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Jose engling vida familiar y escolar


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JOSE ENGLING


VIDA FAMILIAR Y ESCOLAR

 

José nace el 5 de enero de 1898 en Ermland, actualmente Polonia. En la casa paterna reinó siempre una vida familiar ejemplar. El clima familiar de piedad despertó en los hijos el sentido religioso. Ellos conocieron el templo antes que la plaza de juegos. El padre y la madre eran un ejemplo.



“En vísperas de comenzar las clases de doctrina, me aconsejo mi madre que implorase la gracia del Espíritu Santo, lo que hice de inmediato. Entonces me hice el propósito de pedirle, antes de cada clase que me ayude a atender devotamente. “¡Que madre tan buena tengo! ya que tengo una madre tan santa, hago el propósito de ser yo también tan piadoso y obedecer puntualmente a mis padres. ¡Quiera Dios ayudarme a mantener esta intención! ¡Que madre tan buena tengo!”

José era su hijo predilecto, y esto tenía su razón: José era el hijo de sus preocupaciones, pues era de una constitución física bastante débil. Un raquitismo en su primera infancia, le dejó como secuela la deformación del esternón, de modo que José era algo encorvado. Además tenía un defecto de dicción. La madre trataba de compensar estos defectos con tanto más amor y solicitud por lo quese despertó y desarrolló tempranamente la rica vida emotiva de José.

La delicadeza de conciencia tuvo especial importancia. La madre la había cultivado cuidadosamente y la había cimentado con su buen ejemplo. Prontamente le comunicó el deseo de ser sacerdote a su madre, e ingresó al Seminario menor de los Padres Pallotinos en 1912. A pesar de que sus compañeros se burlaban de él, supo ganarse el afecto, la confianza de sus compañeros, pasando a ser un modelo y ejemplo para ellos. Conoció en esos años al Padre José Kentenich, quien será su director espiritual. En 1915 se unió a la Congregación Mariana iniciada por el Padre Fundador. En otoño de 1916 fue llamado al ejército. Había comenzado la Primera Guerra Mundial. Fue enviado a Verdún, Flandes y el norte de Francia.

 

VIDA INTERIOR

 

En las circunstancias de la guerra él rezaba cada mañana una oración de gratitud, sea que estuviese en una trinchera de la primera línea, en un puesto de prevención o arrastrando heridos y muertos. Aunque la noche anterior hubiese sido como hubiese sido, él le agradecía a Dios que aún estaba vivo. Con la oración: “Oh Señora mía”, renovaba por un día más su Alianza de Amor con la Sma. Virgen. El cansancio paralizador, el hambre, la estadía en las trincheras, la artillería enemiga, las caminatas peligrosas, eran las ocasiones de probar la autenticidad de esa entrega.



Su Ideal Personal: “Ser todo para todos y entera propiedad de la Stma. Virgen”.lo impulsaba a la entrega diaria. Basado en él, formuló una oración en la que le ofrecía el día entero a la MTA para su capital de gracias.

“A esta hora -pensaba- se está celebrando en muchos lugares la Sta. Misa, también en Schoenstatt”. Con esa actitud comulgaba espiritualmente y se unía a la celebración litúrgica lo más íntimamente posible. El sacrificio de Cristo en la cruz era el ejemplo más vivo de su Ideal Personal. Como antes -cuando podía concurrir físicamente- ahora también era la Sta. Misa el centro de su día.

José renovaba y profundizaba esta íntima unión con Dios por medio de las dos horas de guardia espiritual frente al Santísimo, una por la mañana y la otra por la tarde. Se trasladaba espiritualmente a la Capillita de Schoenstatt. Junto con ella, realizaba simultáneamente su peregrinación espiritual al Santuario. Él sentía que vivía más en el Santuario que en el campo de batalla. Pero precisamente ese fue el secreto que le daba a José —en los peligros más grandes— la tranquilidad interior que sus camaradas admiraban tanto.

Por la tarde por ejemplo, solía recogerse durante un cuarto de hora para leer y estudiar. ¡Y esto, aún bajo los estallidos ensordecedores de las granadas!

Trataba de rezar el rosario siempre, ya fuera durante las caminatas, durante las horas de servicio, mientras buscaba la comida, o en el puesto de guardia.

Por la noche controlaba su Horario Espiritual y se preguntaba:

“¿Cómo correspondí hoy a la invitación de Dios al heroísmo?

¿Alegré hoy a la Virgen María?”

Luego, José comenzaba a rezar su oración de la noche. Generalmente, cuando llegaba a hacerla, ya empezaba para él el nuevo día. Pedía espiritualmente la bendición del Padre Kentenich; así lo había acordado con él. Bajo su conducción espiritual había crecido, se había compenetrado de sus ideales. El era quien lo orientaba en su aspiración a la santidad. En consecuencia, también debía bendecirlo al final de cada día. Esa era para José la bendición de su Madre Celestial desde el Santuario.

José Engling anhelaba ser un verdadero apóstol. Para ello muchas veces se trazó él mismo un plan educativo: Escribía en su diario:

“1- Quiero poner más empeño en alcanzar la santidad.

2- Quiero ser un ángel de la guarda para mis compañeros congregantes en el frente.

3- Nunca diré una mentira.

4- Quiero santificar el domingo.

Después de un año y medio de estar en el frente, hizo privadamente ejercicios espirituales, en medio de las actividades de la guerra. Reelaboró sus cuatro principios.

1- Quiero ser santo por medio de mi director espiritual. (P.J.K.)

2- Quiero ser un fiel congregante y entregarme con cuerpo y alma a la congregación.

3- Quiero cumplir con gran celo el Ideal Personal.

4- No quiero esquivar ningún sacrificio para poder hacer diariamente lectura espiritual y rezar un

Así del joven, se hizo un hombre, del hombre, un héroe, del héroe, un santo.

En relación al ideal personal escribía años más tarde, durante la guerra: “Si al hombre no lo guía una idea sublime, se estancará en las hondonadas de la vida diaria. A mí me ofrecen el mayor sostén: la congregación, su Reina y los aportes al capital de gracias”.

 

SERVICIALIDAD


Junto con los que recién han llegado, José observa lo que significa estar en primera línea. Ve centenares de hoyos de granada. ¿Ésto es ‘primera línea’? ¿Qué es eso? Después de 24 horas lo sabe con exactitud. Según un cálculo, se suponía que los ingleses disparaban diariamente alrededor de seis mil granadas en el radio de lucha del batallón de José Engling. Ahora le toca el turno a su compañía, la cuarta. A pocos metros de sus pies, las bombas se hunden en la tierra. El continuo detonar de las granadas levantan en un instante montañas de escombros de la altura de una casa. El fuego se acerca a ellos. ¡Un tiro, otro, otro más! Quizá el próximo los alcance. Esos pocos segundos son las vivencias más horribles que el soldado experimenta en el frente. Continuamente ataques imprevistos. Continuamente el ensordecedor estallido de las granadas.

Durante todo el día detonó el fuego sobre Calonne. La compañía de José se había establecido en el límite noroeste del poblado. Los soldados estaban hambrientos.

No obstante; Thalhöfer, el suboficial, no podía hacerse responsable de enviar a sus hombres en busca de alimentos. El ya lo había intentado en varias noches y cada vez, el saldo había sido soldados muertos o heridos. Esa noche, recorrió las trincheras en busca de voluntarios. “¿Voluntarios? -comentó alguien- por nada del mundo correría en medio de ese fuego infernal” Entonces, el suboficial escuchó otra voz:’- “Bueno, iré yo” Era José Engling. Otros se le asociaron. Cargados con algunas ollas, partieron hacia el pueblo. Los recibió un verdadero huracán de fuego. Instintivamente se tiraron al suelo resguardándose en los hoyos abiertos por las granadas. En los momentos de tregua reiniciaban su camino hasta llegar, al fin, a la aldea. Sin embargo, los esperaba aún otro sobresalto: las granadas que explotaban allí, eran silenciosas. José examinó el aire: “¡es gas!”. Finalmente, cuando llegaron a la cocina descubrieron que no era ese el lugar al cual debían ir; aún tenían que andar cuatro kilómetros más. Eso supuso que, para llegar antes de que despuntara el día, debieran elegir el camino más corto, pero que a la vez, incluía el mayor peligro. Ya no se trataría de ataques de alerta, sino de ofensivas directas contra ellos.

A causa de estos contratiempos, varias ollas llegaron vacías a destino.

Habían perdido su contenido en el continuo tirarse y levantarse del suelo para esquivar los ataques. Al regresar, los compañeros se enfurecieron por la comida que habían perdido. Para ellos fue un momento difícil. Nadie les ahorró injuria alguna. ¿Cómo reaccionó José? En pleno día, arriesgando su vida, volvió a la aldea y buscó entre los escombros lo que suponía: una gran cantidad de víveres que había dejado allá una compañía inglesa que pasó por el lugar. Cuando estuvo de vuelta, dispuesto a compartir con sus camaradas una bolsa llena de alimentos, el resto de la tropa lo miró estupefacto. No es de extrañarse, que aún después de veinte años de aquel día, el suboficial Thalhöfer opinara: “era el mejor hombre de la tropa de transporte”.

 Un soldado llegó precipitadamente a la trinchera en el que se encontraba José con otros camaradas.

—“Kofel, esta noche tienes que participar en un patrullaje. Hay que presentarse a las veinte horas en el comando”. Y salió corriendo. Kofel era uno de los soldados mayores, padre de varios hijos.

Quieto, sin proferir palabra, aceptó el mensaje y cerró sus ojos ensimismado en sus pensamientos. Sin duda alguna, en ese momento su imaginación habrá volado hasta sus seres queridos a quienes probablemente no volvería a ver, pues el patrullaje bien podía significarle la muerte. José lo observó y por un instante experimentó en sí mismo la pena que envolvía a este soldado. Eso fue suficiente para tomar la decisión. Cuando llegó la noche y Kofel se levantó para partir, José, acercándose le dijo: “Quédate camarada, yo voy por ti”.

Las últimas semanas en el frente de batalla habían dejado a José extenuado. Había estado ocho días en la primera línea y casi cada noche se había incorporado a la tropa de transporte. En un día había ayudado a enterrar trece muertos y a aliviar a diecinueve de los heridos de su compañía. Luego, por la noche ocupó el puesto de guardaseñales. José sentía que su cuerpo pesaba plomo. Sin embargo, le encomendaron dar un aviso y partió corriendo. No lo hubiese hecho por salvarse a sí mismo, pero sabía que de su velocidad y precisión, dependía la vida de muchos camaradas. Ya hacía tres días y tres noches que estaba de pie. Quizá podría dormir un poco esa noche. De repente, una nueva orden lo envió a trabajar en las trincheras. ¿Debía dispensarse de ello? El no daba más y, a decir verdad, ninguno de sus superiores le hubiese negado el descanso. Sin embargo, la reflexión de José fue: “No, entonces otro me tendría que suplir a mi”.

Un día, a medida que terminaban su trabajo, los soldados se iban retirando. También José iba a hacer lo mismo cuando vio a un camarada ya mayor que no podía adelantar con su trabajo; el miedo a la muerte y el agotamiento, habían paralizado sus fuerzas. José, sin pensarlo más, de inmediato estuvo a su lado dispuesto a ayudarlo.

Ese mismo día, un bombardeo imprevisto los había descompensado; casi todos los jefes estaban muertos o heridos. ¿Quién acompañaría a los soldados hasta la primera línea?

— “¿Quién está dispuesto?”— “Yo” dijo José y se presentó.

Cuando llegaron al lugar indicado, los esperaba aún otro cuadro aterrador. Allí también habían sido atacados y dos camaradas quedaron sepultados bajo la tierra. El jefe de la compañía decidió que algunos de la compañía de José, se quedaran para rescatar a los sepultados. José se ofreció. Luego de desenterrarlos los llevaron al puesto de emergencia. Y todavía cuando terminó con esto, José, presentándose de inmediato en el comando, se mostró dispuesto a prestar servicios de guardaseñales hasta que pudiese ser reemplazado. José murió alcanzado por una granada el 4 de octubre de 1918, después de ofrecer su vida a la MTA.

 

APOSTOLADO

 

José se ocupaba de su grupo de vida, al lado de su trabajo militar y de sus propios esfuerzos por conquistar su Horario Espiritual. Ahora el grupo necesitaba nuevos temas para continuar el trabajo. La evolución de la Organización Externa de Schoenstatt y su desarrollo personal le sugirieron la tarea precisa: ‘apostolado’ en el sentido schoenstattiano. En torno a él todo se estaba desmoronando. José pensó entonces en una ofensiva: ¡No huir del mundo, sino compenetrarlo de Dios! ¿Lograría encender al grupo con esta idea? Desde el refugio subterráneo escribió carta tras carta enviando sugerencias para el Horario Espiritual:



l. Apostolado del buen ejemplo.

2. Trabajo directo por la salvación de los camaradas.

3. Luchar contra la inmoralidad.

4. Amor a la Santa Iglesia.

5. Trabajo por la concepción religiosa de la guerra.

6. Educación de nuevos apóstoles.

7. Apostolado de la prensa.

8. Misiones paganas.

9. Ética social

Todo lo que sugería lo había experimentado primero. Jamás exigía a los suyos algo que él mismo no cumpliera de un modo ejemplar. Pero a pesar de sus buenas intenciones, la preocupación por su grupo fue aumentando cada vez más: tres que estaban internados en el hospital militar tomaron contacto directo con la vida de una gran ciudad y con la inmoralidad reinante. Aunque ellos mismos no cayeron en ella, las circunstancias influyeron de tal manera en ellos que llegaron a desanimarse completamente. Los demás, que estaban en el frente, no tenían mejores ánimos. La fe en sus ideales parecía desmoronarse. Quedaron confundidos al ver el caos en la humanidad y en cada persona. No encontraban a nadie que luchara por ideales similares a los de ellos. Se sentían perdidos y sobrecogidos por un sentimiento inexpresable de soledad en medio de un mundo que pensaba y vivía de un modo diametralmente opuesto. Además de todo esto, todavía José, el dirigente de grupo, escribía circulares interminables sobre el apostolado, la renovación religiosa y moral, la influencia en el medio ambiente.

¡Su idealismo aún no había sido derrotado!

Engling sentía el dolor interior de sus compañeros de grupo, pues él mismo estaba en medio de todos esos peligros. Con cuánto agrado les hubiera transmitido algo de su propio entusiasmo y de su fe inquebrantable. Pero, aparentemente todo era en vano. No obstante, continuó escribiendo carta tras carta....pero ya ni contaba con respuesta alguna. Con este dolor fue a la muerte. ¿No habrá ofrecido su vida también por ellos?. Aunque los miembros de su grupo ya no lo vieron más, quizá haya sido su ofrecimiento y su lucha continua por alcanzar sus ideales, lo que hizo que a pesar de todo, siguieran manteniendo su fe.

 

PUREZA

 

De ninguna manera nos debemos imaginar a José como a un tonto inofensivo o inocente. Es verdad que él no buscaba a las mujeres y que no tenía ninguna amiga. Sin embargo, tampoco llegó a la santidad sin luchar por el dominio de sus instintos. Cada quince días renovaba su voto privado de pureza y conservó, hasta la muerte, lo que se llama “inocencia”. Pese a todos los peligros morales, José fue fiel. Y el origen de esa fuerza, lo encontramos en varias razones: primero, en su delicadeza de conciencia. Para él, la decencia y el pudor eran importantes. José se conservó intacto, interior y exteriormente. Tenía una fantasía muy limpia. Su alma y su vida afectiva estaban plenamente ocupadas en otras cosas. José rezaba mucho. El rosario era parte del inventario de su bolsillo. Ante todo, cultivó la oración contemplativa.



“Leeré diariamente algo sobre la Virgen y meditaré en lo leído”.

José Engling tuvo que ver y escuchar muchas cosas, pero trató de evitar que ellas le penetraran. Hacía caso omiso de ellas. Como el automovilista, que no debe dejarse encandilar por las luces de los otros vehículos, ni detenerse a observar lo que sucede en la vereda de las calles, José recorrió su camino, con sus ojos siempre sobre su autopista; sin detenerse, sin desviarse, seguro de su meta.

Trató de adquirir un sano criterio frente a las diversiones que se le presentaban. Mientras sus camaradas se divertían en las salas de cine, él prefería peregrinar al Santuario. De esta manera, sentía que era como mejor descansaba y volvía a respirar “aire puro”. Su constante aspiración ascética a través del Horario Espiritual, el Ideal Personal, su Examen Particular, sus Propósitos personales y siempre con la ayuda del Director Espiritual, fue el seguro de su pureza. Pero además, hacía muchas otras cosas. En su equipaje, por ejemplo, además de armamentos, víveres y municiones, llevaba algunos libros para sí mismo y para los demás que hacía llegar aún hasta las primeras líneas del frente. El sabía por qué: La literatura que frecuentemente se leía allí ayudaba a relajar aún más la moral y las buenas costumbres. José aprovechaba cada oportunidad para recibir los Sacramentos -sea la Confesión, o asistir a la Santa Misa-. Sabía que como el cuerpo necesita de alimentos para poder crecer, también el alma necesita de un sustento: la fuerza de los Sacramentos.

“Hice el gran sacrificio de levantarme a las 3.30 de la madrugada y quedarme en ayunas hasta las 12.00 hrs. para poder comulgar”: “El viernes tuvimos Misa. Teníamos una cierta esperanza, aunque mínima, de poder recibir los Sacramentos. Hace dos semanas se repartió la Comunión durante la Santa Misa. Supe que los de la Reserva antes se habían confesado con el Capellán del ejército. Yo no logré.

En otra oportunidad intentó “reclutar” a algunos camaradas católicos para asistir a la Misa. - “Pero, Engling- ¡acabamos de llegar del frente! ¡Estamos completamente agotados! Primero tenemos que dormir como se debe. ¡Dos horas de camino es demasiado para nuestros huesos apaleados!” José no aflojó. Logró reunir un grupito y se encaminó con ellos hacía la Iglesia. En el camino habló personalmente con cada uno y los animó para que se acercaran a los sacramentos.

¿Cómo responderíamos a la pregunta si José estaba enamorado? El amaba inmensamente a la Reina de su corazón, a la MTA. A ella se había consagrado a través de la Alianza de Amor, y solamente a ella le pertenecía su amor juvenil. Sus flores de mayo nos permiten vislumbrar algo de esa gran fuerza de su corazón, sacrificios y regalos que él hizo a la MTA en su mes, que en Europa se celebra en mayo.

 

MI HERMANO MAYOR

 

Sin duda alguna José fue “grande” en sus aspiraciones personales. Ha conquistado la santidad de la vida diaria en una medida singularmente heroica. Por eso las palabras “hermano mayor”, “un héroe que nos indica el camino”, deben entenderse en este sentido: como señal y estímulo para imitarlo, sobre todo, cuando se hace duro recorrer sus huellas. Pero él nos enseña también que la llave de su heroísmo fue su confianza ilimitada en la Madre. ¡Qué relación íntima fue la suya! ¡Qué anhelos de imitarlo despierta en nosotros!



No sabemos si José tomó o no plena conciencia de la trascendencia de su camino; pero una cosa es decisiva: él alcanzó la meta. Ha vivido Schoenstatt en tal medida que el Padre pudo decir de él que fue el “acta de fundación vivida”. Escribió también en una carta: “Contemple la vida de José Engling de tanto en tanto,. Si uno se deja penetrar profundamente por la imagen total, contemplará a con gran admiración a un gran héroe (…). Todos, sean jóvenes o adultos, pueden aprender mucho de él”. Por supuesto, no se trata de imitar a José en un Examen Particular renovado cada hora. Pero sí en ser capaz de ser fiel como él a nuestro Examen Particular hasta llegar a una actitud similar a la suya: “te ruego me ayudes a ennoblecer, para bien de la humanidad, la capacidad de entrega que está en mí”. La vida de José es para nosotros una enseñanza. Sólo podrá tenerlo por amigo quien trabaje incansablemente en sí mismo. El escribió una vez desde Hagenau: “Sólo una cosa echo de menos: un amigo con el que pudiera ser una sola cosa, con el que pudiera compartir todo cuanto tengo, también las alegrías y las penas, por el que pudiera pasar a través del fuego y que él lo hiciera por mí: Desde hace mucho mi corazón añora un amigo, pero hasta ahora no lo encontré”. El puede ser ahora nuestro amigo, nuestro guía de ruta. El tiene mucho para enseñarnos... Basta que nos abramos a la gracia y que dejemos que su ejemplo nos penetre. Schoenstatt, los ideales por los cuales José entregó su vida, siguen teniendo vigencia, quizá hoy más que nunca.

La Mater también espera de nosotros un heroísmo similar. José respondió entregándose por entero.


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