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Inés Fernández Moreno


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Inés Fernández Moreno



Hombres Como Médanos

Índice



1

Inés Fernández Moreno 1

Prólogo 3

Buenos Aires, septiembre de 2003 5

Hombres como médanos 6

Advertencia 7

En extinción 11

Carta de amor 17

Sirenas 20

Gusano de seda 27

Antecedentes 27

Preparativos 28

Chalina 29

Wysiwyg o el encuentro 30

Despedida 32

El robo de los recuerdos 33

Antigüedades 39

Hombres como médanos 43

Día de felicidad 47

Un amor de agua 50

Un amor de agua 51

Efectos secundarios 55

Lecherita 59

Malos pastores 63

Plomero 68

Marea baja 74

El verdadero asesino 78

Tengo todo lo que no he perdido 83

Juramento 88

Lejos del mar 92

La vida en la cornisa 99

Dios lo bendiga 100

Para hacer una valija 103

Qué yeta ser mujer 108

Charlotte Saint Marceau 111

Vida horizontal 114

El paraíso de la pileta grande 118

El hombre es un bípedo implume 122

Debajo del párpado, el ojo sigue abierto 126

Tocata y fuga 129

Nana 137

Guerra santa 139

Madre para armar 142

La otra mentira 145





Prólogo


En una sala de guardia un hombre hace un di­bujo de sus genitales y se lo muestra a una médica. Mi­re, dice con un hilo de voz, a mí me duele aquí, y señala con el lápiz las partes que no se anima a desnudar delante de la mujer. Es un cuento para vos, me dice en­tusiasmado un amigo.

Conocí a una pareja tan independiente, me cuenta otro, que conviven con dos heladeras y dos ala­cenas distintas en la cocina. Están los huevos de él y los de ella, las galletitas de agua de él, y las de arroz de ella. Parece un cuento tuyo, afirma. Asiento cortésmente, pero después olvido estas y otras historias.

Ahora bien, un día alguien me cuenta que una mujer tiene un amante, lo ve varias veces por semana y, cada vez, le lleva pascualina en un táper al hotel donde se encuentran. Quedo fulminada. (Un amante es para soñar, ¿a quién se le ocurre desperdiciarlo así?) Sé que tarde o temprano eso se transformará en un cuento. Y así sucede, exactamente, un día en que nado, un poco aburrida, calculando los largos que me faltan para com­pletar mi media hora de salud programada. Esa pileta solitaria, esa isla de calor en pleno invierno, me parece un escenario perfecto para zambullir en su historia a la amante pascual. Así nació el amor de agua que dio títu­lo a mi segundo libro.

¿Qué hace que algunas imágenes, experiencias, palabras, resulten pregnantes para un escritor y otras no? ¿Cómo es que la escritura adquiere esa vida lateral, independiente de quien la produce? ¿Cuándo y por qué un conjunto de cuentos conforma una unidad libro?

No crean que puedo contestar semejantes pre­guntas. Sólo puedo decir que mis cuentos —como de­be suceder con casi todos— ocurren sin plan, nacen empujados por esa corriente subterránea, llámese in­consciente, inspiración o alimaña, y, por lo tanto, re­sultan diversos y azarosos. Yo los dejo crecer en ese de­sorden natural, un poco distraídamente al principio, como para que no se espanten, hasta que siento que es­tán fuertes, que podrán soportar el baqueteo de la escri­tura. Aún así, algunos quedan en el camino, correctos tal vez, pero desangelados.

Por eso, tratándose de cuentos, cuando oigo a algunos escritores decir "en este libro he procurado re­tratar tal o cual cosa", o "he tenido la intención de expresar tal y cual otra", me quedo un poco perpleja. Yo también "procuro" cosas, desde luego —a la alimaña hay que alimentarla sistemáticamente como a cualquier mascota—, pero mis procuraciones van más bien en el sentido de la hormiga de taller. Dilucidar, por ejemplo, si debo o no decir "un grupo de rocas" (¿Un roquedal? ¿Un conjunto de rocas? ¿Una escollera? ¿O, derecho viejo, unas rocas?). ¿Cómo diablos explicar que algo es pequeño sin usar la palabra "pequeño", que no me gus­ta? ¿Cuánto debe extenderse el cuento entre el principio y el final para tener la tensión justa? Cosas así me desvelan.

Esta génesis y este tipo de preocupaciones son las que reconozco en mis cuentos. Los de antes, los de ahora. Sin embargo, ha transcurrido mucho tiempo en­tre los primeros y los últimos. Y si bien entender todos los efectos de ese transcurso es una tarea que excede a la hormiga, puedo decir algunas cosas.

Releer cuentos que uno ha escrito años atrás es parecido a mirar viejas fotos. En algunas uno se recono­ce. En otras no. Algunas nos enternecen. Otras quere­mos romperlas, o, al menos, recortar con la tijera a al­gún acompañante indeseable. Para hacer una selección de mis dos primeros libros me guié sobre todo por esa alternancia entre continuidad y ruptura. Mantuve mu­chos de esos cuentos "que uno no volvería a escribir", en nombre de cierta objetividad o de cierto lector. De­seché dos o tres que, me pareció, se superponían con otros. (Punto también delicado, ya que uno siempre vuelve sobre ciertos temas, siempre choca con los lími­tes de su imaginación.) Hice algunas correcciones mí­nimas en varios casos. Mínimas, porque es difícil tocar textos que han fraguado en otra época de nuestra vida: al quitar un ladrillo parece que todo corre el riesgo de desmoronarse. Vi otras cosas. Que algunos cuentos su­fren el cimbronazo de la realidad más que otros, como "Dios lo bendiga" (escrito en 1990), en que la degrada­ción social ha exasperado ferozmente la presencia de los mendigos que lo inspiraron. Otros sufren el entusiasmo inicial de un escritor. Como en "Madre para armar", que hoy intentaría "desarmar" un poco. En general, en los primeros cuentos suele haber cierto exceso retórico, cierta ingenuidad. (La tentación de usar todas las pala­bras, todas las ingeniosidades.) También es cierto que se puede ser más osado. Después se empieza a valorar la austeridad, a temer y hasta a especular. Despunta esa as­tuta —y dudosa— calidad que llaman el "oficio".

Mirando nuevamente el conjunto veo que en muchos aparecen amores de agua, encuentros amoro­sos que se diluyen, se ahogan o evaporan. Que vuelvo sobre ciertas obsesiones: la angustia o la locura entrete­jidas en la dulzura envenenada de la rutina. Que mi imaginación trabaja con las manos bien metidas en ese barro y suele dispararse hacia el absurdo y el humor. Que la presencia del agua, del mar, siempre constituye un anhelado espacio de libertad.

Tengo todavía demasiado cerca Hombres como médanos como para opinar. Pareciera que allí la cerca­nía de la vejez, la amenaza de la muerte tienen un tinte más negro. Tal vez porque fueron escritos después de una novela —del desconcierto en que me sumió la no­vela—. Tal vez, simplemente, porque soy más vieja. Y, sin duda, porque fueron apareciendo en su mayoría en­tre 2000 y 2002, en la Argentina del triste milenio, en la inconsolable pena que nos deja su derrumbe.

Estos Hombres como médanos encabezan el libro de manera de ofrecer la producción más reciente en primer lugar e ir retrocediendo después en el tiempo hasta los primeros cuentos: Un amor de agua (1997) y La vida en la cornisa (1993).

En cuanto a mi forma de escribir, no ha variado mucho. Lo hago en los huecos que me deja mi trabajo publicitario y otros trabajos. Sentarme a escribir siem­pre me angustia. No hacerlo, también. Antes de empe­zar sorteo cien obstáculos y calamidades, como Buster Keaton para llegar a su casamiento. Una vez que llego, puedo escribir cercada por ladridos de perro, goles de Colombia contra Argentina o gritos de chicos. Me re­sultan ruidos casi tranquilizadores. Tomo apuntes en la línea B del subterráneo de Buenos Aires, yendo de Lacroze a Alem, de Alem a Lacroze. También mientras hago trámites, bato claras a nieve o el dentista me deja diez minutos con la boca abierta. Si tuviera ocho horas de escritora profesional, no sé qué sería de mí. Tal vez estos cuentos sólo pueden nacer del encontronazo de esas presiones. Tal vez fuera de los intersticios donde se producen naufragarían en el agua infinita de los cuen­tos por contar.

No es mucho más lo que puedo decir de esta co­lección de cuentos. Ni me corresponde. (Tal vez ya di­je demasiado, oh paciente lector.) Me queda sólo celebrar su aparición, asumir su alegría y sus riesgos. Confirmar que un nuevo médano se ha formado sobre la playa y que el viento ya ha empezado a soplar.




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