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Itinerario mariano, espiritual y apostólico de José Antonio Plancarte y Labastida


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MARÍA ES MI MADRE

Itinerario mariano, espiritual y apostólico de José Antonio Plancarte y Labastida

Juan Esquerda Bifet


Sumario:
I. Momentos marianos de una vida centrada en Cristo
1. Infancia y juventud

2. De camino hacia el sacerdocio

3. Durante su vida y ministerio sacerdotal
II. Dimensión mariana de su ministerio
1. Un ministerio sacerdotal dedicado a anunciar a Jesús nacido de María

2. Enseñanzas centradas en Cristo y en dimensión eminentemente mariana:

3. Una vida cristiana compartida con Jesús y María
III. Dimensión mariana de sus vivencias
1. En su itinerario vocacional hacia el sacerdocio

2. En el espejo de sus Ejercicios Espirituales, ya sacerdote

3. Unas constantes aprendidas de María: humildad, confianza, entrega.

INTRODUCCIÓN


El P. José Antonio Plancarte y Labastida mostraba siempre una actitud mariana sencilla, que impregnaba toda su vida y que le transformaba en un amigo enamorado de Cristo. Practicaba una piedad mariana popular, aprendida en familia, continuada en sus años de estudios en el colegio de Santa María de Oscott, aplicada y renovada en la acción pastoral como sacerdote.
El Diario de casi toda su vida es un itinerario autobiográfico, donde aparece espontáneamente y siempre en el momento oportuno, la figura de María, que él llamada cariñosa y confiadamente: “Mi Madre”.
Sus esfuerzos continuos por mejorar en la vida espiritual, esfuerzos sostenidos durante toda su vida, se apoyan en la amistad con Cristo y en la confianza filial con María. No hay retiro en que no revise su vida para rehacerla en esta perspectiva de fidelidad mariana, proponiendo poner los medios necesarios para santificarse.
En torno a la Virgen de la Esperanza (o de la Raíz) y de Guadalupe, discurre toda su actuación sacerdotal. María le guió también para orientar a las Hijas de María Inmaculada de Guadalupe.
No tiene explicación humana su serenidad en medio de la pruebas, si no es a la luz de un esfuerzo constante por hacer conocer, amar y honrar a María, por encima de sus propias preocupaciones. En medio de las pruebas más difíciles, la ilusión por la coronación de la Virgen de Guadalupe y por reconstruir su templo, le sostuvo en su entrega sacerdotal, siempre gozosa y de totalidad.
El Papa Pío IX, a quien José Antonio califica de “mártir de la Inmaculada” (carta de 1876), le infundió alientos en los inicios de su itinerario vocacional (mientras era estudiante en Roma) y también en los primeros años de su ministerio sacerdotal (ya en México).
He reflexionado sobre esta figura sacerdotal y apostólica, con ocasión del Año Sacerdotal (2009-2010) dedicado a San Juan María Vianney, Cura de Ars (1786-1859). El estudio lo he realizado durante ese año providencial para evidenciar también otras figuras sacerdotales, que, como José Antonio Plancarte y Labastida (1884-1898), forman parte del signo colectivo del Buen Pastor.
Dentro del año sacerdotal, el día 12 de mayo de 2010, en Fátima, Benedicto XVI consagraba los sacerdotes al Corazón de María. En esos mismos momentos, se terminaba la redacción del presente libro sobre el P. José Antonio, cuyos sentimientos están en plena sintonía con la fórmula de consagración en Fátima, de la que copiamos solamente la parte final:
“Lleno de admiración y de gratitud por tu presencia continua entre nosotros, en nombre de todos los sacerdotes, también yo quiero exclamar: «¿quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?» (Lc 1,43). Madre nuestra desde siempre, no te canses de «visitarnos», consolarnos, sostenernos. Ven en nuestra ayuda y líbranos de todos los peligros que nos acechan. Con este acto de ofrecimiento y consagración, queremos acogerte de un modo más profundo y radical, para siempre y totalmente, en nuestra existencia humana y sacerdotal. Que tu presencia haga reverdecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol en nuestras tinieblas, haga que torne la calma después de la tempestad, para que todo hombre vea la salvación del Señor, que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones, unidos para siempre al tuyo. Así sea.” (Benedicto XVI, Fátima, 13 mayo 2010; ver la oración del P. José Antonio, con sentimientos parecidos, al final del presente libro).

I. Momentos marianos de una vida centrada en Cristo

1. Infancia y juventud
La vida del P. José Antonio Plancarte y Labastida está jalonada de signos sencillos, profundamente vividos, de la presencia de María. En sentido casi cronológico, estos momentos se distribuyen desde su ambiente familiar cuando niño (nace en México, 1840, de familia residente en Zamora) hasta su estadía final en México D.F., donde muere en 1898.
Su marianismo aflora ya pujante durante sus años juveniles de estudios de ingeniería en Santa María de Oscott (Inglaterra), 1856-1862, e ilumina un itinerario vocacional que incluye un viaje a Tierra Santa como punto decisivo de discernimiento. El Santo Cura de Ars había fallecido en 1859.
Hay que señalar también su estadía en Roma, cuando se preparaba para el sacerdocio (1862-1865), así como sus 15 años de ministerio sacerdotal en Jacona, la fundación de las Hijas e María Inmaculada de Guadalupe y su actuación final en el Distrito Federal, como misionero apostólico recorriendo diversas partes de la república mexicana y totalmente dedicado a la Santísima Virgen también como Abad del santuario guadalupano.
En realidad no existe una figura cristiana y especialmente sacerdotal de relieve, que no haya sido profundamente mariana. En sus notas autobiográficas del Diario hace referencia al Rosario rezado en familia, aunque, para él, todavía muy niño, era una experiencia y un recuerdo de la propia limitación: "Con mil trabajos me hacía mi madre rezar el Rosario". Su madre, con gesto inolvidable para él, le puso un rosario en el cuello cuando emprendió el viaje a Inglaterra para cursar estudios superiores (1856). Tenía entonces 16 años.
Durante sus estudios en Oscott (Inglaterra), desde 1856 a 1862, Luís, su hermano mayor, anota en su diario (enero de 1857) que estaban rezando el Rosario cuando recibieron la visita de un ilustre personaje, amigo de su tío Don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, Obispo de Puebla: "El día 1º vino su Eminencia el Cardenal Wiseman a Oscott… esta misma noche el Cardenal, estando rezando nosotros el Rosario en el cuarto de Antonio"... Los dos hermanos dejaron notas autobiográficas, en las que describen con frecuencia "los Ejercicios Espirituales, las funciones de Semana Santa, el Mes de María".
José Antonio no deja de anotar en su Diario su amistad con Cristo y también los detalles de su devoción mariana, que resaltaba especialmente en el mes de mayo. A ella, a quien sentía como Madre, acudía en sus dificultades. Los meses de mayo pasados en Oscott serán un recuerdo permanente en su vida posterior, como anotará más tarde, el año de su ordenación (1865): "¡Llegó el mes de mayo, el mes de María, el mes de mi vocación al sacerdocio, el mes más lleno de recuerdos para mí!" A esta relación filial con María atribuirá la gracia del sacerdocio: “¡Bendita sea María, a cuya devoción debo la sin igual dicha de haber ingresado al sacerdocio!".

2. De camino hacia el sacerdocio
Durante sus estudios de ingeniería en Oscott, cuando ya había comenzado a sentir algún atisbo de la vocación al sacerdocio, tuvo que defender su intención ante una cierta oposición de su hermano y tal vez alguna duda de su tío, a quien escribe una carta en 1861 explicándole su situación y diciendo: "¡Dios y María Santísima me den gracias para empezar y acabar!".
Es verdad que son detalles sencillos, pero están redactados en un contexto de autenticidad y de transparencia, que son notas características de todos sus escritos. Estos detalles se irán ampliando armónicamente, sin adornos. Así lo vemos cuando, dejando los estudios de Oscott y viajando a Oriente y Tierra Santa con su tío D. Pelagio y su hermano Luís (del 28 de septiembre al 26 de noviembre 1862), va destacando los lugares relacionados con Jesús y María: Nazaret, Belén, Jerusalén... Escribe: "donde Jesús, José y María vivieron... cada piedra es un testigo de nuestra redención". Este viaje fue la mejor preparación para iniciar inmediatamente sus años de estudios eclesiásticos en Roma.
En Roma cursó sus estudios eclesiásticos en el Colegio Romano (Universidad Gregoriana), como residente de la Academia Eclesiástica (1862-1865). El Colegio se encontraba cerca de Santa María in Via Lata (via del Corso), santuario de gran importancia histórica y rico de tradiciones multiseculares. Pero todas las iglesias marianas de Roma y también los santuarios marianos de sus alrededores son testigos de la espiritualidad del P. José Antonio.
Quizá debido a sus achaques de salud, sufrió también por ciertas dudas sobre su vocación, que se le disiparon cuando pasó un mes y medio de retiro en el santuario mariano de Genanzzano (1863). Las etapas de su camino hacia el sacerdocio están marcadas por los signos marianos. La entrada a la clericatura fue el día de la anunciación de 1865. Con vistas al diaconado, hizo su retiro y tomó unos días de descanso en el santuario mariano de la Mentorella, que él describe en su diario con una pincelada: "En este primer santuario dedicado a la Madre de Dios en Italia".
Después de su ordenación en la catedral de Tívoli, fue a "visitar la prodigiosa imagen de María Santísima en Guadagnolo". Y en una oración escrita ese mismo día resume sus deseos de ser "buen sacerdote", de ser fiel al "voto de castidad", custodiándolo "en la llaga del costado de Nuestro Señor Jesucristo, y en las purísimas manos de María Santísima".
Su ordenación sacerdotal había sido en la fiesta de la Santísima Trinidad (11 de junio de 1865). Ese mismo día resume, en una oración, sus sentimientos, pidiendo la intercesión de María, de San José, de los ángeles y santos: "Que yo sea un buen sacerdote o que muera, es mi principal petición al cielo, y confiando en ella, en este momento me acerco al altar".
Aunque su primera Misa fue en el altar de San Luis Gonzaga de Roma (13 de junio de 1865), quiso honrar a María en su segunda Misa celebrada en Santa María la Mayor (14 de junio de 1865). Consta que celebró otras Misas en santuarios marianos, como en el de Vicovoro.

3. Durante su vida y ministerio sacerdotal:
Ya sacerdote, a su regreso a México (1865), va dejando detalles sencillos de una autenticidad mariana siempre en la línea de entrega total a Cristo. Así, al pasar por Oscott, afirma que es el lugar "donde María Santísima había escuchado mis plegarias". Y cuando llegó a Zamora y a Jacona, por Navidad de este mismo año, visitó el sepulcro de sus padres, dejando constancia de que su madre había sido un instrumento de su vocación, porque "rogaba por mí a la Santísima Virgen".
Durante los 15 años de párroco en Jacona (1867-1882), el P. José Antonio desarrolló una labor apostólica intensa y organizada, en la que armonizaba predicación, catequesis, vida litúrgica, piedad popular y obras de caridad. Reconstruyó el santuario de Nuestra Señora de la Raíz, cambiando su nombre (por indicación de Pío IX) con el de Nuestra Señora de la Esperanza. El título mesiánico de “Raíz” (Jesús y María, de la “Raíz de Jesé” padre de David) ya indicaba su contenido de esperanza cristiana, pero era mejor explicitarlo. Lo recordará continuamente en su vida ministerial posterior, ya lejos de Jacona: “Hace 19 años que estoy palpando, que esa sagrada imagen no ha recibido en vano la advocación de «La Esperanza» y por eso yo vivo tan tranquilo y contento, nada temiendo, y esperándolo todo” (Carta 8 septiembre 1885).
Los inicios de lo que sería una nueva Congregación religiosa, habían tenido lugar, de algún modo, en 1871, instituyendo un grupo de jóvenes generosas que le ayudarían en sus empresas apostólicas. Su obispo el Sr. Peña le había aconsejado que fundara él mismo una nueva Congregación (1875). Durante el año 1877 fue redactando el reglamento, que recibió el asentimiento de Don Pelagio. Las primeras 8 hermanas emitieron sus votos en 1878. El nuevo obispo, Don José María Cázares, aprobó el Reglamento el 15 de abril de 1879. La religiosas se hicieron cargo del Asilo de San Antonio, fundado el 13 de junio de ese mismo año. Posteriormente, la Congregación quedaría erigida canónicamente también en México D.F., por el Sr. Arzobispo Don Pelagio, el 19 de septiembre de 1885, ya con el nombre definitivo de Hijas de María Inmaculada de Guadalupe.
Los inicios del Colegio de San Luís Gonzaga, para niños, en 1873, fueron humildes y llenos de dificultades, pero el P. José Antonio siguió adelante, encomendándose a la Santísima Virgen, a quien ofreció las medallas obtenidas por los jóvenes estudiantes enviados a Roma: "Con ellos ofrecí a la Señora y puse bajo su amparo el nuevo colegio... Este fue el principio de mi colegio... ¡sólo Dios sabe el fin!".
El colegio de San Luís Gonzaga tuvo que clausurarse el 31 de agosto de 1876, después de tres años de funcionamiento y de innumerables dificultades. Con esta ocasión y de acuerdo con su obispo, decide acompañar personalmente a Roma, al Colegio Pío Latino Americano, a 12 jóvenes de dicho colegio, a los que se unirían otros tres en México. En la despedida de México no podía faltar la celebración de la Eucaristía en la Colegiata de Ntra. Señora de Guadalupe.
En su viaje a Roma, con ocasión de la última audiencia de Pío IX (3 de abril de 1877), quien le había alabado por su decisión de enviar seminaristas a Roma para prepararse al sacerdocio, escribe así en su diario: "Le hablé de mis proyectos de fundación de las Hijas de María Inmaculada, para la instrucción religiosa de los pobres, y me animó a realizarla según el plan que me he propuesto… Finalmente exclamé: ¡Santísimo Padre, ésta es la última vez que os veré en la tierra, pero me voy a empeñar en ser santo para volveros a ver en el cielo! ".
El año 1879, el P. José Antonio acabó la restauración del santuario mariano de Nuestra Señora de la Esperanza, con la bendición del Sr. Obispo, José María Cázares.
A partir de 1882, dejó de ser párroco de Jacona y pasó a la capital y arquidiócesis de México, donde, por encargo de Don Pelagio, fue visitador de Colegios y escuelas, rector del Colegio clerical de San Joaquín y, al final de su vida (8 septiembre 1895), Abad de la Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, mientras, al mismo tiempo, prestaba servicios ministeriales como "misionero apostólico" (título concedido por la Congregación misionera de la Propaganda Fide ya desde 1877) en diversas regiones del país.
En su viaje a Roma el año 1882, explica su visita al sepulcro de Pío IX, en la basílica de San Lorenzo, donde le hizo esta súplica: “En tus manos pongo mis negocios para que los presentes a María Inmaculada, y nos alcances de ella las gracias que necesitamos para que nuestra congregación haga todo el bien que pueda a tus queridos mexicanos” (Carta 26 diciembre 1882).
En otra visita a Oscott, en julio de 1883, vuelve a recordar su pasado con matices marianos inolvidables: “He hallado el colegio tal cual lo dejé, de suerte que es un recuerdo continuo de mi juventud y de mi vocación al sacerdocio. Allí está la Imagen de María que diariamente adornaba de flores, y que en cambio me dio mi vocación y mis buenas inspiraciones” (Oscott, 39 julio 1883).
El 14 de febrero de 1886 tuvo lugar la coronación pontificia (con breve de León XIII) de la imagen de la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza, de Jacona, con los debidos permisos y con asistencia de Don Pelagio y, naturalmente, del P. José Antonio. Era fruto de sus labores apostólicos tan marcadamente marianos.
El 24 de septiembre del mismo año (1886) los arzobispos de México, Morelia y Guadalajara firmaron, en nombre propio y de sus obispos sufragáneos, las preces para obtener de León XIII la coronación pontificia de la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Se encargó al P. José Antonio iniciar los preparativos (8 de noviembre), quien, con vistas a este evento publicó (el 12 de noviembre) un "Catecismo de la coronación de Ntra. Sra. de Guadalupe", que serviría para recoger limosnas en toda la República.
El Papa León XIII firmó el breve pontificio (8 febrero 1887), por el que concedía la coronación pontificia de la imagen Guadalupana para el mes de diciembre del mismo año. Sin embargo, puesto que antes de la coronación era necesario restaurar la Colegiata, el mismo Santo Padre concedió retrasar la ceremonia.
En el P. José Antonio recayó también el encargo de restaurar la antigua Colegiata Guadalupana, a pesar de estar encargado de la construcción del templo expiatorio de San Felipe. Las dificultades (desde fuera de la Iglesia y desde dentro) no faltaron, pero para el P. José Antonio, lo más importante era que todos pudieran "mirar a toda luz el semblante apacible y conmovedor de la milagrosa imagen" (como afirma en carta dirigida a los canónigos, algunos de los cuales eran opositores de la coronación). En aquellas fechas, el P. José Antonio poseía y contemplaba en sus manos la fotografía de la imagen mariana, tomada el 22 de febrero de 1887, por el fotógrafo Manuel Buenabad.
En estas circunstancias un tanto zarandeadas, el P. José Antonio no se olvidaba de sus actos sencillos de piedad mariana. Así escribe a sus Congregantes desde Tacuba, el 28 de abril de 1887: “Voy a empezar mañana el Mes de María, como preparación para la Coronación”. Las dificultades las iba solucionando con esta perspectiva de confianza en María: “La coronación probablemente no será en Diciembre pues falta mucho que hacer en la Colegiata. Bien ha metido el diablo la cola en este asunto pero se ha de quedar chato, espero en Dios” (Carta 30 agosto 1887).
En el año 1888, se trasladó la imagen de la Virgen de Guadalupe al convento de Capuchinas, frente a la antigua Colegiata, a fin de que se pudiera llevar a efecto la reconstrucción del templo, mientras tenían lugar los preparativos para la coronación.
Tiene mucha importancia observar algunos detalles de su vida atareada en predicar por diversas partes de la República y recoger limosnas para la restauración del antiguo templo guadalupano y para la coronación de la imagen.
Desde Tacuba, el día 30 de marzo de 1889 escribe, haciendo también alusión a su ministerio en el Colegio de San Joaquín y a su viaje a San Luís Potosí:
“Recibí su carta al venirme de San Joaquín a dar los ejercicios de colegiales y ordenandos, los cuales terminarán dentro de ocho días, y saldré luego para San Luís Potosí, y de allí, en Pascua, iré a otras tierras en busca de limosnas para la Colegiata de Guadalupe… A las Hijas de María de toda la República, les he asignado que paguen el alto-relieve que coronará el altar de la Sma. Virgen de Guadalupe, cuyo importe no bajará de diez mil pesos”.
Desde Durango, el día 27 de junio de 1889, expone algunas dificultades habidas con quienes se oponían a la restauración y coronación:
“Mi viaje por estas tierras ha sido una verdadera marcha triunfal desde que salí de México, y en esto veo un milagro de la Sma. Virgen de Guadalupe. Los masones han tratado de hacerme circo, pero les ha salido el juego cuco y contraproducente”.
Desde San Luís Potosí, el día 25 de agosto de 1889, invita a la entrega generosa, agradeciendo a la Santísima Virgen una curación. Aflora siempre su actitud interior de confianza en María:
“Antonia llegó hasta los bordes del sepulcro, para desde allí gritarles a muchas de las bobas, ¡Alerta! No hay que perder tiempo… Yo tenía plena seguridad de que Antonia no se moriría, fiado en que la Sma. Virgen de Guadalupe, andando yo en su servicio, no me había de dar ese pago”.
Desde Pachuca, el día 22 de mayo de 1892, describe las dificultades personales durante los viajes debido a “la falta de agua buena, el cambio de método y alimentos”. Pero todo le sirve para ser más devoto de María, puesto que, según él mismo afirma, estas dificultades “me han proporcionado muy buenas flores que ofrecer a la Sma. Virgen”. Se puede observar también su modo prudente de actuar y su referencia a las fiestas marianas del año litúrgico: “De colecta, nada he hecho hasta ahora, sino preparar una junta de los administradores de minas, para el día de la Asunción. ¡Ojalá sean generosos!”
La corona para la Virgen de Guadalupe la había encargado en París, durante un viaje a Europa (julio de 1891), en el cual tenía que arreglar también algunos asuntos relacionados con el testamento de su tío. Durante este viaje pasó por su inolvidable Oscott y practicó los Ejercicios Espirituales en el Colegio de San Edmundo de Londres (desde la tarde del 27 de julio de este año).
Desde Oscott escribe a sus Congregantes, dejando constancia de su amor a la Santísima Virgen en relación con su vocación sacerdotal y con su santificación. Son detalles inolvidables para él:
“Acabo de postrarme ante la Imagen de la Sma. Virgen que tantos años adorné y ante la cual nació mi vocación al sacerdocio. He orado en mi antigua banca de la capilla, ante el altar que innumerables veces adorné de flores… Me parecía tener 18 años de edad y nunca haber salido de mi querido Oscott, que fue el Edén de mi vida sobre la tierra. Mi alma no ha sentido menos consuelo y felicidad en esta visita, especialmente al renovar mis votos y promesas ante la Sma. Virgen, quien parece los ha aceptado, pues me he levantado de su presencia lleno de fortaleza y conformidad, animado de valor y resolución, sin abrigar temor alguno del porvenir, y con entusiasmo para seguir trabajando en mis obras con más empeño y constancia que nunca, muy especialmente en el adelanto espiritual de Uds., y en todo cuanto atañe a mi ministerio Sacerdotal” (Carta 3 agosto 1891).
Todavía en el año 1893, algunas dificultades provenían de los antiaparicionistas de Guadalupe, organizados para que no se aprobara el nuevo oficio de la Virgen, que había sido presentado en Roma el año 1890. Estas dificultades se sumaban a las que procedían de quienes no querían la coronación de la Virgen (a pesar de estar ya aprobada por el Papa).
Todas estas circunstancias explican la actitud del P. José Antonio al escribir una carta (11 julio 1893) al Sr. Arzobispo de México, Don Próspero María de Alarcón, exponiéndole filialmente su disponibilidad para continuar o no en las obras que se le habían confiado. El Sr. Arzobispo contestó el día 29 del mismo mes, estimulándole y ofreciéndole toda su confianza, para proseguir con entusiasmo las obras de la Colegiata, sin hacer caso de la oposición.
Los trámites para la aprobación del nuevo texto del Oficio sobre la fiesta Guadalupana (en que se ratifica la historicidad de los hechos) fueron muy intensos durante todo el año 1893, gracias a la colaboración de su sobrino el P. Francisco Plancarte. El decreto de aprobación se dio en marzo de 1894. El P. Jose Antonio, en carta a su sobrino, después de agradecer sus buenos oficios en Roma, le dice con alborozo: "Has grabado más indeleblemente nuestro apellido en los anales de la Santísima Virgen de Guadalupe ¡Dios te lo pague en el cielo!".

Estas circunstancias aumentaron la dificultades por parte de quienes se oponían a la coronación de la Virgen. Acusaron al P. José Antonio de malversación del dinero con que se había restaurado la Colegiata y de preparar una revolución para derrocar al Gobierno. Algunas acusaciones se referían a su honestidad sacerdotal, que él había conservado intachable gracias a su espíritu de oración y a su devoción mariana. En vísperas de la coronación, algunos le acusaron de haber sustituido las joyas por piedras falsas. El P. José Antonio se movía en otra onda más evangélica, como escribió en el periódico "El Tiempo": "¡Aquí está el palacio, coronad a la Reina! ¡Mi cabeza está cana, pero no hay mancha en mi frente! ¡Mi corazón está libre de resentimiento, perdonadme si os he ofendido! Rezad una Ave María por mí ¡y que viva la Reina de los Mexicanos Santa María de Gaudalupe!"


A pesar de tanta oposición, la coronación de la imagen de Guadalupe tuvo lugar el 12 de octubre de 1895. El pueblo mexicano, representado masivamente también por parte de los indígenas, estuvo allí presente, procedente de las veintiocho diócesis de México. Estaban también presentes once arzobispos y veintiocho obispos, más dieciocho obispos extranjeros (de Estados Unidos, Canadá, Cuba, Panamá). El P. José Antonio, como Abad de la Colegiata, de rodillas, pronunció el juramento (en nombre de los demás capitulares), de custodiar con honor la corona. Recordamos aquí solamente el texto final del juramento: "Que en adelante nada atentaremos de palabra ni por escrito ni de hecho en contra de la aparición de la Bienaventurada Virgen en la Colina del Tepeyac. Y con todas nuestras fuerzas procuraremos conservar esta corona sobre las sienes de la venerable imagen".
Después del juramento, el P. José Antonio prefirió quedar algo al margen, desde la capilla del Santísimo, con lágrimas de gozo y de dolor, al ver brillar la corona de la Virgen. Su participación era un premio que Dios reserva sólo para sus amigos, como partícipes de la cruz de Cristo.
El 27 de junio había sido nombrado Abad de Guadalupe y preconizado Obispo por León XIII. El P. José Antonio había aceptado este nombramiento (que habían pedido a Roma algunos Obispos mexicanos), sólo por amor a la Santísima Virgen y urgido por sus amigos.
Su “Vía Crucis” durante todos estos años intensos, llenos de servicios marianos, se hizo llevadero gracias a la presencia de la Santísima Virgen en su vida: “María es mi Madre”. En sus escritos personales afloran sus sentimientos más íntimos, con profundo tinte mariano. Dice así en una carta escrita el 15 de noviembre del año 1895, un mes después de la coronación:
"Ni la Coronación puede ver... Afortunadamente cumplí mi palabra: las obras quedaron terminadas. Cuarenta mitrados presenciaron la Coronación, y yo me sentí digno de llamar tío al grande hombre que proyectó cuanto yo hice por su mandato, es decir, el templo más hermoso de las Américas y la fiesta religiosa más solemne que ha visto el Nuevo Mundo. Loado sea Dios... Aún no ciño la mitra y ya la siento como corona de espinas"...
La Providencia amorosa de Dios se deja sentir por signos sencillos de la vida. Para el P. José Antonio, uno de estos signos, también de tinte mariano, fue el decreto laudatorio pontificio sobre el Instituto de las Hijas de María Inmaculada de Guadalupe (21 de mayo de 1896, León XIII).

En los años posteriores, ya cercano al día en que el Señor le llamaría para entrar en la vida eterna, todavía deja constancia de aquellos momentos de dolor y de gozo. Escribe el día 24 de febrero de 1897: "En la Coronación de la Santísima Virgen de Guadalupe, mis amigos quisieron erigirme un trono en el Tepeyac y yo tuve la debilidad de acceder a su empeño; pero afortunadamente mis enemigos lo convirtieron en cadalso y en picota de ridículo, y Dios en sus altos juicios así lo permitió, porque era necesario para la expiación". Efectivamente, habían sido sus amigos quienes, precisamente recordándole su amor a la Virgen, le habían pedido que aceptara el nombramiento de Abad y de Obispo, a pesar de sus deseos en contra.


Más adelante, con la venida del Visitador Apostólico (Mons. Nicolás Averardi) se aclararía su honestidad. Pero lo más importante, lo que más le interesaba al P. José Antonio, se había logrado: la coronación de la Virgen de Guadalupe. A él le tocaba en suerte “una vida escondida con Cristo en Cristo” (Col 3,3), parecida a la suerte de San José en su exilio hacia Egipto o en su regreso a la vida escondida en Nazaret: “Toma al Niño y a su Madre” (Mt 2,13-20).
El año 1898, pocos días antes de su muerte, durante el sermón de las siete palabras en la Semana Santa, comentaba las últimas palabras de Jesús ("todo está consumado"), casi como retratándose a sí mismo: "Yo todavía no puedo decirlo, no; no está todo consumado: ese culto a la Santísima Virgen de Guadalupe todavía es muy material, todavía no es lo que deseo... Las obras a mí confiadas, no están terminadas aún. En este templo expiatorio, Señor, apenas comienzan a rendirte culto... Estas mis hijas están todavía muy débiles... todavía me falta mucho para poder decir: Todo está consumado".
El 23 de abril de este año de 1898, no pudo levantarse del lecho, agravándose su enfermedad durante los días siguientes. El día 24 se confesó y recibió la unción de los enfermos y la sagrada comunión. Rodeado de sus Hijas y de algunos sacerdotes amigos, dijo: "Me encomiendo mucho a la Santísima Virgen de Guadalupe... Si a alguno ofendí, le pido perdón... Y si alguno me ofendió, no tengo en mi corazón ningún resentimiento... Pues nada... lo que Dios quiera". El Señor le llamó definitivamente el 26 de abril de 1898 en Tacuba (México,D.F.), después de haber hecho de toda su vida un “sí” como el “fiat” de la Santísima Virgen.
Las exequias se celebraron en la antigua Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, con la asistencia del Visitador Apostólico. En la cripta de la nueva Basílica, en la capilla de los Capitulares, quedan hoy sus restos mortales, junto a la Morenita, esperando la glorificación final.
María es mi Madre” había sido para él la aceptación gozosa y esperanzadora del testamento de Jesús en el Calvario. Su espiritualidad mariana le mantuvo en la fidelidad heroica a la Iglesia. María había modelado su corazón de sacerdote a imitación de Jesús. De ella aprendió la actitud que han tenido todos los santos, guiados por la acción del Espíritu Santo, y que ha quedado descrita así por el concilio Vaticano II al presentar a María como madre de todos los fieles y especialmente de los sacerdotes: “Se entregó total­mente al misterio de la redención de los hombres” (Presbyterorum Ordinis 18).
No me resisto a copiar una afirmación del P. José Antonio, que, aunque había sido escrita en la fiesta de la Natividad de María en el año 1884, refleja su actitud habitual de esperanza gozosa, que le unía a las celebraciones marianas de la Iglesia de todos los tiempos y también de la Iglesia del cielo:
“María era toda mi esperanza, y mi único consuelo… En estos momentos están cantando en el oratorio los misterios, y al oír esas voces angélicas, no puedo detener mis lágrimas de gratitud a esa Señora que me ha concedido celebrar su Nacimiento” (Carta a sus Congregantes, México, 8 septiembre 1884).
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