Página principal

Julia Justiss Históricas sin serie


Descargar 0.53 Mb.
Página1/20
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño0.53 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   20
Julia Justiss

Un compromiso Imposible



Julia Justiss - Históricas sin serie



Un Compromiso Imposible.

Laura Martin sólo buscaba seguridad y escapar de un matrimonio infernal. ¿La protegería su anonimato también de las exigentes miradas del conde de Beaulieu? ¿O sería capaz aquel hombre tan avispado de descubrir sus secretos con la misma facilidad con la que le había robado el corazón? Con sólo mirar a la enigmática Laura Martin, el cuerpo del conde se llenaba de un deseo irrefrenable. Por muy huidiza que fuera, él podía ver la ternura que escondía detrás de su fría apariencia... y sabía que era la mujer que el destino le tenía preparada. ¿Conseguiría hacer que confiara en él lo suficiente para dejarle entrar en su vida... para siempre?


Prólogo


Laura avanzaba sin hacer ruido por el pasillo en sombras. Como ya había probado, y utilizado, aquella ruta, conocía cada alfombra, asiento y armario del pasillo, cada particularidad de los veintinueve peldaños de la escalera de servicio que conducía a la puerta de atrás. Los ronquidos de su viejo mayordomo, Hobbins, y de su mujer, que dormían en una de las habitaciones de aquella ala, y la tormenta invernal que hacía silbar al viento por las chimeneas y zarandeaba las contraventanas amortiguarían el leve roce de sus pasos.

Sólo se detuvo una vez en su sigilosa huida, junto al cuarto de los niños. Se inclinó hacia la puerta y le pareció inspirar el olor de piel de bebé, sentir la suavidad de los pañales de franela, ver los luminosos ojos y las manitas agitándose en el aire. Un amargo y gélido vacío le heló el corazón; tanto así que las agujas de hielo que chocaban contra los cristales le parecían tibias como lluvia de verano.

Se inclinó hacia delante, tambaleándose, y apoyó una mano en el picaporte de la puerta por la que ya no se oía el gorjeo de un bebé. Y ya no volvería a oírse. De un bebé de su propia sangre, no.

«Te lo prometo, Jennie», juró para sí. Cumplir aquella promesa no aliviaría el peso de la culpa, pero era lo último que haría en aquella casa… lo único ya que podía hacer.

Hizo acopio de valor, se enderezó y fue bajando las escaleras, deteniéndose una vez más para recobrar el aliento antes de intentar descorrer el pesado cerrojo de la puerta de la cocina. Tenía más fuerza que antes. Durante un mes había hecho prácticas de andar, primero sin hacer ruido en su habitación, después, más abiertamente durante la última semana, desde que gran parte del servicio había partido hacia Londres con su señor. Podía hacerlo.

Con cautela, descorrió el cerrojo, se abrochó la gruesa capa y se puso sus guantes más abrigados. Tras un firme empujón, la puerta se abrió en silencio, girando sobre sus goznes bien engrasados. Sin inmutarse por el granizo que le acribillaba el rostro ni el viento silbante que le retiraba la capucha, se adentró en la noche.




Capítulo Uno


La fresca brisa otoñal, con su mezcla de olores de hojas caídas y hierba, transportaba hasta los oídos de Laura Martin unos leves ladridos salpicados de detonaciones de rifle. La partida de caza que había pasado a galope delante de su casa aquella misma mañana, encabezada por el hijo del terrateniente, debía de estar en el pantano próximo, disparando a los patos.

Como ya había cortado la cantidad de valeriana que necesitaba, Laura dio la espalda al lecho de plantas con intención de alejarse. Torpe, el ineficaz perro conejero del terrateniente que se había negado a abandonarla después de que Laura le curara una pata, le empujó la mano con la cabeza para reclamar su atención.

—Serás granuja —le dijo, sonriendo, y le rascó detrás de las orejas. El perro agitaba la cola y buscaba más caricias con la cabeza. Sin embargo, un momento después, se puso rígido, alzó la vista y profirió un leve gemido—. ¿Qué ocurre? —le preguntó Laura.
Casi antes de que las palabras brotaran de sus labios, oyó el ruido rítmico de unos cascos de equino. Segundos después, uno de los mozos de cuadra del terrateniente, montado sobre un caballo sudoroso y conduciendo otro, apareció ante su vista.

Con un mal presagio en el pecho, Laura se acercó a la valla de su jardín.

—¿Qué ha pasado, Peters? —le preguntó al joven, que estaba deteniendo su montura.

—Perdone que la moleste, señora Martin, pero le ruego que venga enseguida. Hemos tenido un accidente. Un arma se disparó y… —el mozo tragó saliva—. ¡Por favor, señora!

—¿Es muy grave la herida?

—No sabría decírselo. El disparo lo hirió en el hombro y hay sangre por todas partes. Se desmayó al instante y…

El mal presagio se acrecentó.

—Será mejor que vayas a buscar al doctor Winthrop enseguida. No estoy preparada para curar heridas de rifle…

—Ya he estado en casa del médico, señora, y el doctor Winthrop no… no puede ayudar.

—Entiendo —la desafortunada obsesión del médico del pueblo por los licores lo incapacitaba con frecuencia para cuidar de sí mismo o a los demás. Así había adquirido Laura sus limitados conocimientos, interviniendo cuando el médico se hallaba imposibilitado. Pero ¿una herida de rifle? Claro que no había nadie más a quien recurrir.

—Iré enseguida.

—El joven amo me ha dicho que la llevara de inmediato, pero no tengo silla de amazona. Tardaremos más de inedia hora si vamos por la calesa.

—No te preocupes, Peters, puedo montar a horcajadas. Dadas las circunstancias, dudo que alguien se fije en esa falta de decoro. Ayúdame a traer mi maletín.

Intentó no preocuparse y concentrarse en reunir el material adicional que podría necesitar y depositarlo en la bolsa de cuero que siempre tenía preparada. Después, Peters se ocupó de acarrear el maletín y la ayudó a montar. Colocándose las faldas con el mayor decoro posible, Laura esperó a que el mozo de cuadra saltara a su silla y se puso en camino detrás de él. Hostigando a sus monturas, avanzaron a galope hacia el pantano.

Mientras cabalgaban, Laura repasó mentalmente los remedios que llevaba consigo. Durante el año de convalecencia en que se había restablecido de la enfermedad que estuvo a punto de acabar con ella, había observado cómo su tía Mary trataba una serie de calenturas, fiebres y molestias estomacales, pero jamás una herida de bala. A la serie de medicamentos que siempre tenía a mano había añadido unos polvos para ralentizar la hemorragia, coñac para limpiar la herida y tintura de yodo. ¿Se habría olvidado de algo?

No tuvo tiempo para seguir preocupándose porque, al doblar la curva del camino, el bosque daba paso al pantano. Varios hombres formaban corro en la orilla. Mientras desmontaba, Laura avistó en el centro una figura inmóvil, tendida, cuyo rostro pálido contrastaba con el color vivo de la sangre que impregnaba su chaqueta. Tenía la ropa empapada, y las botas medio sumergidas en el agua, cuyo frío glacial Laura podía sentir a través del delgado cuero de sus botas de media caña. El hijo del terrateniente, Tom, apretaba un paño arrugado contra el pecho del joven, un pañuelo cuya blancura enrojecía a ojos vista.

El nerviosismo cedió ante la firmeza de propósito. Primero debía cortar la hemorragia; después, trasladar al joven a Everett Hall, la casa del terrateniente.

—Peters, dame vendas de la bolsa, por favor.

Al oír aquel suave mandato, Tom alzó la vista.

—¡Gracias a Dios que ha venido! —con el rostro pálido bajo la salpicadura de pecas, se echó a un lado para dejar que Laura se arrodillara junto al herido—. Ha sangrado tanto y… y no me contesta. ¿Morirá?

—Ayúdame —dijo Laura, para eludir responder—. Mantenlo incorporado con tu cuerpo. Sigue apretando el paño mientras yo se lo sujeto al hombro con las vendas. ¿La bala lo ha atravesado o está dentro?

—No lo sé, señora. No… No se me ha ocurrido mirar —Tom la miraba con ojos muy abiertos—. Es culpa mía… Yo quería cazar. Si muere…

—Con cuidado… —lo interrumpió Laura, para distraerlo de su angustia—. Mantén la presión. Cuéntame cómo ocurrió.

—No estoy seguro. Los perros espantaron a una bandada de patos, y los dos disparamos. De repente, Kit se llevó la mano al pecho, y la sangre empezó a resbalar entre sus dedos. Quizá… quizá uno de nuestros disparos rebotó en esa roca escarpada de ahí. Kit cayó al agua. Lo arrastramos hasta la orilla, pero no nos atrevíamos a moverlo hasta no recibir ayuda.

Escuchando a medias, Laura trabajaba lo más deprisa que podía, contemplando con preocupación el rostro ceniciento y los labios azulados del herido inconsciente. Si la bala se había quedado alojada en el pecho, habría que extraérsela, pero por el momento no se atrevía a explorar la herida. Por fortuna, el frío que entumecía el cuerpo del joven también ralentizaba la hemorragia. Laura rezaba para que el efecto perdurara mientras lo trasladaban a Everett Hall, y para que el contacto con el agua helada no resultase en pulmonía.

—¿Va a…? ¡Dígame que se pondrá bien!

La desesperación que impregnaba la voz de Tom captó la atención de Laura. Eludió una respuesta directa sonriéndole fugazmente.

—Debemos conducirlo a un lugar abrigado. ¿Has pedido ayuda a Everett Hall?

—Sí. Mi padre está al llegar.

De hecho, mientras Tom respondía, oyeron el grato sonido de un carruaje acercándose. Por delante cabalgaba el terrateniente, un hombre robusto, de corta estatura, sobre un rucio moteado. Lanzó un vistazo a la escena que se desarrollaba ante él y resopló con energía.

—¡Que Dios se apiade de nosotros! ¿Qué hay que hacer, señora Martin?

—Si pudiera ayudarme a vendarle la herida con fuerza, podríamos subirlo al carruaje y conducirlo a Everett Hall.

Después de afianzar el vendaje, Laura indicó a los mozos que trasladaran al herido al carruaje; el joven inconsciente gemía mientras lo colocaban sobre el mullido asiento.

—Tom, adelántate y avisa a la señora Jenkins —dijo el señor Everett—. Necesitaremos agua hirviendo, ladrillos calientes y demás —el terrateniente movió la cabeza; tenía la nariz roja de frío y una mirada de consternación—. Ve, luego hablaré contigo. Lo ocurrido hoy acarreará graves consecuencias, no lo dudes.

Su hijo asintió en silencio; acto seguido, se alejó sobre su montura. El terrateniente ayudó a Laura a subir al carruaje, junto a su paciente; después, vaciló.

—¿Lo asistirá en la mansión?

—Hasta la llegada de un experto, por supuesto —contestó Laura—. Pero le recomiendo que envíe a alguien a casa del doctor Winthrop con café fuerte, o que mande llamar al médico del condado vecino. No tengo experiencia en heridas de bala y, sinceramente, la de este joven parece muy grave.

Para sorpresa de Laura, el terrateniente le apretó las manos.

—Debe quedarse, señora Martin, y hacer lo que pueda. He mandado llamar al hermano del muchacho, y le he pedido que traiga a su propio médico. Por favor, prometa que no se irá hasta que no llegue.

Un instintivo hormigueo de miedo la recorrió de pies a cabeza. Su propio médico… Lanzó una mirada a la figura inmóvil que yacía junto a ella. ¿Le resultaba familiar aquel perfil?

—¿Es de una buena familia? —se aventuró a preguntar, temiendo la respuesta.

—Es el hermano pequeño del conde de Beaulieu.

El corazón dejó de latirle durante un instante.

—¿El Quebrantaenigmas? —preguntó con voz débil—. ¿Amigo del primer ministro, uno de los hombres más ricos del reino?

—Sí. Fundó ese estúpido club de Amigos de los Enigmas, pero es un tipo listo. Dicen que lord Riverton no mueve un dedo sin consultar con él. Está visitando a unos amigos en el norte, y su hermano debía reunirse con él la próxima semana —el terrateniente exhaló un hondo suspiro—. Cuando pienso en lo que lord Beaulieu pensará si su hermano Kit muere estando a mi cuidado… Se lo juro, maldigo el día en que mi Tom lo conoció en Oxford.

—Dudo que el conde lo culpe de lo sucedido.

El terrateniente se encogió de hombros; después, la miró con ojos suplicantes.

—Le ruego que se quede, señora Martin. Con suerte, mi mensajero sólo tardará unas horas en localizar al conde y su médico estará aquí al anochecer. No dejaría que el inútil de Winthrop se acercara a él, ni sobrio ni borracho, y Dios sabe que mi hermana no será de ayuda. La señora Mary la consideraba tan apta… la mejor del condado, aseguraba. ¿Podría mantener vivo al muchacho hasta la llegada de su hermano?

¿Y volver a ver al conde de Beaulieu? Su instinto la prevenía del peligro mientras el sabor metálico del pánico se propagaba por su boca, más fuerte que nunca tras la pausa de casi dos años. Aunque su primer impulso fue saltar del carruaje, montarse sobre el caballo prestado y ponerse a salvo en su modesta casa, luchó por contener aquel miedo irracional.

Mientras buscaba con frenesí una respuesta adecuada, el terrateniente se enderezó.

—No creerá que voy a permitir que el conde la reprenda si… si ocurre lo peor. Mi buena señora, debe saber que su bienestar es de suma importancia para mí —se inclinó hacia ella y le besó la mano con torpeza—. Sólo quiero hacer todo lo que esté en mi mano por el pobre muchacho hasta que llegue su hermano.

—Sé que usted siempre me protegerá —contestó Laura, y alcanzó a sonreír. «Te estás comportando como una mema», argüía su parte racional. El conde no la reconocería; Laura había sido una de tantas jovencitas insípidas que lo habían saludado con una reverencia en un par de ocasiones varias temporadas atrás. Pese a que aquella herida escapaba a su competencia, tenía más conocimientos que ninguna otra persona del condado y el joven necesitaba ayuda… Aunque atenderlo supusiera un riesgo—. Dígale al cochero que conduzca despacio —añadió por fin—. No conviene moverlo mucho. Si la herida vuelve a sangrar, no habrá nada que hacer.

El terrateniente exhaló un suspiro de alivio.

—Gracias, señora Martin. Cabalgaré junto al cochero. Llámeme si me necesita.

Se apeó del carruaje y cerró la puerta, dejando a Laura en la penumbra junto a un muchacho agonizante cuyo poderoso hermano, el conde de Beaulieu, aparecería en cuestión de horas, quizá aquel mismo día.

¿En qué lío se había metido?

Hugh Mannington Bradsleigh, conde de Beaulieu, «Beau» para sus amigos, saltó de la silla y arrojó las riendas de su exhausto corcel al criado que emergió de la oscuridad. Sus pisadas resonaban en los peldaños de piedra, y se acercó a las antorchas que flanqueaban la entrada de la casa solariega del terrateniente Everett. Sin embargo, antes incluso de entrar en el vestíbulo, un muchacho alto y pecoso al que reconoció como el compañero de universidad de Kit, salió a su encuentro.

—Lord Beaulieu, gracias a Dios que ha venido. Siento tanto…

—¿Dónde está? —al ver la expresión de horror del joven, Beau lamentó su brusquedad, pero tras recibir el mensaje que lo preparaba para la posible muerte inminente de Kit y realizar una cabalgada agotadora, no estaba de humor para andarse con sutilezas.

Un hombre robusto, de corta estatura y calva incipiente apareció ante él.

—Por aquí, milord. Soy el terrateniente Everett, pero dejemos a un lado las formalidades. He mandado que le preparen una fuente de comida y que le sirvan cerveza fuerte. Haré que se lo suban enseguida.

Beau dedicó una fugaz sonrisa al hombre maduro que, aunque angustiado, no hacía ningún intento por retrasarlo con disculpas o explicaciones que, en aquellos momentos, no le interesaba oír.

—Señor, sois amable y comprensivo al mismo tiempo —mientras seguía al terrateniente hacia la escalera, inspiró hondo para dar voz a la angustia que lo había roído durante cada segundo de su cabalgada—. ¿Cómo está Kit?

El terrateniente lo miró de soslayo mientras empezaban a subir los peldaños.

—Me temo que no muy bien. Esta tarde estuvimos a punto de perderlo. ¿Cuándo espera que llegue su médico?

La opresión que sentía en el pecho se acrecentó. Kit, siempre tan risueño y alegre, tan vital, no podía morir. Beau no lo permitiría.

—Mañana por la mañana, como muy pronto. ¿Quién lo atiende ahora? ¿Tienen médico aquí?

—Sólo un tonto borracho a quien no confiaría ni un perro cojo. Lo vela la señora Martin, una dama vecina experta en plantas curativas a quien los lugareños suelen pedir consejo.

La imagen de una vieja bruja mezclando pócimas de amor para los ingenuos cruzó por la cabeza de Beau.

—¡Una curandera! —exclamó, horrorizado—. Santo Dios, ¿no ha podido buscar a un médico?

El terrateniente se detuvo en el rellano y volvió la cabeza para mirarlo con reproche y dignidad.

—Esto no es Londres, milord. La señora Martin es viuda de un militar y tiene amplia experiencia en el cuidado de enfermos. Sabía que ella, al menos, no dañaría al joven Kit. De hecho, ya lo ha salvado de la muerte en varias ocasiones desde que resultó herido. Por aquí, milord.

Tendría que disculparse ante el terrateniente, pensó Beau mientras entraba en la habitación.

Pero, en aquellos momentos, toda su atención se centraba en la figura que yacía en la amplia cama con dosel, con su rostro pálido y tenso iluminado por una única vela.

Pálido y tenso como la mascarilla de un cadáver. El pánico lo recorrió rápido y letal como un disparo, y corrió al lecho de su hermano.

—¡Kit! Kit, soy Hugh. Ya estoy aquí.

El muchacho no reaccionó, ni siquiera cuando Beau le tomó la mano y se la frotó. Tenía la piel seca… y caliente.

—Me temo que empieza a tener fiebre.

La voz suave y femenina emergió de las sombras del otro lado de la cama. Beau posó la mirada en una mujer anodina, envuelta en un holgado vestido marrón y una amplia toca que ensombrecía su rostro. ¿Aquélla era toda la ayuda médica de que disponían? El miedo se reavivó… y la furia.

—¿Qué piensa hacer para remediarlo?

—Humedecerlo con la esponja y darle de beber una infusión de corteza de sauce. Al principio estaba tan frío, que no consideré oportuno refrescarlo. Creo que la bala se ha quedado alojada en su pecho, pero no me atrevo a sacársela. ¿Cuándo llega su médico?
—Por la mañana —contestó—. Dígame lo que puedo hacer.

—¿Ha cabalgado todo el día, milord?

—Desde esta tarde —contestó con impaciencia—. No importa.

La mujer lo miró entonces, y los ojos de su rostro en sombras captaron un destello de la luz de la vela. Se estaba haciendo un juicio de él, comprendió Hugh con leve asombro. Pero antes de que pudiera ponerla en su sitio por aquel atrevimiento, la mujer dijo:

—Debería descansar. No será de ninguna ayuda al muchacho, una vez que vuelva en sí, si está exhausto.

Beau le clavó la mirada de acero que había hecho retroceder con desolación a más de un subordinado. La mujer, sin embargo, no se inmutó. Hostigado, Hugh dijo:

—Mi buena señora, el muchacho que yace en esta cama es mi hermano, sangre de mi sangre. Le aseguro que, aunque hubiese recorrido Inglaterra a galope de punta a punta, podría hacer lo que fuese necesario.

—Muy bien —contestó la mujer tras otro momento de audaz escrutinio—. Acabo de preparar otra infusión de corteza de sauce. Si hace el favor de incorporarlo, con cuidado de no tocarle la herida del pecho, le daré de beber.

Durante el resto de aquella interminable noche, Hugh siguió las suaves órdenes de la mujer vestida de marrón. Parecía competente: mandaba preparar caldos en la cocina, hacía infusiones en las que le pedía que escurriera los paños que colocaban en la frente y el cuello de Kit y le indicaba que moviera periódicamente a su hermano para impedir que el fluido se le alojara en los pulmones.

No había duda de que era incansable. Aunque jamás lo habría reconocido en voz alta, después de varias horas, a Beau le dolía la espalda y tenía las manos arrugadas de tanto escurrir paños. La señora Martin, sin embargo, no daba muestras de experimentar la menor fatiga.

Su única discusión había tenido lugar horas antes, cuando Beau le pidió que deshiciera el vendaje para poder inspeccionar la herida de Kit. La enfermera se negó en redondo. Para hacerlo tendría que mover tanto a su hermano que la herida podría volver a sangrar, y no deseaba correr ese riesgo. A no ser que tuviera la experiencia suficiente para extraer la bala una vez que la herida quedara al descubierto, tarea sumamente delicada que ni siquiera ella pretendía acometer; recomendaba dejar el vendaje intacto hasta la llegada del médico. Tan ansioso estaba por evaluar el daño, que sólo la amenaza de la señora Martin de no hacerse responsable de las consecuencias lo persuadió de desistir.

A pesar de sus esfuerzos combinados, cuando el día empezó a despuntar, Kit empezó a agitarse, y tenía la piel cada vez más caliente. Cuando justo después del alba, el terrateniente hizo pasar al médico de Beau, tanto él como la señora Martin suspiraron de alivio.

—Gracias, Mac, por contestar a mi llamada con tanta celeridad.

—Ay, fue más una orden que una llamada —su antiguo compañero de Oxford, el doctor MacDonovan, le sonrió—. Pero ya hablaremos de eso más tarde. Déjame ver al chico. El señor Everett me ha contado lo ocurrido y, cuanto antes extraigamos la munición, mejor. La señora Martin, ¿verdad? Haga el favor de ayudarme.

La enfermera accedió con un murmullo, y entre los dos dejaron a un lado a Beau.

—Déjanos solos, amigo mío —lo apremió MacDonovan—. Ve a tomarte una copa. La necesitas.

—Me quedo, Mac. Déjame ayudar.

Su amigo le lanzó una mirada; después, suspiró.

—Corte las vendas, señora, y traiga más luz. Después, páseme mi maletín; puede que lo necesite.

Cuando terminaron de intervenir a Kit, Beau casi lamentaba haberse quedado. Primero, sufrió la conmoción de ver la herida profunda y desgarrada, con la carne inflamada y enrojecida. Después, tuvo que soportar el tormento de sujetar a su hermano semiinconsciente mientras el médico hurgaba en la herida con los fórceps para localizar y extraer la bala. Sentía la espalda sudorosa y le temblaban las rodillas cuando por fin el doctor MacDonovan empezó a vendar de nuevo a su paciente.

Hasta que no hubo completado aquella tarea y felicitó a la señora Martin por sus eficaces cuidados, Beau no volvió a pensar en la mujer que lo había ayudado en silencio durante la operación. Con el rostro ensombrecido por la toca, era incapaz de descifrar su expresión, pero había mantenido las manos firmes, y contestaba al médico con voz serena y tranquila. Su fortaleza era de agradecer.

Después de acomodar a su hermano, que se había quedado inconsciente, Beau salió de la habitación detrás del médico y de la señora Martin. El terrateniente los estaba esperando en el pasillo.

—Bueno, doctor, ¿cómo se encuentra el paciente? —preguntó con voz angustiada.

—El disparo era una sola pieza, si no me equivoco, lo cual es una bendición. Si no ha quedado nada dentro, y los cuidados de esta amable señora nos dan una gran ventaja, hay muchas posibilidades de que se recupere por completo. Claro que todavía es pronto para garantizarlo. No debemos moverlo, y puede que la fiebre siga creciendo. Necesitará atentos cuidados. ¿Dispone de alguna buena enfermera?

El terrateniente miró a la señora Martin de soslayo.

—Bueno, mi hermana vive aquí, pero siempre tiene los nervios delicados y…

—Será un placer cuidar al paciente hasta que milord encuentre a otra persona —intervino la señora Martin, con el rostro inclinado.

—Excelente —aplaudió el médico—. Recomiendo que aceptes el ofrecimiento de la dama, Beau. Al menos, hasta que puedas procurar los servicios de otra enfermera igual de competente.

—Ya le he enviado un mensaje a Ellen. Si no le supone una molestia acoger en su casa a mi hermana y a su hija, claro, señor Everett.

—Será un honor —contestó el terrateniente haciendo una reverencia—. Y también a milord, durante tanto tiempo como desee quedarse.

—Entonces, aceptaré agradecido su ayuda, señora Martin, hasta la llegada de mi hermana.

La mujer asintió con un murmullo y el terrateniente se volvió hacia el médico.

—Si me dice lo que debo hacer, doctor, yo velaré al muchacho mientras la señora Martin descansa un poco. Lleva junto a su lecho desde ayer por la mañana y durante toda la noche —el terrateniente lanzó una mirada intensa a Beau, un recordatorio de que le debía una disculpa, y le dio humildemente las gracias a la mujer callada que había cuidado con tanta habilidad a su hermano—. Lord Beaulieu, usted también necesitará descansar. Acompañaré a la señora Martin a la puerta y volveré para conducirlo a su habitación.

El hombre hizo una reverencia. La señora Martin lo imitó y se alejó con él.

—¿Ha sido preciso tu informe, Mac, o sólo pretendías tranquilizar al terrateniente? —preguntó Beau en cuanto hubieron desaparecido de su vista. Su amigo sonrió y le dio una palmadita en el hombro.

—Es la pura verdad, Beau. Sé que no es fácil, pero ya poco podemos hacer salvo atenderlo con esmero. El muchacho es fuerte… y yo hago bien mi trabajo. No puedo prometer que no surjan contratiempos, pero creo que saldrá adelante.

Beau exhaló el aire que, sin darse cuenta, había estado conteniendo.

—Gracias, Mac. Por venir tan deprisa y… —alcanzó a sonreír— por ser tan eficiente. Ahora, será mejor que le dé las gracias a la temible señora Martin. Quizá también deba disculparme. No he sido tan… cortés como debería.

El doctor rió.

—Te peleaste con ella, ¿eh? ¡Y apuesto a que perdiste! Es una mujer muy hábil, la señora Martin. Deberías agradecerle a ella más que a mí que tu hermano siga en este mundo. Estuvo casi una hora en la orilla del pantano, según me han dicho. El frío lo habría matado de no ser por sus atentos cuidados —el médico frunció el ceño—. Y podría acabar con él todavía. Debemos vigilar esos pulmones. Pero ve. Podré mantener abiertos estos cansados ojos unos minutos más.

Beau estrechó la mano de su amigo y empezó a bajar las escaleras hacia el vestíbulo. Le dolía la espalda y arrastraba los pies de puro cansancio.

Mientras descendía el último tramo de escaleras, vio a la señora Martin junto a la puerta principal; daba la impresión de estar discutiendo con el terrateniente, porque negaba algo con la cabeza.

—Gracias, señor, pero sólo se trata de un corto paseo. No es necesario que pida un carruaje.

Beau esperaba pacientemente a que concluyeran la despedida, con los párpados pesados de cansancio, cuando reparó en el elegante cumplido que le dirigió el terrateniente a la señora Martin, al estilo del pasado siglo.

—No, querida señora, no debe ir a pie. Me sorprende que una dama tan delicada como usted no haya sucumbido todavía al agotamiento. ¡Cuanta fortaleza y destreza posee! Cualidades, si me permite decir, sólo comparables a su belleza.

Después de aquel bonito discurso, Everett tomó la mano de la señora Martin y la besó.

La sorpresa disipó la somnolencia, hasta que recordó que Everett había llamado «dama» a la señora Martin, la viuda de un militar. Debía de haber sido un oficial, ya que su anfitrión no dirigiría aquellas alabanzas a una inferior. Beau sonrió; le divertía descubrir que el terrateniente maduro estaba cortejando a la enfermera anodina, y sentía curiosidad por ver su reacción.

—Me halaga —dijo la dama en cuestión mientras retiraba la mano con suavidad pero con firmeza.

¿Sería tímida?, se preguntó Beau. ¿O, simplemente, no estaba interesada?

Entonces, la enfermera alzó la vista. Iluminada como estaba por los haces de sol que se filtraban por los cristales del vestíbulo. Beau vio por primera vez su rostro con claridad: un rostro joven y bonito.

En aquel mismo instante, sus miradas se cruzaron. Una expresión de… alarma afloró en sus hermosos rasgos, y bajó la cabeza, escondiendo de nuevo el semblante tras el encaje de su toca. Beau no oyó el comentario que le hizo a Everett, ni si haría uso o no del carruaje. Antes de que pudiera articular palabra, la señora Martin hizo otra reverencia y salió por la puerta.

Cuando Everett se reunió con él en el rellano, el aturdido cerebro de Beau había vuelto a funcionar. Balbuciendo algo parecido a una disculpa mientras el hombre lo conducía a su aposento, dejó que su mente reprodujera el interesante descubrimiento de que la hábil señora Martin no sólo era una dama, sino joven.

Recordó sus contadas palabras, incluso con Everett, a quien conocía bien, y la forma en que había huido al sorprenderlo mirándola. Su curiosidad se acrecentó. ¿Por qué, se preguntó mientras se dejaba caer con gratitud sobre la suave cama de plumas, una viuda tan apta para el matrimonio era tan retraída?

Si la viuda continuaba cuidando a su hermano, Beau tendría la oportunidad de investigar aquel enigma más de cerca. Lo cual sería una bendición, puesto que la convalecencia de Kit sería prolongada, y Beau necesitaría algo que lo distrajera de la preocupación. Por fortuna, nada lo intrigaba más que un acertijo.




  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   20


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje