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John B. Thompson Comunicación y contexto social


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John B. Thompson

Comunicación y contexto social


En todas las sociedades, los seres humanos se dedican a la producción e intercambio de información y contenido simbólico. Desde las más tempranas formas de gestualidad y uso de lenguaje hasta los desarrollos más recientes de la tecnología informática, la producción, almacenamiento y circulación de información y contenido simbólico ha constituido una característica central de la vida social. Sin embargo, con la proliferación de las instituciones mediáticas desde finales del siglo XV hasta el día de hoy, los procesos de producción, almacenamiento y circulación han estado transformándose en varios sentidos. Estos procesos han quedado atrapados en una serie de desarrollos institucionales propios de la época moderna. En virtud de tales desarrollos, las formas simbólicas han estado produciéndose y reproduciéndose en una escala cada vez mayor; se han convertido en productos de consumo que pueden comprarse y venderse en el mercado; han pasado a ser accesibles a individuos ampliamente diseminados en el espacio y en el tiempo. De manera profunda e irreversible, el desarrollo de los media ha transformado la naturaleza de la producción simbólica y el intercambio en el mundo moderno.
Empezaré este capítulo explorando los contornos de esta transformación mediante el análisis de algunas de las características de la comunicación mediática. Desarrollaré una aproximación a los media que resulta fundamentalmente "cultural", es decir, una aproximación que se ocupa tanto del significado del carácter de las formas simbólicas como de su contextualización social.[1] Por otra parte, resulta importante recalcar que la comunicación mediática posee una dimensión simbólica irreductible: se ocupa de la producción, almacenamiento y circulación de materiales significativos para los individuos que los producen y los reciben. Resulta fácil perder la perspectiva de esta dimensión simbólica y pasar a preocuparse de las características técnicas de la comunicación mediática. Estas características técnicas son verdaderamente importantes, como tendremos ocasión de constatar; sin embargo, no se les debería permitir oscurecer el hecho de que el desarrollo de la comunicación mediática sea, en un sentido fundamental, una reelaboración del carácter simbólico de la vida social, una reorganización de las formas en las que el contenido y la información simbólicas se producen e intercambian en la esfera social, y una reestructuración de las maneras en que los individuos se relacionan unos con otros y consigo mismos. Si "el hombre es un animal suspendido en tramas de significado que él mismo ha urdido", como Geertz remarcó en cierta ocasión,[2] entonces los medios de comunicación constituyen las ruecas del mundo moderno y, al utilizar estos media, los seres humanos se convierten en fabricantes de tramas de significado para consumo propio.
Por otra parte, cabe igualmente enfatizar que la comunicación mediática siempre es un fenómeno social contextualizado: siempre forma parte de contextos sociales estructurados de varias formas y que, a su vez, tienen un impacto estructural en los actos comunicativos. Fácilmente se puede perder la perspectiva de este aspecto. Dado que la comunicación mediática está generalmente "fijada" a un estrato material de algún tipo -palabras escritas en un papel, por ejemplo, o imágenes capturadas en una película resulta tentador concentrarse en el contenido simbólico de los mensajes de los media e ignorar el complejo orden de las condiciones sociales que subyacen a la producción y circulación de tales mensajes. Trataré de evitar esta tendencia por todos los medios. Sin olvidar el contenido simbólico de los mensajes mediáticos, desarrollaré una aproximación que destaca que la [3] comunicación mediática constituye una parte integral de -y no puede comprenderse al margen de- los contextos más amplios de la vida social.
En el primer apartado de este capítulo esbozaré algunas de las características de los contextos sociales dentro de los cuales la comunicación en general, y la comunicación mediática en particular, debería entenderse. Con este telón de fondo, analizaré algunas de las características de las técnicas de comunicación mediática (apartado 2) y algunas de las particularidades que comúnmente se engloban bajo la etiqueta de "comunicación de masas" (apartado 3). En el cuarto apartado me ocuparé de las formas en que los medios de comunicación reordenan las relaciones espacio-temporales y alteran nuestra experiencia en relación a ellos. En el apartado final del capítulo trazaré una aproximación preliminar a la relación entre la comunicación mediática y los contextos sociales prácticos dentro de los cuales se recibe y comprende esta comunicación.
Acción, poder y comunicación
En la actualidad es frecuente oír que la comunicación es una forma de acción. Incluso desde que Austin observó que pronunciar una expresión es ejecutar una acción y no meramente informar o describir algún estado de cosas somos más sensibles al hecho de que hablar un lenguaje es una actividad social a través de la cual los individuos establecen y renuevan las relaciones que mantienen unos con otros. Sin embargo, si la comunicación es una forma de acción, entonces, el análisis de la comunicación debe basarse, al menos en parte, en un análisis de la acción y en una explicación de su carácter socialmente contextualizado. Austin, y muchos teóricos del habla posteriores, no siguieron el argumento en esta dirección; de aquí que sus explicaciones sobre los actos de habla tiendan a ser bastante formales y abstractas, alejadas de las circunstancias reales en las que los individuos utilizan el lenguaje en el transcurso de su vida cotidiana. Hoy en día podemos aceptar las observaciones de Austin sólo si abandonamos su aproximación y mediante el desarrollo de una teoría social sustantiva de la acción y de los tipos de poder, recursos e instituciones en que se sostiene.
Esta explicación que desarrollaré aquí está basada en la asunción de que los fenómenos sociales pueden ser vistos como acciones con propósito llevadas a término en contextos sociales estructurados.[4] La vida social está compuesta por individuos que llevan a cabo propósitos y objetivos de varios tipos. En este cometido siempre actúan dentro de un conjunto de circunstancias previamente establecidas, y que ofrecen a los individuos diferentes inclinaciones y oportunidades. Estas circunstancias pueden concebirse como "campos de interacción", para utilizar un término fructíferamente desarrollado por Pierre Bourdieu.[5] Los individuos ocupan posiciones diferentes en el interior de estos campos, dependiendo de los diferentes tipos y cantidad de recursos disponibles para ellos. En algunos casos estas posiciones adquieren una cierta estabilidad a través de la institucionalización, esto es, convirtiéndose en parte de un paquete de reglas, recursos y relaciones sociales relativamente estables. Las instituciones pueden observarse como un determinado conjunto de reglas, recursos y relaciones con cierto grado de persistencia en el tiempo y cierta extensión en el espacio, unidas por el propósito de alcanzar ciertos objetivos comunes. Las instituciones dan forma definitiva a campos de interacción preexistentes y, al mismo tiempo, crean nuevas posiciones en el interior de estos campos, así como nuevas trayectorias para organizar la vida de los individuos que las ocupan.
La posición que ocupa un individuo dentro de un campo o institución esta íntimamente relacionada con el poder que él o ella poseen. De manera genérica, el poder es la capacidad para actuar de acuerdo a la consecución de los propósitos e intereses de cada uno, la capacidad de intervenir en el curso de los acontecimientos y de afectar a sus resultados. Al ejercer el poder, los individuos emplean los recursos que tienen a su alrededor; los recursos son los medios que les permiten alcanzar sus objetivos e intereses de manera efectiva. De ahí que, mediante la acumulación de recursos de varios tipos, los individuos puedan aumentar su poder, en el sentido de que, por ejemplo, un individuo podría acumular cierta cantidad de ahorros con el fin de adquirir una propiedad. Ya que los recursos pueden acumularse personalmente, con frecuencia también se acumulan dentro de la estructura institucional, que constituyen una importante plataforma para el ejercicio del poder. Los individuos que ocupan posiciones dominantes en grandes instituciones pueden contar con inmensos recursos a su disposición, lo que les permite tomar decisiones y perseguir objetivos que tienen implicaciones de largo alcance.
Comprendido en este sentido general, el poder es un fenómeno social penetrante característico de los diferentes tipos de acción y encuentros, desde las acciones políticas visibles de los representantes del Estado hasta el mundano encuentro de individuos en la calle. Si en la actualidad asociamos comúnmente el poder con el poder político, es decir, con las acciones de individuos que actúan en nombre del Estado, es porque los Estados se han convertido en centros particularmente importantes de concentración del poder en el mundo moderno. Pero la importancia de las instituciones estatales no debería impedirnos apreciar el hecho de que el poder público político y manifiesto constituye sólo una forma de poder un tanto especializada, y que los individuos comúnmente ejercen el poder en muchos contextos que tienen poco o nada que ver con el Estado. De esta manera, ambos expresan y permiten establecer relaciones relativamente estables o redes de poder y dominio entre individuos, y entre grupos de individuos, que ocupan diferentes posiciones en campos de interacción.
Resulta útil matizar con detalle las distintas formas de poder. Siguiendo a Michael Mann y otros, distinguiré cuatro tipos principales a los que llamaré poder "económico", "político" "coercitivo" y "simbólico"[6].Estás distinciones poseen un carácter esencialmente analítico. Reflejan los diferentes tipos de actividad en los cuales los seres humanos están implicados con frecuencia, y los diferentes tipos de recursos que emplean en el ejercicio del poder. Sin embargo, en realidad, estas formas diferentes de poder se solapan con frecuencia detrás de complejas y cambiantes formas. Una institución particular o tipo de institución podría ofrecer la estructura para una acumulación intensiva de un cierto tipo de recursos, y de ahí una base privilegiada para el ejercicio de cierta forma de poder, en el sentido, por ejemplo, de que las actuales compañías comerciales ofrecen una estructura para la acumulación de recursos materiales y una base privilegiada para el ejercicio del poder económico. Llamaré a las instituciones que ofrecen plataformas privilegiadas para el ejercicio de ciertas formas de poder con el nombre de "instituciones paradigmáticas". Sin embargo, incluso las instituciones paradigmáticas acostumbran a implicar una compleja mezcla de distintos tipos de actividad, recursos y poder, incluso si están orientadas fundamentalmente hacia la acumulación de cierta clase de recursos y el ejercicio de un cierto tipo de poder.
El poder económico procede de la actividad humana productiva, es decir, de la actividad que se ocupa de abastecer de los medios de subsistencia a través de la extracción de las materias primas y su transformación en bienes que pueden consumirse o intercambiarse en un mercado. La actividad productiva implica él uso y la creación dé varios tipos de material y recursos financieros, los cuales incluyen materias primas, instrumentos de producción (herramientas, máquinas, tierra, edificios, etc.), productos perecederos y capital financiero (dinero, acciones, formas de crédito, etc.). Estos recursos pueden ser acumulados por individuos y organizaciones con el propósito de expandir su actividad productiva; y, al mismo tiempo, sirven para incrementar su poder económico. En el pasado, la actividad productiva era predominantemente agraria, y las instituciones paradigmáticas del poder económico se caracterizaban por organizaciones a pequeña escala orientadas a la subsistencia de la agricultura y hacia la producción de pequeños excedentes para el comercio. Con el desarrollo de las sociedades modernas, las instituciones paradigmáticas del poder económico han aumentado la escala y la envergadura de sus actividades y han adquirido un carácter más variado, con lo que la manufactura y, consecuentemente, la producción industrial han asumido una importancia fundamental.
El poder económico puede distinguirse del poder político, el que, procede de la actividad de coordinar a los individuos y regular los patrones de su interacción. Todas las organizaciones implican un cierto grado de coordinación y regulación, y en este sentido, un cierto grado de poder político. Sin embargo podemos identificar un grupo de instituciones implicadas básicamente con la coordinación y la regulación, y que tratan de llevar a cabo estas actividades de manera relativamente centralizada dentro de un territorio más o menos circunscrito. Estas instituciones incluyen lo que generalmente se conoce con el nombre de Estado, la institución paradigmática de poder político. Históricamente han existido muchas formas diferentes de Estado, desde los tradicionales Estados imperiales y las clásicas ciudades-Estado hasta las modernas formas de Estado-nación. Todos los Estados, o Estados como instituciones, constituyen fundamentalmente sistemas de autoridad. Los Estados implican un complejo sistema de reglas y procedimientos que autorizan a ciertos individuos a actuar de determinadas maneras. En algunos casos estas reglas y procedimientos están explícitamente codificadas bajo la forma de leyes promulgadas por cuerpos soberanos y administrados por un sistema judicial.
A pesar de ello, como destacó Max Weber, entre otros, la capacidad de un Estado para dirigir la autoridad depende generalmente de su capacidad para ejercer dos formas de poder distintas pero relacionadas, a las que describiré como poder coercitivo y poder simbólico. En última instancia, el Estado puede utilizar distintas formas de coerción -esto es, el uso efectivo o la amenaza de la fuerza física- con el fin de defender el ejercicio del poder político, tanto si se trata de conquistar o amenazar el exterior como si se trata de paliar un desorden o desobediencia interna. La autoridad del Estado también puede ser defendida mediante la difusión de formas simbólicas que persiguen cultivar y sostener una creencia en la legitimidad del poder político. Pero, ¿en qué medida las formas simbólicas son capaces de crear y sostener legítimamente una creencia? ¿En qué medida son compartidas tales creencias por los distintos grupos y miembros de una población determinada, y en qué medida es necesario compartir estas creencias para el ejercicio estable y efectivo del poder político? No existen respuestas simples de quita-y-pon a estas preguntas, y esta ambigüedad es (entre otras cosas) la que lleva al uso político del poder simbólico a aceptar riesgos y lo convierte en un acontecimiento con final abierto.
Aunque haya una clara conexión histórica y empírica entre el poder político y el coercitivo, puede hacerse una distinción analítica entre ambos. El poder coercitivo supone el uso, o la amenaza de utilizar, la fuerza física para someter o vencer a un oponente. La fuerza física puede aplicarse de varios modos, con diferentes grados de intensidad y con resultados diferentes. Sin embargo, hay una relación clara y fundamental entre la coerción y el hecho de infligir heridas o matar al oponente: el uso de la fuerza física conlleva el riesgo de mutilar o destruir al oponente. La fuerza física no sólo consiste en la utilización de la fuerza bruta humana. Puede ser aumentada mediante la utilización de armas y equipo, a través del entrenamiento y de la táctica, utilizando la inteligencia y la planificación, etc. Históricamente, las instituciones más notables para la acumulación de recursos de este tipo son las instituciones militares, y la forma más característica de poder coercitivo es el poder militar. Resulta obvio que el poder militar ha desempeñado un papel enormemente importante a la hora de dar forma a los procesos históricos y sociales, tanto en el pasado como en el presente. A través de la historia los Estados han orientado una gran parte de sus actividades hacia la acumulación de poder militar, y hacia la extracción -mediante la conquista y el botín, o a través de varios tipos de impuestos- de los recursos materiales necesarios para sostener las instituciones de la fuerza armada. Tradicionalmente, el poder militar ha sido utilizado tanto para servir al propósito de la defensa exterior y la conquista, como para pacificar y controlar el interior. En las sociedades modernas, a pesar de ello, existe una cierta diferenciación entre las instituciones militares que se ocupan básicamente de mantener (o extender) las fronteras territoriales de los Estados-nación, y las distintas instituciones paramilitares (como la policía) e instituciones próximas a ella (como las instituciones penitenciarias) que se ocupan básicamente de la pacificación y el control interno. Sin embargo, esta diferenciación institucional no es definitiva y existen muchos ejemplos en la historia reciente en los que el poder militar ha sido utilizado para sofocar los desórdenes internos.
El cuarto tipo de poder es el cultural o poder simbólico, el que procede de la actividad productiva, transmisora y receptora de formas simbólicas significativas. La actividad simbólica es una característica fundamental de la vida social, a la par de la actividad productiva, la coordinación de los individuos y la coerción. Los individuos están constantemente dedicados a la actividad de expresarse de forma simbólica y de interpretar las expresiones de los otros; están constantemente comprometidos en la comunicación entre unos y otros e intercambiando información y contenido simbólico. En este cometido, los individuos emplean varios tipos de recursos a los que designaré, en un sentido amplio, como "medios de información y comunicación". Estos recursos incluyen los medios técnicos para la fijación y la transmisión, las habilidades, competencias y formas de conocimiento empleados en la producción, transmisión y recepción de información y contenido simbólico (lo que Bourdieu llama "capital cultural")[7]; y el prestigio acumulado, reconocimiento y respeto otorgado a determinados productores e instituciones ("capital simbólico"). Al producir formas simbólicas, los individuos emplean estos y otros recursos con el fin de llevar a cabo acciones que podrían interferir en el decurso de los acontecimientos y desencadenar consecuencias de varios tipos. Las acciones simbólicas podrían dar lugar a un incremento de las reacciones, podrían llevar a otros a actuar o responder de determinadas maneras, y dar preferencia a un tipo de acción antes que a otro, para creer o dejar de creer, para afirmar su apoyo a asuntos del Estado o implicarse en una revuelta colectiva. Utilizaré el término "poder simbólico" para referirme a esta capacidad de intervenir en el transcurso de los acontecimientos, para influir en las acciones de los otros y crear acontecimientos reales, a través de los medios de producción y transmisión de las formas simbólicas.[8]
Mientras que la actividad simbólica es una característica penetrante que se expande por doquier de la vida social, existe, a pesar de ello, un conjunto de instituciones que han asumido un papel histórico particularmente importante en la acumulación de los medios de información y comunicación. Éstas incluyen a las instituciones religiosas, que se ocupan básicamente de la producción y difusión de formas simbólicas relacionadas con la salvación, los valores espirituales y otras creencias mundanas; instituciones educativas, qué se ocupan de la transmisión de los contenidos simbólicos adquiridos (o conocimiento) y la inculcación de habilidades y competencias; y las instituciones mediáticas, que se orientan hacia la producción y difusión generalizada a gran escala de formas simbólicas en el espacio y el tiempo. Estas y otras instituciones culturales han proporcionado una amplia base para la acumulación de los medios de información y comunicación, así como materiales y recursos financieros, y han dado forma a las maneras en que la información y los contenidos simbólicos son producidos y puestos en circulación en el mundo social.
Tabla 1.1. Formas de poder.

Formas de poder Recursos Instituciones paradigmáticas

Poder económico Recursos materiales y financieros Instituciones económicas (por ejemplo, empresas comerciales)

Poder político Autoridad Instituciones políticas (por ejemplo, Estados)

Poder coercitivo (especialmente poder militar) Fuerza física y armada Instituciones coercitivas (especialmente las militares, pero también la policía, las instituciones penitenciarias, etc.)

Poder simbólico Medios de información y comunicación Instituciones culturales (por ejemplo, la Iglesia, escuelas y universidades, las industrias mediáticas, etc.)


La tabla 1.1 resume las cuatro formas de poder en relación a los recursos de los que acostumbran a depender y de las instituciones paradigmáticas en las que acostumbran a concentrarse. Esta tipología no pretende ser una clasificación comprensiva de las formas de poder y los tipos de institución. Por otra parte, como indiqué anteriormente, muchas acciones emplearán, en la práctica, recursos de varios tipos, y muchas instituciones actuales ofrecerán plataformas para diferenciar los tipos de poder: en la lóbrega realidad de la vida social, las distinciones están raramente perfiladas. A pesar de ello, esta tipología ofrece una estructura de referencia para el análisis de las organizaciones sociales y el cambio social. Y, como trataré de demostrar en los siguientes capítulos, esta estructura puede ser utilizada de manera efectiva para analizar las transformaciones institucionales asociadas con el surgimiento de las sociedades modernas.
Los usos de los medios de comunicación
He caracterizado la comunicación como un tipo diferenciado de actividad social que implica la producción, transmisión y recepción de formas simbólicas, y que compromete la materialización de recursos de varios tipos. Ahora quiero examinar algunos de estos recursos con mayor detalle. Quiero empezar considerando la naturaleza de los medios de comunicación y algunos de los usos para los que pueden servir. A continuación destacaré algunas de las habilidades, competencias y formas de conocimiento que se dan por supuestos a partir de la utilización de los medios de comunicación.
Al producir formas simbólicas y transmitirlas a los otros, los individuos generalmente emplean un technical medium. Los medios técnicos son el sustrato material de las formas simbólicas, esto es, los elementos materiales con los que, y a través de los cuales, la información o el contenido simbólico se fija y transmite de un emisor a un receptor. Todos los procesos de intercambio simbólico implican un soporte técnico de algún tipo. Incluso el intercambio de palabras en una interacción cara-a-cara implica algunos elementos materiales -la laringe y las cuerdas vocales, las ondas sonoras, orejas y tímpanos, etc- en virtud de qué sonidos significativos son emitidos y recibidos. Sin embargo, la naturaleza de los soportes técnicos difiere enormemente de un tipo de producción simbólico e intercambio a otro, y las propiedades de los diferentes soportes técnicos facilitan y circunscriben a su vez los tipos de producción simbólica y posibles intercambios.
Podemos examinar estas cuestiones con más detalle distinguiendo algunos aspectos generales o atributos de los soportes técnicos. Un atributo es que los medios técnicos, por lo general, permiten un cierto grado de fijación de las formas simbólicas, es decir, permiten fijar o preservar las formas simbólicas en un medio con variados grados de durabilidad. En el caso de la conversación -tanto si se trata de una conversación cara-a-cara o transmitida a través de un medio técnico como pueden ser los amplificadores o los teléfonos- el grado de fijación podría ser muy bajo o dejar de existir; cualquier fijación que suceda podría depender más de la facultad de memorizar que de las propiedades propias de los soportes técnicos como tales. Sin embargo, en otros casos, como escribir en un pergamino o papel, esculpir la madera o la piedra, grabar, pintar, imprimir, filmar, registrar, etc., puede suponer un grado de fijación relativamente alto. Los grados de fijación dependen de los medios específicos empleados: un mensaje grabado en la piedra, por ejemplo, será mucho más duradero que uno escrito en un pergamino o un papel. Y dado que diferentes medios permiten diferentes grados de fijación, también varían en la medida en que permiten alterar o revisar un mensaje fijado. Un mensaje escrito en lápiz es más susceptible de alteración que uno escrito o impreso en tinta, y una expresión registrada en una cassette es más difícil de negar que las palabras intercambiadas en el flujo de la interacción diaria.
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