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Kafka en la orilla


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Haruki Murakami

Kafka en la orilla

KAFKA EN LA ORILLA

ANDANZAS


Crónica del pájaro
que da cuerda al mundo

Sputnik, mi amor


Al sur de la frontera, al oeste del Sol

Tokio blues


Norwegian Wood

Kafka en la orilla


Libros de Haruki Murakami en Tusquets Editores

colección andanzas

HARUKI MURAKAMI

KAFKA EN LA ORILLA


HARUKI MURAKAMI KAFKA EN LA ORILLA


Traducción del japonés de Lourdes Porta

I.' edición: noviembre de 2006

Haruki Murakami, 2002

de la traducción: Lourdes Porta, 2006

Diseño de la colección: Guillemot-Navares

Reservados todos los derechos de esta edición para

Tusquets Editores, S.A. - Cesare Cantú, 8 - 08023 Barcelona www.tusquetseditores.com

ISBN: 84-8310-356-7

Depósito legal: B. 43.985-2006

Fotocomposición: Foinsa - Passatge Gaiolá, 13-15 - 08013 Barcelona Impreso sobre papel Goxua de Papelera del Leizarán, S.A. – Guipúzcoa Impresión: Limpergraf, S.L. - Mogoda, 29-31 - 08210 Barbera del Valles Encuadernación: Reinbook

Impreso en España

Kafka en la orilla

El joven llamado Cuervo

-Así que ya has conseguido el dinero, ¿no? -dice el joven llama­do Cuervo. Lo dice con su peculiar manera de hablar, arrastrando un poco las palabras. Como cuando te acabas de despertar de un pro­fundo sueño y sientes la boca pesada y torpe. Simples apariencias. En realidad, está completamente despierto. Igual que siempre.

Asiento.


  • ¿Cuánto?

Respondo tras confirmar, una vez más, la cifra en mi cabeza.

-Unos cuatrocientos mil yenes en metálico. Y, con la tarjeta, podría sacar algo más de unos ahorros que tengo en el banco. Ya sé que no es gran cosa, pero de momento...

-Sí, no está mal -admite el joven llamado Cuervo-. De momento, claro.

Asiento.


-Pero este dinero no te lo habrá traído Santa Claus por Navidad, supongo.

-No, claro -digo.

El joven llamado Cuervo mira a su alrededor frunciendo levemen­te los labios con sarcasmo.


  • ¿Y de qué cajón ha salido?

No respondo. Él sabe muy bien de qué dinero se trata, claro. No sé a qué vienen estas preguntas absurdas. Sólo se está burlando de mí.

  • Va, déjalo correr -dice el joven llamado Cuervo-. Tú necesitas ese dinero. Con urgencia. Y lo has conseguido. Qué importa que se lo hayas pedido a alguien, que lo hayas tomado prestado sin decir nada o que lo hayas robado. En todo caso, es dinero de tu padre. Y con ese dinero, de momento, saldrás adelante. Pero cuando te hayas gastado los cuatrocientos mil yenes y pico, ¿qué piensas hacer? Porque el dinero que guardas en el monedero no crece solo como las setas en el bosque.

Y tú tienes que comer, necesitas un lugar para dormir. Y un día u otro el dinero se te acabará.

-Eso ya lo pensaré en su momento -digo yo.

-Ya lo pensaré en su momento. -Repite mis palabras como si estuviera sopesándolas sobre la palma de la mano.

Asiento.


-¿Buscar trabajo, tal vez?

  • Quizá -digo.

El joven llamado Cuervo hace un gesto negativo con la cabeza.

  • ¿Sabes? Deberías saber un poco más de qué va el mundo. ¿Qué diablos de trabajo va a encontrar un niño de quince años en una tierra lejana, desconocida? Si ni siquiera has acabado la enseñanza obligato­ria. ¿Quién va a darte trabajo?

Me puse un poco colorado. Me ruborizo con facilidad.

  • En fin, no insisto -dice el joven llamado Cuervo-. Tampoco sirve de nada que te pinte las cosas tan negras. Total, ni siquiera han em­pezado. Tú ya has tomado una decisión. Ahora sólo te falta llevarla a cabo. En cualquier caso, se trata de tu vida. Básicamente, la única vía es hacer lo que tú creas.

  • Exacto. En definitiva, es mi vida.

-Pero, de aquí en adelante, para poder sobrevivir tendrás que ser muy fuerte.

  • Yo me esfuerzo todo lo que puedo -digo. -Sí, seguro que sí -dice el joven llamado Cuervo-. Durante estos últimos años te has hecho muy fuerte. No es que no lo reconozca, ¿sabes?

Asentí.

-Sin embargo, sólo tienes quince años. Tu vida, en el mejor de los casos, no ha hecho más que empezar. El mundo está lleno de cosas que todavía no has visto. Cosas que tú, ahora, ni siquiera puedes imaginar.

Estábamos sentados el uno junto al otro, como siempre, en el viej­o sofá de cuero del estudio de mi padre. Al joven llamado Cuervo le gusta ese sitio. Le encantan los pequeños objetos que se encuentran en él. Ahora juguetea con el pisapapeles de cristal con forma de abeja que tiene en la mano. Pero no hace falta decir que, cuando mi padre está en casa, ni se acerca.

Y yo digo:

-De todas formas, tengo que irme de aquí. No hay vuelta de hoja.

-Sí, tal vez -asiente el joven llamado Cuervo. Deposita el pisapapeles sobre la mesa y cruza las manos por detrás de la cabeza-. Pero aquí no acaba el asunto. Parece que no haga más que echarte jarros de agua fría, pero yo no tengo muy claro que yéndote, por muy lejos que te vayas, puedas escapar. Me da la impresión de que no hay que con­fiar demasiado en la distancia.

Pienso una vez más en la distancia. El joven llamado Cuervo lan­za un suspiro y se presiona los párpados con las yemas de los dedos. Me habla con los ojos cerrados, desde el fondo de las tinieblas.

-Juguemos a lo de siempre -propone.



  • De acuerdo -digo. Yo también cierro los ojos y, en silencio, res­piro hondo.

  • ¿Listo? Imagínate una tempestad de arena terrible, terrible de ver­dad --dice-. Y olvida cualquier otra cosa.

Tal como me ha dicho, imagino una tempestad de arena terrible, terri­ble de verdad. Y olvido cualquier otra cosa. Incluso quién soy. Me quedo en blanco. Las cosas van aflorando enseguida. Y él y yo las com­partimos en el viejo sofá de cuero del estudio de mi padre, como siempre.

  • A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar -me comenta el joven llamado Cuervo.

A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en de­finitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que pue­des hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.

Me imagino una tormenta como ésa. Un blanco remolino que apunta al cielo, irguiéndose vertical como una gruesa maroma. Man­tengo los ojos y las orejas fuertemente tapados con ambas manos. Para que la fina arena no se me meta en el cuerpo. La tormenta se acerca deprisa. Desde lejos puedo sentir la fuerza del viento en la piel. Va a en­gullirme de un momento a otro.

El chico llamado Cuervo posa con suavidad una mano sobre mi hombro. La tormenta de arena se desvanece. Pero yo continúo aún con los ojos cerrados.


  • Tú, ahora, tendrás que ser el chico de quince años más fuerte del mundo. Sólo así lograrás sobrevivir. Y, para ello, deberás comprender por ti mismo lo que significa ser fuerte de verdad. ¿Entiendes?

Me limito a permanecer callado. Me gustaría hundirme poco a poco en el sueño sintiendo su mano sobre mi hombro. Un tenue ale­teo llega a mis oídos.

  • Tú, ahora, pronto te convertirás en el chico de quince años más fuerte del mundo —me repite al oído en voz baja el joven llamado Cuervo mientras me dispongo a dormir. Como si tatuara con tinta azul oscuro estas palabras en mi corazón.

Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de are­na. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchi­llas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimis­mo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.

Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.

El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca.

Claro que si contara las cosas por orden, tal como ocurrieron, el relato se extendería una semana más. Sin embargo, si tocamos sólo los puntos esenciales, eso fue lo que ocurrió: el día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca.

Quizá parezca un cuento de hadas. Pero no lo es. De ninguna de las maneras.

1

Cuando me marché de casa, no sólo me llevé dinero en metálico del estudio de mi padre sin decir nada. También me llevé un pequeño y viejo encendedor de oro (me gustaba su diseño y lo mucho que pesa­ba) y una navaja plegable de acerado filo. Es para despellejar ciervos, noto un gran peso cuando la sostengo sobre la palma de la mano, la hoja medirá unos doce centímetros. Mi padre debió de comprarla du­rante algún viaje al extranjero. Y, claro, decido llevarme también una potente linterna que hay en un cajón de la mesa. Y también las gafas de sol, que me hacen falta para ocultar la edad. Unas Revo de un pro­fundo azul celeste.



Me pregunté si debía llevarme también el Rolex Oyster que tan­to apreciaba mi padre, pero al final lo dejé correr. La belleza mecáni­ca de ese reloj me fascinaba, pero no quería llamar la atención cargándome de forma innecesaria de objetos de valor. Por otra parte, desde un punto de vista práctico, me basta y me sobra con el Casio de plás­tico con alarma y cronómetro incorporados que uso habitualmente. De hecho, el Casio me será mucho más útil. Desisto y vuelvo a me­ter el Rolex en el cajón.

Y, además, una fotografía donde aparecemos mi hermana mayor y yo, de niños, uno al lado del otro. Esta fotografía también se halla­ba en el fondo del cajón del escritorio. Mi hermana y yo nos encon­tramos en la playa, sonreímos felices. Mi hermana está vuelta hacia un lado, una sombra oscura le cubre medio rostro. Por eso su son­riente faz aparece dividida en dos. Y, al igual que las máscaras de tea­tro griego que he visto a veces en las ilustraciones de los libros de texto, su rostro comprende dos significados superpuestos. La luz y la sombra. La esperanza y la desesperanza. La risa y la tristeza. La con­fianza y la soledad. Yo, por mi parte, miro al objetivo de frente, con na­turalidad. Aparte de nosotros, no hay nadie más en la playa. Los dos vamos en traje de baño. Mi hermana lleva un bañador de una pieza con un dibujo de florecitas rojas y yo unas bermudas muy feas que me quedan demasiado grandes. Sostengo algo en la mano. Una espe­cie de palo de plástico. Deshechas en blanca espuma, las olas nos ba­ñan los pies.

¿Dónde y cuándo, quién nos debió de hacer esa fotografía? ¿Cómo es que yo tenía esa expresión de felicidad? ¿Cómo diablos podía pare­cer tan contento? ¿Cómo es que mi padre ha guardado únicamente esta fotografía? Todo esto es un enigma. Yo debo de tener tres años y mi hermana, nueve. ¿Tan bien nos llevábamos mi hermana y yo? No recuerdo en absoluto haber ido con mi familia a la playa. Tampoco recuerdo haber ido a ningún otro lugar. En todo caso, no quería dejarla en manos de mi padre. Me meto la vieja fotografía en la cartera. No hay ninguna de mi madre. Al parecer, mi padre ha tirado todas las fotogra­fías donde salía ella, todas, sin dejar ni una.

Tras pensármelo un poco, decidí llevarme el teléfono móvil. Cuan­do mi padre se dé cuenta de que ha desaparecido, seguro que llamará a la compañía telefónica y se dará de baja. Y entonces no me será de ninguna utilidad. De todas formas, lo metí en la mochila. Y también el cargador de la batería. Total, no pesa gran cosa. En cuanto vea que el aparato no funciona, me bastará con tirarlo.

Decido no meter en la mochila más que lo indispensable. Lo más difícil es elegir la ropa. ¿Cuántos juegos de ropa interior necesita­ré? ¿Cuántos jerséis necesitaré? ¿Y cuántas camisas? ¿Y pantalones? ¿Y guantes? ¿Necesitaré bufanda? ¿Y pantalones cortos? ¿Y abrigo? En cuanto empiezo a pensar, no acabo. Pero hay algo que sí tengo claro. No quiero vagar por una tierra extraña con un fardo enorme a la espalda que proclame a los cuatro vientos que me he escapado de casa. Si lo hiciera, pronto llamaría la atención. Me pondrían bajo la custodia de la policía y en un santiamén me habrían enviado de vuel­ta a casa. O acabaría en manos de los tipejos menos recomendables de la zona.

A un lugar frío es mejor no ir. Llego a esta conclusión. Sencillo, ¿ver­dad? Pues me voy a un lugar cálido. Así no necesitaré abrigo. Ni guan­tes. Al no tener que pensar en el frío, la ropa necesaria queda reducida a la mitad. Elegí prendas ligeras, fáciles de lavar, que se secaran deprisa y que abultaran lo menos posible, las plegué bien y las em­butí en la mochila. Aparte de ropa: mi saco de dormir three-seasons, que se puede deshinchar y plegar bien, un neceser con los productos de aseo básicos, una capellina de plástico, cuaderno y lápices, un disc­man MD de Sony con el que se puede grabar, y unos diez discos com­pactos (la música es indispensable), pilas recargables de repuesto, ese tipo de cosas. Los cacharros para cocinar de acampada no los necesi­to. Pesan y ocupan demasiado espacio. La comida puedo comprarla en las tiendas que tienen abierto las veinticuatro horas. Me llevó mu­cho tiempo acortar la lista. Añadía una cosa, y otra, luego la borraba. Volvía a apuntar un montón de cosas, volvía a borrarlas.

El día de mi decimoquinto cumpleaños es la fecha ideal para irme de casa. Antes es demasiado pronto y, después, tal vez sea ya dema­siado tarde.

Pensando en este día, durante los dos últimos años, tras ingresar en la escuela secundaria, me he dedicado a robustecer mi cuerpo de manera intensiva. Desde finales de primaria practicaba el judo, y al empezar la secundaria no lo dejé del todo, pero no ingresé en el club de deporte de la escuela. En cuanto tenía un momento libre me iba a correr al campo de deportes, a nadar a la piscina o al gimnasio mu­nicipal a fortalecer mis músculos con aparatos. Allí, unos jóvenes mo­nitores me enseñaron gratis la manera correcta de hacer flexiones y el uso de los aparatos. Cómo fortalecer al máximo cada músculo. Qué músculo se hace trabajar normalmente en la vida cotidiana y cuál puede moldearse sólo con el uso de aparatos. Ellos me enseñaron la manera correcta de hacer levantamiento de pesas. Por suerte, yo ya era alto de constitución y, gracias al ejercicio diario, mis hombros y mi pecho se ensancharon. Un desconocido me echaría, sin problema, unos diecisiete años. Porque si aparentara los quince que tengo, seguro que toparía con problemas adondequiera que fuese.

Aparte de mi trato con los monitores del gimnasio y con la asisten­ta que venía a casa cada dos días, y dejando de lado las cuatro palabras indispensables que intercambiaba en la escuela, yo apenas hablaba con la gente. A mi padre hacía ya mucho tiempo que lo evitaba. A pesar de vivir en la misma casa, nuestros horarios eran completamente diferentes y, además, mi padre se pasaba el día encerrado en su taller, en un lu­gar separado. Y no hace falta decir que yo tenía siempre la precaución de no coincidir con él.

Yo iba a una escuela privada adonde, por lo general, acudían hi­jos de familias de la clase alta o, como mínimo, adineradas. A no ser que lo hicieras muy mal, podías pasar directamente al bachillerato. Todos tenían una bonita dentadura, la ropa limpia, la conversación aburrida. Yo, por supuesto, no gozaba de grandes simpatías. Había le­vantado un alto muro a mí alrededor y hacía lo imposible para que nadie se metiera dentro y para no tener que dar yo un paso fuera de él. Y este tipo de personas no suele gustar a nadie. Frente a mí, to­dos guardaban una distancia prudencial, jamás bajaban la guardia. Tal vez me detestasen y, en algunas ocasiones, me temieran. Pero era de agradecer que no me hicieran caso. Solo, tenía un montón de cosas que hacer. En las horas libres me iba a la biblioteca y devoraba un li­bro tras otro.

Con todo, prestaba una gran atención a las clases. Era algo que el joven llamado Cuervo me había aconsejado encarecidamente que hi­ciera.

Los conocimientos o habilidades que te enseñan en las clases de se­cundaria no se puede decir que tengan una gran utilidad en la vida diaria, eso seguro. Y los profesores son en su gran mayoría un hatajo de estúpi­dos. No me cabe la menor duda. Pero ¿sabes? Tú vas a irte de casa. Por lo tanto, en el futuro quizá no vuelvas a tener la oportunidad de pisar la es­cuela, así que, mientras puedas, es mejor que te metas en la cabeza todo lo que te enseñen, te guste o no. Tienes que ser como un papel secante y absorberlo todo. Qué debes guardar y qué debes tirar, eso ya lo decidirás más adelante.

Y yo seguí ese consejo (yo solía seguir los consejos del joven llamado Cuervo). Puse los cinco sentidos en ello, convertí mi cerebro en una esponja, agucé el oído y grabé en mi cerebro todas las pala­bras que se pronunciaban en clase. Disponía de un tiempo limitado: las asimilaba, las memorizaba. Por lo tanto, pese a no estudiar apenas fuera de clase, siempre era de los que en los exámenes sacaba las pun­tuaciones más altas.

A medida que mis músculos se endurecían como el metal, me iba convirtiendo en una persona callada. Intentaba evitar que las emocio­nes se me traslucieran en el rostro, me entrenaba para ser capaz de impedir que profesores y compañeros de clase adivinasen qué estaba pensando. Pronto entraría en el cruel y agresivo mundo de los adul­tos y tendría que sobrevivir en él yo solo. Debería ser más fuerte que nadie.

Al mirarme al espejo descubría en mis ojos la frialdad de los ojos de un lagarto, veía cómo mi rostro se había vuelto más duro e inex­presivo. Pensándolo bien, hacía tanto tiempo que no me reía que ni recordaba cuándo había sido la última vez. Ni siquiera sonreía. Ni a los demás ni a mí mismo.

Pero no siempre podía salvaguardar ese apacible aislamiento. En ocasiones, el alto muro que debía protegerme se desmoronaba sin más. No sucedía con frecuencia, pero a veces ocurría. Antes de que pudie­ra darme cuenta, la pared había desaparecido y yo estaba expuesto completamente desnudo al mundo. En esas ocasiones me sentía con­fuso. Terriblemente confuso. Además, allí había una profecía. Allí ha­bía una profecía semejante a las aguas negras.

La profecía siempre está allí, como las aguas de un negro secreto. Por lo general, se ocultan silenciosas en profundidades desconocidas. Pero a veces se desbordan sin palabras y empapan, heladas, cada una de tus cé­lulas, y tú, ante este cruel desbordamiento, te ahogas, boqueas y jadeas. Te pegas al respiradero del techo y buscas con desesperación el aire fresco del exterior. Pero sólo encuentras un aire reseco que abrasa tu garganta. El agua y la sed; el frío y el calor. Elementos supuestamente antagónicos unen sus fuerzas y te atacan.

Con lo vasto que es el mundo, a ti te corresponde un espacio minúsculo –y ya te parece bien que así sea–, pero éste no figura en ninguna parte. Cuando buscas una voz, sólo encuentras un silencio profundo. Pero cuando buscas el silencio, sólo encuentras una voz que te va repitiendo incesante­mente la profecía. Esta voz, en algunas ocasiones, da a un interruptor se­creto que se oculta en tu mente.

Tu corazón es como un gran río crecido tras un largo periodo de lluvias. Los postes indicadores del camino están, todos sin excepción, sumer­gidos en la corriente, o tal vez hayan sido arrastrados a otro lugar oscuro. Y la lluvia sigue cayendo torrencialmente sobre el río. Y cada vez que veas en las noticias las imágenes de unas inundaciones pensarás: «Sí, justo. Ése es mi corazón».

Antes de salir de casa voy al cuarto de baño y me lavo las manos con jabón, me lavo la cara. Me corto las uñas, me limpio las orejas, me lavo los dientes. Limpio concienzudamente cada rincón de mi cuerpo. Hay ocasiones en que estar limpio es fundamental. Luego, frente al espejo, estudio mi rostro con detenimiento. Aquí se refleja la cara que he heredado de mi padre y de mi madre -aunque la de mi madre no la recuerdo en absoluto-. Por mucho que intente borrar la expresión que se refleja en él, por mucho que intente apagar el bri­llo de mis ojos, por mucho que esculpa mi cuerpo, no puedo cam­biar de rostro. Por muy ardientemente que lo desee, este par de cejas largas y espesas, y la arruga del entrecejo que sólo puedo haber here­dado de mi padre, no las puedo borrar. Si quieres, podría matarlo (con la fuerza que ahora tengo no me costaría nada). También podría borrar a mi madre de mi memoria. Pero no puedo expulsar los genes que se encuentran en mí. Porque para expulsarlos debería desterrarme a mí de mí mismo.

Y aquí está la profecía. Como un mecanismo enterrado en mí. Como un mecanismo enterrado en mí.

Apago la luz y salgo del lavabo. Un silencio húmedo y pesado se cierne sobre la casa. Susurros de gente que no existe, el hálito de los muertos. Miro a mí alrededor, me detengo, respiro hondo. Las agu­jas del reloj marcan las tres de la tarde. Las dos agujas están cargadas de una cruel indiferencia. Bajo su aparente imparcialidad, no están de mi lado. Ha llegado el momento de dejar atrás este lugar. Tomo la pe­queña mochila en la mano, me la cargo al hombro. Lo había ensa­yado muchas veces, pero jamás me había parecido tan pesada.


He decidido dirigirme a Shikoku. No hay ninguna razón para ello. Pero mientras estoy mirando el mapa se me ocurre, no sé por qué, que es allí adonde debo ir. Por mucho que lo mire, no, cuanto más lo miro, más atraído me siento por ese lugar. Mucho más al sur que Tokio, separado de Honshú. En ella se encuentra Tokio. (N. de la T) el clima es cálido. Jamás he pisado esa zona y no tengo allí un solo conocido, ningún pariente. Si alguien indaga mi paradero (aunque no creo que lo haga nadie) no existe ninguna posi­bilidad de que dirija hacia allá la mirada.
Recojo en la ventanilla el billete que había reservado, monto en el autocar nocturno. Es el medio de transporte más barato para ir a Takamatsu. Unos diez mil yenes y pico. Nadie se fija en mí. Nadie me pregunta la edad. Nadie se me queda mirando. Únicamente el re­visor inspecciona mi billete con gesto mecánico. Sólo hay una terce­ra parte de los asientos ocupada. En su mayoría, los pasajeros viajan solos, como yo, y el interior del autocar está sumido en un silencio extraño. El camino hasta Takamatsu es muy largo. Según los horarios del autocar, son unas diez horas de viaje, llegaremos allí por la ma­ñana temprano. Pero a mí el tiempo no me importa. Yo ahora lo ten­go a espuertas. Cuando, a las ocho pasadas, dejamos la terminal de autobuses, inclino el respaldo del asiento y me duermo. En el preci­so instante de hundirme en él siento cómo se me va debilitando la conciencia, igual que si se me hubieran agotado las pilas.
Poco antes de medianoche empieza a llover a cántaros. De vez en cuando me despierto y, a través de las cortinas baratas, contemplo la autopista en la noche. Las gotas de lluvia azotan con estrépito la ven­tana, emborronan la luz de las farolas que hay al borde del camino. Están plantadas a intervalos regulares, parece que miden el mundo has­ta el infinito. Una nueva luz se acerca y, un instante después, ya se ha convertido en una luz vieja a mis espaldas. Me doy cuenta de que ya han dado las doce de la noche. Y, de manera automática, como si se me acercara de frente, hace su aparición el día de mi decimoquin­to cumpleaños.

  • Feliz cumpleaños -me desea el joven llamado Cuervo.

  • Gracias -le digo yo.

Pero la profecía, todavía una sombra, me acompaña. Compruebo que el muro que he levantado a mí alrededor todavía sigue en pie. Cierro las cortinas, vuelvo a dormirme.
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