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Joaquín A. Zúñiga Ceballos 10 327 141 02 May 2012


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Joaquín A. Zúñiga Ceballos

© 10 327 141 02 May 2012

De paso por el cementerio San Miguel

de Santa Marta

Santa Marta, 2012

Indice

Introducción

1.- Llegada el cementerio San Miguel

2.- Forma y ubicación

3.- Vías de circulación – Capilla

4.- Arquitectura y arte funerario

5.- Jerarquización social de la muerte

6.- Colores y lápidas

7.- Rituales de la muerte

Conclusión

Apéndice I.- Funeral de un niño

Apéndice II.- Funeral de un hombre de bajos recursos

Apéndice III.- Agencia funeraria de Enrique Ceballos

Bibliografía

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Introducción

En sus comienzos, el hombre se vio precisado a enfrentar un impactante hecho: la

muerte. Ello abría dos actitudes: una mental, ideológica e imaginaria y otra de

orden físico, material. En esta última el hombre debió afrontar algo incomprensible

en sí y base generadora de misterios, ritos y creencias, que corresponden a la

primera. Ante el suceso que cerca de él falleciera alguien, aparte de la infinidad de

interrogantes, lo ponía ante el cuerpo inerte de un ser que segundos antes

respiraba, tenía voz y se movía. Ahora era un cadáver frió que cambiaba de color y

de aspecto al paso de las horas y los días, se inflaba y empezaba a expeler fluidos

y olores desagradables, cada vez más insoportables. “La muerte fue el primer

misterio, y enseño a los hombres el camino de los demás misterios”.1

Debía, pues, hallar una forma de solucionar el problema que ello significaba. Debía

aislar el cadáver para eliminar la percepción de la hedentina. Debió probar

cubriendo el cadáver con tierra y piedras, probar la incineración incluso, hasta

llegar a excavar una zanja de cierta profundidad en la tierra para sepultar en ella el

occiso. Fue así, pues, como tuvo lugar la sepultura o entierro.

En un comienzo la muerte estuvo muy ligada a la vida y los primeros dioses

provenían de los familiares muertos. Las primeras religiones tuvieron su origen,

precisamente en la muerte. Para los primitivos no había separación entre cuerpo y

alma, ésta permanecía unida a los restos mortales. Era sumamente terrible dejar

un cadáver insepulto, pues el alma salía a reclamar la sepultura, en forma de larva,

fantasma, sin recibir las ofrendas y los alimentos que necesitaba. Se convertía

pronto en un espíritu maligno.2

Las primeras sepulturas fueron en el interior de las viviendas y luego a un lado de

estas. Así como los muertos eran propios de cada familia, la religión y los ritos lo

eran también, lo mismo que el fuego sagrado.

Con el aumento de la población y crecimiento de los pueblos resulto inconveniente

tanto por espacio como por salubridad continuar sepultando los muertos pegados

a las casas, por lo que empezaron a hacerlo a campo abierto o en los caminos,

donde el paso permitiera conservar la memoria.

Se hizo, pues, costumbre enterrar a los difuntos fuera de las ciudades. Así lo

hicieron también los cristianos, quienes fueron perseguidos por mucho tiempo y no

disponían de un lugar especial para la sepultura, las catacumbas fueron

insuficientes y debieron buscar otros lugares para dar sepultura a sus muertos.

Algunos miembros poderosos y adinerados cedieron terrenos en los que se

construyeron altares y capillas para la celebración de rituales fúnebres y ejercicios

1

2

Fustel de Coulanges, Numa Diosnisio, La ciudad Antigua,, Barcelona, 1961, pags. 27

Ibid, pags. 18 y 19

3


piadosos. Conservándose las leyes civiles que prohibían enterrar dentro las

ciudades.3

Se constituyeron de esa forma los cementerios o lugar donde son depositados o

inhumados los despojos mortales o cadáveres humanos. La palabra cementerio

viene del griego koimetérion, que significa lugar de descanso, dormitorio, pues

según las creencias cristianas los muertos duermen hasta el día del Juicio Final.4

No obstante las creencias anteriores, si bien no consideraban un más allá, sí

suponían que el muerto reposaba ahí.

Esa concepción del hombre primitivo sobre la muerte, que no separaba cuerpo y

alma, y posteriormente la de los cristianos, dio origen a una serie de ritos y

ceremonias de las cuales aún hay rastros en nuestros días. Por muy sabido que

estemos de que en la tumba no hay sino huesos y restos, el comportamiento con

respecto a ésta da a entender una consideración diferente, como si allí hubiese

una presencia viva y actuante, capaz de hacer y de recibir.5

Con el paso del tiempo se dieron excepciones de enterrar dentro de las iglesias

cristianas a personas notables. Pronto se propago el deseo de enterrar dentro del

templo y en sus alrededores, varias leyes civiles prohibían esta práctica, pero el

deseo de descansar al lado de mártires y lo pequeño de los cementerios hizo que

en el siglo VI casi todos los fieles al morir fueran sepultados en las iglesias. 6

Las inhumaciones dentro y al rededor de las iglesias ocasionaron el enrarecimiento

del ambiente y la propagación de enfermedades con tendencias epidémicas, por lo

cual los gobiernos empezaron a propender por la construcción de cementerios

fuera del área urbana. “Fue así como el 3 de Abril de 1787 se emite la Real

Cédula dictada por Carlos III de España. Es el primer intento de construcción

de recintos dedicados a la recepción de cadáveres. Prohíbe los enterramientos

intramuros, ordenando la construcción de cementerios fuera de las ciudades”.7

En lo que corresponde a la Nueva Granada donde la costumbre de inhumar a los

muertos en las iglesias estaba muy arraigada, la aplicación de real cédula tardo en

hacerse efectiva. No obstante, la epidemia de viruela de 1782 y las opiniones de

algunos médicos ya habían creado un ambiente favorable para la construcción de

cementerios a campo abierto.8 La cédula real sólo fue aceptada seis años después

y comenzó a ser aplicada en la Nueva Granada con la construcción de varios

3

4

Cementerio, Cristianismo, http://es.wikipedia.org/wiki/Cementerio, abril 2012

Ibid

5Fustel de Coulanges, Numa Diosnisio, La ciudad Antigua,, Barcelona, 1961, pags 20 y 21

6Cementerio, Cristianismo, op. Cit.

7De Cementerio a camposanto, http://www.villardecanas.es/historia/cementerios.pdf

8Rodríguez González, Ana Luz, Cofradías, capellanías, epidemias y funerales, Bogotá, Banco de la

República y Ancora Editores, primera edición, 1999, pag. 209

4


cementerios por fuera del poblado entre 1792 y 1807 en diversos lugares. “En

1792 se inicio el proyecto de camposanto en Barrancas del Rey, en 1800 en Girón,

Piedecuesta, Bucaramanga, Río de la Hacha y Popayán, y en 1807 en

Barranquilla”.9

A finales del año 2006 surgió la idea de hacer un trabajo sobre el Cementerio San

Miguel de Santa Marta. Listo. Lo primero que hicimos fue hacer una visita de

reconocimiento del campo de trabajo. Fui armado de cámara y tome 136

fotografías de diferentes sitios, empezando por el frontispicio hasta llegar a la zona

de columbarios en la parte trasera del cementerio.

Hicimos el recorrido por todas las vías transitables y tomamos notas de todo lo que

veíamos que nos llamara la atención. La verdad sea dicha, no teníamos ningún

plan. El resultado inmediato fue un reguero de notas al garete. Grabé 60 minutos,

en febrero de 2007, al señor Álvaro Manuel Pérez González, empleado del

cementerio y encargado de las sepulturas desde 1947, pero igual, sin una

programación o cuestionario previo orientado hacia algo específico.

Tony de la Cruz Restrepo, sociólogo y compañero de viaje, se comprometió en

hacer matrices y formularios de encuestas, y varias veces nos reunimos en busca

de un propósito para los mismos, pero nada de eso se hizo efectivo. Volvimos al

cementerio, y volvimos a hacer el recorrido, comentamos cosas y tomé notas, con

igual resultado.

Entusiasmados por el trabajo que queríamos hacer, concluimos que el objetivo del

mismo sería establecer cómo en el San Miguel se reproducían las condiciones de

jerarquización social y económica de la ciudad y cómo los cambios ocurridos en

ésta producían igualmente cambios en el cementerio.

Sin embargo, el trabajo sobre el cementerio San Miguel seguía siendo un propósito

que se aplazaba con el consabido: “Ya voy, ya voy… mañana empezamos…”

Personalmente nunca he sido muy amigo de los laberintos metodológicos y esas

cosas de hacer un tratado de filosofía del conocimiento antes de abordar el trabajo

en sí. La mayoría de los ensayos, dando un margen de posibilidad a la excepción,

son duros de leer por tanto formalismo y ajustes metodológicos en aras de los

cuales terminan sacrificando contenido del tema por darle y ajustarse a la forma.

Resolví, entonces, leer cuidadosamente los apuntes y escuchar una y otra vez la

grabación, y formarme una idea de lo que quería hacer y una imagen global del

cementerio. El trabajo estaba, pues, orientado a describir cómo el cementerio San

Miguel de Santa Marta reproduce, en términos generales, la jerarquización social

de la ciudad y cómo los fenómenos de orden económico de la ciudad se reflejan en

9

Ibid, pag. 211.

5


éste. Me dediqué, entonces, a escribir. No quiere decir esto, de ninguna manera,

que no haya una metodología en el trabajo, pero consecuente con el viejo filósofo,

hay que confirmar que ésta se da a medida que avanzamos en la investigación, es

decir que el mismo proceso de investigación nos da las herramientas

metodológicas que hemos de requerir, y no que nos presentemos al campo de

trabajo con un morral cargado de normas metodológicas en busca de aplicación.

De esa manera se ha hecho posible que llegue hasta ustedes este trabajo, el cual

espero haya cumplido con el objetivo de ilustrar en términos generales sobre ese

histórico camposanto. Espero, además, que encuentre un alma piadosa y caritativa

que se dé a la tarea de profundizarlo y ampliarlo, si así lo estima conveniente o

simplemente, echarlo de lado.

Abordé la lectura de algunos trabajos relacionados que gentilmente me hicieron

llegar amigos interesados en que se hiciera el trabajo sobre el San Miguel. Así, leí

cuidadosamente los que reseño en la bibliografía, sin negar que es posible, claro

que sí, que en este relato aparezcan ideas que en aquellos se expresan y que no

siendo exclusividad de ellos coincidan con las mías, lo cual es lógico tratándose del

mismo objeto de estudio; no obstante han sido referenciados. Por lo tanto hago

claridad que lo aquí expresado está dentro del terreno del conocimiento y no

pretendo, de ninguna manera, arrogarme originalidad alguna.

En el proceso de indagación contamos con la valiosa colaboración del señor Álvaro

Manuel Pérez González, quien a esa fecha fungía como sepulturero, y de otras

personas que tuvieron a bien suministrarnos informaciones sobre el tema, algunas

de las cuales no fueron tenidas en cuenta ante la imposibilidad de confirmarlas con

terceros. Igualmente he de señalar la reticencia de algunos funcionarios para

suministrar información concerniente.

Tiene, pues, por objeto este trabajo describir la generalidad del cementerio San

Miguel, orientado a mostrar cómo se refleja en éste la estratificación social de la

ciudad, cómo el crecimiento poblacional repercute en la utilización del espacio,

cómo con el tiempo cambió el aspecto ornamental de las tumbas e introduce

tendencias menos ortodoxas que antaño en la decoración de las sepulturas.

Este trabajo fue escrito en una primera fase en octubre del 2010, pero luego con

fines de publicarlo en libro se revisó y amplió en abril de 2012.

6


1. Llegada al Cementerio San Miguel

Ninguno se ha levantado a saludarme,

debo decir, pues, que mi tiempo aún no ha

terminado, y si estoy aquí es sólo de paso.

La calle 21, conocida desde siempre como calle Burechito, no tiene salida ni vista

al mar. En cambio si ascendemos por ella, entiéndase como una manera de decir,

en el orden numérico de las carreras, de occidente a oriente, en línea recta, nos

topamos de frente con la entrada principal del cementerio San Miguel de Santa

Marta.

Entre las vías de acceso al cementerio, esta calle, desde la carrera 5ª hacia arriba,

ha sido el pasaje tradicional de incontables cortejos fúnebres. Cuando por ella se

transita se percibe el tufillo de las azucenas, gladiolos y otras flores arregladas en

coronas que con el tiempo se ha impregnado en los muros de las casas y en la

calzada. Esas ofrendas de flores, algunas de las cuales cubren el ataúd dentro del

coche fúnebre durante el desfile y otras son llevadas en las manos por algunos

miembros de la comitiva, para después adornar la sepultura, no son más que

restos llegados hasta nuestros días de antiquísimas costumbres funerarias,

basadas en la creencia de que en el sepulcro yacía un ser viviente. Este recibía en

la tumba grandes guirnaldas de hierbas y flores, se nutría de los alimentos, tortas,

frutas, etc. y bebía leche y vino que eran derramados sobre el suelo de la

sepultura.10

En el cruce con la carrera 7 la calle se quiebra hacia la izquierda, en dirección al
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