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Introducción cárdenas y su circunstancia


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INTRODUCCIÓN
CÁRDENAS Y SU CIRCUNSTANCIA.

Javier Romero.


Material para un carácter
En la página liminar de sus Apuntes, se puso el facsímil de estas líneas autógrafas de Lázaro Cárdenas:

"Si los escritores son imparciales y dicen la verdad, toda la verdad de los biografiados, refiriendo su conducta de toda la vida, desde las condiciones económicas de sus padres, su abundancia o su pobreza: sus hechos de la infancia, su juventud, su madurez y hasta su vejez, pueden tener interés para el lector. Cuando se escriben sólo alabanzas pierde valor la biografía."

La advertencia de Cárdenas —quien a continuación se niega, con mayor visor, a la autoalabanza— debe ser regla para todo intento, así sea en aspecto parcial, de sondear en el decir y hacer de este hombre cuya huella se estampa honda en el México moderno. Basta de elogios, nos dice: peor si es esa interminable procesión de adulaciones al poderoso —agotadas con el poder, trueque de cañas en varas— que tanto ha enturbiado el comprender de nuestra historia nacional. Sobre los hechos y su expresión se erigen los monumentos humanos, y ellos, de modo natural. No el capricho arquitectónico, secretan los adornos adjetivales.

Los renglones que siguen pretenden atenerse a tal regla, aunque muy distantes están —por intención y sitio— del complejo análisis de una vida. Mucho más limitado, su propósito es introducir a la lectura de los más representativos documentos públicos de Lázaro Cárdenas en una etapa (1928 a 1940, y en particular del 30 de noviembre de 1934 al 30 de noviembre de 1940) durante la cual se funden, de manera intensa, el quehacer individual y el proceso social y político de la nación.

Ha de plantearse una cuestión fundamental: ¿hasta dónde los discursos, mensajes, declaraciones, entrevistas y manifestaciones polémicas del político en actividad y el estadista reflejan trama y urdimbre con que va tejiéndose la complicada de la de una sociedad? Agréguese que se trata precisamente de la época de Cárdenas, esto es, un momento histórico mexicano de singular movilidad, de las más profundas transformaciones vividas por nuestra sociedad dentro del amplio período conocido con el nombre de Revolución Mexicana, cuando, al impulso de la acción en que se perfila con rasgos acusados la personalidad del hombre en el más alto peldaño del poder del Estado, se galvanizan las fuerzas sociales interesadas en el cambio y en el concomitante fortalecimiento del cuerpo nacional, pero cuando, también, las resistencias inmovilistas o retrógradas se presentan en cuadro de batalla.

Faltaría, para extender la mirada al través del documento que trasmite el pensamiento gubernamental, la panoplia de decretos, de iniciativas de ley, de informes, de acuerdos y minutas, que salen de los límites de este tomo. Publicado ya en dos volúmenes, el Epistolario de Lázaro Cárdenas incluye cartas públicas —las instrucciones a representantes diplomáticos, por ejemplo— de primera importancia, y otras de carácter más personal que complementan su visión de asuntos sociales. Los cuatro volúmenes de sus Apuntes, en su índole autobiográfica, más íntima y no obstante siempre tendida —y contenida— en la esfera del existir político mexicano, remarcan lados y cierran ángulos. De modo que en el conjunto de lo expreso, apoyándose las partes unas en otras —el mensaje en la declaración, ésta en aquél; el decreto en la línea escrita en el recogimiento del cuarto de estudio doméstico, y ésta implícita en la carta al amigo o al colaborador, y viceversa, en trabazón de elocuencia múltiple—, nos va revelando la epopeya, el dibujo moral de cuerpo entero de la personalidad cuyos actos recoge la historia en su calidad de testigo de los tiempos, que le asignó Cicerón.

Ciertamente, por lo demás, el documento público del gobernante, del político en activo, responde con frecuencia a lo circunstancial o al punto de vista particular del instante: caben la parcialización de perspectivas o el error, y, en el enfrentamiento de contingencias, ante el fluir entrechocado de problemas, la enmienda real o aparente, la rectificación imperativa o el cambio de enfoque preponderante hacia una u otra parcela de la realidad pueden dar lugar al equívoco consistente en atribuir a contradicciones individuales lo que son emparejamientos, acoplamientos, acomodamientos necesarios a las anfractuosidades del sendero, empinado y contradictorio en sí. No se va en la vida, y menos en el actuar político, sobre una materia inerte: y nunca, a riesgo de perderse en el juicio, ha de dejarse de considerar esto.

Otras veces se atisba en el documento del político, más que la expresión o el análisis de un sesgo crítico de la hora, la tendencia a llevar calma a las conciencias. Digamos, una entrevista de prensa le servirá de plataforma para negarle importancia a un foco de intranquilidad sobre el que enfila baterías operantes. El incauto o el malintencionado quizás quieran descubrir disimulo en lo que son recursos tácticos imprescindibles.

Dicho de otro modo, más claro y consecuente, no bastará, jamás, el trasunto documental de un protagonista de la historia para penetrar al fondo de ésta ni, en definitiva, a los supuestos y presupuestos del propio actuar, de la vida de aquél. Son uno de los instrumentos, ineludibles, pero instrumentos que exigen el afinado cotejar en los entrantes y salientes del medio social sobre el que se actúa, a su vez actuante, condicionante. Y esto lleva a algo que se echa de menos en México. Estamos urgidos —y no por mero afán de erudición o de curiosidad deleznables, sino porque nos viene en ello, con el comprender de proyectos, de sus posibilidades truncas, de sus fallas, de sus desviaciones y deformaciones, la formación o la remodelación de una conciencia mejor armada para abrirnos camino en el rumbo del mundo del presente preñado de porvenir— de una historia analítica, totalizadora, comprensiva. Y en este desiderátum, la historia de la etapa de Cárdenas ocupa un lugar especial, clave.

Por parcialidades, con vistas al gran todo englobador, para el entendimiento cabal del magnífico óvulo nacional fecundado del período de Cárdenas, estamos en deuda con la pujante organización obrera de entonces, con la acción y la idea de sus más representativos dirigentes; idea-acción que se amalgama, entrechoca, acicatea, y finalmente se funde en la explicación del momento, del proceso, de aquella hazaña, en su magnificencia y en sus límites.

Cárdenas no está solo, ni pretende estarlo. Es él, es una férrea voluntad, una fidelidad a sí mismo y a su idea de la marcha de México en el camino de la historia. Sí, pero es al mismo tiempo —él, su obra— aquellas batallas obreras con señales de rumbo, y las luchas campesinas a las que responde, a las que convoca, las que lo acompañan y estimulan y dan base para los grandes trancos en el andar. Es un haz compacto de conciencia nacional, independentista, que en él identifica al valeroso adalid; una conciencia atenta a la situación de este país —no de otro— dentro de la situación del mundo, abiertos los ojos y el espíritu, desde ella, a las grandes corrientes de la humanidad que pugnan por transitar hacia más claros horizontes de vida humana. Los combates de otros pueblos se conjugan, se hermanan, son, en definitiva, propios combates: sus esperanzas, esperanza propia, aliento; sus victorias erigen aparejos de posibilidades, y sus tropiezos o derrotas arriman peso limitante. No está solo Cárdenas, ni estamos, como pueblo, solos.

Se le falsifica si se le da la calidad del hacedor único, y se presta el peor servicio a su figura, a la historia y a la comprensión del presente para la cual se apela a las enseñanzas depositadas en el transcurrir nacional. Porque el único, que pudo hacer por decisión existencial —con abstracción de tiempo, lugar y fuerzas encontradas—, se aparecerá, en contrapartida, como el responsable único de lo que no se hizo o no pudo hacerse. Las apologías providencialistas abren la grieta ancha a las vulgares interpretaciones de un providencialismo al revés, según las cuales Cárdenas, llegado a donde quería llegar, bajó la velocidad, puso el pie en el freno y detuvo la marcha de un carro social que sólo obedecía al conductor.

La grandeza del hacedor de historia —y esto sí lo fue, con buenos quilates, Lázaro Cárdenas— se esculpe sobre la materia, nunca dócil, de la época; modelada sobre las fuerzas e ideas impulsoras, modelándolas a su vez. Y Cárdenas, dicho sin más vueltas, es, en suma, un hombre de la Revolución Mexicana, esculpido en ella, su más grande escultor. Sobre todo este hombre, este Cárdenas a la lectura de cuyos documentos públicos se introduce aquí, el político, el gobernante, el estadista de la cuarta década del siglo, los convulsos años treintas. Será uno y el mismo hasta su muerte, una sola lealtad: pero el alma sensible a las peripecias mexicanas, receptiva a las transformaciones del mundo, se expresará en cambios consecuentes del pensar en la etapa posterior de su vida. En el lapso abarcado en este volumen. no se quiera pedir más; pero tampoco se encontrará menos, nada menos —y no es poco sino mucho para quien tenga sentido de la historia, de la realidad— que al más elevado exponente en acción de la Revolución Mexicana, de lo que fue en su punto culminante, de lo que pudo o ha podido ser.

Decir eso supone muchas cosas que equivaldrían a un análisis del trayecto nacional moderno, fuera, con exceso, de estas anotaciones. No obstante —y sin eludir lo que haya de atribuirse a la órbita del carácter personal, a sus excelencias, por un lado, y a flaquezas, fallas y errores que, por el otro, cuentan sin duda en el cuadro de las situaciones—, se pretende recalcar que en hechos y pensamiento de Cárdenas, más bien, en lo que con él y junto a él constituye su etapa, afloran las grandes vetas de proyección de un pueblo sacudido por el terremoto social y, al mismo tiempo, se topa con fronteras insalvables en la hora, de índole ideológica y de circunstancia. Ésta, la circunstancia, muy lejos de la simpleza, es un complejo de factores objetivos —nacionales e internacionales— y subjetivos, limitantes del proyecto.

Demasiado amplio el tema. Luces y sombras de este concreto movimiento social, nacional, popular, al que bien le cuadra el muy alto título de revolución. En él, imbuido en su idea hasta la medula de los huesos, creyentes de su razón, se forja un carácter.


LA MEMORIA VITAL
Acaso sea difícil encontrar —lo es entre los forjadores de la Revolución Mexicana, y más en el alto nivel que alcanza Cárdenas —ese tipo humano en cuyo espíritu, al paso evolutivo de la vida personal en el toma y daca de la sociedad condicionante, se aquilataran simientes que dejaron su impronta; no los hombres que en sus contorsionismos por negar o subsumir en las entretelas mentales las enseñanzas sensibles de los días formativos, las juzgan estorbos para el acomodo del existir inauténtico; hombres, en cambio, que elevan esas enseñanzas primas a memoria vital, brújula, auxiliadora en el transito de la fidelidad consigo mismo. Estos hombres, sin embargo existen. Cárdenas tuvo esa conciencia, esa memoria vital que le hizo compañía hasta la muerte; medida de autenticidad, aunque a veces se quiera confundirla con los acentos impermeables de las fijaciones reluctantes.

Sirva, para ejemplificar, la doble anécdota de caras enlazadas en el tiempo. Trae a sus Apuntes el pasaje del pequeño adolescente recluido algunos días en la cárcel de su pueblo natal por una mala jugarreta. Sale Cárdenas, el jovencito, limpio de polvo y paja, junto a Manuel, el amigo arrogante que compartió la falsa acusación: el secretario de la alcaldía, en señal amistosa, les tiende la mano, y "Manuel quiso despedirse con la mano izquierda que el señor Vázquez no tomó y miró con disgusto a Manuel''. Han pasado los años. Corrió de bocas a oídos el episodio: el pintor a quien se ha encargado el retrato de Cárdenas, para una galería de quienes han sido presidentes de México, busca expresar, con buena intención de elogio, la índole izquierdista del modelo; su simbolismo es aparentemente inocuo: la imagen pictórica, en saludo al pueblo, levanta la mano izquierda. Cárdenas, con su inflexible suavidad, pide al artista el retoque. Nunca, él, ha ocultado su tendencia ideológica; pero el pueblo nuestro, en su fina sensibilidad, entrega el gesto cordial en el apretón de mano derecha, mientras en el desganado contacto de la izquierda identifica la doblez de carácter; y hay que escuchar al pueblo. Cárdenas pretende escucharlo siempre, y, tal vez. En el momento de aquella reflexión frente al retratista, hiere su memoria la figura de su amigo Manuel rechazado por el señor Vázquez.

En él, Cárdenas que aprieta con recio puño las banderas de México, ¿no está algo, o mucho, del niño que en la Alameda de Jiquilpan oye al querido maestro Fajardo, al viejo liberal que en sus citas trasmite "la gran admiración que guardaba por el señor Morelos y el señor Juárez"? El presidente que acoge fervorosamente las ideas de Miguel Ángel de Quevedo, "apóstol del árbol" hasta el exceso. ¿No conserva el eco del muchachillo reunido en la plaza Zaragoza con don Modesto Sánchez, "que se distinguía por su cariño a los árboles"?

Arrastrado, como tantos otros jóvenes, al torbellino vivificante, la de sus 18 años es materia maleable a los martillazos de las ideas revolucionarias; las irá asimilando, le irán moldeando las capas del alma. No conserva, es cierto, muy gratos de ideas sociales bien definidas, a un militante del socialismo de la Revolución, recuerdos juveniles de actitudes individuales del general Manuel M. Diéguez, pero en las fuerzas de éste hace algunas de sus primeras armas, y en la mochila de Diéguez, no se olvide, vienen cargas de las luchas obreras antiimperialistas de Cananea. A las órdenes de Calles milita a los 20 años, y en la hora del rompimiento, que en la intimidad lo deprime, resuenan en sus oídos viejas palabras del antiguo jefe, palabras de integridad revolucionaria dichas en el vivaque de 1918 al corro formado alrededor de su catre de campaña. A esas palabras de orientación social revolucionaria y al consejo de perseguir la satisfacción del deber cumplido honrada y lealmente, se sentía fiel él Cárdenas que recuerda en 1935.

Imbricados en el complejo cuadro de ideas de la Revolución Mexicana, se hacen notar los rasgos de socialismo, cargados, indudablemente de impurezas, vagos unas veces, confundidos otras en la sola denominación, o utópicos, pero estimulantes, siempre, de las más limpias mentalidades, las más inclinadas al cambio social. La de Cárdenas será permeable a ellos, con sus contradicciones intrínsecas, con sus in-consecuencias incluso, tal se manifestará, sobre todo, en su obra gubernamental. Él, sin ser un ideólogo, inscribe en la acción el pensamiento. Está en sus 24 años el joven coronel Cárdenas cuando, en 1919, se publica La reconstrucción de México, libro de uno de los más destacados de aquellos utopistas hechos en la fragua revolucionaria, Salvador Alvarado, antiguo militante del Partido Liberal Mexicano, de Ricardo Flores Magón. Y existe un pormenor elocuente. El curso de las batallas políticas facciónales han colocado en bandos opuestos a Cárdenas y a Alvarado, militante, el primero, en las filas del obregonismo que postula la candidatura de Calles a la presidencia; el segundo, uno de los jefes militares de la rebelión que intenta llevar al gobierno a Adolfo de la Huerta. Y una sola anotación del año 24 (el de la derrota de la rebelión) recoge Cárdenas en sus Apuntes: la muerte, a mansalva, de Salvador Alvarado, a quien califica —laurel de homenaje— de "distinguido revolucionario". No obstante su laconismo, la nota trasluce con qué materiales se fue construyendo aquel edificio humano.

Consolidación del arduo aprendizaje en el terreno de los hechos y en las trasvasaciones personales de ideas. Hombre fogueado, un año antes ascendido a general de brigada, a partir de 1925, cuando cumplía la treintena de su edad, es comandante militar de la Huasteca, y allí, hasta los primeros días de 1928, conoce de cerca los procedimientos de las compañías petroleras, persigue a los bandoleros que sirven a sus intereses y entra en contacto con las primeras luchas de los obreros por sus reivindicaciones, por los derechos que les escamotean las empresas extranjeras, y observa su falta de organización, la consecuente debilidad adjunta a las divisiones instigadas por los agentes mismos del capital expoliador.

Múgica, que ha sufrido persecuciones de Obregón, dado de baja en el ejército, se le reúne allí; lo acoge, lo convierte en su auxiliar. Las relaciones son muy viejas, de familia (muy buenos amigos fueron los padres de ambos), y en las luchas políticas de Michoacán, al principiar la década de los veintes, estrechan lazos. Algo más que el simple paisanaje une al jiquilpeño y al perseguido de Tingüindín, once años mayor. Las afinidades son evidentes. Al correr del tiempo, Múgica rechazará cualquier especie sobre tutoría intelectual, el título de "mentor de Cárdenas" que se le aplica. En la Huasteca, dice, ha encontrado a un hombre formado, autodidacta de ideas sociales bien definidas, a un militante del socialismo de la Revolución mexicana. Pero no se ha de negar el intercambio, al que Múgica aporta la experiencia de fautor, junto a Lucio Blanco, del primer reparto de tierras y, sobre todo, el batallador diputado en el ala izquierda del Congreso Constituyente. Uno al lado del otro, se adentran allí en el problema de la riqueza petrolera nacional enajenada; con un añadido: antes de establecerse en la Huasteca, Múgica, unido a Luis Cabrera, ha patrocinado victoriosamente el litigio de un grupo de propietarios petroleros mexicanos contra una compañía extranjera apoderada de sus campos sin pagarles las regalías.

Otro diputado de la izquierda del constituyente, Heriberto Jara, es en la misma época gobernador de Veracruz, estado en el cual se enclava el centro de operaciones militares de la Huasteca. Y entre Jara y Cárdenas, también, se reconocerán las afinidades. El gobernador combatiente le trasmite al soldado que se inflama de ideas sociales su conocimiento de las trampas a que acuden los explotadores extranjeros del petróleo, que se sienten "en tierras de conquista", y le habla, en 1926, del necesario fomento a la organización sindical, en cuyos avances encontrará el obrero la fuerza para defender sus derechos. Mientras presencian desde el balcón central del Palacio Nacional, el 23 de marzo de 1938, la gran concentración de masas en apoyo de la expropiación del petróleo decretada cinco días antes, Cárdenas y Jara hacen recuerdos de aquellas pláticas que acumulaban enseñanzas, suerte de premoniciones que, engarzadas en luchas de base e impulsos revolucionarios, reventaban en esa realidad, en ese momento de reconquista nacional.

Temperamento receptivo y reactivo, Cárdenas almacenaba todo aquel acarreo de hechos, de experiencias, de ideas, pero no en saco sin fondo de pasividad, sino en un proceso de metabolismo orgánico, vital, que los transformaba en carne y sangre propias vibrantes, preñadas del grito que apela a la acción, a la vida espoleada por la esperanza.
AFANES EN EMBRIÓN, VIDA EN CONCORDANCIA
Por este hombre —no un desconocido, no un adocenado— se inclina la decisión de las fuerzas políticas cuando, al empezar 1928, están en puerta las elecciones para renovar el gobierno de Michoacán. Se le conoce, sí. El coronel Cárdenas ha secundado en abril de 1920 el Plan de Agua Prieta (de Obregón, Calles, De la Huerta…) que desconoce al presidente Venustiano Carranza, y, al mediar el año, a los 25 de su edad, general brigadier encargado de la comandancia militar de un Michoacán perturbado por la refriega política, asume interinamente la gubernatura. Hay muestras de su carácter, tan lejano de la pasividad y la indiferencia: entre los dos grupos que se disputan el triunfo tras las elecciones locales, las simpatías del joven gobernador son francas por el del "rojo" Múgica, a pesar de que no es éste el mejor visto por el gobierno del "centro". De añadidura, otro dato significativo para aquel momento: finalmente, Múgica, que ha gobernado con la abierta ojeriza del presidente Obregón, es depuesto en 1922; Calles, secretario de Gobernación, su antiguo jefe, le dirige a Cárdenas un mensaje en el cual le comunica que la legislatura de Michoacán lo ha designado gobernador; responde que sólo aceptaría si mediare la renuncia de Múgica por voluntad propia; veinticuatro horas después, otro mensaje de Calles: sin efecto el anterior; el caso de Michoacán "fue ya resuelto". No es, pues, un boceto de títere quien, en 1928, tiene sin duda el apoyo del presidente Calles para gobernar su estado natal, por quien se movilizan agrupaciones y personas michoacanas representativas.

Acepta su candidatura —10 de enero de 1928— con un manifiesto en el que se prefigura el cuadro de ideas cuyos rasgos recalcará, andados los años, el presidente de México. Si se busca consecuencia, véase la primera piedra en tal documento —primero de los incluidos en este volumen.

Antes que nada, dice, ha de exponer su criterio político, por el cual verán si es digno de gobernar a Michoacán. De su conducta y de su labor, pueden dar testimonio los pueblos de las regiones donde ha prestado sus servicios, con un signo sustantivo: su ajuste, siempre, "a los postulados de la Revolución", y uno adjetivo: la admiración a los hombres —Calles, Obregón — que han abanderado la causa social de nuestro pueblo, por cuanto han hecho en favor del mejoramiento económico, intelectual y moral de los trabajadores. Pasa, de lo general, a lo concreto sustancial, dicho, nótese bien, en enero de 1928:

"Soy partidario de la política agraria, por ser uno de los postulados de la Revolución y porque el resolver el problema de la tierra es una necesidad nacional y un impulso al desarrollo de la agricultura. Creo que esta labor debe acometerse sin vacilaciones, bajo un programa ordenado que no perjudique a la producción y dé los resultados que se persiguen."

Lo que aquí se subraya, era dicho por el precandidato a una gubernatura en momento en que la política agraria, esta necesidad nacional, dejaba ya bastante que desear por sus vacilaciones. Nadie debería llamarse engañado por los actos posteriores de quien no se cuidaba de hablar así.

Erróneo o, peor, ingenuo sin atenuantes sería creer haber topado en este punto con el cuerpo entero de un pensar no sujeto a soluciones de continuidad, acabado y, de ser así, ajeno a los condicionamientos de las situaciones en proceso. Es apenas, el principio, son los prolegómenos de un querer y de las posibilidades de un hacer dentro de las fronteras de la realidad. Sin embargo, en ese marco se notan las señales —incipientes, si se quiere— de lo que serán constantes por desplegar. Desde el lema adoptado en el manifiesto de Ciudad Cuauhtémoc: subordinar el interés personal al bien colectivo, probará que no es mera demagogia de un aspirante a participar de lleno en la conducción política, sobre un campo ya minado por corrupciones, cojeras, pasividades y personalismos pasionales, aparte las contradicciones intrínsecas del proceso. Inscritos con el lema, están ahí los afanes en embrión: el agrarismo ya subrayado, el impulso vigoroso a la instrucción pública, el sostener con energía los postulados de nuestro código supremo, sin permitir que se les burle o deforme; el empeño por el desarrollo de la agricultura, la industria, las comunicaciones, por "toda empresa que tienda al mejoramiento de las clases laborantes"; la democratización donde se exprese la voluntad popular. Ciertamente, en su generalidad, son palabras de orden de la superestructura ideológica del movimiento de que provenía y en la que estaba afiliado; pero en muchos se habían comprimido dentro del caparazón de las simples palabras.

Llegará una hora de balance, y conviene el cotejo con los atisbos iniciales del pensar para actuar. Las tendencias, favorecidas en los cauces del poder, impulsadas por las fuerzas eficientes, limitadas en el choque de los contrarios, se habrán desarrollado, se habrán medido con la realidad y podrán revelar los condicionamientos ideológicos y las propias limitaciones, pero sólo la distorsión del enfoque o la mala fe descubrirían desviaciones de voluntad consciente. (Léase el discurso del 25 de noviembre de 1940. Después de éste, no recoge el volumen sino dos pequeñas piezas de carácter protocolario, ante diplomáticos, donde, no obstante, se reafirman rasgos de la política internacional.) A cinco días del fin de su mandato, ha escogido el honrar colectivo de los trabajadores —de éstos que, movilizados en acción y conciencia, fueron la base de apoyo radical de la obra—, para despedir del pueblo al gobernante. Invitado al XV Consejo de la GTM, considera adecuado valorar ahí el proceso que ha vivido la República y sus proyecciones. Pasa revista a lo hecho y lo que está por hacer, a los escollos; advierte contra asechanzas, y ensarta en el hilo del discurso sus temas de terca presencia: el agrarismo, los derechos de campesinos y obreros, la fe en sus luchas, el llamado a su unidad activa, la educación popular, el papel de los maestros, el desarrollo material, el respeto a la vida humana, la democracia, el pan, la paz, la libertad, la independencia, la marcha de la Revolución Mexicana, en suma. El estadista maduro, héroe ya de su pueblo en el vigor de sus 45 años, puede engarzar una variante del lema aquel con que el general de los ideales juveniles se disponía a iniciar la experiencia política gubernativa en el 1928 que marcó un giro de la existencia sin quebrar el proyecto vital, antes bien, abriendo los canales a su realización.

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