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Islam: el otro rostro


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Eva de Vitray Meyerovitch “Islam: el otro rostro”



Conversaciones con Rachel y Jean Pierre Cartier
Cuando penetramos en su despacho para comenzar estas conversaciones, inmediatamente atrajo nuestra mirada un gran libro atado y colocado bien a la vista, en medio mismo de su mesa de trabajo, uno de esos libros cuya cubierta apetece acariciar largamente, antes de sumergirse en él.

“Me llegó esta mañana”, nos dijo ella, y bajo la neutralidad del tono, nos pareció adivinar un cierto orgullo. Orgullo sin lugar a dudas legítimo, pues se trataba de una obra a la cual Eva de Vitray-Meyerovitch había consagrado, durante 10 años, todas sus fuerzas y todo su talento: el Mathnawî de Djalâl-ud-Din Rûmi. 50.000 versos de una singular belleza que no habían sido nunca traducidos al francés, un inmenso canto de amor, el corazón a corazón de uno de los más puros místicos de la humanidad y de su Dios.


INDICE

Prólogo

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

FUENTE: www.webislam.com

PRÓLOGO

Tan solo unas breves palabras antes de que el lector se sumerja en la lectura de este libro que tan buenos momentos me ha hecho pasar y que me ha hecho descubrir la vida excepcional de un personaje que como yo, mujer de cultura europea optó por el Islam como su Vía.


ATraduttore, traditore dice el refrán, aunque no soy traductora profesional, he intentado ser lo mas fiel posible al espíritu de Eva de Vitray y al de los periodistas que la entrevistaron, por ello pido disculpas si quizá mi traducción no ha sido todo lo correcta que se pueda esperar, pues fallos habrán, pero bueno, como se dice, todo es mejorable.
Por último, deseo hacer manifiesto mi agradecimiento a dos personas que de forma directa e indirecta respectivamente, han hecho posible esta traducción a la lengua castellana:
A mi amigo Jalil Gómez Bárcena, quien cuando supo que había elegido el nombre de Hawwa para este nuevo ciclo de mi vida, me entregó este libro sobre Aotra Hawwa de quien podemos tomar ejemplo por su tenacidad y valor ante la vida, y sobre todo por (como decía ella): no hacer trampa nunca.
A Abdelmumin Aya, que no por ser segundo es menos importante, porque gracias a él volví a recordar aquello en lo que yo creí en mi adolescencia y que había dejado en la nebulosa del olvido a fuerza de tanto correr en esta sociedad competitiva y superficial. Me hizo recordarme y digo bien, recordarme, porque volví a reconocer en mí lo que realmente había sido siempre o como él suele decir, lo único que he podido y que hemos podido ser siempre, pues es lo único que nos queda si nos lo quitan todo: ser Musulmana.
Y gracias a todos los que habéis facilitado la publicación de esta traducción a fin de que muchos más tuvieran la oportunidad de conocer a esta gran mujer y junto con ella a ese gran genio de la espiritualidad universal que fue y sigue siendo, Djalâl-ud-Din Rûmi.
Que disfrutéis de estas páginas y que Allah os bendiga con Su baraka,

Hawwa Morales



INTRODUCCIÓN

Cuando penetramos en su despacho para comenzar estas conversaciones, inmediatamente atrajo nuestra mirada un gran libro atado y colocado bien a la vista, en medio mismo de su mesa de trabajo, uno de esos libros cuya cubierta apetece acariciar largamente, antes de sumergirse en él.


“Me llegó esta mañana”, nos dijo ella, y bajo la neutralidad del tono, nos pareció adivinar un cierto orgullo. Orgullo sin lugar a dudas legítimo, pues se trataba de una obra a la cual Eva de Vitray-Meyerovitch había consagrado, durante 10 años, todas sus fuerzas y todo su talento: el Mathnawî de Djalâl-ud-Din Rûmi. 50.000 versos de una singular belleza que no habían sido nunca traducidos al francés, un inmenso canto de amor, el corazón a corazón de uno de los más puros místicos de la humanidad y de su Dios. Más que un libro, una verdadera pista de despegue, lo que Rûmi mismo nos sugiere diciendo:
“Yo no he cantado el Mathnawî para que uno lo lleve consigo, para que lo repita, sino para que uno lo ponga bajo sus pies y vuele con él”.
Hace ya varios años, que el astuto azar pareció querer ponernos en el camino de Eva de Vitray-Meyerovitch. Ese famoso azar en el que, Rachel y yo, vemos de buen grado, a la Providencia. La conocimos en casa del Sheij Ben Tounès cuando escribíamos Profetas hoy en día. Esto nos dio la idea de sumergirnos en sus obras y de descubrir, a través de ella y con un intenso entusiasmo, los tesoros de la literatura mística musulmana. Descubrimiento que, aún hoy, es una de las fuentes de nuestra alegría.
Sencillamente, cuando escribimos Mujeres de Luz, quisimos preguntar a Eva de Vitray-Meyerovitch lo que pensaba del tema de nuestro libro. Y con igual sencillez, la conversación que tuvimos con ella dejó en nosotros ansia de más. Descubrimos en esta mujer tan sabia tal calidad de corazón, tal ardor en la búsqueda, tal amor por los místicos musulmanes y evidentemente, por su querido Rûmî que, poco a poco, la idea del presente libro se fue imponiendo en nosotros.
La guerra del Golfo estaba entonces a punto de entrar en su fase militar, el aire que respirábamos estaba cargado de miedos y de malestar y también, en algunos, de una extraña exaltación guerrera. Rachel y yo, estábamos entonces desamparados sintiendo aumentar a nuestro alrededor una ola de desconfianza y de odio hacia el Islam. Los períodos de tensión, como los que conocimos entonces, son propicios a simplificaciones groseras y a amalgamas dudosas. Incluso de algunos de nuestros amigos nos llegaban razonamientos que nos helaban el alma: “Sois realmente demasiado inocentes. En vuestros dos últimos libros, habéis hecho hablar gentes que presentan el Islam como la religión de la tolerancia y de la mística pura. Abrid por fin los ojos; el verdadero Islam, aquel que vosotros no queréis ver, es el de los ayatollahs o de Saddam Hussein, el Islam del odio, de la guerra santa, una amenaza constante que tenemos que combatir si no queremos dejarnos devorar”.
Cuanto más avanzábamos en la crisis, más teníamos el sentimiento de vivir un insoportable malentendido. Imagino que numerosos cristianos han vivido tal sufrimiento. Todos aquellos que, maravillados, conmovidos por el mensaje de amor de Jesús, vieron a sus “hermanos” perseguir a los judíos, quemar a los heréticos, predicar las cruzadas o reducir a la esclavitud, en nombre del Cristo, poblaciones sin defensa.
Nosotros, cuyo corazón se abrasaba leyendo los cantos admirables de Rûmî, de Al Hallaj o de Ibn ‘Arabî, sabíamos bien que el Islam, en su profundidad, no podía ser aquel de los integristas. Ni tampoco que, el verdadero cristianismo, podía ser aquel de los grandes inquisidores de otro tiempo o de los integristas de hoy en día. Sabíamos, utilizando las palabras de Carlo Carretto, que si la teología divide, la mística une a los hombres de todas las tradiciones y que a un cierto nivel del ser, todos los “creyentes” viven la misma experiencia.
Estas conversaciones con Eva de Vitray-Meyerovitch han sido para nosotros, momentos realmente privilegiados. Para nosotros, que somos cristianos y que nos sentimos cómodos en nuestra tradición, fue una fortuna conocer, a través de esta mujer excepcional, este Islam que amamos, el Islam de los místicos. El Islam de la ternura.

CAPÍTULO 1

Antes incluso de haber tenido el tiempo de reflexionar, la primera pregunta que se nos ha ocurrido, Eva de Vitray-Meyerovitch, es la siguiente: ¿Cómo una mujer joven nacida en la aristocracia francesa y educada entre religiosas ha podido hacerse musulmana? ¿Qué pasó y por qué?


No soy la única en haber hecho este periplo. Tengo varios amigos y amigas que, educados como yo en el más tradicional catolicismo, fueron atraídos por el Islam. Mi camino no es, por ello, tan extraordinario como parecen pensar.
Creo que influyó mucho en mí una de mis abuelas que era de origen escocés y de religión anglicana. Ella se convirtió al catolicismo para casarse con mi abuelo. A menudo me decía que, en su opinión, pasar de la “high church” al catolicismo había consistido simplemente en aceptar al Papa, lo que no era muy importante.
¿Ella se convirtió entonces para casarse?
Mi abuelo insistía en casarse por la iglesia. Lo que me ha sorprendido siempre de mi abuela, es que ella era de una honestidad innata. Había en ella ese rigor que yo a veces tuve la ocasión de admirar en otros. La idea era jamás hacer trampas. Al punto que en ella, la mentira más inocente era considerada como algo muy grave. Creo que esto me influyó mucho.
He vivido una infancia muy católica. Asistía al mes de María con mi abuela, hice mi primera comunión. Creo poder decir que fui una pequeña muy piadosa. No imaginaba entonces que se podía ser de otra forma.
¿Ud. fue educada con las religiosas?
En parte. Con religiosas de carácter laico tras la ley de 1905 sobre las congregaciones. Debo decir que eran bastante aburridas.
¿En París?
Primero en Bolonia, en un pensionado para jóvenes de todo el mundo. Mas tarde, mi madre se volvió a casar y se instaló en París. Continué entonces mis estudios en un colegio situado cerca de Nôtre-Dame. Una cantera de jóvenes de buena familia donde la atmósfera era muy tradicional.
¿Sufrió?
No realmente. De hecho, no me molestaba mucho porque, para mí, la fe iba más allá de ese conformismo, de ese molde donde se nos quería fundir. Se iba a misa y, saliendo, íbamos a comprar pasteles en la pastelería. Cosas de este género, pero yo, yo vivía otra cosa. A los 18 años me imaginaba que quería ser carmelita. Pienso que hoy habría sido una muy mala carmelita.
Continué mis estudios, empollé latín-griego, después hice una licenciatura de Derecho. Comencé enseguida un doctorado de filosofía, aunque estoy anticipando el futuro...
¿Y durante sus estudios, fue siempre una buena joven católica?
No, porque el catolicismo que me habían enseñado me planteaba muchos problemas.
¿En qué época más o menos?
En los años 25 a 30. Debía soportar el conformismo que me envolvía y cuando hablaba de mis problemas con los sacerdotes, ellos me respondían invariablemente que no estaba bien tener dudas y que me faltaba rezar al Señor para que me las quitara. De hecho, no me respondían nada satisfactoriamente. Su autoritarismo me hacía sentir más incómoda con ese deseo mío de no hacer trampa, me era imposible poner entre paréntesis todas las cosas que me molestaban, pues tenía el sentimiento de no poder ser verdaderamente fiel a mi tradición.
Cuando tuve 18 años y empecé a hacer filosofía, ese malestar que sentía se hizo insoportable. Tenía el sentimiento de que, para satisfacer una necesidad de experiencia religiosa me hacía falta poner de lado todo lo que me molestaba. Había allí algo impuro. Un poco el equivalente de un amor físico sin amor, así de simple.
¿Qué ponía entonces entre paréntesis?
Todo el dogmatismo de la Iglesia católica. Había estudiado, no obstante, bastante historia para leer la de los concilios y para saber, por ejemplo, que los primeros textos de los Evangelios que poseíamos databan del siglo IV y de que se trataban de traducciones de traducciones. Conocía bastante griego para saber que puede haber una gran diferencia entre una expresión helenística y una expresión de origen semítico.
¿Por ejemplo?
Por ejemplo ese término tan importante de “Hijo de Dios”. En griego el término utilizado significa realmente el verdadero hijo, el niño, mientras que en Isaías, significa el servidor. No es ni mucho menos la misma cosa. Había allí algo muy vago que había sido endurecido por las declaraciones conciliares y que dolía admitir.
Para permanecer en mi “comunidad” habría hecho falta, como ya os he dicho, poner todo eso entre paréntesis y realmente, yo no podía hacerlo. Conocí no hace mucho a un joven sacerdote muy simpático que me hizo una extraña declaración: “Me siento profundamente cristiano pero cuando digo la misa, no creo en la transubstanciación”. Yo, si fuese sacerdote, preferiría lanzarme por la ventana antes que decir la misa sin creer en la transubstanciación.
¿Se puede decir entonces, que le molestaba principalmente los dogmas?
Se puede decir. Me hacía daño soportar el autoritarismo de la Iglesia y tenía que plantear preguntas de este tipo: “¿Con qué derecho la Iglesia proclama en 1943, creo, el dogma de la Asunción?”
En mi opinión, la Iglesia tiene el derecho de hacer juicios de valor pero no juicios de hecho. Para darles un ejemplo ¿Cuando se equivocó? ¿Cuándo condenó a Galileo ó cuando lo rehabilitó? Todo esto me molestaba atrozmente y me decía cada vez más a menudo: “Si permanezco porque deseo ir a comulgar el domingo por la mañana, es mentir. Es perfectamente impuro”.
Pero al mismo tiempo cuando Ud. iba a comulgar ¿Vivía algo profundo?
Me es difícil recordar cuales eran mis sentimientos en aquella época, pero temo no haberlo sentido demasiado. Era perfectamente sincera, pero sin saberlo realmente. Experimentaba sobre todo la necesidad de una experiencia religiosa.
Era una joven que se planteaba muchas preguntas.
No cesaba de hacerlo.
¿Tenía un director de conciencia?
No especialmente. Me iba a confesar sin importarme mucho donde, pero cada vez me entristecían esas continuas restricciones mentales, todas las cosas que no podía decir. Aún hoy... Tuve ocasión recientemente, de tener una conversación con un teólogo importante. Ud. me dirá que cincuenta años han pasado desde mis dudas de joven y que ha habido un Vaticano II, pero aún así, me sorprendió muchísimo oír a este sacerdote decirme, en respuesta a una de mis preguntas: “¿Pero quién cree aún realmente en el purgatorio, en el infierno o en el pecado original? Para mí, estas son invenciones de teólogos para explicar las lagunas de la naturaleza humana.”
Sin embargo, de cara a este hombre brillante y que no es criticado por su Iglesia, no pude abstenerme de preguntarme: “¿Pero que queda si él quita todo esto? El se desembaraza de todo lo que le molesta”. Y yo, yo no podía desembarazarme de todo lo que me molestaba.
¿Ud. habría visto esto como una deshonestidad intelectual?
Quizá no, pero ciertamente habría tenido la impresión de hacer algo parecido. Ir a comulgar en estas condiciones me habría parecido impuro. Es por ello que preferí dejarlo estar. Corté radicalmente.
No obstante, esa necesidad de experiencia religiosa permanecía aún en el fondo de Ud.
Es sin duda por ello que engañaba mi apetito leyendo los místicos. Estudié también un poco de sánscrito y mucha filosofía hindú, pero esto tampoco me colmaba. Sentí sin embargo un poco más de libertad porque al menos, no había un clero, una jerarquía para decirme: “Fuera de la Iglesia, no hay salvación”.
Insistí, me sumergí por ejemplo en la Bhagavad Gîta que se convirtió en uno de mis libros de cabecera. También estudié el budismo, pero todo ello queda sin embargo un poco fuera de mí. Un poco libresco. Tenía gran admiración por el budismo, por su compasión universal, por el amor a los animales, por la ausencia de dogmas, pero todo ello quedaba un poco lejos. Tanto más considerando que si bien había hecho un poco de sánscrito, no conocía nada del pali o del tibetano. Para hacer las cosas seriamente, habría hecho falta ir al Tíbet para estudiar con los maestros, lo que me era para entonces completamente imposible.
¿Puede ser que no era su llamada?
No era en todo caso mi destino. Tengo una amiga que es budista y que es una mujer del todo excepcional, pero ella ha vivido en el Nepal, ella ha ido al Tíbet y ha tenido eminentes maestros tibetanos. Ello me era del todo difícil ya que me había casado cuando no tenía más que 22 años, bastante antes de la guerra.
Mi marido tenía mi misma edad y éramos los dos estudiantes, los dos apasionados por los estudios. El preparaba un diploma de ingeniero y yo un doctorado del cual el tema de la tesis era: “Lo simbólico en Platón”. Además tuve que hacer 3 años de estudios de psiquiatría para intentar establecer una discriminación entre el pensamiento simbólico normal y el pensamiento simbólico patológico. Era un hermoso tema que finalmente abandoné para tratar la filosofía musulmana.
Volveremos a ello. Lo que nos sorprende en Ud. es que fue durante toda su vida una estudiante consagrada. Parece haber nacido para estudiar.
Lo adoro. Creo que el más bello regalo que una buena hada pudiese hacer a un niño, es concederle la curiosidad. Todo me interesa y yo, que soy ya muy anciana, pienso que la vejez, es decirse a uno mismo: jamás aprendería el chino o la física nuclear. Incluso el aprendizaje de las cosas manuales me apasiona. Habría querido hacer alfarería o ebanistería.
¿No aprendería no obstante física nuclear ahora?
¡Ciertamente que no! ¡Y no lo haría porque nunca he sido capaz de resolver la más mínima ecuación! Digo esto para explicarle que la vejez, en mi opinión, comienza cuando se pierde la curiosidad. Todavía tengo una apasionada curiosidad.
Además si bien no soy físico, he conocido de cerca eminentes físicos nucleares. Antes de la guerra, trabajé como administrativa principiante en el laboratorio de Frédéric Joliot-Curie quien, con su mujer Irene habían obtenido el premio Nobel en 1935 por su descubrimiento de la radioactividad artificial. Viví allí un periodo extraordinario.
¿Sin embargo, Ud. no era científico?
En absoluto. Por otra parte, Joliot me pinchaba siempre diciéndome: “¡Ah! ¡Uds. los pobres literarios! Puedo leer Shakespeare tan bien como Uds., pero Uds. no pueden comprender el cálculo diferencial”. Yo bajaba la nariz diciendo: “Es verdad, señor”.
Éramos buenos compañeros. Su mujer y él eran adorables. Estaban en el Collège de France, cerca de mi casa pues yo vivía ya aquí, en este apartamento que siempre me ha servido al menos de apeadero y donde han estado siempre mis libros. En aquella época, Frederic Joliot estaba trabajando en la bomba atómica. Recuerdo que no cesaba de reclamar al ministerio de la Guerra un perímetro en el Sahara para hacer los primeros ensayos. Pero el ministerio siempre lo enviaba a paseo.
El 11 de mayo de 1940, me telefoneó aquí diciéndome: “No puedo decirle nada. Los alemanes están a las puertas de París. Coja a su hijo, su dinero, sus joyas si tiene y venga pronto. Hay un coche que la llevará lejos de París”. En este coche, había la única botella de agua pesada que existía en la época. Supe más tarde que la consigna era suicidarse antes que decir lo que era. A mí, me hubieran podido preguntar pues no sabía nada.
El coche me dejó en Le Loiret, en casa de una de mis amigas de la infancia que fue posteriormente la suegra de mi hijo mayor.

CAPÍTULO 2

Entonces la tenemos en plena guerra, huyendo y con un bebé en los brazos. ¿Su marido estaba en el frente?


Estaba haciendo su servicio militar cuando se declaró la guerra. Tras la derrota se alistó en las Fuerzas Francesas Libres y estuve cuatro años sin noticias suyas. Joliot estaba en América y yo ya no tenía trabajo en París. Viví sola con mi bebé en Corrèze, cerca de Brive. Allí me quedé toda la guerra, vi pasar la división que masacró a la gente de Oradour.
Hacia el principio, a mitad de la noche, tuve la visita de la Gestapo. Buscaban a mi marido porque, justo después del armisticio, se había quedado en Brive algún tiempo antes de partir para España y Londres. Tenía entonces una cartilla de racionamiento, lo que permitió a los alemanes volver a encontrar su pista.
La gente me pregunta a menudo si creo en los milagros. ¡Pues bien! Sí, creo en ellos porque aquella noche, viví uno. Eran las tres de la mañana cuando la Gestapo llegó. La valerosa gente con la que yo vivía había partido para una boda. Estaba sola en la villa con mi hijo pequeño de tres años.
Cuando abrí la puerta, me encontré de cara con un tipo que parecía Frankenstein. No tenía ni siquiera un aire maligno, era peor. Llevaba el uniforme con la calavera y tenía un aspecto perfectamente limpio, correcto y los ojos tan vacíos como los de un drogado. Tenía la impresión de que si se le hubiera dicho: “Ve a cortar a tu madre a trocitos”, habría partido al punto a hacerlo después de haber gritado “Heil Hitler!”. Su compañero era un soldado de la Wehrmacht con aire de estar aburrido de sí mismo. Me preguntaron dónde estaba mi marido. En aquel momento, me desdoblé. Había una parte de mí que se moría de miedo. Me decía: ”Si me capturan y si me torturan, podría ser capaz de denunciar a los compañeros de la resistencia. No se sabe nunca lo que se puede hacer y decir bajo la tortura. Si me deportan, el pequeño morirá y mi marido no encontrará a nadie al regresar de la guerra.” Estaba aterrorizada pero, al mismo tiempo, otra parte de mí me escuchaba hablar en una especie de argot berlinés que ignoraba totalmente. Recuerdo haber pronunciado esta frase: “Mi marido, ha debido partir con una fulana cualquiera, pero tanto me da”.
¿Pero Ud. sabía alemán?
Un poco, pero el de Kant y el de Hegel. En absoluto el de los bajos fondos berlineses. En este extraño desdoblamiento, me escuchaba hablar con estupor y al mismo tiempo había algo en mi corazón que pedía perdón a mi marido de acusarlo así. Vi entonces, asomar en el rostro impasible de este oficial alemán, una pequeña chispa de humanidad y me dijo que hablaba bien el alemán. “Natürlich”, me sentía exclamar. Tras lo cual él le dio un golpe de codo a su compañero y le dijo: “Esta bromeando, no tiene nada que esconder”. Se fueron y me encontré jadeante. Tuve tal crisis de temblor que reduje a trizas un paquete de cigarrillos, valioso por cierto, pues lo cambiaba por pan. Nunca comprendí lo que me pasó. Es por ello que creo en el milagro.
¿Y desde entonces no volvió nunca más a hablar en argot berlinés?
Nunca. ¡Por otra parte aún hoy en día, no se como se dice la palabra “fulana” !
Había numerosos maquis en Corrèze. ¿No la contactó la resistencia?
Sí, naturalmente. Escondíamos gente... Pero Uds. saben bien que no me gusta mucho hablar de mí. He podido ver de bastante cerca los horrores de la guerra. He visto, ya les dije, pasar la división Das Reich, responsable de los ahorcamientos de Tulle y de la masacre del Oradour y la villa donde yo vivía estaba muy cerca de la Kommandantur donde gritaba la gente que torturaban.
Así mismo encontré el medio de salvar a un oficial alemán porque realmente se lo merecía. Yo no tenía mucho dinero en aquello época. Pertenecía a la Educación Nacional, pero no había una delegación de Educación Nacional en Brive. Tuve la suerte de poder entrar en Philips como documentalista y como no tenía un gran salario, había puesto un anuncio en un periódico para proponer lecciones de latín, griego, inglés o de francés. Inmediatamente, un oficial alemán se presentó para perfeccionar su francés. Quería rechazarlo pero me pareció que se lo hubiera tomado mal. “Su anuncio es de esta mañana” me dijo. Estaba muy turbada porque la gente con los que vivía no querían saber nada de recibir en su casa un oficial alemán. Cortó rápidamente mis dudas diciéndome: “Tendría que venir a mi hotel porque, estando en transmisiones, debo quedarme cerca de mi teléfono.”
Me veo llegando al hotel. Era joven, tímida. En la recepción cuando pronuncié el nombre del oficial alemán, la patrona me miró como si no fuese nada. Le expliqué lo que me pasaba, le dije que me moría de miedo y añadí: “Si llamo, venga pronto”.
Finalmente, todo fue bien. El oficial se mostró muy amable, muy cortes. Tenía un hermano que acababa de ser muerto en el frente ruso. Cierto que no teníamos relaciones amistosas pero siempre fue muy correcto. Era de origen yugoslavo.
En el momento de la liberación, vi que le hacían subir a un camión y me hice garante por él. Es así como le salvé. Pensé que había que hacerlo.
Ud. estaba entonces bien introducida en la resistencia.
Un poco. Lo suficiente en todo caso para obtener el primer bono de transporte para irme a París. Había recibido, en efecto, una tarjeta de mi marido diciéndome que acababa de llegar. Es así como nos volvimos a encontrar tras cuatro años de separación. Había sido herido durante la campaña de Francia. Habíamos perdido absolutamente todo, nuestro apartamento estaba vacío y tuvimos que partir de cero. Muy pronto, tuvimos un segundo hijo. Conocí un período absolutamente duro pues durante la guerra me reventé haciendo todos los días diez kilómetros a pie para ir a mi trabajo. Tuve una anemia muy severa y estuve enferma durante cuatro años.
Por supuesto, esto no bastó para apagar en mi la sed del estudio. Encontré el medio de pasar un concurso que era más o menos el equivalente al E.N.A. de hoy, lo que me permitió elegir uno de los grandes cuerpos del Estado como administrador civil. Elegí el C.N.R.S. donde, continuando con la preparación de mi tesis sobre el simbolismo en Platón, dirigí el servicio de ciencias humanas. Más tarde, a fin de disponer de más tiempo para mi tesis, solicité mi traslado al cuadro de investigadores.
Las ciencias humanas, como profanos este campo nos resulta vago. ¿Podría decirnos que hacía exactamente en el C.N.R.S.?
Organizaba coloquios, conocía gente, hacía un primer examen de sus candidaturas para dirigirlos hacia las comisiones competentes. Toda mi vida, tuve la suerte de conocer gente apasionante.
Ya les he hablado de Joliot-Curie. Le volví a encontrar tras la guerra cuando fue nombrado alto-comisario de la energía atómica. Es en ese momento cuando se decidió que, para remplazarlo en el C.N.R.S., hubieran dos directores, uno para las ciencias exactas y otro para las ciencias humanas. Fui la adjunta al director de ciencias humanas y, cuando murió en 1954, lo remplacé a la cabeza de este servicio. Asumí esta dirección de una manera un poco rara pues era un puesto al que, administrativamente, no tenía derecho. Ocupaba la oficina del director, ejercía la función de ... Era demasiado absorbente. Tanto que no tenía mas tiempo para mi tesis. Fue cuando me di cuenta de esto que pedí ser ingresada en el cuadro de investigadores.
¿Ser una mujer nunca le ha supuesto problemas en este tipo de medios?
Para nada. Era mucho menos difícil con los funcionarios que en lo privado. En primer lugar, teníamos el mismo salario que los hombres. Hay que decir que en aquella época, no había muchas mujeres que hacían lo que yo. Cuando pasé mi licenciatura en derecho, fui la primera de mi promoción. Evidentemente, esto me disponía un poco de cara a los chicos pero hay que decir que siempre trabajé mucho.
¿Se quedó mucho tiempo en la C.N.R.S.?
Hasta el final de mi carrera. Pero no me quedé siempre en mi oficina, he tenido sucesivos destinos.
¿Por ejemplo?
En el 69, por ejemplo, como conocía bien el mundo árabe, fui destinada por cinco años como profesora en la universidad de Al Azhar en El Cairo. Enseñé allí filosofía comparada. Tomaba un tema, la noción del tiempo por ejemplo y lo examinaba como debía ser tratado por la filosofía occidental y por la filosofía oriental. Era apasionante.
Egipto, en aquel entonces, era un paraíso. No pueden imaginarse lo que era el Cairo hace veinte años. Vivía en casa de amigos egipcios, traducía Rûmî y bajo mis ventanas, veía el Nilo y los barcos que tenían todavía las mismas velas que en tiempo de los Faraones. Desde entonces, se construyeron los infames rascacielos.
Era la dulzura de vivir. Se podía callejear. Y además, estaba la gentileza egipcia. Todavía existe pero ahora, los egipcios tienen demasiados problemas económicos, una demografía galopante, embotellamientos insoportables. La vida se ha vuelto demasiado difícil. Algunos de mis alumnos de entonces siguen siendo mis amigos.
Volví a Francia en el 73 y a partir de entonces, he tenido cantidad de misiones en el extranjero. En Libia, Kuwait, Arabia Saudita y nuevamente en Egipto.
¿En qué consistían estas misiones?
La mayor parte del tiempo, estaba encargada de hacer conferencias en esos países.
¿Conferencias sobre qué?
Eso dependía. En Kuwait, me pidieron hacer conferencias sobre el Islam, en Libia sobre el sufismo, o bien comparar las filosofías occidental y oriental. Fui a Irán en tiempos del Shah, a Sudán, al Magreb y a Turquía cantidad de veces.
Turquía, además, siempre ha sido para mí, mi país predilecto. Fui al menos diez veces a Konya. Pero también he ido diez veces a Marruecos y quince veces a Argelia. Al mismo tiempo, escribía o traducía libros. Creo que debo haber salido al menos unas cuarenta veces.
Háblenos un poco de sus libros. ¿Cuál fue el primero?
Traducciones del inglés que eran, hay que decirlo, traducciones alimentarias. Tras la guerra, mi marido era todavía estudiante y, como les dije, no teníamos nada. No teníamos tan siquiera cuenta en el banco. Intentaba no aceptar cualquier cosa, solamente cosas que me interesaban. Libros de sociología, un libro sobre la China que había aparecido en Payot. Trabajaba todo el día y por la noche me ponía a traducir.
También escribí personalmente un libro sobre Enrique VIII que me había sido encargado por Julliard porque él sabía que era anglicista e interesada por la historia de Inglaterra. Este libro se inscribía en una colección dirigida por Georges Pernoud y que se llamaba: “Hay siempre un reportero” . Fue traducido al alemán y al finlandés.
¿Se interesaba particularmente en Enrique VIII?
No. Fue Georges Pernoud quién me lo había propuesto. Buscaba un buen anglicista. Ya saben, el inglés de la época de Enrique VIII es un poco como el francés de la época de Carlos V. Puedo decirlo porque también escribí un libro sobre Christine de Pisan, lo que me ha permitido compararlo. Me nutrí de literatura inglesa. Con mi querida abuela de la que les he hablado tanto, aprendí el inglés antes que el francés.
Pero Enrique VIII era más bien todo un personaje...
Que va!. Era un Barba Azul. Un villano, pero la época era apasionante. Estaba Thomas More. Y además, bajo Elizabeth, esa tradición del hermetismo, los alquimistas. Y también ese extraordinario personaje que fue el cardenal de Cues. Ese cardenal alemán que, desde 1437, preconizaba la reunión de un concilio entre judíos, cristianos y musulmanes. Leía el Corán en árabe y había escrito páginas absolutamente asombrosas. Por ejemplo estas:
“Cuando el Corán dice que no hay que decir Hijo de Dios, tiene razón porque esto presta a confusión. Cuando el Corán dice: “Cuando habléis de Dios, no habléis de la Trinidad”, tiene razón porque la gente cree que él es tres Dioses.”
Hay miles de desgraciados que fueron quemados por mucho menos que eso.
Estaban también Marsile Ficin, Arnaud de Villeneuve y ciertos alquimistas que se encontraban muy cerca de los principios del Islam. Todo este movimiento fue completamente asfixiado en el siglo XV por el horrible Papa Borgia.
A pesar de todo, esta corriente hermética continuó, a lo largo de los siglos, avanzando subterráneamente para resurgir a finales del Siglo de las Luces y para desarrollarse en el romanticismo alemán.
Esto me recuerda que hace cierto tiempo, el superior de una abadía benedictina vino a verme. Había escrito una amable carta, de una bella y fuerte escritura, diciéndome que hacía falta un libro sobre la mística musulmana y que él quería hablar conmigo. Me sentí de lo más halagada ya que venía a París expresamente para verme. Vi llegar a un benedictino bastante frío al principio, muy instruido y rápidamente, discutimos muy fraternalmente. Al final, le dije: “Padre, no cree que es una lastima que tantos encuentros hayan faltado en la Historia? Estaban los Templarios, los Elisabetianos, los precursores de Shakespeare con todo ese universalismo que se ha ocultado”. Sonrió y me dijo: “La única cosa que me consuela, señora, es pensar que decimos todos la misma cosa”.
Todos los Benedictinos no dirían lo mismo. Conocemos algunos que son muy oscurantistas.
Eso depende del Padre Abad. Personalmente, tengo un montón de amigos benedictinos. Son en general muy abiertos.
Hemos hablado un poco de su vida personal y, estando en ello, nos hemos anticipado mucho. Me gustaría que volviéramos un poco hacia atrás y que nos hablase de su encuentro con el Islam.
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