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Jerusalén de los Evangelios José María Gironella


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Jerusalén de los Evangelios

José María Gironella

Partiendo del ámbito geográfico concreto, que es en sí una encrucijada de símbolos y significados religiosos, José María Gironella, en su estilo ágil y ameno, aborda, entre otras cuestiones, la historia del pueblo judío, de sus reyes y profetas, con comentarios sobre la religión mosaica, episodios del Antiguo Testamento y una aproximación al tema de los esenios. A partir de ahí da su visión personal de la figura de Jesucristo siguiendo el hilo de su vida, a través del relato evangélico, con incursiones en los Evangelios apócrifos. El autor, gran viajero, espléndido novelista y probado conocedor del tema, ha enfocado aquí con originalidad y al mismo tiempo espíritu objetivo una cuestión polémica, que suscita opiniones muy diversas entre creyentes y ateos, judíos, musulmanes y cristianos.

José María Gironella nació en Darnius, Gerona, en 1917. Después de participar en la guerra civil, ejerció diversos oficios, y en 1946 se reveló como escritor con su novela “Un hombre”, con la que ganó el Premio Nadal. A esta obra siguieron “La marea” (1948) y la famosa serie novelesca formada por “Los cipreses creen en Dios” (1953), “Un millón de muertos” (1961) y “Ha estallado la paz” (1966), que luego continuó con “Los hombres lloran solos”. Es autor asimismo de “Condenados a vivir”, que obtuvo el Premio Planeta 1971, del libro–test “100 españoles y Dios” (1969) y de numerosos títulos y ensayos y viajes como “Los fantasmas de mi cerebro” (1958), “China, lágrima innumerable” (1965), “En Asia se muere bajo las estrellas” (1968), “El escándalo de Tierra Santa” (1978), “Carta a mi padre muerto” (1978) y un libro de entrevistas, en colaboración con Rafael Borrás, “100 españoles y Franco”, 7 que fue uno de los best–sellers de 1979. “Mundo tierno, mundo cruel” (1981) recogía una selección de sus mejores trabajos periodísticos. En 1982 publicó “El escándalo del Islam” y en 1983 “Cita en el cementerio”. Con su novela “La duda inquietante” ha obtenido el Premio Ateneo de Sevilla 1988. Está casado (1946) con Magda Castañer.


Ésta es una colección de retratos de ciudades en sus momentos más brillantes, curiosos y significativos.

Su ambiente, su vida cotidiana, sus personajes, sus mitos y anécdotas, la configuración urbana y sus características, el arte y la literatura, los restos más importantes de la época que aún se conservan y que pueden ser objeto de una especie de itinerario turístico, cultural o nostálgico, todo lo que contribuyó a hacer la leyenda y la historia de una ciudad en el período de mayor fama, se recoge en estas páginas de evocación del pasado.

Grandes escritores que se sienten particularmente identificados con la atmósfera y el hechizo de estas ciudades de ayer y de hoy resumen para el lector contemporáneo lo que fue la vida, la belleza y a menudo el drama de cada uno de estos momentos estelares de la historia que se encarnan en un nombre de infinitas resonancias.

Una copiosísima ilustración de planos y mapas, grabados antiguos, reproducciones de obras de arte, fotografías y caricaturas completan admirablemente los textos de los autores.

Siendo mucho más que una simple guía turística y algo muy diferente de un libro de historia en su acepción usual, “Ciudades en la Historia” presenta un panorama ameno y muy bien documentado de lo más profundo, interesante y vistoso que cada ciudad, en su momento de máximo esplendor o de mayor singularidad histórica, puede ofrecernos.

ÍNDICE


Prólogo 4

Capítulo I 6

Capítulo II 8

Capítulo III 20

Capítulo IV 25

Capítulo V 29

Capítulo VI 33

Capítulo VII 38

Capítulo VIII 44

Capítulo IX 49

Capítulo X 55

Capítulo XI 59

Capítulo XII 64

Capítulo XIII 71

Epílogo 73


Prólogo
Al aceptar la invitación a escribir esta obra tuve plena conciencia de que debería abrirme paso a través de una selva de libros y documentos, y que el éxito o el fracaso del empeño dependería, en gran medida, de mi acierto en efectuar la consabida selección.

Se trataba, nada más y nada menos, que de hurgar en el Jerusalén de hace dos mil años... ¡Menudo desafío! El Jerusalén actual, dominado por el controvertido Estado de Israel, lo tenía al alcance de la mano. No sólo podía visitarlo de cabo a rabo sino que disponía de una arma insuperablemente útil: mi propio texto “El escándalo de Tierra Santa”, escrito con extremados rigor y cautela, que vio la luz en 1977 y que me valió, por partes iguales, una retahíla de plácemes y de dicterios. Los plácemes provinieron de los fieles de a pie, del pueblo llano; los dicterios, de un sector de la jerarquía católica, incapaz de aceptar un análisis –una experiencia– de carácter neutral.

Hablar del Jerusalén de hace veinte siglos, y, por supuesto, de los Evangelios, es otro cantar. Mi obligación ha sido tener en cuenta no sólo las corrientes históricas, sino la infinita contradicción de las interpretaciones. Tendría que hacer diana, sin permitir la infiltración de datos folklóricos repetidos hasta la saciedad y valiéndome de dos muletas insustituibles: la fe que mamé al venir al mundo y los incesantes hallazgos de la filología y de la arqueología. Al término de unos cuantos meses de duro trabajo he puesto la palabra “Fin”, la mágica palabra de los escritores, que siempre y en cualquier caso presupone una mezcla de alivio y de miedo. Alivio por la “tarea ya hecha”, miedo de haber caído en algún desenfoque o desmadre que ya nadie podrá remediar.

La mayor dificultad ha consistido en que “yo no podía inventarme nada”, darle espacio a la imaginación. Debía atenerme a los hechos comprobados –menos abundantes de lo deseable– o al dictamen de aquellas que yo considerase válidas autoridades en la materia, desde el mismísimo Jesús de Nazaret y Flavio Josefo hasta los más recientes exegetas, entre los que, a mi entender, figuraban por méritos propios Renan, Bertrand Russell (“¿Por qué no soy cristiano?”), el padre Ricciotti, Daniel Rops, Giovanni Papini y una multitud de enciclopedias, entre las que me atrevería a destacar la “Enciclopedia Británica”. La selva, por tanto, y por desgracia, no era virgen. Antes había sido hollada por millares de autores, inclinados hacia uno u otro lado, todos y cada cual empeñados en desvelar el misterio, o parte de él.

Como es lógico, me ha sorprendido, y casi deslumbrado, la “cantidad”. Es ingente el número de “biografías” del Jerusalén de Herodes y Pilato y de la personalidad de Jesús. Desde insignes Padres de la Iglesia hasta humildes párrocos de villorrio, desde venerables filósofos hasta corazones infantiles (supersticiosos) con la “fe del carbonero”, quien más, quien menos, en el terreno de la cultura occidental, ha querido aportar su grano de arena. Lo cual, en el fondo, no es de extrañar, por cuanto la materia tratada es trascendental, proyectándose más allá de la propia vida, y porque se da el caso, por muchas razones doloroso, de que ni Mateo, ni Marcos, ni Lucas, ni san Juan se propusieron en ningún momento trazar una síntesis biográfica de Jesús. Lo que a ellos les interesaba, con respecto al Maestro y Mesías, era su doctrina y sus relaciones con el Padre.

Así las cosas, debo confesar que buena parte de las páginas que suscribo con mi nombre han sido extraídas de los autores ya citados, y, en lo que atañe al Antiguo Testamento, de la “Enciclopedia de la Biblia” publicada por la editorial Garriga, S. A., el año 1965. Porque debo observar que, para una mejor comprensión del lector, opté por abordar mi obra a partir del Antiguo Testamento, puesto que Jesús bebió en él, se apoyó en él y “no vino para abolir la Ley sino para cumplirla”.

Repetiré los nombres del padre Giuseppe Ricciotti –implacable historiador–, de Daniel Rops –el más coherente de los divulgadores de la escuela francesa–, y de Giovanni Papini –exaltado converso, con tendencia a la dramatización–. También le debo mucho al padre José Luis Martín Descalzo, a Giacomo Kauri–Volpi, a Dobraczyuski (“Cartas de Nicodemo”), al teólogo Franz K9nig (“Cristo y las religiones de la tierra”), a Walter Brandt y un largo etcétera.

Formulo esta declaración para que no se me tache de plagiario, de plagiario que se esconde bajo el ala.

Confieso mi “pecado”, citando las fuentes, todas ellas de fácil comprobación. A más de esto, jamás estuvo en mi ánimo servir vino nuevo en odres viejos. Lo que sí me pertenece en exclusiva es la “intención”, sumamente ortodoxa, creo, y muchos de los comentarios de tipo emocional. Porque querría dejar también constancia de que a medida que me adentraba en el tema, que me identificaba con él, mi pluma se sobresaltaba con recuerdos de mi infancia, con vacilaciones posteriores, con rachas de indiferencia e incluso de agnosticismo demoledor. La figura de Jesús se agigantaba a mis ojos, ocupando el centro de la mesa en que trabajaba y, sobre todo, de mi conciencia. Lo cual no significa que haya pergeñado un texto apologético.

Me costó Dios y ayuda –nunca mejor dicho– no incurrir en semejante error.

Estaba claro que debía mantener un tono lo más “objetivo” posible (casi distante), por cuanto el hombre de hoy retrocede atemorizado ante vocablos tan polémicos como “milagro”, “transubstanciación”, “infierno”, “eternidad”. Si en el curso de mis averiguaciones solté alguna lágrima, ello pertenece al secreto del sumario.

Y nada más. Misión cumplida. Personalmente, ¿he salido “ileso” de la aventura? Acabo de declarar que no.

Siento a Jesús más próximo, más pegado a mi piel. En algunos pasajes mi ánimo era trasunto del que me invadió en 1974 y 1975 al recorrer, en el Jerusalén moderno, la Vía Dolorosa, el torrente Cedrón, el monte de los Olivos y, ¡cómo no!, reviví las emociones experimentadas en Belén, en el lago Tiberíades, en Cafarnaum, en Nazaret, en el monte Carmelo y en el desgraciado maremágnum del Santo Sepulcro. Con frecuencia pensaba en el mar Muerto, donde desemboca el Jordán. En vez del Bautista había por aquellas fechas ingenieros y químicos de origen hebreo, en su mayoría procedentes de Argentina. Me bañé en el mar Muerto, no porque sus aguas, según ciertos especialistas, contengan propiedades curativas, sino porque está muy cerca de las cuevas de Qumrán. Los documentos de Qumrán dividen la historia del pueblo judío en antes y después, motivo por el cual yo quería empaparme del color y el olor de aquellas rocas, cercanas a su vez del coloso de Massada, cuyos defensores ocupan un lugar de excepción en la historia del heroísmo humano.

Eso es todo, y que el lector juzgue el resultado de mi esfuerzo.

Arenys de Munt, 1 de enero de 1988.
El valor relativo de los apócrifos se echa de ver, además, si consideramos el influjo enorme que estas leyendas han ejercido en las diversas manifestaciones del sentir cristiano. A este influjo no podemos sustraernos ni siquiera nosotros en la actualidad.

Las severas prohibiciones de algunos Padres no fueron capaces de hacer desaparecer esta literatura que, como corriente subterránea, fue aflorando de diversas maneras a la superficie de la liturgia, del arte, de la literatura e incluso de la misma piedad cristiana. Una sencilla ojeada por estos diversos sectores nos permitiría descubrir mil huellas de estas sencillas narraciones populares.

Los nombres que damos a los padres de la Virgen, “Joaquín” y “Ana”, cuyas fiestas respectivas celebra la liturgia romana el 16 de agosto y el 26 de julio; la fiesta de la “Presentación” de la Virgen niña, fijada por el calendario bizantino y romano en el 21 de noviembre; el nacimiento de Jesús en una “cueva”, en que no faltan nunca el “buey” y el “asno”; la huida a Egipto, con los “ídolos” que se derruban; los “tres reyes” Magos, con sus nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar; la historia de los Ladrones “Dimas” y “Gestas”; el nombre del soldado que atravesó con una lanza el costado de Jesús, a quien llamamos “Longinos”; la historia de la “Verónica”, que enjugó con un lienzo el rostro de Jesús mientras éste iba por la calle de la Amargura... “Éstos y otros detalles parecidos están tan íntimamente compenetrados con nuestra manera de sentir, que nos resistimos a reconocer que no descansan sobre otro fundamento histórico que el de las narraciones apócrifas”.

“Los Evangelios apócrifos”, Biblioteca de Autores Cristianos.

Capítulo I
Jerusalén
Varias veces he contado la anécdota del embajador inglés en Jerusalén, al que el Foreign Office comunicó que lo ascendían en su carrera y lo trasladaban a París, a lo que el embajador respondió por medio de un telegrama diciendo que “ascender desde Jerusalén era imposible, puesto que Jerusalén es el punto más alto de la tierra”.

¿Puede producirse este hecho, esta situación, en algún otro lugar del mundo occidental? Creo que no. Jerusalén tiene mucho que ver con lo único, con lo exclusivo. Ha sido llamada la eterna, la celeste, la de los mil nombres, la innombrable; pero nada de ello hace falta. Con decir Jerusalén basta. Se origina una automática resonancia en el corazón, un lamido en las capas más sensibles de la piel. Jerusalén, que historia en mano equivaldría a “guerra sin cuartel”, evoca, paradójicamente, la paz, la Paz con mayúscula (y el hebreo no tiene mayúsculas) a la que el hombre desde siempre aspira. Es la ciudad de la muerte –Gehenna, el valle de Josafat–, y sin embargo rezuma vida.

¿Misterio de lo trascendente? No querría exagerar. Dejémoslo, por el momento, en el misterio de lo poético.

Algo semejante al diálogo entre una madame sofisticada que le confesó a Paul Valéry que no acababa de entender su poesía; Paul Valéry le replicó: “Madame, es que soy de la poesía secreta”.

La poesía secreta de Jerusalén es una realidad. Es algo que perciben los sentidos, los cuales no saben nunca si el polvo calcáreo del torrente Cedrón proviene de las piedras o de los esqueletos, ni si la mujer gestante que cruza la calle Yafo o entra por la puerta de Sión en la vieja ciudad lleva dentro un feto como cualquier otro o el de un profeta. Vuelve uno la cabeza, y no puede afirmar jamás si el ser humano que tiene al lado es un taxista, un estudiante de teología, el bueno o el mal ladrón. Cualquier áspero promontorio recuerda el Gólgota, y si el periódico del día, “The Jerusalem Post”, habla de que estalló una bomba, uno imagina que al atardecer habrá crucifixión –supuesto que se encuentren voluntarios para la tarea– y que el crucificado será un palestino melenudo, rondando los treinta años, que no podía con su apatrismo, con su orfandad, con su prolongada desesperación en la frontera jordana, libanesa o en la zona de Gaza.

A quien reside habitualmente en Jerusalén le sucede algo raro: un buen día, y a través de lo esotérico, se siente radicalmente otro. Diríase que “la apariencia del bien le alegra tanto que le dispensa de practicar la virtud”. Que ha recibido el carisma del que están desprovistos, pongamos por caso, quienes habitan en Atenas, en Lisboa o en Nueva York. Imaginan que los ciegos que andan por la ciudad con su bastón blanco, de improviso verán. La posibilidad del milagro, de que “los mudos hablen y los sordos oigan”, está al doblar de la esquina, de cualquier esquina, aun cuando a cien metros escasos, y entre semáforos, una muchacha sabra uniformada regule con porte autoritario el tráfico y en un camión pasen soldados apuntando con metralleta al Nuevo Testamento.

La definición según la cual “la originalidad es un plagio no descubierto”, falla en Jerusalén. Jerusalén es original. No porque en ella en vez de agonizar el día se enciende la noche, sino porque una tarde cualquiera alguien que se embriaga y anda preguntándole a la gente: “¿De dónde eres tú?”, oye las respuestas más peregrinas. “Yo soy de Jericó”. “Yo soy de Naím”. “Yo soy de Hebrón”.

“Yo soy de Nazaret”. “Yo nací en Cafarnaum, pero vivo a orillas del mar Muerto...” ¿Cómo es posible?

¿Estamos bromeando? No, no, nada de eso. Es así. Claro que también puede ocurrir que respondan: “Yo soy de Buenos Aires”; o “de Varsovia”; o “de Kíev” (como Golda Meir); o “de Viena” (como T. Benjamin Herl).

“¡No es culpa mía que Dios exista!”, gritan en Jerusalén, con Léon Bloy, los judíos creyentes, que también los hay, que recitan salmos y sienten predilección por el libro de Amós. “¡Que Alá os proteja!”, le contestan desde los minaretes unos cuantos árabes de buena voluntad. Y un franciscano de la Custodia que por azar pasa por allí, con su hábito pardo y sus sandalias, “se hace cruces” a vuela mano, temeroso, recordando que este signo era la contraseña de los primeros cristianos cuando la persecución de Roma.

¿Y ésos del caftán en la cabeza y los tirabuzones colgándoles a ambos lados, en los parietales? Son los fanáticos del barrio de Mea Shearim, que no se afeitan las sienes porque lo prohíbe el “Levítico” y que rechazan el actual Estado de Israel porque creen que sólo puede fundarlo, llegado el momento, el Mesías. ¿Y ese hombre del salacot y el pantalón corto, que fuma en pipa y se pasea aplicándose de vez en cuando una lupa en un ojo? No es un detective; es un arqueólogo que lleva dos mil quinientos años buscando la auténtica tumba de David. ¿Y ese anciano que resopla como un búfalo y tiembla como un ratón en el monte del Escándalo? Es Matusalén, que tiene miedo de que estalle otra guerra y lo movilicen. ¿Y Gorbachev, dónde está?

¿E Isaac Shamir? Se han ido a Hollywood, a recoger el Oscar a los dos mejores actores del año. ¿Y esa monja con hábito azul, que capitanea con energía a unos cuantos subnormales?

Es una santa, de origen libanés, que lleva más de tres lustros en el Hospital de la Caridad y cuyo amor al prójimo “hace retroceder a la vez las estrellas y el diccionario”. ¡Pero cuidado, no distraerse con el trajín jerosolimitano! Que por ahí andan dos rapazuelos en espera de poder trincarle a uno la cartera o el reloj.

Y sea lo que sea, y al margen de lo contingente, en el centro hay algo –las murallas– que seguro que están en su lugar. O mejor dicho, la Gran Muralla construida, según cuentan, por Solimán el Magnífico. ¿Por qué magnífico? ¿Porque era un centauro que ganaba batallas? Bueno, como fuere, el caso es que las únicas piedras auténticas, de la época, que al parecer se conservan son las de la puerta Dorada, aquella por donde tiene que entrar el Justo –situada cara al monte de los Olivos–, las cuales, según el “Talmud”, se le cayeron a Dios cuando, al término del sexto día, ya un poco cansado, se aprestaba a rematar, a dar por cumplida, su incomprensible gesta de crear la Creación.

Jerusalén no será nunca, ni siquiera “al final de los tiempos”, una respuesta. Jerusalén es un compendio de preguntas y quizá por eso Pilato prefirió vivir en Cesarea. ¿Fue fundada por el dios Shalem? ¿Por qué Tántalo no nació allí? ¿Por qué Mendelssohn no se instaló junto al Muro de las Lamentaciones –era judío– y no compuso a sus pies una grandiosa partitura definitoria: “La Sinfonía de los Suspiros”? ¿Será reconstruido alguna vez el Templo?

¿Por qué todas las campanas del mundo, en la tarde del Viernes Santo, viajan hacia Jerusalén y allá permanecen calladas e invisibles? ¿Por qué algunos gimnastas judíos se niegan a hacer el “Cristo” en las anillas y, viceversa, los jordanos al ocupar la urbe utilizaron las lápidas de los cementerios para construir sus casas e incluso letrinas? ¡Ay, Jerusalén!

El Muro de las Lamentaciones.

Hombres y cosas terminan siempre por acercarse a él. Los hombres moviendo todos sus huesos, como es preceptivo, e inquiriendo por qué varias palomas blancas se instalan siempre allá arriba, a la derecha, en un hueco cercano a la escalera que conduce a la explanada de la mezquita de Omar. El Muro es el desahogo, el pasado y la esperanza. Los guías lo miran pensando: “¡Cuánto dinero nos das!”; pero las plegarias son fervorosas, inquietantes, y los supervivientes de los campos nazis y los que van y vienen del frente palpan aquellas rocas como si palparan la túnica de Moisés.

Delante del Muro hay una tapia que separa hombres y mujeres, ¡no importa!

La fe es asexual, como lo es la voz de Yahvé. En Jerusalén la carne parece una blasfemia y las escasas prostitutas que hay tienen nombres tan eufónicos y tan bíblicos que inspiran un profundo respeto.

Hay muchos perros vagabundos. Y mucha basura. E impactos de obuses y restos de alambradas. Por eso tiene mil nombres. Por eso es Jerusalén.

¿Su poesía es secreta? Está en las sinagogas, en el Aksa, en el Santo Sepulcro y en los niños que no han nacido aún. Algún día caerá una nevada universal y la ciudad se teñirá de un blanco jamás conocido. En Jerusalén no se sabe si el cielo está arriba o abajo, aunque para llegar a ella hay que subir. En el zoo los animales se mueren. Es natural. Querrían irse al desierto, donde hay tantos dioses que ninguno de ellos se atreve a erigirse en juez. Jerusalén no es un plagio, no es culpa mía que exista y no me sorprendería que mi otro yo fuese aquel hombre del salacot y del pantalón corto, que fuma en pipa y lleva dos mil quinientos años buscando con una lupa la auténtica tumba de David.

Capítulo II
La identidad de los judíos
Una de las incógnitas con que me enfrenté durante mi estancia en Jerusalén, los años 1974–1975 (de la que surgió mi libro “El escándalo de Tierra Santa”), fue el de la identidad de los judíos. ¿Cómo se sabe que tal persona es judía? ¿Qué significa ser judío? ¿Ha encontrado alguien una explicación convincente?

Mis tentativas, prolongadas luego con numerosas lecturas, entre las que destaca la de Nathan Ausubel, “Historia ilustrada del pueblo judío”, fueron vanas. Nadie será nunca capaz de contestar a esta pregunta. Los judíos no son una “raza” pura –las razas puras no existen–, dado que se proclaman descendientes de Abraham y de Moisés, y resulta que Abraham era caldeo y Moisés, egipcio. Tampoco forman una “nación”, puesto que durante milenios han vivido dispersos, adoptando en cada caso la nacionalidad del lugar en que han habitado. La mezcolanza que esto supone imposibilita, en consecuencia, hablar de “unidad” morfológica; no hay más que echar un vistazo a la actual Universidad Hebrea o entrar en cualquier sinagoga –o irse un sábado al Muro de las Lamentaciones– para advertir las diferencias en los tonos de la piel y en la mímica facial y, por supuesto, la variedad de las formas craneanas y del tronco esquelético.

Hablar del “pueblo” judío es asimismo tan aleatorio como hablar del grupo idiomático o cultural, aunque desarrollar el tema sería tan latoso como el intento de enumerar los disfraces que el diablo guarda en sus armarios. Bastará con decir que la autoridad suprema para la interpretación de la Ley, que era el sanedrín del Templo de Jerusalén, desapareció el año setenta de nuestra era, al ser destruido dicho Templo por los romanos, y que desde entonces hasta 1948, en que se creó el artificial Parlamento que funciona hoy en día, no ha existido ningún poder central y unificador.

Así que lo mejor es remitirse a las conclusiones de los estudiosos, que de hecho tampoco aportan ninguna solución, limitándose a elaborar juegos de palabras más o menos ingeniosos.

Sartre, por ejemplo, dijo que “es judío aquel de quien se dice que lo es”. Ben Gurion, nada sospechoso, realizó una encuesta al respecto y acabó confesando su fracaso y escribiendo que “judío es quien dice de sí mismo que lo es”. Einstein se expresó en términos similares y habló de “la conciencia de ser judío”, que por lo visto era su caso particular; etcétera. En otro orden de ideas, hubo un antropólogo danés que pretendió que los cadáveres de los judíos despiden un olor peculiar; aunque los policías nazis afirmaban que dicho olor peculiar es detectable en los judíos precisamente cuando están vivos... Por último, algunos médicos pusieron de moda una definición tan vaga que igual podría adscribirse a los habitantes del Cáucaso o a los niños prodigio: la de que los judíos eran –y sonneuróticos geniales. Así pues, quizá el resumen más correcto sea admitir que el misterio judío entraña un fenómeno histórico sin equivalente conocido. Por una razón sencilla: porque, pese a dicha imposibilidad de identificación individual –circuncidarse no ha sido privativo de ellos–, y a su constante dispersión por el mundo, el hecho indiscutible es que siempre ha habido comunidades que, por considerarse judías, han creído ser depositarias de una verdad fundamental, la Biblia, y que con ella a cuestas han ido cruzando los siglos y han sobrevivido a toda suerte de persecuciones y catástrofes. El hecho inspira respeto, y en cualquier caso aporta una prueba nada despreciable sobre la eficacia de la fe en la plegaria, en la intervención divina, en lo que ellos llaman “la alianza”. La Biblia se ha considerado como el “territorio portátil” de los judíos, lo cual no es sólo una bella metáfora, sino que posiblemente constituye la única aproximación aceptable para situar como es debido el enigma que el tema plantea. ¡Ah, sin que, pese a lo dicho, pueda hablarse tampoco de una determinada “confesionalidad” religiosa!; en la práctica, el actual Israel es un Estado laico, y en la vida cotidiana la mayoría de sus ciudadanos también lo son. Por supuesto, la palabra Israel, que significa “fuerte contra Dios”, fue el nombre que se dio a Jacob, y a raíz de ello todos los descendientes de Jacob fueron llamados israelitas. Ahí se inició el batiburrillo. Más tarde, cuando dichos israelitas se instalaron en el reino de Judá, fueron llamados judíos; y así hasta hoy.

Naturalmente, todos esos trasiegos dialécticos son válidos referidos a las generaciones actuales. En el Antiguo Testamento, en los Evangelios, en las cartas de san Pablo y en los “Hechos de los Apóstoles” la cosa está más clara. Israel –el pueblo judío– era una entidad viva. Tan viva, que fue declarada “el pueblo elegido”, “el pueblo de Dios”, diferenciado de los demás por su “trascendencia” y al que le fueron dadas la Ley y las Promesas. Una retahíla de patriarcas y profetas presintieron y anunciaron la llegada del Mesías que debía brotar de las entrañas de este pueblo. El monoteísmo, Jehová. En el principio de la Historia se nos presentan los pueblos aislados, con sus dioses propios y sus propios cultos, sus reyes, sus territorios, viviendo siempre con gran recelo de sus vecinos y enzarzados en múltiples guerras entre sí. “De aquí nacieron los grandes imperios orientales”, que poco a poco fueron borrando las fronteras y preparando la unidad del mundo antiguo (el imperio asirio, el babilónico, el persa...). Al final, de las regiones occidentales llegó la fuerza de Roma, creadora de una unidad política que se extendió desde el Éufrates hasta el océano y desde el Rin y el Danubio hasta la africana cordillera del Atlas. Unidad política y cultural, ambas influidas por el helenismo, cuyas concepciones religiosas (mitológicas) condicionaron su expansión.

En consecuencia, del batiburrillo cabe exceptuar la figura de Jesús, judío por antonomasia, puesto que nació en Belén, creció en Nazaret y murió en Jerusalén, proclamado con escarnio “rey de los judíos”. Todo ello aconteció hace dos mil años, en plena apoteosis de Roma, y el Nuevo Testamento da fidedigno testimonio de ello. La Iglesia católica, que durante siglos calificó a los judíos de “deicidas”, terminó por exonerarlos de tan terrible carga, histórica decisión que en la actual Jerusalén fue recibida con entusiasmo.

El nombre de Jerusalén nace en los tiempos más remotos de la población, cuando Israel era conocida aún por Tierra de Canaán. La palabra se menciona por primera vez en las tablillas de Tell al–Amarna. En los pasajes arameos de la Biblia ostenta la grafía de yer_us_el_em en el Antiguo Testamento con el nombre de Sión, el monte meridional de Jerusalén, que incluía la colina del Templo y la del mediodía, donde estaba ubicada la ciudad antigua.

Cuando David tomó Jerusalén, la ciudad, y en especial la fortaleza de Sión, recibieron el nombre de “Ciudad de David”; tuvo asimismo el título de “la” Ciudad y se le dieron diferentes apelativos religiosos y honrosos, tales como “Ciudad Santa”, “Ciudad de Dios”, etc.

El emplazamiento de Jerusalén era ventajoso desde muchos puntos de vista; desde el estratégico, porque estaba en el punto de confluencia de los principales caminos y rodeada de valles, lo que facilitaba su defensa, hasta la posibilidad de abastecimiento de agua, debido a la fuente de Gibón, que brotaba de lo hondo de la tierra en la ladera oriental de la ciudad.

Atestiguan que Jerusalén estaba habitada a principios de la Edad del Bronce, diferentes objetos de cerámica descubiertos en ella y sus alrededores. Las más antiguas noticias epigráficas sobre Jerusalén provienen de los textos egipcios de execración, tanto de la primera mitad como del final del siglo Xix antes de Cristo.

En un momento más avanzado de la historia de la ciudad, aunque siempre en el período del Bronce Ii, hay que asignar el relato bíblico de Melquisedek, rey de Salem, que no es otra que Jerusalén. Conforme a este testimonio, se conocía a Jerusalén no sólo como una ciudad real del país, sino también como lugar en que se rendía culto a Dios Altísimo, Creador del cielo y de la tierra. Melquisedek regía la población y ceñía dos diademas: la del soberano, como monarca de Salem, y la sacerdotal, como sacerdote de El Elyon. A fuer de lo segundo, bendijo al primer hebreo –Abraham– y recibió diezmo de él.


Palestina
Tal como queda dicho, en los tiempos más primitivos la región era conocida como Tierra de Canaán. Cuando los israelitas se establecieron en ella, cambiaron su nombre por el de Tierra de Israel. Más tarde, cuando los mencionados romanos la subyugaron, la llamaron Palestina.

Debido a su situación estratégica, casi no hubo un momento en que el paso de ejércitos extranjeros que marchaban hacia la guerra y las conquistas no recalasen en esta región. Cada vez que pasaban dejaban un lastre de devastación y luto, “porque los conquistadores no respetan a los débiles”.

En cierta forma, este contacto directo, aunque áspero, con otros pueblos benefició a los antiguos judíos. En primer lugar, los apartó de su estrecho provincianismo tribal. Los puso en contacto con otras culturas, a veces más avanzadas, y en consecuencia influyó sobre su modo de vida.

Sin embargo, también fue inevitable que asimilasen de su peculiar situación geográfica y de su experiencia histórica “un sentimiento trágico de la vida”, la convicción de que los asuntos humanos eran imprevisibles y azarosos, y que, según palabras de Job, “el hombre ha nacido para el sufrimiento así como las cenizas vuelan hacia arriba”. El adjetivo “jeremíaco” vale por todo un tratado sobre esta materia.

En los tiempos antiguos, Palestina era un país relativamente fértil. La Biblia la designa constantemente como la Tierra Prometida de los deseos y los ensueños del hombre. “Un país de trigo y cebada, de higueras y granadas, una tierra de olivos y de miel”.

Sin embargo, como resultado de la despreocupación y el abuso, gran parte de la tierra sufrió erosiones y se convirtió en yerma. Los bosques empezaron a desaparecer, excepto en Galilea, y hacia el este del río Jordán los árboles se convirtieron en una rareza. Como sucedió en el Néguev, la capa superior fértil desapareció.

“Durante muchos siglos, hasta que aparecieron los colonos sionistas, los chacales y las hienas se disputaban fieramente los medios de supervivencia”.

En Palestina eran escasos los cursos naturales del agua. Los ríos más importantes eran el Jordán, el Khison, el Arnón y el Yarmuk; los lagos principales, el “mar” de Galilea o lago Kinnereth (en hebreo, “lago del Arpa”), el lago Huleh y, en Judea, el mar Muerto.

Palestina ofrecía gran variedad de flora. Los botánicos han llegado a clasificar más de dos mil variedades de plantas. Los árboles mencionados en la Biblia son probablemente los mismos que se encuentran hoy. Los cereales y las hortalizas también eran cultivados en cantidades considerables. Otros cultivos eran también el maíz, el mijo y las lentejas (Esaú).

Las flores más comunes eran la rosa de Sharon, que crecía en Judea, y el lirio de los valles (ambas inmortalizadas en el “Cantar de los Cantares”).

Los palestinos se dedicaron siempre a la cría de animales. Apacentaban rebaños de ovejas y de cabras y tropas de ganado; criaban gallinas, engordaban patos y gansos, pescaban y atendían sus colmenas. Las ovejas y las cabras eran por su número y su valor las más importantes. Un sabio práctico del “Talmud” creía conveniente recomendar la cría de animales como un atajo hacia la prosperidad. “Aquel que desee ser rico, deberá dedicarse a la cría de animales pequeños”. Indudablemente el motivo de su entusiasmo era que las ovejas y las cabras servían para muchos fines útiles: lana para el vestido, carne para la mesa, leche para beber y fabricar queso.

Los cueros de cabra eran convertidos en odres para el vino y el agua. También había bueyes y toros. El “ternero engordado” era algo más que un modismo idiomático. Servía como plato principal en los banquetes importantes. La mesa del rey Salomón crujía bajo su peso, aunque la gente sencilla debía conformarse con una gallina o un gallo en las fiestas o días de celebración.

Lo mismo que hoy, el pequeño asno, bestia de carga trabajadora y paciente, aunque difícil de manejar por su carácter, era el medio principal de transporte, junto al camello, conocido por “la nave del desierto”. Algunos de los animales salvajes y fieras de presa mencionados en la Biblia desaparecieron: el leopardo, el cocodrilo, el avestruz. El león es nombrado aproximadamente 130 veces en las Sagradas Escrituras. En la región mesopotámica el león (símbolo del evangelista Marcos) era reverenciado como vivo ejemplo de fuerza y majestad. El “Talmud” da este consejo zoológico: “Sé valiente como un leopardo, sé veloz como un águila, sé ágil como un venado, sé fuerte como un león, para poder cumplir la voluntad de Tu Padre que está en el Cielo”.

Es difícil olvidarse de los palestinos de hoy, que andan dispersos por el mundo, divididos en facciones, y que sueñan con recuperar sus terrenos perdidos en Israel, a raíz de los acontecimientos de 1948. Sueñan con regresar a sus hogares, Jerusalén incluida, recordando las palabras que el salmista pone en boca de los judíos cautivos y exiliados en Babilonia:

Si me olvidare de ti, oh, Jerusalén, mi diestra sea olvidada.

Mi lengua se pegue a mi paladar si no me acordara de ti.

Si no hiciese subir a Jerusalén en el principio de mi alegría.

Ahí destaca el hecho de que durante el exilio judío a Babilonia y la añoranza de Jerusalén, Babilonia estaba pasando por un período de gran prosperidad. A los prisioneros judíos se les permitía cierto grado de gobierno autónomo en su vida comunitaria. Como habían sido deliberadamente escogidos para la deportación por su educación superior y capacidad como artesanos, encontraron un campo propicio para sus talentos en la vida productiva de la región. Prosperaron como mercaderes, como agricultores y como trabajadores especializados.

Incluso se les permitió adquirir propiedades y guardar sus riquezas. Pero lo más importante fue la libertad que se les brindó para adorar a su propio Dios según sus ritos, sin interferencias. Además, todos los judíos recordaban su árbol genealógico. Las autoridades babilónicas no hicieron ningún esfuerzo por dispersar los clanes y grupos tribales encabezados por sus propios ancianos. Gracias a ello se mantuvo la cohesión de grupo y la solidaridad de los exiliados. Por otra parte, la necesidad comunal los impulsó a formar asambleas en todos los lugares. A partir de ellas se desarrolló la sinagoga, esa institución de la religión judía que marcó época y cuyas formas fueron copiadas más tarde por la Iglesia fundada por Jesús, y, mucho más tarde aún, por la mezquita.

Abraham
El pueblo hebreo reconoce por padre a Abraham. Es una de las figuras más relevantes en la historia religiosa del mundo. Eslabón entre la gentilidad idólatra y los creyentes en la revelación sobrenatural del único Dios verdadero, se perfila sobre el Oriente Próximo como profeta y confidente de Dios, que trae un mensaje divino de bendición para todas las naciones. La fidelidad a su vocación le impuso las más dolorosas renuncias, arrancándole a su patria y familia.

En la perspectiva teológica de la Biblia, Abraham forma con Sem y Noé los primeros anillos de la revelación divina después del pecado. Los primeros retoques inspirados de su perfil histórico lo presentan como amigo a quien Dios visita en su tienda y le comunica sus designios, como guerrero experto y valeroso, y como dechado padre de los creyentes, venerado por judíos, musulmanes y cristianos.

Abraham recibió ya en Ur la orden de emigrar a Canaán y ser el promotor de la partida: “Yo soy Yahvé, que te hice salir de Ur de los caldeos”. Y dijo Yahvé a Abraham: “Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, para el país que Yo te mostraré; y Yo haré de ti una gran nación, te bendeciré y engrandeceré tu nombre. Bendeciré a quienes te bendigan, y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti serán benditas todas las naciones de la tierra”. La pronta obediencia del patriarca y su fe ciega en la palabra divina hacen de él un modelo para los que aspiran a la felicidad eterna, según la “Epístola a los Hebreos”: “Por la fe, Abraham, al ser llamado, obedeció saliendo para el país que había de recibir en herencia, y salió no sabiendo adónde iba.

Por la fe habitó peregrino, como en tierra extraña, en la tierra de la promesa, morando en tierras de campaña con Isaac y Jacob, los herederos de la misma promesa; porque tenía puesta la mirada en la ciudad asentada sobre los fundamentos, cuyo artífice y constructor es Dios”. En el momento de comenzar su peregrinación a Canaán, acompañado de su sobrino Lot, de su mujer Sara y de las personas que había reunido en Harrán, Abraham contaba 75 años de edad.

Al término de muchos acontecimientos, relatados con detalle en el Antiguo Testamento, Abraham se enfrentó con el mayor de los sacrificios –el de su propio hijo, Isaac, que había tenido a la edad de 100 años–. El conmovedor relato de tal sacrificio es considerado como la joya literaria más preciosa de la tradición elohísta. En sueños, o en una visión nocturna, Dios, para probar a su siervo, le mandó ir al país de Moriyyah para ofrecer allí en holocausto a su hijo único, Isaac, sobre una de las montañas que le indicaría. Tras una marcha de tres días, llegaron padre e hijo al pie del monte, identificado con la colina sobre la que se había de levantar el Templo, y allí mandó Abraham que sus servidores se quedaran con el asno que les acompañaba.

Llevando él el fuego y el cuchillo, cargó a Isaac con la leña para el holocausto. La intervención del ángel en el momento en que iba a herir con el cuchillo al hijo, atado y colocado ya sobre la leña del altar, impidió la consumación del sacrificio, siendo sustituido el hijo por un carnero.

Respondiendo a la pregunta que durante la subida al monte le había formulado su hijo, Abraham dio a aquel lugar el nombre de “Yahvé provee”.

Son múltiples las enseñanzas teológicas que entraña este episodio.

Dios, como dueño absoluto, puede exigir incluso el sacrificio de la vida de un único hijo, pero condena con su proceder la práctica de los sacrificios humanos extendida entonces entre los cananeos. La sustitución de una víctima animal por el hijo único, en un lugar de culto, cuyo nombre se explica, fundamentaría divinamente el rito mosaico de respetar a los primogénitos. Mientras Abraham aparece como modelo del justo por su obediencia heroica, mereciendo con ella que Dios le colmara de bendiciones, de las que habían de participar su descendencia –”tan numerosa como las estrellas del cielo”– y todos los pueblos de la tierra, Isaac es considerado por los Santos Padres como tipo profético de Cristo, el Hijo Único, que llevó hasta el lugar del suplicio el leño de la Cruz, siendo inmolado como un cordero por la salvación del género humano.

Abraham falleció a la edad de 175 años y fue enterrado por sus hijos Isaac e Ismael en la gruta de Makpel1h. La ejemplaridad de su vida la proclamó ya Isaías, proyectándola sobre la liberación mesiánica. Su paternidad se resume en el Evangelio con el título de “Padre Abraham”.

Pero el Bautista proclama ya que dicha paternidad no basta para librar de la ira divina a sus hijos según la carne. El papel desempeñado por Abraham en la economía de la salvación está escenificado en la parábola del rico epulón y del pobre Lázaro.

San Pablo pone de relieve la paternidad espiritual de Abraham, del que son verdaderos hijos los que imitan su fe.

Moisés
La Biblia es la única fuente directa de información sobre la vida y la actividad de Moisés. La literatura y el arte egipcio, así como los textos cuneiformes del segundo milenio antes de Cristo, confirman e ilustran muchos detalles, y también la elaboración del “Pentateuco” (los cinco primeros Libros), pero nunca mencionan al libertador y al legislador de Israel. Lo que de él refieren antiguos autores, como Flavio Josefo y Filón de Alejandría, procede de la Biblia, con ampliaciones carentes de base en los testimonios históricos. Así pues, el historiador que pretenda trazar con la mayor fidelidad posible la figura de Moisés, tal como la vieron egipcios e israelitas en la época del éxodo de Egipto, debe ante todo formarse una opinión sobre el valor histórico de las narraciones bíblicas, especialmente del libro del “Éxodo”.

La inspiración divina, como tal, no implica la realidad objetiva de cualquier narración bíblica, porque, junto al género literario estrictamente histórico, los autores inspirados se sirvieron de otros géneros, que no tienen relación con la verdad histórica. En el caso de la vida de Moisés no existiría problema de consideración si el “Pentateuco”, íntegramente y en su actual forma, fuese obra personal de Moisés, porque en este caso se trataría de unas memorias autobiográficas por encima de toda discusión. Pero, en realidad, no se puede por ahora definir con exactitud las relaciones entre el Moisés de la historia y los libros que tradicionalmente se le atribuyen. Desde luego, se puede dar crédito a los informes del propio “Éxodo” sobre la actividad literaria de Moisés, al que se concede el papel de cronista y de redactor de textos legales. Así pues, cuanto más se conocen las costumbres y las instituciones del antiguo Oriente, y más exactamente las de Egipto, tanto más se evidencia que las fuentes originales de las tradiciones de Israel tuvieron un contacto inmediato con la evolución histórica y el medio físico cultural del país, escenario de los acontecimientos relatados. Las diez plagas, anteriores a la partida de los israelitas, coinciden en su mayor parte con fenómenos característicos del país de los faraones.

Moisés es, en la historia religiosa hebraica, el hombre que ha revelado el “nombre” de Dios. Frente a la zarza en llamas, exclama: “He aquí que llego yo a los hijos de Israel y les digo: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros; si ellos me preguntaren: _”¿Cuál es su nombre?_” ¿Qué les responderé?” (“Éx.”, 3, 13). Dios dijo a Moisés: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Así dirás a los hijos de Israel. “Él es” el Dios de vuestros padres, Dios de Abraham, de Isaac, Dios de Jacob, quien me ha enviado a vosotros; éste es mi nombre para siempre, éste es mi memorial para todos los siglos”.

(“Éx.”, 3, 15–16). Al hablar de sí, dice Dios: “Yo soy”. Cuando el hombre habla de Él, tendrá que decir: “Él es”. Este último vocablo es el nombre de Dios tal como lo encontramos a lo largo de la Biblia. “Él es” se decía, en hebreo arcaico, Yahvé y había que pronunciarlo “iawé”.

¿Qué significa la enigmática fórmula: “Yo soy el que soy”? Se han escrito incontables páginas sobre esta sencilla palabra. El estudio gramatical permite dos interpretaciones: Yahvé podría significar ““Él es””, lo que expresaría la idea metafísica del ser increado, que existe por sí mismo, que no necesita de nada ni de nadie para ser el Dios de la eternidad; o bien “Él hace ser”, “Él realiza”, el que crea, que suscita, que cumple sus promesas, el Dios del tiempo. Las dos interpretaciones, por otra parte, están íntimamente ligadas y no las separará la tradición de Israel.

A ese Dios sublime lo reconoce Israel como su Dios. El–Elohim, Dios de Abraham, había prometido a los patriarcas que su posteridad sería grande y Canaán le pertenecería.

Frente a Yahvé, de ahora en adelante, Israel se siente con mayor dependencia: es el pueblo cuya misión es darlo a conocer y cumplir sus mandatos.

¿Cuál es el texto dado a Moisés por Dios, ese Decálogo grabado sobre las tablas de la Ley? Es un tratado de moral, el más sencillo, el más natural que existe. La Biblia nos lo ha legado en dos pasajes, el capítulo 20 del “Éxodo” y el capítulo 5 del “Deuteronomio”. Cuatro mandamientos disponen los deberes para con Dios: “No tendrás dioses extraños ante Mí.

No harás para ti escultura. No tomarás en vano el nombre de tu Dios.

Guardarás el “sabbat” para santificar el séptimo día”. Seis mandamientos disponen las relaciones de los hombres entre ellos: “Honra a tu padre y a tu madre. No matarás. No cometerás adulterio. No hurtarás. No dirás falso testimonio contra tu prójimo.

No codiciarás nunca cosa que sea de tu prójimo”.

Sencillez admirable. Es toda la moral natural, resumida en ese pequeño tratado de diez líneas; las más altas formas de civilización humana no lo han perfeccionado en nada, y sólo podrá ensanchar el cuadro hasta lo sublime quien, más que las prescripciones estrictas, insista sobre la ley del “Amor”, que, en definitiva, lo absorbe todo.

Tan sencillo, tan humano, el Decálogo ha podido ser comparado a los tratados donde semejantes problemas son planteados. Moisés, “instruido en la ciencia egipcia”, conocía seguramente los textos donde la antigua sabiduría estaba resumida. En el país del Nilo, cuando moría un hombre, su alma se presentaba para ser juzgada conforme a sus méritos. Según “El Libro de los Muertos” decía, sobre todo: “Yo no he deshonrado a Dios, no he regateado la ofrenda del templo.

No he cometido injusticias; no he matado hombres; no he dicho mentiras.

No he fornicado. ¡Soy puro! ¡Soy puro!” La semejanza es impresionante. No lo es menos con un ritual de exorcismo babilónico, en el cual el sacerdote hacía preguntas como las siguientes: “¿Ofendió a un dios? ¿Odiaba a sus antepasados? ¿Despreció a su padre y a su madre? ¿Pronunció palabras impuras, cometió acciones reprobables?

¿Se acercó demasiado a la mujer del prójimo? ¿Vertió sangre de su prójimo? ¿Hurtó su ropa? ¿Dijo sí en lugar de no? ¿Afirmaba su boca cuanto negaba su corazón?” Estas semejanzas no prueban otra cosa que la universalidad de los preceptos de Moisés. Al Decálogo, Moisés añadió múltiples decretos cuyo conjunto constituye el “Libro de la Alianza” (en el “Éxodo”) e inspiró evidentemente el “Deuteronomio”. La Ley de Israel llegará desde Moisés hasta nuestros días. ¡Qué bien se ve al gran conductor de hombres en su función de legislador! Sentado ante “la tienda de la cita” que guardaba Josué, acogía a quien tuviera con su prójimo algún conflicto que resolver.

Con las inspiradas sentencias del jefe se constituía una jurisprudencia que luego fue codificada. En ese código mosaico se trata de todo: de la situación de los esclavos, de golpes y heridas, de la violación de las vírgenes, de los daños causados por los animales... Visiblemente, todo esto está inspirado en los acontecimientos de la vida. Los desordenados artículos reflejan los incidentes de la tribu. A menudo se le califica de severo y se cita la famosa ley de Talión: “Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, herida por herida, contusión por contusión” (“Éx.”, 21, 23–25). Era el tributo concedido a la disciplina; el “pueblo de cuello tieso” lo necesitaba. Mas ¡cuántos preceptos son, por el contrario, de una extremada delicadeza! “No hagas agravio ninguno a la viuda y al huérfano. Si prestas dinero a un pobre, no le exijas interés. Cuando siegues la cosecha, no cortarás el trigo hasta la raíz ni recogerás las espigas caídas; las dejarás para los pobres. Si tienes esclavo hebreo, al cabo de seis años lo libertarás, así como a su mujer. Si te han dejado en prenda una capa, la devolverás por la noche. Si ves al asno de tu amigo sucumbir bajo su carga, no lo abandonarás; une tú tus esfuerzos a los suyos para descargarlo”. ¿No apunta ya en esos preceptos la dulzura del Evangelio?

La innovación más importante de la época mosaica fue la creación de un sacerdocio. En tiempos de los patriarcas no había intermediario entre el hombre y Dios. Los sacerdotes formaron un cuerpo especializado, a la par que una guardia celosa del Arca que transportaban en sus desplazamientos; eran sacrificadores y mediadores con poder, jueces instruidos de la Ley, a veces hasta policías sagrados que castigaban a los infieles. Los vestidos suntuosos con los que se revestían para las ceremonias indicaban su carácter sagrado: traje de lino retorcido, túnicas de púrpura violeta o carmesí, mitras o tiaras altas, adornadas con una diadema, y sobre el pecho, un pesado pectoral “artísticamente trabajado”, guarnecido de cuatro hileras de piedras preciosas, donde alternaban la esmeralda, el ópalo, el ónice y la amatista con el zafiro y el diamante. En esas funciones sacerdotales se especializó una tribu: la de Leví, a la cual pertenecía Moisés. Su hermano Aarón fue el primer superior.

David
Samuel, impulsado por el Espíritu divino, se dirigió a Belén, y allí ungió secretamente por rey a David.

David apareció después como escudero de Saúl. Según los “Salmos”, este nombramiento se debió a su destreza en tañer el arpa, por lo cual el rey utilizaba sus servicios en las crisis de melancolía. La entrada de David en la corte fue motivada por su famosa victoria sobre Goliat, lo que le valió la simpatía del pueblo. Sus victorias se multiplicaron y creció sin cesar su nombradía, de suerte que Saúl intentó por todos los medios eliminarlo. Intentó traspasarlo con una lanza. Mandó capturarlo durante la noche en su propia casa, consiguiendo David salvarse por la intervención de su mujer, Mikal. Puesto que su vida se encontraba en continuo peligro, se vio obligado a refugiarse, primero en casa de Samuel, en Ramah, y luego en el palacio del rey Akis, de Gat. Salvó la vida en este lugar recurriendo a la estratagema de fingirse loco. Por último, después de un intento, fracasado, de reconciliación, decidió alejarse definitivamente de la corte. A partir de este momento comenzó su vida de fugitivo y proscrito.

Se constituyó en jefe de banda en el desierto de Judá y en el Néguev.

Por su conducta noble y valiente, se ganó el afecto de las tribus judías y de otros clanes no israelitas, burlando de ese modo la persecución de Saúl.

Después de la muerte del rey y de su entrañable amigo Jonatán, a quienes lloró amargamente, componiendo una sentida elegía, fijó su residencia en Hebrón, haciéndose proclamar rey por los de Judá. Sobrevino la guerra civil. David aprovechó las circunstancias favorables para afirmar su derecho al trono, basándose en la elección divina y en sus victorias contra los filisteos.

Siete años y medio transcurrieron en tales alternativas hasta que al fin también las tribus de Israel reconocieron a David “por único rey de todo el país”. La primera tarea de David como rey fue liberarse del yugo de los filisteos, para expulsarlos luego del territorio. Liberado éste, emprendió la conquista de Jerusalén, adueñándose de la ciudadela de Sión. Por el traslado del Arca a Sión, y, más tarde, a consecuencia de la construcción del Templo, la ciudad de Jerusalén se convirtió en el centro religioso y político de todo el reino.

El libro de las “Crónicas” informa ampliamente sobre la labor realizada por David en beneficio de la ciudad y de la centralización del culto: preparativos para la construcción del Templo, número, funciones y ordenación de los levitas y los sacerdotes, ordenamiento de los cantores, músicos, porteros y empleados. El censo del pueblo y la organización civil y militar reflejan la misma tendencia centralizadora. Se vio obligado a sofocar algunas rebeliones de las tribus del norte. Emprendió después la expansión del territorio, llegando a dominar toda la Palestina. Llegó a fundar un dominio que se extendió desde Damasco hasta el mar Rojo, el reino más vasto y próspero que conoció Israel en toda su historia. David, “Servidor del Eterno”, murió exhausto a los 70 años y fue sepultado en la “ciudad de David”. Su sepulcro era conocido aún en tiempos de Nehemías y de Cristo.

A pesar de sus pecados, que expió cumplidamente, David aparece ante la historia desde todos los puntos de vista como hombre muy superior a su tiempo, sobre todo si se le compara con Saúl, su predecesor. Efectuó la unión de las doce tribus, hecho decisivo. Dejó una dinastía estable y una capital, Jerusalén, fortificada.

Fiel y moderado en el uso del poder, imparcial en la administración de la justicia y prudente en las decisiones.

Como hombre religioso fue aún más admirable. De fe sencilla y profunda, sincero y constante en la piedad. No fue soberbio en la prosperidad, ni desconfiado en la tribulación. Nada emprendía sin consultar antes la voluntad de Yahvé. Las generaciones posteriores le han considerado con razón como modelo del rey ideal según el corazón de Dios. Los escritores bíblicos le han celebrado como el héroe más valeroso y perfecto. La tradición sagrada considera a David como un gran artista y poeta. Se le atribuyen lamentaciones sobre Saúl y Jonatán, un himno y el “Testamento de David”. Compuso salmos, cuyo número exacto es imposible precisar.

La esperanza mesiánica fue muy antigua en Israel. El autor del “Génesis” anuncia que el género humano vencerá a la serpiente por medio de un descendiente de la mujer. Dios prometió a Abraham que entre todas las familias de la tierra la suya daría los progenitores del Mesías.

Jacob, moribundo, profetizó que en la descendencia de Judá se encontraría el fundador de un reino espiritual universal. El adivino Ballam lanzó la idea de un rey poderoso que surgiría de Israel. A pesar de estas indicaciones, la esperanza mesiánica permanecía aún imprecisa. No se había hablado nunca de un reino “Eterno”.

Los autores bíblicos hablan insistentemente de un hijo de David restaurador y continuador “eterno” de la dinastía. San Pablo afirma que las palabras: “Yo seré para Él Padre y Él será Hijo para mí”, se refieren explícitamente a Cristo. La misma conclusión se desprende, respecto a la eternidad del Reino, de las palabras del ángel Gabriel a María. Los Santos Padres la afirman unánimemente, de acuerdo con la profecía de Natán.

Con la profecía de Natán la historia de la salvación da un gran paso hacia adelante. Dios se ligó una vez más a la humanidad a través de un pacto. Le ligó primero con Abraham, luego con Moisés y, por último, con David.

Los recuerdos de la vida de David ejercieron una influencia capital sobre los evangelistas, sobre los autores del Nuevo Testamento y a través de ellos sobre todo el cristianismo. El cumplimiento de las esperanzas mesiánicas de los profetas del advenimiento de Cristo revierte sobre la persona de David una gloria inigualable. David aparece en el Nuevo Testamento no sólo como el “prototipo” del Mesías esperado, sino del Mesías presente y nacido en Belén. Jesús –el dato es importante– es “Hijo de David” por la sangre. Él continúa y consume la obra del gran rey. Desde la primera página del Evangelio se afirma la continuidad dinástica de David a Jesús. San Mateo (1, 1) le llama “Hijo de David” antes de llamarle “Hijo de Abraham”. El mismo título reaparece en labios de los que se acercan a Jesús, en demanda de auxilio. Es la expresión con que la multitud le aclamará repetidas veces.

Además de este apelativo existen otros en el Evangelio que ponen a Jesús en relación con David, entre los que cabe destacar el de “vástago y posteridad de David”. En el relato de la Anunciación, el ángel le dice a María que “Dios le dará (al Hijo) el trono de David, su padre”. En otros pasajes se afirma que Cristo sería descendiente de la raza de David.

Numerosos son los hechos de la vida de Cristo que pueden relacionarse con otros de su antepasado David. En el bautismo, Jesús es proclamado el Mesías por el Padre Celestial, que le aplica el verso del salmista: “Tú eres mi Hijo muy amado, en Ti me complazco”. Esta afirmación es como un eco de la respuesta que Yahvé dio a Natán con respecto a David: “Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo”. Inmediatamente después del bautismo, Jesús lucha victoriosamente contra Satanás en el desierto, lucha que recuerda el duelo entre el joven David con el gigante Goliat.

La misma predicación de Jesús no podría comprenderse íntegramente desligándola de toda referencia a David.

El tema del “Reino de Dios” es básico en el Nuevo Testamento. San Pedro en el discurso de Pentecostés, san Pablo en Antioquía de Pisidia y Santiago en el Concilio de Jerusalén comparan la gloria de Cristo con la de David y afirman que se cumplen en Jesús las promesas hechas al gran rey. A título de Mesías, Jesús ejerce como David las funciones de Juez y de Príncipe en el Reino de Dios. Al entrar solemnemente en Jerusalén va montado en una humilde pollina, recordando así la montura favorita de David, la mula real. Los habitantes de Jerusalén le reciben triunfalmente, como en otro tiempo los judíos a David vencedor de los filisteos, y le aclamaban al grito de “Bendito el reino de David, nuestro padre, que comienza”. En el proceso religioso de la Pasión, Jesús es acusado de mesianismo. El sumo sacerdote le pregunta si es “el Cristo, el Hijo de Dios”. El procurador romano, desconocedor de las doctrinas judías, sólo ve el aspecto político de la acusación; por eso, le pregunta si es “el rey de los judíos”. Jesús, en la respuesta, no niega su dignidad de rey. Sólo aclara al pagano Pilato el profundo y verdadero sentido de su realeza. San Marcos vuelve insistentemente sobre estas palabras y no lo hace sin intención.

La influencia de la persona de David continúa viva en la Iglesia primitiva. Los primeros cristianos buscaron siempre en los “Salmos”, y en especial, en los salmos davídicos, la confirmación de su fe en Jesucristo. La “Epístola a los Hebreos” está toda ella entretejida de textos sálmicos, en los que aparece el sacerdocio real de Cristo vinculado a David, en oposición al sacerdocio levítico.

Jesús, en una palabra, es el heredero de las promesas davídicas y a través de Él la persona y la obra del santo rey entran en la eternidad.

Salomón
Rey de Israel que debió de ocupar el trono desde el año 970 al 931 antes de Cristo. Era hijo del rey David y de su esposa predilecta, Betsabé.

Salomón no era guerrero como su padre, y su misión como gobernante consistió en mantener las conquistas y el prestigio de David, más con la habilidad y la diplomacia que con las armas. Era un hombre de extraordinario talento y de un gran carácter organizador, siendo su obsesión la magnificencia y el embellecimiento de las ciudades de su país y más concretamente de la ciudad de Jerusalén.

Sin embargo, no puede decirse que descuidara el aspecto militar. Fortificó las ciudades fronterizas e introdujo en el ejército israelita una modalidad de arma muy importante: el carro de combate. Para ello compró grandes manadas de caballos, que importó de Asia Menor, e hizo construir enormes caballerizas en las principales ciudades en donde había guarnición bélica.

Por lo que se refiere a sus relaciones con el exterior, Salomón figuró como un rey de indiscutible prestigio y de gran habilidad diplomática.

Pactó con el faraón egipcio Siamón (?), de la Xxi dinastía, el cual le cedió en matrimonio a su hija, distinción que los faraones solían hacer únicamente a los grandes monarcas orientales. Pero no sólo de Egipto, sino de otros países acudieron al palacio real mujeres principales que pasaban a formar parte de la corte.

Más aún, el rey sentía vanagloria por lo variado y cosmopolita de su harén –tenía mil mujeres–, lo que más tarde había de ser una de las causas de su ruina, ya que, por complacer a las mujeres extranjeras, permitió cultos idolátricos en Israel, llegando a participar personalmente en ellos.

Muy conocida es la visita que le hizo la reina de Saba, en Arabia, y cómo ella, para comprobar la proverbial sabiduría de Salomón, le sometió a un largo interrogatorio con preguntas difíciles, a las que contestó el sabio ante el asombro de todos los presentes.

La política exterior de Salomón estaba además íntimamente ligada al comercio, una de las principales riquezas en Israel. Salomón llegó a disponer de la madera abundante del Líbano y de los artistas fenicios para solucionar el problema de sus grandes construcciones, de las que se benefició especialmente Jerusalén, siguiendo en esto la tradición de su padre. En dicha ciudad construyó grandes palacios, entre ellos el llamado “Bosque del Líbano”, a causa de su arquitectura basada esencialmente en el empleo de grandes columnas. En la “sala del trono”, naturalmente el objeto más precioso era la silla del rey, cubierta de un baldaquino, elevada por varios escalones sobre el pavimento y rodeada de doce fantásticas esculturas de leones. El trono era totalmente de marfil. Además de los edificios oficiales, Salomón levantó en Jerusalén su propio palacio, lleno de esplendor y rebosante de riqueza, donde tenía las dependencias para todo su harén. Sólo su primera esposa, la hija del faraón egipcio, ocupaba con sus esclavas medio palacio.

Sin embargo, la obra arquitectónica más importante de Salomón fue el Templo de Yahvé sobre el monte Moriah, elegido como lugar más adecuado urbanísticamente y porque el monte tenía ya tradición teofánica, ya que allí en tiempos de David se había aparecido el ángel de Yahvé anunciando el fin de la peste, castigo de Dios contra Israel. En dicho Templo se encontraba la famosa Arca de la Alianza, que contenía las tablas de la Ley, y acaso también la vara de Aarón y restos del maná del desierto. Custodiando el Arca había dos colosales querubines de madera recubierta de oro, cuya altura sobrepasaba los cinco metros.

Todas estas obras suponían enormes dispendios. Es verdad que Israel en aquella época era un país rico, a causa sobre todo del comercio, y de que “la plata en Jerusalén abundaba tanto como las piedras”, pero los gastos crecieron de tal modo que la economía real empezó a resentirse y Salomón impuso un sistema fiscal drástico en todo el país. Para ello dividió el reino en doce territorios, que no coincidían exactamente con las doce tribus.

Salomón era, además de un talento organizador y político, un hombre de un entendimiento y de una cultura extraordinarios, y así ha pasado a la posteridad la proverbial sabiduría de Salomón.

Sobre la cultura científica del rey se sabe que conocía e incluso había escrito tratados de botánica y zoología. Por otra parte, se cree asimismo que codificó sus sentencias filosóficas hasta la suma de tres mil proverbios y que entre su producción literaria se contaban también cinco mil poemas.

A este respecto, Salomón es representado en la tradición bíblica como el iniciador y el máximo exponente de la literatura sapiencial. Su nombre va unido a los libros canónicos (“Proverbios”, “Eclesiastés” y “Sabiduría”) y a obras apócrifas de fechas tardías (“Salmos de Salomón”, “Odas”, “Testamento”).

David, su padre, que había sido favorecido con una inteligencia natural poco común, reconoció poco antes de morir la precoz sabiduría del joven monarca. Pero a esta agudeza natural añadió Yahvé el don de una sabiduría no adquirida, como premio a la humilde petición: “Da a tu siervo un corazón prudente para juzgar a tu pueblo y poder discernir entre lo bueno y lo malo”.

Escuchó Yahvé la prudente petición del rey, que no imploró larga vida ni riquezas. “Yo te concedo lo que me has pedido y te doy un corazón sabio e inteligente, tal como antes de ti no ha habido otro ni lo habrá en adelante después de ti”.

La sabiduría de Salomón fue elogiada por Hiram de Tiro y su fama se extendió a todos los pueblos vecinos.

Las secciones Ii y V de los “Proverbios”, tradicionalmente atribuidas a Salomón, completan los testimonios bíblicos sobre su sabiduría, “tal como no había otra entre todos los hijos de Oriente”.

No son pocos los críticos y exégetas que ponen en duda la base histórica de la fama sapiencial de Salomón. Pero los argumentos aducidos no son convincentes. Aun admitiendo que la tradición oral haya deformado algunos hechos y que el género hiperbólico esté ampliamente representado, no parece que se pueda negar en bloque su historicidad básica. Sin embargo, y para poner un ejemplo, el “Cantar de los Cantares” está escrito en una lengua posterior, por lo menos en tres siglos, al hebreo de Salomón.

David y Salomón fueron creyentes que vivieron en el amor y el temor de Yahvé, pese a que su psicología religiosa fuera muy distinta. Y aunque sólo una parte de las colecciones atribuidas por la tradición fueran verdaderamente obra suya, no en balde los nombres de los dos grandes reyes están asociados a aquellos monumentos de la fe humana. Nunca ha dado la poesía hebraica obras más puras de arte que algunos “Salmos”, y asombra la profundidad alcanzada por algunos “Proverbios”. Lengua violenta, llena de color, comparada por algunos al sonido de un trombón de cobre rasgando el aire con algunas notas agudas, su psicología intuitiva encuentra en seguida el detalle significativo, la expresión concisa y rica a la par, que cubre con imágenes las abstracciones, consiguiendo una belleza literaria a la que aún hoy permanecemos sensibles.

Los sentimientos allí expresados son los que comprende eternamente el corazón del hombre. “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿Y el hijo del hombre, para que te preocupes? Le has hecho poco menor que los ángeles y lo coronaste de gloria y de lustre. Le hiciste enseñorearse de las obras de tus manos; todo lo pusiste bajo sus pies” (“Sal.”, 8).

La Ciudad de Dios
Pese a la plegaria de Salomón: “Yo he edificado una casa que será tu morada, un lugar donde tú residirás eternamente” (1 “Re.”, 8, 13), durante los primeros siglos de su existencia, el centralismo de Jerusalén y de su Templo estaban muy lejos de ser reconocidos unánimemente. En Israel, Jeroboam levantó santuarios rivales en Dan y en Bethel. Incluso en Judea existían en otros lugares santuarios al Dios de Israel, desde los tiempos de Salomón a los de Josué. Los peligros exteriores que pesaban sobre Jerusalén amenazaban con borrar su imagen; no obstante, “la Casa del Eterno” se nimbó entonces de una aureola sobrenatural. Tal como lo dice Isaías, frente a la pujanza aparentemente irresistible de los asirios, “Yo protegeré esta ciudad para salvarla, a causa de Mí, y a causa de David, mi servidor” (2 “Re.”, 19, 34). Los grandes profetas de Judea veían ciertamente los pecados de la Jerusalén terrestre, y los denunciaban con vehemencia, pero al mismo tiempo preveían un porvenir espléndido para la ciudad después de su “purificación”, puesto que “de Sión brotará la Ley, y de Jerusalén la palabra del Eterno” (“Is.”, 2, 3). Cuando el desastre anunciado por los profetas se abatió sobre el pueblo, y que éste, en su mayoría, se encontró en el exilio, su amor por Jerusalén no menguó.

Ezequiel consagra los últimos capítulos de su libro a una visión de la ciudad y de su Templo restaurados, en la que el porvenir de Jerusalén aparece descrito con toda suerte de detalles.

La situación de Jerusalén después del primer retorno a Sión era prácticamente inatacable. Pese a que el segundo Templo era al principio mucho más modesto que el primero, no tuvo rival durante varios siglos. El Templo y la ciudad continuaron siendo el centro de la vida nacional judía en una diáspora que aumentaba sin cesar.

Numerosos peregrinos viajaban a Jerusalén durante las tres fiestas específicamente designadas para la ocasión. El papel principal de la ciudad en la vida judía durante siglos –los que precedieron a la destrucción del segundo Templo– es testificada por los “Hechos de los Apóstoles” (2, 5–11). Herodes consagró una parte importante de sus recursos a la reconstrucción del Templo. Su magnificencia era tal que incluso los rabinos, tan críticos en la cuestión, se vieron obligados a reconocer que “Quien no ha visto el Templo de Herodes no ha visto jamás un monumento realmente esplendoroso”. Cuando los zelotes se sublevaron contra Roma, sus “shekels” llevaban la leyenda “Jerusalén la Santa”. En el transcurso de la Segunda Rebelión (o guerra de Bar Kochba), las monedas conmemoraban el retorno de los judíos a la ciudad, lo que, a los ojos de todo el mundo, constituía el hecho más relevante de dicha rebelión.


Los profetas
Por breve que sea un resumen de la historia de Israel, no puede pasar por alto ese fenómeno misterioso que constituyen los profetas. Se recordará el relato de Saúl que parte en busca de las borricas de su padre.

Encuentra un grupo de profetas en éxtasis que le hacen sumarse a ellos.

El hecho se repetirá más tarde, y Saúl pasará un día y una noche tendido, desnudo en el suelo. Al leer atentamente estos viejos relatos parece que esta clase de hombres que entraban en delirio, con la ayuda de medios quizá difícilmente aceptables por nosotros –la música y la danza–, era considerada en Israel como uno de los canales por los que Dios se revelaba. Así se cuenta de Eliseo, sin la menor reticencia, que necesitaba de un citarista para entrar en ese estado y poder proferir luego una palabra de Yahvé. Así también un oficial de Jehú hablaba en estos términos de un profeta de la escuela de Eliseo: “¿Por qué ha venido a ti este loco?” El rey Ajan tenía a su servicio cuatrocientos de estos profetas. Sabemos que este profetismo era conocido también en los países vecinos y que muchos reyes tenían en su corte a gente de esta clase. Pero lo peculiar de Israel es que en estas agrupaciones había hombres que tenían clara conciencia de ser los interlocutores de Dios, del Dios de Israel.

Al peregrino de Palestina cada lugar que visita le recuerda a estos heraldos de Dios. Al desembarcar en Haifa se imagina al servidor de Elías, sobre el promontorio del Carmelo, espiando las nubes. Si sube al monte de los Olivos, probable localización de Nob, recordará inmediatamente el brioso poema de Isaías que describe la marcha de los asirios contra Sión. A sus pies verá toda suerte de lugares citados por el profeta. Volviéndose hacia el SO el viajero comprenderá cómo los mencionados asirios podían agitar sus puños amenazadores contra Sión mientras bajaban. No lejos está la aldea de “An1ta”, patria de Jeremías.

Siguiendo el oleoducto se llega a la fuente tumultuosa que surte a Jerusalén de agua potable. En tiempos de Jeremías este lugar se llamaba Para, al que con el nombre de Perat (equivalente ordinario de Éufrates) alude quizá Jeremías (13, 4, 7). Al volver a Jerusalén, el viajero podrá extrañarse ante este campesino que ha puesto bozal a sus bueyes que trillan.

Más allá dos aldeanos arrojan al aire el trigo trillado: los granos pesados caen, mientras la paja es llevada por el viento. Ante este cuadro un profeta pensaba en el aventador divino que vendría a separar, el Día del Juicio, el grano de la paja.


Los esenios
Según la “Historia de la Humanidad”, publicada bajo el patrocinio de la “Unesco” (tomo Ii), la palabra “esenio” es de etimología incierta y muy debatida y puede significar “santos”, o “monjes silenciosos”, o “sanadores”. Los descubrimientos de Qumrán –me pasé muchas horas contemplando las cuevas de aquellas rocas– han dado una información bastante minuciosa sobre la regla de la secta, especialmente el “Manual de Disciplina”.

Las comunidades de los esenios, cronológicamente las más próximas a la irrupción del cristianismo, habían alcanzado un alto grado de desarrollo.

Exigían a sus adeptos un completo desapego del mundo, el reparto total de sus bienes y la meticulosa observación de las normas de la comunidad.

El ideal que se proponía a los candidatos a la admisión en el monasterio era que debían buscar a Dios por medio de la obediencia a su Ley y, por consiguiente, volver al espíritu y a la letra del más puro sistema mosaico.

Muchos de ellos –declara Josefo“llegaron a pasar de los cien años a causa de lo simple de su comida y de su vida regular”. Cada cual llevaba consigo un pequeño azadón para enterrar sus deyecciones, se lavaban después, como los brahmanes, y tenían por sacrilegio evacuar en sábado. Unos pocos se casaban y vivían en ciudades, pero practicaban la norma tolstoiana de usar de sus mujeres únicamente para engendrar hijos. Los esenios evitaban todos los deleites de los sentidos y trataban de llegar, mediante la meditación y la oración, a una unión mística con Dios. Creían que por medio de la piedad, la abstinencia y la contemplación, podían adquirir poderes mágicos y prever el futuro. Lo mismo que muchas personas de su época, creían en ángeles y demonios, consideraban las enfermedades como la posesión por espíritus malos y trataban de exorcizar a éstos con fórmulas mágicas.

Al describir Josefo sus costumbres y sus sufrimientos, nos sentimos envueltos en la atmósfera del cristianismo: “Aunque se les torturaba y se les ponía en el potro y se les quemaba y despedazaba y se les aplicaban todos los tormentos conocidos, ya para obligarlos a blasfemar de su legislador o para que comiesen lo que estaba prohibido, no podían conseguir que hicieran ni lo uno ni lo otro; y ni siquiera adulaban a sus atormentadores, ni derramaban una lágrima.

Sino que se sonreían en medio de sus dolores, y se reían para mostrar su desprecio hacia sus verdugos, y daban su alma con gran contento como si esperaran recobrarla”.

Este programa exigía que Dios por su parte seleccionara a sus elegidos y les diera su gracia, pero que a su vez los “Hijos de la Luz” se comprometieran a seguir un plan de vida que reclamaba la práctica de muchas virtudes, con el desempeño de diversos actos de culto, la sumisión a superiores reconocidos y la observancia de una serie de preceptos. Un “postulante” se convertía después de cierto lapso en un novicio por dos años; seguían un examen y una ceremonia de admisión, efectuada con una solemne liturgia. La comunidad estaba gobernada por una jerarquía de ancianos, con inclusión de un presidente, un inspector de obras que era también el tesorero, un consejo de quince miembros y un sacerdote al frente de cada grupo de diez laicos. Había reuniones plenarias, en las que los asuntos que afectaban a la vida de la comunidad se debatían y decidían por mayoría de votos. Las transgresiones se castigaban, según la gravedad de la falta, con castigos que iban desde la expulsión hasta la privación de una parte del alimento del transgresor.

Están catalogadas en el “Manual” unas treinta de estas faltas, desde la mentira hasta la conducta indecorosa, desde el fraude hasta la persecución de una venganza, desde el bostezo en las reuniones hasta la murmuración acerca de los compañeros. Nada se dice sobre sacrificios ordinarios: de hecho, se nos dice que la expiación del pecado y agradar a Dios valen más que la carne de las víctimas. Era obligatorio ungirse con agua lustral, confesar todos los pecados, tomar baños y usar vestiduras blancas.

Pero, aunque se insta muchísimo a la pureza ritual, no por ello se deja de reconocer que la limpieza externa no sirve de nada a menos que haya “salud interior”.

Pero, en mucha mayor medida que por éstos y análogos detalles, la comunidad de la Alianza se caracterizó por dos rasgos, manifiestos por la naturaleza de las obras compuestas en el monasterio de Qumrán o incorporadas a su biblioteca. Uno fue la deliberada intención de preservar el grupo como una asociación de tipo sacerdotal: los “hijos de Aarón” (o sacerdotes) tienen un lugar aparte y reciben siempre la primacía, mientras se recuerda constantemente a los fieles que deben proteger la legitimidad del principal cargo religioso. El segundo rasgo es la definida visión escatológica que se impone a los iniciados en todos los aspectos de sus vidas. Se cree que afectan a la humanidad dos fuerzas, Dios y el Mal, y hay una constante apelación a la eterna lucha entre hombres buenos y malos.

Las cuevas de Qumrán han proporcionado también varias partes de la Biblia, tanto en fragmentos como en libros enteros (especialmente dos ejemplares de “Isaías” y una serie de partes de “Daniel”), que preceden en mil años a la fecha de los más antiguos manuscritos bíblicos. Entre los manuscritos se hallaron otros textos religiosos, de naturaleza no canónica o apócrifa, que formaban parte de una biblioteca especializada; y, en otro lugar, Murabba.at, han aparecido algunos documentos históricos, en unión de cartas y contratos, interesantes por sí mismos. Finalmente, el descubrimiento de los documentos debe ser relacionado con excavaciones emprendidas en lugares próximos a las cuevas, trabajos que han revelado la existencia de un asentamiento colectivo, análogo a un monasterio (con inclusión de un refectorio, un “scriptorium” y depósitos de agua), y también un cementerio, donde fueron enterrados unos mil cadáveres pertenecientes a hombres y mujeres entre los 20 y los 50 años de edad. Tenemos, pues, lo suficiente para señalar la vida y la organización de una comunidad religiosa que fue creada en un ambiente judío y se inspiró en la herencia espiritual del judaísmo, pero estuvo gobernada por sus propias reglas y en oposición bastante abierta con los representantes oficiales de la nación judía. Desde su aparición hasta su trágico final, podemos reconstruir las fases de este fenómeno histórico y esbozar los ideales de quienes lo inspiraron, aunque no podamos todavía identificar exactamente el significado de ciertas figuras (como el “maestro de justicia”) ni comprender siempre las razones de algunas de las decisiones que la comunidad tomó.

Uno de los enigmas más difíciles de descifrar es, sin duda, el referente a la eventual relación de la comunidad de Qumrán y el cristianismo primitivo. No es posible dar una respuesta satisfactoria, definitiva, pero cabe decir que la vida religiosa de la secta esenia junto al mar Muerto fue indudablemente de alto nivel. Pero ninguno de sus escritos está libre del sistema del Antiguo Testamento: no hay nada todavía que presagie el mensaje de Jesús o que ofrezca un cuadro de la personalidad y la obra de un Salvador que sea a la vez humano y divino. Esto último es, sin embargo, la esencia del Evangelio cristiano.

El pensamiento mesiánico


Una descripción de la religión hebrea no sería completa sin unas palabras sobre la doctrina mesiánica, uno de los rasgos más interesantes al acercarnos al período cristiano. Apenas necesitamos decir que el concepto hebreo del Mesías no fue consecuente e invariable. “Mesías” es la transcripción de una palabra hebrea que significa “Ungido” y denotó originariamente a alguien santo, a un rey o sacerdote o una de esas personas que mantenían una relación con Dios.

Cuando los hebreos perdieron por primera vez su independencia con la cautividad de Babilonia, centraron todas sus esperanzas en un futuro mejor y dieron así al ideal mesiánico un contenido concreto, en cuanto esperaron el advenimiento del reino de David y la llegada de una era de prosperidad y poder. En la base de sus esperanzas estaban el orgullo nacional y el odio al extraño. Pero la idea mesiánica no era solamente política; era también una expresión de “hambre y sed” de justicia y suponía el cumplimiento del pacto santificado entre Dios e Israel. El punto esencial de este asunto era la impresión de que el Mesías debía ser algo más que un hombre.

Tenía que llevar a una realización plena el imperio de la Ley sobre la tierra, restaurar el poder de los hebreos y someter a los gentiles porque éstos, como eran paganos, no creían en el verdadero Dios ni practicaban la justicia. En relación con esto hallamos la palabra “Salvador” en una serie de escritos y ésta fue en el futuro una típica expresión cristiana. Pero tenía aún una significación muy mundana y material y nunca hallamos la declaración de que el Mesías va a ser una víctima para la expiación del pecado. Los hebreos juzgaban odioso e insostenible decir que el Elegido de Dios, un hombre encargado de una misión especial y destinado a restaurar la gloria de Israel, podía ser un hombre despreciado y, según todas las apariencias, derrotado.

Durante el siglo I antes de Cristo la expectación de un Mesías fue espasmódica y caprichosa. Empeoraron las condiciones políticas y surgieron muchos pseudomesías, que hallaron considerable aceptación en la gente y provocaron corrientes de fanatismo.

Los evangelistas, entre otros, nos dicen cuán ansiosamente los contemporáneos de Jesús trataban de saber quién era el Mesías, dónde estaba actuando y cuál podía ser su tarea.

De hecho, una diversidad de pruebas nos hacen ver fácilmente que, en la esfera religiosa, la confusión y la inquietud eran la norma en Palestina y que a esta situación se debió la serie de visiones apocalípticas referentes al Reino de Dios. En estas condiciones cualquier aventurero podía tener éxito, pero la tierra estaba también preparada para una genuina y vehemente predicación de arrepentimiento y reforma como la traída por el cristianismo.

Usos y costumbres de los israelitas
Cuando la organización democrática de la primitiva sociedad israelita empezó a dejar paso a las diferencias de casta más marcadas, apareció una clase bastante importante de terratenientes que gustaba de los lujos. Esto se advertía especialmente en las ciudades capitales de Jerusalén y Samaria. Allí las clases superiores construían edificios de muchas habitaciones, con piedra tallada adornada con cedro. Los muebles no eran sólo de los mejores materiales sino que tenían excelente diseño y constituían obras maestras de artesanía. Los objetos decorativos se importaban de Egipto y Asiria. Los ricos tenían gran variedad de vasijas de bronce, copas para el vino y cántaros de oro y plata. Usaban ropas de “tela púrpura”, tejida por los artífices de Tiro, y de telas egipcias teñidas de los colores más delicados. También había encajes y toda clase de tejidos de Babilonia.

“Ungüentos y perfumes deleitan el corazón”, aseguraba el sibarítico Salomón, en los “Proverbios”. Los perfumes y las aguas olorosas usados tanto por hombres como por mujeres refinadas estaban hechos con incienso, mirra, áloe y acacia. Los ungüentos compuestos de especias aromáticas y aceite de oliva eran usados después del baño y el lavado. En emulación de las clases superiores de otras regiones, los judíos ricos rizaban y perfumaban sus cabellos y sus barbas según la moda predominante.

Las mujeres de la nobleza y de la clase terrateniente cometían toda suerte de extravagancias. Con penetrante ironía, el profeta Isaías, que pertenecía también a la aristocracia, presentaba un inventario de las mujeres elegantes de esa época. “El atavío de los calzados, y las redecillas, y las lunetas, las ajorcas y las diademas, las tiaras, los atavíos de las piernas, las vendas, las ampollas, los anillos y los joyeles de las narices, las ropas de remuda, las manteletas, las escofias, los alfileres y los espejos, las tocas y los tocados...” La mayoría de estos artículos de lujo llegaban de otros países, porque eran pocos los que se fabricaban en Palestina, excepto durante los últimos y más desarrollados períodos, bajo la influencia griega y romana. Los mercaderes eran cananeos, filisteos y fenicios, todos ellos pueblos que vivían a lo largo de la costa. A través de sus territorios se extendía la gran ruta de caravanas por la que transitaba gran parte del comercio de los países mediterráneos. Debido a este contacto directo con una de las principales arterias del comercio mundial, en los pueblos costeros se desarrolló una influyente clase de mercaderes.

Éste era un grupo tan importante que casi todas las menciones a mercaderes que hace la Biblia se refieren a cananeos, fenicios e ismaelitas. Incluso es frecuente que en los antiguos documentos y crónicas hebreos la palabra “cananeo” signifique también “comerciante”.

La artesanía, la escultura y la pintura no se desarrollaron mucho, sin duda debido a la prohibición de representar figuras e imágenes. En cambio, en todas las épocas los judíos fueron grandes amantes de la música. Los cosechadores cantaban en los campos mientras trabajaban, y quienes tiraban de cargas pesadas sincronizaban sus movimientos con el ritmo de su canción. En todas las festividades y celebraciones domésticas el pueblo cantaba, bailaba y tocaba instrumentos musicales. Cuando Jefta, el héroe conquistador, regresó de la batalla contra los ammonitas, “... he aquí, su hija salió a su encuentro, con adufes y canciones”. La música, la poesía y la danza eran artes que en esos días estaban unificadas, y cada una de ellas destinada a realzar los efectos de las otras sobre los sentidos y las emociones de los oyentes. Durante las peregrinaciones festivas al Templo de Jerusalén, había danzas procesionales. Se entonaban canciones mientras vibraban las cuerdas del “kinnor”, y el “halil”, con forma de caramillo, derramaba sus notas líquidas y sonaban los címbalos. Las danzas eran primitivas, y a veces salvajes y abandonadas; la palabra hebrea para designar la danza significaba “saltar como corderos”. El rasgo distintivo, tanto de la música como de la danza, era su agudo ritmo.

Quizá nada hay en la literatura religiosa del mundo comparable a los salmos hebreos, elemento muy importante del ritual del Templo. Aproximadamente la mitad de los ciento cincuenta poemas del “Libro de los Salmos”, que fueron escritos para ser cantados según conocidas melodías y que frecuentemente eran acompañados por instrumentos musicales específicos, se atribuyen al rey David, arpista y poeta. Los salmos restantes fueron compuestos por músicos poetas relacionados con la vida musical del Templo. Ocupan un lugar predominante en la gran poesía del mundo. La gran variedad de su inspiración lírica y dramática, su evocación de sentimientos de exaltación, dolor, esperanza o melancolía, su apasionada expresividad en la alabanza de la justicia y en la búsqueda de la equidad, se han convertido en parte de la herencia cultural del mundo.


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