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INSTITUTO DE ESTUDIOS ESTRATÉGICOS DE BUENOS AIRES

El mundo al momento de sancionarse la Constitución de 1853

Nuevas ideas y formas de gobierno

(Diciembre de 2003)

(Capítulo del libro “Homenaje a la Constitución del año 1853” –

“Un. de Belgrano” e “Instituto Urquiza de Estudios Históricos”)



Horacio Salduna [1]

 El siglo XIX fue para el mundo una época de grandes transformaciones políticas y filosóficas, así como de trascendentes avances en el campo de la ciencia y la tecnología.

Es el siglo en que se afianza definitivamente la revolución industrial, gracias al uso masivo del vapor como fuerza motriz.

Es un siglo que comienza con el pleno apogeo de la Revolución Francesa y termina en los albores de la Revolución Bolchevique Rusa.

La Revolución Francesa terminó con la monarquía absolutista de los Borbones, inauguró la experiencia republicana, impuso el principio de que la soberanía estaba en el pueblo y no en el monarca absoluto de origen divino y permitió el avance de las nuevas ideas de libertad, igualdad y democracia.

La Revolución Bolchevique Rusa inauguró la experiencia socialista marxista que duraría algo más de setenta años, hasta derrumbarse tras el mayor fracaso ideológico de la historia.

En el siglo XIX nacieron las dos grandes corrientes de pensamiento político, social y económico que aún hoy concentran a los grandes grupos de opinión:

la democracia liberal capitalista y el socialismo marxista comunista.
Apareció, además, el nacionalismo. El concepto y valor de la nación por sobre los de la monarquía. Los ejércitos napoleónicos fueron los primeros que luchaban y morían en defensa de una bandera nacional, en lugar de hacerlo por los estandartes de los monarcas o de los señores feudales. La exacerbación de los sentimientos nacionalistas produciría más tarde nuevas causas de amargura y de fricción entre los pueblos.

El liberalismo, como nueva filosofía política y social, permitió la superación de las costumbres medievales. El poder, emanado de la posesión de la tierra, pasó a depender de la posesión del capital.

El liberalismo económico que le siguió, se basó en la propiedad privada de la producción, la iniciativa privada, la competencia y las leyes del mercado. Pero mostró síntomas siniestros para la población más pobre y proletaria. Las malas condiciones laborales, el trabajo diario excesivamente largo, las faltas de descansos semanales, el uso de menores en trabajos insalubres, como el de las minas, el trabajo de las mujeres sin contemplaciones, produjeron un verdadero espanto.
Comenzaron a surgir los movimientos socialistas revolucionarios.

 

Karl Marx (1818-1883) propone una solución, basada en la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, la colectivización de la producción agraria, la toma del poder por parte del proletariado a cualquier costo y la instauración de la dictadura del proletariado como forma de marchar hacia una sociedad idealmente comunitaria.



Las diferencias de visión del hombre real llevaron al triunfo del liberalismo.

Si bien las leyes de mercado mostraron inicialmente su fragilidad, al no producir los esperados equilibrios naturales y espontáneos entre la oferta, la demanda y los precios, en forma inmediata e inexorable ya que este equilibrio podía ser modificado por acciones y maniobras de los tenedores del capital, tenían en cambio la ventaja de contar con un recurso salvador: el arbitraje del Estado para poner las cosas en su justo lugar.

El sistema marxista mostró una ponderable vocación por distribuir la riqueza con equidad y justicia pero también una fatal incapacidad de producir riqueza al abolir los alicientes naturales para producirla que requieren los hombres a través de las posibilidades de lucro. Por otra parte, en el sistema marxista, la sociedad carece de toda posibilidad de resguardo o arbitraje ante las arbitrariedades e injusticias sociales al ser el mismo Estado el único detentor del capital y de los medios de producción. Cayó así en una continua depresión productiva y en la instauración de regímenes políticos severamente totalitarios, autoritarios y despóticos.

Como “una cruel utopía” definió el Papa Juan Pablo II al enterarse de la caída del muro de Berlín y de todo el sistema socialista comunista marxista.



Exactamente a mitad de ese siglo, en1853, en medio de violentos enfrentamientos políticos que protagonizaron los seguidores de las monarquías absolutas, los defensores de las ideas republicanas liberales y los revolucionarios socialistas marxistas, se sancionó en Santa Fe la Constitución Nacional argentina.

El 25 de mayo de 1810 impulsó dos grandes sueños en la nación argentina que nacía.

El primer sueño fue el de la emancipación de la dependencia de España. Este sueño se logró con la guerra de la independencia, a través de quince años de heroicas luchas. El personaje símbolo de este primer sueño hecho realidad fue, sin duda, José de San Martín.

Lograda la independencia en 1816, surgió el segundo sueño, el de la organización constitucional de la nación, para dotarla de un Estado jurídicamente organizado y reconocido internacionalmente. La realización de este sueño costó casi cincuenta años de luchas fraticidas. Se logró en 1853 al sancionarse la Constitución Nacional en Santa Fe. El personaje símbolo del logro de este segundo sueño argentino fue sin duda, Justo José de Urquiza.

 Sabemos que el hombre es un animal .social, como lo definía Aristóteles. No puede vivir aislado, sino agrupado. Para ello necesita establecer normas de convivencia, así como una autoridad que asegure la vigencia de esas normas y su aplicación.
En la comunidad humana existen tres factores interdependientes: los individuos, la colectividad de individuos o sociedad y el Estado.

Las distintas filosofías políticas económicas se diferencian en la elección de uno de estos factores, que consideran debe prevalecer sobre los otros.



El liberalismo defiende básicamente los derechos individuales,

el socialismo a la colectividad y

los autoritarismos (fascismo, nazismo, comunismo) hacen recaer la mayor preponderancia en el Estado.

Tanto el liberalismo como el socialismo marxista, terminan coincidiendo en una cosa: abominando al Estado.

Para el liberalismo el Estado no debe inmiscuirse sino mínimamente en la relación de los individuos entre si; debe reducirse al papel de gendarme de la seguridad y el orden. Keynes reivindicó, desde el liberalismo, la importancia de la intervención del Estado, pero sólo para momentos de crisis.


Para los marxistas-comunistas el Estado debe actuar en la primera etapa de la marcha hacia el comunismo, la dictadura del proletariado, a través de un Estado omnipotente. Pero la última etapa, según el programa de Carlos Marx, es la implantación de una sociedad comunitaria en la cual cada individuo produzca al máximo de sus posibilidades y consuma sólo lo indispensable para su subsistencia. En esta etapa el Estado debe desaparecer.

Como se ve, este principio marxista, llamado pretendidamente el socialismo científico, poco tiene de científico y mucho de utópico, tanto como el socialismo de Tomás Moro o de Platón.

Ninguna experiencia de gobierno marxista logró pasar, en más de setenta años, de la primera etapa de la dictadura del proletariado.
Los constituyentes argentinos de 1853 supieron aplicar un sabio equilibrio entre los tres factores que actúan en una sociedad: individuo, colectividad y Estado.

Fijaron con claridad y avanzado criterio los principales derechos y garantías individuales, defendieron el bien común (que en el Preámbulo de la Constitución se define como bienestar general) y establecieron claras normas para asegurar la necesaria autoridad del Estado.

 

El mundo de entonces

 

El avance de las consignas revolucionarias de Carlos Marx y Federico Engels y los primeros intentos revolucionarios socialistas alarmaron a las clases dominantes europeas y provocaron un retroceso en los logros republicanos y liberales y un retorno a los gobiernos autocráticos.



En 1847 (del 29 de noviembre al 8 de diciembre), los socialistas europeos, llamados ya comunistas, se reunieron en el Segundo Congreso de la Liga Comunista, en Inglaterra, (cuna del capitalismo liberal que combatían) y encomendaron a Carlos Marx y a Federico Engels la redacción de un documento que sirviera de guía y acicate para los movimientos revolucionarios próximos a iniciarse en toda Europa.

Así nació el "Manifiesto Comunista" de 1848.

El 24 de febrero de 1848, apenas algo más de cuatro años antes de la sanción de la constitución argentina, se produjo en Francia una violenta revolución liderada por los burgueses republicanos liberales, junto a los socialistas, la cual dio por tierra, una vez más, con la monarquía que había sido restaurada luego de la derrota de Napoleón en Waterloo.

El rey Luis Felipe de Orleáns abdicó a favor de su nieto, el Conde de París, asumiendo la regencia la duquesa de Orleáns, su madre e hija de Luis Felipe.

El 4 de mayo de ese año se reunió la Asamblea Nacional Constituyente, la que sancionó el 28 de mayo una Constitución que retornaba el gobierno de Francia al sistema republicano de gobierno.

Fue elegido presidente de Francia Carlos Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón I. Este personaje era hijo de Luis Bonaparte, a quien su hermano había hecho rey de Holanda y de Hortensia Beauharnais, una hija de Josefina, la primera esposa de Napoleón.

El destino quiso que finalmente se colocase en el gobierno de Francia y, muy pronto en el trono imperial, a un descendiente de Napoleón y de Josefina, aunque no concebido en un mismo tálamo imperial.

Como la constitución republicana sancionada por la Asamblea diera el triunfo a las ideas liberales de la burguesía, los socialistas se consideraron traicionados y reiniciaron las acciones violentas, que fueron severamente reprimidas por el presidente Bonaparte.


Carlos Marx, en una de sus obras más lúcidas e interesantes, "El 18 Brumario de Luis Bonaparte" [2] describe este período de la historia de Francia y lo que él llamaba la traición de Luis Bonaparte, el triunfo de la burguesía republicana y la derrota de las ideas progresistas socialistas. Este es, seguramente, el origen del nuevo término utilizado hoy por los admiradores de las ideas socialistas marxistas para autodefinirse, el de progresistas, tal vez por vergüenza de utilizar el de socialistas-marxistas, ante el estrepitoso fracaso de todas las experiencias de este régimen.
Ante la anarquía desatada, Carlos Luis Napoleón Bonaparte se proclamó Emperador, con el nombre de Napoleón III, dando al traste con la república, aboliendo los más importantes logros liberales y retornando al absolutismo autocrático.
Esto acontecía en diciembre de 1851, pocos meses antes de la sanción de la constitución argentina en Santa Fe.
La conducta de Napoleón III está tratada por el escritor francés Víctor Hugo, en su obra “Napoleón el Pequeño”.

Francia no volvería a ser república sino hasta 1871, un año después de la muerte de Urquiza, como consecuencia de su derrota ante el ejército prusiano. La Asamblea Nacional dio por terminada la experiencia imperial y se estableció la Tercera República.

En Inglaterra, el sistema monárquico parlamentario se encontraba fortalecido gracias a la mano firme de la reina Victoria y de los primeros ministros brillantes que gobernaron, como lord Melbourne, Roben Peel, John Russell, el conde de Derby y lord Palmerston. La única experiencia republicana inglesa, durante el gobierno de Cromwell, luego de decapitar al rey Carlos I, fue muy corta (1649  1660) y de tipo parlamentario, ya que el gobierno estaba en manos de un Consejo de Estado elegido anualmente por el Parlamento. En 1853, la monarquía inglesa, impulsada por los beneficios de la revolución industrial, se encaminaba hacia su destino imperial, que terminaría de cristalizar de la mano de Disraeli.

En España, el sistema monárquico se mantenía, aunque tambaleante, azotado por las guerras carlistas. Recién en 1873 se establece la primera república, que dura solamente un año, debido a las cruentas luchas entre unitarios, federalistas y cantonalistas. El sistema republicano no volvería a practicarse en España, sino hasta 1931.

En Italia las cosas no eran muy diferentes. En 1792 el reino de Cerdeña se alía a Austria contra Francia. Al año siguiente todos los estados italianos, salvo Venecia, adhieren a la coalición. Esto provoca la primera campaña de Napoleón a Italia (1796 1797) y la constitución de la República Cisalpina. En 1798 se proclama la república en Roma y luego en Nápoles. Las fuerzas de la coalición expulsan a las fuerzas francesas y comienza la segunda campaña de Napoleón a Italia. Luego de la victoria en Marengo (1800) Bonaparte, siendo ya Primer Cónsul de Francia, se asigna el título de Presidente de la República Italiana (antes Cisalpina). En 1805 Napoleón transforma a la república italiana en el Reino de Italia y ocupan el trono José Bonaparte, hermano del Emperador, y el General Murat, sucesivamente.

Luego de la derrota de Napoleón, Italia cayó bajo el dominio de Austria. Génova es cedida al rey de Cerdeña y Venecia a Austria. Comenzó entonces una larga lucha por la independencia y por la unidad italiana. Se producen, además, revoluciones en procura de la sanción de una constitución (carbonarios). Las ideas de libertad política, independencia nacional y unidad, cobran auge. Mazzini, Cavour y Garibaldi tuvieron un papel predominante.

En 1852, año de la victoria de Urquiza en Caseros, Víctor Manuel II ocupó el trono de Italia y encabeza la lucha contra el dominio de Austria y a favor de la unidad italiana, para lo cual nombra al conde de Cavour como primer ministro.
En Alemania, Otto von Bismarck reprime con rigor las revueltas socialistas de 1848 y lucha por la supremacía de Prusia y del sistema monárquico absoluto, colocando al ejército como principal pilar del gobierno. Creó el Imperio Alemán a través de guerras y el militarismo alemán llegó a transformarse en la escuela castrense más admirada. Muchos creen que su nacionalismo militarista fue el que marcó el camino que condujo hasta el nazismo. Bismarck era la cabal expresión de su clase, los junkers prusianos, un auténtico conservador contrario a todo avance de ideas liberales y mucho menos las socialistas revolucionarias, las ideas progresistas.

 

Las nuevas ideas

 

No es casual que Juan Bautista Alberdi y Juan María Gutiérrez viajasen juntos a Europa en 1844. Allí conocieron la esencia de las ideas liberales, las aberraciones de los gobiernos autocráticos y las amenazas de las ideas revolucionarias socialistas, a las que peyorativamente llamó Alberdi progresistas, tal como lo había escuchado en Europa de boca de Carlos Marx.



Alberdi viajó a Europa entusiasmado con las ideas radicales de Mazzini pero regresó fascinado con las ideas de república, libertad y democracia, que aún pugnaban por imponerse, así como convencido de que el orden era un instrumento fundamental de gobierno, sin el cual todo proyecto reformista terminaría por naufragar en el mar de la anarquía. Tuvo una especial influencia en este ilustre pensador tucumano el conocimiento del entonces recién aparecido libro de John Stuart Mill, titulado "Principios de economía", en el cual defendía la iniciativa individual, la propiedad privada y al mercado como motor de la economía. Sus ideas convertirían a Stuart Mill en el mentor del capitalismo.

En 1852 Alberdi publicó sus “Bases para la Organización Nacional” y envió una copia al gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza. Este libro tuvo una gran influencia en Urquiza y en los constituyentes de Santa Fe de 1853. Por su parte, Juan María Gutiérrez fue uno de los constituyentes de mayor protagonismo en la redacción de la Constitución.

Un año después de iniciar Alberdi su viaje a Europa en compañía de Gutiérrez, lo hace también Sarmiento. Partió desde Valparaíso en un viaje que duraría más de dos años, costeado por el gobierno chileno. Visitó Londres, París, Berlín, Venecia, Roma, Barcelona y Argel. En su viaje de regreso retornó vía Norteamérica, visitando Montreal, Nueva York, Nueva Orleáns y La Habana.

En París, Sarmiento conversó con Thiers y Guizot y en Nueva York quedó muy impresionado con el libro de Alexis de Tocqueville "La democracia en América", en el cual el autor describe y pondera las virtudes del sistema norteamericano de gobierno, que equilibra sabiamente los principios de federación, democracia y libertad individual.


Es fácil de comprender que los viajes a Europa y Norteamérica realizados por figuras tan relevantes de la famosa Generación del 37 como Alberdi, Gutiérrez y Sarmiento, visitando las principales ciudades del mundo y tomando contacto con los personajes y las ideas más importantes de la época, deben haber tenido una ponderable influencia en la redacción de la Constitución Nacional.

Hay un aspecto, vinculado a la Constitución, que merece una mención especial ya que ha sido muy poco analizado. Se trata del sentido económico proteccionista que contiene. Basta leer, en el capítulo destinado a las Atribuciones del Congreso, el inciso 16 del artículo 67. Este inciso dice textualmente:

 

"Proveer lo conducente a la prosperidad del país, al adelanto v bienestar de todas las provincias, y al progreso de la ilustración, dictando planes de instrucción general y universitaria. v promoviendo la industria, la inmigración, la construcción de ferrocarriles y canales navegables, la colonización de tierras de propiedad nacional, la introducción v establecimiento de nuevas industrias, la importación de capitales extranjeros v la exploración de los ríos interiores, por leyes protectoras de estos fines y por concesiones temporales de privilegios y recompensas de estímulo".

 

Esta definición claramente industrialista y proteccionista, es uno de los principios más modernos y audaces adoptados por los constituyentes de 1853, siguiendo el ejemplo de Estados Unidos.



Al momento de debatirse y sancionarse la Constitución de 1853, Inglaterra, que ya se presentaba como la más poderosa potencia mundial, trataba de imponer el libre cambio en el comercio mundial, tal como lo planteara Adam Smith en 1776 en su famoso libro "Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”. La propuesta del libre cambio lanzada por Inglaterra tenía una razón muy clara. Gracias a la revolución industrial producida en este país la producción de bienes creció considerablemente, hasta superar las necesidades de demanda de su propia población. Necesitaba entonces lograr nuevos mercados para la colocación de sus excedentes de producción, de los cuales pocos países podían resultar competidores y, a la vez, proveerse de las materias primas indispensables sin ninguna traba comercial.

Previamente, Inglaterra había sido, durante dos siglos, la más proteccionista de las naciones.

Los principales protagonistas de la revolución estadounidense eran, sin duda, hombres convencidos de los principios liberales, como Madison, Adams, Jefferson y Hamiltton. Pero advirtieron que para consolidar el fortalecimiento y la prosperidad de la nueva república, debían transitar un período de proteccionismo comercial. Así lo expresó el general Ulises Grant, ya ex presidente de los Estados Unidos, cuando en 1897 fue invitado a participar en una reunión librecambista de Manchester, Inglaterra. Luego de escuchar las críticas al proteccionismo norteamericano expresó Grant:

 "Señores: durante siglos, Inglaterra ha usado el proteccionismo, lo ha llevado hasta sus extremos y le ha dado resultados satisfactorios. No hay duda alguna que a este sistema debe su actual poderío. Después de esos dos siglos, Inglaterra ha creído conveniente adoptar el libre cambio, por considerar que ya el proteccionismo no le puede dar nada".



"Pues bien, señores, el conocimiento de mi patria me hace creer que dentro de doscientos años, cuando Estados Unidos haya obtenido del régimen protector todo lo que éste puede darle, adoptará firmemente el libre cambio'. 1[3]

En resumen, podemos decir que las nuevas ideas respecto a la forma de gobierno que surgían en el mundo, al momento de sancionarse la Constitución Argentina de 1853, eran:

la soberanía política en manos del pueblo y no de monarcas absolutistas de origen divino;

el sistema electoral para elegir a los gobernantes a través de elecciones libres y generales y

el constitucionalismo, con la fijación de los derechos individuales, las normas políticas y los sistemas de gobierno; la libertad individual, de cultos y de iniciativa comercial e industrial; la propiedad privada; la división de los poderes y la igualdad ante la ley.

La disputa entre la forma de gobierno republicana y la monárquica parecía inclinarse hacia algo intermedio, como las monarquías democráticas parlamentarias, a la cual adhería Juan Manuel de Rosas desde su exilio en Inglaterra, cuyas instituciones tanto admiraba hasta el punto de proponer establecer en la Argentina lo que él llamaba una democracia real (monárquica democrática) y la designación como primera soberana argentina de la princesa Alice, la mayor de las hijas de la reina Victoria, a la cual también admiraba Rosas enormemente.


Los avances científicos y tecnológicos de la época


A mediados del siglo XIX, época de la sanción de la Constitución de 1853, se logró la libertad de investigación y el conocimiento científico alcanzó un alto grado de independencia y autonomía, superando la etapa dominada por la teología dogmática, bajo la sombra protectora de la filosofía racionalista de Locke y de Descartes y del positivismo de Augusto Comte.

La experimentación y la observación se impusieron como método de comprobación y la matemática como su lógica.

Si bien el progreso económico logrado en el siglo XIX se debió más a la revolución industrial, basada en la aplicación de nuevas tecnologías productivas como el telar y la máquina a vapor, algunos descubrimientos científicos participaron también en estos progresos económicos tales como el telégrafo, gracias a los descubrimientos de la electricidad, debidos a Miguel Faraday.

Los principales logros científicos de esta época se lograron en el campo de la teoría bacteriana (Francia); la termodinámica (Alemania) y la teoría de la evolución (Inglaterra).

Pero sin duda fue la nueva visión de las matemáticas, con la aparición del análisis matemático, los operadores y los vectores y la geometría no euclidiana, lo que impulsó los más importantes avances de las ciencias físicas, químicas y biológicas.

Miguel Faraday (1791 1867) se destaca en este siglo XIX como un genio de la experimentación, no superado por nadie. A él se debe el descubrimiento de la electricidad, producida a través de la combinación mecánica de un conductor y un campo magnético. De este descubrimiento surgió el telégrafo eléctrico.

Los estudios de Faraday fueron aprovechados por Clerk Maxwell (1831 1879) para descubrir el carácter de onda electro magnético de la luz y su espectro, dando lugar al invento del espectroscopio, gracias a Bunsen y a Foucoult. Esto permitió el avance del estudio del cosmos y de la cronología de la creación universal. También avanzó Maxwell en el estudio de la composición y propiedades de los gases.

A su vez, los estudios y descubrimientos de Maxwell fueron muy pronto aprovechados por Heinrich Rudolf Hertz (1857 1894), para descubrir las ondas del éter que se llamaron ondas hertzianas.

Aparecieron también los trabajos de Nicolás Leonardo Sadi Carnot (1796 1832), que popularizó el concepto de "energía", descubriendo las propiedades motrices del calor, con lo cual se puso en marcha el desarrollo de la termodinámica.

Comenzaron también en este siglo XIX los estudios de la las moléculas orgánicas de los movimientos y velocidades de los átomos. Partiendo de los estudios de Lavoisier, Dalton avanzó en los estudios moleculares y atómicos de los principales elementos.

Avanzaron, además, las investigaciones sobre la evolución humana y animal, especialmente a través de Charles Darwin (1809 1882) y su obra principal "Orígenes de las especies". No debemos olvidar que Darwin estuvo en la Argentina hacia 1832 y conoció a Juan Manuel de Rosas en Carmen de Patagones, donde éste tenía su cuartel general de la Campaña al Desierto. No fueron precisamente ponderaciones las opiniones que emitió Darwin de este encuentro. En contraste, ponderó mucho de lo que vio en su excursión por el río Paraná.

En 1856 el inglés Henry Bussemer (1813-1898) anuncia la llegada del acero, partiendo del hierro. Había comenzado la metalurgia y la construcción de grandes obras se incorpora a los logros de la revolución industrial.

En el siglo XIX Louis Pasteur descubrió los microbios y dio comienzo a los estudios de la microbiología y la parasitología, dando como resultado la esterilización, la asepsia y la inmunología. Poco después lograría su gran triunfo al descubrir las vacunas. A estos estudios se unió luego Roben Koch (1843 1910) con sus grandes logros en bacteriología y el descubrimiento del microbio de la tuberculosis, llamado bacilo de Koch. Estos descubrimientos disminuyeron considerablemente la mortalidad y contribuyeron al aumento de la población de Europa, incrementando así su poderío.

En sólo cuarenta años, de 1830 a 1870, se produce en Europa una explosión demográfica y la población aumenta un 30%. Las catastróficas predicciones de Thomas Malthus (1766-1834) respecto a los peligros del aumento de la población, publicadas en su obra “Ensayo sobre el principio de la población” (1799). se presentaban amenazantes.

 

Algunas pocas cifras son demostrativas de los logros de la revolución industrial:


  Producción de hierro-(1830-1870) En toneladas:

 Reino Unido Francia Alemania EE.UU Mundial

 

1830 680.000 270.000 46.000 180.000 1.600.000

 

1870 2.250.000 400.000 215.000 560.000 4.470.000



 

 Fuente. Cambridge University “Historia del mundo moderno”

Crecimiento del ferrocarril (1830-1850) En kilómetros:


  Europa EE.UU Mundial

 

1830 96 - 96

 

1840 2.896 4.505 7.401



 

1850 22.526 14.481 37.398

 

 

Fuente: Cambridge University “Historia del Mundo Moderno”



 

Nada de esto conocía Rosas ni le interesaba conocer.


El triunfo de Urquiza en Caseros no sólo dejó libre el camino hacia una moderna organización constitucional de la nación sino que, además, derrumbó a cañonazos el muro de ignorancia con el que Rosas había encerrado a los argentinos, impidiendo el aprovechamiento de los grandes descubrimientos científicos y de los avances tecnológicos.

Con Urquiza llegó la electricidad, el telégrafo, la máquina a vapor, las locomotoras, el ferrocarril, la inmigración laboriosa.

Apenas treinta años después de Caseros la Argentina era una las naciones más prósperas del mundo.

Epílogo


 En 1848, cuando todo parecía indicar el triunfo definitivo de la república liberal y democrática, según lo habían planteado Stuart Mill ( “Representative Government”) y Alexis de Tocqueville (“Democracy in America”), irrumpió en la escena europea la revolución socialista-marxista-comunista.

Las matanzas y la violencia de los revolucionarios de junio en Paris, aterrorizaron a la clase media francesa y la echó en brazos de Napoleón III, el pequeño, como lo llamaba Víctor Hugo.

Francia volvió al autoritarismo imperial, los transformadores italianos debieron apoyar la subida al trono del rey Víctor Manuel y Bismarck logró establecer el Segundo Reich, autocrático y militarista, que para muchos fue el comienzo de la marcha hacia el Tercer Reich de Adolfo Hitler.

Es una historia conocida. La subversión lleva a la represión y la subversión violenta lleva a la represión violenta.

Los socialistas-comunistas fueron los culpables de que se detuviera el avance hacia la libertad y la democracia y se retrocediera hacia los gobiernos absolutistas.

En 1853 no quedaba en Europa nación alguna gobernada bajo el sistema republicano, democrático y liberal. La única república importante de este tipo existente era la de Estados Unidos, jaqueada, a su vez, por fuertes disidencias internas en torno al sistema federal y a la esclavitud, que pocos años más adelante la llevarían a una prolongada y cruenta guerra civil.

Pero los logros de la revolución industrial, el crecimiento económico y el rápido incremento demográfico colocaron a Europa en el zenit de su poderío universal. Especialmente a Inglaterra que poseía, además, el mayor poder marítimo, militar y mercante, así como las principales instituciones financieras de crédito.

No obstante, con audacia, visión y patriotismo, Urquiza y los constituyentes de 1853 desviaron su atención de la caduca pero aún dominante Europa, monárquica y autoritaria y la dirigieron hacia la joven república norteamericana, democrática y liberal.

República, libertad, democracia, federación, derechos y garantías individuales, igualdad ante la ley, división de los poderes, libertad religiosa, eran términos muy cuestionados en el mundo de entonces y por cierto no precisamente triunfantes.

La Constitución Nacional de 1853 constituyó el logro de la definitiva independencia, ya que se abandonó la tradicional concepción jurídica hispana y se adoptaron los principios modernos nacidos del pensamiento filosófico y jurídico anglosajón.

Esto otorga a Urquiza y a los constituyentes un mérito muy especial, pues se atrevieron a sancionar una constitución de avanzada, concepción que en su Preámbulo declaraba que se proponía “asegurar los beneficios de la libertad” y en su artículo primero decía: "La Nación argentina adopta para su gobierno la forma republicana, representativa (democrática) y federal”.

No merecen estos lúcidos realizadores de la moderna organización constitucional del país, de la que en este año 2003 se cumplen 150 años de su sanción, que tan ponderable y trascendental logro se mantenga en un injusto olvido.


Bibliografía

  

Cambridge University “Historia del mundo moderno” – Sopena, Barcelona, 1971.

 

CHURCHILL, Wiston “Historia de Inglaterra y de los pueblos de habla inglesa”.

Peuser – Buenos Aires, 1958.

 

Clarín, diario “Historia visual argentina”Fascículos 56 y 58 – Buenos Aires.

 

INGENIEROS, José “La evolución de las ideas argentinas” – La Pléyade –

Buenos Aires, 1978.

 

MARTIRÉ, Eduardo “1808” – Inst. de Invest. de Historia del Derecho –

Buenos Aires, 2001.

 

MARX, Karl “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” – Ariel – Barcelona, 1971.

 

MAUROIS, Andrés “Historia de Francia” – Surco – Barcelona, 1947.

 

MONTENEGRO, Walter “Introducción a las ideas políticas económicas”

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PASCUALI, Patricia “La instauración liberal” – Planeta – Buenos Aires, 2003.

 

QUILLET, Editorial “Diccionario enciclopédico” – Buenos Aires, 1970.

 

RAVIGNANI, Emilio “Historia Constitucional de la República Argentina”

Peuser – Buenos Aires, 1930.

 

RAVIGNANI, Emilio “Asambleas constituyentes argentinas” – UBA – Bs. As. 1939.



 

 


1 [3] FRONDIZI, Arturo "Industria argentina y desarrollo nacional”.





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