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Jorge Ibargüengoitia La Ley De Herodes Jorge Ibargüengoitia


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Jorge Ibargüengoitia La Ley De Herodes

Jorge Ibargüengoitia

La Ley De Herodes


Éste es el único libro de cuentos que escribió como tal Jorge Ibargüengoitia. No lo son, propiamente; se trata más bien de ficciones sobre un fondo autobiográfico que cabría hoy caracterizar como brevísimas comedias de si­tuaciones. En ellos, el narrador es víctima de mendigos y mentirosos, de la mezquindad, el tartufismo y otras ma­nías, en una serie de enredos domésticos y amores frus­trados.

En cada uno de estos relatos resalta ese ajuste impe­cable entre los recursos literarios y la intención —impla­cable— que define de manera inconfundible el estilo de Ibargüengoitia. Como el resto de su obra narrativa, La ley de Herodes exige la total complicidad del lector a quien, en cada desenlace, le resulta difícil reprimir ese regocijo íntimo que se experimenta luego de un desquite merecido, de una venganza incruenta, y es el único y úl­timo recurso, a veces, de la ingenuidad ante la malicia.


EL EPISODIO CINEMATOGRÁFICO

El episodio cinematográfico sucedió hace cuatro años. Yo estaba embargado y mi aventura con Angela Darley ha­bía entrado en una etapa negra. Una noche me salí de su casa olvidando, o mejor dicho, fingiendo olvidar, la cabe­za etrusca que ella me había regalado después de tantos ruegos de mi parte. Yo estaba furioso porque ella había insistido en leer las líneas de la mano del joven Arroyo y le había dicho lo mismo que me había dicho a mí tres años antes:

—Resulta usted muy atractivo para cierta clase de per­sonas.

Esa noche la soñé, con bigotes y oliendo a azufre. Le perdí el respeto.

Al día siguiente, hice una fiesta e invité al joven Arro­yo, que me relató sus aventuras con Angela Darley. Afor­tunadamente no habían llegado a mayores. Al verme irremplazado, me puse tan contento que bebí más de la cuenta y acabé a las seis de la mañana, bailando en el Club Ne­reidas. Esta fue la obertura del episodio cinematográfico.
Desperté a las seis de la tarde, en estado deplorable, con la noticia de que Feliza Gross y Melisa Trirreme querían hablar conmigo y estaban esperándome en la sala. Bajé a saludar envuelto en un impermeable, porque desde los trece años no he tenido nada que pueda llamarse bata. En la sala, tomé asiento y me cubrí la boca con la mano, discretamente, para que la fetidez de mi aliento no molestara á las visi­tantes.

Melisa, que era poetisa y argumentista, quería hacer­me una proposición, que me pareció sensacional. Para em­pezar, me explicó las condiciones en que estaba la Indus­tria Cinematográfica. Esto era allá por 1958; los últimos descubrimientos de los cazadores de talento consistían, en­tonces, en la amante del Gerente del Banco de Auxilio Agro­pecuario, una hacienda abandonada en el Estado de Morelos, un oso amaestrado y su compañero inseparable, un niño oligofrénico y chimuelo, que era el único que lo sabía dominar. Con estos elementos se había pensado hacer una Superproducción Megatónica en Technicolor Anastigmá­tico. Hacía falta un buen argumento y para confeccionar­lo se había pensado en formar un equipo de primera, con ella, Melisa Trirreme, yo y Juan Cartesio, el filósofo y en­sayista. El dinero se nos entregaría en dos partes: una al terminar el argumento y otra al terminar la adaptación. Urgía ponerse en acción, porque el director, en un arre­bato de celo completamente injustificado, ya se había ido al Estado de Morelos a buscar locaciones, a pesar de que no sabía de qué iba a tratar la película. A mí me convenía tanta prisa, porque había decidido comprar un blazer azul marino que había visto en el aparador de la Casa Rionda. Al día siguiente nos juntamos Melisa, Juan Cartesio y yo. Cualquier observador inteligente hubiera comprendi­do que aquello no iba a dar buenos resultados. Sin embar­go, nosotros no fuimos capaces de ver la trampa en que estábamos metiéndonos.

Primero había que encontrar un tema. Yo propuse la Vida de Sor Juana Inés de la Cruz, que bien podía ser re­presentada por la amante del Gerente del Banco de Auxi­lio Agropecuario y que podía desarrollarse en una hacien­da abandonada del Estado de Morelos, pero tanto Cartesio como la Trirreme me objetaron, ahora comprendo que con mucha razón, que si el personaje central iba a ser Sor Jua­na Inés de la Cruz, íbamos a tener muchas dificultades para asimilar en el argumento al oso amaestrado y al niño oligofrénico. Sin embargo, aquella noche insistí tanto en de­fender mi idea que ellos se impacientaron y acabaron por ignorar mis argumentos. Al ver que no me hacían caso, me ofendí tanto, que me levanté de la mesa (estábamos en casa de la Trirreme), entré en la cocina y me hice un huevo frito.

La siguiente reunión fue todavía más desagradable. De­cidí no hablar, y provisto de unas hojas de papel y un lá­piz, me dediqué a hacer una serie de dibujos pornográfi­cos. Mientras dibujaba, los oía discutir si el tema había de ser de gitanos, de peregrinos, de cirqueros, de charros, de psicoanalistas o de asesinos. Por fin, se pusieron de acuerdo y fabricaron un argumento, mientras yo seguía dibujando. Cuando me preguntaron mi opinión, tenía la cabeza tan despejada que destruí en un cuarto de hora lo que ellos habían confeccionado en tres. Esta vez, ellos fue­ron los que se molestaron y se fueron a la cocina a hacer huevos fritos.

Durante la siguiente sesión nocturna, me dormí. Y no sólo me dormí, sino que babeé sobre la mesa de Melisa Trirreme. Cuando abrí los ojos, ella me miraba fijamen­te, llena de odio. Supongo que en ese momento decidió jugarme la mala pasada que me jugó dos días después. Me dijo que Arturo de Córdova estaba interesado en actuar en una comedia; los elementos eran, Arturo de Córdova, un paisaje alpino, un hotel de lujo y una mujer joven, que todavía no se sabía si iba a ser Amadis de Gaula o Pituka de Foronda; ahora bien, ellos dos estaban muy ocupados haciendo el argumento de Entre el cielo y el río, así que, ¿por qué no me iba yo a mi casa a hacer un argumento para Arturo de Córdova?

Me fui a mi casa y estuve dos meses y medio haciendo argumentos para Arturo de Córdova. Ahora estoy conven­cido de que esos argumentos están en la basura, pero, ¿quién los puso allí? ¿Arturo de Córdova? ¿Pituka de Fo­ronda? o ¿Melisa Trirreme?


Cuando terminó la etapa de Arturo de Córdova volví a las reuniones nocturnas. Las cosas habían cambiado. Melisa tenía un conflicto sentimental que le exigía hacer llama­das telefónicas de dos horas y media. Mientras ella telefo­neaba, Juan Cartesio y yo íbamos a la cocina a beber cu­bas libres y a platicar de nuestras frustraciones.

—Hace dos años que no escribo nada que sea mío —de­cía Juan.

La obra se había modificado varias veces, porque, afor­tunadamente, el oso amaestrado había muerto y había sido sustituido por un joven que cantaba; por consiguiente, la película había pasado de cirqueros, a ser de charros. Por otra parte, el productor había decidido que la heroína su­friera una poliomielitis aguda, para que la última imagen de la película fuera la del cantante empujándola en una silla de ruedas. Cuando todo parecía resuelto, a alguien se le ocurrió la maldita idea de que todo pasara en tiem­pos de la Revolución, así que tuve que irme a mi casa otra vez a leer Ocho mil kilómetros en campaña. Cuando terminé la lectura escribí una escena inspirada en la Batalla de Santa Rosa, con federales, revolucionarios y vías de ferrocarril, que me quedó muy bien. Pero entonces, la amante del Ge­rente del Banco de Auxilio Agropecuario descubrió que los sombreros de campana y los chemises le sentaban estupen­damente. Adiós Revolución, adiós federales, adiós revo­lucionarios, adiós balazos. La película iba a tratar ahora de la vida de un cantante que, después de muchas priva­ciones, llegaba a triunfar en el Teatro Degollado. La ha­cienda abandonada del Estado de Morelos había caído en desgracia.

Hubo necesidad de hacer todo otra vez, hasta aquella escena, en la que después de una larga secuencia a base de intershols mostrando botas que hienden burós, puños que hienden ventanas, rifles que hienden puertas, un carrancista hendía a Beatriz, la hermana menor de la heroína. Esta reparación, tuvimos que hacerla Juan Cartesio y yo, solos, porque Melisa, al ver que la cosa se prolongaba ad nauseam, había decidido no dar golpe. Había comprado uno de esos libros enormes, llamados Diarios, había apuntado en él una infinidad de números y pasaba las noches ha­ciendo sumas.

El cansancio, el descontento y la miseria, empezaron a hacernos mella. Cartesio y yo pasábamos las noches entre la máquina y el couch, uno dictaba y el otro escribía. De vez en cuando, suspendíamos el trabajo e íbamos a la co­cina, pasando, al hacerlo, junto a Melisa, que seguía en la mesa del comedor haciendo sumas. En la cocina, pre­parábamos cubas libres, platicábamos un rato y veíamos, con horror, cómo nos iba creciendo la barba.

Una noche, Cartesio cometió el error de confesarme que pensaba escapar. ¿De qué? De la Trirreme, de Entre el cie­lo y el río, de mí.

Decidí adelantármele.

Mi oportunidad vino dos noches después. Melisa me dio un billete de quinientos pesos y me pidió, como un gran favor, que fuera a comprar un garrafón de Bacardí. Tomé el billete, salí de la casa y no he vuelto a poner un pie en ella. Al día siguiente fui a la Casa Rionda y compré el blazer.

Durante dos meses creí que Melisa Trirreme iba a pre­sentarse en mi casa a cobrarme los quinientos pesos, pero supongo que prefirió castigarme con su silencio y no he vuelto a verla.

Entre el cielo y el río nunca llegó a filmarse. Los fondos con que iba a ser financiada fueron retirados cuando el Ge­rente del Banco de Auxilio Agropecuario descubrió que su amante le era infiel. Melisa es ahora Eminencia Gris en la Secretaría de Catastro y Prevención, el joven cantante fue atropellado por un tranvía en la Avenida Cuauhtémoc, Juan Cartesio vive muy lejos, en un destierro voluntario y honorable. Sólo quedo yo, que de vez en cuando hago argumentos para el cine.

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