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Kat martin corazón Audaz 3° de la Trilogía “El Corazón”


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KAT MARTIN

Corazón Audaz

3° de la Trilogía “El Corazón”






Heart of Courage (2009)




ARGUMENTO:
Bajo el impertinente sobrenombre de «La listilla», la terca Lindsey Graham libra una cruzada a favor del cambio entre la élite londinense, escribiendo la gaceta femenina De Corazón a Corazón. Pero el mayor reto de Lindsey comienza cuando su hermano Rudy, un célebre libertino, es acusado de una serie de asesinatos de prostitutas. Su creencia en la inocencia de Rudy se ve reforzada con la llegada de unas cartas anónimas en las que se acusa al vizconde Merrick de ser el asesino.

Lindsey inicia su propia investigación, adentrándose en los dudosos intereses de los caballeros, una arriesgada aventura que le reporta un guardaespaldas: Thor Draugr. Al principio, Lindsey rechaza la protección del cuñado de su empleado. Son como el agua y el aceite, pero apenas puede ocultar la atracción que siente por el tosco eslavo. Pero una intentona de acabar con su vida revela no solo hasta donde alguien está dispuesto a llegar para impedir que interfiera en los sórdidos asuntos del vizconde, sino que ya no puede negar que desea tener al guerrero a su lado…


SOBRE LA AUTORA:
Kathleen Kelly Martin: Seudónimos: Kathy Lawrence, Kasey Mars y Kat Martin. Es autora de numerosas novelas románticas de éxito, que han sido traducidas a una docena de idiomas y han vendido más de tres millones de ejemplares en todo el mundo. Vive en Missoula, Montana y Bakersfield, California, y ama la historia, los viajes y el esquí.

Kathleen Kelly, descendiente de pioneros, nació el 14 de julio de 1947 en el Valle Central del estado de California (Estados Unidos). Kathleen pasó su niñez en un rancho, inmersa en el mundo rural y ganadero. Siempre fue una ávida lectora y enamorada de la historia. Se licenció en Antropología e Historia por la Universidad de California en Santa Bárbara.

Se trasladó a la Costa Este durante varios años, allí trabajó en relaciones públicas y agente inmobiliario. Fue allí donde conoció a su marido Larry Jay Martin, también escritor además de fotógrafo. Ambos se trasladaron regresó a California, a Bakersfield.

En 1980 Kathleen finalmente paso al papel las narraciones que siempre habían poblado su imaginación, escogiendo el romance, ya que siempre ha adorado los finales felices. Tardó año y medio es finalizar su primera novela (La aventurera), después otros seis meses en lograr que una editorial se interesase en él y una vez vendido tuvo que esperar otro año para verlo finalmente publicado. Desde entonces continuó publicando novelas históricas con gran éxito.

El matrimonio Martin que se ha trasladado a Missoula, estado de Montana. Ambos se ha centrado en su carrera de escritores, dedicándose a viajar buscando emplazamientos para sus novelas, les gusta en especial visitar posadas apartadas y construidas en otros tiempos. Miembro de la asociación Romance Writers of America, sus libros han sido traducidos con un notable éxito a muchos idiomas.

La mayor parte de sus libros los ha escrito bajo un diminutivo y su apellido de casada: Kat Martin. También usó el seudónimo de Kathy Lawrence, en un libro en el que tubo la colaboración de su marido. Y finalmente uso, a sugerencia de su editor, el seudónimo de Kasey Mars, para sus dos primeras novelas contemporáneas.



CAPITULO 01

Londres, Inglaterra, septiembre de 1844.

EL ASESINO DE COVENT GARDEN ATACA DE NUEVO

Crece el temor entre los londinenses

Thor leyó el artículo en primera plana del London Times sobre los detalles del segundo y brutal asesinato ocurrido en los últimos seis meses en el distrito de Covent Garden.

A diferencia de su hermano mayor, Leif, a Thor no le gustaba leer. Creía que el periódico sólo servía para envolver pescado, pero admitía que era importante saber qué ocurría a su alrededor, así que se esforzaba en entender aquellas palabras inglesas, un idioma que había comenzado a aprender dos años atrás. Antes de eso, había vivido en una isla en el norte, en un mundo aislado, cuya existencia sólo conocía un puñado de personas.

Con la ayuda de su mentor, el profesor Paxton Hart, había aprendido a leer y a escribir, y cómo vestirse y moverse en la sociedad inglesa. Leif y su esposa también lo habían ayudado, y ahora le resultaba todo más fácil. Pero a pesar de ello, a Thor le gustaba estar al aire libre, no quedarse en casa leyendo.

—¡Así que eres tú quien me ha robado el periódico! —Una voz femenina e indignada reclamó su atención—. Lo he estado buscando por todas partes. —Con los brazos en jarras, Lindsey Graham cruzó la oficina como un ave rapaz abalanzándose sobre su presa.

Sosteniendo la prueba de su culpabilidad en una mano enorme, Thor permanecía de pie en la puerta de la trastienda de De Corazón a Corazón, la revista para damas de la que eran propietarios la mujer de su hermano, Krista Hart Draugr, y su padre —el mentor de Thor—, sir Paxton Hart. Era jueves, el día anterior a la salida semanal del periódico, y las oficinas bullían de actividad.

—No, no lo he robado —le dijo al ángel vengador que avanzaba amenazadoramente hacia él—. Lo he tomado prestado. Quería informarme sobre el asesinato.

Ella lo fulminó con la mirada, con unos ojos color leonado como los de la gata que era.

—¿Ha habido un segundo asesinato?

Él asintió con la cabeza, levantando el periódico para que ella pudiera leer el titular.

—En Covent Garden. Como la vez anterior.

Lindsey cogió el periódico y leyó el artículo. Era más alta que la media de las mujeres, pero mucho más baja que su metro noventa. Era delgada, con el pelo dorado oscuro. Tenía los rasgos finos y delicados. Una mujer hermosa, pero no era su tipo.

Como a su hermano, a él le gustaban las mujeres voluptuosas, con mucho busto y caderas amplias, de esas que parecían haber nacido para satisfacer a un hombre. Leif había encontrado en Krista a su alma gemela. Thor aún andaba buscando la suya.

—Han matado a otra mujer —dijo Lindsey, con su mirada ámbar clavada en la página—, la han estrangulado, como ocurrió la última vez. La policía cree que la ha asesinado el mismo hombre.

Lindsey era la editora de la sección de sociedad del periódico, y también escribía la crónica de sociedad llamada «El latido del corazón». Era una trabajadora nata, Thor lo sabía, una cualidad que admiraba dado que trabajaba tan duro como él. Cuando no estaba en los muelles, controlando a los estibadores que cargaban los barcos de la compañía de su hermano, Valhalla Shipping, Thor trabajaba en De Corazón a Corazón. Estaba ahorrando para comprar una propiedad en el campo, lejos del asfixiante aire de Londres.

—Aquí pone algo nuevo —continuó Lindsey, que seguía con su altiva nariz enterrada en las líneas impresas—, dice que las mujeres asesinadas eran «damas de la noche».

—Fulanas —dijo Thor con franqueza.

Lindsey se sonrojó.

—Pero ésa no es una justificación para que alguien las mate.

—No he dicho eso. Ella suspiró.

—Me da pena la gente que vive en ese barrio. Dos asesinatos en los últimos seis meses. Deben de estar aterrorizados. Espero que la policía capture pronto al asesino.

—En el periódico dice que han encontrado algunas pistas. Creen que pronto tendrán a un sospechoso. Quizá lo atrapen esta vez.

—Me pregunto qué habrán descubierto.

Thor no respondió, ya que ninguno de los dos sabía la respuesta. Absorta en el periódico, Lindsey caminó hacia su escritorio, se sentó y continuó leyendo. En medio de la estancia, la enorme prensa Stanhope permanecía en silencio, aunque pronto se pondría en marcha para imprimir la siguiente edición.

A Thor le gustaba observar cómo funcionaba la prensa. Lo cierto era que se había sentido fascinado por la pesada máquina desde su llegada a Inglaterra, y por otras máquinas como las que convertían el algodón en tela, o las que daban forma y tamaño al cristal. Había incluso máquinas de vapor llamadas locomotoras que podían llevar a la gente a lugares lejanos en cuestión de horas en vez de días.

En la remota isla de Draugr donde Leif y él habían nacido y crecido no había nada semejante. La gente vivía en Draugr como hacía cientos de años. Eran guerreros y agricultores, no eran gente civilizada como los londinenses.

Dirigiéndole una sonrisa a la maquetista, Bessie Briggs, una mujer de edad madura que lo trataba como a un hijo, Thor regresó a su tarea en la trastienda para apilar las cajas y paquetes de periódicos antiguos a un lado y hacer sitio para la edición del día siguiente.

Sólo unos minutos más tarde, sonó la campanilla de la puerta principal. Un hombre delgado, con nariz aguileña y pelo oscuro, entró en la oficina. Vestía una chaqueta oscura de buena calidad, pantalones color café claro y uno de esos estúpidos sombreros de copa que llevaban los caballeros londinenses y que Thor se negaba en redondo a utilizar.

Volviendo a centrarse en el trabajo, Thor se olvidó del hombre hasta que oyó unas voces airadas. Agradeciendo para sus adentros no ser esta vez el objeto de la furia de Lindsey, miró en dirección a la oficina a través de la puerta abierta y vio al hombre de pie al lado del escritorio de Lindsey. Observando el gesto duro de la mandíbula del hombre, la mirada amenazadora en sus ojos, Thor se puso alerta.

Lindsey puso los brazos en jarras.

—No pienso retractarme, le guste o no. ¡Si usted no hubiera engañado a su esposa, yo no me habría enterado ni habría escrito nada en mi columna!

—¡Perra! Mi esposa quiere el divorcio. Soy el conde de Fulcroft, un Whitfield, ¡y los Whitfield no se divorcian! ¡Escribirá una retractación de inmediato o me encargaré personalmente de arruinar su reputación!

—¿Y cómo, si se puede saber, piensa hacerlo?

Una cruel sonrisa curvó los labios del conde.

—Hurgaré en su pasado hasta encontrar algo que escandalice a la gente que lee su columna. Algo habrá, siempre lo hay, que pueda destruir a una joven inocente como usted. ¡Y no pararé hasta encontrarlo! ¡Veremos entonces si se retracta o no!

Thor ya había oído suficiente. Al ver que Lindsey se había puesto un poco pálida, se encaminó hacia Fulcroft, lo agarró por las solapas de aquella cara chaqueta y lo alzó en volandas.

—Ya basta de amenazar a la dama. Se disculpará por haberla insultado y luego se marchará de aquí.

—¡Bájeme de inmediato!

Ignorando la mirada aturdida de Lindsey, Thor lo sacudió como la rata que era.

—He dicho que se disculpe. Ya.

El conde seguía suspendido en el aire, con los pies oscilando y los brillantes zapatos de piel a varios centímetros del suelo.

—Está bien, está bien. Lamento haberla llamado perra. ¡Ahora bájeme!

Thor dejó al hombre sobre sus pies y el conde se dirigió tambaleante hacia la puerta. Le dirigió a Lindsey una mirada fulminante.

—A pesar de su bulldog, piense en mis palabras. Espero leer una retractación en la próxima edición.

—¡Pues ya puede esperar sentado! —le gritó Lindsey mientras él se giraba y salía a toda prisa de la oficina.

Thor se sentía complacido consigo mismo cuando ella se giró hacia él.

—¡Ni se te ocurra volver a hacerlo!

—¿De qué hablas?

—No te metas en mis asuntos. Puedo ocuparme yo sola de mis problemas. No necesito tu ayuda.

Thor apretó los labios.

—¿Hubieras preferido que ese hombre hubiera continuado insultándote? ¿Te gusta que te llamen perra?

Lindsey abrió los ojos de par en par. Luego torció la boca.

—No, no me gusta. Pero podría haberme ocupado de él yo sola.

—Estupendo. La próxima vez que un hombre te insulte, me haré el sordo. ¿Eso le parece bien a la dama?

Los ojos femeninos le sostuvieron la mirada un instante.

—Me parece bien. No necesito la ayuda de nadie ni mucho menos la tuya.

Thor negó con la cabeza.

—Eres terca como una yegua.

—Terca como una mula —le corrigió.

—Muy bien. Terca como una mula.

Lindsey lo fulminó con la mirada una última vez, se dio la vuelta y se marchó.

Condenada mujer, pensó él, intentando no fijarse en las caderas que se balanceaban bajo las faldas, preguntándose si su cintura sería en verdad tan estrecha que podría rodearla con las manos. Era delgada como un junco. No podía entender por qué atraía su atención.

Aun así, tenía que admitir que tenía un rostro bello y la piel suave y blanca como la nata batida. Su pelo, del vivo color de la oscura madera, brillaba bajo los rayos de sol que entraban por la ventana. El cuerpo de Thor se endureció. Apretando los dientes para controlar el ramalazo de lujuria que ella despertaba en él, se dirigió a la trastienda y continuó con su trabajo.

No se sentía atraído por Lindsey Graham. Era justo la clase de mujer que menos atractiva le parecía. Pero mientras la veía como se movía por la oficina de aquella manera tan provocativa, Thor se encontró a sí mismo observándola una vez más.

Lindsey terminó de revisar las notas que había hecho para la columna de esa semana. Podía oír el ruido que hacía Thor en la trastienda mientras apilaba los paquetes, preparando el lugar para la edición que estaría en las calles a la mañana siguiente.

Lindsey sabía que Krista ardía en deseos de que ese artículo en particular se hiciera público. Su amiga llevaba a cabo una dura campaña contra las casas de acogida de bebés, una horrible práctica en las que se llevaban a los niños ilegítimos a vivir en un lugar donde por lo general encontraban la muerte, deshaciéndose de esa manera de unos problemas indeseados.

Coralee Whitmore Forsythe, amiga común de ambas, había descubierto esa terrible práctica mientras buscaba al hombre que había asesinado a su hermana. Mientras Corrie se ausentaba con tal propósito, Lindsey había asumido la responsabilidad de escribir la crónica de sociedad de la gaceta. Aunque Corrie estaba en esos momentos de luna de miel con su marido, el conde de Tremaine, en cuanto regresara a Inglaterra, tanto ella como Gray añadirían su granito de arena a la campaña de Krista.

Lindsey echó un vistazo a la puerta que conducía a la trastienda. Podía ver a Thor trabajando, su cuerpo fornido se estiraba e inclinaba mientras cargaba los paquetes de periódicos como si no pesaran nada. Era un trabajo para un peón, pero a Thor parecía gustarle el trabajo físico.

No estaba obsesionado con aprender como su hermano Leif.

Leif, que había llegado unos años antes a Inglaterra y se había labrado un camino por sí mismo.

No sabía demasiado sobre él, sólo que provenía de alguna isla diminuta al norte de las Oreadas. Hablaba bien inglés, con sólo un ligero acento muy parecido al noruego. Sabía leerlo y escribirlo, aunque no lo dominaba por escrito tan bien como lo hablaba, y Krista y su padre le habían enseñado nociones básicas para poder moverse en sociedad.

Y aun así, la mayoría de las veces aquel hombre parecía un bárbaro. No tenía interés por las artes, ni el teatro, ni la ópera, ni deseos de asistir a las veladas, bailes y fiestas que tanto gustaban a Lindsey. Como editora y columnista de De Corazón a Corazón, era necesario que se relacionara con la élite social. Al ser hija de un barón, Lindsey se desenvolvía en ese campo a la perfección.

Le gustaba su trabajo y la independencia que le proporcionaba. Por supuesto, sus padres se habían horrorizado al principio de que su hija de veintidós años estuviera trabajando, pero habían hablado de ello y Lindsey había insistido en que necesitaba hacer algo. Al final, como casi siempre, se había salido con la suya.

Una vez más, sus padres habían viajado al Continente, dejando a Lindsey en casa bajo el cuidado de la hermana mayor de su madre, Delilah Markham, condesa de Ashford. A Lindsey le gustaba su tía, una mujer sumamente progresista que, a los cuarenta y seis años, había vivido una vida excitante y tenía intención de seguir haciéndolo en los años venideros.

Lo que quería decir, básicamente, que Lindsey estaba a sus anchas.

Ese día de principios de septiembre, hacía calor en la oficina. Lindsey se abanicó con el periódico que había estado leyendo, luego volvió a dirigir la mirada al fondo del edificio, donde Thor se inclinaba para coger otro montón de periódicos. Él siempre se vestía con sencillez, jamás llevaba chaleco, corbata o pañuelo.

Lindsey agrandó los ojos cuando vio que el hombre se había quitado la chaqueta y se había desabrochado los botones de la camisa hasta el ombligo. Podía ver su enorme pecho, una ancha V de piel morena que cubría los gruesos músculos, incluso podía ver los músculos de su vientre plano. El trabajo era pesado y el sudor le corría por el pelo oscuro y la nuca, pegándole la camisa a ese increíble cuerpo. Tenía los brazos musculosos, y cuando se giró, pudo observar los músculos que cubrían aquella ancha espalda.

Lindsey sintió un vuelco en el estómago. Lo único interesante que tenía aquel enorme bruto era un cuerpo que parecía sacado del dios escandinavo que le daba su nombre y una mirada azul que, cuando la observaba, la hacía querer desaparecer.

No era justo que un hombre tan hermoso por fuera no tuviera una vida interesante por dentro.

Sencillamente no era justo.

Aun así, Lindsey no podía hacer otra cosa que clavar los ojos en él, incapaz de apartar la mirada, fascinada hasta que él se giró y la pilló mirándolo.

Él alzó la cabeza oscura y aquellos increíbles ojos azules parecieron taladrarla.

—No estoy vestido decentemente —dijo él—, una dama no debería mirar.

Ella alzó la barbilla.

—¡Y un caballero no debería desnudarse en público!

Con el pulso acelerado, hizo girar la silla lentamente, agarró la pluma de su portaplumas plateado y la mojó en el tintero antes de comenzar a escribir, dejando una mancha púrpura sobre el papel cuando intentó tachar el primer párrafo de la columna que estaba escribiendo.

Thor masculló por lo bajo y volvió a su tarea.

—¿Va todo bien?

Lindsey alzó la cabeza y se ruborizó con aire culpable al ver a su patrona y mejor amiga, Krista Hart Draugr, acercándose a su escritorio. Iba a decir que todo iba estupendamente hasta que Thor decidió despojarse de la mitad de la ropa, pero se contuvo cuando se dio cuenta de que Krista se refería a la discusión que había mantenido antes con el conde de Fulcroft, no a su intercambio de palabras con Thor.

—Bessie me contó lo que ha pasado con el conde —continuó Krista—. Lamento no haber estado aquí.

Era una mujer alta, más alta que la mayoría de los hombres, excepto, claro está, su marido y Thor. Con sus enormes ojos verdes y su cabello dorado, era una mujer hermosa. Y había encontrado al hombre perfecto para ella al conocer a Leif. Tenían un hijo de nueve meses que ambos adoraban, y dado que los dos hermanos parecían muy viriles, era probable que pronto hubiera algún miembro más en la familia.

Lindsey miró a Krista y sonrió.

—Estoy bien. Fulcroft sólo estaba desahogándose.

—Sea lo que sea con lo que te haya amenazado, te respaldaremos. No tienes por qué escribir una retractación si no quieres.

Lindsey pensó en la amenaza de Fulcroft de indagar en su pasado hasta encontrar algo con que poder arruinarla. Podía hacerlo, si se lo proponía. Lindsey siempre había sido una mujer independiente y bastante imprudente. No hacía falta investigar demasiado para descubrir su pequeña indiscreción con el joven vizconde de Stanfield. Aun así, dudaba que lord Fulcroft llevara a cabo su amenaza y de todas maneras no estaba dispuesta a dejarse chantajear.

—Como te he dicho, sólo intentaba asustarme. Después de la no demasiado sutil advertencia de Thor, dudo que me cause más problemas.

Krista miró a la trastienda, y vio la camisa empapada en sudor de Thor y la abertura que revelaba su pecho musculoso.

—Espero que no te sientas ofendida. Mi marido y mi cuñado son hombres difíciles de controlar.

—Eso es quedarse corta.

—Si quieres cierro la puerta, pero allí dentro hace un calor horrible.

—No seas tonta. Ya he visto antes el pecho de un hombre.

Krista le dirigió una mirada que decía «no como ése». Lo cual, claro está, era cierto.

Cuando su amiga regresó a su oficina, Lindsey fijó la mirada en la hoja de papel que tenía delante e intentó bloquear la imagen de la suave piel dorada y los músculos ondulantes, pero fracasó miserablemente.

Eran cerca de las tres de la madrugada cuando Lindsey descendió del carruaje con ayuda de un lacayo y esperó mientras su tía Delilah bajaba detrás de ella, antes de que ambas accedieran al interior de la mansión que sus padres poseían en Mayfair.

En cuanto entraron en el vestíbulo de mármol, Lindsey le entregó la capa al mayordomo, un hombre delgado de pelo plateado que llevaba más de veinte años con la familia.

—Gracias, Benders —dijo.

Él le dirigió una sonrisa y luego tomó la capa de su tía.

—¿Necesita algo más, milady?

—Es todo por esta noche —dijo tía Dee.

El mayordomo se marchó arrastrando los pies y Lindsey se dirigió a la salita rosa para comentar con su tía los hechos acaecidos esa noche, un ritual que tía Dee y ella compartían siempre que ésta estaba en la ciudad.

Lindsey estaba exhausta, y se dejó caer en el sofá de terciopelo rosa, deseando poder irse a la cama de una vez.

—Querida, no puedo recordar cuándo fue la última vez que tuve una velada tan maravillosa.

La condesa de Ashford, viuda del último conde de Ashford, se paseó por la estancia como si fueran las seis de la tarde y no varias horas después de la medianoche. Como si no hubieran estado bailando hasta que a Lindsey le dolieron los pies y sintió molestias en el cuello. Como si no hubieran sonreído y conversado sobre banalidades hasta que Lindsey pensó que se le rompería la cara.

Si bien la mayoría de las veces disfrutaba de los eventos sociales como el baile del marqués de Penrose, esa noche había deseado estar en otro lugar que no fuera aquel salón abarrotado, otro lugar donde el aire no estuviera impregnado con aquel olor dulzón a betún.

Tía Dee se sirvió una copa de jerez y le ofreció otra a Lindsey, que la rechazó con la cabeza. Regresando junto a su sobrina, Delilah se sentó en el otro extremo del sofá.

—El conde de Vardon ha estado muy atento esta noche —tomó un sorbo de jerez—, creo que está interesado en ti.

Su tía era tan alta como ella, pero algo más robusta, con una figura exuberante. Con el pelo negro y espeso, y los ojos gris oscuro, parecía al menos diez años más joven que la edad que tenía; la mitad de los caballeros de Londres competía por reclamar su atención, pero sólo unos pocos privilegiados disfrutaban de su compañía. —Bueno, yo no estoy interesada en lord Vardon —dijo Lindsey. —. Y si vamos a ello, en ningún otro hombre. Al menos por ahora.

Delilah se recostó en el sofá.

—Supongo que no debería alentar tu independencia, pero la verdad, no puedo estar más de acuerdo contigo. Una mujer debería disfrutar de su juventud mientras pueda. Hay tiempo de sobra para el matrimonio y los hijos.

Tía Dee era de las que creían que una mujer tenía derecho a disfrutar de las mismas libertades que un hombre. Era asombroso que los padres de Lindsey la consideraran una compañía adecuada para ella. Por otra parte, sus padres; los barones de Renhurst, siempre habían estado más preocupados por sus propios asuntos que por los de su hija.

—Me gusta mi vida —dijo Lindsey—, me gusta poder hacer lo que quiero sin que ningún hombre me dé órdenes.

—Tal y como debe ser, querida. Una mujer tiene que ser un poco más cuidadosa y discreta, pero si es lo suficientemente astuta, podrá encontrar numerosas maneras de pasar un buen rato.

Lindsey sospechaba que su tía había seguido su propio consejo en más de una ocasión. Lindsey la admiraba, hacía falta mucho valor para vivir la vida tal y como ella quería. Lindsey volvió a pensar en la velada que acababa de terminar y se recostó en el sofá.

—Me pregunto si Rudy estará ya en casa.

Su hermano había estado un rato en el baile, pero se había marchado temprano con unos amigos.

—Dudo que haya llegado. Tu hermano es un reconocido trasnochador. Lo más probable es que no lo veamos en casa hasta el mediodía.

Lindsey se incorporó.

—Eso es porque le gusta divertirse —lo defendió—. Todos los jóvenes pasan por esa etapa.

Aunque Rudy era sólo un año menor que Lindsey, era el benjamín de la familia y heredero al título, por lo que siempre había estado muy consentido.

—Tu hermano es muy imprudente. Es un derrochador que bebe demasiado y se relaciona con gente poco recomendable. Tu padre debería haber tomado cartas en el asunto hace años. Ahora es demasiado tarde.

—Es joven todavía —adujo Lindsey—. Con el tiempo, madurará.

Al menos eso esperaba. A Rudy le habían permitido descontrolarse desde que era un niño. Tenía una reputación terrible, y Lindsey no estaba segura de que eso fuera a cambiar en un futuro próximo.

Tía Dee se terminó el jerez.

—Bueno, supongo que es hora de acostarse.

Lindsey suspiró con alivio y se levantó del sofá.

—Creo que tienes razón. Buenas noches, tía Dee, hasta mañana.

Con paso cansino, abandonó la salita y se dirigió al piso de arriba. Cuando llegó a su habitación, pensó en Rudy y se preguntó si su tía no tendría razón en parte.

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