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Juan Gabriel Vásquez El Ruido de las Cosas al Caer


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Juan Gabriel Vásquez
El Ruido de las Cosas al Caer

A Mariana, Inventora del tiempo y los espacios


Y ardían desplomándose los muros de mi sueño,

¡Tal como se desploma gritando una ciudad!
Aurelio Arturo, Ciudad de Sueño

¡Así que también vienes del cielo!

¿De qué planeta eres?
Antoine de Saint-Exupery, El Principito


Biografía

Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) es autor de la colección de relatos Los amantes de Todos los Santos y de las novelas Los informantes e Historia secreta de Costaguana. También ha publicado una recopilación de ensayos literarios. El arte de la distorsión (que incluye el ensayo ganador del Premio Simón Bolívar en 2007), y una breve biografía de Joseph Conrad, El hombre de ninguna parte. Ha traducido obras de John Hersey, John Dos Passos, Victor Hugo y E. M. Forster, entre otros, y es columnista del periódico colombiano El Espectador.

Sus libros han recibido diversos reconocimientos internacionales y se han publicado en 14 lenguas y una treintena de países con extraordinario éxito de crítica y de público. Su tercera novela, El ruido de las cosas al caer, ha ganado el Premio Alfaguara 2011.

Juan Gabriel Vásquez vive desde 1999 en Barcelona.




I. Una sola sombra larga

El primero de los hipopótamos, un macho del color de las perlas negras y tonelada y media de peso, cayó muerto a mediados de 2009. Había escapado dos años atrás del antiguo zoológico de Pablo Escobar en el valle del Magdalena, y en ese tiempo de libertad había destruido cultivos, invadido abrevaderos, atemorizado a los pescadores y llegado a atacar a los sementales de una hacienda ganadera. Los francotiradores que lo alcanzaron le dispararon un tiro a la cabeza y otro al corazón (con balas de calibre .375, pues la piel de un hipopótamo es gruesa); posaron con el cuerpo muerto, la gran mole oscura y rugosa, un meteorito recién caído; y allí, frente a las primeras cámaras y los curiosos, debajo de una ceiba que los protegía del sol violento, explicaron que el peso del animal no iba a permitirles transportarlo entero, y de inmediato comenzaron a descuartizarlo.

Yo estaba en mi apartamento de Bogotá, unos doscientos cincuenta kilómetros al sur, cuando vi la imagen por primera vez, impresa a media página en una revista importante. Así supe que las vísceras habían sido enterradas en el mismo lugar en que cayó la bestia, y que la cabeza y las patas, en cambio, fueron a dar a un laboratorio de biología de mi ciudad. Supe también que el hipopótamo no había escapado solo: en el momento de la fuga lo acompañaban su pareja y su cría —o los que, en la versión sentimental de los periódicos menos escrupulosos, eran su pareja y su cría—, cuyo paradero se desconocía ahora y cuya búsqueda tomó de inmediato un sabor de tragedia mediática, la persecución de unas criaturas inocentes por parte de un sistema desalmado. Y uno de esos días, mientras seguía la cacería a través de los periódicos, me descubrí recordando a un hombre que llevaba mucho tiempo sin ser parte de mis pensamientos, a pesar de que en una época nada me interesó tanto como el misterio de su vida.
Durante las semanas que siguieron, el recuerdo de Ricardo Laverde pasó de ser un asunto casual, una de esas malas pasadas que nos juega la memoria, a convertirse en un fantasma fiel y dedicado, presente siempre, su figura de pie junto a mi cama en las horas de sueño, mirándome desde lejos en las de la vigilia. Los programas de radio de la mañana y los noticieros de la noche, las columnas de opinión que todo el mundo leía y los blogueros que no leía nadie, todos se preguntaban si era necesario matar a los hipopótamos extraviados, si no bastaba con acorralarlos, anestesiarlos, devolverlos al África; en mi apartamento, lejos del debate pero siguiéndolo con una mezcla de fascinación y repugnancia, yo pensaba cada vez con más concentración en Ricardo Laverde, en los días en que nos conocimos, en la brevedad de nuestra relación y la longevidad de sus consecuencias.
En la prensa y en las pantallas las autoridades hacían el inventario de las enfermedades que puede propagar un artiodáctilo —y usaban esa palabra, artiodáctilo, nueva para mí—, y en los barrios ricos de Bogotá aparecían camisetas con la leyenda Save the hipos.

En mi apartamento, en largas noches de llovizna, o caminando por la calle hacia el centro, yo comenzaba a recordar el día en que murió Ricardo Laverde, e incluso a empecinarme con la precisión de los detalles. Me sorprendió el poco esfuerzo que me costaba evocar esas palabras dichas, esas cosas vistas o escuchadas, esos dolores sufridos y ya superados; me sorprendió también con qué presteza y dedicación nos entregamos al dañino ejercicio de la memoria, que a fin de cuentas nada trae de bueno y sólo sirve para entorpecer nuestro normal funcionamiento, igual a esas bolsas de arena que los atletas se atan alrededor de las pantorrillas para entrenar. Poco a poco me fui dando cuenta, no sin algo de pasmo, de que la muerte de ese hipopótamo daba por terminado un episodio que en mi vida había comenzado tiempo atrás, más o menos como quien vuelve a su casa para cerrar una puerta que se ha quedado abierta por descuido.


Y es así que se ha puesto en marcha este relato. Nadie sabe por qué es necesario recordar nada, qué beneficios nos trae o qué posibles castigos, ni de qué manera puede cambiar lo vivido cuando lo recordamos, pero recordar bien a Ricardo Laverde se ha convertido para mí en un asunto de urgencia. He leído en alguna parte que un hombre debe contar la historia de su vida a los cuarenta años, y ese plazo perentorio se me viene encima: en el momento en que escribo estas líneas, apenas unas cuantas semanas me separan de ese aniversario ominoso. La historia de su vida. No, yo no contaré mi vida, sino apenas unos cuantos días que ocurrieron hace mucho, y lo haré además con plena conciencia de que esta historia, como se advierte en los cuentos infantiles, ya ha sucedido antes y volverá a suceder.

Que me haya tocado a mí contarla es lo de menos.

El día de su muerte, a comienzos de 1996, Ricardo Laverde había pasado la mañana caminando por las aceras estrechas de La Candelaria, en el centro de Bogotá, entre casas viejas con tejas de barro cocido y placas de mármol que reseñan para nadie momentos históricos, y a eso de la una llegó a los billares de la calle 14, dispuesto a jugar un par de chicos con los clientes habituales. No parecía nervioso ni perturbado cuando empezó a jugar: usó el mismo taco y la misma mesa de siempre, la que había más cerca de la pared del fondo, debajo del televisor encendido pero mudo. Completó tres chicos, aunque no recuerdo cuántos ganó y cuántos perdió, porque esa tarde no jugué con él, sino en la mesa de al lado. Pero recuerdo bien, en cambio, el momento en que Laverde pagó las apuestas, se despidió de los billaristas y se dirigió a la puerta esquinera.

Iba pasando entre las primeras mesas, que suelen estar vacías porque el neón hace sombras raras sobre el marfil de las bolas en ese punto del local, cuando trastabilló como si hubiera tropezado con algo. Se dio la vuelta y volvió a donde estábamos nosotros; esperó con paciencia a que yo terminara la serie de seis o siete carambolas que había comenzado, e incluso aplaudió brevemente una a tres bandas; y después, mientras me veía marcar en el tablero los tantos que había conseguido, se me acercó y me preguntó si no sabía dónde le podían prestar un aparato de algún tipo para oír una grabación que acababa de recibir.

Muchas veces me he preguntado después qué habría pasado si Ricardo Laverde no se hubiera dirigido a mí, sino a otro de los billaristas. Pero es una pregunta sin sentido, como tantas que nos hacemos sobre el pasado. Laverde tenía buenas razones para preferirme a mí. Nada puede cambiar ese hecho, así como nada cambia lo que sucedió después.
Lo había conocido a finales del año anterior, un par de semanas antes de Navidad. Yo estaba a punto de cumplir veintiséis años, había recibido mi diploma de abogado dos años atrás y, aunque sabía muy poco del mundo real, el mundo teórico de los estudios jurídicos no guardaba ningún secreto para mí. Después de graduarme con honores —una tesis sobre la locura como eximente de responsabilidad penal en Hamlet: todavía hoy me pregunto cómo logré que la aceptaran, ya no digamos que la distinguieran—, me había convertido en el titular más joven de la historia de mi cátedra, o eso me habían dicho mis mayores al momento de proponérmela, y estaba convencido de que ser profesor de introducción al Derecho, enseñar los fundamentos de la carrera a generaciones de niños asustados que acaban de salir del colegio, era el único horizonte posible de mi vida. Allí, de pie sobre una tarima de madera, frente a filas y filas de muchachitos imberbes y desorientados y niñas impresionables de ojos constantemente abiertos, recibí mis primeras lecciones sobre la naturaleza del poder. De esos estudiantes primerizos me separaban apenas unos ocho años, pero entre nosotros se abría el doble abismo de la autoridad y del conocimiento, cosas que yo tenía y de las que ellos, recién llegados a la vida, carecían por completo. Me admiraban, me temían un poco, y me di cuenta de que uno podía acostumbrarse a ese temor y esa admiración, de que eran como una droga. A mis alumnos les hablaba de los espeleólogos que se quedan atrapados en una cueva y al cabo de varios días comienzan a comerse entre sí para sobrevivir: ¿les asiste o no el Derecho? Les hablaba del viejo Shylock, de la libra de carne que le iban a quitar, de la astuta Portia que se las arregló para impedirlo con un tecnicismo de leguleyo: me divertía viéndolos manotear y vociferar y perderse en argumentos ridículos en su intento por encontrar, en la maraña de la anécdota, las ideas de Ley y de Justicia.

Luego de esas discusiones académicas llegaba a los billares de la calle 14, lugares llenos de humo y de techos bajos donde ocurría la otra vida, la vida sin doctrinas ni jurisprudencias. Allí, entre apuestas de poco dinero y tragos de café con brandy, se terminaba mi día, a veces en compañía de uno o dos colegas, a veces con alumnas que luego de unos cuantos tragos podían acabar en mi cama.

Yo vivía cerca, en un décimo piso donde el aire siempre estaba frío, donde la vista hacia la ciudad erizada de ladrillo y cemento siempre era buena, donde mi cama siempre estaba abierta para discutir en ella la concepción que tenía Cesare Beccaria de las penas, o bien un capítulo difícil de Bodenheimer, o incluso un simple cambio de nota por la vía más expedita. La vida, en esas épocas que ahora me parecen pertenecer a otro, estaba llena de posibilidades. También las posibilidades, constaté después, pertenecían a otro: se fueron extinguiendo imperceptiblemente, como la marea que se retira, hasta dejarme con lo que ahora soy.
Por esos días mi ciudad comenzaba a desprenderse de los años más violentos de su historia reciente. No hablo de la violencia de cuchilladas baratas y tiros perdidos, de cuentas que se saldan entre traficantes de poca monta, sino la que trasciende los pequeños resentimientos y las pequeñas venganzas de la gente pequeña, la violencia cuyos actores son colectivos y se escriben con mayúscula: el Estado, el Cartel, el Ejército, el Frente. Los bogotanos nos habíamos acostumbrado a ella, en parte porque sus imágenes nos llegaban con portentosa regularidad desde los noticieros y los periódicos; ese día, las imágenes del más reciente atentado habían empezado a entrar, en forma de boletín de última hora, por la pantalla del televisor. Primero vimos al periodista que presentaba la noticia desde la puerta de la clínica del Country, después vimos una imagen del Mercedes acribillado —a través de la ventana destrozada se veía el asiento trasero, los restos de cristales, los brochazos de sangre seca—, y al final, cuando ya los movimientos habían cesado en todas las mesas y se había hecho el silencio y alguien había pedido a gritos que le subieran el volumen al aparato, vimos, encima de las fechas de su nacimiento y de su muerte todavía fresca, la cara en blanco y negro de la víctima.

Era el político conservador Álvaro Gómez, hijo de uno de los presidentes más controvertidos del siglo y él mismo candidato a la presidencia más de una vez. Nadie preguntó por qué lo habrían matado, ni quién, porque esas preguntas habían dejado de tener sentido en mi ciudad, o se hacían de manera retórica, sin esperar respuesta, como única manera de reaccionar ante la nueva cachetada. No lo pensé en ese momento, pero esos crímenes (magnicidios, los llamaba la prensa: yo aprendí muy pronto el significado de la palabrita) habían vertebrado mi vida o la puntuaban como las visitas impredecibles de un pariente lejano.

Yo tenía catorce años esa tarde de 1984 en que Pablo Escobar mató o mandó matar a su perseguidor más ilustre, el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla (dos sicarios en moto, una curva de la calle 127). Tenía dieciséis cuando Escobar mató o mandó matar a Guillermo Cano, director de El Espectador (a pocos metros de las instalaciones del periódico, el asesino le metió ocho tiros en el pecho). Tenía diecinueve y ya era un adulto, aunque no había votado todavía, cuando murió Luis Carlos Galán, candidato a la presidencia del país, cuyo asesinato fue distinto o es distinto en nuestro imaginario porque se vio en televisión: la manifestación que vitoreaba a Galán, luego las ráfagas de metralleta, luego el cuerpo desplomándose sobre la tarima de madera, cayendo sin ruido o su ruido oculto por el bullicio del tumulto y por los primeros gritos. Y poco después fue lo del avión de Avianca, un Boeing 72721 que Escobar hizo estallar en el aire —en algún lugar del aire que hay entre Bogotá y Cali— para matar a un político que ni siquiera estaba en él.
De manera que todos los billaristas lamentamos el crimen con la resignación que ya era una suerte de idiosincrasia nacional, el legado que nos dejaba nuestro tiempo, y luego volvimos a nuestros chicos respectivos. Todos, digo, menos uno cuya atención se había quedado fija en la pantalla, donde las imágenes habían pasado a la siguiente noticia y ahora presentaban una escena de abandono: una plaza de toros invadida por la maleza hasta las banderas (o el espacio donde las banderas hubieran existido), un cobertizo donde se oxidaban varios carros antiguos, un gigantesco tiranosaurio cuyo cuerpo se caía a pedazos y revelaba una compleja estructura metálica, triste y desnuda como un viejo maniquí de mujer.

Era la Hacienda Nápoles, el territorio mitológico de Pablo Escobar, que en otros años había sido el cuartel general de su imperio y había quedado abandonada a su suerte desde la muerte del capo en 1993. La noticia hablaba de ese abandono: de las propiedades incautadas a los narcos, de los millones de dólares desperdiciados por las autoridades que no sabían cómo disponer de esas propiedades, de todo lo que hubiera podido hacerse y no se había hecho con aquellos patrimonios de fábula. Y fue entonces que uno de los jugadores de la mesa más cercana al televisor, que hasta el momento no se había hecho notar de ninguna otra manera, habló como si hablara para sí mismo, pero lo hizo en voz alta y espontánea, como los que, a fuerza de vivir en soledad, han olvidado la posibilidad misma de ser oídos.


«A ver qué van a hacer con los animales», dijo. «Los pobres se están muriendo de hambre y a nadie le importa.»
Alguien preguntó a qué animales se refería. El hombre sólo dijo: «Qué culpa tienen ellos de nada».
Éstas fueron las primeras palabras que le oí decir a Ricardo Laverde. No dijo nada más: no dijo, por ejemplo, a qué animales se refería, ni cómo sabía que se estaban muriendo de hambre. Pero nadie se lo preguntó, porque todos allí teníamos edad suficiente para haber conocido los mejores años de la Hacienda Nápoles. El zoológico era un lugar de leyenda que, bajo el aspecto de la mera excentricidad de un narco millonario, prometía a los visitantes un espectáculo que no pertenecía a estas latitudes. Yo lo había visitado a los doce años, durante las vacaciones de diciembre; lo había visitado, por supuesto, a escondidas de mis padres: la sola idea de que su hijo pusiera un pie en la propiedad de un reconocido mafioso les hubiera parecido escandalosa, ya no digamos la perspectiva de divertirse haciéndolo. Pero yo no podía dejar de ver lo que estaba en boca de todos.

Acepté la invitación que me hacían los padres de un amigo; un fin de semana madrugamos para recorrer las seis horas de carretera que había entre Bogotá y Puerto Triunfo; y una vez en la hacienda, tras pasar por debajo del portón de piedra (el nombre de la propiedad se leía en gruesas letras azules), dejamos que se nos fuera la tarde entre tigres de Bengala y guacamayas de la Amazonía, caballos pigmeos y mariposas del tamaño de una mano y hasta un par de rinocerontes indios que, según nos explicó un muchacho de acento paisa y chaleco camuflado, acababan de llegar por esos días. Y luego estaban los hipopótamos, por supuesto, ninguno de los cuales había huido todavía en esos tiempos de gloria. Así que yo sabía bien a qué animales se refería aquel hombre; no sabía, en cambio, que esas pocas palabras me lo traerían a la memoria casi catorce años más tarde. Pero todo eso lo he pensado después, como es evidente: aquel día, en los billares, Ricardo Laverde fue sólo uno más de tantos que en mi país habían seguido con pasmo el auge y caída de uno de los colombianos más notorios de todos los tiempos, y no le presté demasiada atención.


Lo que recuerdo de ese día, eso sí, es que no me pareció intimidante: era tan delgado que su estatura engañaba, y había que verlo de pie junto a un taco de billar para percatarse de que apenas si llegaba al metro setenta; su escaso pelo del color de los ratones y su piel reseca y sus unas largas y siempre sucias daban una imagen de enfermedad o dejadez, la dejadez de un terreno baldío. Acababa de cumplir los cuarenta y ocho, pero parecía mucho más viejo. Hablaba con esfuerzo, como si le faltara el aire; su pulso era tan flojo que la punta azul de su taco temblaba siempre frente a la bola, y era casi milagroso que no se descachara más a menudo. Todo en él parecía cansado. Una tarde, después de que Laverde se hubiera ido, alguno de sus compañeros de juego (un hombre de su misma edad pero que se movía mejor, que respiraba mejor, que sin duda está vivo todavía y quizás incluso esté leyendo estas memorias) me reveló la razón sin que yo le hubiera preguntado nada.

«Es por la cárcel», me dijo, enseñándome al hablar un destello breve de diente de oro. «La cárcel cansa a la gente.»

«¿Estuvo preso?»

«Acaba de salir. Estuvo como veinte años, eso es lo que dicen.»

«¿Y qué hizo?»

«Ah, eso sí no sé», dijo aquel hombre. «Pero algo habrá hecho, ¿no? A nadie le clavan tanto tiempo por nada.»


Le creí, por supuesto, porque nada me permitía pensar que había una verdad alterna, porque no había ninguna razón en ese momento para cuestionar la primera versión inocente y desprevenida que alguien me diera de la vida de Ricardo Laverde. Pensé que nunca había conocido a un ex convicto —la expresión ex convicto, notará cualquiera, es la mejor prueba de ello—, y mi interés por Laverde creció, o creció mi curiosidad. Una larga condena impresiona siempre a un joven como lo era yo entonces. Calculé que yo apenas caminaba cuando Laverde entró a la cárcel, y nadie puede ser invulnerable a la idea de haber crecido y haberse educado y haber descubierto el sexo y tal vez la muerte (la de una mascota y luego la de un abuelo, por ejemplo), y haber tenido amantes y sufrido rupturas dolorosas y conocido el poder de decidir, la satisfacción o el arrepentimiento por las decisiones, el poder de hacer daño y la satisfacción o la culpa por hacerlo, y todo mientras que un hombre vive esa vida sin descubrimientos ni aprendizajes que es una condena de semejante magnitud. Una vida no vivida, una vida que se le escurre a uno entre los dedos, una vida propia y sufrida por uno pero al mismo tiempo de propiedad ajena, propiedad de los que no la sufren.
Y casi sin darme cuenta nos fuimos acercando. Ocurrió primero casualmente: yo aplaudía una de sus carambolas, por ejemplo —al hombre se le daban bien las bandas previas—, y luego lo invitaba a jugar en mi mesa o pedía permiso para jugar en la suya. Él me aceptó a regañadientes, como recibe un iniciado a un aprendiz, a pesar de que mi juego era superior y junto a mí Laverde pudo, por fin, dejar de perder. Pero entonces descubrí que perder no le importaba demasiado: el dinero que ponía sobre el paño color esmeralda al final de los chicos, esos dos o tres billetes oscuros y arrugados, formaba parte de sus gastos rutinarios, un pasivo previamente aceptado de su economía.

El billar no era para él un pasatiempo, ni siquiera una competencia, sino la única forma que Laverde tenía en ese momento de estar en sociedad: el ruido de las bolas al chocar, de las cuentas de madera en los cables, de las tizas azules al frotarse sobre las puntas de cuero viejo, todo eso constituía su vida pública. Fuera de esos corredores, sin un taco de billar en la mano, Laverde era incapaz de tener una conversación corriente, ya no digamos una relación.

«A veces creo», me dijo la única vez que hablamos con alguna seriedad, «que nunca he mirado a nadie a los ojos».

Era una exageración, por supuesto, pero no estoy seguro de que el hombre exagerara a propósito. Después de todo, no me estaba mirando a los ojos cuando me dijo esas palabras.


Ahora que tantos años han pasado, ahora que recuerdo desde la comprensión que entonces no tenía, pienso en esa conversación y me parece inverosímil que su importancia no me haya saltado a la cara. (Y me digo al mismo tiempo que somos pésimos jueces del momento presente, tal vez porque el presente no existe en realidad: todo es recuerdo, esta frase que acabo de escribir ya es recuerdo, es recuerdo esta palabra que usted, lector, acaba de leer.)
El año estaba terminando; era época de exámenes y las clases se habían suspendido; la rutina de los billares se había instalado en mis días, y de alguna manera les daba forma y propósito. «Ah», me decía Ricardo Laverde cada vez que me veía llegar. «Me coge de milagro, ya me iba a ir.»

Algo en nuestros encuentros estaba cambiando: lo supe la tarde en que Laverde no se despidió de mí como hacía siempre, desde el otro lado de la mesa, llevándose una mano a la frente igual que un soldado y dejándome con el taco en la mano, sino que me esperó, me vio pagar las bebidas de ambos —cuatro cafés con brandy y una coca cola al final— y salió del local caminando a mi lado.

Caminó junto a mí hasta la esquina de la plazoleta del Rosario, entre olores de tubos de escape y arepas fritas y alcantarillas abiertas; entonces, allí donde una rampa desciende hasta la boca oscura de un parqueadero subterráneo, me dio una palmada en el hombro, un frágil golpecito con su mano frágil, más parecido a una caricia que a una despedida, y me dijo:
«Bueno, mañana nos vemos. Tengo que hacer una diligencia.»

Lo vi sortear los corrillos de esmeralderos y meterse por el callejón peatonal que lleva a la carrera Séptima, luego doblar la esquina, y entonces ya no lo vi más.


Las calles comenzaban a adornarse con luces navideñas: guirnaldas nórdicas y bastones de dulce, palabras en inglés, siluetas de copos de nieve en esta ciudad donde nunca ha nevado y donde diciembre, en particular, es la época de más sol. Pero de día las luces apagadas no adornaban: obstruían la mirada, ensuciaban, contaminaban. Los cables, suspendidos por encima de nuestras cabezas, cruzando la calzada de un lado al otro, eran como puentes colgantes, y en la plaza de Bolívar se encaramaban como plantas trepadoras a los postes, a las columnas jónicas del capitolio, a las paredes de la catedral. Las palomas, eso sí, tenían más cables donde descansar, y los vendedores de maíz no daban abasto para atender a los turistas, ni daban abasto los fotógrafos callejeros: hombres viejos de ruana y sombrero de fieltro que capturaban a sus clientes como se arría una vaca y luego, al momento de la foto, se cubrían con una manta negra, no porque se lo exigiera su aparato, sino porque eso era lo que los clientes esperaban. También estos fotógrafos eran sobrevivientes de otros tiempos, cuando no todo el mundo podía producir su propio retrato y la idea de comprar en la calle una foto que le han tomado a uno (muchas veces sin que uno se dé cuenta) no era completamente absurda.
Todo bogotano de una cierta edad tiene una foto de calle, la mayoría tomadas en la Séptima, antigua calle Real del Comercio, reina de todas las calles bogotanas; mi generación creció mirando esas fotos en los álbumes familiares, esos hombres de traje de tres piezas, esas mujeres de guantes y paraguas, gente de otra época en que Bogotá era más fría y más lluviosa y más doméstica, pero no menos ardua. Yo tengo entre mis papeles la foto que mi abuelo compró en los cincuenta y la que mi padre compró unos quince años después. No tengo, en cambio, la que Ricardo Laverde compró esa tarde, aunque la imagen persiste con tanta claridad en mi memoria que podría dibujarla con todas sus líneas si tuviera algún talento para el dibujo. Pero no lo tengo. Ése es uno de los talentos que no tengo.
Así que ésta era la diligencia que Laverde tenía que hacer. Después de dejarme caminó hasta la plaza de Bolívar y se hizo tomar uno de esos retratos deliberadamente anacrónicos, y al día siguiente llegó a los billares con el resultado en la mano: un papel de tonos sepia, firmado por el fotógrafo, en el cual aparecía un hombre menos triste o taciturno que de costumbre, un hombre del cual hubiera podido decirse, si la evidencia de los últimos meses no convirtiera la apreciación en una osadía, que se sentía contento.

La mesa todavía estaba cubierta por el forro de plástico negro, y sobre el forro Laverde puso la imagen, su propia imagen, y la miró fascinado: aparecía bien peinado, sin una arruga en el vestido, con la mano

derecha extendida y dos palomas picoteando en su palma; más atrás se adivinaba la mirada de una pareja de curiosos, ambos con morral y sandalias, y al fondo, muy al fondo, al lado de un carrito de maíz agrandado por la perspectiva, el Palacio de Justicia.

«Está muy bien», le dije. «¿Se la sacó ayer?»

«Sí, ayer mismo», dijo él, y sin más me explicó: «Es que viene mi esposa».
No me dijo la foto es un regalo. No aclaró por qué ese regalo tan curioso interesaría a su esposa. No se refirió a sus años en la cárcel, aunque para mí era evidente que esa circunstancia planeaba sobre toda la situación, un buitre sobre un perro moribundo.

Ricardo Laverde, en todo caso, actuaba como si nadie en el billar supiera de su pasado; sentí en el instante que esa ficción conservaba para nosotros un delicado equilibrio, y preferí mantenerla.

«¿Cómo así que viene?», pregunté. «¿Viene de dónde?»

«Ella es de Estados Unidos, la familia vive allá. Mi esposa está, bueno, digamos que está de visita.» Y luego: «¿Está bien la foto? ¿Le parece buena?».

«Me parece muy buena», le dije con algo de involuntaria condescendencia. «Sale muy elegante, Ricardo.»

«Muy elegante», dijo él.

«Así que está casado con una gringa», dije.

«Imagínese.»

«¿Y viene para Navidad?»

«Pues ojalá», dijo Laverde. «Ojalá que sí.»

«¿Por qué ojalá, no es seguro?»

«Bueno, tengo que convencerla primero. Es cuento largo, no me pida que le explique.»


Laverde quitó el forro negro de la mesa, no de un tirón, como hacían otros billaristas, sino doblándolo por partes, con meticulosidad, casi con afecto, como se dobla una bandera en un funeral de Estado.

Se agachó sobre la mesa, volvió a erguirse, buscó el mejor ángulo, pero después de todo el ceremonial acabó tacando con la bola equivocada. «Mierda», dijo, «perdón.»

Se acercó al tablero, preguntó cuántas carambolas había hecho, las marcó con la punta del taco (y rozó sin quererlo la pared blanca, dejando un lunar azul y oblongo junto a otros lunares azules acumulados a través del tiempo).

«Perdón», volvió a decir. Su cabeza, de repente, estaba en otra parte: sus movimientos, su mirada fija en las bolas de marfil que lentamente asumían sus nuevas posiciones sobre el paño, eran los de alguien que se ha ido, una especie de fantasma. Empecé a considerar la posibilidad de que Laverde y su esposa estuvieran divorciados, y entonces me llegó, como una epifanía, otra posibilidad más dura y por eso más interesante: su esposa no sabía que Laverde había salido de la cárcel. En un breve segundo, entre carambola y carambola, imaginé a un hombre que sale de una cárcel bogotana —la escena en mi imaginación tenía lugar en la Distrital, la última que había conocido como estudiante de Criminología— y que mantiene su salida en secreto para sorprender a alguien, una especie de Wakefield al revés, interesado en ver en la cara de su único familiar la expresión de amor sorprendido que todos hemos querido ver, o incluso hemos provocado con elaborados ardides, alguna vez en la vida.

«¿Y cómo se llama su esposa?», pregunté.

«Elena», me dijo.

«Elena de Laverde», dije yo como sopesando el nombre, y atribuyéndole el posesivo que casi toda la gente de esa generación seguía usando en Colombia.

«No», me corrigió Ricardo Laverde. «Elena Fritts. Nunca quisimos que se pusiera mi apellido. Una mujer moderna, ya ve.»

«¿Eso es moderno?»

«Bueno, en esa época era moderno. No cambiarse de apellido. Y como era gringa la gente se lo perdonaba.» Y entonces, con levedad repentina o recuperada: «Qué, ¿nos tomamos un traguito?».


Y así, entre trago y trago de un ron blanco que dejaba en la garganta un regusto de alcohol médico, se nos fue la tarde. A eso de las cinco ya el billar había dejado de importarnos, así que abandonamos los tacos sobre la mesa, metimos las tres bolas en el rectángulo de cartón de su cajita y nos sentamos en las sillas de madera, como espectadores o acompañantes o jugadores cansados, cada uno con su vaso alto de ron en la mano, moviéndolo de vez en cuando para que el hielo nuevo se mezclara bien, empañándolo cada vez más con nuestros dedos sucios de sudor y polvo de tiza.

Desde allí dominábamos la barra, la entrada a los baños y la esquina donde colgaba el televisor, y podíamos incluso comentar las jugadas de un par de mesas. En una de ellas cuatro jugadores que nunca habíamos visto, de guante de seda y taco desarmable, apostaban en un chico más de lo que nosotros gastábamos juntos en un mes. Fue allí, sentados uno al lado del otro, que Ricardo Laverde me dijo lo de no haber mirado a nadie a los ojos. También fue allí que algo comenzó a incomodarme acerca de Ricardo Laverde: una incoherencia profunda entre su dicción y sus modales, que nunca dejaban de ser elegantes, y su aspecto desgarbado, su economía precaria, su presencia misma en estos lugares donde busca algo de estabilidad la gente cuya vida, por la razón que sea, es inestable.

«Qué raro, Ricardo», le dije. «Nunca le he preguntado qué hace.»

«Es verdad, nunca», dijo Laverde. «Ni yo a usted tampoco. Pero es porque me lo imagino profesor, por aquí todos lo son, en el centro hay demasiadas universidades. ¿Es usted profesor, Yammara?»

«Sí», dije. «De Derecho.»

«Ah, qué bueno», dijo Laverde con una sonrisa ladeada. «En este país no hay suficientes abogados.»

Pareció que iba a decir algo más. No dijo nada.

«Pero no me ha contestado», insistí entonces. «Qué hace usted, a qué se dedica.»

Hubo un silencio. Qué cosas se le debieron de pasar por la cabeza en esos dos segundos: ahora, con el tiempo, puedo entenderlo. Qué cálculos, qué renuncias, qué reticencias.

«Soy piloto», dijo Laverde en una voz que yo no había oído nunca. «Fui piloto, mejor dicho. Lo que soy es un piloto retirado.»

«¿Piloto de qué?»

«Piloto de cosas que se pilotan.»

«Bueno, sí, ¿pero qué cosas? ¿Aviones de pasajeros? ¿Helicópteros de vigilancia? Es que yo de esto...»

«Mire, Yammara», me cortó con voz pausada pero firme a la vez, «yo mi vida no se la cuento a cualquiera. No confunda el billar con la amistad, hágame el favor».


Hubiera podido ofenderme, pero no lo hizo: en sus palabras, detrás de la agresividad repentina y más bien gratuita, había un ruego. Después de la respuesta grosera vinieron esos gestos de arrepentimiento o de reconciliación, un niño llamando la atención de maneras desesperadas, y yo perdoné la grosería como se le perdona a un niño.

Cada cierto tiempo venía don José, el encargado del local: un hombre grueso y calvo, envuelto en un delantal de carnicero, que nos llenaba los vasos de hielo y de ron y enseguida volvía a su banca de aluminio, al lado de la barra, para enfrentarse al crucigrama de El Espacio. Yo pensaba en Elena de Laverde, la esposa. Un día cualquiera de un año cualquiera, Ricardo salió de su vida y entró en la cárcel. ¿Pero qué había hecho para merecerlo? ¿Y no lo había visitado su esposa en todos esos años? ¿Y cómo acababa un piloto pasando los días en los billares del centro bogotano y gastándose la plata en apuestas? Tal vez fue aquélla la primera vez que pasó por mi cabeza, si bien de forma intuitiva y rudimentaria, la misma idea que se repetiría después, encarnada en palabras distintas o a veces sin necesidad de palabras: Este hombre no ha sido siempre este hombre. Este hombre era otro hombre antes.


Estaba ya oscuro cuando salimos. No tengo el inventario preciso de lo bebido en los billares, pero sé que el ron se nos había subido a la cabeza, y las aceras de La Candelaria se habían vuelto incluso más estrechas. Apenas se podía caminar en ellas: la gente salía de las miles de oficinas del centro para irse a casa, o entraba en los almacenes para comprar regalos navideños, o formaba coágulos en las esquinas, mientras esperaba una buseta.

Lo primero que hizo Ricardo Laverde al salir fue tropezar con una mujer de sastre color naranja (o de un color que allí, bajo las luces amarillas, parecía naranja). «Mire a ver, bobo», le dijo la mujer, y entonces me resultó evidente que dejarlo llegar a su casa en ese estado era irresponsable o incluso riesgoso. Me ofrecí a acompañarlo y él aceptó, o por lo menos no se negó de ninguna manera perceptible.


En cuestión de minutos estábamos pasando frente al portón cerrado de la iglesia de La Bordadita, y a partir de un momento la muchedumbre quedó atrás, como si hubiéramos entrado en otra ciudad, una ciudad en toque de queda. La Candelaria profunda es un lugar fuera del tiempo: en toda Bogotá, sólo en ciertas calles de esa zona es posible imaginar cómo era la vida hace un siglo. Y fue durante esa caminata que Laverde me habló por primera vez como se le habla a un amigo. Al principio pensé que inténtate congraciarse conmigo después de la gratuita descortesía de antes (el alcohol suele provocar estos arrepentimientos, estas íntimas culpas); luego me pareció que había algo más, una tarea urgente cuyas motivaciones yo no alcanzaba a comprender, un deber inaplazable. Le seguí la corriente, claro, como se les sigue la corriente a todos los borrachos del mundo cuando empiezan a contar sus historias de borrachos.

«Esta mujer es todo lo que tengo», me dijo.

«¿Elena?», dije yo. «¿Su esposa?»

«Es todo, todo lo que tengo. No me pida que le dé detalles, Yammara, para nadie es fácil hablar de sus errores. Y yo tengo los míos, como todos. La he cagado, claro. La he cagado mucho. Usted es muy joven, Yammara, tan joven que tal vez siga virgen en esto de los errores. No me refiero a haberle puesto los cachos a su noviecita, no es eso, no me refiero a haberse comido a la noviecita de su mejor amigo, ésas son cosas de niños. Me refiero a los errores de verdad, Yammara, eso es una vaina que usted no conoce todavía. Y mejor. Aproveche, Yammara, aproveche mientras pueda: uno es feliz hasta que la caga de cierta forma, luego no hay manera de recuperar eso que uno era antes. Bueno, eso es lo que voy a confirmar en estos días. Elena va a venir y yo voy a tratar de recuperar lo que había antes. Elena era el amor de mi vida. Y nos separamos, no queríamos separarnos, pero nos separamos. La vida nos separó, la vida hace esas cosas. Yo la cagué. La cagué y nos separamos. Pero lo que importa no es cagarla, Yammara, óigame bien, lo que importa no es cagarla, sino saber remediar la cagada. Aunque haya pasado el tiempo, los años que sean, nunca es tarde para remendar lo que uno ha roto. Y eso es lo que voy a hacer. Elena viene ahora y eso es lo que voy a hacer, ningún error puede durar para siempre. Todo esto fue hace mucho tiempo, muchísimo tiempo. Usted ni había nacido, creo yo. Pongamos 1970, más o menos. ¿Usted cuándo nació?»

«En el 70, sí», dije. «Exactamente.»

«¿Seguro?»

«Seguro.»

«¿No nació en el 71?» «No», dije. «En el 70.»

«Bueno, pues eso. En ese año pasaron muchas cosas. En los años siguientes también, claro, pero sobre todo en ese año. Ese año nos cambió la vida. Yo dejé que nos separaran, pero lo que importa no es eso, Yammara, óigame bien, lo que importa no es eso, sino lo que va a pasar ahora. Elena viene ahora y eso es lo que voy a hacer, arreglar las vainas. No puede ser tan difícil, ¿no? ¿Cuánta gente conoce uno que ha arreglado el caminado a mitad de camino? Mucha gente, ¿o no? Pues eso voy a hacer yo. No puede ser tan difícil.»
Todo eso me dijo Ricardo Laverde. Estábamos solos al llegar a su calle, tan solos que habíamos comenzado, sin darnos cuenta, a caminar por el medio de la calzada. Una carreta atiborrada de periódicos viejos y tirada por una mula famélica pasó bajando, y el hombre que llevaba las riendas (la cabuya anudada que hacía las veces de riendas) tuvo que silbar para no pasarnos por encima.

Recuerdo el olor de la mierda del animal, aunque no recuerdo que cagara en ese preciso momento, y recuerdo también la mirada de un niño que iba detrás, sentado en las tablas de madera con los pies colgando. Y luego me recuerdo estirando una mano para despedirme de Laverde y quedándome con la mano en el aire, más o menos como aquella otra mano cubierta de palomas en la foto de la plaza de Bolívar, porque Laverde me dio la espalda y, abriendo un portón con una llave de otros tiempos, me dijo:

«No me diga que se va a ir ahora. Entre y se toma el último, joven, ya que estamos hablando tan rico.»

«Es que yo tenía que irme, Ricardo.»

«Uno no tiene sino que morirse», dijo él, la lengua un poco torpe. «Un traguito y no más, le juro. Ya que se pegó el viaje hasta este sitio dejado de Dios.»
Habíamos llegado frente a una vieja casa colonial de un solo piso, no cuidada como un escenario cultural o histórico, sino decadente y triste, una de esas propiedades que pasan de generación en generación a medida que las familias se empobrecen, hasta que el último de la línea la vende para salir de una deuda o la pone a producir como pensión o prostíbulo. Laverde estaba de pie en el umbral y mantenía el portón abierto con un pie, en uno de esos equilibrios precarios que sólo un buen borracho logra. Al fondo alcancé a ver un corredor de suelos de ladrillo y luego el patio colonial más pequeño que he visto nunca. En el centro del patio, en lugar de la tradicional fuente, había un tendedero de ropa, y las paredes de cal del corredor estaban adornadas con calendarios de mujeres desnudas.

Yo había estado en otras casas parecidas, así que pude imaginar lo que había más allá del corredor oscuro: imaginé habitaciones de puertas de madera verde que se cierran con candado como un cobertizo, e imaginé que en uno de esos cobertizos de tres por dos, alquilado por semanas, vivía Ricardo Laverde. Pero era tarde, yo tenía que pasar mis notas al día siguiente (cumplir con la insoportable burocracia universitaria, eso no da tregua), y caminar por ese barrio, pasada cierta hora de la noche, era provocar demasiado a la suerte.

Laverde estaba borracho y se había embarcado en unas confidencias cuya cercanía yo no había previsto, y me di cuenta en ese momento de que una cosa era preguntarle qué tipo de máquinas pilotaba y otra, muy distinta, meterme con él en su cuartucho diminuto para verlo llorar por los amores perdidos.
Nunca me ha resultado fácil la intimidad, y mucho menos con otros hombres. Todo lo que Laverde me fuera a contar entonces, pensé, me lo podría contar también al día siguiente, al aire libre o en lugares públicos, sin vacuas camaraderías ni llantos en mi hombro, sin frívolas solidaridades masculinas. El mundo no se va a acabar mañana, pensé. Ni a Laverde se le va a olvidar su vida. Así que no me sorprendió demasiado oírme decir:

«De verdad que no, Ricardo. Para otra vez será.»

Él se quedó quieto un instante.

«Pues sí», dijo entonces.

Si su decepción fue grande, no lo demostró. Ya dándome la espalda, cerrando el portón tras de sí, me espetó: «Será para otra vez».
Por supuesto que si hubiera sabido entonces lo que sé ahora, si hubiera podido prever la manera en que Ricardo Laverde marcaría mi vida, no lo habría pensado dos veces. Desde entonces me he preguntado con frecuencia qué habría pasado si hubiera aceptado la invitación, qué me habría contado Laverde si yo hubiera entrado para tomar el último trago que nunca es el último, cómo habría modificado eso lo que vino después.

Pero son todas preguntas inútiles. No hay manía más funesta, ni capricho más peligroso, que la especulación o la conjetura sobre los caminos que no tomamos.

Tardé mucho en volver a verlo. Un par de veces pasé por los billares durante los días que siguieron, pero mis rutinas no coincidieron con las suyas. Entonces, justo cuando se me ocurrió que podía pasar a visitarlo a su casa, me enteré de que se había ido de viaje. No supe adonde, ni con quién; pero una tarde Laverde había pagado sus deudas de juego y de bebida, había anunciado unas vacaciones y al día siguiente se había esfumado como la racha de suerte de un apostador compulsivo. Así que también yo dejé de frecuentar ese lugar que, en ausencia de Laverde, perdió de repente todo interés.
La universidad cerró por vacaciones, y toda esa rutina que gira alrededor de la cátedra y los exámenes quedó suspendida, y sus lugares desiertos (los salones sin voces, las oficinas sin ajetreos). Fue durante ese interludio que Aura Rodríguez, una antigua alumna con quien llevaba saliendo ya varios meses de manera más o menos secreta y en todo caso cautelosa, me dijo que estaba embarazada.

Aura Rodríguez. En el desorden de sus apellidos había un Aljure y un Hadad, y esa sangre libanesa estaba en sus ojos profundos y en el puente de las cejas espesas y en la estrechez de su frente, un conjunto que hubiera dado la impresión de seriedad o aun mal genio en alguien menos dado a la extraversión y a la afabilidad. Sus sonrisas fáciles, sus ojos atentos hasta la impertinencia, desarmaban o neutralizaban unas facciones que, por más bellas que fueran (y sí, eran bellas, eran muy bellas), podían volverse duras y aun hostiles con un leve fruncimiento del ceño, con una cierta manera de entreabrir los labios para respirar por la boca en momentos de tensión o enfado.


Aura me gustaba, por lo menos en parte, porque su biografía tenía poco en común con la mía, empezando por el desarraigo de su niñez: los padres de Aura, caribeños los dos, habían llegado a Bogotá con la niña en brazos, pero nunca lograron sentirse a gusto en esta ciudad de gente solapada y ladina, y con los años acabaron aceptando una oportunidad de trabajo en Santo Domingo y luego otra en México y luego una muy breve en Santiago de Chile, de manera que Aura salió de Bogotá siendo todavía muy pequeña y su adolescencia fue una suerte de circo itinerante y, a la vez, de sinfonía permanentemente inconclusa.
La familia de Aura volvió a Bogotá a comienzos de 1994, semanas después de que mataran a Pablo Escobar; ya la década difícil había terminado, y Aura viviría para siempre en la ignorancia de lo que vimos y escuchamos quienes estuvimos aquí. Más tarde, cuando la jovencita desarraigada se presentó en la universidad para dar la entrevista de admisión, el decano de la facultad le hizo la misma pregunta que hacía a todos los aspirantes: ¿por qué Derecho? La respuesta de Aura dio bandazos aquí y allá, pero acabó con una razón menos relacionada con el futuro que con el inmediato pasado: «Para poder quedarme quieta en un mismo sitio». Los abogados sólo pueden ejercer allí donde han estudiado, dijo Aura, y esa estabilidad le parecía impostergable. No lo dijo en ese momento, pero ya sus padres comenzaban a planear el siguiente viaje, y Aura había decidido que no sería parte de él.
De manera que se quedó sola en Bogotá, viviendo con dos barranquilleras en un apartamento de pocos muebles baratos donde todo, comenzando por las inquilinas, tenía un carácter transitorio.

Y comenzó a estudiar Derecho. Fue alumna mía durante mi primer año como profesor, cuando también yo era un novato; y no volvimos a vernos después de terminado ese curso, a pesar de compartir los mismos corredores, a pesar de frecuentar a menudo los mismos cafés de estudiantes del centro, a pesar de habernos saludado alguna vez en la Legis o en la Temis, las librerías de los abogados con su aire de oficina pública y sus burocráticas baldosas blancas olorosas a detergente.


Una tarde de marzo nos encontramos en un cine de la calle 24; nos pareció gracioso que ambos estuviéramos solos viendo películas en blanco y negro (había un ciclo de Buñuel, esa tarde daban Simón del desierto, me dormí a los quince minutos).intercambiamos teléfonos para tomarnos un café al día siguiente, y al día siguiente dejamos el café a medio tomar cuando nos dimos cuenta, en plena conversación banal, de que no nos interesaba contarnos las vidas, sino irnos a algún lugar donde pudiéramos acostarnos y pasar el resto de la tarde mirándonos los cuerpos que llevábamos imaginando, cada uno por su cuenta, desde que nos habíamos cruzado por primera vez en el espacio frígido de las aulas.

Yo recordaba la voz ronca y las clavículas marcadas; me sorprendieron las pecas entre los senos (había imaginado una piel clara y lisa como la de la cara) y me sorprendió también la boca que siempre, por razones científicamente inexplicables, estaba fría.


Pero luego la sorpresa y las exploraciones y los descubrimientos y los extravíos cedieron el paso a otra situación, acaso más sorprendente, por impredecible.

Durante los días siguientes continuamos viéndonos sin descanso y constatando que nuestros mundos respectivos no cambiaban demasiado tras nuestros encuentros clandestinos, que nuestra relación no afectaba el lado práctico de nuestras vidas ni para bien ni para mal, sino que coexistía con nosotros, como una carretera paralela, como una historia vista en los episodios de una serie de televisión. Nos dimos cuenta de lo poco que nos conocíamos, o en todo caso me di cuenta yo.

Pasé mucho tiempo descubriendo a Aura, aquella mujer extraña que se acostaba conmigo en las noches y comenzaba a soltar anécdotas propias o ajenas, y al hacerlo fabricaba para mí un mundo absolutamente novedoso donde la casa de una amiga olía a dolor de cabeza, por ejemplo, o donde un dolor de cabeza podía perfectamente saber a helado de guanábana. «Es como estar con una enferma de sinestesia», le decía yo. Nunca había visto que alguien se llevara un regalo a la nariz antes de abrirlo, aunque fuera evidentemente un par de zapatos, o un anillito, un pobre anillo inocente.

«¿A qué huele un anillo?», le decía a Aura. «No huele a nada, ésa es la verdad. Pero a ti no hay manera de explicarte eso.»


Así, sospecho, hubiéramos podido seguir toda la vida. Pero cinco días antes de Navidad Aura se me apareció arrastrando una maleta roja, de ruedas pequeñas, llena de bolsillos por todas partes.

«Tengo seis semanas», me dijo. «Quiero que pasemos las fiestas juntos, después vemos qué hacemos.»

En uno de esos bolsillos había un despertador digital y una bolsa que no contenía lápices, como pensé, sino maquillaje; en otro, una foto de los padres de Aura, que para ese momento estaban bien instalados en Buenos Aires. Ella sacó la foto y la puso boca abajo sobre una de las dos mesitas de noche, y sólo le dio la vuelta cuando le dije que sí, que pasáramos las fiestas juntos, que eso era una buena idea. Entonces —la imagen está muy viva en mi memoria— se echó sobre la cama, sobre mi cama tendida, y cerró los ojos y empezó a hablar.

«La gente no me cree», dijo. Pensé que se refería al embarazo y dije:

«¿Quién? ¿A quién le has contado?». «Cuando hablo de mis padres», dijo Aura. «No me creen.»

Me recosté junto a ella y crucé los brazos por detrás de la cabeza y la escuché.

«No me creen, por ejemplo, cuando digo que no entiendo para qué me tuvieron a mí, si con ellos mismos tenían suficiente. Siguen teniendo suficiente. Se bastan a sí mismos, es eso. ¿Tú has sentido eso? ¿Que estás con tus papas y de repente sobras, de repente estás de más? A mí me pasa mucho, o me pasó mucho hasta que pude vivir sola, y es raro, estar con tus papas y que ellos comiencen a mirarse con esa mirada que tú ya has identificado y que se mueran de la risa entre los dos y tú no sepas de qué se ríen, y peor, que no te sientas con derecho a preguntar. Es una mirada que me aprendí de memoria hace tiempo, no es complicidad, es algo que va mucho más allá, Antonio. Más de una vez me tocó de niña, en México o en Chile, más de una vez. En una comida, con invitados que no les caían bien y que de todas formas invitaban, o en la calle cuando se encontraban con alguien que decía idioteces, de repente yo podía adelantarme cinco segundos y pensar ahora viene la mirada, y efectivamente, cinco segundos después se movían las cejas, se encontraban los ojos, y yo les veía en la cara esa sonrisa que nadie más veía y que ellos usaban para burlarse de la gente como yo no he visto nunca a nadie burlarse de nadie más. ¿Cómo sonríe uno sin que se vea la sonrisa? Ellos podían, Antonio, te juro que no exagero, yo crecí con esas sonrisas. ¿Por qué me molestaba tanto? Todavía me molesta, ¿por qué tanto?»
No había tristeza en sus palabras, sino irritación o más bien enfado, el enfado de quien ha sufrido un engaño por desatención o negligencia, sí, eso era, el enfado de quien se ha dejado embaucar.

«He estado acordándome de algo», dijo entonces. «Yo tenía catorce o quince años, estábamos a punto de irnos de México. Era un viernes, día de colegio, y yo decidí dejarme llevar por unas amigas que no estaban muy de ánimo para la geografía o las matemáticas. íbamos cruzando un parque, era el parque San Lorenzo, el nombre no importa. Y entonces vi a un señor muy parecido a mi papá, pero en un carro que no era el de mi papá. Paró en la esquina, mirando hacia la avenida, y entonces se montó al carro una señora muy parecida a mi mamá, pero vestida con ropas que no eran de mi mamá y con el pelo rojo que mi mamá no tenía. Eso pasaba del otro lado del parque, la única opción que tenían era dar la curva muy despacio y pasar por delante de donde estábamos nosotras. Yo no sé en qué estaba pensando cuando les hice señas de que pararan, pero es que la impresión del parecido era demasiado fuerte. Así que ellos pararon, yo en el andén y el carro en la calle, y de cerca me di cuenta inmediatamente de que eran ellos, eran papá y mamá. Y les sonreí, les pregunté qué pasaba, y ahí comenzó el miedo: ellos me miraron y me hablaron como si no me conocieran, como si nunca me hubieran visto. Como si yo fuera una de mis amigas.


Luego he entendido que estaban jugando. Un marido que se encuentra en la calle con una puta cara. Estaban jugando y no podían dejar que yo dañara el juego.

Y esa noche, todo normal: comimos en familia, vimos televisión, todo. No dijeron nada.

Yo estuve unos días pensando en lo que había pasado, pensando sin entenderlo y sintiendo algo que no había sentido nunca, sintiendo miedo, pero miedo de qué, ¿no es absurdo?»

Tomó una bocanada de aire (sus labios apretados sobre los dientes) y susurró:

«Y ahora yo voy a tener un hijo. Y no sé si estoy lista, Antonio. No sé si estoy lista».
«Yo creo que sí», le dije yo.
También lo mío fue un susurro, según lo recuerdo. Y luego vino otro: «Trae todo», le dije. «Estamos listos.» Por todo comentario, Aura empezó a llorar con un llanto callado pero sostenido que sólo cesó con el sueño.
El de 1995 fue un final de año típicamente sabanero, con ese cielo azul intenso que se ve en las tierras altas de los Andes, con esas madrugadas en que la temperatura suele bajar de los cero grados y el aire seco llega a quemar los cafetales, y en cambio el resto del día es soleado y caluroso y la luz es tan clara que uno termina con la piel enrojecida en la nuca y en los pómulos.

Durante ese tiempo me dediqué a Aura con la constancia —no: la monomanía— de un adolescente. Los días los pasábamos caminando por recomendación del médico y dando largas siestas (ella), leyendo lamentables trabajos de investigación (yo) o viendo en casa películas piratas que se anticipaban en varios días a los estrenos de la exigua cartelera (ambos). Por las noches Aura me acompañaba a las novenas que daban mis familiares o mis amigos, y bailábamos y tomábamos cerveza sin alcohol y encendíamos rodachinas y volcanes de pólvora, y lanzábamos voladores que estallaban con estrépitos de colores en el amarillento cielo nocturno de la ciudad, esa oscuridad que nunca es perfecta. Y nunca, nunca me pregunté qué estaría haciendo en el mismo instante Ricardo Laverde, si también él rezaría las novenas, si también habría pólvora en ellas y si él lanzaría voladores o encendería rodachinas, y si lo haría solo o en qué compañía.


La mañana que siguió a una de esas novenas, una mañana nublada y oscura, Aura y yo tuvimos nuestra primera ecografía. Aura había estado a punto de cancelarla, y lo habría hecho si ello no hubiera implicado esperar veinte días más para tener noticias de la criatura, con los riesgos que eso implica. Pues no era una mañana como cualquiera, no era un 21 de diciembre como cualquier otro 21 de diciembre de cualquier otro año: desde primeras horas de la madrugada las emisoras y los periódicos nos habían contado que el vuelo 965 de American Airlines, proveniente de Miami y con destino final en el aeropuerto internacional Alfonso Bonilla Aragón de la ciudad de Cali, se había estrellado la noche anterior contra la ladera oeste de la montaña El Diluvio.

Llevaba ciento cincuenta y cinco pasajeros a bordo, muchos de los cuales ni siquiera iban a Cali, sino que pretendían tomar en conexión el último vuelo de la noche hacia Bogotá. Al momento de la noticia se habían contabilizado sólo cuatro sobrevivientes, todos con heridas graves, y no se superaría esa cifra. Yo supe de los infaltables detalles —que el avión era un 757, que la noche era limpia y estrellada, que comenzaba a hablarse de un error humano— por la noticia que se anunció en todas las emisoras. Lamenté el accidente, sentí toda la simpatía de que soy capaz por la gente que esperaba a sus familiares para pasar con ellos las fiestas, o la que, en su silla del avión, comprende de un momento al otro que no llegará, que está viviendo sus últimos segundos. Pero fue una simpatía efímera y distraída, y de seguro se había extinguido cuando entramos al cubículo estrecho donde Aura, acostada sin camisa, y yo, de pie junto a la pantalla, recibimos la noticia de que tendríamos una niña y de que esa niña, que en aquel instante medía siete milímetros, gozaba de perfecta salud. En la pantalla negra había una suerte de universo luminoso, de confusa constelación en movimiento donde, nos decía la mujer de la bata blanca, estaba nuestra niña: esa isla en el mar —cada uno de sus siete milímetros— era ella. Bajo el resplandor eléctrico de la pantalla vi a Aura sonreír, y esa sonrisa, mucho me temo, no se me olvidará mientras viva. Luego la vi llevarse un dedo al vientre para untárselo con el gel azul que había usado la enfermera. Y luego la vi llevarse el dedo a la nariz, para olerlo y clasificarlo según las reglas de su mundo, y ver aquello fue absurdamente satisfactorio, como una moneda encontrada por la calle.


No recuerdo haber pensado en Ricardo Laverde allí, durante la ecografía, cuando Aura y yo escuchamos, perfectamente estupefactos, el sonido de un corazón demasiado acelerado. No recuerdo haber pensado en Ricardo Laverde después, mientras Aura y yo anotábamos nombres de mujer en el mismo sobre blanco de hospital en que nos habían entregado el informe escrito de la ecografía. No recuerdo haber pensado en Ricardo Laverde al leer en voz alta ese informe, al enterarnos de que nuestra niña estaba en posición intrauterina fúndica y su forma era regular oval, palabras que a Aura le sacaron violentas carcajadas en mitad del restaurante.
No recuerdo haber pensado en Ricardo Laverde ni siquiera al hacer el inventario mental de todos los padres de niñas que conocía, un poco para averiguar si el nacimiento de una niña tiene algún efecto predecible en la gente, o para comenzar la búsqueda de consejeros o posibles apoyos, como si intuyera desde ya que lo que se me venía encima era la experiencia más intensa, más misteriosa, más impredecible que me tocaría vivir. En realidad, no recuerdo con certeza qué pensamientos pasaron por mi cabeza ese día o los días que siguieron —mientras el mundo hacía el tránsito lento y perezoso entre un año y el siguiente— como no fueran los de mi próxima paternidad. Yo estaba esperando una niña, a mis veintiséis años estaba esperando una niña, y ante el vértigo de mi juventud sólo se me ocurría pensar en mi padre, que a mi edad ya nos había tenido a mí y a mi hermana, y eso que mi madre y él habían comenzado con la pérdida de su primer embarazo. Yo no sabía aún que un viejo novelista polaco había hablado mucho tiempo atrás de la línea de sombra, ese momento en que un hombre joven se convierte en dueño de su propia vida, pero eso era lo que sentía mientras mi niña crecía en el vientre de Aura: sentía que estaba a punto de transformarse en una criatura nueva y desconocida cuyo rostro no alcanzaba a ver, cuyos poderes no podía medir, y sentía también que después de la metamorfosis no habría vuelta atrás.
Para decirlo de otro modo y sin tanta mitología: sentía que algo muy importante y también muy frágil había caído bajo mi responsabilidad, y sentía, improbablemente, que mis capacidades estaban a la altura del reto. No me sorprende ahora que haya tenido apenas una vaga noción de vivir en el mundo real durante esos días, pues mi memoria caprichosa los ha privado de todo significado o relevancia que no tenga relación con el embarazo de Aura.
El 31 de diciembre, de camino para una fiesta de Año Nuevo, Aura iba revisando la lista de nombres, una página amarilla de líneas horizontales rojas y doble margen verde, repleta de tachones y subrayados y comentarios marginales, que nos habíamos acostumbrado a llevar con nosotros y que sacábamos en esos tiempos muertos —las filas de un banco, las salas de espera, los célebres trancones de Bogotá— en que otros leen una revista o imaginan vidas ajenas o imaginan mejores versiones de sus propias vidas. De la larga columna de los candidatos habían sobrevivido pocos nombres, todos junto a la correspondiente anotación o prejuicio de la futura madre.
Martina (pero es nombre de tenista)

Carlota (pero es nombre de emperatriz)


Íbamos por la autopista hacia el norte, pasando por debajo del puente de la calle 100. Había un accidente más adelante y el tráfico se había detenido casi por completo. Nada de eso parecía importarle a Aura, metida como estaba en las consideraciones sobre el nombre de nuestra niña.

Sonó en alguna parte la sirena de una ambulancia; consulté los retrovisores, tratando de encontrar la licuadora de luces rojas que pide paso, que se abre camino, pero no vi nada. Fue entonces que Aura me dijo:

«¿Y qué tal Leticia? Creo que así se llamaba una bisabuela, o algo.»

Repetí el nombre una o dos veces, sus largas vocales, sus consonantes que mezclaban vulnerabilidad y firmeza.

«Leticia», dije. «Sí, me parece.»

De manera que yo era un hombre cambiado el primer día hábil del año, cuando llegué a los billares de la calle 14 y me encontré con Ricardo Laverde, y recuerdo muy bien que llevaba una sola emoción en el pecho: simpatía por él y por su esposa, la señora Elena Fritts, y un deseo intenso, más intenso de lo que nunca hubiera previsto, de que su encuentro durante las fiestas hubiera tenido las mejores consecuencias. Ya había comenzado su chico, de manera que yo formé otro grupo, en otra mesa, y comencé a jugar por mi cuenta. Laverde no me miraba; me trataba como si nos hubiéramos visto la noche anterior. En algún momento de la tarde, pensé, los demás clientes se irían dispersando, y los mismos de siempre terminaríamos la tarde como en un baile de sillas. Ricardo Laverde y yo nos encontraríamos, jugaríamos un rato y luego, con algo de suerte, reanudaríamos la conversación de antes de Navidad. Pero no fue así. Cuando terminó de jugar lo vi devolver el taco a la rejilla, lo vi comenzar a caminar hacia la salida, lo vi arrepentirse, lo vi acercarse a la mesa donde yo terminaba de tacar. A pesar del sudor profuso de su frente, a pesar del cansancio que bañaba su rostro, no hubo en su saludo nada que me causara preocupación.

«Feliz año», me dijo desde lejos, «¿cómo lo trataron las fiestas?». Pero no me dejó contestarle, o bien de alguna manera interrumpió mi respuesta, o hubo algo en su tono o en sus ademanes que me hizo pensar que su pregunta era retórica, una de esas cortesías vacuas que hay siempre entre bogotanos y que no esperan una contestación meditada o sincera.

Laverde se sacó del bolsillo un cassette negro de apariencia anticuada, cuya única identificación era una etiqueta de color naranja y, en la etiqueta, la palabra BASF. Me lo mostró sin separar demasiado el brazo del cuerpo, como alguien que ofrece una mercancía ilegal, unas esmeraldas en la plaza, una papeleta de droga junto a los juzgados penales.

«Oiga, Yammara, tengo que oír esto», me dijo. «¿Usted no sabe quién me puede prestar un aparato?»

«¿Don José no tiene una grabadora?»

«No, no tiene nada», dijo. «Y a mí esto me urge.» Le dio dos golpecitos a la carcasa plástica del cassette. «Y además es privado.»

«Bueno», dije. «Hay un sitio a dos cuadras, nada se pierde con pedir.»


Estaba pensando en la Casa de Poesía, la vieja residencia del poeta José Asunción Silva, ahora convertida en un centro cultural donde se hacían lecturas y talleres. Yo solía frecuentar ese lugar; lo había hecho durante toda la carrera. Uno de sus salones era un lugar único en Bogotá: allí, los letraheridos de todas las calañas iban a sentarse en sofás de cuero mullido, junto a equipos de sonido de una cierta modernidad, y escuchaban hasta cansarse grabaciones ya legendarias: Borges en la voz de Borges, García Márquez en la voz de García Márquez, León de Greiff en la voz de León de Greiff. Silva y su obra estaban en boca de todos por esos días, pues en este 1996 que comenzaba se iban a conmemorar los cien años de su suicidio. «Este año», había leído yo en la columna de opinión de un reconocido periodista, «se le harán estatuas en toda la ciudad, y todos los políticos se van a llenar la boca con su nombre, y todo el mundo va a ir por ahí recitando el Nocturno, y todos van a llevarle flores a la Casa de Poesía. Y a Silva, esté donde esté, le parecerá curioso: esta sociedad pacata que tanto lo humilló, que lo señaló con el dedo cada vez que pudo, rindiéndole ahora homenajes como si se tratara de un jefe de Estado.

A la clase dirigente de nuestro país, farsante y embustera, siempre le ha gustado apropiarse de la cultura. Y así va a pasar con Silva: se van a apropiar de su memoria. Y sus lectores de verdad pasarán todo el año preguntándose por qué carajos no lo dejarán en paz». No es imposible que haya tenido esa columna en mente (en alguna parte oscura de la mente, al fondo, muy al fondo, en el archivo de las cosas inútiles) al momento de escoger ese lugar, y no otro cualquiera, para llevar a Laverde.


Caminamos las dos cuadras sin decir palabra, con la mirada en el cemento roto de la acera o en los cerros de color verde oscuro que se levantaban a lo lejos, erizados de eucaliptos y también de postes de teléfono como las escamas de un monstruo de Gila. Al llegar a la puerta de entrada y subir los peldaños de piedra, Laverde me dejó entrar primero: nunca había estado en un lugar semejante, y actuaba con los recelos, las suspicacias, de un animal en un ambiente peligroso.

En la sala de los sofás quedaban dos estudiantes de colegio, una pareja de adolescentes que escuchaban la misma grabación y cada cierto tiempo se miraban y se reían con una risa obscena, y un hombre de traje y corbata, con un maletín de cuero desteñido sobre sus piernas, que roncaba sin pudor. Le expliqué la situación a la encargada, una mujer acostumbrada sin duda a exotismos mayores, y ella me escrutó con sus ojos achinados, pareció reconocerme o identificarme con el usuario de tantas otras veces, y extendió una mano.


«A ver, muestre pues», dijo sin entusiasmo. «Qué es lo que quieren poner.»
Laverde le entregó el cassette como quien rinde las armas, y cuando lo hizo fueron visibles sus dedos manchados con el azul de la tiza del billar. Se fue a sentar, sumiso como yo nunca lo había visto, al sillón que la mujer le indicó; se puso los audífonos, se recostó y cerró los ojos. Mientras tanto, yo buscaba en qué ocupar los minutos de la espera, y mi mano escogió los poemas de Silva como hubiera podido escoger cualquier otra grabación (habré cedido a la superstición de los aniversarios). Me senté en mi sillón, cogí los audífonos que me correspondían, me los acomodé con esa sensación de ponerme más allá o más acá de la vida real, de comenzar a vivir en otra dimensión. Y cuando empezó a sonar el Nocturno, cuando una voz que no supe identificar —un barítono que rozaba el melodrama— leyó ese primer verso que todo colombiano ha dicho en voz alta alguna vez, me di cuenta de que Ricardo Laverde estaba llorando. Una noche toda llena de perfumes, decía el barítono sobre un fondo de piano, y a pocos pasos de mí Ricardo Laverde, que no estaba oyendo los versos que oía yo, se pasaba el dorso de la mano por los ojos, luego la manga entera, De murmullos y de música de alas. Los hombros de Ricardo Laverde comenzaron a sacudirse; bajó la cabeza, juntó las manos como quien reza. Y tu sombra, fina y lánguida, decía Silva en la voz del barítono melodramático, Y mi sombra, por los rayos de la luna proyectada.
Yo no sabía si mirar o no a Laverde, si dejarlo solo con su pena o ir y preguntarle qué le ocurría. Recuerdo haber pensado que podría por lo menos quitarme los audífonos, una manera como cualquier otra de abrir un espacio entre Laverde y yo, de invitarlo a que me hablara; y recuerdo haber decidido lo contrario, haber preferido la seguridad y el silencio de mi grabación, donde la melancolía del poema de Silva me entristecía sin arriesgarme. Pensé que la tristeza de Laverde estaba llena de riesgos, tuve miedo de lo que esa tristeza contenía, pero la intuición no me alcanzó para entender lo que había sucedido. No recordé a la mujer que Laverde había estado esperando, no recordé su nombre, no lo asocié con el accidente de El Diluvio, sino que me quedé donde estaba, en mi sillón y con mis audífonos, tratando de no interrumpir la tristeza de Ricardo Laverde, e incluso cerré los ojos para no molestarlo con mi mirada indiscreta, para permitirle una cierta intimidad en medio de aquel lugar público.

En mi cabeza, y sólo en mi cabeza, Silva decía Y eran una sola sombra larga. En mi mundo sin ruido, donde todo estaba lleno de la voz del barítono y de las palabras de Silva y del piano decadente que las envolvía, pasó un tiempo que se alarga en mi memoria. Quienes oyen poesía saben que eso puede suceder, el tiempo marcado por los versos como por un metrónomo y a la vez estirándose y dispersándose y confundiéndonos como el tiempo de los sueños. Cuando abrí los ojos, Laverde ya no estaba.


«¿Adonde se fue?», dije con los audífonos todavía puestos. Mi voz me llegó desde lejos, y tuve la reacción absurda de quitarme los audífonos y volver a hacer la pregunta, como si la encargada no la hubiera oído bien la primera vez.

«¿Quién?», me dijo ella.

«Mi amigo», dije. Era la primera vez que lo describía en esos términos, y de repente me sentí ridículo: no, Laverde no era mi amigo. «El que estaba ahí sentado.»

«Ah, pues yo no sé, no dijo nada», repuso ella. Entonces se dio la vuelta, revisó los equipos de sonido; con desconfianza, como si yo le estuviera reclamando algo, añadió: «Y el cassete se lo devolví a él, ¿oyó? Pregúntele si quiere».


Salí de la sala y di una vuelta rápida al lugar. La casa donde José Asunción Silva había vivido sus últimos días tenía un patio luminoso en el medio, separado de los corredores que lo enmarcaban por ventanas de vidrio delgado que no habían existido en tiempos del poeta y que ahora protegían a los visitantes de la lluvia: mis pasos, en esos corredores silenciosos, resonaban sin eco. Laverde no estaba en la biblioteca, ni sentado en las bancas de madera, ni en la sala de conferencias. Tenía que haber salido.

Avancé hacia la puerta estrecha de la casa, pasé junto a un vigilante de uniforme marrón (tenía la gorra ladeada, como un matón de película), pasé junto a la habitación donde el poeta se había pegado un tiro en el pecho cien años atrás, y al salir a la calle 14 vi que el sol ya se había ocultado detrás de los edificios de la carrera Séptima, vi que los faroles amarillos comenzaban a encenderse tímidamente, y vi a Ricardo Laverde, la cabeza gacha y el abrigo largo, caminando a dos cuadras de donde yo estaba, ya casi llegando a los billares.

Pensé Y eran una sola sombra larga, absurdamente el verso volvió a mi cabeza; y en ese mismo instante vi una moto que había estado quieta hasta ahora sobre la acera. Tal vez la vi porque sus dos tripulantes habían hecho un movimiento apenas perceptible: los pies del que iba atrás subiéndose a los estribos, la mano desapareciendo al interior de la chaqueta. Los dos llevaban cascos, por supuesto; y las viseras de ambos, por supuesto, eran oscuras, un gran ojo rectangular en medio de la gran cabeza.
Llamé a Laverde de un grito, pero no porque supiera ya que algo le ocurriría, no porque quisiera advertirle de nada: todavía en ese momento mi única intención era alcanzarlo, preguntarle si se encontraba bien, quizás ofrecerle mi ayuda. Pero Laverde no me oyó. Comencé a dar pasos más largos, esquivando caminantes en la estrecha acera que en ese punto tiene dos palmos de alta, bajando si era necesario a la calzada para ir más rápido, y pensando sin pensar Y eran una sola sombra larga, o más bien tolerando el verso como un sonsonete del que no logramos desprendernos.
En la esquina de la carrera Cuarta, el denso tráfico de la tarde progresaba lentamente, en fila india, hacia la salida de la avenida Jiménez. Encontré un espacio para cruzar la calle por delante de una buseta verde cuyas luces, recién encendidas, habían traído a la vida el polvo de la calle, el humo de un tubo de escape, una llovizna incipiente. En eso pensaba, en la lluvia de la que me tocaría protegerme en un rato, cuando alcancé a Laverde, o más bien llegué a estar tan cerca de él que podía ver cómo la lluvia oscurecía los hombros de su abrigo.

«Todo va a estar bien», dije: una frase estúpida, porque no sabía qué era todo, mucho menos si iba a estar bien o no. Ricardo me miró con la cara desfigurada por el dolor.

«Ahí venía Elena», me dijo.

«¿En dónde?», pregunté.

«En el avión», repuso él.
Creo que en un breve momento de confusión Aura tuvo el nombre de Elena, o me imaginé a Elena con la cara y el cuerpo embarazado de Aura, y creo que en ese momento tuve un sentimiento novedoso que no podía ser miedo, no todavía, pero que se le parecía bastante. Entonces vi la moto bajando a la calzada con un corcoveo de caballo, la vi acelerar para acercarse como un turista que busca una dirección, y en el preciso momento en que tomé a Laverde del brazo, en que mi mano se aferró a la manga de su abrigo a la altura del codo izquierdo, vi las cabezas sin rostro que nos miraban y la pistola que se alargaba hacia nosotros tan natural como una prótesis metálica, y vi los dos fogonazos, y oí los estallidos y sentí la brusca remoción del aire. Recuerdo haber levantado un brazo para protegerme justo antes de sentir el repentino peso de mi cuerpo.
Mis piernas dejaron de sostenerme. Laverde cayó al suelo y yo caí con él, los dos cuerpos cayendo sin ruido, y la gente comenzó a gritar y apareció en mis oídos un zumbido continuo. Un hombre se acercó al cuerpo de Laverde para intentar levantarlo, y recuerdo la sorpresa que me causó que otro llegara para ayudarme a mí. Yo estoy bien, dije o recuerdo haber dicho, yo no tengo nada. Desde el suelo vi que alguien más se lanzaba a la calzada manoteando como un náufrago y se paraba frente a una pickup blanca que doblaba la esquina. Pronuncié el nombre de Ricardo, una, dos veces; noté un calor en el vientre, fugazmente se me ocurrió la posibilidad de haberme orinado, y descubrí enseguida que no era orina lo que me bañaba la camiseta gris. Poco después perdí el sentido, pero la última imagen que tengo sigue bastante clara en mi memoria: es la de mi cuerpo levantado en vilo y el esfuerzo de los hombres que me subían al platón del carro, que me ponían junto a Laverde como una sombra junto a otra, dejando en la carrocería una mancha de sangre que a esa hora, y con tan poca luz, era negra como el cielo nocturno.


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