico-literario” y “elitista”.

Entre los historiadores que Johnson considera como parte de la mencionada estructura de sentimiento de finales de los cincuenta y la década de los sesenta se encuentran Hilton (a quien Johnson ve sólo parcialmente comprometido), Hill, Hobsbawm, Saville, y Thompson. También incluye a especialistas como Asa Briggs, con su edición de Chartist Studies47, Richard Hoggart, con The Uses of Literacy48, Raymond Williams, con Culture and Society49, entre otros libros; y el historiador americano, Eugene Genovese, con The Political Economy of Slavery50, y otros estudios posteriores.

Lo significativo del artículo de Johnson y otros estudios afines hechos por sus colegas Centro es que atrae la atención hacia la erudición y el discurso socialistas más amplios en la Inglaterra posterior a 1956 y su relación con los historiadores marxistas británicos. Esto es especialmente importante ya que varios historiadores marxistas estuvieron comprometidos activamente con la formación de la Nueva Izquierda inicial, por medio de organizaciones como the Campaign for Nuclear Disarmament (CND), junto con otros historiadores, científicos sociales, y ensayistas que no eran propiamente marxistas (al menos en ese momento, e. g. Raymond Williams, quien siempre ha tenido una relación intelectual especial con el pensamiento marxista)51. Si Johnson y sus colegas se hubieran limitado a defender que el trabajo de los historiadores marxistas británicos durante este período tenía que ser considerado en el contexto de la nueva izquierda británica, implicando un cambio de énfasis en sus estudios históricos, el problema hubiera sido mínimo. Sin embargo, ellos iban más allá. Afirmaban que el trabajo de Hilton, Hill, Hobsbawm y Thompson durante estos años rompió con la problemática del período anterior a 1956 y, en particular, con la perspectiva de Maurice Dobb. Defienden que los historiadores marxistas británicos, a partir de 1956, llegaron a desarrollar su propia aproximación al estudio histórico, a la que denominan “marxismo cultural” o “culturalismo” y que esto representó una ruptura con el “marxismo económico” y “estructural” de Dobb, tal como lo había explicado en su obra histórica Studies in the Development of Capitalism.

El desarrollo del culturalismo, defiende Johnson, parece suponer el rechazo, o al menos la evitación del presupuesto marxista esencial según el cual el cuerpo social determina la conciencia social así como la importante “categoría básica” o concepto de “modo de producción”. De acuerdo a con Johnson y sus colegas, esto se debe a los esfuerzos de los historiadores marxistas británicos por superar el modelo base-superestructura y su interés por la clase, entendida en “forma restringida” de clase como conciencia de clase. En efecto, se defiende que los historiadores marxistas británicos han roto con diversos dogmas fundamentales en el pensamiento de Marx y que, mientras Dobb, Hilton, Hill, Hobsbawm y Thompson pueden representar una tradición historiográfica, ciertamente no representan una tradición teórica. Se admite que, en todo caso, hayan forjado dos tradiciones teóricas, el “economicismo” y el “culturalismo”52.

Johnson y sus colegas insisten en que se perdió mucho en el desarrollo del culturalismo y que es necesario reintroducir los factores estructurales y, hasta cierto punto, económicos que caracterizan el trabajo de Marx y de Dobb en los estudios históricos marxistas británicos. Pero, también indican, que tal restablecimiento no debe hacerse por medio de una vuelta a la “teoría” de Dobb porque es demasiado “economicista”. Por el contrario, sugieren que se establezca un diálogo entre lo que ellos llaman “marxismo cultural” y “humanístico” y el marxismo estructuralista de Althusser y sus seguidores53. Además, parecen estar seguros de que los estructuralistas tienen mucho más que ofrecer al debate teórico que proponen que los historiadores, ya que uno de los problemas supuestamente más graves con respecto al culturalismo es que se aleja de la teoría y de la “abstracción” a favor del “empirismo” y la “experiencia vivida”.

La afirmación de una ruptura no ha dejado de ser controvertida. Por ejemplo, hubo una acalorada disputa en la revista History Workshop, instigada por un artículo publicado en ella por Johnson, titulado “Thompson, Genovese, and Socialist Humanist History”54. En él Johnson examina los escritos históricos de estos dos “culturalistas” como evidencia de la supuesta ruptura entre Dobb y los historiadores más jóvenes. Curiosamente hay una contribución al debate que indica que la percepción de dicha supuesta ruptura no está limitada a los Marxistas estructurales. Simon Clarke, respondiendo como “humanista” al estructuralismo de Johnson, acepta la tesis de una ruptura pero rechaza la evaluación que de ella hace Johnson. Esto es, Clarke está de acuerdo con Johnson en que Hilton y los demás han roto con el economicismo de Dobb a lo largo del desarrollo del culturalismo; pero contrariamente a Johnson, que culpa a los historiadores más jóvenes de producir la ruptura, Clarke los alaba por ello -¡aunque añade que no han ido suficientemente lejos!!55 Todavía otro crítico, Keith Tribe, defiende (fuera de History Workshop) que, de hecho el trabajo de los historiadores marxistas británicos desde Dobb hasta Thompson se ha caracterizado por la continuidad en su preocupación principal por las relaciones económicas dentro de los períodos que estudian56.

Mi postura- opuesta a las de Johnson/Clarke y Tribe- es que la relación entre Dobb y Hilton y los demás no está caracterizada ni por una ruptura entre el economicismo y el culturalismo ni por una continuidad basada en el interés por las relaciones económicas. Por el contrario, en los siguientes capítulos defenderé que, aunque puede haber un desplazamiento de los focos de interés en el trabajo de Dobb y en el trabajo de sus colegas más jóvenes, se trata justamente de eso, de un desplazamiento no de una ruptura. Además, la continuidad no aparece en su preocupación por las relaciones económicas sino por las relaciones y las luchas de clase en su totalidad57. Así que, si tuviéramos que dar un nombre a la teoría de la determinación de clase, éste no debería ser marxismo cultural o económico sino marxismo histórico, social o (por utilizar un término que aparecerá en el capítulo 2, en relación con el trabajo de Robert Brenner) político58, dado su énfasis en las formas históricas y determinadas de la lucha de clases.


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