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Jueves 7 de septiembre de 1843


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Cartas enviadas por Germán Frers1 a su familia, en su viaje hacia Argentina

Jueves 7 de septiembre de 1843

Cuando esta tarde llegamos a bordo, el barco ya se había desplazado un poco de su lugar primitivo. El capitán, nos recibió con un simple “Buen día”, justo en el momento en que se disponía a bajar a tierra.

El tiempo estaba nublado, tristón y de acuerdo a las supersticiones de viejas mujeres, predecía mal agüero, cosa que no queríamos tomar en cuenta.

Después de cenar un té con pan y manteca, salchichón, queso, etc.; me busqué dos marineros en una yola del capitán de altura. Nos llevaba el barco hasta Neumühlen, hasta Dreslerschen Garteus, donde el jueves a la noche hubo un recital de los índices de la Blauschen Liederstafel. Debo confesar que más de una canción conocida me enternecía el corazón. Seguramente tenía que despertarme un sentimiento justo hoy me mencionaban “En la patria es tan lindo...” (In der Heimat ist es schön) o “Me tengo que ir, me tengo que ir de mi pequeña aldea” (Muss ich denn, muss ich denn zum).

Creo que nunca tuve que luchar con sentimientos tan extremos como esta noche. La alegría de conocer un nuevo mundo, mezclado con la tristeza de abandonar todo lo que tenía de querido y apreciado, alejándome de todo ello. De esta lucha entre mis dos sentimientos quedé tan exhausto, que sin querer me dormí en mi tan incómoda y desacostumbrada posición para dormir.

Viernes 8 de septiembre de 1843


Cuando me desperté esta mañana, lo primero fue darle gracias a Dios por haber podido dormir tan bien y sin caerme de mi litera.

Navegamos hasta Blankensee. Nos llamaron a comer. Yo creía que era para almorzar, pese que recién eran las 10,30, pero resultó ser desayuno, bife con papas. A la una se almorzó caldo con arroz luego carne con ensalada de papas y pepinos. Peras de postre.

A la tarde, luego del café de las dos, fuimos el capitán, Gustavo2 y yo a pasear un rato por Blankensee.

A las 19, fuimos otra vez a la mesa a comer cosas frías: té, pan con manteca, carne fría, queso, etc.



Sábado 9 de septiembre


Quedamos todo en día anclados en Blankensee por falta de viento. Ala tarde fuimos el capitán y yo a caminar unas horas por Altona. Desayuno y cena es desde ahora más o menos lo mismo según me han comentado. De acuerdo a lo que mis padres me han pedido especialmente, anotaré diariamente las comidas para que luego Otto3 pueda hacer sus comparaciones.

Almuerzo: Sopa de sémola con ciruelas. Luego panqueques de tocino.


Domingo 10 de septiembre

Esta mañana teníamos una densa niebla; cuando aclaró al mediodía, recibimos un suave viento del oeste. Figúrense nuestra alegría. A pesar de ello no pudimos navegar enseguida, en parte porque había marea baja y por otra parte, porque nuestro capitán se había ido a Altona y teníamos que esperar su vuelta.

A las 14 empezó la marea y una flota de grandes veleros, por lo menos veinte, que sólo esperaban que se levantara el viento, se puso en marcha. Eran las 16 horas, cuando apareció nuestro capitán y enseguida oímos el grito del práctico: “¡Arriba marineros, leven anclas!”

Después de 3 ó 4 horas ya habíamos superado a la mayoría de los barcos que habían partido antes que nosotros, pues nuestra “Hortensia” es realmente un velero veloz. Sie lebe hoch!

Cuando llegamos cerca de Glüskstadt, me fui a la cama. Me acunaba en suaves sueños recordando mi casa, de la que volvía a sentirme cerca, cuando nuestro velero, a las 22, justo ante Nenfled echó anclas.

Almuerzo: Caldo con arroz, carne, papas y ensalada de pepinos.




Lunes 11 de septiembre


Esta mañana cuando me desperté ya se había perdido de vista la costa de mi patria, ya que habíamos salido a navegar a las 4 horas. A las seis y media pasábamos por Cuschafen. Ahora nos transportaba un fresco viento oeste al mar. Una inmensa línea de agua se nos presentó a la vista.

El práctico se preparaba a bajar; les escribí a ustedes unas pocas palabras, mis queridos padres, como también a Carolina4, pero no me salía muy claro, pues el barco se balanceaba muy fuerte.

A las nueve horas ya alcanzábamos a divisar Helgoland. Estas rosadas rocas iluminadas por el sol, me brindaban un raro paisaje, pese a ello, sólo llegábamos a ver sus dunas y a las quince horas ya no las vimos más.

Navegábamos termino medio 1 y ¾ millas alemanas por hora.

Almuerzo: Tapioca con vino, bife con papas.

Martes 12 de septiembre


Lindo viento del oeste. Pero vamos de alta mar (lo que aquí se nombra así) cuando de a ratos el barco va todo el tiempo de un costado. En esa posición nuestro estado no podía ser el mejor. Gustavo está de a ratos en la litera, a ratos en cubierta, vomita a cada rato y no tiene apetito. Yo durante el día no bajé a la litera; evidentemente a ratos me sentía nauseoso, pero ni lejos tan embromado como Gustavo. Lo que más trabajo me daba era guardar equilibrio debido a mi gran altura uno se cae de un lado a otro, cosechando más de un moretón.

Esperábamos alcanzar a las ocho el paso de Calais, porque navegábamos de día y de noche, y por lo general rinde más la noche que el día.

Almuerzo: Sopa de cerezas, muy bien preparadas. Carne ahumada con repollo blanco y papas. El timonel funciona como primer cocinero, preparando la mejor comida y con el buen desempeño en su oficio, no nos falta nada en cubiertos y copas.

Tanto el capitán como el timonel dan mucha importancia a la limpieza por lo que nada deja de desear en ese sentido.



Miércoles 13 de septiembre


Esta mañana a las nueve avistamos la costa inglesa. Primero se vislumbran los alrededores de Deal, luego la misma costa. Ante esta se veían tres grandes barcos de guerra, que pudimos observar claramente con el largavistas.

Al mediodía alcanzamos el Pas de Calais o calle de Dover. Aquí la costa es abrupta, alta y a pesar de estar cerca de dos millas, se alcanzaba a ver bastante claro el Castell, cerca de Dover.

Enseguida después de Dover, volvimos a divisar tres grandes barcos de guerra ingleses, desde los cuales nos exigieron mostrar las insignias de nuestro velero.

La costa francesa, sólo la divisamos débilmente, y la perdimos pronto de vista.

A al tarde, a eso de las 16 hs cruzamos un enorme y redondo faro erigido por una adinerada inglesa en el sitio en el que naufragó su novio.

Ninguno de los veleros que partieron al mismo tiempo que nosotros nos hemos alcanzado y navegan solos.

Almuerzo. Brem de heut. (la comida preferida de los daneses), luego carne ahumada, papas saltadas y raíces.


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