Página principal

Iv centenario del nacimiento de san josé de cupertino 1603 2003 Yo soy José, vuestro Hermano


Descargar 92.96 Kb.
Fecha de conversión23.09.2016
Tamaño92.96 Kb.
IV CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SAN JOSÉ DE CUPERTINO

1603 - 2003


Yo soy José, vuestro Hermano

Hermanos franciscanos,

de Francisco hijos amados,

siempre a Jesús invocad,

su Regla observad,

y cantad con fervor:

¡viva, viva Jesús Amor!

[San José de Cupertino]



1. Queridos Hermanos: con gran alegría os escribo esta carta para recordar juntos la figura y el mensaje de nuestro hermano San José de Cupertino con ocasión del IV Centenario de su Nacimiento. Él vino a la luz, el 17 de junio de 1603, en Cupertino, pequeño centro del Salento, en el sur de Italia, en un contexto cultural, social y político muy complejo y en transición, muy semejante al de hoy.

Algunas Provincias, más cercanas al Santo porque conservan el lugar del nacimiento (Provincia de la Pulla) o sus restos mortales (Provincia de las Marcas), han preparado celebraciones especiales que se desarrollarán desde el 18 de septiembre de 2002 al 31 de diciembre de 2003. Pero toda la Orden quiere dar gracias al Señor por el don que nos ha hecho a nosotros y a la Iglesia en este sencillo y extraordinario hombre de Dios.


2. La celebración del Centenario nos invita a dirigir la mirada a este nuestro hermano que el Señor ha llamado a su seguimiento por el camino de la santidad en una medida particularmente alta de la vida cristiana1. Él asume una función peculiar en este contexto histórico que estamos viviendo: se convierte para nosotros, sus hermanos, y para cada cristiano, en profeta de vida evangélica, del primado de Dios, de la oración, de la vida contemplativa.

Su experiencia mística, su efusiva devoción a Jesús encarnado y “crucificado”, a la Madre Inmaculada, indican el camino de abandono sencillo y confiado en Dios Padre, la relación familiar y espontánea con el Hijo, la ardiente docilidad al Espíritu Santo. Fue un hombre sencillo, transparente, orante, jovial, auténtico hermano menor, y, con el solo pensamiento o con la visión de una imagen sagrada, en la celebración de la Eucaristía o en la escucha de la Palabra de Dios, era raptado en éxtasis, elevándose en “vuelo” de la tierra. Fiel seguidor de Francisco de Asís, vivió en continua búsqueda de la hermosa voluntad del Señor que sacia el alma y alegra el corazón y que concretó en su obediencia total al seguir las decisiones de sus superiores.

Su experiencia espiritual, que recorriendo el camino de la Cruz le permitió vivir una mayor conformidad con Cristo Jesús, se convierte para nosotros, en este Centenario, en ocasión de gracia para una reflexión más profunda sobre el significado de nuestro carisma franciscano en el contexto de este tiempo, en un mundo que cambia y que nos pide una definida y precisa identidad de vida y de testimonio.
José, nuestro hermano
3. He pensado en proponeros, como icono bíblico, la historia de José, el hijo de Jacob, que leemos en el Libro del Génesis, para profundizar la experiencia de San José de Cupertino y el mensaje que este nuestro hermano Santo nos ofrece con la celebración centenaria de su nacimiento.

José dijo a sus hermanos: “Yo soy José. ¿Vive todavía mi padre? Entonces José dijo a sus hermanos: Acercaos a mí. Se acercaron y les repitió: Yo soy José, vuestro hermano, para vuestro bien me envió Dios delante de vosotros. Dios me envió por delante para que podáis sobrevivir en este país, salvando vuestras vidas de modo admirable. Contad a mi padre todo mi poder y todo lo que habéis visto. Después besó, llorando, a todos sus hermanos. Entonces le hablaron sus hermanos” (Gn. 45,3-5.7.13.15).



Del texto citado emergen algunos versículos sobre los cuales quiero llamar vuestra atención:

¡Yo soy José! Conocemos la historia: José, que había sido vendido por sus hermanos como esclavo, ahora, nombrado virrey de todo Egipto (cfr. 41,41), acoge a sus hermanos que vienen porque el hambre asolaba el país de Canaán y les ofrece hospitalidad y ayuda. José se da a conocer a sus hermanos: ¡Yo soy José! Es la expresión de una identidad: quien se presenta a nosotros es un hombre con una historia y un rostro, una procedencia, un origen.

Queremos leer esta expresión dentro de la situación de José de Cupertino; él se presenta a nosotros, sus hermanos, después de cuatrocientos años, en un contexto histórico lleno de contradiciones, de evidentes tomas de posición lejanas del Evangelio y en neto contraste con la tradición cristiana2, y nos invita a reflexionar sobre nuestra identidad de franciscanos, de hombres llamados a seguir al Señor Jesús en la vida consagrada.

También nosotros tenemos una historia, un rostro, un nombre, que definen nuestro seguimiento de Cristo, que son nuestra identidad, que entablan una relación personal, íntima, de conocimiento con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La vocación a la cual somos llamados entra en nuestra situación personal y nos llama por el nombre y por esta llamada hemos dejado todo y hemos seguido al Señor Jesús (cfr. Mt 19,27). Traer a la mente el misterio de la vocación en el seguimiento de Cristo en la vida consagrada, al mismo tiempo que nos permite renovar la intrepidez de la respuesta, nos estimula a vencer la insidia de la mediocridad en la vida espiritual, del aburguesamiento progresivo y de la mentalidad consumista3. Se trata, entonces, de reencontrar el primer amor, el destello inspirador con el que se comenzó el seguimiento4 y adquirir conciencia del misterio de la vocación que hace de cada uno de nosotros término de una relación íntima con Dios, como subraya San José: si hay algo de bueno en mí, es todo por gracia especial de Dios.
4. ¿Vive todavía mi padre? La pregunta que nos dirige, es para nosotros, hijos del mismo padre, una invitación a redescubrir signos de nuestra paternidad común, allí donde nuestro seguimiento asume los trazos particulares de una identidad carismática: ¿vive todavía en nosotros, en nuestras comunidades, en nuestra vida diaria, nuestro padre Francisco de Asís? La llamada que nos hace nuestro hermano José, su fiel discípulo, auténtico franciscano, consiste en releer y renovar, en su experiencia espiritual, la opción del seguimiento de Cristo tras las huellas de Francisco. Celebrar el Centenario de su nacimiento consiste en esto: adherirse cada vez más a Cristo, centro de la vida consagrada y del seguimiento franciscano, y emprender con vigor un camino de conversión y de renovación5.
San José, discípulo de San Francisco de Asís
5. Fijemos, pues, nuestra atención en considerar brevemente los aspectos típicamente franciscanos de San José de Cupertino que sobresalen en su trayectoria espiritual y biográfíca. El pobre Niñito de Belén, el Cristo Crucificado, la Eucaristía, son los caminos maestros que José anduvo. Su rigurosa ascesis subraya los trazos del contexto histórico-espiritual en el que vivió: alimentos condimentados con ajenjo, flagelación, renuncias; todo ello orientado “a cultivar el hombre interior a través de una transfiguración y una purificación de toda la existencia, que no es ajeno a la historia, ni se encierra en sí mismo”6. A este propósito, tomará de la experiencia de San Francisco la celebración frecuente de cuaresmas que se adaptan a su itinerario espiritual. Pero el rasgo, quizá, más evidente fue su pobreza total, conquistada experimentando toda la fatiga de la renuncia de las cosas y del dinero, tal como él mismo señala: la resistencia que hacía a su santa vocación era tanto más indigna porque era causada por el demasiado amor que tenía hacia algunas tonterías de ninguna importancia... Hacía propósitos de despojarme de todo, pero tan fríos que nunca los llevaba a cumplimiento7. Es interesante notar que esta resistencia que el Santo hacía a su vocación, determinó un compromiso espiritual y concreto realizado a través de aquellos propósitos de despojo de todo, que, si en un primer momento fueron fríos y no se llevaban a cumplimiento, con todo, le condujeron, como se dice en la biografía, a la victoria de sí mismo hasta “dar todo con alegría”. Entonces hubo un cambio total en su corazón: vi el mundo con otros ojos: me alejé de los parientes y del trato con los demás, me despojé de los paños de lino, me puse a dormir sobre tablas, me entregué a la penitencia y a la meditación8. Y sabemos que toda su vida siguiente fue vivida con la contraseña de la pobreza más auténtica, hasta el punto de no tener voluntad sino la de los superiores.
6. La gran pobreza que desafía el tiempo en que vivió San José, fue una total expropiación de sí para pertenecer sólo a Dios a través de la mediación de la Iglesia y de los superiores de la Orden. La pobreza consagrada, junto con la obediencia y la castidad por el Reino de los Cielos, se convierte en la profecía que estamos llamados a vivir hoy, como hijos de Francisco de Asís que han elegido hacer de la radicalidad evangélica el primer compromiso de su vida. Esta consideración tiene una repercusión concreta en nuestra experiencia cotidiana, allí donde somos sometidos continuamente a la prueba de la mentalidad corriente y obligados a luchar para permanecer fieles a los compromisos asumidos con la profesión religiosa. Recordemos que su primer sentido, de hecho, es testimoniar a Dios como verdadera riqueza del corazón humano y la respuesta de la vida consagrada está en la profesión de la pobreza evangélica..., acompañada por un compromiso activo en la promoción de la solidaridad y de la caridad9.
7. La motivación que guía este compromiso de vida de José, es el de verse en la gran exigencia de dirigir siempre su corazón a Dios, al Rostro de Cristo Jesús que contempla Niñito en el misterio de la Encarnación, atormentado y crucificado, triuenfante y resucitado de la tumba, en la Eucaristía, este santísimo sacramento donde su Majestad habla de corazón a corazón, de espíritu a espíritu10. Como Francisco de Asís, su mirada queda más que nunca fija en el rostro del Señor11, un rostro que le invita a descubrirle siempre vivo y operante en nuestro vivir diario a través de la escucha asidua de la Palabra; en la frecuencia de los Sacranmentos de la Eucaristía y de la Reconciliación; en una vida intensa de oración y de compromiso espiritual; en la prueba; en la vida fraterna en comunidad; en la Iglesia. José de Cupertino, a través de la contemplación del misterio de Cristo, nos invita a alimentar nuestra vida de consagrados en las fuentes de una sólida y profunda espiritualidad... La vida espiritual, entendida como vida en Cristo, vida según el Espíritu, es como un itinerario de progresiva fidelidad, en el que la persona consagrada está... en total comunión de amor y de servicio en la Iglesia12.
8. El compromiso de vida espiritual debe caracterizar la vida de cada día si queremos ser testigos creíbles, si queremos que nuestra existencia sea profecía para los hombres y las mujeres de hoy; por eso hemos de prestar mucha atención al aspecto espiritual de nuestra vida cotidiana, en la renovación del amor a la contemplación, a la meditación de la Palabra de Dios, sin temor a restar nada al apostolado y a la misión que, en este sentido, adquieren mayor fuerza y pujanza. Recordamos que de San Francisco de Asís se dice en las fuentes que a diario, es más, que de continuo traía en sus labios la conversación sobre Jesús; qué dulce y suave era su diálogo, qué coloquio más tierno y amoroso mantenía con Él13; actitudes que notamos igualmente en lavida de San José que se define un ebrio que no está en sí y por lo tanto canta y baila porque ama de corazón al Señor14.
9. Volviendo al icono bíblico, subrayo otros versículos que iluminan mejor algunos aspectos de la vida de José de Cupertino, poniendo de manifiesto el carácter típicamente franciscano de su experiencia.

“Acercaos a mí. Se acercaron y les repitió: Yo soy José, vuestro hermano”. Todo lo que hemos meditado hasta aquí nos ha permitido acercarnos y reconocer en el rostro del Santo cupertinés a nuestro hermano, un hombre que vive y cree profundamente en la vida fraterna. La fraternidad es el ambiente vital donde se desarrolla la Orden, que es el don que el Altísimo hizo a Francisco al inicio de su experiencia y se renueva todavía hoy para nosotros en la comunidad, a través de los hermanos y de las hermanas que el mismo Señor nos ha dado15. José, aislado a causa de su extraordinaria experiencia de Dios, advierte la falta de fraternidad y sólo en los últimos años de su vida, en Ósimo, saborea la presencia de hermanos que le visitan a diario después de cena, entreteniéndose con él en coloquios de cosas buenas, en la escucha de sus enseñanzas, en el canto de sus estrofas. Su estilo era tener siempre a flor de labios la palabra caridad y la pronuncaba con dulzura. A las palabras, luego, correspondían los hechos, y una vez que entre dos hermanos se rompió la concordia, mandoles llamar y, con admoniciones llenas de caridad, les devolvió a la comunión de antes16. Fue, pues, un animador de la vida fraterna, que tiene un papel fundamental en el camino espiritual de las personas consagradas, sea para su renovación constante, sea para el cumplimiento de su misión en el mundo17.
10. Acercarnos a San José significa descubrir el gusto de ser hermanos, vivir la espiritualidad de la comunión, que significa capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico, como “uno que me pertenece”; las consecuencias que se deriban en el modo de sentir y obrar son el compartir sus alegrías y sus sufrimientos, intuir sus deseos y atender a sus necesidades, ofrecer una verdadera y profunda amistad18. Además, la espritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios; la espiritualidad de la comunión es el camino maestro de un futuro de vida y de testimonio; el hermano se convierte en sacramento de Cristo y del encuentro con Dios19.

Hemos de acoger la invitación que nos viene de la vida de nuestro hermano Santo que decía: el verdadero y auténtico signo para conocer si en un lugar se halla Dios es la unión. Debemos redescubrir el valor insustituible de la vida fraterna, creerlo y vivirlo en cada comunidad, robustecerlo allí donde se ha marchitado, reconstruirlo donde nuestras fragilidades, egoismos, celos tratan de quebrarlo, recordando siempre que, antes de ser una construcción humana, la comunidad religiosa es un don del Espíritu y que la más alta vocación del hombre es entrar en comunión con Dios y con los otros hombres, sus hermanos20.
11. San José, hombre de oración, de vida interior y de comunión fraterna, es también el hombre de la jovialidad. El signo de la alegría es el signo de la autenticidad del camino espiritual, de la auténtica relación con Dios y con los hermanos. Si volvemos a la imagen del texto bíblico que tenemos como contraseña para estas nuestras reflexiones, notamos que el encuentro con los hermanos se convierte en alegría profunda, efusión de un sentimiento íntimo que llena el corazón de todos.

“Contad a mi padre todo mi poder y todo lo que habéis visto. Después besó, llorando, a todos sus hermanos. Entonces le hablaron sus hermanos”. San José de Cupertino impresiona por la contagiosa jovialidad que le caracteriza y que hace difícil pensar que el mismo cantor de las estrofas amorosas sea el hombre crucificado por la incomprensión y por las falsas acusaciones que le lanzan. Como el Seráfico Padre, vive la vida en la perfecta alegría de la paciencia demostrada que conduce a la verdadera alegría, que ahonda sus raíces exclusivamente en la comunión con el Señor y con los hermanos. El mensaje de la vida consagrada repite incesantemente que la primacía de Dios es plenitud de sentido y de alegría para la existencia humana, porque el hombre ha sido hecho para Dios y su corazón estará inquieto hasta que descanse en Él. Además, las comunidades de vida consagrada son lugares de esperanza, lugares en los que el amor, nutrido de la oración, principio de comunión, está llamado a convertirse en lógica de vida y fuente de alegría21.
12. En el mundo de hoy la alegría asume a menudo las características de un gritar vacío y un vivir superficial, difundido en gran parte por los medios de comunicación y por una mentalidad común que echa sus bases sobre falsas e ilusorias verdades. El mundo de hoy está invadido por una tristeza inquietante, por la soledad y por la angustia, fruto de una no interiorización de los valores, de los acontecimientos, de la historia en que vivimos; así, se osa perder el verdadero sentido de la vida y vivir en la desorientación. Sin la mirada contemplativa no se tiene la verdadera percepción de lo que sucede y del significado de los acontecimientos; sin la mirada contemplativa todo pierde su dimensión. El gozo, la alegría, la jovialidad que contradistinguen al hombre y a la mujer de Dios nacen de la capacidad de asombrarse y de contemplar en la realidad la presencia del Creador. Todo debe hacer que nazca del corazón la alabanza y que cada criatura sea como un par de lentes. Qué loco estaría quien se colocase los lentes para ver los lentes y no las diversas cosas. Los hombres dicen: ¡qué bellas cosas hace la naturaleza! Y no elevan la mente para contemplar al Dios de la naturaleza22. A nosotros, hermanos de José, se nos pide el testimonio de hombres verdaderamente alegres, porque han puesto la esperanza en Cristo Jesús; a nosotros, franciscanos, que hablamos con él, se nos pide una vida auténtica que sepa elevar la mente para contemplar a Dios.
Dios me envió
13. “Para vuestro bien me envió Dios delante de vosotros. Dios me envió por delante para que podáis sobrevivir en este país, salvando vuestras vidas de modo admirable”.

La expresión “Dios me envió”, rige ambas proposiciones: indica el primado de la intervención de Dios. Se trata de un mandato, de una llamada a ir. Común es también la explicación “antes que vosotros”.

El efecto de esta llamada es triple: a) para vuestro bien; b) para que podáis sobrevivir en este país; c) salvando vuestras vidas de modo admirable.

En fin, los implicados en este mandato son dos: “Dios me envió”, Dios y el hombre enviado.

Estos versículos sugieren otro aspecto que emerge de la historia de José y que abre un horizonte de mejor comprensión del don de San José de Cupertino a nuestra Orden y a la Iglesia: la misión.
14. Hay una vocación que parte de Dios y llega a plenitud en nuestra existencia; esta llamada no es jamás exclusivamente para el llamado, sino para la edificación de todos (cfr. 1Cor 14,26). Dios llama para enviar, nosotros hemos recibido una misión en el momento en que hemos sido interpelados. San José de Cupertino ha tenido su misión específica en la Iglesia y en el mundo: antes que nosotros él es signo eficaz del primado de Dios y de su gracia operante en la vida de quienes creen, pero también signo de esperanza para quienes se encuentran lejos de la comunión con Dios y que lo están buscando. Su experiencia espiritual, sus éxtasis, sus “vuelos”, son llamadas que estimulan a elevar la mente hacia una realidad que trasciende al hombre del tercer milenio, a veces replegado sobre “paraísos virtuales” y fuera de la lógica evangélica. José, antes que nosotros, fue enviado para abrir una brecha en el muro de la indiferencia y de una fe que corre el riesgo de encerrarse en sus propias seguridades; la escasez, que anima a los hermanos de José el Hebreo a buscar alimento23, se convierte en la ocasión que Dios asume para darle un significado en la historia. También nosotros, hoy, vivimos una situación de escasez que nos mueve a una búsqueda de autenticidad, y es aquí donde José de Cupertino nos sale al encuentro con el testimonio de su vida: si Dios no me hubiese ayudado, sabe Dios lo que hubiese sido de mí. Soy como la piedra de la fuente de la que mana el agua de las gracias. La fuente da el agua de la vena sin añadir nada suyo. La misión, antes que en las obras exteriores, se lleva a cabo en el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal. Cuanto más se deja conformar a Cristo, más se hace presente y operante en el mundo para la salvación de los hombres24.
Para la vida
15. Llamados, pues, para una misión, que, en la vida consagrada, tiene el cometido profético de recordar y servir el designio de Dios sobre los hombres25, su proyecto de vida, de salvación y de reconciliación en Cristo Jesús. José de Cupertino nos indica un recorrido que, en el texto bíblico, hemos identificado en tres momentos.

El primer paso es “conservaros la vida”, es decir, vivir hoy, aún cuando todo nos amenaza y, a veces, una especie de melancolía nos envuelve aislándonos en actitudes áridas e infecundas. Para conservarnos la vida necesitamos mantener despierto el deseo de Dios, adquirir confianza en nuestra vida de franciscanos y leer con mirada positiva los acontecimientos y las personas. Los hombres de fe son como grandes árboles. Aún cortados, producen siempre retoños. Por el contrario, quien no tiene fe es un árbol sin raíz: es derribado por cualquier vientecillo.
16. “Para que podáis sobrevivir en este país”, es el segundo paso de este camino. Tener una profunda experiencia de Dios y tomar conciencia de los desafíos de nuestro tiempo, recogiendo el sentido teológico mediante el discernimiento que obra el Espíritu Santo a la luz del Evangelio; esto es sobrevivir en el país en el que hemos sido llamados a vivir nuestra vocación franciscana. Pero todo esto comporta un compromiso auténtico de vida en lo cotidiano, y quiere decir caminar desde Cristo, que significa comenzar siempre a partir del momento más alto de su amor, cuando en la cruz Él da la vida en la máxima oblatividad26. San José de Cupertino vivió su experiencia con esta capacidad de saber descubrir en los acontecimientos, los hechos, las personas, la presencia del Señor que acompaña el camino de cada hombre: la ayuda y el auxilio vienen de Dios.
17. “Salvando vuestras vidas de modo admirable”: he aquí, en fin, el tercer paso de este recorrido que nos indica el Santo cupertinés. Vivir el Evangelio como Regla de vida es para Francisco de Asís compromiso que conlleva el anuncio de la Buena Noticia: “marchad, carísimos, de dos en dos por las diversas partes de la tierra, anunciando a los hombres la paz y la penitencia para remisión de los pecados... Id con el Señor, hermanos, y, según Él se digne inspiraros, predicad a todos la penitencia... Todos los hermanos prediquen con las obras”27. La particular experiencia de San José de Cupertino fue una expresión fiel de este mandado de Francisco a los hermanos menores: su biografía nos recuerda su paciente acogida a cuantos, provenientes de diversas nacionalidades y condiciones sociales, venían a él para escucharle y recibir consejo: soy como la piedra de la fuente de la que mana el agua de las gracias.
18. -“Conservar la vida” recibida con un propósito de vida espiritual y de oración, de relación con Dios y de siguimiento de Cristo; -“asegurar la supervivencia en el país”, teniendo conciencia del tiempo histórico que vivimos y leer en él los signos de la esperanza y de la salvación realizada en Cristo Jesús; -“ salvando vuestras vidas de modo admirable”, a través de un testimonio gozoso, dando razón de la esperanza que hay en nosotros (cfr. 1Pt 3,15); son éstos los pasos del camino que José de Cupertino nos indica, habiéndolo andado él antes que nosotros. Un camino que queremos hacer nuestro en este Año Centenario en el que bendecimos al Señor por habernos dado un hermano que ha caminado con verdadero ardor por la senda de la santidad y que nos invita también a nosotros a no contentarnos con una vida mediocre y superficial28, sino a vivir una profunda exigencia de conversión, a buscar ante todo el Reino de Dios en la renuncia de nosotros mismos para vivir totalmente en el Señor, para que Dios sea todo en todos29.
19. Al final de esta reflesión sobre nuestro hermano San José de Cupertino, antes de concluir, quisiera dirigir la mirada a Aquella que fue para el Santo una presencia fuerte y discreta, la Madre de Jesús, por la que nutría una devoción grande y llena de ternura. Ella lo acompaña durante toda su vida, especialmente, en los momentos de prueba, recurre a Ella cada vez que tiene necesidad de consolación y de paz, para Ella compone estrofas amorosas que canta en sus fiestas, acompañándolas con actos de fervor y de piedad. No lograba estar una hora sin Ella, y decía: ésta es nuestra Protectora, Señora, Patrona, Madre, Esposa, Auxiliadora, concluyendo esta efusión con un éxtasis. Experimentaba por esta Madre, como Francisco de Asís, una profunda gratitud, porque había hecho al Señor de la Majestad nuestro hermano30, y a menudo se postraba con el rostro a tierra delante de la imagen de la Virgen de la Grotella, el icono venerado en el santuario de Cupertino, y amado de manera singular por él (copia de este icono, que le habían regalado, le acompañó al Sacro Convento de Asís y al convento de Ósimo, donde todavía se conserva). Es evidente, entonces, que esta presencia materna de María le acompañase en la vida cotidiana y él viviese en los brazos amorosos de la Mama. Una invitación para que pensemos en el papel de la Virgen en nuestra vida de consagrados y de franciscanos que, a ejemplo del Seráfico Padre, según la Palabra del Evangelio, vivamos en la bienaventuranza que hizo de Ella Madre, Hermana, Sierva, Esposa e Hija porque escuchó la Palabra y cumplió la voluntad del Padre que está en los Cielos31.
Conclusión
20. En el símbolo de este IV Centenario del Nacimiento de San José de Cupertino releamos las palabras que orientaron el Año Jubilar de 2000: Duc in altum! Es lo que pedimos a San José de Cupertino:

condúcenos adelante,

haz que “rememos mar adentro” hacia este nuevo milenio que se ha abierto,

tú que has cumplido la voluntad del Padre,

siempre solícito a la obediencia,

con la mirada fija en la pobreza del Niñito,

enamorado de la Cruz,

entusiasmado con la luz del Resucitado,

raptado en el éxtasis de la Eucaristía,

humilde y acogedor como la Virgen,

fecundo en tu misión de testigo del amor,

hermano de todos, sencillo y alegre,

ayúdanos a ser fieles a nuestra vocación,

menores y sumisos a todos,

siervos de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo,

intrépidos testigos de la Vida y de la verdad en el Camino que es Cristo Jesús,

única salvación y esperanza del mundo,

protégenos y guíanos en el camino de la santidad

en la senda de las Bienaventuranzas que nos ha indicado el Hijo,

que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo,



Trinidad perfecta y simple Unidad,

Dios omnipotente por los siglos de los siglos.

Amén.
Roma, 18 de septiembre de 2002

Fiesta de San José de Cupertino

Fra Joachim A. Giermek

Ministro general



1 Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte (NMI), 6 de enero de 2001, n. 31.

2 CEI, Comunicar el Evangelio en un mundo que cambia, 29 de junio de 2001, n. 40.

3 CIVCSVA, Instrucción Caminar desde Cristo, 19 de mayo de 2002, n. 12.

4 Ibid. n. 22.

5 Ibid. n. 21.

6 Cfr. Juan Pablo II, Ex Apostólica Vita consecrata (VC), 25 de marzo de 1996, n. 103.

7 Cfr. G. Parisciani, San Giuseppe da Copertino, Ósimo 1967, p. 33.

8 Ibid. pp. 36-37.

9 Cfr. VC. nn. 89-90.

10 G. Parisciani, I tre diari dell’abate Rosmi, Padova 1991, p. 74.

11 NMI. n. 16.

12 Cfr. VC. n. 93.

13 1C. 115.

14 Cfr. G. Parisciani, I tre diari…, p. 57.

15 Cfr. T. 14.

16 G. Parisciani, San Giuseppe da Copertino, p. 369.

17 VC. n. 45.

18 NMI. N. 43.

19 CIVCSVA, Instrucción Caminar desde Cristo, n. 29.

20 CIVCSVA, La vida perfecta en comunidad, 2 de febrero de 1994, nn. 8-9.

21 VC. nn. 27.51.

22 G. Parisciani, San Giuseppe da Copertino, Ósimo 2001, p. 57.

23 Cfr. Gn. 37-50.

24 VC. n. 72.

25 VC. n. 73.

26 CIVCSVA, Instrucción Caminar desde Cristo, n. 27.

27 1C. 29.33; 1R. 17,3.

28 NMI. n. 31.

29 VC. n. 35.

30 Cfr. 2C. 198.

31 Cfr. Mt. 12,50; 2CtaF. 48-53; Ant. Mariana OfP.


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje