Página principal

John william cooke


Descargar 0.66 Mb.
Página1/13
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño0.66 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13


JOHN WILLIAM COOKE


Peronismo y revolución
El peronismo y el golpe de estado
Informe o las bases
Granica Editor

Buenos Aires

1971

3ra. Edición junio de 1973






1. Introducción al golpismo institucional
“Reflexionemos antes lo que corresponde hacer y no imitemos a los atenienses, que primero atacan y luego discurren”.

PANTAGRUEL




La prolija operación bélico-administrativa del 27-28 de junio de 1966
Todo golpe militar reivindica la calidad de lo históricamente sublime, con el doble título de haber salvado al país de la desintegración y de estar estableciendo las premisas de un destino de grandeza y bienestar. E habitual que esa gloria autoconferida sea su único roce con la trascendencia: los solemnes panegíricos y las odas triunfales pierden el resonar a bronce y a épica cuando, más allá de los ámbitos adictos, la Argentina multitudinaria les opone el clamor de la protesta o la opacidad de su indiferencia, adelantándose a la posteridad, que no homologará esos laureles apresurados. No es novedoso, por lo tanto, que el último golpe invoque la dimensión de acontecimiento gloriosamente impar; sí lo es, en cambio, que el pueblo no haya reaccionado con la certera rapidez de costumbre y guarde un silencio que no significa ratificación, como falsamente alega el nuevo gobierno, sino una suspensión del juicio a la espera de que otros datos le permitan vislumbrar la verdad esencial tras las formulaciones ambiguas y las confusiones que la envuelven. Para explicarse [10] esa expectativa hay que comenzar por señalar los rasgos distintivos que impiden la referencia inmediata o superficial a experiencias previas.

Aunque los golpes exitosos suelen estar “en el ambiente”, lo insólito de este caso es que sus detalles fueron de público y anticipado conocimiento, no por fallas dependencia sino porque se prescindió del secreto. Centenares de políticos, sindicalistas, empresarios, técnicos, etc., tenían información de primera mano por haber sido comprometidos, consultados o simplemente notificados en los más altos niveles de la conspiración —que además contó con voceros periodísticos, algunos poco menos que oficiales—, cuya contribución al golpe consistía, en gran parte, en afirmar su inexorabilidad. Es que no era una conjura minoritaria en el Ejército buscando arrastrar la inercia de los cuadros de oficiales o procurando tina correlación favorable de fuerzas frente a los defensores del gobierno, sino del arma en su conjunto respondiendo al verticalismo de los mandos, que implicaba el encuadramiento unánime en el plan para ocupar los órganos del poder político del Estado y ejecutar un programa cuyos aspectos técnicos se (‘laboraban como parte de las tareas específicas de Estado Mayor.

Esa mecánica peculiar también influía en la relación entre el medio civil y el castrense: a diferencia de lo ocurrido en oportunidades anteriores, el Ejército no se planteaba la posibilidad de salir para satisfacer los requerimientos de un sector de la opinión pública —más o menos vasto, pero en condiciones de gravitar en los cuarteles— sino cine el propósito de alzarse que trascendía de los círculos militares fue el que creó un frente golpista que se amplió hasta traspasar incluso las delimitaciones partidarias a medida que se fue generalizando la certeza del desenlace inminente.

El gobierno, sin imperio sobre las fuerzas en que se sus- lenta materialmente el poder constitucional ——que habían asumido hacia él el papel de jueces de su desempeño y ejecutores de la sentencia de deshucio— sólo pudo oponer declaraciones doctrinarias, invocar méritos y buscar voces que se le unieran en admoniciones sobre las calamidades que sobrevendrían a la quiebra del poder legal sus límites de maniobra, [11] al no poder hacer pie en el Ejército, se fueron reduciendo al mínimo: el comunicado antigolpista del secretario, general Castro Sánchez (1-4) tuvo, en el mejor de los casos, efectos dilatorios, pero sin alterar esa suerte fatal que se prefiguraba en la fría hostilidad de los altos mandos o en la actitud bordeando el desacato de la Aeronáutica al producirse el incidente entre el ministro de Defensa y el director de la Escuela Nacional de Guerra. Pese a las declaraciones oficiales legando que estuviese amenazada la estabilidad del gobierno y los anuncios legalistas de la Marina (17-5 y 8-6) y de la Aeronáutica (15-6), el Comandante en Jefe del Ejército, al pronunciarle al Presidente de la República un sermón de cuerpo presente sobre el significado de la libertad, dio el preanuncio de que la agenda del levantamiento entraba en los días críticos. La tramitación del memorandum (del 16-6) en respuesta a las consultas presidenciales fue seguido con formal desinterés por los cabecillas militares mientras seguían afilando las espadas; sólo alguna circunstancia imprevisible podría interponerse entre el oficialismo y el desastre. Pero ya con obtener el gobierno la UCRP había agotado su cuota de dones milagrosos.

Un confuso episodio sirvió para eliminar la solitaria discrepancia en el grupo de generales con mando efectivo y como chispa de arranque del operativo; si no ése, cualquier otro incidente hubiese cumplido esa función. Si tal vez hubo anticipación de fecha, en las medidas militares y en las providencias posteriores del 27-28 de junio hay que descartar toda improvisación. El centro de operaciones fue desarrollando un plan minucioso en que no aparecía la creación del estratego previendo las contingencias de la acción enemiga sino el cálculo glacial del burócrata, su paciencia para los detalles, su exactitud logística.

En el lapso de doce horas se reprodujo, abreviadamente, la situación de los meses previos en que fuerzas incontrastables se cernían sobre un antagonista impotente para hacer valer la autoridad ejecutiva que nominalmente ejercía. Ahora tomaba forma el enfrentamiento virtual y mientras el gobierno asistía al epílogo sin otro recurso que adoptar algunas medidas simbólicas, una maquinaria implacable fue ocupando, [12] con parsimoniosa prolijidad, las dependencias del Estado y centros neurálgicos, como los canales de radiodifusión, desde los cuales fue irradiando los progresos sin resistencia hacia el objetivo prefijado.

El doctor Illia quedó incomunicado del público, que no pudo siquiera conocer la actitud —que por cierto no fue medrosa ni indigna— con que afrontó esa madrugada el derrumbe definitivo. Cuando el emplazamiento de los efectivos militares lo redujo a la ínfima porción territorial de su despacho en la Casa Rosada, la presencia de una dotación policial con lanzagases le impuso finalmente la necesidad de abandonar ese reducto último de su magistratura en falencia. La restauración de 1955 acababa de tragarse al último de sus hijos civiles.

El pueblo siguió todo eso con el relativo interés que merecía un cambio de gobernantes en el que no tenía nada directamente en juego. Derrotar al mustio radicalismo no era una hazaña particularmente heroica; tampoco motivo para censuras. Esa indiferencia de la población explica otra particularidad del suceso: si bien nunca hubo un golpe que contase con tan amplio acuerdo en los mandos militares, paradojalmente, ninguno estuvo menos cargado de pasión contra el oficialismo depuesto. Yrigoyen y Perón significaban el ascenso de la chusma insolentada contra las jerarquías tradicionales y, caídos sus gobiernos, aglutinaban a las fuerzas sociales que continuaban amenazando a los privilegios restaurados por la violencia; por eso se les odió y persiguió, lo mismo que a sus partidarios. Mucho más el peronismo por la mayor profundidad de sus transformaciones y la potencialidad revolucionaria que le da su composición clasista. Frondizi, en cambio, fue un gobernante del régimen contra quien, no obstante, las fuerzas armadas sentían una animadversión formada de desconfianza. Los radicales del pueblo, en cambio, son insospechados en su antiperonismo, tienen una trayectoria de ininterrumpida solidaridad con el episodio de 1955 y, salvo algunas excepciones individuales, no se acusaba al gobierno de pecados demasiado graves (los ataques de la prensa enemiga presentaban al doctor Illia como objeto de irrisión pero no de imputaciones infamantes). Las grandes culpas que se le endilgaban eran de omisión: no hacer determinadas cosas y facilitar con su pasividad la acción de “los verdaderos enemigos” que eran los que obligaban al golpe.

No interesa hacer un análisis del gobierno de Illia sino destacar que se fue quedando sólo con el apoyo de las magras huestes de la UCRP, pues careció de política y en su lugar siguió varias políticas —a menudo contradictorias— que terminaban por dejarlo mal con todo el mundo. Su nacionalismo, en cuanto quiso salir de la retórica proselitista, reveló su falta de realismo y su superficialidad demagógica. La anulación de los contratos de petróleo le echó encima la furia de los representantes de los monopolios y terminó lastimosamente con la claudicación ante las compañías concesionarias; las declamaciones contra el Fondo Monetario Internacional, en una peregrinación a las fuentes que había comenzado por antagonizar; los principios irigoyenistas en política internacional, en un satelismo a dúo con el cipayismo gorila de Brasil y en el descubrimiento del espíritu progresista del nauseabundo general vietnamés Cao Ky.

Es que, en las actuales circunstancias, el nacionalismo sólo es posible como una política antiimperialista consecuente —que no sólo estaba fuera del alcance de la UCRP como práctica sino también como concepción—; y si en lugar de ella se toman medidas aisladas dentro del contexto de nuestra dependencia integral, el resultado es, que al final hay que buscar acuerdos con el imperialismo pagando altos precios económicos y políticos para compensar los desplantes iniciales. Tales contradicciones entre la formulación idealista de presuntas misiones reparadoras y la naturaleza real del radicalismo están presentes en todo momento. Por ejemplo, en el caso de las compadradas sobre la poca importancia de Perón y de sus anuncios de retorno, que luego terminó en el pavor y la apelación a la tiranía brasileña para que parasen el avión en que viajaba el ex presidente; por ejemplo, en las afirmaciones de Balbín de que al peronismo lo esperaban en las urnas para derrotarlo, seguidas de la aplastante derrota de marzo del 65 y la hechizada conclusión de que “el radicalismo no fue comprendido aun por el pueblo”; o por ejemplo en el obrerismo que lo llevó a proyectar y aprobar las [14] reformas a la ley 11.729, apuntalando de paso la maniobra divisionista en alianza con los amarillos independientes, contra las 62 y la CGT peronista, y el veto posterior a 59 de sus 63 artículos, ante la presión empresaria quedando mal con patrones y obreros.


El radicalismo del pueblo es un conglomerado de diversos sectores y tendencias de la burguesía unidos en función de la nostalgia; su gobierno era un campo de batalla donde se enfrentaban los intereses económicos, sin que la crisis estructural de la organización capitalista argentina le permitiese satisfacer totalmente a ninguno ni integrarlos en un modus vivendi aceptable. Mientras el “desarrollismo” lo calificaba de liberal anacrónico, Aciel, la UIA, la Bolsa de Comercio y Alsogaray, entre otros, denunciaban el rumbo “colectivista” que se imprimía al Estado.

De tal manera, el activismo golpista y los sectores comprometidos en su radio de influencia, aunque ampliamente minoritarios, contaron con el peso adicional de un inmenso porcentaje de disconformes. Ese estado de espíritu explica la acogida que tuvo el régimen militar. Los grupos del poder económico y la alta clase media deseaban rectificaciones amplísimas que ya no parecían factibles sin un cambio de manos en la conducción estatal. En los estratos inferiores que no tenían nada que esperar de un golpe, cada grupo veía que no había solución para sus problemas (jubilaciones, remuneraciones sin reajuste, etc.) ni para aquellos que afectan cotidianamente a la comunidad en su conjunto. En última instancia, el cambio difícilmente empeoraría mucho las cosas.

De manera que al derribar a un gobierno impopular, y que no tenía salidas a los efectos de la crisis e implantar un orden diferente y con la eficacia potencial que da la suma del poder público, el gobierno del general Onganía satisfacía aspiraciones generalizadas. El deseo de cada sector de que fuesen los propios anhelos los que inspiraran a la Junta Revolucionaria inflamó muchos entusiasmos e hizo ver en el trasfondo de las declaraciones oficiales lo que se deseaba. Otros quedaron a la expectativa de las realizaciones concretas que dieran carnadura a los anuncios omnicomprensivos y nebulosos.

Ese es el estado anímico en las bases del peronismo; pero [15] algunos, ganados por cierto contagioso optimismo que les llega de las altas esferas del Movimiento, inducidos por algunos hechos objetivos aunque inconcluyentes, por deducciones sin conexión causal entre sus proposiciones, por la locuacidad de algunos dirigentes rebosantes de argumentos, ilusorios, se consideran partícipes de la apoteosis golpista.


Repercusión en el peronismo: factores objetivos y burocráticos de confusión
En la actitud del peronismo gravitan los factores que hemos enunciado para la población en general, pero conjugados con otros que le son propios en cuanto fuerza diferenciada y que tienen su punto de apoyo en algunos datos objetivos que los comentarios y declaraciones de los grupos vinculados al golpe exageran en sus alcances y desvirtúan en cuanto a significaciones, reforzándolos además con otros hechos que sólo aparentemente son corroborativos. Los mencionaremos en una breve síntesis.

En primer término la inusitada omisión de toda referencia agraviante al peronismo en los documentos de la Junta Revolucionaria y en las palabras del general Onganía. Por el contrario, el golpe militar “ampara a todos los ciudadanos” (Acta de la Revolución Argentina, 28-6); el concurso de todo el pueblo “es indispensable para alcanzar los fines revolucionarios” (Estatuto de la Revolución); “he de gobernar para todos los argentinos sin distinción alguna, y pido la colaboración de todos sin exclusiones” (general Onganía, 30-6); “para que sea posible una solidaridad armoniosa, sin divisiones subalternas” (general Onganía, 9-7). A ello se agrega la formulación de objetivos que, en sí mismos, coinciden con los del peronismo: el deseo de “liquidar rígidas estructuras políticas y económicas anacrónicas que aniquilan y obstruyen el esfuerzo de la comunidad”, el de eliminar “la falacia de una legalidad formal y estéril”, etc., y, en fin, la realización y la posibilidad de “una Revolución Nacional” (Acta).


Esos elementos de juicio aparecían confirmados por el trato que se dispensó a los sindicatos, que no condice ni con los [16] antecedentes ni con los juicios reiteradamente expuestos por las fuerzas arruadas a través de los años. La presencia radiante de los jerarcas gremiales peronistas en los actos de torna de posesión del mando del presidente Onganía y de sus ministros, la devolución de la personería a sindicatos privados de ella por el gobierno depuesto, la atención que se prestó a los planteos de los sindicatos, la participación que se anunció tendrían en organismos económico-sociales del Estado, indicaban una conducta que ya se había ido insinuando durante los trámites conspirativos.

En cuanto a la reforma concreta más substancial, la supresión de los mecanismos constitucionales para la elección de autoridades y la disolución de los partidos políticos, ha sido motivo de interpretaciones que, en mérito a razones ideológicas y prácticas, la consideran como una conquista inscripta en los ideales y en la práctica del peronismo, habría terminado con el régimen liberal, restaurado en septiembre de 1955, con las siguientes ventajas prácticas para nosotros: a) nos pone en pie de igualdad, extendiendo a todos la proscripción de la que eran beneficiarios cuando pesaba únicamente sobre el peronismo; b) pero el peronismo queda en pie como única fuerza política que, desaparecido el aparato partidario, sigue operando a través de sus estructuras sindicales; c) la única base de masas en que puede apoyarse el gobierno militar es el peronismo; que por no ser un partido clásico que sólo se cohesiona por medio de los mecanismos electorales, y por mantener su poderío numérico mayoritario, ha quedado como única fuerza pujante después que el defenestramiento del radicalismo del pueblo terminó con los partidos no solamente desde el punto de vista de su existencia jurídica sino también con el régimen de partidos, debido al agotamiento de sus posibilidades de ejercer eficazmente el poder.



A partir de esos elementos vertebrales de la prueba y el razonamiento, la cadena argumental se amplía para crear el convencimiento de que nos hallamos ante una encrucijada muy parecida a la de 1945 que nos abre similares posibilidades: las masas peronistas y el Ejército constituyendo un bloque frente a las agrupaciones demo-liberales; una conducta de acercamiento a la clase obrera seguida por el grupo de oficiales de mayor [17] peso; la sensación general de hastío ante los juegos de la política tradicional y un hecho de violencia que les puso fin para buscar formas integrativas de una voluntad nacional al margen de esas instituciones obsoletas; la Universidad constituida en el principal foco de resistencia al cambio —junto con voces, ya muy débiles, de corporaciones de abogados y alguna formación de la paleontología político-cultural—; y hasta la demora en el reconocimiento por parte de los Estados Unidos, que en esa analogía adquiriría un sentido muy decisivo. Hasta algunos grupos de izquierda que racionalmente no aceptan esa totalización ideal, en la práctica mantienen una actitud reticente, originada por el recuerdo de la alienación de los universitarios en 1930, 45 y 55 y recelando de un juicio que podría ser una nueva visión mistificada de la realidad nacional que nuevamente los dejase, como a sus antecesores, en el campo de los liberales y la izquierda clásica, aislados de las masas y definitivamente rezagados.
En el medio propicio creado por ese cúmulo de evidencias aparentemente homogéneas y concordantes, se desplazan los correos del zar, que gozan de la privanza de los jefes victoriosos y propalan anécdotas, confidencias y frases que no hacen más que confirmar que las almas militares están conmocionadas por un huracán de ternura hacia el peronismo y dispuestas al reencuentro definitivo. ¿Cómo no han de hacer impacto en nuestras filas esas revelaciones de que por vías misteriosas y repentinas está por concretarse el tan difundido y tantas veces frustrado anhelo golpista que en los últimos años ha constituido la hipótesis única de las direcciones del Movimiento para la toma de] poder? ¿Cómo, después de los sucesivos callejones sin salida en que vienen metiendo al Movimiento sus dirigentes, no ilusionarse cuando de repente nos señalan que el reencuentro pueblo-fuerzas armadas, que venían anunciando como hecho ineludible y fatal, se ha cumplido y nos abre un atajo hacía el poder? Si casi dan ganas de aceptar sin más vueltas estos horóscopos de constelaciones felices y unirse a la tarantela de los jubilosos; es que a lo mejor la historia está hecha de esos caprichos y a veces una política reformista recibe como dádiva la revolución salvadora, o una política sin vocación real de poder encuentra sorpresivamente el poder como [18] premio. En tal caso, las vanguardias no serían indispensables, demasiado útiles siquiera; o mejor dicho, no habría vanguardias, desde que la conciencia revolucionaria sería un espejismo con que nos engaña una realidad enigmática donde operan leyes incomprensibles o un azar dislocado que torna posible cualquier resultado en cualquier circunstancia.

Pero negamos esas hipótesis de la impotencia y la gratuidad: en cada momento una serie de factores determina el abanico de las contingencias, y dentro de ese condicionamiento los hechos en última instancia dependen de la actuación de los hombres. La conciencia revolucionaria es un grado de lucidez con que la voluntad humana lucha en medio de una realidad complicada y ambigua. Y la vanguardia revolucionaria no es una minoría autodesignada en mérito a la admiración que a sí misma se profesa, sino el cumplimiento de una función que hay que revalidar constantemente mediante la comprensión teórica de una realidad fluyente que escapa a toda sabiduría inmóvil centelleante de verdades definitivas. Con eso estamos afirmando, en primer lugar, que ese conocimiento no es exterior a la práctica de las masas, sino la experiencia directa de esa lucha enriquecida por el pensamiento crítico. Y, además, que tal conocimiento sólo adquiere valor revolucionario en cuanto se “socializa” al ser incorporado por las masas a su accióni, pues ellas son las actoras y también las destinatarias de la revolución.

Por lo tanto, dispuestos a recibir la cuota de desconfiada irritación con que en estos casos son acogidos los voceros de la sobriedad, debemos enfrentar las corrientes del delirio desatadas por el cambio de gobierno y convocar a nuevas tareas y sacrificios que esperan al Movimiento en esta dura y tal vez prolongada etapa, cuyos inicios se han prestado a que muchos compañeros confundiesen un reajuste del régimen con el amanecer del día de la cita con nuestro destino de comunidad libre.

No pretendemos que estos análisis —que además encuentran muy adversas condiciones para la difusión— basten para cambiar un estado de ánimo expectante que obedece al complejo de causas mencionadas y sólo se diluirá a través de frustraciones vividas como experiencia. Pero se acelerará ese [19] proceso y la reubicación masiva del Movimiento a medida que en su seno se vayan discriminando los agentes del confusionismo que hace mucho venimos denunciando y ahora multiplicaron sus efectos narcotizantes por lo excepcional de la coyuntura.

Los contactos entre dirigentes burocráticos del peronismo y jefes militares eran cosa corriente desde hace tiempo y responden a la interinfluencia de dos fenómenos. Uno de ellos es parte del deterioro del régimen burgués argentino, que acarrea el debilitamiento de las formas tradicionales de unificación de los intereses dominantes y exigió que los militares, dispuestos a desalojar un poder civil inocuo, buscasen algún tipo de compromiso que neutralizase en lo posible la oposición de las masas. El otro deriva de fallas internas de nuestro Movimiento. Si bien la inestabilidad del régimen y la potencialidad del peronismo son los dos aspectos de un mismo proceso, en las estructuras directivas del movimiento popular, por falta de una teoría revolucionaria y la consiguiente política de poder, se ha acentuado de más en más la burocratización, la “institucionalización” de una capa de dirigentes políticos y gremiales, que no enfrenta al régimen globalmente sino que es dentro de él que concibe su estrategia (golpismo, frentes electorales, candidaturas “potables”), y por consiguiente también es allí donde busca apoyos. Tanto para esa “coparticipación” en el poder cuanto para respaldo en la lucha interna, las FF.AA. son un factor decisivo de la política nacional hacia el cual se tienden los puentes del acercamiento.

El resultado de esa postura dual es que el régimen integra a los burócratas en formas diversas que van desde someterlos al “terrorismo ideológico” y tenerlos cada cinco minutos aclarando que no son comunistas hasta inspirarles pautas de conducta para ser reconocidos como personas serias, responsables y sin el pensamiento alborotado por apocalipsis revolucionarias. Ese deslizamiento continuado hacia la derecha otorga impunidad a elementos ultrarreaccionarios que consiguen alguna receptividad —y, en todo caso, la pasividad general— para planteos fascistizantes que reaparecen amparándose en una pretendida filiación peronista y que, como las vacas sagradas de la india, no sirven para nada salvo para estorbar pero que nadie [20] se atreve a liquidar por temor a ser anatemizado desde el engranaje de caza-brujas del régimen.

Como el término “burócrata” está incorporado al léxico peronista pero con muy imprecisas connotaciones, y será utilizado a menudo en este informe, algunas breves puntualizaciones se vuelven necesarias. No designamos con eso a la persona que ocupa un cargo político o sindical, ni sostenemos tesis puritanas en contra de que se utilicen las ventajas que confieren algunos de esos status (licencia gremial, fueros parlamentarios, aparato sindical, etc.). Ni el hacerlo en forma deshonesta es lo que hace merecer el justificativo; el deshonesto es un burócrata, pero el burócrata no es necesariamente deshonesto ni cobarde (aunque ese ramillete de condiciones se suele dar con frecuencia en el burócrata).

Lo burocrático es un estilo en el ejercicio de las funciones o de la influencia. Presupone, por lo pronto, operar con los mismos valores que el adversario, es decir, con una visión reformista, superficial, antitética de la revolucionaria. Pero no es exclusivamente una determinante ideológica, puesto que hay burócratas con buen nivel de capacidad teórica, pero que la disocian de su práctica, y en todo caso les sirve para justificar con razonamientos de “izquierda” el oportunismo con que actúan. La burocracia es centrista, cultiva un “realismo” que pasa por ser el colmo de lo pragmático y rechaza toda insinuación de someterlo al juicio teórico que los maestritos de la derecha les hacen creer que es “ideología” y que ésta significa algo que no tiene nada que ver con el mundo práctico. Entonces su actividad está depurada de ese sentido de creación propio de la política revolucionaria, de esa proyección hacia el futuro que se busca en cada táctica, en cada hecho, en cada episodio, para que no se agote en sí mismo.

El burócrata quiere que caiga el régimen, pero también quiere durar; espera que la transición se cumpla sin que él abandone el cargo o posición. Se ve como el representante o, a veces, como el benefactor de la masa, pero no como parte de ella; su política es una sucesión de tácticas que él considera que sumadas aritméticamente y extendidas en lo temporal configuran una estrategia.

En realidad, está integrando una serie de relaciones [21] superestructurales de las cuales se propone o cree valerse pero que lo tienen aprisionado; es sensible al terrorismo de las acusaciones de trotskista o comunista, cultiva las banalidades sociológicas que le inculcan bajo disfraz “progresista” en los cursos de la CGT o similares, y cree que es el único que sabe sumar tanques y soldados por lo que declara fantasía y aventurerismo todo planteo que desafíe la correlación abrumadora de fuerzas en contra de los intereses populares.

Afirma que el peronismo no debe ser “clasista”, porque confunde la composición policlasista del Movimiento con su ideología, considerando que existen ideologías “policlasistas” o “neutras”. No puede entender que, en un frente de lucha, con el policlasismo estamos todos de acuerdo, pero que la ideología sólo puede ser o la revolucionaria del proletariado o la burguesa.

También cree que estar en contra de una sociedad dividida en clases es plantearse utopías en que todo quedará socializado en veinticuatro horas por decretos fulminantes. Esa visión, metodología y práctica burguesas, facilitan la proliferación de los peores elementos que en los remansos de la lucha aparecen para mangonear figuración y candidaturas ellos mismos un poco sorprendidos de la desmemoria general para con sus claudicaciones pasadas. Las flores de fango por un lado y los varones prudentes por el otro, creen que más allá del módico repertorio de métodos y tácticas que ellos manejan sólo quedan el infantilismo los golpes de mano y la desorbitación aventurera; entonces se reivindican como realistas, administradores avaros de cualquier margen de legalidad, de cualquier complacencia que los dueños del rayo de la violencia nos concedan.

Este “estilo”, esta calidad especial, corresponde a nuestra contradicción intrínseca de movimiento revolucionario por nuestra composición y nuestra lucha antiimperialista y antipatronal —que objetivamente hace de nosotros el término de un antagonismo irreconciliable con el régimen— mientras que organizativamente y como estructura estamos muy por debajo de esos requerimientos. No creemos que sea un resultado de la mala suerte; responde a causas generales y del peronismo como agente histórico con una especialidad determinada; pero [22] tampoco es un determinismo que nos condene a no superar nuestras propias carencias. Eso no puede ser tema del presente trabajo; simplemente queríamos señalar que el espíritu burocrático que todos los activistas reconocerán inmediatamente, en esta oportunidad ha alcanzado sus más bajos niveles éticos y la máxima nocividad, porque sobre el silencio impuesto por el golpe sólo han hablado los portadores del confusionismo, los predicadores de la mansedumbre, los ideólogos de la alienación totalitaria y clerical. Analizaremos el conjunto de tesis que han sido moneda corriente desde el 28 de junio, para ordenar un


cosas que todos sabemos.

Esta es una gran crisis, y en tales oportunidades los cuadros revolucionarios asumen prácticamente la dirección del esfuerzo colectivo. A los que ya lo han hecho en oportunidades anteriores y a los cuadros que ahora surgirán para cubrir esa vacancia, dirigimos especialmente este informe, que puede servir para una comprensión más rápida de los conflictos reales que se desarrollan por debajo de las exaltadas generalidades y las conciliaciones trémulas y precarias.

Para demostrar la falsedad de esas visiones alucinadas no nos valdremos del tipo de argumento en que ellas se originan ni de datos que nos lleguen por conductos inexpugnables, ni de intenciones y sentimientos que pretendamos leer en el corazón y en el cerebro de los nuevos gobernantes. No somos conocedores profundos del “espíritu de nuestras fuerzas armadas”, que tiene ya demasiados intérpretes, comenzando por sus propios integrantes. Tampoco hemos descifrado qué secretos se esconden detrás del laconismo del nuevo presidente, ni estamos habilitados para dictaminar si es la modalidad expresiva de un espíritu hondamente reflexivo o la medida de su riqueza en pensamientos. El psicologismo es apenas un grado superior a la adivinación como método de análisis político-social, a la par con el método analógico, y para tener una idea de lo que eso significa hasta con saber que son los tres únicos métodos que conocen nuestros políticos tradicionales, incluidos [23] los burócratas peronistas. Para juzgar a los actores no recurriremos a otros elementos que los que ellos nos suministran con sus actos públicos; para el examen de las cuestiones nacionales y del Movimiento, nos atendremos a hechos registrados por la experiencia colectiva y a datos objetivos y verificables. [25]

  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje