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J. L. Lorda lo analiza dejando entrever que, realmente, Marina -o su posición sobre el tema- no es propiamente cristiano


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Fecha de conversión21.09.2016
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El popular filósofo José Antonio Marina acaba de publicar un libro titulado Por qué soy cristiano.

El teólogo J.L. Lorda lo analiza dejando entrever que, realmente, Marina -o su posición sobre el tema- no es propiamente cristiano: no cree en Cristo.

En 2001, Marina abordó ya la cuestión religiosa, con rapidez y desigual acierto, en su “Dictamen sobre Dios”. Hacía observaciones interesantes sobre la imagen científica del mundo y la exigencia de totalidad que puede entroncar con un pensamiento religioso (panteísta, si rechaza la creación). Quería alejar de la religión el peligro del fundamentalismo y la violencia. Para eso, acuñaba una distinción entre “verdad pública” (ciencia) y “verdad privada” (religión), y exigía el sometimiento de todas las religiones a su proyecto ético, todavía sin definir pero considerado, sorprendentemente, “verdad pública”. Esto se ha convertido en su programa intelectual. Daba la impresión de ser una persona que ha perdido la fe recibida de niño y que deriva, sin mucha convicción, hacia un panteísmo elegante de corte oriental (que sólo existe en libros occidentales).



El libro parte de las fuentes históricas sobre la figura de Cristo, y problematiza los relatos evangélicos como fuente. Dedica tres capítulos a la forma de la experiencia religiosa. Vuelve a defender su distinción entre verdades públicas y privadas. Y asume otra, más infundada aunque más vieja, entre la religión vertical (institución, teología, verdad o dogma) y la horizontal (carisma, praxis, caridad). Si estudiara mejor los místicos cristianos, vería que la separación entre doctrina y experiencia es imposible. A santa Teresa o a san Juan de la Cruz (o a Ruusbroeck, o a santa Teresita) no se les puede separar del credo. Pero Marina opta por una caridad sin credo a lo largo de todo el libro. Al tratar, rápidamente, de la resurrección de Cristo, se apunta a la posición de Bultmann: Cristo sólo resucitó “en la conciencia” de sus discípulos. No está claro qué tiene que ver con el más allá y por qué razón hay que prestarle atención.

Se puede ser cristiano sin saber bien lo que se cree. Pero, si no se confiesa que Jesús de Nazaret es el Cristo, el Hijo del Dios vivo, propiamente no se es cristiano. Pilato creía que Jesús era una buena persona y que predicaba un reino que no es de este mundo, pero no era cristiano. Marina no cree más que Pilato. Ha hecho un esfuerzo por informarse de algunos puntos, pero, además de la fe, confianza en el testimonio de la Iglesia, le falta una visión de conjunto de la teología de san Pablo (Prat, Spicq, Festugière), entender el sentido de la liturgia cristiana y su papel en la primitiva cristiandad (Casel, Guardini, Daniélou), intuir el misterio de la Iglesia (De Lubac), y el espíritu de la Ortodoxia (Meyendorff, Lossky), que confunde en varios momentos (págs. 90 y 101). También hay lagunas grandes sobre la exégesis y la historia de la salvación, sin lo que no se puede entender la figura de Cristo. Además, debería leer “Abba”, de Joachim Jeremias, mal citado en la pág. 29. Y la “Gramática del asentimiento”, de J.H. Newman, sobre la fe. Y “Ortodoxia”, de Chesterton. Y “Cautivado por la alegría”, de C.S. Lewis. Y... Realmente, es difícil ser culto en temas cristianos. Marina lo intenta, aunque este libro quede tan lejos de hacer justicia a los temas que trata. Quizá depende demasiado del progresismo teológico español, en lugar de los clásicos de la teología del siglo XX.


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