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John Mitchell (1857-1940)


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John Mitchell (1857-1940)


D.R. A.

A diferencia de la mayoría de los otros poderes mundiales, el Imperio Británico dejaba sus colonias en mejor condición que las encontraba. Se habla mucho de países que “ganaron su libertad”, pero la realidad es que Gran Bretaña solía administrar sus colonias con miras a que se independizaran. Errores y abusos cometió; beneficios obtuvo; pero a la vez mucho dejó atrás al bajar su bandera.

La India fue uno de los países que vio la presencia de los regimientos británicos, y no pocos de sus soldados procedieron de las familias pobres de Irlanda cuando toda esa isla era parte del Imperio. Nos referimos al sur, donde el romanismo está en todo el tejido de la cultura y de la ignorancia y extrema pobreza del pueblo común que era la orden del día hasta un par de generaciones atrás.

Así fue que un joven, hijo de padres que conocían tan sólo los dogmas de Roma, yacía solo en una de las carpas de cierto hospital militar en el norte de la India unos 120 años atrás, consumido por fiebre y convencido de que estaba por morir. Le dolía todo el cuerpo y sentía que un fuego le estaba devorando. Comenzó a gritar: “¡Mis pecados! ¡Mis pecados! ¿Quién me dirá cómo puedo deshacerme de mis pecados?”

Un camillero escuchó su constante clamor. Averiguó por la historia que el sujeto era de la fe romana, y avisó al capellán católico que uno de los soldados estaba en sus postrimerías. El religioso se convenció de que así era, y le administró el sacramento de la extrema unción. Hecho esto, dijo: “Hijito, puedes tener la seguridad de que se ha hecho todo lo necesario para tu paz eterna. La Madre Iglesia no puede hacer más, ni nada más hace falta”. Y se marchó.

Al rato el soldado comenzó de nuevo a voz en cuello: “¡Mis pecados! ¡Mis pecados! ¿Quién me dirá cómo deshacerme de mis pecados?”

Pero no murió. Poco a poco la fiebre iba cediendo, aunque él diría años más tarde que “me dejó hecho una ruina”. Fue dado de baja en el ejército y sacado de la India con el cuerpo destrozado y el alma en tormento. Aquel cuerpo nunca se recuperaría satisfactoriamente, pero el alma iba a encontrar la entera paz y la eterna salud.

Anduvo por las Islas Británicas hasta el día que escuchó a un grupo en la calle que cantaba:

¡Sangre! sangre tan preciosa del Señor Jesús.
Él borró nuestros pecados en la cruz.
Tus pecados son tan rojos como el carmesí.
Esa sangre poderosa es por ti.

Jamás había sabido de tal cosa. Terminado aquel culto al aire libre, John Mitchell siguió tras el grupo hasta el salón. Oyó al predicador leer y anunciar que el Señor ganó la Iglesia suya por su propia sangre; Hechos 20:28. Y más: la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, limpia de todo pecado; 1 Juan 1:7.

***

La conferencia de tres días de la asamblea en Hamilton, Canadá había finalizado. Se había cantado el último himno y restaba cerrar la reunión con oración. Para asombro de algunos, y para la molestia de la mayoría, un hombre todavía joven se paró en una silla al fondo del auditorio y empezó a hablar en voz sonora. Los creyentes miraron atrás a ver qué era ese disturbio. Uno que otro dio la vuelta a su silla, ya que el desconocido continuaba, de manera cortés y convincente. Dentro de un par de minutos todos los presentes habían acomodado sus sillas y estaban escuchando con ávido interés.



“Hermanos, el joven desesperado fui yo. Yo soy aquél que oyó cantar el himno y recibió a Cristo en aquel salón. Soy monumento al poder de Cristo a salvar y guardar. He encontrado empleo aquí en su país y estoy contando a otros que la sangre de Jesús salva”.

Aquella intervención tan impactante tuvo lugar antes que Mitchell fuera al extremo este del Canadá a trabajar en la obra en Nueva Escocia en compañía del gran evangelista (pequeño de estatura por cierto, así como el protagonista de este relato) que era John Knox McEwen. Ese severo aprendizaje haría honra a cualquiera. El renombrado pionero estaba presente en aquella conferencia; a lo mejor llevó a Mitchell consigo. Años después, al relatar sus experiencias en abrir esa provincia para el evangelio, él nombró a éste y tres ayudantes más, agregando que “todos bregaron duro y honraron su ministerio”.

Sin embargo, por regla general Mitchell andaba solo, así como Apolos en Hechos de los Apóstoles. Fue soltero de por vida. Mucho más adelante en nuestra historia, cuando John Crane le hizo saber su ejercicio de acompañarle en sus labores en Venezuela, Mitchell respondió: “No me he casado, y si va a trabajar conmigo, ¡tendrá que ser soltero también!” Y Crane no se casó en los veinte años que trabajó con Mitchell. Es más: ¡murió en África del Norte el mismo año que contrajo matrimonio! (Una nota al margen para los lectores que reflexionan sobre la obra del Señor: Si bien su propia obra era la del pionero que abría caminos, vez tras vez en sus cartas Mitchell comentó que en determinados lugares hacía falta un matrimonio para residenciarse allí y desarrollar una obra a fondo).

La primera mención de Venezuela que el escritor de este relato ha encontrado en las revistas misioneras describe nuestro país como “una república española que queda al norte de Guayana Británica”. Que no nos ofendamos por semejante descripción; en los 1880 Guayana Británica hoy día Guyana era todavía para las asambleas uno de los campos misioneros más destacados del mundo. (¡Ojalá que lo fuera aún!) Pocos saben que en la gran, emotiva obra del Espíritu Santo de reavivar la verdad de asambleas al patrón del Nuevo Testamento, la primera asamblea formada al estilo de las que conocemos no fue de aquellas en las Islas Británicas en los 1830, sino una congregación cerca de Georgetown en los 1820. Pero la historia de Leonard Strong y aquella obra es otra.

Qué medios usó el Espíritu Santo para enviar a John Mitchell a Caracas en 1896, no sabemos, ni estamos seguros de qué tiempo había estado predicando en las islas del Caribe antes de arribar a La Guaira. (Lo cierto es que aparentemente él fue usado para dirigir la atención de Guillermo e Isabel Williams a esta República unos años más tarde). Un puño de extranjeros ya estaban intentando mantener un testimonio. Charles Bright había estado por corto tiempo y se había marchado. Pero para todos los efectos, John Mitchell fue el primer misionero de las asambleas a Venezuela, y el primer evangelista fuera de la ciudad capital. Uno que le siguió en la obra en Caracas escribió: “En realidad esta obra debe su inicio a la labor del estimado hermano John Mitchell en 1897, pero la pequeña asamblea que dejó atrás al marcharse a España en 1908 fue reducida posteriormente ...”

***


Le hemos encontrado, entonces, en tres campos de servicio: Canadá, las islas del Caribe y Venezuela. Hemos podido mencionar a Guyana también, donde estudió dos idiomas con el fin de evangelizar a pueblos primitivos del interior. Así era Mitchell; él no se conformada con Barbados u otra isla mayor, sino se marchaba a los islotes casi desconocidos en derredor. En Venezuela, le encontramos en cuarentena en Nirgua, en la prefectura de San Felipe, en visitas a las pocas casitas en Mucuchíes, en el muelle de Maracaibo y en las calles de Puerto Cabello.

Él era el evangelista que se sentaba, por decirlo así, junto al pozo de Jacob en espera de evangelizar a quien acudiera con cántaro vacío. Y si la intensa conversación era con un empedernido católico romano, mejor. Él siempre cargaba un Nuevo Testamento con el imprimátur de un obispo romano. Por supuesto, celebraba series de cultos también, y abundan las referencias en revistas viejas al “ministerio estimulante del hermano Mitchell mientras se recuperaba de su ataque de fiebre”.

Allí está esa miserable palabra que figura en su vida desde la carpa en la India hasta el día de su muerte. “Fiebre”, que nosotros llamaríamos paludismo. Con razón dijo: “Me dejó hecho una ruina”.

En esta coyuntura del relato, algún lector va a suponer que Mitchell se residenció en Andalucía, en el sur de España, para jubilarse en busca de reposo en un clima cálido. Que nos sea perdonado el pensamiento. Vamos a citar ahora a un historiador de la obra entre las asambleas españolas, permitiéndonos uno que otro comentario en corchetes:

En Almería, John Mitchell y John Crane los dos que habían servido en Venezuela trabajaron por un buen lapso antes de ubicarse en Málaga, capital de la provincia. Málaga era casi una ciudad de los republicanos [y en la guerra civil sería objeto de feroces ataques de las fuerzas de Franco, de tal suerte que prácticamente todos los siervos del Señor se vieron obligados a marcharse]. Pero el poder del Vaticano estaba presente, de modo que en 1931 sus opositores destruyeron treinta y un edificios romanistas”.

“John repartía tratados cada día en un distrito de Málaga lejos de donde prevalecía el protestantismo. Era invitado a visitar en aldeas y pueblos. En Vélez la oposición no fue de parte de los romanistas, sino de los ateos. En Alora el impedimento era que el pueblo era analfabeta”.

[John Crane y su señora se marcharon de España en 1923 para servir en Marruecos]. “John Mitchell falleció en 1940 a la edad de 83 años, dejando un testimonio fiel, y hasta solitario, que fue una bendición para muchos en Andalucía”.

Alguien dirá que se trata de un hombre inestable, sin un campo de servicio bien definido, que la pasaba en casa de otros obreros para recuperar fuerzas. Otro dirá que él no celebraba grandes campañas, ni vio formadas muchas asambleas al estilo de los hermanos que llegaron a Venezuela poco después que él se marchó. Pero el que escribe estas líneas no puede enfocar la cosa así. El Día venidero evaluará la obra de John Mitchell, pero por el momento lo que vemos es a uno cuyo cuerpo fue destrozado irremediablemente por el paludismo cuando él tenía poco más de veinte años, pero que con todo dedicó casi sesenta años a caminar las sendas más apartadas, sufrir fiebre a solas en pensiones inhóspitas, desafiar las tropas de Franco, pastorear congregaciones a punto de perecer, y en fin hablar la Palabra a tiempo y fuera de tiempo. Soportó las aflicciones; hizo obra de evangelista; cumplió su ministerio. Honra al tal.






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