Página principal

Introducción: Del desierto a la misión Un camino de desierto hacia la misión


Descargar 439.21 Kb.
Página1/4
Fecha de conversión21.09.2016
Tamaño439.21 Kb.
  1   2   3   4





"SEGUIRÉ CAMINANDO POR EL DESIERTO"
Ejercicios Espirituales del P. José Antonio Plancarte y Labastida

Por Mons. Juan Esquerda Bifet


INDICE

Introducción: Del desierto a la misión
1. Un camino de desierto hacia la misión
A) La luz de una llamada vocacional (1856-1862)
B) La entrega evangélica para siempre (1862-1865)
2. Un camino de desierto en la misión de párroco y fundador
3. Un camino de desierto como misionero apostólico y Abad de Guadalupe
4. Las características de un camino misionero por el desierto: la dinámica santificadora y apostólica de los Ejercicios
A) A partir de un amor apasionado por Cristo

B) El realismo de conocerse con franqueza

C) Confianza inquebrantable en el amor y misericordia de Dios

D) Seguimiento evangélico radical

E) Santificarse en relación con la actividad apostólica

F) Una vida teologal que unifica el corazón

G) Compartir la suerte de Cristo crucificado y resucitado

H) Un plan de vida realista, comprometido y perseverante

I) Con María y como Ella

J) Entrega apasionada para anunciar a Cristo sin fronteras


A modo de conclusión: El camino del "desierto" ha florecido en frutos espirituales y apostólicos
Apéndice: Cronología de los Ejercicios Espirituales del P. José Antonio Plancarte y Labastida

Introducción: Del desierto a la misión
No es frecuente poder disponer de los apuntes privados de Ejercicios Espirituales de una figura histórica de gran relieve misionero. Este es el caso excepcional del P. José Antonio Plancarte y Labastida, estudiante en Inglaterra y Roma, párroco, misionero apostólico y Abad de Guadalupe. Su vida discurre entre 1840 y 1898.
Son 27 Ejercicios Espirituales de los que queda constancia, celebrados entre 1857 (durante los estudios en Inglaterra) y 1897 (año anterior a su muerte). De todos ellos se conserva alguna referencia, especialmente en su Diario espiritual, pero de ocho Ejercicios nos han llegado los apuntes casi siempre completos y recogidos en forma de cuadernos manuales muy manejables.
Es interesante descubrir en estos textos el itinerario espiritual de un apóstol enamorado de Cristo, de María y de la Iglesia, que gasta su vida por la salvación de las almas, es decir, por la evangelización.
Se descubre, en el trasfondo, una dinámica que consiste en adentrarse frecuentemente en el "desierto" de la oración, al estilo de Jesús, para después darse plenamente al apostolado, sin dicotomías y sin perder la "unidad de vida" (PO 14). Parece actualizar los pasos de Jesús:
Desierto: "Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto" (Lc 4,1).
Misión: "El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva" (Lc 4,18).
La actitud que el P. José Antonio va asumiendo en los Ejercicios de cada año, se repite y afianza en retiros espirituales mensuales, visitas a santuarios, exámenes de final de año. El Diario espiritual completa y ambienta los contenidos del texto y los propósitos de Ejercicios.
El texto de los Ejercicios de 1963, ya seminarista en Roma, es un punto obligado de referencia. Junto con el texto de los años 1864-1865, es un programa de vida sacerdotal que se irá reafirmando y perfeccionando en todos los Ejercicios sucesivos. Ese texto de 1863 resume también las líneas ignacianas presentadas por eminentes jesuitas. Naturalmente, habrá que distinguir la terminología y las insistencias de la época, diferentes de la nuestra, pero sin perder de vista los contenidos fundamentales comunes y permanentes.
Las actitudes que se reflejan en todos los Ejercicios oscilan, en una tensión de equilibrio, entre la entrega a la oración y meditación de la Palabra (que en la presente publicación llamamos "desierto") y la entrega total al seguimiento evangélico de Cristo en vistas a la misión. Es decir, es una dinámica de pasar del "desierto" a la misión evangelizadora.
Son, pues, Ejercicios que reflejan un alma contemplativa y misionera. De hecho describen un camino misionero del desierto a la misión. La noche del 29 de abril de 1883, arrodillado sobre la piedra del Calvario, dejó escritas en su Diario estas palabras: "Seguiré caminando por el desierto... Valor y confianza". Estas palabras son el punto de llegada de una etapa y el punto de partida de otra etapa nueva, las dos marcadas por la cruz. Ante estas notas personales de Ejercicios, vienen a la mente las palabras de Isaías: "El desierto y el yermo se regocijarán, florecerá el páramo y la estepa" (Is 35,1).
Aunque intentamos entrar en los detalles que nos han quedado de los 27 Ejercicios de toda esa vida sacerdotal, hacemos hincapié en los contenidos de los textos (casi siempre completos) de ocho de esos mismos Ejercicios. Resumiremos los contenidos, matizándolos con notas biográficas que hagan resaltar la interioridad del P. José Antonio, en relación con los mismos Ejercicios y con la acción apostólica desarrollada por él en su contexto histórico.
Distribuimos este estudio en cuatro capítulos. En el primero, recogemos los datos de Ejercicios entre 1857 y 1865, como camino preparatorio para la ordenación sacerdotal (año 1865) y para la acción apostólica posterior. En el segundo (desde 1866 hasta 1882) se hace resaltar su vida interior durante sus años de párroco en Jacona y de fundador incipiente. En el tercero (desde 1882 hasta 1898), se destacan sus actitudes interiores en relación con los nuevos cargos ministeriales ejercidos en y desde la capital de México. Un cuarto capítulo intenta hacer una síntesis valorativa global, indicando las notas características de este itinerario, que pasa por el "desierto" para aquilatar más la acción misionera.
Si el lector pudiera disponer, al mismo tiempo, de un resumen biográfico, así como de los textos de los Ejercicios, se daría cuenta de que tiene en las manos una figura espiritual y misionera de primer orden. Efectivamente, se trata de una figura extraordinaria que nos ayudará a cruzar fiel y generosamente los umbrales del tercer milenio del cristianismo.
Mis notas de estudio quieren ser sólo una invitación a adentrarse en este campo, donde todo lector, con el ejemplo y la intercesión del P. José Antonio, quedaría más enamorado de Cristo, de María, de la Iglesia y de la misión evangelizadora. Con esas notas, he intentado delinear y resumir la herencia misionera de un maestro espiritual.
-------------------------

Nota bibliográfica:
Además de los Escritos espirituales del P. José Antonio Plancarte y Labastida (Diario, Epistolario, Conferencias, Ejercicios, etc.), pueden consultarse las biografías y semblanzas, especialmente: J. ESQUERDA BIFET, Seguirán tus huellas. La figura sacerdotal de José Antonio Plancarte y Labastida (1840-1898), México 1993; A. TAPIA MENDEZ, José Antonio Plancarte y Labastida, Profeta y Mártir, México, Edit. Jus 1973; J.G. TREVIñO, Antonio Plancarte y Labastida, Abad de Guadalupe, México 1948; F. PLANCARTE Y NAVARRETE, Antonio Plancarte y Labastida, México 1914.

1. UN CAMINO DE DESIERTO HACIA LA MISIÓN
El año 1856 hizo cambiar de rumbo la vida de José Antonio, para participar de algún modo, junto con su hermano Luís, en el destierro de su tío D. Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, obispo de Puebla.
Hasta entonces, la vida de José Antonio había discurrido relativamente tranquila y normal. Nacido en México (1840), pasó su primera infancia con su familia residente en Zamora (1840-1847), hizo sus primeros estudios en Guadalajara, Morelia (1847-1855) y Puebla (1856).
Fue educado principalmente por su cristiana madre, Dª Gertrudis de Labastida y Dávalos, hermana de Don Pelagio. Su padre, Don Francisco Plancarte y Arceo, murió en 1854. De este período de su infancia, José Antonio deja algunas notas en su Diario sobre las comuniones, amistades y estudios. En esas notas autobiográficas muestra cualidades de buena relación con los demás, dedicación al estudio (salvo el año transcurrido en Puebla), afición al deporte y sanas diversiones. Pero deja también constancia de su acción de gracias después de las comuniones eucarísticas. Su recuerdo principal es sobre el Colegio de Morelia, al que describe con frases admirativas en sus notas del años 1852: "La religiosidad es muy grande, y hay muchos actos devotos en el año... Este Colegio tiene una Biblioteca muy buena y muy bonita... es uno de los Colegios mejores de México... han salido de allí hombres tan sabios y útiles a nuestro País y a nuestra Iglesia pues es el Colegio que ha tenido y ha producido los mejores Teólogos que hay en México".
Con su hermano Luís, acompaña a su tío D. Pelagio hacia el destierro, primero en dirección a La Habana y luego hacia Europa (1856). Los dos hermanos ingresaron en el Colegio de Santa María de Oscott, cerca de Birmingham, en agosto de 1856, para iniciar estudios de comercio. Era un Colegio para aristócratas ingleses. Pudieron entrar en él gracias a los buenos oficios de su tío con el Cardenal Nicolás Wiseman. Allí se formó José Antonio en virtudes humanas y cristianas, y trabó buena amistad con Ignacio Montes de Oca y Obregón, que sería posteriormente obispo de Tamaulipas, Monterrey y San Luís Potosí.
Los años en Oscott transcurrieron serenamente, con estudios realizados con normalidad, deportes y excursiones, actos piadosos y Ejercicios Espirituales anuales. Todo queda reflejado con transparencia y amenidad en su Diario.
La estancia en Oscott duró desde el 25 de agosto de 1856 hasta el 19 de mayo de 1862, cuando saldría para Roma con la decisión inicial de ser sacerdote. Los Ejercicios Espirituales, en Oscott y en Roma, reflejan una rica interioridad imantada por el amor a Dios y el deseo de salvar almas. Hay abundantes detalles en los que manifiesta sus sentimientos sobre la presencia de la Santísima Virgen en su vida cotidiana.
A) La luz de una llamada vocacional. Ejercicios Espirituales entre 1856 y 1862
En Oscott, pasó José Antonio los mejores años de su juventud, desde los 16 a los 22 años. En su diario deja entrever una vida cristalina, con virtudes y defectos, luchas y esperanzas. Su buen amigo Montes de Oca era también su confidente y tutor. Durante cada uno de esos años practicó los Ejercicios Espirituales, dejando traslucir las luces recibidas, la frecuencia de sacramentos (confesión y comunión), la asistencia a las funciones litúrgicas del Colegio, las funciones de Semana Santa, etc. En los altares de la Virgen María no faltaban nunca las flores ofrecidas por él, especialmente durante el mes de mayo.
El inicio (año 1856) fue un tanto difícil por la nostalgia de la patria y de la familia, pero con una perspectiva de fe. Escribe en el Diario: "Los primeros días fueron para mí muy amargos y dolorosos, y sólo encontraba consuelo en las horas de capilla y cuando levantaba el alma a Dios para pedirle descanso para mi difunto padre y hermano y salud para mi ausente madre y familia". Por esto, en vacaciones de Navidad anota que apenas salía de su cuarto, si no era para ir al refectorio y a la capilla. Pero él mismo se admira de su rezo cotidiano del rosario: "Aquel Antonio que con mil trabajos lo hacía su madre decir el rosario, ahora... se arrodilla diariamente y dice el rosario".
Los documentos del Colegio dejan constancia de su aplicación a los estudios, actitud dócil y conducta buena. Aunque no obtuvo grado académico en la carrera de comercio e ingeniería, estudió satisfactoriamente inglés, francés y latín, frecuentando el curso breve de tres años llamado complementario.
Probablemente fue el acontecimiento doloroso de la muerte de su querida madre (28 de octubre de 1859), la ocasión principal para pensar en lo pasajero de la vida terrena y la posibilidad de vocación sacerdotal. El Diario del año 1860 deja entrever algunas señales iniciales de vocación, sobre todo con sus propósitos de una vida más renovada. Las cartas frecuentes a su tío Don Pelagio y a su hermano mayor José María, durante esos años, indican una decisión que se iría afianzando. Don Pelagio le animó e incluso escribió a José María diciendo: "nada es capaz de separarlo de su vocación".
Parece extraño, pero sus dudas se irán disipando al tener que responder a las dificultades provenientes de su hermano mayor, de quien (después de su muerte acontecida en 1874) dirá con gran respeto y afecto: "fue el crisol de mi vocación".
De hecho, empezó a vestir la sotana el 18 de agosto de 1861. Durante los Ejercicios Espirituales anuales abría su corazón a los directores, confesándose con ellos y consultando su posible llamada al sacerdocio.
Su amigo Ignacio Montes de Oca, ya ausente de Oscott, en carta del 30 de diciembre del año 1861 también le había ayudado a disipar sus dudas. José Antonio le había expuesto los posibles obstáculos para su vocación: su afabilidad y sus cualidades administrativas. Pero su buen amigo le indicó que esas cualidades podrían ser un buen medio de apostolado: "Está Vd. llamado a conquistar almas... Vd. tiene, a mi ver, todas las señales de vocación sacerdotal".
En este contexto y arco de años (1856-1862), José Antonio hizo seis veces Ejercicios Espirituales. A partir de los detalles que nos han quedado, principalmente en su Diario, podemos descubrir un itinerario espiritual interior, que es el único que puede explicar las actitudes respecto a los acontecimientos exteriores. Trasparenta siempre un gran sentido de Dios, aprendido ya anteriormente en su familia, corroborado por medio de las cartas de su madre (que murió en 1859) y favorecido por el ambiente disciplinado y piadoso del Colegio.
Ejercicios de 1857
Tiene 16 años. Es el segundo año de estancia en Oscott. En el Diario va anotando detalles de la vida académica. En las cartas precisa mucho más, incluso en cuanto a los deportes y convivencia. Pero habían surgido algunas dificultades por no comprender bien el idioma o por escasez de medios económicos, hasta el punto de pensar en dejar los estudios. Por esto, en ese año de 1857 anota en su Diario que uno de sus "grandes consuelos" era el de poder entender y hablar el idioma inglés. Así pudo participar con provecho en "los Ejercicios Espirituales, las funciones de Semana Santa, el Mes de María". Se goza en poder adornar el altar y la imagen de la Virgen. Su madre escribe por estas fechas, al leer las cartas de sus hijos: "Por sus cartitas veo lo muy contentos que están".
Los Ejercicios tuvieron lugar en el mes de abril. De ellos tenemos también referencias por carta de D. Pelagio: "Ahora he recibido la del 12 del corriente en que me dicen lo que practicaron en los días de Retiro... Me parece muy bien lo que Antonio leyó en las horas de recreación durante los Ejercicios, y no dudo que se aprovechará del cúmulo de Indulgencias". En el diario anota que, gracias a los Ejercicios, a la Semana Santa y al mes de María, se decidió a no volver a México hasta que no concluyera los estudios.
En su correspondencia, José Antonio anota que los Ejercicios comenzaron la víspera del viernes de dolores (26 de abril) para concluir el Miércoles Santo. Los dirigió "un padre jesuita de Londres". No deja de anotar: "lo pasamos perfectamente". El fruto de los Ejercicios se notó en la celebración de los días santos: "La Semana Santa la pasé muy bien y mucho mejor de lo que yo esperaba... porque aún se conservaba el recogimiento de los Ejercicios y así pude considerar mejor todo lo que se representa en esa semana, y pasarla como se debe. ¡Qué diferencia tan grande, de mi Semana Santa en el año pasado, a la de éste".
Ejercicios de 1858
Tiene 17 años. Durante este año, la imaginación de José Antonio bulle con grandes proyectos para el futuro. En su correspondencia con su hermano mayor, sueña con empresas comerciales de largo alcance internacional. Su tío Don Pelagio emprende el regreso a México dejando a sus dos sobrinos con sentimientos de soledad. La madre escribe a sus dos hijos calificándolos "de poca edad, pero de buen juicio y parece que la Providencia les está proporcionando todos los elementos con que puedan ser felices en esta vida y en la otra". Al mismo tiempo les alienta a aprovechar la "educación moral religiosa que están recibiendo". Los estudios iban mejorando.
Los Ejercicios habían tenido lugar del 19 al 31 de marzo, dirigidos por el jesuita P. Eyre. En ellos anota el horario-reglamento. Escribe en su Diario la hora de comienzo (las 6 de la tarde), así como las normas de recogimiento: "Durante los Ejercicios no se permite hablar, ni ir a los cuartos, todo el día se pasa en la Capilla, Librería o Estudio, y en la hora de recreación va uno al lugar que le asignan".
Como en los Ejercicios anteriores, las cartas las escribe antes en comenzarlos y no escribe ninguna hasta terminarlos. Deja constancia del día de su confesión general, después de un examen personal detallado: "Este día (lunes, 29 de marzo) acabé de hacer mi examen de conciencia... hice mi confesión general de tres años en menos de un cuarto de hora, siendo que yo creía que a lo menos tardaría una hora... Muy contento quedé de haber hecho mi confesión con el P. Eyre, pues me agradó mucho y creo que nunca me había confesado con un Padre tan bueno como él".
Al final, describirá el talante del predicador: "Concluyeron los Ejercicios, los cuales este año me agradaron más que nunca. Los sermones del P. Eyre fueron magníficos y nos hacían reír mucho con los ejemplos que nos contaba; todo lo explicó muy bien y con mucha claridad". En la correspondencia (final de Ejercicios) añade: "Nos predicó unos sermones muy buenos y con tanta familiaridad que parecían conversaciones, y no Sermones, y nos explicó todo tan bien, que hasta el hombre más idiota hubiera sido capaz de comprender y quedar convencido de todo lo que él dijo. Yo hice mi confesión general con él, y creo que tan bueno es para confesor como para predicador. El estudió en este Colegio. Hoy he ganado el Jubileo".
Al final de Ejercicios tenía lugar la comunión general, también para ganar el Jubileo, con sermón de perseverancia por parte del director. El plan de vida y la confesión general serán siempre dos notas características de sus Ejercicios posteriores. Las cartas llegadas durante los Ejercicios se repartían al final de los mismos.
Los días de Semana Santa quedaron marcados por el fervor de Ejercicios. El Jueves Santo, anota detalles como el de ir a la procesión "vestido de Padre y sobrepelliz", y que pasó "casi toda la tarde y en la noche de 8,15 a 11,00 en el Monumento acompañando el Santísimo". De aquel Viernes Santo recuerda que pasó orando personalmente en la capilla desde las 7,15 hasta las 8,15 de la mañana, "y después de almorzar me fui al Monumento y estuve allí hasta las diez menos cuarto". Aquel día todavía escribe una nota de humor, tan característico en él: "A las diez empezaron los Oficios, y cuando estábamos en ellos ya no aguantaba la risa, porque al sentarme me había puesto el bonete de mi compañero, y yo me había sentado en el mío, y el otro buscaba su bonete con gran empeño y no lo hallaba".
Las vacaciones del verano de ese año tuvieron un tinte muy equilibrado y piadoso. En el Diario anota detalles interesantes: asistencia a la Misa diaria, ratos largos de lectura, paseo por las plantaciones (donde aprovechaba para fumar), rezo diario del rosario en su cuarto con su hermano y otros amigos, visita a la capilla antes de acostarse, descanso suficiente, etc.
Ejercicios de 1859
Tiene 18 años. Siguen las dudas sobre continuar los estudios en Inglaterra, debido a dificultades económicas por parte del hermano mayor José María. En su Diario, José Antonio es transparente contando sus defectos (ira ante abusos de sus compañeros) y, al mismo tiempo, deja entender una fuerte tendencia a la piedad popular y litúrgica: devoción eucarística, rezo del santo rosario, adoración ante el Santísimo, colaboración para solemnizar el mes de mayo... Dice de él mismo que "sufrió un cambio muy notable", porque comenzó a conocer el mundo y sus engaños".
En estas fechas ya se siente más seguro en sus criterios: "más firme en mis ideas". Por esto llega a afirmar: "En el año de 1859 lo pasé mejor que los anteriores... Los Ejercicios y la Semana Santa excitaron en mi corazón mayor duración y firmes propósitos de vivir una vida muy arreglada para morir bien". En el Colegio tuvo lugar la celebración de un Sínodo, durante el cual prestó buenos servicios y pudo conversar con el Cardenal Nicolás Wiseman, gran amigo de su tío D. Pelagio. El 28 de octubre de este año muere su madre en Zamora, dejando a José Antonio muy impresionado sobre la contingencia de las cosas pasajeras y la importancia de la vida futura. A raíz de este acontecimiento doloroso, se manifestó todavía más su piedad eucarística y mariana.
Los Ejercicios tuvieron lugar del 14 al 20 de marzo, también en la Semana Santa. Durante los Ejercicios, dirigidos por un padre jesuita, consulta sobre el porvenir. En el Diario, José Antonio nos deja también una buena pincelada sobre el director, sin indicar su nombre: "Nos los dio un Padre Jesuita, y nos echó unos sermones de lo que se llama bueno y por los cuales se convence uno de su flaqueza y miseria... nos hizo reír mucho con sus sermones". No deja de apuntar que hizo con él la confesión general, precisando que era "el lunes después de cenar".
De estos Ejercicios se conservan también algunos detalles en su correspondencia con su hermano mayor, donde afirma: "En esos días en que el alma goza de tranquilidad celestial estuve pensando en mi porvenir, y me propuse resolverme a seguir alguna carrera". También le narra a su hermano la consulta que tuvo con el confesor sobre afrontar la carrera de ingeniero civil; el padre jesuita, a quien José Antonio califica de "muy sabio", le dijo que podía seguir esa carrera si veía que en ella podía salvar su alma y si disponía de abundante dinero para costearla; pero prefirió que José Antonio consultara sobre esta materia con sus Maestros. Los detalles de esos Ejercicios fueron también conocidos por su tío D. Pelagio, quien alabó la actitud de consultar sobre la carrera que debía seguir.
En el Diario hay unas notas sobre el fin de año de 1859 (31 de diciembre): "Este día arreglé mis cartas y rompí cuanto papel inútil había en mi cuarto. En la noche me fui a confesión. Este año la suma de todas las cartas que recibí son 9".

Ejercicios de 1860
Tiene 19 años. Era el quinto año de sus estudios en ese Colegio para aristócratas católicos ingleses. Es en este año comienzan sus intuiciones sobre la posibles vocación sacerdotal. De hecho, en noviembre de 1860 escribe a su tío D. Pelagio que hizo un buen examen sobre ello y que "este examen dio por resultado que la vida eclesiástica era la más segura para mí".
Las dificultades no faltaron. La principal provenía de su hermano mayor José María, quien se opuso desde el principio, creyendo que se trataba de una imaginación y queriéndole ayudar sinceramente. Al mismo tiempo, no era fácil cambiar de rumbo en los estudios. Pero pidió ser admitido como seminarista. Los superiores le infundieron confianza para emprender su nuevo camino. Se decidió, pues, a estudiar latín, filosofía y nociones iniciales de teología. Así pasó los dos años que todavía estaría en Oscott.
En ese mismo año de 1860, el Diario de José Antonio deja constancia de la confianza que ponían en él sus superiores, especialmente el Presidente del Colegio, Don. G. Morgan. También desempeñó el cargo de "Public Man", que le granjeó muchas simpatías de sus compañeros. Su devoción mariana llega a tonos líricos y crematísticos con compromisos concretos: "Me entró un gran entusiasmo por adornar bien a la Virgen, y el mes de María lo hice como nunca lo había hecho en Oscott, tal fue el empeño que tomé en juntar dinero y comprar flores".
Durante los Ejercicios consulta sobre su vocación sacerdotal y prácticamente opta por la carrera eclesiástica. En el Diario anota el trasfondo de su decisión, que tenía sus raíces en las meditaciones de los Ejercicios anuales: "El continuo pensar en que todo lo de este mundo se acaba, menos el alma, me hizo mucha impresión". La comparación entre estados de vida, le hizo aprender un camino de discernimiento hasta llegar a la conclusión: "La vida eclesiástica era la más segura para mí". Las reflexiones se hicieron cada vez más contundentes, aunque sin alejar totalmente las nubes de la duda: "Mis ideas siguieron todo el año firmes, aunque con algunos ratos de vacilación".
El 11 de marzo de este mismo año había escrito a su tío comunicándole sus ideas. D. Pelagio le dio unos buenos consejos, pero le dijo que "consultara con Dios". Las consultas con el Director de Ejercicios dieron como resultado la decisión de afrontar las dificultades y resolverlas, para hacer una buena elección de estado.
Ejercicios de 1861
Tenía 20 años. Aumenta su "amor por las cosas de la Iglesia", según escribe en su Diario, al tener que desempeñar el cargo de sacristán, hasta el punto de que las funciones resultaban muy bien organizadas, con el agrado y afecto de sus superiores. Precisamente este contacto diario con las cosas santas y la práctica de los Ejercicios fueron el sostén de sus convicciones.
Ya desde enero, encontramos cartas dirigidas a D. Pelagio, en las que afirma que no ha cambiado de pensamiento respecto a su vocación. En momentos de tentación se consuela "en pensar en la gracia que el Sacramento del Orden da al hombre y en las gracias que da Dios al que las pide... Entre yo y mi confesor hemos arreglado el que empiece filosofía el 12 de enero... ¡Dios y María Santísima me den gracias para empezar y acabar!". En este carteo relativamente frecuente, va exponiendo que sus ideas están cada vez más firmes y que espera la Cuaresma y los Ejercicios "para conocer el estado en que le he de servir mejor".
Decide comulgar con más frecuencia como algo excepcional en aquella época (viernes y domingo) y hace esta oración: "Dios mío, llamadme al estado en que queréis que os sirva". Con estas disposiciones se decide a entrar en Ejercicios, dispuesto a seguir las orientaciones que el director le dé en su camino vocacional: "Con el auxilio de Dios y la obediencia al que da los Ejercicios, decidiré positivamente al final de la Semana Santa".
Al hacer referencia al fruto de estos Ejercicios del año (que solían ser siempre en torno a la Semana Santa), escribe que sus ideas sobre la vocación sacerdotal se han reafirmado, y que ha dominado sus pasiones. Los obstáculos se han ido superando para dejar libre el camino hacia el sacerdocio.
Se decide, pues, a repasar el latín y estudiar filosofía y algunos elementos de teología. El mes de mayo, según sus palabras, "lo hice mejor que el anterior y tanto se contentaron con el altar que puse, que hasta lo retrataron". El día 18 de agosto vistió la sotana.
Sus tiempos de recreo los emplea en trabajar en el jardín. Las vacaciones navideñas le sirvieron para preparar el nacimiento, que, según sus palabras, "quedó precioso". También en esas fiestas entrañables, demostró sus cualidades literarias y teatrales, al preparar la escenificación de un fragmento del Quijote, que, según él, "agradó más que la comedia inglesa; fue la primera vez que se representó en español".
No todo fue a pedir de boca. En el mes de mayo había comunicado a su hermano José María la decisión de estudiar para ser sacerdote. Como en ocasiones anteriores, su hermano "no aprobó la decisión". La voluntad de José Antonio se haría más firme y madura, pero ello también tendría muy pronto repercusiones en su salud.
Ejercicios de 1862
Tenía 21 años. En este año de 1862 las dificultades fueron aumentando hasta producir "algunos ratos de amargura", como dice José Antonio en el Diario. Se trataba de la oposición de José María a su camino vocacional, de los mismos estudios eclesiásticos que se le hacían cuesta arriba, de las noticias llegadas de su querido México y de lo mal que iban los negocios de la familia en su patria. Todo ello llegó, según afirma él mismo, a "enfriar mi vocación". A esto se añadieron los dolores de estómago, que le dejaban sensación de tristeza. Todo le serviría para madurar su personalidad.
El epistolario con su hermano mayor refleja ideas semejantes, pero profundizando él mismo sobre el sacerdocio: "El sacerdote se desposa con la Iglesia... ¡Qué felicidad tan grande es ser Ministro de Jesucristo y ofrecer su cuerpo y preciosa sangre!... En cualquier estado hay felicidad si se tiene vocación para él y Dios da su gracia".
Su carteo con D. Pelagio va reflejando la evolución de su camino vocacional. Expone clara y confiadamente sus dificultades, especialmente las dudas sobre la perseverancia, pero llega a esta conclusión: "Yo en Dios y María Santísima pongo mi confianza y en este mundo en Vd., mi confesor y José María, y así espero no errar mi elección".
No obstante, las dudas y vacilaciones iban surgiendo en su interior, influyendo negativamente en su salud física. Necesitaría, pues, hacer unos Ejercicios a fondo y consultar de nuevo con toda claridad.
Los Ejercicios de 1862, siempre en torno a la Semana Santa, fueron decisivos. José Antonio los había anhelado como nunca. Consultó ampliamente su situación interna. El P. Aylward, que en un primer momento le indicó el camino del matrimonio, después de oír su confesión le aseguró que tenía vocación sacerdotal.
La alegría de José Antonio se manifiesta también al escribir en su Diario que había "conquistado" el dominio de su pasión dominante. La conclusión a la que llega es la siguiente: "El Director y Confesor Mr. Grosvenor siempre me dijo que tenía vocación y convino conmigo en que dejara a Oscott y me viniera a Roma para ver si con el cambio me decidía".
Es, pues, en este año de 1862, el día 19 de mayo, cuando José Antonio deja Oscott, donde había pasado casi 6 años, para dirigirse a Roma. El mismo nos deja constancia de uno de los detalles que más recordará de esos años pasados en el Colegio: "Muchas horas pasé recogiendo flores en tus hermosos jardines para ponerlas sobre el altar de María".
La ida a Roma fue a través de Londres, París (donde se encontró con su tío D. Pelagio), Marsella y Civitavecchia. El Diario recoge muchos detalles de paisajes y ciudades, mostrándose un buen observador. No dejará de anotar que, además de los Ejercicios, fueron los mismos viajes los que le hicieron descubrir la caducidad de las cosas pasajeras. Su tío D. Pelagio había reflejado esas actitudes en carta a José María: "Ni le gustan ni toma interés por otras cosas que por las que tienen algo de eclesiástico y divino".
El día 1 de junio ya tuvo la oportunidad de asistir, junto con su tío y otros obispos mexicanos, a una audiencia del Papa Pío IX. La bendición y la plegaria que le aconsejó el Santo Padre, quien se había interesado sobre su vocación, quedaron grabadas en su memoria y en su Diario: "Señor, enséñame a hacer tu voluntad, porque Tú eres mi Dios".
Gracias a los buenos oficios de su tío y a la recomendación del Cardenal Wiseman (presente en Roma por aquellos días), fue admitido en la Pontificia Academia Eclesiástica de Roma. Allí había sido también admitido Ignacio Montes de Oca, que era ya subdiácono.
En su corazón quedaron impresas todas las circunstancias de la canonización de veinticinco mártires en Nagasaki, Japón, en cuya lista se encontraba el protomártir mexicano San Felipe de Jesús. Era el 8 de junio de 1862, fiesta de Pentecostés. La figura del Papa Pío IX le impresionó enormemente. Todavía tuvo ocasión de saludarle en otra audiencia del día 19 de junio. Posteriormente, en agosto, viajó a Oscott para despedirse del Colegio, saludando y agradeciendo a sus superiores.
Con su tío D. Pelagio y su hermano Luís, viajó al Oriente y Tierra Santa (del 28 de septiembre al 26 de noviembre) antes de iniciar el año académico en Roma. Todos los detalles de la peregrinación se quedaron como huellas imborrables en su memoria y en su corazón. Todo le hablaba del Señor: Nazaret, Belén, Jerusalén... Es allí "donde Jesús, José y María vivieron... cada piedra es un testigo de nuestra redención". El camino del Calvario parece decirle continuamente: "aquí". En el lugar de la crucifixión experimenta su propia "debilidad y miseria". El Cenáculo le habla de la Eucaristía y de la misión, porque "de allí salieron los Apóstoles a predicar el Evangelio a todo el mundo". Los Ejercicios que practicará y dará posteriormente aprovecharán estas gracias e impresiones.
Al final del Diario del año 1862 recoge tres eventos importantes de la vida de José Antonio. Oigamos sus mismas palabras: "El Señor se compadeció de mí y me condujo insensiblemente por sus secretos caminos al fin que yo deseaba, es decir, me hizo conocer claramente que su divina voluntad era que yo le sirviera en el estado del sacerdocio... Mi viaje a Roma, mi resolución de continuar ahí mis estudios y la visita a los Santos Lugares son los eventos que han sellado mi porvenir".
B) La entrega evangélica para siempre. Ejercicios entre 1863-1865

El 28 de noviembre de 1862 empezó sus estudios eclesiásticos en el Colegio Romano (universidad Gregoriana). El 1 de diciembre pudo asistir a su tercera audiencia pontificia con Pío IX, acompañado de Mons. Cardoni, Rector de la Academia. El Papa, sabedor de su vocación sacerdotal y de su regreso de Tierra Santa, le dijo: "Pues te has santificado, ahora a estudiar con empeño".


Su Diario, desde enero de 1863, va narrando las circunstancias de su trabajo académico y de su vida en la Academia Eclesiástica, visitas a las iglesias de Roma (especialmente al Gesù), viacrucis en el Coloseo, asistencia a sermones de misión popular con la metodología característica de diálogo con el pueblo, etc. Tiene detalles de profunda vida eucarística, como cuando escribe: "visitaba el Santísimo en la iglesia de las Sacramentarias". Cuenta también con todo detalle eventos cívicos y eclesiásticos de la Ciudad Eterna. No falta la narración curiosa de alguna refriega entre soldados suizos y franceses.
Los acontecimientos de su vida académica en Roma, desde noviembre de 1862 hasta su ordenación sacerdotal en junio de 1865, y su partida de Roma en octubre del mismo año, se pueden encontrar fácilmente en su Diario. Pero hay que notar que sus apuntes se centran principalmente en la preparación para el sacerdocio. Allí aparecen sus notas sobre los Ejercicios Espirituales practicados, sus consultas, su dedicación al estudio, las celebraciones litúrgicas, su vida de oración, sus visitas culturales. La ilusión de ser sacerdote le ayudó a superar todas las pruebas, especialmente sus dudas de si estaba preparado, y su enfermedad que le llevó a procurar curas primero en Genzano en la casa de vocaciones del Colegio Pio Latino (1963) y luego en las montañas de Silesia (1864). Los sufrimientos del tratamiento en Silesia fueron tales que, según escribe en su Diario, los pudo afrontar sólo por el deseo de ser sacerdote.
Los detalles más importantes son los que se refieren a su ordenación sacerdotal y a su primera Misa, así como a las Misas celebradas en Roma, especialmente junto a la tumba de San Pedro. Pero esta riqueza de contenidos espirituales, apostólicos y sacerdotales, están en relación con sus notas de Ejercicios Espirituales, que practicó cinco veces durante esos tres años.
Ejercicios de 1863
Tenía 22 años y tres meses. Son los primeros Ejercicios tenidos en Roma, del 20 al 28 de mayo de 1863, inmediatamente antes de la Semana Santa. Los hizo en San Eusebio, con el permiso del Rector de la Academia, y fueron impartidos por el jesuita P. Curci (autor de "La Civiltà Cattolica"). De ellos nos ha dejado una amplia redacción, en folleto aparte. La nota dominante es la del seguimiento evangélico radical y la disponibilidad de sufrir por Cristo hasta dar la vida por él.
Además del cuaderno aparte (de 16 hojas), nos ha dejado una pinceladas en su Diario, especialmente sobre la fidelidad a su vocación. El discernimiento se hizo con buen método ignaciano, tomando nota de las luces recibidas. José Antonio tomó nota de todas las meditaciones e instrucciones; ese texto es el que forma el cuaderno aparte. En Diario anota: "Muy contento quedé con los Ejercicios... quedé más convencido de que mi vocación era de Dios". Sus dudas quedaron desvanecidas precisamente durante la meditación sobe la elección al apostolado, que es la del seguimiento evangélico radical. Allí tomó la resolución de vivir pobremente a imitación de Cristo.
Veamos ahora sintéticamente el contenido del cuaderno donde quedaron escritos, con su misma caligrafía, los datos más importantes de estos Ejercicios. Se constata una distribución del texto que indica una buena metodología: Objetivo de los Ejercicios, temario con sus puntos concretos y distribuido cronológicamente, propósitos de cada meditación, oración final muy amplia que recoge las luces y mociones principales. Es importante prestar atención a estos Ejercicios del año 1863 que, a mi entender, son los que marcan la pauta para los sucesivos y para toda su vida apostólica. No me refiero a los temas habituales de los Ejercicios ignacianos (distribuidos en cuatro semanas), sino al enfoque evangélico de los momentos principales, que marcó para siempre la vida de José Antonio.
Desde el principio, se traza un objetivo concreto: "Examinar mi vocación". Para poder ser fiel a la misma, habrá de encontrar un plan de vida: "Establecer cierto método de vida para no salir de él en adelante". Esta nota será característica en todos sus Ejercicios posteriores: establecer un plan y seguirlo con fidelidad.
El orden y los contenidos de las meditaciones quedaban en el marco clásico de los Ejercicios Ignacianos: Principio y fundamento (gloria de Dios, fin del hombre), el pecado y lo novísimos, Encarnación y vida de Cristo (destacando el llamamiento a los Apóstoles), pasión y glorificación del Señor. En las notas se refleja la terminología de la época. Todo se dirige a discernir la voluntad de Dios (según el propio estado de vida o vocación) y seguirla con generosidad, con propósitos prácticos que se examinarán periódicamente.
Lo más original de estos Ejercicios (como será también de los siguientes) son los propósitos personales (cargados de principios espirituales y de aplicaciones prácticas) que corresponden a cada meditación. En esos propósitos podemos encontrar la fisonomía espiritual y apostólica de José Antonio. En verdad se ve en ellos un tono contemplativo (de "desierto") que lo lleva al seguimiento evangélico de Cristo y a la misión incondicional.
Ya desde la primera meditación (sobre el fin del hombre), aparece una decisión clara:
"Propongo no ambicionar riqueza, honores y distinciones y tratar de conformarme en todo con la voluntad de Dios".
Después de resumir cada una de las meditaciones sobre el pecado y la misericordia de Dios, va anotando:
"No ofender más a Dios y procuraré satisfacer por los pecados cometidos".
Su decisión (que será luego constante durante toda su vida sacerdotal) de huir de todo pecado y de programar el examen particular, queda expresada así:
"Procuraré abstenerme del pecado más ligero... Al principio del día tendré cuidado de proponerme la enmienda de una falta y en la noche apuntaré las veces que en ella cayere... No desconsolarme cuando caiga".
La meditación de los novísimos le lleva a conclusiones muy prácticas, que serán también propósitos frecuentes en su vida posterior:
"Procuraré despreciar las cosas de este mundo... No haré nada para agradar a los hombres, sino por amor de Dios"
La Encarnación y la vida de Jesús, especialmente los detalles de humildad y pobreza en Belén y Nazaret, delinean su personalidad espiritual:
"Si Dios se humilló de tal manera, fuerza es que yo piense en humillar mi orgullo. Si la Virgen recibió aquel honor (de Madre de Dios) con tanta humildad y aún pavor, fuerza es que yo sea humilde y tema los honores, en lugar de ensoberbecerme y desearlos".
"Viviré pobremente y no me quejaré de mi suerte, sufriré con gusto lo que Dios me mande, haré por imitar a Jesucristo mi Salvador".
La meditación sobre la llamada a los Apóstoles y el seguimiento evangélico le hace entrar con gozo en la realidad de la vocación sacerdotal, puesto que los ministros "sólo son instrumentos". Entonces anota:
"Cuando me vengan a la cabeza las dificultades y privaciones, que hay en el estado del Sacerdocio, recordaré que el sacerdote es un instrumento que sólo tiene vida cuanto está en manos de Dios, y de por sí, nada puede".
La realidad de pertenecer a los "sucesores" de los Apóstoles, le hace descubrir y amar con gozo entusiasta el seguimiento evangélico y martirial inherente a la vida del sacerdote:
"Con la elección de los Apóstoles, desaparecieron las dificultades que mi vocación encontraba... Con las de la vida de Christo, me vinieron grandes deseos de imitarlo en todo y un grandísimo deseo de despreciar las cosas de este mundo y negarme a mí mismo. La idea de vivir pobremente y hacer obras de caridad..., de entregarme enteramente a la voluntad de Christo y poner los medios para hacerla, me hizo saltar de gusto todo el día y aún ver con gusto los pensamientos de encarcelamiento, martirio, etc."
Las meditaciones sobre la pasión han quedado ampliamente expuestas en el cuaderno. Los propósitos de entrega generosa, por los que ratifica las decisiones anteriores, indican una gran sintonía con los sentimientos de Cristo que sufre por amor:
"Debo seguir el ejemplo de Cristo, retirándome a un lugar solitario y meditando, cuando me sienta triste, desconsolado y falto de espíritu... que sólo en la oración hallará alivio el espíritu tibio y afligido".
Junto al Calvario, con María, encuentra la fuerza para reafirmarse en el seguimiento evangélico radical al estilo de los Apóstoles. Los detalles parecen centrarse en la expresión "por mí":
"Para aliviar lo que Jesús y María sufrieron por mí en el Calvario, procuraré imitarlos y seguir su divino ejemplo. De hoy en adelante procuraré irme quitando el amor a las cosas de este mundo y cobraré amor a la pobreza".
Estos propósitos, nacidos de la meditación sobre los momentos más dolorosos del Señor, no se quedan en afirmaciones generales, sino que pasan a ser materia muy concreta. Esa será su costumbre realista en los Ejercicios posteriores:
"Procuraré no hablar bien de mí mismo y no alegrarme de que otro lo haga, para irme imponiendo a sufrir y aún amar el desprecio y humillación, que me pueden venir en esta vida. Cuando me vea enfermo, o sufro algún dolor, me acordaré del Calvario. Haré también alguna mortificación diariamente y especialmente los viernes, sábados y fiestas de Nuestro Señor y de la Virgen".
Las meditaciones de la resurrección y ascensión del Señor, al estilo de San Ignacio, dan el tono de esperanza serena y gozosa, sin olvidar el propósito de pobreza evangélica ya asumido anteriormente. Al resumir la glorificación de Jesús, dice:
"Lo mismo ha de suceder a nosotros... si lo imitamos en su pobreza, humildad, paciencia y demás virtudes en esta vida".
Al final del cuaderno en que se recogen estos Ejercicios, añade una oración larga y minuciosa, que resume las luces y mociones principales recibidas esos días. Es importante notar cómo estas líneas evangélicas, trazadas en forma de plegaria humilde y confiada, son como un retrato profético de las actitudes interiores de toda su vida. No nos resistimos a copiar algunas afirmaciones, invitando al lector a buscar el texto más completo en sus originales:
"Concédeme ¡oh divino y amadísimo Jesús! que yo sea fiel imitador tuyo en este mundo... Yo deseo y estoy resuelto a ser Ministro tuyo y de tu Iglesia, porque creo que es ésta tu voluntad... No permitáis ¡oh Divino Salvador mío! que yo deshonre tu Santo Ministerio, te lo suplico, te lo ruego, te lo pido por vuestras cinco llagas santísimas y por el amor de aquella Madre bendita que te acompañó en tu última agonía. Quiero más bien perder la vida, que acercarme a ofrecer tu preciosísima sangre con manos sacrílegas.
"¡Divino Maestro! Tú que desde el cielo estás viendo el interior de mi corazón, sabes muy bien que mi única ambición en el abrazar el sacerdocio, es el deseo de vivir santamente... Tú me diste esa mira y deseo... mi mayor complacencia ha sido el imaginarme entregado todo a tu servicio y a la salvación de las almas.
"Mis jardines, siempre han sido, el imaginarme en mi Patria, viviendo pobremente y empleando mi herencia en socorrer a los pobres, predicando, dando ejercicios, catequizando y gastando en fin los días y noches en tu santo servicio; mi mayor deseo ha sido siempre, el ser digno de tu altar y padre verdadero del Pueblo que pongas en mis manos; honores y riquezas no he deseado...
"Yo conozco mi incapacidad e imperfección... El sacerdote sin tu ayuda es un inanimado instrumento... Quiero continuar preparándome... y reconociendo el camino que me marcaste con tu sangre... Ayúdame a cumplir mis propósitos... Madre mía Santísima, en vuestras purísimas manos me pongo para que me hagáis fiel imitador de vuestra pureza y humildad. Amén."

Ejercicios de 1864
El año 1864 no fue muy tranquilo para José Antonio. La salud no iba bien. Todo ello influía en su estado de ánimo y en la resolución de ser sacerdote. Los estudios seguían su curso en el Colegio Romano, en clases especiales recibidas en la Academia y también aprovechando clases dadas por repetidor.
En estas circunstancias le surge una duda importante: ¿ser sacerdote religiosos o diocesano? Estaba en juego de nuevo la mayor o menor seguridad de perseverar en el camino sacerdotal. Las dos modalidades de vivir el sacerdocio se le presentaban como un reto para su futuro. ¿Cuál sería la más segura par su salvación y, sobre todo, la que Dios le pedía?
Por esto, en marzo de este año pide permiso en la Academia para hacer los Ejercicios en San Eusebio, que era casa de los padres jesuitas donde era rector el P. Pellico. Los Ejercicios estaban bajo la dirección del P. Ciccollini. En la casa le recibieron con muchas atenciones personales, de que deja constancia agradecida en el Diario.
Es interesante notar cómo el comienzo de los Ejercicios consistió en un diálogo personal con el Director (al que José Antonio llama con cariño "Angel de la Guarda"), en el que se analizó el objetivo principal de este retiro: "decidir mi vocación".
El trabajo inicial consistió en ir pensando sobre la vocación, anotando lo pro y los contra según iban discurriendo las meditaciones. Casi todos los Ejercicios los hizo solo, especialmente por tener que afrontar su problema personal. Escribe: "yo seguí con mis meditaciones particulares".
Las conversaciones con el P. Ciccolini eran frecuentes: "dos o tres veces al día y me aclaraba todas mis dudas, me quitaba los temores y me hacía ver las cosas tan claramente que no podía menos que reírme de gusto y satisfacción".
De hecho, las meditaciones eran dirigidas por otro conferenciante (el P. Sopranis). José Antonio asiste a ellas desde la exposición sobre el Reino de Cristo. A partir de esas meditaciones, se decide a examinar su vocación, pero ya no sobre si ser sacerdote o pasar a la vida laical, sino sobre ser sacerdote religioso o secular. Deja bien sentado de que ni el Director ni él tienen ya la menor duda sobre la vocación sacerdotal.
José Antonio dice que, al anotar las razones en favor de un estado o de otro, "el estado religioso se llevaba la palma". Y que ésta era la opinión del P. Ciccollini, tanto desde el principio (por intuición) que después de leer sus notas. La conclusión a que lleva José Antonio en este momento es la siguiente: "yo quedé más convencido que nunca de que el estado religioso era al que Dios me llamaba".
Curiosamente, José Antonio llevó los papeles junto con sus reflexiones al director de las meditaciones (P. Sopranis), que quien afirma que era "hombre de edad y de mucho mundo". Después de un examen minucioso, el Director fue corroborando la elección en favor del estado religioso, hasta que tropezó con una razón que enfocó la cuestión por el camino opuesto.
Oigamos al mismo José Antonio: "Encontró que las razones que exponía para hacerme religioso destruían completamente todas las que había en favor del estado al secular, menos una: v.g. la de la reforma de los Seminarios, se quedó pensativo y luego me dijo: Hijo mío, ésta es la única razón que hay en favor del sacerdocio secular, pero es tan fuerte, tan necesaria en México, y dará tanta gloria a Dios y a la Iglesia, que ella sola basta para anular las que han en contra, y así yo soy de opinión que no te hagas religioso, si es que puedes llevar a cabo tu idea de trabajar en la reforma de los Seminarios".
José Antonio quedó convencido del parecer del P. Sopranis, decidido a no pensar más que en ordenarse, volver a México y hablar con su tío D. Pelagio sobre las orientaciones que le acababan de dar. La paz volvió a entrar en su corazón: "Nadie puede figurarse el desahogo, consuelo y tranquilidad que experimenté luego que ya vi mi vocación decidida y sellada por mí". Añade, como nota de humor, que gracias a esta alegría "aun engordé y me alivié un poco". Incluso se quedó unos días más en San Eusebio, hasta el día 27 de marzo, domingo de Pascua, para volver luego a la Academia con un deje de añoranza por la casa en la que tanto bien había encontrado.
En el decurso de ese año de 1864, José Antonio tuvo la oportunidad de una nueva audiencia, la cuarta, con Pío IX, donde le Papa le habló confidencialmente sobre México. Era el 11 de abril. Pero en el mes de mayo tuvo que viajar a París y a Inglaterra para consultar sobre su salud en peligro. Finalmente, pasó a realizar un tratamiento hidroterápico en Gräeffenberg (Silesia), que duró desde el 24 de septiembre hasta el 5 de diciembre y que él calificó de "martirio". El resultado no fue del todo positivo, aunque sí hubo cierta mejora, pero los sufrimientos habían sido tales, que llega a escribir: "Sólo mi vocación al sacerdocio pudo haberme dado valor y resignación para sufrir mi curación en Graeffenberg".
Al finalizar el año, anota en su Diario que fue "memorable" porque debido al modo de afrontar los sufrimientos y las dudas, aseguró para siempre su vocación: "Estos sufrimientos han sido la prueba más clara de mi vocación al sacerdocio y por consiguiente mi porvenir ha sido ya sellado con mi elección de estado".
Con estas disposiciones comenzó a prepararse para los exámenes de Ordenes, desde enero de 1865. Ilusión no le faltaba; experiencia de sufrimiento y de lucha, tampoco. La salud, después de estas pruebas, era la suficiente para poder terminar los estudios y ordenarse.
Ejercicios de 1865
En este año de su ordenación sacerdotal practicó tres veces los Ejercicios Espirituales: en marzo para recibir la Tonsura y Ordenes menores, en mayo para estudiar las ceremonias de la Misa y para el diaconado, en junio para prepararse a la ordenación sacerdotal.
El 7 de febrero de este año tan lleno de acontecimientos, había recibido las dimisorias de su tío D. Pelagio para poderse ordenar. Tenía, pues, que hacer sus planes para la ordenación sacerdotal. El día 6 de marzo pudo asistir a otra audiencia de Pío IX, quien le exhortó a obrar siempre con recta intención sin amilanarse por las dificultades: "Me dio la bendición y me exhortó a trabajar con empeño y constancia por la gloria de Dios y a no temer persecuciones y trabajos".
Los primeros Ejercicios de este año tuvieron lugar en Tívoli, donde llegó el 10 de marzo. Allí fue recomendado por el Presidente de Academia al obispo de aquella diócesis, Mons. Carlo Gigli. Los Ejercicios le servirían de preparación para la Tonsura y Ordenes menores. Se examinó el día 21 y recibió las Ordenes el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de la Virgen. En el Diario explica su "devoción y gozo espiritual": "Me sentí otro cuando me vi formando parte del Clero". Al colocarse por las mañanas la sotana, repite con todo fervor la oración tradicional de la clericatura: "Señor, tú eres mi herencia y la parte de mi cáliz" (Sal. 115).
De hecho continuó el retiro durante el resto del mes, con grandes luchas interiores, que logró superar por medio de una confesión general muy minuciosa con el rector del colegio de los Jesuitas. El subdiaconado lo recibió el 1 de abril. Le impresionó la conminación del obispo al decir "todavía sois libres". Pero José Antonio se decidió a la entrega para siempre: "Llegó por fin el momento, y lleno de calma y puesta toda mi confianza en Dios, en la Santísima Virgen y en mis Protectores Sr. San José y Sr. San Antonio, me acerqué al obispo y... quedé hecho Ministro del Señor para siempre". Entonces recobró el gozo de pertenecer totalmente a Dios, confiando en la asistencia de su divina gracia. Pasó el día repitiendo la jaculatoria: "Señor, dame la muerte antes que deshonre esta sotana".
En el mes de mayo intensificó su devoción mariana como preparación a las Ordenes. A partir del día 18, hizo el solo unos días más de retiro o de Ejercicios Espirituales, durante los cuales estudió las ceremonias de la Misa y preparó su entrega total al Señor en el diaconado, que tuvo lugar el domingo 28, en Tívoli. Con él se ordenaron de diáconos cuatro franciscanos. Ese mismo día cuenta José Antonio sus visitas a las imágenes marianas de la catedral para dar gracias a Dios y, como dice él mismo, "renovar mis votos". Después de la ordenación, por un gesto de amistad del obispo de Tívoli, pudo pasar unos días de descanso en el santuario mariano de la Mentorella, que, según la tradición, se atribuía a Santa Elena (s. IV). De esta visita cuenta los detalles de devoción mariana: "El rosario y las devociones del mes de María, y cantaron los Padres una Letanía muy bonita". Es muy bella la descripción que hace José Antonio en su Diario sobre la Mentorella y de sus entornos.
Los Ejercicios para la ordenación sacerdotal tuvieron lugar también en Tívoli, iniciando el 5 de junio, en soledad y con la ayuda del libro del P. Ciccollini. Duraron hasta el día de su ordenación presbiteral, el día 11 de junio de 1865, en la capilla del seminario diocesano de Tívoli. Pero, de hecho, al regresar a Roma para celebrar la primera Misa que sería el día 13, prefirió recogerse la tarde del 11 todo el día 12 en la Casa de Ejercicios de San Eusebio y prolongar allí su retiro, que continuó después de su primera Misa celebrada en el altar de San Luís de la Iglesia de San Ignacio.
Las circunstancias de su ordenación y de su cantamisa han quedado descritos en el Diario con toda suerte de detalles, salvo los sentimientos más íntimos que José Antonio consideraba indescriptibles. Hizo confesión general antes de la ordenación sacerdotal y antes de la primera Misa. Sobresale el tono de gozo y paz.
La ordenación de presbítero tuvo lugar en la fiesta de la Santísima Trinidad (11 de junio de 1865). Sobre su corazón llevaba un papel en el que había escrito una oración compuesta para este día: "Te pido que me perdones todos los pecados de mi vida pasada, que me des dolor de ellos y gracia para enmendarlos, que me des a conocer el gran misterio que hoy se obrará en mí, y las disposiciones necesarias para recibir todas las gracias necesarias para el desempeño del santo ministerio... Que yo sea un buen sacerdote, que imite y estudie a mi Jesús; que diga la santa Misa con devoción; que me consagre todo entero al divino servicio; y que jamás, jamás, jamás, manche siquiera el solemne voto de castidad, que hoy renuevo poniendo mi cuerpo en la llaga del costado de mi Señor Jesucristo y en las purísimas manos de María Santísima". Y pidiendo la intercesión de María, de San José, de los ángeles y santos, añade: "Que yo sea un buen sacerdote o que muera, es mi principal petición al cielo, y confiando en ella, en este momento me acerco al altar".
El momento principal de la ordenación lo describe así: "Entonaron el Veni Creator... y prorrumpí en sollozos y copiosísimo llanto, y mientras me ungían las manos, mis lágrimas se mezclaron con el óleo santo... y quedé para siempre hecho sacerdote... Mi corazón recobró en ese instante su antigua serenidad".
En los detalles de su primera Misa (13 de junio de 1865) aparecen muy claros y explícitos los frutos de sus Ejercicios respecto a su entrega total al Señor. Escribió por la mañanita una especie de carta-oración en que exponía sus más íntimos deseos de santidad y apostolado, y recordaba a las personas por quienes tenía que orar. Dice en su Diario: "En esos momentos sentí y palpé la alta dignidad de ser sacerdote". Su entrega, en el momento de la consagración eucarística, la expresó de este modo: "Pedí con todo el corazón ser buen sacerdote o morir; ofrecí a Dios todo mi ser". Oró entonces por todos sus seres queridos, bienhechores y por toda la humanidad: "Me sentí como quien deja pagadas todas sus deudas y hace deudores a sus acreedores".
En el momento culminante de la consagración eucarística es cuando se sintió más identificado con Cristo Sacerdote y Víctima: "Entonces pedí con todo el corazón ser buen sacerdote o morir, ofrecí a Dios todo mi ser; y ofrecí aquella Hostia Inmaculada y todo lo bueno que he hecho y haré".
En el besamanos, a pesar del ambiente de honores y fiesta de parte de grandes y numerosas personalidades, se considera a sí mismo "indigno como hombre de servirles de suela de zapatos al ínfimo de entre ellos". Y añade: "Si alguno hubiera penetrado mi corazón, hubiera encontrado que más pensaba en las espinas futuras que en las rosas presentes; y que conocía que ese triunfo y gloria eran el principio de la pasión. Dios me ha hecho la gracia de no dejarme alucinar, y, por consiguiente, siempre he pensado y ponderado bien las espinas del sacerdocio y me he olvidado de sus flores".
Al terminar el día de su primera Misa, quiso recogerse espiritualmente en San Eusebio. Allí anotó sus impresiones: "De esta manera concluyó el día más feliz de mi vida... Espero que en medio de mis pesares y trabajos, volveré los ojos hacia él y recobraré el santo entusiasmo con que hoy me he consagrado y ofrecido a Dios". En una plegaria dirigida al Señor por intercesión de María y de sus santos patronos (San José, San Antonio y San Luís), hace esta petición: "Que hagáis nacer en mí todas las virtudes de un buen sacerdote"...
Toda la vida recordará la audiencia con Pío IX, habida el día 30 de septiembre, donde el Papa le confió sus penas sobre la situación en México. El Santo Padre le pidió que se preocupara por "formar en el Seminario clérigos virtuosos e instruidos". El P. José Antonio renovó ante el Papa su entrega a Dios y a la Iglesia: "Santísimo Padre, hago voto y promesa de unirme a la Santa Sede en pensamiento, palabra y obra toda mi vida y protesto contra todo lo que de ella me separe. Bendiga su Santidad mis promesas, para jamás faltar a ellas y muera yo antes de quebrantarlas, y para que sea buen sacerdote y tenga perseverancia en la obra que trato de emprender en el Seminario de México". Añade esta apostilla de sabor profético: "Me separé lleno de valor para emprender la obra más ardua de un apóstol, y aún para sufrir el martirio en defensa de la fe y de la Santa Sede".
Las Misas de los días en que estuvo en Roma, las fue celebrando en los lugares más queridos de la cristiandad, que dejaron en él una huella imborrable. La segunda Misa (día 14 de junio) quiso celebrarla en Santa María la Mayor, ante la imagen que, según la tradición, se atribuye a San Lucas. El día 17 de junio la celebró en el altar de la Virgen de Guadalupe del Colegio Latino Americano. Sobre la tumba de San Pedro celebró varias veces, dejando constancia especialmente de la última (el 11 de octubre), cuando llevaba sobre su pecho una profesión de fe y de fidelidad a la Iglesia y al Papa, pidiendo a los santos Apóstoles: "Que me hicieran la gracia de alcanzarme la muerte, antes de faltar en lo más mínimo a lo que aquel pliego contenía y yo sentía en esos momentos". Corroboró estos propósitos y peticiones ante la estatua de San Pedro.
Partió de Roma el 11 de octubre de 1865, pasando por Marsella, París y su "amadísimo Oscott", donde saludó agradecido a algunos de sus antiguos profesores y formadores. Llegó a Veracruz el 25 de noviembre. Después unos días en la capital de México, pasó el día 20 de diciembre a Zamora, donde pasó la Navidad con sus familiares, recordando con cariño a su querida y santa madre, que tanto había orado a la Santísima Virgen por él. Tenía 25 años.
En el Diario, casi siempre encontramos un resumen valorativo de su vida al terminar cada año. Al final del año 1865, el P. José Antonio recuerda los grandes beneficios recibidos de Dios durante ese año, especialmente la gracia inmerecida de ser sacerdote. Agradece también a las numerosas personas que han sido instrumento de Dios para su feliz regreso a México. No podía faltar la referencia a la Santísima Virgen: "¡Bendita sea María, a cuya devoción debo la sin igual dicha de haber ingresado al sacerdocio, y poder ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa, por mis difuntos padres!".
Símbolo de todos estos sentimientos y actitudes es el hermoso cáliz con esmaltes, regalo que le hicieron (con ocasión de su ordenación) diciendo que así se lo hubiera hecho su madre. Las figuras simbólicas son un resumen de los amores que deben dar el tono a la vida sacerdotal y apostólica. Es una verdadera reliquia que puede recordar a todos que a la misión sólo se puede ir con "una vida escondida con Cristo en Dios" (Col 3,3), una vida hecho oblación como la vida del Buen Pastor.
  1   2   3   4


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje