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Joseba Azkarraga Etxegibel


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UN MODELO DE EXPERIENCIA EMPRESARIAL COMUNITARIA:

LA EXPERIENCIA COOPERATIVA DE MONDRAGÓN

Joseba Azkarraga Etxegibel



Profesor de Sociología en Mondragon Unibertsitatea e investigador de LANKI

(Instituto de Estudios Cooperativos de Mondragón Unibertsitatea)

Basque Country, Europe


Junio de 2003
La Experiencia Cooperativa de Mondragón (en adelante ECM) representa una de las experiencias de democracia empresarial más relevantes del mundo. Su éxito económico despierta la curiosidad de muchos analistas que ven en esta experiencia la posibilidad real de constituir otra forma de ser y hacer empresa, diferente a los cánones de la empresa capitalista convencional.
Son muchos los logros y aciertos del cooperativismo de Mondragón. Ha supuesto un motor importante de desarrollo comunitario en clave autogestionaria, un polo activo en la creación de empleo y riqueza, y, especialmente, una experiencia que ha impulsado una distribución altamente equitativa de la riqueza creada. Es, al mismo tiempo, la historia de un cooperativismo de éxito empresarial. Si la bondad de un modelo de ser y hacer empresa se mide por la capacidad de generar riqueza, por un lado, y la forma en que ésta se distribuye entre los miembros de la comunidad, por otro, la experiencia cooperativa de Mondragón constituye una pista importante.
La ECM ha constituido una densa trama de personas comprometidas con un pensamiento y una praxis comunitaristas. Nació a partir de una promesa: transformar la empresa (democracia interna, servicio a la comunidad y creación y distribución equitativa de la riqueza) para transformar la sociedad. Su sueño apuntaba hacia el autogobierno comunitario de la empresa y de otros ámbitos de la comunidad (educación, previsión social, sanidad...). Esta experiencia cooperativa ha constituido una comunidad de sentido, un entramado de personas que han compartido una determinada cultura moral. Se trata de una experiencia práctica de desarrollo comunitario, que se lleva a cabo en el mundo de la empresa, y que nace y se desarrolla a partir de un pensamiento comunitarista, el pensamiento de José María Arizmendiarrieta.
Es, al mismo tiempo, una experiencia no exenta de contradicciones. En sus 50 años de vida ha experimentado una gran expansión tanto en lo que respecta a su volumen de negocio como al número de trabajadores que forman parte de la experiencia, hasta llegar a convertirse en una experiencia empresarial internacional, una experiencia implantada en distintos puntos del planeta 1. Especialmente en la última década, experimenta un profundo proceso de transformaciones, que en su mayor parte tienen que ver con el intento de dar respuesta a una economía cada vez más abierta y globalizada. Entre tales transformaciones, los valores cooperativos, su cultura moral y el propio metabolismo jurídico-organizativo están experimentando cambios estructurales.
En este escrito pretendemos arrojar algo de luz sobre tal proceso y la dirección que puede estar siguiendo el mismo. Pretendemos fijarnos en qué ha sido del sueño y de la trama de sentidos que dio origen a esta experiencia y que fundamentó una opción de vida basada en una ética comunitaria.
Los pasos que daremos son los que siguen:


  • En primer lugar, situaremos el cooperativismo en el seno de la reflexión sociológica en torno a la modernidad.

  • Como segundo paso, hablaremos sobre el pensamiento comunitarista y los sentidos colectivos que fundaron la acción cooperativa.

  • En tercer lugar, nos referiremos a las transformaciones que experimenta en la actualidad el cooperativismo de Mondragón, y defenderemos que experimenta cierta crisis de sentido.

  • A continuación intentaremos explicitar algunas claves para entender tal crisis.

  • Hablaremos sobre las distintas respuestas ante la misma.

  • Y, finalmente, propondremos un modelo de respuesta basada en la renovación profunda del cooperativismo.

1. Modernidad y cooperativismo

Acerquémonos al fenómeno cooperativo desde una óptica determinada. Una forma de comprender el hecho cooperativo es aquella que habla del equilibrio entre dos racionalidades: una racionalidad económico-instrumental, cuyo objetivo consiste en convertir la acción empresarial en exitosa, y cuyo norte es la adaptación funcional a las reglas del mercado; otra racionalidad valorativa, desde la que se pretende conjugar la mencionada racionalidad económica con un fondo de humanidad, armonizarla con unos valores, unos principios democráticos, una ética económica fundamentada en el servicio a la comunidad, una ética comunitaria. A partir de esta segunda racionalidad, el cooperativismo representa una comunidad de sentido, una acción empresarial inserta en una visión más amplia sobre la persona y la buena sociedad, una realidad empresarial con vocación social y transformadora.


Por tanto, la empresa cooperativa es un tipo de institución moderna que hace suya y asume conscientemente la tensión propia de la modernidad, entendida ésta en clave weberiana. Max Weber explicó la modernidad como la permanente tensión entre un tipo de racionalidad formal (racionalidad con arreglo a fines, que orienta la acción humana en términos de eficacia) y la racionalidad material-valorativa (racionalidad con arreglo a valores, que surte a la acción humana de sentidos y de los últimos por qué y para qué) 2.
Es sabido que el diagnóstico weberiano habla del progresivo desalojo de la racionalidad material (de los valores últimos que guían la acción humana) de la vida social moderna. Habla de la ruptura de la modernidad capitalista con el finalismo del espíritu moral y religioso que la impulsó, de la ruptura entre economía y moralidad 3. El proceso de 'desencantamiento' que experimentan las sociedades modernas provoca un movimiento de racionalización instrumental, y este movimiento socava la base social de los individuos autónomos, pues se produce la implantación creciente de un modelo de racionalidad formal en todas las esferas de actividad humana. En consecuencia, quiebra la posibilidad de desarrollar una racionalidad material valorativa. Se hace imposible la integración de la actividad económica en una visión holista, en un proyecto societal.
Jürgen Habermas recoge dicha lectura, y aunque en su reformulación ofrece un horizonte de futuro más optimista que el ofrecido por Weber (y mucho más que el de la primera generación de la Escuela de Francfort), su diagnóstico sobre la modernidad sigue una línea muy parecida: la principal patología de la modernidad capitalista apunta hacia la progresiva colonización del mundo de la vida por parte de la racionalidad instrumental; es decir, la aniquilación progresiva del mundo en el que se produce la comunicación simbólica y la producción y socialización de los valores. Se trata de un proceso por el que el mundo de la vida va subordinándose a la racionalidad económica y burocrática, es decir, a los imperativos sistémicos del mercado y del estado 4.
En sociología constituye un lugar común el análisis sobre el desarrollo de la modernidad como un proceso que trae consigo la liquidación de las visiones globales del mundo y de los metarrelatos legitimadores, la desecación de las fuentes de sentido y de los valores. Alguien apuntaba que con el neoliberalismo se crean centros comerciales en el lugar de las comunidades. Desde esa perspectiva, la civilización moderna capitalista ha procurado un desarrollo material sin precedentes, pero al precio de la desecación del alma; en palabras de Weber, el estuche queda vacío de espíritu. El balance global habla de la pérdida de sentido, pues la racionalidad valorativa deja de co-gobernar la acción, y ésta pasa a ser una acción meramente pragmática que sigue intereses y objetivos impuestos. Se impone una racionalidad humana y un tipo de mentalidad y actitud escoradas hacia lo funcional, y quedan reprimidas las dimensiones humanas que se encargan de ofrecer sentido.
Parecido análisis del capitalismo moderno realizan los denominados ‘neoconservadores’: Daniel Bell, M. Novak, I. Kristol o P.L. Berger. El primer capitalismo, vinculado a una concepción y un estilo de vida moral (la ética puritana limitaba la acumulación suntuaria, pero no la de capital), ha cavado su propia fosa y ha naufragado ante su propio éxito porque ha ido secando su sistema valorativo. El ethos ascético propio del primer capitalismo tan inteligentemente analizado por Weber, desaparece y se configura un estilo de vida moderno centrado en el consumismo y el hedonismo. Siguen la advertencia de Weber en el sentido de que el aumento de riquezas conduce a una ética del consumo que sustituirá las motivaciones religiosas por consideraciones utilitarias. En opinión de estos autores, la crisis contemporánea es, por tanto, una crisis fundamentalmente espiritual o moral, ya que no existe un ‘vínculo trascendental’ que proporcione ‘significados supremos’ y dé estabilidad al sistema. La solución que propugnan pasa por una vuelta a la religión. La necesidad estructural de sentido propia de las sociedades humanas sólo puede ser cubierta por la religión, y no por ninguna utopía de otra naturaleza 5.
Entendemos que la tensión fundamental que cruza el hecho cooperativo va también por ahí: la tensión entre las dos racionalidades mencionadas y el difícil equilibrio entre las mismas. Lo que la ECM representa no es sino el equilibrio entre el reino de lo instrumental y el de los fines, un aspecto que, en opinión de Etzioni, es fundamental en el camino hacia las sociedades de la llamada Tercera Vía 6.
Por todo ello, hablar del cooperativismo y de sus posibilidades de realización es hablar, en gran medida, de la modernidad, de sus paradojas, ambivalencias, contradicciones y posibilidades de futuro. Es hablar de la posibilidad de un modelo de empresa y de sociedad, y de un modelo de acción e identidad humanas, que puedan conjugar economía y ética, racionalidad formal y material, eficacia económica y valores, crecimiento económico y cohesión social, razón económica y razón solidaria, racionalidad instrumental y racionalidad ecológico-social, criterios de rentabilidad y criterios de democracia 7.
Por tanto, el cooperativismo representa, en pequeña escala, la búsqueda de una racionalidad integral, de un equilibrio que constituye, a juicio de autores como Alain Touraine, la gran promesa de la Ilustración y el mayor problema de la sociedad y la cultura modernas: la dificultad de armonizar la eficacia propia de los sistemas instrumentales (tecnocrático y mercantil), con el sentido personal y colectivo que requerimos los humanos.
Han sido y son muchas las personas preocupadas por la evolución del cooperativismo en distintas partes del mundo, preocupadas por la ruptura del equilibrio entre las dos racionalidades. Tal ruptura puede producirse en las dos direcciones: por un lado, la configuración de un cooperativismo brillante en su fundamentación ideológica, pero empresarialmente fracasado 8; por otro, el cooperativismo exitoso que se desliza hacia terrenos de puro pragmatismo economicista y la pérdida de sustancia ético-moral 9.
La ECM se ubica en esta modalidad de cooperativismo exitoso cuya ruptura, en opinión de muchos observadores, podría estar produciéndose por el lado de los valores 10. En el propio VIII Congreso de MCC realizado en mayo del 2003, se lanzaba esta reflexión desde sus instancias oficiales:
Se escucha con alguna frecuencia hablar de la ausencia de debate cooperativo en el seno de la Corporación y de la presencia de un sentido cada vez más pragmático y más alejado de los principios cooperativos que aprobamos en el I Congreso. Una especie de deslizamiento hacia aspectos de carácter lucrativo, hacia temas que no están alineados con las señas de identidad auténticas.

Sin embargo es constatable, por otra parte, que el equilibrio entre nuestros principios y valores y el tratamiento económico del capital y del trabajo que se aprobó en 1987 y en 1991 no ha tenido modificaciones de relevancia... (...) Decía el teólogo alemán Juan Bautista Metz que en la Europa actual no es la religión la que transforma a la sociedad burguesa, es más bien ésta, la sociedad burguesa, la que va rebajando y desvirtuando lo mejor de la religión cristiana.

¿Nos estará pasando a nosotros algo de esto con respecto a nuestros principios? (...)

¿Nos estaremos alejando de lo que era el fin de la experiencia, esto es, modelar un tipo de persona más cooperativa y más solidaria?

¿Nos estaremos olvidando de la gran fuerza de la educación, para nutrir y regar estos principios que informan nuestro cooperativismo?

¿Sería conveniente el poder articular un debate desde esta perspectiva de las ideas?
La (sensación de) pérdida, desfuncionalización o desintegración de los valores y sentidos (de la cultura moral) constituye normalmente un proceso doloroso para quien forma parte de la comunidad humana en la que se produce. Ahora bien, lo preocupante no es simplemente la situación más o menos anómica que las personas experimentan cuando perciben que su mundo de sentido y pertenencia parece desintegrarse en las gélidas aguas de una desnuda racionalidad instrumental. Lo que está en juego toca pliegues aún más profundos: la propia posibilidad de la autonomía humana. Está en juego la posibilidad real de construir experiencias socioeconómicas diversas, sobre la base de valores conscientemente elegidos. Se trata de saber si con la progresiva expansión de la economía capitalista se le imponen al individuo y a los distintos colectivos humanos un itinerario de acción que no admite impugnación alguna, un proceso de uniformización de la actuación humana, usurpando así lo que de suyo les pertenece a los humanos: su propia autonomía, libertad y posibilidad de auto-orientación. Lo que está en juego, por tanto, es la posibilidad de autodirigir nuestra vida según valores conscientemente elegidos, haciendo frente, de esta forma, a la unidimensionalidad de la razón instrumental y neoliberal. Se trata de si se puede o no construir el futuro –y en qué grado- sobre la base de la cualidad específicamente humana: la cualidad de crear sentido y de dirigir nuestra existencia conforme a él. Se trata de hacer frente a la durísima sentencia que C. Wright Mills lanzaba ya en 1959, señalando que, en lo que puede ser el final de la Edad Moderna, “la plasmación misma de la historia rebasa actualmente la habilidad de los hombres para orientarse de acuerdo con valores preferidos” 11.
La cuestión de la pérdida de los valores nos enfrenta, por tanto, a una cuestión crucial, también en el ámbito de la empresa cooperativa: la posibilidad y necesidad de crear una subjetividad resistente, creadora de valores y autorregulada; un modelo de subjetividad, identidad y personalidad que pueda basarse en el servicio racional a una causa con sentido, y que sepa encontrar modos de suturar los imperativos de adaptación con la acción autodeterminada.


  1. Un pensamiento comunitarista y autogestionario en la base de la ECM


Ciertas concepciones del cooperativismo, idealistas y de corte marcadamente moral, han optado por una subordinación de los aspectos empresariales a construcciones utópicas de distinta naturaleza 12. Sin embargo, la cultura cooperativa de Mondragón viene impregnada desde sus orígenes de un fuerte pragmatismo. Se caracteriza, entre otros aspectos, por haber asumido sin complejos la racionalidad formal inherente a la acción empresarial. Es decir: el cooperativismo de Mondragón asume que el principio de eficacia empresarial es lo primero, es la premisa fundamental para la consecución del proyecto social cooperativista. Como consecuencia de ello, rompe la aparente antinomia que para muchos existe entre la sensibilidad social y la sensibilidad empresarial. No se formula una disyuntiva entre ambas, sino una relación de complementariedad y mutua necesidad.
Esta cultura no ve con recelo la actividad económico-empresarial, sino que la asume de forma natural como propia. Dicho ethos cooperativo es una de las claves de la cultura de Mondragón y de su éxito empresarial 13. Por ello, este cooperativismo representaría una primera ola racionalizadora del fenómeno cooperativo, a través de la cual se otorga a la acción inscrita en el ámbito económico una legalidad propia: las leyes de la empresa constituyen una legalidad autónoma y deben ser cumplidas.
Ahora bien, la fuerza y el éxito de la acción empresarial de las cooperativas de Mondragón no se deriva de su desvinculación de cualquier otro criterio que no sea el meramente instrumental. Al contrario: el cooperativismo de Mondragón se ha sostenido sobre la vinculación entre empresa y sentidos, sobre una mística y sobre el compromiso con unos 'conceptos límite' que, en algunos de sus protagonistas, llegan a alcanzar relieves de un proyecto de sociedad. Un cooperativismo, por tanto, que se auto-define y auto-comprende como portador de un relato con vocación de mejorar y transformar la realidad, portador de una narrativa para una empresa distinta, y, en sus formulaciones más ambiciosas, también una sociedad distinta. La acción empresarial-cooperativa de Mondragón fue exitosa desde sus comienzos porque, entre otras razones, encontró el anclaje valorativo que proporcionó un sentido colectivo a la actividad profesional y laboral, legitimó el desarrollo empresarial (cooperativo) y lo concibió como un proyecto en sí mismo bueno y deseable. Contó con un cuerpo de sentidos y una legitimación ideológica que impulsó y coordinó de forma exitosa el esfuerzo de un colectivo humano. Así, la acción empresarial fue integrada en una visión colectiva y una narrativa determinadas.
Dicho de otro modo: la acción cooperativa que nos ocupa debe gran parte de su éxito al consenso sociocultural básico que legitimó, justificó y arropó el proyecto empresarial. La acción empresarial-cooperativa quedó moralmente anclada. Los sentidos inter-subjetivamente compartidos y moralmente vinculantes, aquellos componentes culturales con los que sintonizó la acción económica y que co-gobernaron dicha acción, alimentaron una específica actitud vital, un ethos y un determinado código moral. Se configuró un estilo de vida fundamentado en la entrega profesional, el trabajo y el consecuente éxito empresarial. La cultura cooperativa de Mondragón y la subjetividad de sus pioneros han estado fuertemente impregnadas por valores como el trabajo (redentor), el esfuerzo personal, el ahorro, el servicio a la comunidad, la autocontención rigurosa en lo material, y la autodisciplina 14. Aspectos todos ellos fundamentales para la conformación de una subjetividad colectiva funcional a los requerimientos de la empresa, y un modo de conducta efectiva en el campo de acción constituido por el mercado 15.
Perry Anderson afirma que el marxismo busca “agentes subjetivos capaces de estrategias efectivas para desalojar unas estructuras objetivas” 16. Estas palabras son aplicables al cooperativismo de Mondragón: se construye una subjetividad colectiva que de forma efectiva transforma la estructura organizativa de la empresa de capital y construye una experiencia de autogestión de la clase trabajadora. La conformación de tal agente subjetivo se da a través de un largo proceso educativo de aproximadamente doce años 17.
La cultura cooperativa de Mondragón se fundamenta en el matrimonio exitoso y la continua retroalimentación entre los dos tipos de racionalidades, la formal-instrumental y la material-valorativa, lejos de la antinomia que se percibía por parte de muchas de las experiencias cooperativas de tradicionalismo económico. La relación entre economía (racionalidad económica) y ética (racionalidad democrático-social) ha sido, por decirlo de otro modo, principalmente simbiótica: cuanto más se avanzaba en el aspecto empresarial, más se avanzaba en el proyecto democrático de autogestión colectiva y desarrollo comunitario.
El cuerpo de sentidos sociales que arropó la acción empresarial en tiempos de génesis, hunde sus principales intuiciones en el pensamiento comunitarista del que fue el principal inspirador de la experiencia cooperativa que nos ocupa y una de las figuras más importantes de la historia moderna de los vascos: Arizmendiarrieta (1915-1976)18. Dicho pensamiento tomó la forma de un proyecto de transformación social multidimensional, y su intuición básica residía en el fortalecimiento de la comunidad. Su frenética actividad de sacerdocio social buscaba la elevación moral y material de una sociedad destrozada por la guerra (la guerra civil española), y en la que él mismo había resultado perdedor.
El punto de partida de Arizmendiarrieta era la conciencia de vivir en la historia un momento que debía ser sometido al más severo análisis y radicalmente superado. Las dos guerras mundiales, y la propia guerra civil española, constituían hechos innegables de una crisis social profunda, una crisis de la civilización occidental y de la modernidad capitalista, la crisis de la razón liberal. Era necesario avanzar hacia un ‘nuevo orden social’ y un ‘nuevo hombre’. Las clases populares debían demostrar su madurez y mayoría de edad a través de su capacidad de autogobernarse a sí mismos, en un tiempo de dictadura represiva en el que al otro lado de su dependencia cultural y material resultaba difícil vislumbrar alternativa alguna. En ese camino el cooperativismo representaba la posibilidad de autogobierno comunitario en el mundo de la empresa. Como otros pensadores del hecho cooperativo, Arizmendiarrieta definía el cooperativismo como un movimiento económico que emplea la acción educativa, o alterando los términos, como un movimiento educativo que utilizó la acción económica.
En opinión de Arizmendiarrieta, ni el capitalismo liberal ni el socialismo estatista respondían a la dignidad humana, pues en ambas las personas no constituyen el objetivo último y el fin primordial. Su pensamiento y praxis se fundamentó en una llamada continua a la auto-responsabilizacion individual y colectiva en la mejora moral y social de la comunidad, sin paternalismos que siempre resultan enervantes. Todo ello desde la asunción de la necesaria eficiencia empresarial (la interiorizacion del código de conducta requerido en el mercado, el cálculo económico y la planificación racional de la actividad empresarial).
A continuación apuntaremos tres ideas fundamentales del pensamiento comunitarista y autogestionario de Arizmendiarrieta, y que como suele suceder, compartía especialmente una minoría ideologizada y su núcleo de colaboradores más cercano:


  • Por un lado, la acción social cooperativa se propuso transformar las estructuras de las empresas capitalistas al uso. Se trataba de dar un vuelco al metabolismo de poder característico de la moderna empresa capitalista, para crear un nuevo tipo de empresa acorde a las justas exigencias del mundo del trabajo, y, para de esa forma, situar a la clase trabajadora en una situación humana y política cualitativamente distinta. El cooperativismo se visualizaba como un elemento reactivo ante estructuras empresariales capitalistas que se experimentaban como explotadoras e injustas en su propia naturaleza y como la fuente principal de heteronomía que sufrían las clases populares.




  • Una segunda idea. La ECM no sólo pretendía un cambio sustancial de las relaciones de poder en el interior de la empresa. El pensamiento de Arizmendiarrieta apunta claramente hacia la transformación de la misma concepción y función social de la empresa. Se concebía la empresa como agente fundamental para la justicia social y el desarrollo comunitario, de la promoción humana y social. La empresa debía integrar elementos de democracia hacia dentro (cambios en su metabolismo interno), y hacia fuera, debía mirarse a sí misma como un agente al servicio de la comunidad, del bien colectivo, y no meramente individual. Esta transformación de la empresa en sus dos dimensiones (intramuros y extramuros) se consideraba que sería la palanca para una transformación social global, pues la empresa capitalista era vista como la fuente de buena parte de los males que aquejaban a la sociedad vasca y occidental de aquellos tiempos.




  • Una tercera idea. El pensamiento de Arizmendiarrieta y la dimensión ética del proyecto cooperativo no sólo miraba en la dirección de transformar la empresa hacia dentro y hacia fuera. Contenía, al mismo tiempo, intuiciones de un proyecto societal, no sólo un proyecto empresarial. Se pretendía dar pequeños pasos hacia un nuevo modelo de convivencia humana y un nuevo modelo de sociedad crecientemente autogestionado y auto-instituido; el tránsito desde la hetero-nomía a la auto-nomía, con el objeto de que las clases populares dieran pasos firmes hacia la auto-regulación de su existencia, en base a su propia ley. En términos más actuales, se trataba de una concepción de la sociedad en la que la sociedad civil es la protagonista responsable de su propio destino, en una convivencia –difícil pero necesaria- con las dos instituciones sociales que caracterizan la época moderna: el estado y el mercado 19. Se trataba de promover experiencias de autogobierno comunitario no sólo en la empresa sino en otros ámbitos de la vida social: educación, salud, tiempo libre, jubilación, etc. Este es el nivel de sentido más elevado, un nivel de sentido supraordinal, que como hemos señalado, apunta hacia un proyecto de sociedad fundamentado en una visión sobre la buena sociedad 20.

Los sentidos sociales mencionados han adoptado formas distintas, o dicho de otra forma, el compromiso cooperativo ha venido revestido de adhesiones ideológicas de naturaleza diferente:




  • adhesiones de corte religioso: compromiso cristiano fundamentado en la apuesta tradicional de la doctrina social de la Iglesia a favor del cooperativismo como fórmula para la resolución de la llamada cuestión social 21;




  • adhesiones a formulaciones secularizadas de raíz socialista (el propio Arizmendiarrieta se refirió al cooperativismo de Mondragón como referente principal del socialismo vasco);




  • y adhesiones a la construcción de país.


Por tanto, el cooperativismo de Mondragón viene a pivotar sobre los tres principales asideros que han sustentado la identidad de las personas en el marco de la primera modernidad: religión, clase y nación 22. El cristianismo, el nacionalismo y el progresismo social, y todo ello junto con el pragmatismo empresarial, constituyen la constelación ideológica y los impulsos básicos de este cooperativismo peculiar. Esa constelación ideológica ha constituido la base de su legitimación, y un marco seguro de sentido, acción y orientación para sus protagonistas.
El peso específico de cada uno de los impulsos mencionados ha sido distinto a lo largo de la historia, en función de la evolución ideológica de la propia sociedad en el que la experiencia cooperativa está inserta. ¿Experimentamos hoy un tiempo histórico caracterizado principalmente por el desplazamiento progresivo hacia el pragmatismo?

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