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Juan Bautista Vilar


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Juan Bautista Vilar


Los protestantes españoles ante la guerra civil (1936-1939)

República y libertad religiosa


La llegada de la IIa República en abril de 1931 supuso para las minorías reli­giosas españolas la aurora de una etapa esperanzadora. «El Estado español no tiene religión oficial», reza el título preliminar, artículo 30 de la Constitución republicana. El título III, art. 27, párrafo 1°, amplía esa declaración: «La liber­tad de conciencia y el derecho de profesar y practicar libremente cualquier reli­gión quedan garantizados en el territorio español, salvo el respeto debido a las exigencias de la moral pública».1 Quedaba atrás el tradicional Estado confesio­nal católico restablecido poi" Cánovas cincuenta años antes, al término de nues­tra primera experiencia derjiocrática, y la tolerancia restrictiva contemplada en el mismo daba paso a la más completa libertad religiosa.

Un vasto cuerpo legal dé signo secularizador afianzó y desarrolló esa nueva libertad constitucional. Las diferentes iglesias y sectas que operaban en España organizaron de forma inmejdiata un «Comité Nacional de Propaganda Evangé­lica», al objeto de aunar esfuerzos y obtener las máximas ventajas de tan propi­cia coyuntura. Desde luego pudieron desenvolverse con toda libertad y sin otra cortapisa importante que lo preceptuado en la ley de Confesiones y Congrega­ciones de 1933, en cuanto aj la obligación señalada a sus dirigentes de ser ciuda­danos españoles. Ello suponía que los misioneros extranjeros -tan numerosos como los nacionales- no pcjdían aparecer oficialmente como pastores de Iglesia ni como responsables de asociaciones e instituciones. En lo demás gozaban és­tas de plena capacidad juríjiica en materia de organización y funcionamiento, podían establecer nuevas fundaciones, adquirir y transmitir bienes y abrir cen­tros docentes y benéficos.

'Cfr. E. Tierno Galván, Lcyi's Políticas Españolas Fundamentales (¡808-1936). Tecnos. Ma­
drid. 1972,p.182. • !

í'iifíitci y Ra:t>n. núm.21 Septiembre-Diciembre 1985


Los progresos de la obra evangélica, circunscritos a ambientes ubicables en un catolicismo marginal y pastoralmente desasistido, resultaron más bien mo­destos. Tanto es así que la situación del protestantismo en España al iniciarse la guerra civil no era muy diferente respecto a la registrada cinco años antes. «En 1936 -anota el cronista de una de las cuatro principales confesiones acatólicas existentes en el país-2 había solamente 1.054 miembros de las Iglesias bautistas, lo que representaba un aumento neto de menos de cincuenta en cinco años».

Las ventajas seguidas de la libertad religiosa se vieron neutralizadas por la indiferencia en materia de religión de una parte de las clases medias españolas, el recrudecimiento de sentimientos antiprotestantes en ambientes católicos frente a la política laicista de la República y la oposición a cualquier forma de religión organizada en vastos sectores del proletariado. De otro lado la expe-" riencia republicana vino a coincidir con una fase de recesión económica inter­nacional, que para determinadas confesiones se tradujo en una sustantiva re­ducción de las ayudas recibidas desde el extranjero. En ocasiones algunos mi­sioneros tuvieron que regresar a sus países de origen, con la consiguiente clau­sura de escuelas y puntos de misión. Everett Gilí,3 uno de los líderes bautistas norteamericanos del momento, lamentaría por entonces que las adversas con­diciones económicas porque atravesaba Occidente impidieran aprovechar a fondo las oportunidades brindadas por el nuevo régimen español para la libre difusión del Evangelio.


Panorama protestante español en 1936


En los primeros tiempos de la República existían en España 20.000 evangé­licos: menos del 0,001 de la población. Contaban con 200 lugares de culto, un centenar de centros docentes en sus diferentes niveles, dos hospitales y varias revistas de circulación interna. Poca cosa comparado con el peso incontrastable del catolicismo en el país. Cuando Indalecio Prieto-antiguo alumno del cole­gio evangélico de Bilbao- lamentaba por entonces, en un mitin socialista, que no existieran en España mayor número de protestantes, sin duda pensaba en ellos como en un conveniente contrapeso a la omnipotente Iglesia de Roma.

Los avances de la obra reformista en el bienio inicial de la República, el más propicio a su desenvolvimiento, apreciables respecto al estancamiento de la etapa anterior-negativa incidencia de la dictadura primorriverista- distaban de ser espectaculares. El libro «Religión in the Republic of Spain» de los pastores K. Grubb y C. García Aráujo constituye una aproximación excelente a la reali­dad protestante española en 1933. Computan 6.259 miembros comulgantes en las diferentes confesiones, 21.900 creyentes -incluidos algunos extranjeros- y 166 comunidades organizadas atendidas por 48 ministros ordenados, 94 evan­gelistas y 123 misioneros foráneos de ambos sexos. Las escuelas evangélicas te-



2D.J. Hughey, Historia cíe los bautistas en España. Ed. JBP. Barcelona. 1964, p. 68. 3Cfr. Hughey, Ri'ligious h'rccdom in Spain. Broodmand Press. Nashville (Tennessee). 1955, ps. 136.192.

nían escolarizados 7.459 niños.4 Esas cifras permanecerían prácticamente inva­riables hasta la guerra civil.

Cuatro confesiones se repartían el 82 por cien del censo acatólico español. En cabeza figuraba la Iglesia evangélica española -IEE-, la de mayor base histó­rica por remontar sus orígenes a los últimos años del reinado de Isabel II y fase inicial del Sexenio democrático. Constituida «por una fusión de presbiterianos y metodistas, con algunos elementos luteranos y congregacionistas, es en Espa­ña la más genuina representante de la tradición reformada europea, tanto en su doctrina como por su estructura orgánica».5 Representaba el 30 por cien de los cristianos reformados del país, hallándose enraizada en Madrid, Andalucía, Cataluña y Baleares.

Confesión netamente nacional era a su vez la Iglesia española reformada episcopal -IERE- aparecida en 1880 como resultado de la escisión de la anti­gua Iglesia Cristiana Evangélica en la IEE -24 congregaciones que optaron por mantener un régimen presbiterial- y ésta, configurada a base de otras ocho co­munidades que optaron por estructuras episcopales, teología católico-anglicana y liturgia mozárabe. En 1936 tenía obra abierta en Madrid, Cataluña, Andalucía y Castilla-León, aportando el ocho por cien de los efectivos refor­mistas globales.

Las restantes confesiones eran disidencias importadas en España de grandes Iglesias nacionales establecidas en otros países. O si se prefiere, confesiones «li­bres» o «inconformistas» respecto a aquellas otras de las que se habían separa­do. En particular las Asambleas de Hermanos y la Unión Evangélica Bautista Española -UEBE-, las dos más relevantes. La primera, también conocida im­propiamente como Hermanos de Plymouth, fue en su origen un grupo inter­confesional disidente de las nominaciones mayoritarias en las Islas Británicas, siempre han representado en España el más estricto fundamentalismo bíblico, y dominaban el panorama evangélico en Cataluña, Levante y Galicia, siendo el 27 por ciento de los protestantes españoles. Por el contrario la UEBE, tardía­mente constituida en 1928 pero con precedentes muy. anteriores, no pasaba de un 17 por ciento. Pero era uno de los grupos de mayor dinamismo y operativi-dad, hallándose presente en todo el país.

El 18 por ciento restante se distribuía entre diferentes Iglesias y sectas de re­ciente introducción o establecimiento. Entre ellas sólo las Asambleas de Dios o Iglesia Pentecostal, la Iglesia cristiana adventista del séptimo día y la propia Iglesia de Inglaterra iban más allá de una mera presencia testimonial. En el cur­so de la guerra haría su aparición en ambas zonas beligerantes la Sociedad de los Amigos -o cuáqueros-, afanada en una encomiable labor filantrópica y sin pretensiones de evangelización directa.



4C. García Aráujo & K. Grubb, Religión in íhe Republic of'Spain. World Dominion Press. Lon-don. 1933, ps. 68-102.

M. Estruch, Los protestantes españoles. Ed. Nova Terra. Barcelona. 1968, p. 32.

Al término de sesenta y cinco años desde la reirtserción del protestantismo en España -la llamada II Reforma-, éste continuaba dependiendo para su sub­sistencia de la ayuda exterior. La IEE era apoyada, j^ntre otros, por confesiones afines como la «Presbyterian Church of Ireland» y la «Wesleyan Methodist Church of England», así como por la «American Efoard of Commissioners for Foreign Mission» y varios comités alemanes, franceses y suizos. La IERE, por su parte, recibía auxilios de la Iglesia anglicana y de la Reforma de Irlanda-con las que estaba homologada-, bien directamente o a través de la «The Spanish and Portuguese Church Aid Society», a la que aportaban fondos otros grupos confesionales afines, como los episcopalianos norteamericanos.

La UEBE se asociaba estrechamente a la «United States Southern Baptist Convention», poderosa asociación de la que se había pasado a depender en 1920. Los bautistas europeos -británicos y suecos principalmente- también in­tervenían activamente en las misiones de España. Por último, las Asambleas de Hermanos, sin duda la confesión evangélica financieramente más independien­te de cuantas existían en el país, tampoco podía permitirse pasar sin la ayuda exterior, aunque no tanto por depender de ello su subsistencia como para afrontar el elevado coste de una intensa labor proselitista. Tales socorros llega­ban de sus correlegionarios de todo el mundo, y mu^ singularmente de las flore­cientes comunidades del sur de Inglaterra.

En 1936 más de la mitad de los misioneros extranjeros que trabajaban en Es­paña poseían la nacionalidad británica. Tras ellos seguían alemanes y nortea­mericanos. A mayor distancia, franceses, suecos y suizos. Pero llegó la guerra y todo se deshizo.

Los evangélicos en la Zona republicana: suspensión de cultos y dispersión

Ante el levantamiento del general Franco en julio de 1936 la actitud de los protestantes españoles fue favorable a la República, por entender que de su per­manencia dependía su existencia como ninoría religiosa con plenitud de dere­chos. Por lo demás, la mayor parte de los acatólicos españoles tenían su resi­dencia en territorio controlado por el gobierno republicano.

En los primeros momentos, coincidiendo con la| violenta explosión de anti­clericalismo -cuando no de franca irreligiosidad- que estragó las filas católicas, cerraron la casi totalidad de los templos protestantes y se dispersaron sus mem-bresías, temerosas de ser alcanzadas por aquella ¡ola devastadora. Algunos abrieron más tarde, pero cesaron los cultos publicóos. Los pocos creyentes que permanecieron en sus puntos habituales de residencia se reunían con la mayor discrección, dadas las condiciones de absoluta inseguridad existentes.

Lo sucedido con la comunidad bautista de Madrid da la medida de lo que aconteció con las restantes Iglesias protestantes en la España republicana du­rante los años de la contienda. «La guerra empezó cuando el pastor estaba au­sente y la membresía de la Iglesia desapareció totalmente -referirá un testigo

presencial-.6 Algunos de los miembros fueron a la guerra, otros buscaron refu­gio en el campo; y algunos cijistianos débiles se asustaron de tal forma que trata­ron de convencer a la Sra. Fernández -la esposa del pastor- para que cerrase la iglesia y escondiese las Biblias y los himnarios que ellos habían traído de sus ca­sas. Pero a pesar de todo, durante la guerra se celebraron cultos, aunque las bombas caían cerca de la iglesia. Eran tan pocos los que asistían que se celebra­ban en el vestíbulo. A menudo las reuniones se veían bendecidas por el testimo­nio de algún joven que estaba con permiso».

Al menos los templos protestantes de Madrid fueron respetados por el pue­blo en armas, cosa que desdé luego no sucedió con los pertenecientes a la reli­gión mayoritaria. Fuera de la capital la situación general para los evangélicos en la zona adicta a la República resultaba inquietante. La casi totalidad de las capillas habían sido cerrada^ y los cultos suspendidos. Sobre todo en Cataluña, donde se temía provocar en Caso contrario las iras de quienes ya habían destrui­do los templos católicos.

No faltarían significativos avisos. En Pueblo Nuevo, afueras de Barcelona, la capilla metodista fue asaltada «por error». Lo mismo aconteció con el local «de los alemanes» -Misión Evangélica Alemana- en Hospitalet. Igual suerte corrió el templo bautista recien inaugurado en Badalona.7 Así un largo etcétera. Otros lograron salvar los mementos más críticos enarb'olando las banderas de Gran Bretaña y los Estados tJnidos -que por cierto no practicaron directamente el derecho de asilo-,8 o aduciendo pertenecer los edificios a uno de los dos paí­ses. En Rubí, por ejemplo, ^grupos incontrolados intentaron saquear e incen­diar nuestra iglesia, cosa que^ pudo evitarse al contar con el apoyo de ciertos sec­tores moderados de la villa, jy ser los edificios de propiedad británica».9 Pasados los peores momentos, tan splo en Tarrasa, Sabadell, Manresa y Villafranca se reanudaron los cultos con discreción máxima. Aunque los protestantes simpa­tizaban con la República, a la que servían con lealtad, temían a los extremistas que, en numerosos puntos, llegaron a alzarse con el control de la situación.

De otro lado las membresías, o lo que de ellas restaba, habían quedado en el mayor desamparo, ausentados o movilizados la mayor parte de sus dirigentes religiosos, y repatriados los misioneros extranjeros con pocas excepciones. Muy Honroso fue el caso de los hermanos Fliedner, familia alemana vinculada a la obra evangélica en España desde los comienzos mismos de la II Reforma. A pesar de haber nacido en Madrid, no habían logrado la nacionalidad española por ser pastores. Rechazando la oferta de repatriación del gobierno nazi, prefi­rieron permanecer en el país, y pusieron los edificios que poseían -templos, co­legios, librerías e instituciones filantrópicas, fruto de medio siglo de abnegado



6Cfr. Hughey, Historia de los bautistas..., ps. 69-70.

7J. González Pastor, Un segle de Protestantismo a Catalunya. Edicions Evangéliques Europées Barcelona. 1970,p.89.

8Vid. J. Rubio, Asilos y canjes] durante la guerra civil española. Aspeaos humanitarios de una contienda fratricida. Planeta. Barcelona. 1979, ps. 60-66.

9(S. Cortés), Cien años de historia evangélica en Rubí, ¡881-1981. MCE. Tarrasa. 1981, p. 44.

esfuerzo- a disposición de la Ayuda Suiza, posibilitando el diario manteni­miento de más de 2.000 personas.


Intentos reactivadores. El Comisariado General de Cultos


La expresa autorización del culto privado fue ej único logro importante en favor de la práctica religiosa alcanzado por el católico vasco Manuel Irujo a su paso por el Ministerio de Justicia entre 17 de mayo y 11 de diciembre de 1937, y como ministro sin cartera hasta mayo del siguiente año. Tal acuerdo, hecho público en momentos en que la recién aparecida carta colectiva de los obispos españoles a los católicos de todo el mundo hacía un Baño irreparable al régimen republicano, pretendía restablecer internacionalmente la imagen de la Repú­blica en ambientes liberales más o menos conservadores, al tiempo que intenta­ba una difícil aproximación al Vaticano. De hecho fueron los escasos protes­tantes españoles quienes se beneficiaron en mayor inedida de la nueva disposi­ción legal, dado que los católicos la acogieron con lógico recelo.

Tanto es así que un consejo de ministros celebrado por el gobierno Negrín en 24 de febrero de 1938 con asistencia del presidente, don Manuel Azaña, con­sideró la posibilidad del restablecimiento del culto público, o siquiera la aper­tura de algunos templos, «como medio único de po^ler acreditar ante el mundo que la República respeta la libertad del culto católico». En 30 de abril del mis­mo año Negrín hizo públicos sus famosos «Trece puntos», entre los cuales el llamado a garantizar a los ciudadanos del Estado español la «libertad de con­ciencia y el ejercicio de sus creencias y de sus prácticas religiosas».

Vano empeño en buscar una normalización de la situación al faltar el am­biente adecuado en la calle y chocar además con la Desistencia de los católicos a toda colaboración. En tanto José María Torréns, vicario general de Barcelona -diócesis donde se pretendió ensayar la experiencia -prohibía tajantemente la apertura de templos bajo las condiciones impuestas por el gobierno, el cardenal Vidal i Barraquer declinaba la invitación de regresar a Tarragona en tanto sub­sistiera la persecución contra los catóicos -a la sazpn bastante atenuada- en el territorio adicto a la República.

Vidal presentía que se trataba de instrumentaljzarle aprovechando la pre­sencia en el gobierno de un ministro católico. No se equivocaba porque con la salida de Irujo -verano de 1938- se recrudeció la persecución anticatólica, en tanto los protestantes conocían nuevas dificultades. De ahí la protesta airada del ministro cesado, haciéndose eco del sentir de los creyentes de toda confe­sión:10 «Yo, que además de liberal y demócrata soy ferviente religioso, soy cris­tiano y católico, siento tener que decir al Gobierno de la República que ya es



1()Vid este y precedentes textos en V. Palacio Atard. Intento:*, del Gobierno republicano cíe resta­blecer relaciones con la Sania Sede durante la guerra civil. «Cinco historias de la República y de la guerra». Ed. Nacional, Madrid 1973, ps. 79-120. Precisiones posteriores en V. Cárcel Orti, La igle­sia durante la II República y la Guerra civil (1931-1939), en vol.!v de la «Historia de la Iglesia en Es­paña». BAC. Madrid 1979.ps. 383-386.

tiempo de que los cristianos, de que los católicos, podamos tener una iglesia abierta».

El llamamiento a filas de varias quintas anticipadas a finales de 1937 con la consiguiente movilización de la totalidad de los nombres útiles, determinó un escrito de los pastores evangélicos, dirigido al ministro de justicia, pidiendo la exención del servicio de armas, sustituido por destinos más compatibles con sus funciones pacifistas, según había concedido ya el Gobierno de Euzkadi a los ministros de las diferentes confesiones religiosas. «Los hospitales, los abasteci­mientos, las oficinas, los servicios, etc., un lugar sea en vanguardia o en reta­guardia, el que el Gobierno de la República crea más conveniente según sus ne­cesidades y nuestras aptitudes. Un lugar donde al ser llamados, podamos ofre­cer el amor y el consuelo, y nos sea posible a la vez coadyuvar a la obtención de la victoria sin tener necesidad de empuñar las armas».''

La respuesta se dejó esperar hasta la primavera de 1938, en que una nueva ofensiva nacionalista, saldada con la toma de Teruel, la llegada hasta el mar por Vinaroz, partición de la zona republicana en dos áreas separadas y el aisla­miento de Cataluña, impuso a la República su esfuerzo supremo de guerra. Una orden del Ministerio de Defensa de primero de marzo del expresado año12 estableció que los centros de reclutamiento, movilización e instrucción militar «destinarán a servicios de Sanidad a quienes prueben su condición de religio­sos, sea cualquiera la religión profesada».

En la práctica los pastores fueron utilizados en los más variados servicios de retaguardia, relacionados o no con la Sanidad militar. Su encomiable labor, desplegada sin distinción de credos ni ideologías, en favor de hambrientos, en­fermos y perseguidos, les haría acreedores de la gratitud pública al término de la contienda. Por mencionar un ejemplo, no deja de ser aleccionador el caso del pastor bautista de Lorca -Murcia-, Sr. García Arcos. Sus desvelos y diligencias al frente del servicio comarcano de abastos, proprocionó medios de subsisten­cia a numerosas familias que, de otro modo, hubieran perecido de inanición, aparte de salvar de una muerte cierta con sus oportunas intervenciones a otras muchas personas, calificadas negativamente respecto al régimen republicano. Incluidas las religiosas de dos conventos de la localidad, a quienes -testificarían después las interesadas-13 «nos llamó para que le ayudásemos en la labor de asistencia social, solamente por el mero hecho de que éramos religiosas y para de este modo salvarnos».

Un Comisariado General de Cultos, dependiente de la Presidencia del Con­sejo de Ministros, fue establecido en diciembre de 1938. Su objeto consistía en reglamentar y proteger el ejercicio de cualquier religión, de acuerdo con las li-



1 'Archivo Municipal de Cartagena, Leg. «Sucesos Políticos» : Carta dirigida por 'los pastores protestantes al ministro de Justicia, Barcelona 8 diciembre 193 7.

12Diario Oficial del Ministerio de Defensa Nacional, 3 de marzo 1938.

13Clr. J. B. Vilar, Un siglo de Protestantismo en España (Águilas, Murcia, 1893-1979). Aporta­ción del estudio del acatolicismo español contemporáneo. Prólogo de J.M. Cuenca, Publ. Universi­dad. Murcia. 1979, p. 249.

bertades preceptuadas en la Constitución, suspendidas hasta el momento por «inevitables anormalidades» impuestas por la guerra. Como era de esperar la iniciativa, demasiado tardía, tuvo escasa virtualidad, y dio lugar a las más sar-cásticas denuncias por parte de la propaganda nacionalista; «... me referí en el tono irónico que corresponde -informará a su gobierno el embajador de Franco ante el Vaticano el referirse a una entrevista mantenida con el cardenal Pacelli, secretario de Estado-,14 a la creación de la Comisaría General de Cultos, en Bar­celona, como nueva muestra de la campaña hipócrita y cínica que, a usanza de Moscú, siguen los rojos de nuestra península, para pretender inútilmente bo­rrar sus crímenes pasados, y formar el fichero que les permita la realización de sus crímenes futuros, si los sacerdotes hoy escondidos en su zona incurren en la ingenuidad de salir a la luz».

Por el contrario los evangélicos se acogieron sin prevenciones a esa y otras disposiciones que, en materia religiosa y por lo general a instancias de Prieto, fueron promulgadas por el ya tambaleante régimen en la fase final de su exis­tencia. Se detectaron algunos progresos en el reagrupamiento protestante y en la reactivación de sus cultos; la «Bible Society» londinense imprimió mayor ac­tividad a sus trabajos de distribución de literatura evangélica en la capital, Ca­taluña, Aragón la Mancha y sobre todo en Levante, desde sus oficinas centrales en España situadas en la madrileña calle de Flor Alta, e incluso fue autorizada la salida de ministros protestantes al extranjero p^ra activar la ayuda interna­cional a los refugiados españoles que, día tras día, abandonaban el país en cre­ciente número. No faltaron, en fin, asociaciones evangélicas extranjeras intro­ducidas en la zona republicana durante esta época, por estimar que la guerra ci­vil generaba condiciones propicias para su doble proyección filantrópica y pro-selitista, según es el caso de la «New Testament Missionary Union».

Esperanzas ilusorias, dado que la totalidad de las confesiones sufrieron los estragos de la guerra, de la que salieron con sus huestes deshechas y diezmadas. En la retaguardia el clima de inseguridad existente imposibilitaba toda labor continuada. Se entiende que así como los católicos más independientes halla­ban preferible la persecución y las catacumbas de la zona republicana, que al menos tenían sus compensaciones espirituales, al entreguismo de la zona na­cionalista por más que éste ofreciese la contrapartida del poder y la glorifica­ción terrenal de la Iglesia, los círculos protestantes más conservadores añora­ban la tolerancia limitada que, según se decía, disfrutaban sus correligionarios en la zona franquista, a una libertad teórica de la que en la práctica no podían servirse.



Comités evangélicos de ayuda exterior. Actuación de los cuáqueros

Transcurridos los primeros meses de la contienda, la prolongación indefini-



14Despacho de J. de Yanguas Messiaal conde de Jordana, RJoma 14 diciembre 1938,cfr. A. Mar-
quina Barrio, La diplomacia vaticana y la España de l-'ranco f 1936-1945). Inst. E. Flórez. CSIC.
Madrid. 1983, p. 431. ;

da de las hostilidades hizo que se abatiera sobre el país la más espantosa mise­ria. Diferentes Iglesias y sectas acudieron en socorro de los protestantes españo­les, bien directamente o a través de comités interdenominacionales. Su ayuda y colaboración, salvo excepciones, solamente sería aceptada en la zona republi­cana.

Por razones de proximidad geográfica y afinidad confesional se destacaron la Igesia reformada de Francia -y grupos de igual nacionalidad, como los bau­tistas del «Midi»- y los protestantes británicos. Entre éstos de forma particular las Asambleas de Hermanos; «... además de enviarnos paquetes de comida -referirá cierto testigo-,15 abrían refugios para señoras y niños en sus respecti­vos países».

En efecto, la misión Francesa del Alto Aragón organizó en Pau un refugio para mujeres y otro para niñqs en la ciudad costera de Séte. Esta último residen­cia veraniega de jóvenes protestantes franceses, llegó a acoger unos trescientos niños de familias evangélica^ españolas, asistidos por unas veinticinco madres de los pequeños. En Inglaterra las Asambleas de Hermanos convirtieron en al­bergue el antiguo castillo de| Moorlands, donde fueron recibidas 150 mujeres evangélicas sacadas de España. El centro quedó confiado a Mr. John Biffen y su esposa, misioneros largos años en Madrid. A su mantenimiento contribuyeron, además de los Hermanos, crecentes de otras denominaciones.

En 1937 el también ex-mísionero en la Península, Percy J. Buffard, director de la Misión Bautista de Valdepeñas, organizó un Comité Evangélico de Soco­rro para auxiliar a los hambrientos españoles. Se integraron en el mismo desta­cadas personalidades del protestantismo insular, incluido el líder bautista Dr. J.H. Rushbrooke, interesado asimismo, como luego se verá, por la suerte de los cristianos reformados residentes en la zona adversa a la República. El Comité envió su ayuda en camiones k través de la frontera francesa. Su destino eran ex­clusivamente los evangélicos de España.

Más generosa por indiscriminada fue la ayuda de las Iglesias anglicana y re­formada de Irlanda, que remitieron algunos socorros «para los niños republica­nos de Madrid», distribuidos en el templo catedral de la IERE en la calle Bene­ficencia. Algo parecido sucedía en el principal templo bautista madrileño, y en diferentes locales de la IEE erí la misma ciudad, que atendían a numerosos indi­gentes a base e las aportaciones de los protestantes locales, y de los facilitados por la Misión Suiza. En Cataluña, por el contrario, se mostraron especialmente activos los evangélicos extranjeros Lereiux y Sigfrid, suizo y alemán respectiva­mente, antiguos residentes eifi la región, quienes propiciaron una notable labor filantrópica.

Nada de cuanto se hizo resulta comparable, siquiera considerado en cifras absolutas, a la formidable operación de socorro montada por los cuáqueros an-glo-norteamericanos -alimentos, ropas, medicinas-, aplicada a todos los nece­sitados sin distinción de credos e ideologías. Constituido el «The General Fund

!5D. Muniesa. Samuel \ lia: una\fecontra un imperio. CLIE. Tarrasa. 1979, p. 153

for Distressed Women and Children in Spain», el 30 de septiembre de 1936 se presentaron en Barcelona sus representantes, Mr. A.B. Jacob y Mr. Kendall, para informar sobre la forma de canalizar la ayuda á los necesitados de la Espa­ña republicana. Poco después eran practicadas iguales gestiones en la zona na­cionalista. Ambas delegaciones trabajaron en adelante incomunicadas entre sí por los frentes de combate, pero desplegando el mismo admirable entusiasmo.

No tardó en llegar la primera remesa. Setecientas cajas de leche condensada, azúcar, chocolate, carne enlatada y otros artículos] «A finales de 1938 aquella obra iniciada sin alarde alguno alcanzaba proporciones considerables en todas las regiones afectadas por las consecuencias de la guerra. Pan abundante llegaba a los niños en las escuelas procedentes de las reservas de trigo de los Estados Unidos. Cerca de 400.000 pequeños aguantaron los rigores de aquel último y terrible invierno de guerra a base del pan facilitado por los cuáqueros».16

Solamente en Barcelona fueron establecidos cuatro centros de asistencia en las calles del Carmen, Camelias, Buen Pastor, y en la barriada de San Andrés, en locales facilitados por la municipalidad y por los propios evangélico, a quie­nes como en todas partes recurrieron con preferencia respecto a los organismos oficiales, más interesados en desviar esa ayuda a los frentes de combate que en aliviar la miserable situación de las poblaciones en la retaguardia.

La Sociedad de los Amigos contribuyó ademad en el extanjero al sosteni­miento de colonias-escuelas para niños españoles refugiados, si bien su aten­ción preferente quedó reservada a la Península. Pudieron contar con la estrecha colaboración de organizaciones republicanas tales como «Pro Infancia Obrera» -esta auspiciada por todos los partidos integrados en el Frente Popular-, cosa que no ocurrió en la otra zona, por la actitud desconfiada y distante de Auxilio Social. «En algunos centros se organizaron talleres de confección de ropa; en otros, distribución de alimentos especiales para ulcerados del estómago; en las grandes ciudades los cuáqueros ofrecían transporte gratuito de camión a toda entidad cuyo auténtico objeto fuera la ayuda del niño. Facilitaban a los mismos organismos naranjas en grandes cantidades, a precio de coste y sin cobrar trans­porte; se cuidaban de comprar alpargatas y zuecos en el extranjero; instalaban sanitarios para niños convalecientes; traían papel de escribir y lápices recogidos en las escuelas y oficinas de Inglaterra; repartían ropa en gran escala; mante­nían un servicio de información y apoyo moral en los consulados y agencias oficiales a los que no comprendían bien los trámites burocráticos. Evacuaron niños de las zonas de peligro; garantizaron la entrega segura de paquetes de co­mestibles enviados desde el extranjero a determinadas personas en España; die­ron y agenciaron mucha ayuda financiera; repartieron libros, medicinas, jugue­tes, mantas, jabón; en fin, en cada sitio, según la necesidad, procuraban ayudar de la mejor manera, teniendo siempre el cuidado de respetar la dignidad del re­ceptor y el desinterés del donante».17

^Antología espiritual. Selección, traducción y prólogo de Domingo Ricart, Wallingford (Penn-
sylvania). 1951, p. 112. \

17Ibídem.ps. 112-113

La mano benéfica de los Amigos llegaba a todas partes. En Murcia, donde se daban las peores condiciones de desnutrición por causa del hacinamiento de los desplazados y la escasez de trabajo, aún en momentos en que escasearon los su­ministros fueron alimentados miles de niños con pan, cacao y algo de fruta. Las oficinas de la ayuda cuáquera funcionaron ininterrumpidamente en todas par­tes en tanto duró la contienda, prolongándose en numerosos puntos durante los primeros meses de la postguerra, para cesar en 1940.18 Fue la suya una impre­sionante lección de solidaridad humana. Como subraya cierto historiador bri­tánico,19 la presencia en España de los Amigos «testimoniaba que había seres humanos capaces de sacrificar sus personales comodidades para socorrer a otros seres humanos a los que hasta el momento no les había ligado lazo alguno personal, sentimental o histórico».



Los protestantes en la zona nacionalista: regreso a la uniformidad religiosa.

Desde el momento mismo del alzamiento militar comenzaron los proble­mas para los evangélicos españoles residentes en la zona controlada por Fran­co. Se les tachaba de afectos a la República; de haber votado masivamente al Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, a juzgar por las recomen­daciones de sus líderes en tal sentido publicadas en la prensa de la época, y de que más tarde, «los elementos oficialmente representativos del protestantismo jamás protestaron contra los incendios, saqueos y asesinatos de que fue víctima la Iglesia católica, e incluso se declararon oficialmente en favor del gobierno antirreligioso que les favorecía».20

Abrogada la Constitución de 1931, cesó con ella la libertad religiosa y, anti­cipándose a un acuerdo con el Vaticano, se regresó unilateralmente al modelo de estado confesional.21 La Iglesia católica recuperó su patrimonio y privilegios seculares, en particular el control de la enseñanza privada y la orientación reli­giosa de los centros públicos en sus diferentes niveles. En contrapartida brindó al naciente régimen un apoyo interno e internacional decisivo, como también cierta coherencia ideológica a un sistema cuyo bagaje doctrinal resultaba más bien escuálido y contradictorio.

En cuanto a los protestantes, para las nuevas autoridades simplemente «no existían». No tardarán en suscitarse graves incidentes, sobre todo en localidades



18Sobre la acción de la Sociedad de los Amigos de España durante la guerra civil, aparte de la miscelánea de Ricart ya mencionada, existen entre otros los estudios de N. Curtís y C. Gilbey -Malnittrition, London. 1944-, G. Roahs -The Quaquers in Spain. «The Christian Century» 24 agosto 1928- y A. W. Jones-art. en «The New York Times Magazine» 3 abril 1938-. De estos tres últimos trabajos hace mención G. Jackson, The Spanish Republic and the Civil War 1931-1939. Princeton University Press. Princeton (N. Jersey). 1965, ps. 445-446.

19Jackson, Ibídem, p. 450.

20La situación ¿leí Protestantismo en España (Seis estudios sobre una campaña de difamación contra España). Oficina de Información Diplomática. Madrid. 1950, p. 34.

-' Vid, Hughey, Religión* freeclom in Spain... cap. IX : «Return to Catolic Unity», ps. 138-142-

como Sevilla, Málaga, Granada, Córdoba, Gijón y Marín, donde había congre­gaciones evangélicas de alguna importancia. Ser protestante era motivo cierto de depuración si se ocupaba un cargo público, y obstáculo casi insalvable para retener un empleo o acceder a un puesto de trabajo. Los templos protestantes que todavía funcionaban fueron cerrados por ord^n gubernativa, y se denegó autorización para la reapertura de los clausurados anteriormente. Igual suerte corrieron los colegios e instituciones benéficas, defendientes de iglesias y aso­ciaciones misionales.

Fue abolida la legislación republicana en materia de cementerios, registro y matrimonio, conculcándose los derechos reconocidos anteriormente a las mi­norías religiosas en esta y otras materias. Incluso la práctica privada del culto en los domicilios particulares, que vinieron a sustituir a los clausurados tem­plos, fue perseguida por ser conceptuadas de reuniones ilegales, y los concu­rrentes multados o encarcelados. Próximo el final de la guerra, el Gobierno de Burgos derogó en todo el territorio nacional por L^y de 2 de febrero de 1939 la de Confesiones y Congregaciones promulgada por la República como garantía de libertad para todos los cultos.

Aunque las fuentes oficiales del régimen insistan «a posteriori» en que los evangélicos jamás fueron molestados en razón de sus creencias religiosas, sién­dolo solamente por sus opiniones políticas, las mismas fuentes prueban todo lo contrario. Quienes durante el régimen republicano habían mostrado en algún momento simpatías o militancia en relación a partidos de izquierdas, serán ca­lificados ahora de «peligrosos comunistas». Si por el contrario sus antecedentes políticos resultaban inocuos, se les tachará de «masones» y por lo mismo serán encausados. La documentación diplomática relacionada con las reclamaciones presentadas por las representaciones británica y rprteamericana,22 aporta una información tan precisa como abundante.23

La abusiva utilización de términos como «rojo», «comunista» y «masón» debe entenderse dentro de la amplia acepción que les atribuye la Ley sobre Res­ponsabilidades Políticas de 9 de febrero de 1939, completada luego en la más conocida dictada en marzo de 1940 sobre represión de la masonería y el comu­nismo, que dejó fuera de la ley a venticuatro partidos, sindicatos y asociaciones, así como a las logias masónicas. Está probada la Vinculación de algunos líderes evangélicos a la masonería,24 pero tales lazos resultan infrecuentes a nivel de membresías. En cuanto a la supuesta afinidad de protestantes y comunistas, fue una lamentable leyenda creada con fines propagandísticos.

Después de abril de 1939 subsistirá esa campaña de descrédito, extendida

—A MAE. Dirección de Europa, R-3.350 (En particular qarp. 30).

2?Refcrencias en J. B. Vilar, Minorías protestantes bajo el franquismo <¡939- ¡953), en «La cues­
tión social y la Iglesia Española Contenporánea». El Escorial. 1981. p. 345. Vid. también J. B. Vilar,
La cuestión protestante el fisolemeni clu Redime Franqtüsie. <23-30. I

-4A H N. Guerra Civil, Sec. Masonería (en particular legajas referidos a Madrid, Barceloi.a y Se­


villa). |

ahora a la totalidad del territorio nacional. Un ejemplo nos ilustrará. En cierto informe elaborado por la Sección de Asuntos Culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores con destjino al titular del departamento -octubre 1941-, se tilda de «roja» a la colectividad protestante de Marín en bloque. Era ésta la principal concentración acatólica de Galicia, «habiendo manifestado en dife­rentes ocasiones este carácter, como por ejemplo en las elecciones de febrero de 1936, en que votaron unánimemente al Frente Popular, y en el caso del hundi­miento del crucero 'Baleareá', en que perecieron muchos voluntarios de Marín, siendo un día de luto para dicha villa, y que los susodichos protestantes celebra­ron con regocijo».25


Balance de una persecución

La represión de toda disidencia religiosa en la España nacional infortunada­mente no se circunscribió a \a drástica variación del «status» jurídico de las mi­norías. Se dio a su vez una Auténtica persecución, con sus secuelas de asaltos, detenciones, violencias, torteras y asesinatos.

De igual forma que en la zona republicana respecto al clero católico y otros sectores sociales considerados contrarios a la República, los peores desmanes tuvieron lugar en los meses iniciales de la guerra. Andalucía era entre las regio­nes controladas por los insurgentes donde existía un mayor número de protes­tantes. Sobre ellos no tardó en dejarse sentir todo el peso de la represión.

El reverendo Miguel Blanco, joven pastor de Sevilla, fue fusilado, como también don Salvador Iñiguez, pastor de Granada. Igual suerte corrieron el ex­sacerdote García Fernández y su esposa, quienes venían trabajando en la obra evangélica granadina. Una {quinta víctima de que se tiene noticia fue cierta jo­ven de Jerez de la Fronteraj también ejecutada porque, además de ser maestra -y por tanto «roja» por definición- era protestante. Había tenido la osadía de defender públicamente sus convicciones religiosas.

Mejor suerte corrió el reverendo Antonio García, pastor de Córdoba -y ex­fraile-, cuya capilla y domicilio fueron asaltados, si bien logró escapar a Gibral-tar. Los restantes ministros evangélicos andaluces hubieron de ocultarse o fue­ron encarcelados. Algún tiempo después, ante la presión internacional, hubie­ron de ser puestos en libertad bajo vigilancia, o bien se les permitió abandonar el país. Las membresías corrieron suerte parecida. Los varones en edad militar fueron movilizados y enviados al frente.

El triunfo de la causa insurreccional en otros puntos de España, y las sucesi­vas ofensivas de las tropas cíe Franco con la consiguiente ocupación de nuevos territorios, no dejaron de producir víctimas entre los disidentes religiosos. El pastor Atilano Coco, de Salamanca, adscrito a la IERE, fue fusilado el 9 de di­ciembre del 36. Lo mismo aconteció en Navaluenga, provincia de Avila, tan

-* Informe reservado sobre actividades antinacionales atribuidas a los protestantes de Galicia. Cfr. Vilar, «Minorías protestantes bajo el franquismo...», ps. 388-389.

pronto la localidad fue tomada por los nacionalistas, a un pobre hombre con­victo de haber auxiliado en sus tareas evangelistas al pastor inglés Thomas Rhodes, titular de la misión de los Hermanos en la madrileña calle de Trafal-gar, refugiado en aquel punto con su mujer al sobrevenir el alzamiento.

Los profesores de Universidad y catedráticos de bachillerato de religión re­formada -una veintena aproximadamente-, expedientados en su totalidad des­de el primer momento, fueron objeto después de una persecución sañuda. Uno de ellos, Germán Aráujo, catedrático de matemáticas, fue ejecutado por los na­cionalistas en Teruel al ser hecho prisionero.26 Era hijo primogénito de don Adolfo Aráujo, gerente en España de la «Bible Society» y figura destacada en la IERE.

Por doquier fueron clausuradas capillas y escuelas, y los creyentes someti­dos a toda suerte de presiones, castigos y vejaciones. El anciano pastor de Jaca, don Salvador Ramírez, que por tantos años regentase las escuelas que desde co­mienzos de siglo tenía abiertas en la expresada localidad la Misión Francesa del Alto Aragón, falleció poco después bajo los efectos de las impresiones recibi­das. Parecidos excesos se registraron en otros puntos, sobre todo en localidades pequeñas, como el pueblo asturiano de Besullo en el momento de ser transferi­do a la zona nacional. Meses más tarde, las nutridas congregaciones acatólicas de Cataluña, Levante y Murcia correrían igual suerte.

Los colportores, o vendedores ambulantes de Biblias y literatura evangéli­ca, fueron también muy perseguidos. No pocos de ellos quedaron atrapados en zona nacionalista al sobrevenir los sucesos de julio. De las penalidades sufridas dan fe casos como los de Cignoni y Carreras en Sevilla, Alfonso Gómez en Pa-lencia, Sotero Basterra en Zaragoza, Luís Martínez en Badajoz, Federico Gray en Valladolid, etc. Motejados de agentes comunistas, y confiscadas y destruidas sus «pretendidas Biblias», con asentimiento de la autoridad eclesiástica, hubie­ron de sufrir un duro cautiverio que en casi todos los casos sobrevivió a la pro­pia contienda. «El espectáculo que da Roma -escribirá desde Madrid el 15 de enero de 1937 el responsable español de la «Bible Society» al reverendo José Capó, pastor de Barcelona-27 es como para abominar de ella, aún los que siem­pre hemos procurado no extremar las cosas en nuestra forzosa controversia con el sistema».

Así como en la zona republicana fueron pocos los protestantes que se atre­vieron a levantar su voz contra el inicuo asesinato de casi 7.000 sacerdotes y re­ligiosos, en la nacionalista serían contados quienes, en nombre de la caridad cristiana, denunciasen iguales tropelías respecto a los pastores y catequistas evangélicos, victimados -si se incluyen las ejecuciones posteriores a marzo de 1939- en número proporcionalmente superior.



26 A H N, Guerra Civil, Informe confidencial sobre protestantes. 1959 (Dossier: «Clausura del Se­minario Tecnológico Unido»).

27Cfr. J. Flores, Historia de la Biblia en España. CLIE, Tarrasa. 1978, p. 272.
Implicaciones internacionales

La suerte de los evangélicos españoles en la zona controlada por Franco, por el contrario, preocupó bastante en el extranjero. Que el temor no era infundado lo acreditaban hechos tales como que ya en el mes de julio de 1936 fuese clau­surada en el pueblecito zamorano de Castrogonzalo una capilla evangélica, propiedad de la «Continental Lands Cómpany Ltd.», convertida más tarde en local de Falange.28 Este y otros atentados contra propiedades religiosas extran­jeras despertaron las primeras inquietudes sobre la suerte corrida por los pro­testantes en territorio nacionalista. La llegada de los misioneros evacuados des­de Vigo, Cádiz y Tenerife confirmó esas sospechas.

La situación presente y futura del protestantismo en la España de Franco dio lugar a un sonado debate promovido desde las páginas del «Times» londi­nense en los últimos meses de 1937. No en vano el evangelismo español era, en considerable medida, fruto de la obra misional inglesa. A instancias de Lord Phillimoore, miembro del Parlamento británico, Jacobo Stuart Fitzjames Fal­có, duque de Alba y de Bervyick, agente oficioso -luego embajador- del Gobier­no de Burgos en el Reino tlnido, hubo de manifestar públicamente que en la España nacional era practicada la más completa tolerancia para las confesiones acatólicas, situación que sería mantenida una vez concluidas las hostilidades. Afirmaba estar autorizado personalmente por el Caudillo para hacer esas de­claraciones.

Tres días más tarde «Th£ Times» publicaba otra carta sobre el mismo asun­to. La remitía el Dr. Rushbrooke, secretario general de la «Baptist Word Alliance». Un tanto cáusticamente, sin duda por estar al corriente de los suce­sos de España, se preguntaba lo que entendería el general Franco por la decan­tada «complete toleration» prometida a las minorías religiosas existentes en su territorio. Para este dirigentp evangélico no existía más tolerancia auténtica que la equiparable a la libertad religiosa tal cual había sido formulada en la reciente Conferencia de Oxford. A saber: libertad de culto público y privado, libertad de organización y funcionamiento eclesiales, libertad de enseñanza, y libertad de servicio cristiano y actividad misionera.

El 27 del mismo mes se insertaba en el mencionado diario una nota en la que Alba, con todo aplomo!, establecía completa identidad entre la tolerancia franquista y la libertad religiosa «que con tanta precisión define el Dr. Rush­brooke».29 Años después, y a la vista de cuanto sucedía en España, el buen du­que, ya embajador, viviría mortificado por sus ingenuas declaraciones de 1937.

Durante la guerra diferentes dirigentes evangélicos intentaron sin éxito visi­tar la España nacional para percatarse por si mismos de la situación de sus co-rrelegionarios. Solamente a partir del otoño del 37, en que la Iglesia de Inglate-

28 A MAE, Dirección de Europa, R - 3.350, carp. 30: Nota del embajador británico al ministro español de A. Exteriores, Madrid 2$ septiembre 1945.

29Correspondencia recogida por Hughey, Religious freedom in Spain..., ps. 138-139. Vid. Tam­bién H. L. ,Matthews, The Yorkarí'dtheArrous.G.Braziller. New York. 1957,p. 177.

rra se decantó mayoritariamente contra la República, tachándola de marxista, y en favor de la causa de Franco, algunos clérigos anglicanos pudieron obtener el deseado permiso.

La visita más instrumentalizada por la propaganda de Burgos fue la del re­verendo Lonsdale Wragg, arcediano de Gibraltar, en diciembre de 1938. Dos meses antes el clérigo inglés había visitado en Londres al duque de Alba al obje­to de solicitar su mediación para que, tanto a él como a su obispo, se les permi­tiera visitar a las congregaciones anglicanas y afines existentes en Riotinto, Tharsis, Silón de Cabanas, Huelva, Jerez de la Frontera y un pequeño grupo de Sevilla. Le refirió haber estado en Jerez en el año anterior e informado positiva­mente sobre la situación de aquella comunidad reformada.

Alba emitió un favorable informe30 sobre la pretensión de Wragg, pues aún conviniendo en que algunas destacadas figuras del anglicanismo habían mos­trado simpatías por la causa adversa, no era el caso presente, dado que «al prin­cipio de la guerra del obispo de Gibraltar intervino en favor nuestro en la pren­sa», y observado posteriormente una conducta irreprochable. De otro lado, es­timaba que en las circunstancias presentes denegar la autorización causaría pé­simo efecto en la opinión pública británica.

En Burgos no faltó quien alertase al Gobierno contra los presuntos visitan­tes, por tratarse no sólo de protestantes sino también de ingleses; «... porque es dado presumir, sin temor a caer en sospecha temeraria, que uno o ambos perso­najes sean espías temporal o permanentemente empleados por el 'Intelligence Service' británico».31 Pero el anglofilo Gómez Jofdana, titular de Exteriores, invocando los informes llegados de Londres y Gibraltar -incluido el muy favo­rable del obispo católico de esta localidad-, en atención a que «el aludido obis­po (anglicano) siempre se ha mostrado favorable ^ nuestro Movimiento», te­niendo presente que el culto privado de los disidentes no podía ser negado en una nación civilizada «por muchos que sean sus anhelos de unidad», y por ra­zones de política internacional, recomendó la exjpresada visita.32 El viaje lo hizo finalmente Ragg sin el obispo. Estuvo en Sevilla y Jerez, incluyó Málaga en su itinerario contra lo previsto inicialmente, pero no pudo visitar las pueblas mineras de Huelva «por motivo de su salud algo quebrantada». Regresó, al pa­recer, «muy satisfecho de las atenciones que se le han dispensado».33

Menos fiables resultan los informes y las noticias favorables a la situación religiosa en la España nacionalista difundidos por los agentes de Franco en el exterior para contrarrestar las continuas denuncias contra la persecución de los



30 A MAE, leg. 3461 (Santa Sede y Obra Pía), carp. 34: Carta del Duque de Alba al general F. Gómez Jordana, Londres 20 octubre' 1938.

3' Ibídem: Informe de la Sección de Santa Sede. Asunto: El Obispo y el Arcediano de la secta pro­testante anglicana en Gihrallar pretender visitar a sus supuestos] feligreses en A nda/ucia, (Nota de 5 noviembre 1938).

^Ibídem: Informe de la Sec. B. 1.: Sohre facilidades para visitar España autoridades eclesiásti­


cas protestantes de Gihraltar. Burgos 10 noviembre 1938. \

-*•* A M A E. leg. 3463 (Santa Sede), exp. 21: Cañe de L. Lope- Ferrer suh-agente en G ihraltar, al ministro de A. Exteriores, Gihraltar 2 enero 1939.

protestantes españoles. Veamos un ejemplo. El 15 de enero de 1939 el «Journal de Géneve» insertaba una colaboración34 firmada con las siglas P.E.B., en la que se tranquilizaba a los evangélicos helvéticos sobre la suerte de sus correle-gionarios en la España nacional.

El anónimo cronista refjiere haber recorrido las ciudades donde existían co­munidades protestantes, habiendo podido entrevistar sin problemas a varios pastores. Lo cierto es que tan sólo aporta datos concretos sobre el reverendo Benjamín Heras, de la IEE, y su colega adventista el señor Boix, pastores ambos de Zaragoza. Vivían confortablemente, sus congregaciones marchaban bien, practicaban el culto privado con normalidad, y no había otras incidencias que relatar que el asalto de una de las capillas por un grupo de incontrolados al co­mienzo de la guerra. Se hicieron lenguas de la tolerancia de las autoridades den­tro y fuera de Zaragoza -lo Que no podían decir de los republicanos-, denuncia­ron con horror los crímenes que los «rojos» llevaban cometidos contra el clero católico, y lamentaban la «politización» de los protestantes españoles y la ca­lumniosa campaña desatada en el extranjero contra Franco y su causa.

No será necesario decir gue esas declaraciones eran una burda manipula­ción con fines propagandísticos. Tan burda como grotesca, si se contrapone a incuestionables testimonios documentales, de los que se sigue que «los cultos quedaron interrumpidos; las capillas, clausuradas, y numerosos pastores dete­nidos, torturados y fusilados por el mero hecho de ser protestantes».35 Pese a que la «Sociedad Alemana 4e Evangelización» apenas fue molestada por las autoridades de Burgos -contrariamente a lo sucedido con las británicas, france­sas y norteamericanas-, «hasta los alemanes hubieron de quejarse de la perse­cución contra los protestantes».36



Conclusiones

La guerra civil supuso im duro golpe para el todavía naciente evangelismo español. En ambas zonas c0rtó drásticamente su lento pero seguro proceso ex­pansivo, mermó sus filas por muerte o emigración de numerosos creyentes, de­sarticuló sus cuadros directivos, perdió parte de su patrimonio, impidió su nor­mal funcionamiento y suninó a la totalidad de las confesiones en un marasmo mortal.

Según datos de los propios evangélicos,37 de 147 localidades con obra pro­testante en julio de 1936, tres años después sólo 33 contaban con capillas en buenas condiciones de funcionamiento. Los restantes edificios destinados al

•^Consultado en A M A E, leg. 3461, carp. 34.



35A. Bonifas, Quandfleuñt lámandier. Les Protestants dEspagne. Les Bergers et les Mages (Pa­rís). Conde-sur- Noireau. 1976, p. 51

36H. Thomas, The Spanish Ciyil War. Eyre Spottiswoode. London. 1961, ps. 450-451.

37D. G. Vought, Protestants in Modern Spain. W. Carey. South Pasadena (California), 1973, ps. 23-25. Vid. también M. López Rodríguez, La España protestante. Crónica de una minoría margi­nada (1937-1975). Sadmay. Madrid. 1976. p. 23.

culto y servicios auxiliares habían sido asaltados, saqueados, destruidos o in­cautados.

Los datos demográficos no resultan más alentadores. Sus efectivos -22.000 protestantes españoles en 1936- habían quedado reducidos a la mitad: 7.000 miembros comulgantes, aparte un número de catacúmenos difícil de precisar.38 En total unas 10.000 personas aproximadamente. Habrían de transcurrir tres lustros antes de ser recuperados los niveles de 1936.

J.B.V.*


Profesor titular de Historia Contemporánea (Universidad de Murcia).

38Vilar, Minorías protestante* bajo el franquismo..., p, 336.

ABREVIATURAS UTILIZADAS

AHN : Archivo Histórico Nacional (Madrid) AMAE: Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores (Madrid)


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