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José fouché : ‘El genio tenebroso (retrato de un político’) Stefan Zweig


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CONFERENCIA ‘FOUCHÉ O EL POLÍTICO CAMALEÓNICO’
TERTULIA ‘EL BÚHO DE ATENEA’ -ATENEO DE MADRID: 14 de marzo de 2012

- José Luis Millán Úbeda -


JOSÉ FOUCHÉ : ‘El genio tenebroso (retrato de un político’)

- Stefan Zweig -

Traducido del alemán por: Máximo Jose Kahn y Miguel Pérez Ferrero.



Editorial España/1933. 3ª edición.
INTRODUCCIÓN
A Napoleón en Santa Elena, a Robespierre entre los jacobinos, a Carnot, Barrás y Talleyrand, en sus memorias, y a realistas, republicanos o bonapartistas, sus plumas rezuman hiel cuando escriben su nombre.
Ni Lamartie, ni Michelet, ni Louis Blanc intentan seriamente estudiar su admirable y persistente falta de carácter. Sólo en la biografía de Louis Madelins. Balzac lo vió en su propia grandeza y dijo de él: “La plus forte tête que je connaisse”, en su novela ‘Une ténébreuse affaire’.

Balzac le atribuye el haber tenido más poder sobre los hombres que el mismo Napoleón.

Tipo maquiavélico, el más perfecto de la época moderna.
Diariamente vemos de nuevo que en el juego inseguro y a veces insolente de la política, a la que las naciones confían aún crédulamente sus hijos y su porvenir, no vencen los hombres de clarividencia moral, de convicciones inquebrantables, sino que siempre son derrotados por esos jugadores profesionales que llamamos diplomáticos, artistas de manos ligeras, de palabras vanas y nervios fríos.
José Fouché fue uno de los hombres más poderosos de su época y uno de los más extraordinarios de todos los tiempos. Sin embargo, ni gozó de simpatías entre sus contemporáneos ni se le ha hecho justicia en la posteridad.

CARÁCTER:

  • En la imperturbable frialdad de su temperamento radica el verdadero genio de Fouché.

  • Ama viciosamente la aventura, el Poder, su pasión es la intriga, con un disfraz de fiel y honrado burócrata que lleva toda la vida.

  • De figura humilde y subalterna, espera asestar el golpe criminal en el momento, inesperado e inadvertido.

  • Actúa en la sombra y sobre 3 generaciones.

  • Su talento sobrepuja al genio; su sangre perdura sobre toda pasión”.




  • Persistente falta de carácter; cara pálida; educado bajo una disciplina conventual.

  • Sabía mirar entre bastidores, con su fino instinto.

  • Buscaba más que la diferencia entre lo moral y lo inmoral, el valor de la voluntad y la intensidad de la pasión.

  • En el Directorio supo prever el futuro, juzgando rectamente el pasado.

  • Dio pruebas de su habilidad durante el golpe de estado del 18 Brumario, y se adueñó del espíritu de Napoleón, dándole consejos e informes muy útiles y valiosos.

  • Era un hombre de Gobierno, que acertaba en todos sus vaticinios con increíble perspicacia.

  • Siempre quiso ser un personaje de 2ª fila, que no quiere que le observen cara a cara ni que le descubran el juego. Tipo maquiavélico y camaleónico; ¡y más extraño aún!: ninguno de esos perfiles de Fouché, cogidos al vuelo, coinciden entre sí a primera vista.

  • Cuesta trabajo imaginarse que quien fue sacerdote (órdenes menores) y profesor en 1790, saquease luego iglesias en 1792, fuese comunista en 1793, multimillonario 5 años después y Duque de Otranto algo más tarde.

José Fouché nace el 31 de mayo de 1759, en el puerto de Nantes, de padres marineros y mercaderes.


Débil, delgado, alto, anémico, nervioso, feo”.

No queda más que la Iglesia. Esta gran potencia milenaria, que supera infinitamente en sabiduría mundana a las dinastías, piensa más prudente, más democrática, más generosamente. Siempre encuentra sitio para los talentos, y recoge al más humilde en su reino invisible.”


Estudió en el colegio de los oratorianos, cediéndole luego la cátedra de Matemáticas y Física. También enseña latín.

No toma las órdenes mayores. A la Iglesia se da temporalmente, y no por entero, lo mismo que más tarde al Consulado, al Imperio o al Reino.

Aprende durante sus años conventuales y de profesor, lo que ha de ser más tarde infinitamente útil al diplomático: el arte de callar, la ciencia magistral de ocultarse a sí mismo, la maestría para observar y conocer el corazón humano.

ASCENSO: 1759-1793
De los 20 a los 30 años, semisacerdote silenciosamente:

Da clases en Niort, Sammur, Vendôme y París. Silencioso e insignificante, apartado de la vida; aprende a callar, a ocultarse a sí mismo, y observa el corazón humano, dominando hasta el último músculo de su cara, dominándose a sí mismo, autodisciplina férrea, resistencia al lujo y la fastuosidad, y el arte de saber ocultar la vida privada y el sentimiento personal.
En 1778 la tempestad social en Francia inunda también los conventos y en las celdas oratorianas se discute sobre los derechos humanos igual que en los club de los francmasones.
Los religiosos contactan con los círculos intelectuales y en Arras facilita este contacto un círculo llamado de los ‘Rosatis’: ambiente modesto, pequeños burgueses que recitan poesía y pronuncian discursos literarios, mezclándose los militares con los paisanos.

Allí acude Fouché, con sus conocimientos sobre nuevos descubrimientos de la Física.

Allí conoce al militar Carnot, al abogado Maximilian de Robespierre (aún daba importancia a la nobleza) que escribe graciosos versos y no crueles sentencias de muerte, al médico suizo Marat que no escribe manifiestos comunistas sino dulzonas novelas sentimentales;
Hace buena amistad con el pálido, nervioso, orgulloso Robespierre y se murmura de un noviazgo entre Fouché y la hermana, Carlota Robespierre, relaciones que se rompen y de ahí el odio terrible, histórico, entre estos dos hombres, tan amigos antaño y que después lucharán entre ellos a vida o muerte
Entonces nada saben de jacobinismo ni de rencor; al contrario, al mandar a Robespierre como delegado a la Asamblea de los Estados Generales a Versalles, para trabajar en la nueva Constitución de Francia, Fouché le presta las monedas de oro necesarias para el viaje y para un traje nuevo.
Robespierre marcha a París (viaje costeado por Fouché) a la Asamblea de los Estados Generales

También los oratorianos de Arras tienen su pequeña revolución y Fouché otea por donde van los vientos. A propuesta suya, va un diputado a la Asamblea Nacional para demostrar al Tercer Estado las simpatías de los clérigos. Ante esto, sus superiores le corrigen enviándole de nuevo a Nantes, a su puesto anterior. Pero ya no le seduce enseñar Física y Geometría a los muchachos. Presiente que la política domina el mundo, y a ello se lanza.
Fouché deja la sotana y la tonsura y se mete en política en Nantes, haciéndose Presidente del club de Nantes, los ‘Amis de la Constitution’.
Nantes, no es radical y quieren hacer buenos negocios con las colonias. Fouché, observador, redacta un documento patético contra la abolición de la trata de esclavos. Se casa con la hija de un rico mercader para convertirse en un perfecto burgués, en momentos en que presiente que el Tercer Estado (la burguesía) va a tener en sus manos la dirección, el predominio.
Se convocan elecciones para la Convención y se presenta como candidato, prometiendo todo lo que pueda alagar a sus electores: jura proteger el comercio, defender la propiedad, respetar las leyes y truena contra los partidarios del desorden más que contra el viejo régimen.
El 12-9-1792, con 32 años, es elegido diputado en la Convención.


CONVENCIÓN


Ya no hay rey en Francia y solo un señor grueso que jueces y guardianes llaman Luis Capeto, esperando su sentencia en la cárcel del Temple.
En el salón anfiteatral están colocados, abajo, los tranquilos: el ‘marais’ que carecen de pasión, el llano o la Planicie, ‘el Pantano’, los de la ‘Gironda’ (los girondinos).

Ahí están Condorcet, Roland, Brissot, Servant, son los moderados, representantes del clero y la clase media, que opinan que con la Constitución y la República, aniquilado el Rey y la Nobleza, es suficiente al traspasarse los derechos al Tercer Estado.
Arriba, en los bancos más altos, es la ‘Montaña’ (los ‘montagnards’) se colocan los turbulentos, impacientes, radicales. Los de la ‘Montaña’ quieren arrastrar todo lo que quede de antaño, todo lo anticuado: con Danton, Marat (l’ami du peuple) y Robespierre (el ‘Incorruptible’) como cabecillas, hasta llegar al comunismo. Quieren la revolución integral.

Entre estas dos fuerzas se tambalea, en flujo y reflujo, la Revolución.
Son 750 los miembros de la Convención, entre ellos, el diputado de Nantes: José Fouché, que observa dónde está el Poder en ese momento. ¿Dónde se sienta Fouché?. Cuenta asientos y votos y ve que son los moderados, los girondinos y ahí se sienta, rompiéndose el último lazo de amistad con Robespierre, que el echa una mirada desdeñosa, por oportunista .
Fouché nunca pone los pies sobre la tribuna, excusándose entre sus amigos y electores de su insuficiencia de voz. Parece modesto, pero no es modestia, es ‘cálculo’: estudia las fuerzas, observa antes de dar su opinión, al ver oscilar continuamente la balanza reservando, precavido, su voto decisivo cuando vea que se inclina claramente a un lado o a otro. Mientras tanto, mantiene su nave en el puerto
Una revolución –lo sabe muy bien este hombre precozmente sutil- nunca pertenece al primero, al que la inicia, sino al último, al que la culmina, asiéndose a ella como a una presa.

  • Los girondinos caen, Fouché queda

  • Los jacobinos son arrojados y guillotinados, Fouché queda

  • El Directorio, el Consulado, el Imperio, el Reino, y otra vez el Imperio, zozobran y desaparecen, pero Fouché queda.



Tenaz, duro para el trabajo, aunque parece siempre cansado, enfermo, convaleciente, sin sangre ardiente, roja, pulsante. Y en lo psíquico pertenece a la raza de los flemáticos, de los temperamentos fríos. ESTA SANGRE FRÍA, IMPERTURBABLE, CONSTITUYE LA VERDADERA FUERZA DE FOUCHÉ.

Juega sus fuerzas y acecha despierto las faltas de los demás, para dar entonces el golpe inexorable, engañando al más sagaz. Sonriente y frío obedece sin pestañear y soportará las más recias ofensas, las viles humillaciones, sin amenazar, sin rabia, fríamente.

Tanto Robespierre como Napoleón se estrellarán contra esta calma pétrea, como el agua contra las rocas.
Sabe desde Arras, en el convento, cómo el grito popular de ‘Hosanna’ se convierte en el grito de ‘Crucifícale’: todos los destacados en el Estados Generales y en la Asamblea Constituyente eran víctimas del olvido o del odio: Mirabeau, Lafayette (de padre de la Patria, le consideran traidor), Custine, Tetoin, etc.

No había que surgir precipitadamente a la luz, ni sujetarse a nadie; que se gasten los demás. Una revolución nunca pertenece al primero, sino al último, al que la culmina, asiéndose a ella como a una presa.
Evita toda visibilidad; prefiere ser elegido en las Comisiones, donde se tiene influencia sin ser observado ni odiado, protegiéndose contra toda evidencia; observa desde su despacho cómo se ensañan los ‘tigres’ de la Montaña y los ‘panteras’ de la Gironda, hiriéndose a muerte los Vergniaud, Condorcet, Desmoulins, Danton, Marat y Robespierre.
Empuja desde atrás a una figura principal y, cuando ésta avance ostensiblemente, traicionarla en el instante decisivo, con veinte disfraces, bajo los republicanos, los reyes o los emperadores, con el mismo virtuosismo.
Pero el 16-1-1793, se vota y hay que dar un ‘sí’ o un ‘no’ público. El Rey Luis XVI aún vive; no ha podido huir como querían los girondinos, ni le han matado en el asalto a palacio, como querían los radicales y el pueblo; se le llama Luis Capeto, pero vivo sigue siendo un peligro para la joven República.

Fouché, como girondino, decide el día 15 qué votar y lee a un amigo el discurso que piensa pronunciar para justificar su deseo de clemencia. Los radicales se movilizan, y también el pueblo. Empieza a votar el girondino Vergniaud, otrora bravío, y dice con la cabeza vergonzosamente inclinada y en voz baja: ‘la mort’. 300 (entre 700), se inclinan al perdón. Llaman a Fouché a votar y vota ‘la mort’. Ya es un regicida, un asesino del Rey. Ha traicionado a sus amigos; siempre está con el vencedor, nunca con el vencido: no va con una idea, va con el tiempo
Así, elige el color rojo, archirradical y ultraterrorista, y se coloca en el ala extrema de la izquierda. Pero Robespierre no ama a los renegados, y repele al tránsfuga. Ya se barruntan las luchas trágicas entre los jefes de la Revolución: Entre Danton y Robespierre, Hébert y Desmoulins; y Fouché acecha y espera a que se decida la lucha y hace una ‘retirada táctica’, y se aparta de la Convención, y es elegido (junto con otros 200 diputados) como delegado para mantener el orden en provincias y avivar el ritmo de la Revolución como siervo de la Comisión de la Salud Pública: Se aleja, para situarse después, del lado del vencedor en su partido de siempre: la mayoría; y va a Nantes, Nevers, Moulins, donde actúa bárbaramente, sin una gota de sangre, con saqueos de iglesias y destrozos, mandando a París el botín de los saqueos.
El 12-10-1793 se pide la destrucción de Lyon, y le tocará ejecutarlo a Couthon (amigo de Robespierre)

Couthon lo ve como un desatino. Se le tacha de flexible, tímido, no apto para esa venganza, y la Convención lo cambia por Collot d’Herbois y Fouché, que, aunque -siendo radical- no tiene Fouché una sola ejecución sobre su conciencia. Es más zorro que tigre.
Fouché se traza un programa radical, socialista y comunista, frente a la ‘moderada y respetuosa’ actitud de Danton y Robespierre sobre las propiedades eclesiásticas. El primer ‘manifiesto comunista es la ‘Instruction de Lyon’, firmado por Collot d’Herbois y por Fouché (redactado por éste último); pronuncia sermones ateístas, en los que niega la inmortalidad y la existencia de Dios; introduce el bautismo civil y suprime las ceremonias de entierros; destruye con un martillo cruces y crucifijos, imágenes de santos, símbolos ‘vergonzosos’ del fanatismo; hace que el cardenal François Laurent arroje los hábitos y se ponga el gorro frigio, junto con otros muchos sacerdotes; saquea las iglesias y sigue enviando su producto a París

La Revolución logra conquistar la segunda capital de Francia. De esta victoria y su arrogancia, surge el Terror contra los vencidos.

Organizan una especie de misa negra en pleno día, con burlas a la Religión, y presidiendo el busto de Charlier (cura de Lyon, ídolo de los obreros); y preparan la noche de San Bartolomé (el 4 de diciembre se saca a 60 jóvenes de la prisión, se les mata colectivamente y les meten en dos fosas paralelas, además de otras 200 personas a quienes –acribillados- se les arroja al Ródano, siguiendo las ejecuciones y matanzas en Lyon: 1.600 ejecuciones en pocas semanas. Más de 2.000 en total. Luego Fouché hace el doble juego, jugando a apaciguador, aproximándose a Danton. Pero Robespierre no le perdona, porque le conoce, y el 12 de Germinal consigue de la Comisión de Salud Publica un decreto amenazante para Fouché para que en París justifique los acontecimientos de Lyon; pero se le acusa cívicamente de ‘piedad excesiva’.
Le llaman el ‘Mitrailleur (Ametrallador) de Lyon, y así entra Fouché -el que ha de ser más tarde multimillonario y Duque de Otranto-, por primera vez en la Historia.
Lyon pasa de la resistencia a la Revolución a la rebelión contra la Asamblea Nacional.
DUELO CON ROBESPIERRE
Fouché es llamado a París por la Comisión de Salud Pública, y va el 5 de abril, cuando su íntimo Chaumette es encarcelado y Danton fue ayer guillotinado y Condorcet vaga hambriento por las calles de París y al día siguiente se envenena para evadir la justicia.

Todos ellos derribados por Robespierre. Más de la mitad de asientos de la Convención están vacíos (los girondinos); muchos han acabado en el patíbulo o desterrados. Incluso también ha diezmado las filas de la ‘montaña’ (radicales): Danton, Desmoulins, Charbot, Hébert, Fabre dÉglantine, Chaumette, Marat, etc. Robespierre es ya el ‘Pontifex Maximus’, dictador y triunfador; los demás se muestran serviles, excepto Fouché, que defiende su actuación en Lyon, pero sin éxito: pero, antes capitular que luchar solo contra el más poderoso, y por la noche va a ver a Robespierre y rogar su perdón; nada sabemos de lo que se dijeron, aunque sale con ira, humillado, rechazado, amenazado y piensa que antes debe rodar la cabeza de Robespierre: Duelo a muerte.
Robespierre despreciaba a Fouché, pero no le había combatido antes seriamente.

El 6 de mayo, con un discurso bellísimo arremete contra el Fouché; éste palidece, recibe una derrota pública en Asamblea. Durante semanas no se oye nada de Fouché y Robespierre cree que le ha anulado; pero está trabajando soterradamente, como un topo: Hace visitas a los Comités, busca diputados amigos y procura atraerse a todo el mundo, sobre todo entre los jacobinos; y el 18 de Prairial, Fouché es elegido Presidente del Club de los Jacobinos. Robespierre se estremece.
El discursode Robespierre, el 23 de Mesidor (11 de junio) contra Fouché por no presentarse a declarar sobre los crímenes de Lyon e intentar retrasar su comparecencia, es el ataque más encarnizado y peligroso con que Robespierre atacó y fustigó jamás a un adversario: quiere liquidarle. Y así consigue expulsarle del club de los jacobinos, y Fouché predestinado a la guillotina; ya no duerme en su casa, por miedo, y es vigilado, cercado, acorralado.
Pero Fouché intriga febrilmente preparando una conspiración con unos y otros diciéndoles que ‘está en la lista de Robespierre’, para atizar el miedo de ellos.

Robespierre llama a su amigo Saint-Just y preparan el día del ataque definitivo, con un nuevo discurso, el 8 de Thermidor y otro de Saint-Just para el 9,para pedir las cabezas de sus enemigos. La conspiración peligra con deshacerse. Pero el día 6 fallece la hija enferma y dice, sin temor, en frase pronunciada el 7 Thermidor: “Mañana hay que dar el golpe”.

El día 8, en la Convención, en los rincones, se juntan los diputados y murmuran. Robespiere, ataviado solemnemente, hace uso de la palabra, pero no ve a Fouché; habla de conspiraciones y conjuras, de indignos y de criminales, de traidores y maquinaciones, pero no pronuncia ningún nombre, durante 3 horas y, acto seguido, se lanza uno de los conspiradores (Bourdon de l’Oise) y protesta contra la impresión del discurso; esto ‘desentumece’ a los demás. Cambia la escena en 15 minutos; Y ésta es la última noche de Robespierre. Ningún diputado se acuesta esa noche 8/9 Thermidor). Saint-Just lucha en la Comisión contra Collot, Carnot y demás conjurados, mientras en los pasillos de la Convención se teje la red para apresar a Robespierre, cerrando el pacto que Fouché ha preparado.
El día 9, empieza Saint-Just, pero le interrumpen y cuando Robespierre quiere defenderse, gritan, chillan y patalean, ahogando su voz, conduciendo a Robespierre a la cárcel; a las 2 de la madrugada está tendido con la mandíbula destrozada y ensangrentado sobre dos sillones de la antesala de la Convención. A la tarde siguiente le lleva un carro camino del suplicio. Fouché está salvado. El Terror ha terminado y pasó la era heroica y llega la de la herencia, los aventureros, los ambiciosos, de los ansiosos de botín, de los equívocos, de los generales y comerciantes.
El pueblo aclama a Tallien y Barras (conspiradores), como verdugos del tirano y vencedores del Terror. Pero Fouché no se sienta, como la mayoría, en los bancos de la derecha, sino en la ‘montaña’, silencioso. Por primera vez no va con la mayoría. Sabe que hay flujo y reflujo y esto, como antes la Revolución, irá hasta el extremo, hasta la violencia, y se romperá el pacto anudado a toda prisa.

Fouché tiene razón, y empieza un proceso ‘reaccionario’: Vuelven los 73 miembros expulsados de la Gironde. La sombra de la reacción se cierne sobre Fouché, y los engaña acusando a Collot d’Herbois de lo de Lyon, y ser perseguido por Robespierre. El permanece mientras mandan a Collot a la ‘guillotina seca’ (islas con fiebres).

Y, para salvar la Revolución, propugna de nuevo el Terror, auxiliándose de un audaz y proscrito republicano –Francisco Baboeuf (Graco)-, proletario, ocultándose Fouché detrás de él, se oculta Fouché. El Gobierno ‘reconoce’ la mano de Fouché y le acusan de ‘sostener’ a Baboeuf, Fouché lo niega y arremete contra sus exageracioes y detienen a Baboeuf y le fusilan.
Ell 22 Thermidor de 1795 (1 año y 12 días de la caída de Robespierre), se formula acusación de actos terroristas contra Fouche, por los crímenes de Lyon, Nevers y Clamecy, y el 23 deciden su detención. Consigue ‘camuflarse’, encerrarse en el silencio, y así salva la vida, aunque no vuelven a elegirle en la nueva Asamblea, olvidado, despreciado, sin rango ni fortuna.

MINISTRO DEL DIRECTORIO Y DEL CONSULADO (1799-1802)
Los más altos mensajes de la Humanidad han venido del destierro; los creadores de las grandes religiones: Moisés, Cristo, Mahoma, Buda, todos tuvieron que entrar en el silencio del desierto; la ceguera de Milton,la sordera de Beethoven, la cárcel de Dostoiewski, la prisión de Cervantes, el encierro de Lutero en la Warttburg, el destierro de Dante y la expatriación voluntaria de Nietzsche.

Pero también en el terreno bajo y más firme de la Política, una ausencia temporal da al hombre de Estado nueva lozanía en la mirada y mayor intensidad para pensar y calcular el juego de las fuerzas políticas; pues el que ve el mundo desde arriba, desde la altura de la torre de marfil del Poder, no conoce otra cosa que la sonrisa de los subordinados y su peligrosa complacencia.”

En el fracaso es donde conoce el artista su verdadera relación con la obra; en la derrota, el general sus faltas; y en la pérdida del favor, el hombre de Estado, la verdadera perspectiva política”.
El destierro político de Fouché , dura más de 3 años, y su isla, la pobreza: habita una miserable buhardilla, con total penuria económica; nadie se atreve a dar trabajo al ‘mitrailleur de Lyon’. Sus amigos le han abandonado y evitan su encuentro; parece que se dedicó a cebar cerdos.
Barras (nuevo hombre fuerte que aún le recibe, pero no en el Ministerio), que le da algún trabajillo, y le emplea como soplón y detective particular porque quiere llevar a cabo su proyecto de golpe de Estado contra el Directorio; aquí desarrolla Fouché su talento futuro como maestro de la Policía.
El poder del dinero se instala en Francia: se hacen buenos negocios y vuelve el lujo, los salones de baile. Además, hay una fuente magnífica de ganar dinero: la guerra. Para todos esos negocios sucios, es Fouché el hombre ideal; se le puede comprar barato al medio muerto de hambre, y tiene las mejores relaciones (‘espía’) con Barras Presidente del Directorio; y se hace íntimo de los nuevos banqueros republicanos; y se dirigen a Fouché quien tiene buenas relaciones ‘arriba’ para que le ‘arreglen’ negocios enojosos.
Fouché descubre en 1797 que el dinero huele mejor que la sangre de 1793 y funda una Compañía de aprovisionamiento para el ejército de Scherer, que vende al ejército malos calzados y abrigos; así serán batidos en Italia; quizá el mismo Barras obtenga una sustanciosa ganancia. El nuevo lema de Fouché es ‘ser rico’. Su amigo Barras no hace solo transacciones financieras oscuras, sino también negocios políticos sucios y, con cautelas, quiere vender la República por un título de duque y un montón de dinero, a Luis XVIII. Con el golpe de Estado que dio Barras el 18 de Fructidor, al que le ayudó Fouché, éste y le pide su ‘premio’para poder llenarse los bolsillos. Y Barras le manda como representante del Gobierno en Italia, al ejército, y luego a la República Bátava, en Holanda para llevar negociaciones secretas. Así, en 1798 Fouché es nombrado embajador de Francia. Cuando la nave del Gobierno se tambalea y el Directorio toma una decisión inesperada el 3 de Thermidor de 1799, José Fouché, en misión secreta en Holanda, es nombrado súbitamente ministro de Policía de la República francesa. Los burgueses creen que vuelven los tiempos del Terror, y los jacobinos aplauden al más audaz, el más radical, el más inflexible.

Pero ahora Fouché rebosa bálsamo, reconciliación, orden, calma, seguridad; combatir el anarquismo es su principal divisa. Los burgueses respiran: ¡Qué ‘Paulus’ ha salido de este ‘Saulus’!. Cierra el club de los jacobinos. Sabe que la idea republicana está aniquilada, sus caudillos y hombres de acción bajo tierra, y los clubs se han convertido en casinos de charlatanes; Fouché ya se ha guardado en el bolsillo la llave que cierra, efectivamente, la Revolución francesa.
Pone su por completo al servicio del Directorio; pero ‘vigila’, hacia ‘abajo’y hacia ‘arriba’: Vigila a los demás ministros, al Directorio, a los generales y a toda la política, ensanchando todos sus poderes.
Al cabo de pocos meses, ha llenado el pais de espías y agentes secretos, encontrándose entre ellos marqueses y duquesas con los nombres más ilustres de Francia, incluso a Josefina Bonaparte, futura Emperatriz. La información lo es todo: Quién soborna a quién y por cuánto; sobre conspiraciones, sobornando a todos y esa maquinaria solo se parará cuando a él le convenga; la utiliza para sus intereses personales. Sabe más que nadie de todo: Lo que a él le interesa guardar, lo guarda para poderlo utilizar después, cuando le parece ventajoso descubrirlos. Refrena, acelera, provoca conspiraciones, etc.; siempre hace doble, tripe, cuádruple juego.
Públicamente truena contra realistas y anarquistas, y en secreto, bajo manga, los avisa o soborna: Evita procesos ruidosos, sentencias de muerte crueles, aunque es el hombre más despreciado por todos. Sabe todo lo que ocurre en el país. Así, advierte que el Directorio está perdido: sus 5 miembros están en desacuerdo, obrando unos a espaldas de otros. Fouché husmea que pronto cambiará el viento, y le informan que Barras ya negocia secretamente con Luis XVIII para vender por una corona ducal la República a la dinastía de los Borbones.
Piensa que solo un hombre puede salvar la situación y teniéndole por ambicioso, popular y dominante, en una cabeza y un sable; y ese es Napoleón, al que mandará lejos, a Egipto, pero Fouché intuye que desembarcará en breve en Francia.
Fouché sabe todo lo que se ‘cuece’, por la propia mujer de Napoleón (Josefina Beauharnais) criolla frívola y corrompida, a quien Fouché le consigna cientos de miles de los fondos del Estado; adúltera, incluso con su antiguo amante, Barras.

El 11 de octubre de 1799, el Directorio ‘informa’ a Fouchéque Napoleón ha regresado y desembarcado en Fréjus, se finge sorprendido y les pide aguardar (aún no ha decidido con quién estará él ). Pero el pueblo (Avignon, Lyon, París), ya recibe a Napoleón como triunfador y, ya en París, hasta Talleyrand ofrece al hombre del sable sus respetos, y también Fouché, a quien Napoleón hace esperar una hora en la antecámara del general. Hasta que advierten a Napoleón que no le ofenda así, que con un solo movimiento de su mano, puede hacer volar como una bomba todo el complot. Le recibe, se disculpa, y hablará dos horas con él, sin testigos.
Fouché se confía a Napoleón, pero no se entrega en sus manos. No toma parte públicamente en la conspiración (porque aún no sabe de parte de quién caerá la victoria); no envía al Directorio ni una línea del complot (aunque finge ignorarlo), ni tampoco a Napoleón; con silencio, traiciona al Directorio y, con silencio, se empeña con Napoleón, que hace caer al Directorio y convierte a Napoleón en Cónsul.
Organiza una soirée íntima), invita a Napoleón, realistas y demás conspiradores y éstos, una vez en su casa, temen que estén los gendarmes a la puerta para apresarlos. Entra el Presidente del Gobierno (Barras), contra el que va la conspiración; acaba la soirée, y cae en el letargo, hasta la hora de dar el golpe, habiendo sobornado ya y teniendo a la mitad del Senado y al ejército ganado para el golpe.
Y el 18 Brumario (día del golpe), Fouché, gran madrugador, se duerme y le despiertan dos mensajeros del Directorio informándole de la situación del Senado y de movimientos de tropas y el ya público golpe de Estado (la noche anterior había conferenciado con Napoleón).

Llega al Directorio y el Gobierno le increpa y grita. Fouché se traga las groserías y pide órdenes, respondiéndole: “Si el Directorio tiene que dar órdenes, se las transmitirá a quienes sean dignos de su confianza”. Las próximas 24 horas decidirán sobre el Directorio o Napoleón. El primer día es propicio a Napoleón, y el Senado le hace jefe de las tropas y traslada la sesión de la Cámara de los Comunes, del Consejo de los Quinientos, a Saint-Cloud, un bello parque que se puede cerrar con dos compañías de granaderos.

Napoleón va a Saint_cloud, con los grandes conjurados, Talleyrand, Sièyes y algunos más; se cierran de pronto, por orden del ministro de Policía, las barreras en la periferia de París. Solo se entrará o saldrá por orden de Fouché, para que nadie sepa si el golpe tendrá éxito o fracasará: Si vence Bonaparte Fouché, será su ministro y fiel servidor; si fracasa, permanecerá fiel servidor del Directorio, y detendrá al ‘rebelde’.

A las siete de la tarde, todo está decidido: Bonaparte en Cónsul y Fouché informa a París del final efectivo de la República y del comienzo del Consulado napoleónico.

Una vez más ha desplegado Fouché la vela a favor del viento; y en todos los círculos se empieza a conocer a Fouché.
Napoleón es el héroe del día, Fouché el colaborador secreto, el tránsfuga; la víctima, Barras, que recibe ese día una lección, ya histórica, sobre la ingratitud. Barras apoyó antes a Napoleón y le prendió en su casaca militar los galones de general, nombrándole comandante de París, le concedió su propia amante, le enriqueció, etc. Y a Fouché le sacó de la pobreza, salvó de la guillotina; los dos –que le deben la vida- se unen, dos años más tarde, y le echan en el mismo fango de donde él los sacó. Fouché es el amoral perfecto y Napoleón el genio que solo obedece a la Historia. A los 15 días, Fouché manda a Barras la orden de expatriación; a él, que le salvó de la ‘guillotina seca’ y del destierro.
Se instaura el nuevo régimen, aunque formalmente se mantienen la Revolución y la República: el Código Napoleónico da forma al Derecho y a las costumbres, y apacigua Europa; son años creadores, con gran actividad y fidelidad. Fouché es un gran servidor suyo, restablece la tranquilidad en Francia, limpia de terroristas y realistas, las calles de asaltos, y se subordina a los grandes proyectos de Napoleón.
El momento en que se inicia la desconfianza de Napoleón hacia Fouché es en la campaña italiana entre Austria y Francia, donde Napoleón es derrotado en la batalla de Marengo; se preparó una subversión contra Napo y los hermanos de Napoleón se dieron cuenta. Fouché mudo. Al día siguiente las noticias son de una victoria de Napoleón en Marengo y Napoleón regresa reforzado, se entera de la ‘tramoya’ montada; Carnot pierde el Ministerio de Interior y Fouché, ‘siempre fiel en el éxito, infiel en el fracaso’, aunque desde ese momento pierde la confianza de Napoleón.

Napoleón llegó a Francia con toda su ambiciosa familia (madre, hermanos), deseosos de poder y dinero, y le empujan a una monarquía hereditaria, con dinastía familiar, y le piden que se proclame Rey o Emperador, y que se divorcie de Josefina (lujuriosa y avariciosa), apartándole de la República y de la libertad.

Le empujan a la reacción y al despotismo.
Casi todos los consejeros están en contra de Josefina, que ve el peligro, , excepto Fouché que lucha en secreto al lado de Josefina al ver que en Napoleón surgía amenazante el Emperador tras el general y Fouché está interesado en un Estado republicano; el clan no le perdonará se lo hacen pagar cuando el 24-12-1800 se produce, yendo a la Ópera, un atentado a Napoleó;, aunque mueren 40 víctimas; Napo sale ileso y asiste a la ópera. Su ira se desencadena contra Fouché, Éste le contradice y ello enfurece más a Napoleón y le echa en cara todos los crímenes y asesinatos de los jacobinos, París, Nantes, Versalles, Loire, Lyon, etc. Grita Napoleón y Fouché calla, y los cortesanos dan ya por caído a Fouché. Mientras, Fouché reúne en su despacho pruebas de que el atentado lo preparó Chouans, del partido realista. Fouché deja que se sigan riendo de él, porque quiere él también un ‘Marengo’, un triunfo completo y arrollador.
Quince días después Fouché ‘da el golpe’ y demuestra que Cadoudad, y realistas conjurados, han perpetrado el atentado; Fouché aparece reforzado y gana la consideración de pero no en afecto
Napoleón gana una serie de victorias, entre ellas la paz definitiva con Inglaterra y el Concordato con la Iglesia. Con el pais tranquilizado, ordena la economía, suaviza oposiciones, florecen la industria y las artes. Fouché ‘detecta’ que Napoleón quiere una posesión vitalicia para él y su familia del pais por él salvado. Fouché está contra los hermanos y el clan de Napoleón y al lado de Josefina contra la intención ‘monárquica’ de Napoleón. Una Comisión (manejada por Fouché), le ofrece la prolongación por 10 años del puesto de primer Cónsul. Napoleón se enfada y pide el Consulado de por vida (y subrepticiamente) la corona de Emperador; por mayoría de millones, el pueblo le elige soberano para toda la vida: La República ha terminado y comienza la Monarquía.
Conociendo las maquinaciones de Fouché, el ‘clan Napoleón’ le dicen que ya no necesita a ese hombre. Napoleón comparte esa opinión, pero no quiere provocar su franca enemistad:

Suprime el Ministerio de Policía, y así, a Fouché, a quien indemnizan con un asiento en el Senado y con la mitad (un millón doscientos mil francos) de la liquidación presentada del Mº de Policía (2.400.000 francos), más la posesión de Aix, pequeño principado que se extiende desde Marsella a Tolón, calculado en 10 millones de francos. Es difícil encontrar en el transcurso de la Historia el caso de un ministro a quien se haya despedido con más honores y, sobre todo, con más precauciones, que a José Fouché quien en 1802 se retira a la vida privada, ya rico, no como en 1794. Compra casa aristocrática en París, una finca de verano, y su principado, en la Provenza, la senaduría de Aix le envía buenas rentas; participa y negocia en la Bolsa, aumenta sus posesiones y se convierte en el 2º capitalista de Francia y primer terrateniente del país.


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