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Instituto hijas de maria auxiliadora


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Fecha de conversión21.09.2016
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INSTITUTO HIJAS DE MARIA AUXILIADORA

fundado por San Juan Bosco

y por Santa María Dominga Mazzarello

N. 956
Peregrinas de misericordia


Queridas hermanas,

mientras os doy las gracias por las oraciones que generosamente hacéis por mí y por las hermanas del Consejo, deseo reflexionar con vosotras sobre la inmensa riqueza de amor que Dios reserva a toda la humanidad, tan necesitada de redescubrirse en su dignidad de criatura buscada, perdonada y amada con misericordia.

Dios es el Dios de las sorpresas. Tenemos muchos signos que nos lo confirman, entre ellos la convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia hecha por el Papa Francisco, que comenzará el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción y que concluirá el 20 de noviembre de 2016, solemnidad litúrgica de Jesucristo Señor del universo.

Una ayuda irrenunciable para prepararnos a acoger y compartir entre nosotras, con los jóvenes y con todas las personas de buena voluntad este evento, lo encontramos en los contenidos de la Bula pontificia Misericordiae Vultus. Ellos serán el telón de fondo de mi reflexión.


Os invito a descubrir la profundidad teológica y pastoral y hacerla objeto de conversión personal y comunitaria, de nueva vitalidad interior, de misericordia y de perdón, de felicidad evangélica, de servicio incondicional a los que están en situaciones de dificultad y sufrimiento.

El Jubileo pretende hacer redescubrir a la Iglesia, y por tanto a cada una de nosotras, a las comunidades FMA y educativas, la actualidad y fecundidad del Evangelio de Jesús.

Explicitaré mi reflexión presentando a Jesús como el rostro de la misericordia del Padre; evidenciando después nuestra llamada a ser misericordiosas como el Padre y a anunciar su misericordia.
Jesús, rostro de la misericordia del Padre

A los 50 años de la conclusión del Concilio Vaticano II, la Iglesia siente la necesidad de anunciar el Evangelio de una manera nueva, sin rechazar el pasado. Lo hace atendiendo a las necesidades de la humanidad que espera, no profetas de fatalidad, sino personas capaces de abrir caminos de esperanza, de justicia y de verdadera fraternidad.

Por esto son siempre actuales las palabras de San Juan XXIII proclamadas en la apertura del Concilio: "La Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia mejor que la de la severidad." Tema retomado más tarde por San Juan Pablo II que nos regaló la bellísima encíclica Dives in Misericordia.

El Papa Francisco, con angustiosa insistencia, propone una Iglesia que encuentre en la misericordia la viga maestra de su misión (cf. Misericordiae Vultus, n. 10). La misericordia es el corazón de su pontificado y se manifiesta con sencillez evangélica en gestos concretos hacia los más olvidados, los “descartados" de la sociedad, los indefensos.

Su magisterio tiende a hacernos redescubrir las obras de misericordia espirituales y corporales para sanar viejas y nuevas heridas de las que la humanidad se ve afectada (cf. n. 15). La apertura de la Puerta Santa expresará simbólicamente el acceso confiado a la plenitud de la misericordia.

En Jesús, la misericordia de Dios se encarna, se hace cercana y accesible. Por esto es indispensable mirarle a Él para aprender qué es la misericordia y cómo vivirla en nuestra realidad. Con su vida y su palabra Él nos ha revelado plenamente el rostro misericordioso del Padre, que manifiesta su omnipotencia derramando abundantemente su misericordia sobre nosotros. Ésta, no es debilidad, sino una cualidad de la omnipotencia.

Dios siempre perdona y sana. Ama a los pobres y humilla a los poderosos. Ama con entrañas maternas, como nos recuerda Isaías: "¿Puede la mujer olvidar al niño que amamanta? ¿No tener compasión del hijo de sus entrañas? Incluso si ellas se olvidaran yo no te olvidaré jamás" (Isaías 49,15).

Su misericordia no se agota nunca, siempre da a la persona la oportunidad de redimirse. Dios, en Jesús, ha expresado con muchos signos su compasión: alimenta a las multitudes, tiene compasión por aquellos que lo siguen sin parar, sin descanso. Se conmueve frente a cuántos, sedientos de verdad lo siguen, se reúnen a su alrededor con el deseo de escucharlo, de mirarlo a los ojos para descubrir la belleza de un amor compasivo que llega a cada uno en su situación de vida.

A la mujer adúltera, condenada por los escribas y fariseos, Jesús muestra su sorprendente misericordia: no la condena, no la aleja, no la reprende, sino que le dice: "Tampoco yo te condeno; ve y de ahora en adelante no peques más"(Jn 8,11).

Esta actitud de Jesús es para nosotros una llamada siempre nueva. Es una página del Evangelio que ha sido definida "escandalosa"; en realidad también hoy podemos afirmar que la misericordia, como nos la enseña Jesús, es escandalosa, porque a menudo choca con los juicios humanos, no siempre iluminados por la sabiduría de Dios.

También hacia Mateo Jesús manifiesta su bondad misericordiosa: lo mira con una mirada llena de ternura y amor y lo elige. Jesús lo ama, no porque ya es bueno, sino que lo hace bueno porque lo mira con amor misericordioso.

Pienso en la llamada que todas hemos recibido de Jesús. Su misericordia hacia nosotras sigue siendo un misterio por descubrir, sobre todo cuando Él perdona nuestras pequeñas y grandes infidelidades. En su paciencia nunca dice "basta, me cansé de ti" ¡Cuántas veces en la intimidad de nuestro corazón nos hemos dado cuenta de que siempre nos ha dejado una nueva posibilidad para retomar el camino y ser signo de misericordia, compasión y ternura hacia los demás!

Busquemos un momento de silencio para reflexionar sobre lo que Jesús ha hecho y sigue haciendo en nuestras vidas y en nuestras comunidades, dándole las gracias porque nos envuelve de su amor infinito y rico de compasión.

En la Palabra de Dios ¡cuántas sorprendentes parábolas de la misericordia encontramos!

¿Estamos dispuestas, queridas hermanas, a dedicar un tiempo adecuado para encontrarlas, releerlas, confrontarnos con aquella que toca profundamente nuestra experiencia?

Quizás podemos descubrir que también en nuestra existencia hay una "parábola de la misericordia", objeto privilegiado de una mirada de amor que se nos da gratuitamente. Sólo quien tiene la experiencia la puede dar y otorgar a otros.

¿No es quizás este el camino para encontrar la verdadera felicidad y hacerla encontrar a cuantos, especialmente los jóvenes, buscan un sentido a la existencia?; ¿un motivo para mirar el futuro con esperanza?; ¿una fuerza para colaborar con una sociedad respetuosa de la dignidad humana y promotora de los verdaderos valores en la óptica del Evangelio?

Misericordiosas como el Padre

En cuantos hijos e hijas de Dios, llevamos grabada en nuestra humanidad la imagen y la semejanza con Él. La misericordia nos caracteriza en lo más íntimo. Nuestro compromiso consiste en encontrar el aspecto más profundo que hace nuestro rostro semejante al suyo.

La misericordia es el criterio de credibilidad de todo cristiano y de nosotras religiosas dentro del pueblo de Dios. Es la palabra-clave para comprender el obrar de Dios, también el actuar de los hijos de Dios. Como el Padre ama, así somos llamadas a amar nosotras también, acogiendo, en plena disposición, los sacrificios que este amor exige, incluso hasta el martirio.

El Papa Francisco, en su viaje a Cuba, nos ha hecho comprender que la misericordia, más que un esfuerzo, es una necesidad imperiosa, porque se comparte, se participa de la misma misericordia de Cristo Jesús. Él "ve siempre lo más auténtico que vive cada persona, que es precisamente la imagen del Padre". El Papa insiste en que la misericordia genera la misión y servicio, como le ha ocurrido a Mateo: “El encuentro con Jesús, con su amor misericordioso, lo ha transformado... Jesús lo miró y Mateo encontró la alegría del servicio...”. La mirada de Jesús lleva a compartir "su ternura y la misericordia con los enfermos, los encarcelados, los ancianos y las familias en dificultad" (Homilía en Plaza de Holguín, 21 de septiembre de 2015).

Estas expresiones han entrado profundamente en mi corazón; me han interpelado y he pensado en nuestros Fundadores que realizaron, con pasión y espíritu evangélico, lo que el Papa Francisco subraya con convicción.

Don Bosco y Madre Mazzarello han sido capaces de tejer con habilidad y armonía misericordia-ternura-amorevolezza. ¡Qué alegría he sentido adentrándome en esta realidad! Alegría que deseo compartir con vosotras para dar gracias juntas al Señor por el carisma salesiano, don siempre presente en todas las culturas.

Nuestros Fundadores han sido realmente una "palabra" creíble de misericordia en el sentido pleno del término: entregaron hasta la última fibra de su corazón a los más pequeños, los últimos, los mas débiles, los jóvenes pobres. Ser pobres, frágiles, necesitados de ayuda era para ellos razón suficiente para "amarlos mucho" y ayudarles a crecer en dignidad humana y cristiana como "buenos cristianos y honrados ciudadanos".

El proyecto carismático de Don Bosco es un proyecto de amor y de misericordia porque no sólo educa a los jóvenes, sino que los educa en la alegría y en la ‘amorevolezza’, en la bondad y en la responsabilidad hacia la vida. Este proyecto expresa la misericordia en su sentido etimológico: miseris-cor-dare, "dar el corazón a los pobres", a los jóvenes pobres y abandonados.

Me parece clara la imagen de la foto en la que Don Bosco, rodeado de niños, se hace fotografiar en el acto de escuchar su Confesión. Muchos están esperando su turno para confesarse, mientras uno de ellos está arrodillado para recibir la absolución del Santo. Don Bosco es el apóstol de la confesión para los jóvenes, por ello, apóstol de la misericordia de Dios, del perdón y de la esperanza.

También María Domenica, desde joven, desarrolló una misión significativa de la misericordia, cuidar a las chicas. Esta misión que ya realizaba espontáneamente fue confiada a ella y a sus compañeras desde los inicios de la fundación del Instituto por parte de Don Bosco: "Haced el bien que podáis".

El bien urge, la compasión y la misericordia tienen carácter de urgencia. Los pobres no pueden esperar, tienen derecho de prioridad.

Madre Mazzarello, tan exigente consigo misma y atenta a la formación de las hermanas, les recomienda que no tengan en cuenta las pequeñeces, sino que se centren en lo esencial: el encuentro con Jesús. Es Él quien nos transforma interiormente y nos hace semejantes a Su corazón manso y humilde.

Me limito a reproducir un trozo de una carta escrita a las misioneras, que he mencionado otras veces:

"Mis queridas hermanas, amaos mucho… ¡Cuánto me consuela recibir noticias de las casas y saber que en ellas reina la caridad, que obedecen de buen grado, que cumplen la Santa Regla. Entonces lloro de emoción y pido bendiciones para todas vosotras que os revistáis del Espíritu del Señor y podáis hacer un gran bien a vosotras mismas y a vuestro prójimo, tan necesitado de ayuda. Sí, pero ¿cómo era el Espíritu del Señor? [...] espíritu de humildad y paciencia, lleno de esa caridad propia de Jesús, que nunca se cansa de sufrir por nosotros y que quiere sufrir ¿hasta cuándo?.. ¡Ánimo, pues! imitemos a nuestro Señor Jesucristo en todo, pero especialmente en la humildad y en la caridad; ¡pero de verdad!... Rezad también por mí para que pueda cumplir lo que os aconsejo" (26,4 L).

Esta carta es casi una declaración de intenciones y puede convertirse en un programa para nuestras comunidades: revestirnos de los sentimientos de Jesús, quererse bien, tener un corazón lleno de caridad por los demás, incluso cuando esto comporta sufrimiento y sacrificio.

La misericordia, por lo tanto, es inherente a nuestro Proyecto de vida. Es el rostro de nuestra misión. Se inicia, desarrolla y madura en una comunidad que se funda y se renueva continuamente en la Eucaristía (cf. C 40).

Estamos invitadas a revisar de nuevo el rostro de nuestras comunidades. Preguntémonos: ¿es un rostro de miseri-cordia? ¿Cómo se expresa y donde está su origen? ¿Estamos abiertas a recibir el perdón de Dios también en la forma sacramental? ¿Qué perdón nos ofrecemos unas a otras? (Cf C 40 y 41).

El Papa Francisco, en la Misericordiae Vultus, menciona la triste posibilidad de cultivar rencores también dentro de la Iglesia y en las comunidades religiosas. El perdón de las ofensas es la condición para recibir el perdón de Dios. "Estamos llamados a vivir de misericordia, porque nosotros, previamente, hemos recibimos misericordia. El perdón de las ofensas se convierte en la expresión más evidente del amor misericordioso y para nosotros, cristianos, es un imperativo del que no podemos prescindir. ¡Qué difícil nos parece tantas veces perdonar! Sin embargo, el perdón es el medio puesto en nuestras frágiles manos para lograr la serenidad del corazón e irradiarla a nuestro alrededor, casi por ósmosis (cf. n. 9).

Para dar y recibir el perdón nuestro corazón debe estar libre de la tentación de los chismes, del juicio o del prejuicio, purificado de aquellas zonas de sombras que se insinúan en nuestro mundo interior. Sólo así podemos mirar serenamente a los ojos de nuestras hermanas, de los jóvenes y de todas las personas de cualquier edad, clase social y religión.


Yo tengo un sueño que espero habite también en vuestros corazones: construir juntas, con la gracia de Dios y la fuerza que nos viene del Espíritu Santo, comunidades ricas de misericordia; comunidades donde vibra la alegría del perdón y la búsqueda apasionada de caminos para educar a vivir con los mismos sentimientos de Jesús en el estilo del Sistema preventivo.

En mi caminar por mundo descubro sentimientos estupendos en muchas hermanas y su deseo de ser testigos sencillos del amor que a diario reciben y que humildemente y en verdad dan a su vez en las situaciones cotidianas. Esta es la santidad que hace a nuestra Familia religiosa luz que brilla e infunde esperanza, confianza y alegría.

"En la noche de la vida, seremos juzgados sobre el amor", nos recuerda el Papa Francisco. Seremos juzgados por las obras de misericordia: se nos pedirá si hemos ayudado a otros salir de la duda que genera miedo y es fuente de soledad; si hemos sido capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, especialmente los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si hemos estado cerca de quien está solo y afligido; si hemos tenido paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; si, en fin, hemos confiado al Señor en la oración a nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos "más pequeños" está presente Cristo mismo (cf. n. 15).

En este año de la misericordia esforcémonos en las comunidades educativas por mantener siempre abierta la puerta del corazón, aunque sea con un simple saludo acompañado por una sonrisa, la acogida incondicional de las hermanas y de los que nos encontramos a diario en la misión. Cultivemos un corazón amplio en el perdonar, abierto a acoger en su propio interior a quien llame a la puerta de nuestra casa; una casa que no debe presentarse como una fortaleza, sino como un puente sobre el que otros pueden pasar con la seguridad de sentirse acogidos con amabilidad y amor.


Anunciamos la misericordia

La misericordia es el corazón del Evangelio y de la Iglesia. El Papa Francisco nos invita a vivir una verdadera peregrinación de la misericordia, expresada por los verbos del Evangelio: no juzguéis, no condenéis, perdonad, dad (cf. Misericordiae Vultus, n.14). En ellos se perfila un camino espiritual que se hace concreto, permitiéndonos redescubrir las obras de misericordia espirituales y corporales para sanar las heridas, de quien sufre en la sociedad actual, con el consuelo, la misericordia, y la solidaridad (cf. n. 15).

Es significativo en este sentido el Mensaje del Papa a los jóvenes del mundo para la JMJ 2016 con el tema: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7). Un mensaje que abre vastos horizontes, nos impulsa mas allá de las fronteras, rompe los muros de desconfianza y abre los corazones a vivir la "extraordinaria alegría de ser instrumentos de la misericordia de Dios", ya que, continúa el Papa, "se es más bienaventurado en el dar que en el recibir” "(Hch 20,35). Precisamente por esta razón, la quinta Bienaventuranza declara felices a los misericordiosos. Sabemos que el Señor nos ha amado primero. Pero seremos verdaderamente bendecidos, felices, sólo si entramos en la lógica divina del don, del amor gratuito, si descubrimos que Dios nos ha amado infinitamente para hacernos capaces de amar como Él, sin medida".

Con la fuerza de quien cree en los jóvenes, el Papa Francisco lanza una propuesta valiente, un reto que sin duda los jóvenes no dejarán caer en el vacío: "A vosotros, jóvenes, que sois muy concretos, quisiera proponeros que los primeros siete meses del año 2016 elijáis, cada mes, una obra de misericordia corporal y una espiritual para ponerla en práctica ". (Mensaje para la JMJ 2016).

Esta propuesta no nos deja indiferentes. Según nuestras posibilidades, queremos tratar de realizar con los jóvenes una peregrinación de la misericordia, a partir de nuestro corazón, que siempre necesita ser evangelizado con la buena noticia de la misericordia y el perdón. Tal vez en alguna surge está pregunta: "¿cómo ponerme en el camino si...?".

Es un "si" que desaparece cuando juntas damos testimonio y proclamamos la misericordia, expresando el calor de la amistad auténtica que abraza a todos; cuando realizamos gestos de paz, de ternura según el corazón de Cristo. No tengamos miedo de la ternura, recomienda el Papa Francisco. Más bien, debemos tener miedo de los corazones cerrados, fríos e indiferentes. Vayamos a las periferias existenciales, hacia los jóvenes, que nos hacen partícipes, también aquellos que no parecen de los más pobres materialmente. Hay tanta soledad en el mundo. Hay mucho abandono y también desesperación en la vida de los jóvenes.

Don Bosco comenzó su misión sintiendo compasión por los jóvenes que abarrotaban las cárceles de Turín porque estaban solos y abandonados. Entendió que sólo una misericordia preventiva podría salvarlos de la situación de peligro, restituyéndoles su dignidad y futuro. Lo hizo con sabiduría y visión de futuro y fue capaz de hacer gustar a los jóvenes la verdadera felicidad de sentirse amados por Dios y ser evangelizadores de otros jóvenes.

Como comunidades educativas, junto con los jóvenes, que generalmente son sensibles a la compasión y el perdón, nos comprometemos a ser testigos y anunciadores de la misericordia. Estoy segura de que su respuesta nos sorprenderá y nos dará a todas el ánimo que necesitamos.

En este proceso, que podrá concluirse simbólicamente con una peregrinación a un lugar sagrado, como nos invita a hacer el Papa Francisco, miramos a María, maestra de misericordia. Ella, que ha acogido y custodiado en el corazón la Palabra; que ha sabido escuchar comunicando la vida que crecía en su vientre; que se dio cuenta del desconcierto de los esposos de Caná e intervino para evitar la incomodidad de la falta de vino, nos ayude a ser signos creíbles de misericordia y a realizar, también como comunidades educativas, gestos coherentes que lo expresen.

A María le encomendamos el camino de unidad y de comunión de las familias para que se construyan cada vez más como lugar donde aprender a comunicarse, a descubrir la belleza de la relación entre el hombre y la mujer y entre padres e hijos, a superar con el amor y el perdón, ofrecido y recibido, posibles conflictos, hasta llegar a ser testigos de la misericordia.

¡Estoy segura de que sabremos encontrar caminos eficaces para un nuevo despertar misionero y vocacional en el signo de la misericordia! Ser peregrinas de misericordia, sentirnos comunidades en camino, sea para cada una motivo de alegría y de esperanza.

Os ofrezco mis mejores deseos para la solemnidad de la Inmaculada y de Navidad. María de Nazaret nos ayude en el compromiso de educarnos y educar a una cultura de paz y reconciliación, de la que el mundo de hoy tiene tanta necesitad.



La bendición de Dios os acompañe y os sostenga. Sentidme siempre en profunda comunión de oración, de amor, de una entrega total y gozosa de la vida.
Roma, 24 de noviembre 2015
Aff.ma Madre

Sor Yvonne Reungoat fma



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