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Jorge Washington Abalos Ilustraciones de Alvaro Izurieta


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Jorge Washington Abalos

Ilustraciones de Alvaro Izurieta

Colección Juvenilia

© 1975 by Editorial Losada S. A.


Índice





Índice 3

I 5


Viaje 6

Llegada 8

El paisaje 9

Eros pedagógico 11

II 12

Atardecer 13



Un riel, una campana 15

Cielo estrellado 16

Imasi maria sima 17

El nido de catas 19

Castigar el sandial 21

Los coyuyos 22

Coshmi I 24

El hormiguero 26

Coplero 28

Guilli Llampa 31

Quillitu 32

Ishico 34

Tacko pallana 36

Río seco 38

La creciente 40

Ardiente remedio 42

Amcka 44

El usamicoj 49

El perro rabioso 51

Soncko ckómer 54

El colibrí 57

Paaj 58


Tanta micha 59

De pallana y otros juegos 60

La comadreja 61

Clave 64


Coshmi II 66

Primavera 67

III 69

Una carta y un libro 70



Vocabulario 72

Anexo 1: Jorge Washington Abalos: Una historia con y sin víboras 74

Anexo 2: Textos de Jorge Washington sobre Coshmi 78

Páginas Coshmi 78

Coshmi 79

La noche 79

Carroñeros 81

Contraportada 83




A Leonie, mi mujer

I




En la soledad del monte

me puse a llorar mis penas...
Viaje

Abovedada por los altos quebrachos, la picada era una boca en la que se sumergía mi vida joven. El bosque asumió condición de mons­truo; un monstruo con presencia de siglos, de siempre. La primera persona cambió de ubi­cación y no era yo quien se metía en el bosque, sino el bosque que tragaba un intruso.

A medida que el carro crujidor, guiado por un carrero ajeno e indiferente –elemento más del bosque, como lo eran el carro mismo y las cinco mulas–, penetraba en ese ojo de la es­pesura, yo me iba convirtiendo también en parte del bosque. Sentía en mis carnes cómo me digería el delgado intestino de la bestia. Partículas de mí entraban en difusión alimen­tando los árboles y los cuadrúpedos salvajes y los murciélagos y las aves y los gusanos y las hormigas y los microbios que disgregan los árboles caídos. Yo era alimento del bosque, quimo en la tripa interminable de la picada. Lo que de mí saliera –¡cuándo!– serían los residuos regurgitados por la monstruosa ame­ba vegetal.

Un agujero en el techo verde que liberaba a un cielo total, me produjo vértigo; pero me sacó de la pesadilla. La espalda del carrero se movía al rítmico tranco de la mula que mon­taba y el ramaje orillano rayaba sonido áspero en sus guardamontes de lona. Los talones del hombre no se estaban quietos un instante. Des­pués del silbido circular, el arreador caía sobre el lomo de los animales –golpe más caricia que castigo– con inocua frustración de ladri­do sin diente. Todo esto entre chasquidos de lengua alentadora y diálogo-monólogo:

–”¡Machoooo!... ¡Mula!...”

Los animales camina­ban ajenos a este despliegue; pero sus ojos no perdían de vista el arreador.

Yo no era yo. Mi incógnita no era el destino que me esperaba, sino mi actitud ante ese des­tino. No era miedo a lo que me esperaba, sino miedo de mí.

La ciudad –allá lejos, en distancia-tiempo de ferrocarril, camión y carro sumados– era casi ilusión que empapaba las carnes; sólo re­cuerdo. Las últimas imágenes familiares co­menzaban ya a desdibujarse, haciéndose irrea­les.

Estiré las piernas, acalambradas por la po­sición a que me obligaban los bultos de la carga y las horas. Las nalgas molidas recibían anes­tesiadas el golpe de los baches del camino a través de la rígida arquitectura del carro.

Desembocamos en un abra que dio alivio a mis ojos. La brisa jugueteaba en las matas de aibe que cubrían toda la extensión, casi limpia de árboles. El olor del pasto fresco se mezclaba con el áspero del humo del cigarro de chala que esgrimía la boca del carrero. A lo lejos, los avestruces estiraban sus cuellos con cabeza increíble. Hacia el naciente, un grupo de cuervos planeaba en círculo siniestro.

Las muías relincharon husmeando la que­rencia; a duras penas el carrero lograba ajustar su ritmo al paso acelerado que después de horas sacaban los animales.


Llegada

Cuando terminamos de descargar los bultos en el patio de tierra, entre las dos elementales construcciones de palo a pique y tierra amasa­da, el carrero se fue. Me sentí tremendamente desolado.

Hasta que obscureció me ocupé de meter en el rancho más pequeño mis pertenencias. Ar­mé uno de los armarios que me habían dado para la escuela ésa que debía instalar aquí, en el borde del Chaco austral, a orillas del Salado. Luego de haber ensamblado las piezas del mue­ble, al intentar enderezarlo comprobé con desaliento que no cabía en el rancho, cuyo techo de dos aguas disminuía la altura. Excavé a pun­ta de cuchillo una zanja en el lugar más espa­cioso, junto al puntal que soportaba la cum­brera y logré ponerlo vertical.

Me senté, cansado y deprimido. Como no tenía leña para hacer fuego, abrí un paquete de galletas y otro de ciruelas secas y comencé a comer, lentamente, la primera cena de este mi lugar de destino.

No sé si me dormí sentado en el banco de la escuela que había puesto de asiento en el rancho. Me sobresaltó un ruido persistente de algo pesado que raspaba la pared exterior. Mis cinco sentidos se alertaron. Tomé la carabina y salí con precaución, desplazándome en arco abierto para sorprender al intruso por detrás. Era sólo un burro que rascaba su sarna en uno de los horcones esquineros.

Armé malamente el catre y me eché a dormir.


El paisaje

Cuando desperté, no era solamente que no sabía quién era yo, sino que no tenía noción de qué era. Nunca he tenido tal incapacidad de entender mi circunstancia. Poco a poco, por el incesante trino de los cardenales, comencé a tomar conciencia del Mundo que me rodeaba; esto me hizo recuperar noción de mí mismo. Esa enorme sombra del armario que dividía en dos la habitación, y la vislumbre en el cuarto comenzaron a cobrar sentido. Algunos dolores musculares me recordaron el traqueteo de la víspera. Me levanté, me vestí y salí al patio. La luz de un día radiante me resultó agresiva. Había llovido durante la noche; pero el Sol diluía las últimas nubes. La atmósfera lavada era de una diafanidad increíble.

El río, seco en esta época del año, parecía una insólita quebrada en la llanura. Luego de recorrer un lecho sin definición formando in­mensos bañados, se encauzaba aquí y los mean­dros excavaban barrancas profundas.

A mi espalda, el bosque –ese cuya profun­didad había calado ayer en el carro de mulas– se transformaba en este monte bajo que parecía abrazar en herradura el terreno limpio, casi al borde del río, en donde estaba instalada la escuela.

El local escolar era un rancho largo y angosto cuyo techo, cubierto por espesa capa de tierra, dejaba ver hirsutos mechones de paja. Frente a él, la “vivienda del maestro”, a cuyo lado un refugio de quincha hacía de cocina. Dos enormes algarrobos cobijaban las construccio­nes.

Me encaminé hacia el río a cuyo borde me asomé. En el canto de la barranca de enfrente, un árbol se mostraba en equilibrio imposible, prendido apenas por la mitad de su raigambre; por acción de las aguas que habían producido desmoronamientos en la pared, la otra mitad se mostraba desnuda, pareciendo las raíces manotear el vacío.

Desde el monte cercano se oía el áspero par­loteo de las charatas; en lo inmediato, el trinar de cardenales, zorzales, jilgueros... Me resultaba insólito verlos en estado silvestre.

Regresé lentamente hacia la escuela. Me sen­tía extranjero.

Cuando llegué al rancho, un delicioso aroma de café despertó en mis entrañas una dormida sensación de hambre. Me acerqué a la quincha en donde una columnita de humo de fogón mostraba señales de vida humana. De allí salió una chinitilla de apenas doce años, delgadita, de ojos rasgados y facciones delicadas. Tapán­dose la boca con el dorso de la mano y como si el expresarse le significara casi un suplicio, me dijo:

–Soy Elo, señor. ¿Quieres café, señor?

Elo me sirvió un jarro de café y desató la servilleta que traía, mostrando una tortilla co­cida al rescoldo, con ampollas tostadas en la dorada superficie. Entré en la habitación y traje un paquetito de galletas dulces. Al recibirlo, sonrió.

Cuando le dirijo la palabra se limita a mi­rarme y sonreír. Así nos estamos: yo mastico la tortilla a grandes trozos; ella, en posición lateral, bebe su café a traguitos cortos y mor­disquea casi con pudor la galleta.



Eros pedagógico

Aquí estoy ante los alumnos de esta escuelita-rancho que me ha tocado en suerte. Hace ape­nas un par de días que he llegado. Veinticinco caras morenas, en las que no puedo descubrir los sentimientos, me miran desde los bancos. Pienso que esto no me está ocurriendo a mí, un muchachito maestro rural de dieciocho años aún no cumplidos.

Me levanto de la silla del escritorio y me dirijo al pizarrón, en el que escribo mi nombre. “Ése soy yo.” Veinticinco caritas impasibles me miran.

Ignoro qué es lo que dije o pretendí enseñar ese día de mi estreno como maestro. Recuerdo que no logré de ellos respuesta alguna.

Al terminar la clase del día, los chicos for­maron ante la bandera, la que fue arriada. El “hasta mañana” tuvo su eco: “Hasta mañana, señor”. La fila comenzó a desgranarse. “Que les vaya bien”, agregué y me volví al aula, sen­tándome al escritorio.

Con asombro vi que los chicos me habían seguido y se ubicaban en sus bancos. Entonces lo entendí: del idioma castellano ellos sabían el “hasta mañana”, pero no más que eso. Me quedé mirándolos, abrumado. Nunca en mi vida he tenido como aquella vez tal impresión de sentirme rebasado. Me levanté y comencé a ca­minar entre los bancos. No sabía qué hacer. En una de las pasadas, Lula me tomó la mano y me sonrió. La calidez del gesto y el contacto con esa manita me hizo comprender que “Eros pedagógico” es, simplemente, amor, mutuo amor.

Encaré al grado nuevamente: “Hasta maña­na, señores”.

Los chicos se fueron.

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