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Infancia y Derechos o la Fuerza Transformadora 1


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Infancia y Derechos o la Fuerza Transformadora 1


Marta Maurás

Directora

Oficina del Secretario

General Adjunto

Naciones Unidas

E-mail: mauras@un.org



Alberto Minujin

Asesor Regional de Política Social

Monitoreoy Evaluación

Oficina Regional de UNICEF para

América Latina y el Caribe

E-mail: aminujin@unicef.org



Raquel Perczek

Asistente Senior de Estadística

Oficina Regional de UNICEF para

América Latina y el Caribe

E-mail: rperczek@unicef.org


Ser testigos del cambio de milenio nos brinda la oportunidad de reflexionar acerca de los sucesos políticos, sociales, culturales, económicos y tecnológicos que han transformado nuestro mundo y que son responsables de que nuestras vidas sean radicalmente distintas a las de nuestros antepasados. Presenciar la transición hacia un nuevo milenio también nos permite cuestionarnos acerca de lo que anhelamos para el futuro, lo que aspiramos para nosotros, para nuestros hijos y para las generaciones venideras.


Este milenio, y en particular el presente siglo, ha sido testigo de grandes avances de la humanidad, así como de la persistencia y agudización de situaciones de sufrimiento y atraso inadmisibles. En la actualidad, las tendencias globales apuntan por un lado, hacia la aceleración del progreso tecnológico, la expansión de las comunicaciones, el aumento en el dinamismo del intercambio comercial, el avance de los procesos de privatización y el progresivo reconocimiento de los derechos humanos. Por otro lado, también apuntan hacia la conformación de sociedades segmentadas en las cuales porcentajes importantes de la población sobreviven en condiciones de pobreza y precariedad, afectados por la corrupción institucional, el deterioro del medio ambiente, los desequilibrios en el mercado laboral y por actos de violencia que atentan en contra de sus derechos humanos. También se advierte que en este último tramo del siglo, en contra de lo que se esperaba, ha habido un aumento de las desigualdades entre los países y al interior de los mismos, incrementándose las situaciones de vulnerabilidad y de exclusión social.

En este fin de siglo asistimos al quiebre de algunos de los elementos que han sido constitutivos del mismo2. Centrándonos en la esfera social, podríamos mencionar el fin de la asalarización como mecanismo de inclusión, la simultánea crisis del Estado de Bienestar y el fracaso de experiencias socialistas. Simultáneamente, han surgido y se han fortalecido procesos políticos, económicos y sociales que muy seguramente determinarán en gran medida las tendencias globales del próximo siglo. Podríamos señalar -aunque recalcando que esta afirmación forma parte de una discusión en marcha- que tal vez una de las herencias significativas para el Siglo XXI ha sido la expansión en el presente siglo de los derechos humanos con la incorporación de los derechos sociales. La Convención Internacional sobre los Derechos del Niño (CDN), aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de Noviembre de 1989, constituye uno de los más claros y efectivos ejemplos de estas adquisiciones de la humanidad. Claro, puesto que otorga el estatus de sujetos plenos de derecho a los niños, niñas y adolescentes, los cuales constituyen el 37% de la población del planeta y el 40% de la población de los países en desarrollo3. Efectivo, puesto que proporciona pautas concretas para el accionar en el plano legal, institucional y social. La CDN es el documento histórico mejor legitimado universalmente, ya que ha sido ratificado por todos los países del mundo con excepción de Estados Unidos y Somalia. La ratificación universal de la CDN está próxima, de manera que se convertirá en la primera ley mundial aprobada por toda la humanidad y en un poderoso instrumento global.


En el umbral del milenio somos también testigos de la veloz expansión y consolidación de una serie de fenómenos que se inscriben dentro de lo que se denomina el proceso de globalización, tales como el auge del comercio internacional, la proliferación y expansión de las corporaciones transnacionales, el crecimiento de las operaciones financieras globales, las transformaciones del marco regulatorio, la innovación tecnológica y el avance de las comunicaciones. Existe en la actualidad una gran controversia en torno al tema de la globalización y se observan diferentes posiciones frente a este fenómeno. Un trabajo reciente de Oxfam (Oxfam,1997), define cuatro escuelas de pensamiento: i) entusiastas desenfrenados (unbridled enthusiasts), conformado por aquellos que perciben la globalización como una invaluable oportunidad para lograr altas tasas de crecimiento económico y como un mecanismo que en el largo plazo conducirá a la convergencia de los ingresos de la población; ii) creyentes resignados (resigned believers), quienes reconocen que la globalización tiene efectos negativos sobre el diferencial de ingresos laborales, que si bien son moralmente condenables, son inevitables; iii) heréticos (heretics), sostienen que la globalización es un fenómeno que acentúa la desigualdad, la pobreza y el desempleo y pronostican que la economía mundial puede sufrir un colapso semejante al ocurrido en los años 30; y iv) no creyentes (non-believers), quienes afirman que la economía global no ha sufrido un cambio significativo recientemente y que de acuerdo con las cifras de intercambio comercial e inversión, se podía hablar de un mayor grado de globalización a comienzos del siglo XX que en la actualidad.
Existen también diferentes aproximaciones al tema de la globalización, y algunos autores (Woods, 1998) distinguen por ejemplo, entre las orientaciones centradas en el mercado, en el Estado o en los individuos. La perspectiva del mercado visualiza la globalización como un fenómeno positivo que acarrea beneficios de largo plazo para los inversionistas, productores y consumidores. La misma se enfoca en la expansión el capitalismo y sugiere que los avances tecnológicos y la búsqueda de la maximización de la eficiencia por parte de las empresas multinacionales puede conducir a una asignación global mas eficiente de los recursos. El segundo enfoque aborda el rol del Estado en un contexto de globalización y examina si este fenómeno contribuye a erosionar la capacidad de las políticas estatales de influir sobre las economías locales y de proteger el bienestar de la población, o si por el contrario otorga una mayor importancia a estas intervenciones y refuerza su rol. La aproximación enfocada en los individuos resalta el hecho de que la globalización no solamente afecta a los mercados y a los Estados, sino que también tiene efectos importantes sobre la vida de las personas. El aumento del intercambio comercial, la expansión de las comunicaciones y la proliferación de nuevas tecnologías, entre otros, han conducido a una mayor movilidad de libros, música e ideas que a su vez han contribuido a que la globalización afecte no solamente los niveles de vida de las personas sino también su cultura y sus valores.
Además de estas controversias en cuanto a la definición y el enfoque de la globalización, también entra en el debate si se trata de un fenómeno nuevo o no. Por un lado, existe la noción de que la globalización es un hecho sin antecedentes que ha surgido como consecuencia de los avances científicos y tecnológicos recientes y que constituye una viraje fundamental en la estructura global establecida desde el Renacimiento. Por otro lado, algunos autores señalan que la globalización es un fenómeno que data de siglos atrás y se cita el desarrollo del telégrafo como uno de los múltiples acontecimientos que han afectado en mayor grado el orden mundial y que merman la importancia relativa de los procesos comerciales y financieros que estamos presenciando en la actualidad (Ferrer, 1998).
Sin embargo, más allá o más acá de estos debates, el día a día de todos nosotros está siendo afectado, en cierta medida, por el proceso de globalización de muy diversas maneras4. Los cambios en los patrones de consumo, la transformación de las comunicaciones y las relaciones laborales, entre muchos otros factores, tienen un impacto sobre la cultura y los valores; en pocas palabras, contribuyen a modificar la percepción de nosotros y de los demás. Así mismo, los fenómenos característicos de la globalización han permeado el ámbito de los derechos humanos y han incidido sobre el ritmo de su expansión y reconocimiento.
Más allá de los contradictorios signos de este fin de siglo, en el contexto del presente trabajo se pretende resaltar aquellos elementos que se relacionan con los derechos humanos. A este respecto, además de abundantes e inaceptables discriminaciones e injusticias que sufre de manera cotidiana buena parte de la humanidad, sobre las cuales podríamos llenar páginas de testimonios, pueden percibirse avances en el campo de los derechos individuales y colectivos. Tal vez uno de los aspectos más importantes es la conducta de los seres humanos, respecto a ellos mismos y a los otros. En este siglo hemos visto y estamos viendo cómo se modifican las relaciones entre las mujeres y los hombres, cómo cada vez más los niños y niñas, que hasta muy recientemente no podían emitir opiniones válidas o eran sujeto de castigos físicos como parte de la normalidad de la vida familiar y escolar, reciben una consideración acorde con sus derechos. Si bien estos avances se dan en un contexto de extremas desigualdades y de manera simultánea con violaciones cotidianas a los derechos humanos de muchos niños y niñas en la región latinoamericana, son importantes porque representan un punto de partida y la posibilidad de cambio.
Posiblemente uno de los grandes desafíos para el Siglo XXI es la conformación, en el contexto de la globalización, de una ciudadanía social internacional. Lo que postula este documento, es que los principales desafíos pueden expresarse en términos de la construcción de una ética global de respeto por la dignidad humana y la democracia, el establecimiento de un desarrollo sostenible y equitativo y la conformación de sociedades cohesivas, incluyentes y democráticas en las que el pleno ejercicio de los derechos, en particular los sociales, son la expresión de esta inclusión y del funcionamiento de la democracia. Esta última debe ser concebida como el espacio de realización de los derechos de primera generación, es decir los civiles y políticos; los de segunda generación o sociales y económicos, y los de tercera y cuarta generación, es decir aquellos relacionados con la protección del medio ambiente, la paz y el desarrollo.
Este trabajo postula que uno de los ejes fundamentales de estos procesos de cambio es la consideración de los niños, niñas, adolescentes y mujeres como ejes centrales para el cambio. Y esta no es una afirmación vacía, una versión moderna de alguna frase de cajón; la infancia y la adolescencia constituyen el núcleo del cambio, puesto que representan los espacios primarios para la formación de valores, de capital humano, social y cultural y para la formación de ciudadanía.
Además de la infancia y la adolescencia, las mujeres y las familias son elementos primordiales para el proceso de transición que se requiere. La plena participación de las mujeres en las esferas económica, social, política y cultural, así como su acceso sin discriminación a los frutos del desarrollo, son más que un resultado, una condición necesaria para la construcción de este nuevo tipo de sociedades. La familia, por ser la célula básica en la cual se realiza la socialización primaria de los niños, adolescentes y jóvenes y en donde se desarrolla el sistema de solidaridad básica de toda sociedad, requiere de un fortalecimiento para alcanzar esta serie de condiciones u horizonte social al cual se aspira. Otro elemento indispensable para la construcción de sociedades mas incluyentes es la identificación de políticas eficaces para lograr dicho objetivo. Esto no es un problema tan sólo instrumental sino fundamentalmente del paradigma que da la orientación a la política social. Es necesario poner en ejecución un modelo de política social radicalmente distinto que construya sobre lo hecho, corrija los errores cometidos y conduzca a la construcción de sociedades más equitativas centradas en la acumulación de capital social como base del desarrollo. Una nueva política económica-social basada en el reconocimiento de derechos como habilitaciones de las personas, sean estas mujeres u hombres, adultos o niños, debe ser generada mediante un consenso entre el Estado y la sociedad civil, a partir de un análisis de la realidad y de un conjunto de prioridades establecidas colectivamente.
Ser parte del esfuerzo de muchos para potenciar tendencias en favor de la realización de los derechos humanos constituye el sentido y motivo de este trabajo. El objetivo del mismo es proponer una serie concreta de actividades estratégicas centradas en los niños, niñas, adolescentes y mujeres, que permiten potenciar la adquisición de los derechos para todos y de esta manera tender a conformar sociedades incluyentes y democráticas. Este trabajo se desarrolla desde una visión sustentada en el paradigma de los derechos humanos (civiles, políticos y sociales) como base para el desarrollo de sociedades equitativas, en las que se respete la diversidad, la multiculturalidad, la equidad de género, étnia y raza. Un mundo donde los niños, las niñas, los adolescentes, los jóvenes, los hombres y las mujeres puedan desarrollar sus capacidades en un contexto de libertad, respeto mutuo y solidaridad. Un mundo en el que lo financiero y económico tome en cuenta al ser humano y al ecosistema. Esta visión puede ser considerada una utopía. Pero una utopía en el sentido que le da Ernest Bloch: lo que vendrá, la anticipación del futuro y no como el sueño imposible (Bloch, Ernest 1998). En todo caso podríamos coincidir con John Lenon, You can say Im a dreamer but Im not the only one.
El presente artículo comienza proporcionando una visión general del proceso de internacionalización de la economía latinoamericana y posteriormente examina los vínculos entre la globalización y el desarrollo humano. En la tercera sección se identifican los desafíos prioritarios relacionados con la infancia, que deben enfrentarse si se desea avanzar hacia un desarrollo económico y social sostenible, en el contexto de la globalización.
1. LA INTERNACIONALIZACIÓN DE LA ECONOMÍA LATINOAMERICANA
La coyuntura económica mundial resultante de la crisis económica de los años 30 y la posterior guerra mundial, afectaron significativamente a los países de América Latina. A raíz de las dificultades de abastecimiento de bienes procedentes de los países desarrollados, la región se vio obligada a emprender un esfuerzo por producir dichos bienes internamente, lo cual condujo a la ampliación y fortalecimiento de la industria nacional. El sector público, haciendo uso de las cuantiosas reservas internacionales que había acumulado durante la guerra, canalizó su inversión para promover y en últimas liderar el proceso de industrialización.
De esta manera, la industria se convirtió en el motor del desarrollo en América Latina, que se había constituido en una de las principales abastecedoras de materias primas para los países industrializados. Sin embargo, empezaron a surgir algunas características de este modelo de sustitución de importaciones que podrían conducir a desequilibrios importantes. Por un lado, la baja elasticidad-ingreso de la demanda5 de productos básicos, unida a otros factores que afectaban negativamente los términos de intercambio en detrimento de los países en vías de desarrollo, constituía una grave amenaza a la sostenibilidad del patrón de crecimiento. Además, simultáneamente con los obstáculos al crecimiento de las exportaciones, se observaba un aumento de las importaciones, particularmente las de bienes de capital y combustibles. Esto, anudado a los bajos niveles de ahorro y la insuficiente entrada de capitales extranjeros, estaban generando desequilibrios importantes en la balanza de pagos.
Ya en 1970 las economías se encontraban en una situación difícil, con desequilibrios internos y externos y elevados niveles de inflación. La creciente presión por el pago de intereses y utilidades al exterior por concepto de préstamos y de inversión extranjera directa, obligó a las economías de latinoamericanas a recurrir al financiamiento externo. A pesar de que la región había logrado en la década del 60 un ritmo de expansión superior al 5%, ya era ampliamente reconocido que el modelo de sustitución de importaciones había conducido a una situación de estrangulamiento externo. Con el fin de promover las exportaciones, la región emprendió una modelo de crecimiento hacia afuera que conllevó a que entre 1968 y 1974 se lograra en promedio, tasas de crecimiento de la economía cercanas al 7%.
Sin embargo, a partir de la mitad del decenio, se observó un estancamiento de la actividad económica en los países desarrollados, y simultáneamente empezaron a entrar a la región los excedentes financieros de los países exportadores de petróleo. Así, en el transcurso de la década, el ingreso neto de capitales a la región se quintuplicó, lo cual al cabo de unos años ocasionó que el monto del servicio de la deuda se hiciera insostenible y se diera inicio a la crisis de los años 80. Se afirmó en el momento que el proceso de internacionalización de la economía latinoamericana había ido más allá del límite que le permitía su colocación en el esquema de división internacional del trabajo como exportadora de productos primarios(CEPAL, 1975).
En términos de crecimiento, los efectos de la crisis fueron dramáticos: entre 1981 y 1990, el PIB per cápita en la región disminuyó en 9.6%, conllevando a situaciones adversas en el campo del empleo, lo cual es observable mediante el índice de desempleo urbano que aumentó significativamente en la mayoría de los países para los cuales se dispone de datos. Los importantes esfuerzos que emprendieron los países de la región por inyectarle dinamismo a la economía tras las oleadas recesivas, ocasionaron un desbordaje de la inflación que alcanzó en 1985 un nivel promedio de 275% anual.
Motivados por la problemática del endeudamiento externo, sumado a las restricciones externas y los desequilibrios internos, los países de América Latina implementaron varios paquetes de ajuste con el fin de restablecer el equilibrio macroeconómico mediante la estabilización de la tasa de interés y la tasa de cambio y la recuperación del equilibrio fiscal. Se esperaba que este ajuste, aunque severo y estricto, fuera de muy corta duración. Sin embargo, las medidas introducidas no fueron eficaces y a su vez tuvieron un alto costo social6. Posteriormente, surgieron otras orientaciones encaminadas a efectuar un ajuste de mediano o largo plazo que introdujera transformaciones sustanciales en la economía y en el modelo de desarrollo. Esto conllevó a la elaboración de un paquete de medidas regidas por la lógica de las ventajas comparativas, el mecanismo de mercado y la competencia externa y delineadas por el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), comúnmente conocidas como el Consenso de Washington.
En realidad, este Consenso no se realizó de manera explícita pero reúne una serie de medidas de política económica interrelacionadas e interdependientes. En forma esquemática, estas políticas tienen los siguientes ejes centrales: (a) liberación del comercio exterior; (b) disciplina fiscal, la cual influye notoriamente sobre los niveles de inflación y por lo tanto sobre los precios relativos; (c) focalización del gasto público hacia sectores de alta tasa de retorno social; (d) reforma fiscal; (e) liberación del mercado financiero; (f) tasas de cambio competitivas; (g) libre entrada a la inversión extranjera; y (h) privatización de las empresas públicas y desregulación del mercado. Las mismas, según sus promotores, asegurarían altas tasas de crecimiento sostenibles en el largo plazo y esto daría como resultado una mejora en las condiciones de vida de la población y la reducción de la pobreza.
Así pues, a comienzos de los años 90, la mayoría de las economías de la región funcionaban sobre nuevas bases y orientaciones de política. La aplicación del Consenso en América Latina logró inicialmente una reactivación del crecimiento económico y una reducción de las tasas de inflación. En 1997, la región experimentó el crecimiento más alto de los últimos 25 años y el nivel de inflación más bajo de los últimos 50. Sin embargo, el desempeño económico durante 1998 se vio afectado por shocks externos que dificultaron el manejo de las cuentas fiscales y externas y conllevaron a una desaceleración de la economía.

Los logros iniciales en el terreno macroeconómico se dieron en el contexto de reformas comerciales, financieras, tributarias y laborales y el firme avance de procesos de privatización.


En la actualidad, la región atraviesa una coyuntura económica de internacionalización que ha adquirido enormes proporciones desde fines de los años 60. El sector exportador ha alcanzado un mayor dinamismo; en la primera mitad de esta década las exportaciones crecieron a una tasa media anual de 6,6% en este período, mientras que en el decenio anterior fue de 5,2% (Banco Mundial, 1998). Las restricciones a las importaciones han sido prácticamente eliminadas y los aranceles han disminuido significativamente, trayendo como consecuencia un aumento significativo del valor total de las importaciones en América Latina, que pasaron de 98,589 millones de dólares en 1980 a 221,210 millones en 1995. En el área financiera, los mercados se han expandido y se han eliminado progresivamente los controles a la tasa de interés y a la entrada de capitales extranjeros. Estos últimos alcanzaron en 1997 un nivel máximo sin precedentes en la región de 73,000 millones de dólares. La producción ha adquirido un carácter transnacional y todo esto ha posibilitado, entre otras cosas, la entrada de nuevas tecnologías a las economías de la región y gran innovación en materia de comunicaciones. Estos procesos representativos del cambio de orientación en la política económica, resultaron en que 15 de 23 países de América Latina fueran clasificados como bastante libres en un estudio sobre la libertad económica realizado por el Wall Street Journal, que incluyó variables como la existencia de aranceles y otras barreras al comercio internacional, la política tributaria y el tratamiento de los inversionistas extranjeros, entre muchas otras. (Triana, 1996).
La transición hacia economías más abiertas en la región también ha fortalecido la integración regional y subregional, que ha sido percibida por los países latinoamericanos como una oportunidad para la nueva estrategia comercial. Este proceso de integración se ha concretado en la creación de Mercosur en 1991, la revitalización del Pacto Andino, la firma del tratado de Libre Comercio de América del Norte, el movimiento para la creación de una zona continental de libre comercio y la proliferación de acuerdos bilaterales (CEPAL, 1998).
2. GLOBALIZACIÓN Y DESARROLLO
La notable expansión del mercado financiero y la imposición del mercado como mecanismo único para el crecimiento económico y para el desarrollo social han llevado a difundir la idea de que estos elementos constituyen las características centrales del proceso de globalización. Esta visión conduce a otra idea, también ampliamente difundida, acerca de la existencia de un mercado global donde todos los países y todos nosotros debemos incorporarnos lo antes posible so pena de quedar fuera del mismo, perdidos para siempre. La imagen asociada a esto es la de un tren, o algún otro medio de transporte, al cual hay que subirse o saltar, adquiriendo de esta manera todas las prerrogativas del modelo capitalista moderno. En este, es el consumo el que moviliza el desarrollo. Con la globalización, se ha producido una masiva reproducción en el sur, de las pautas de consumo del norte. Esto ha generado una significativa expansión del consumo, en particular de productos transnacionales y un aumento simultáneo de la brecha en el consumo entre países y al interior de los mismos.
Si bien este modelo de desarrollo jalonado por la expansión del consumo trae mejoras potenciales en las condiciones de vida de la población7, también acarrea diversas dificultades. En primer término, varios estudios concluyen que el modelo, tal como hoy está pautado, es altamente riesgoso debido a sus consecuencias en términos de sustentabilidad ambiental. En segundo lugar, las evidencias muestran que un incremento en el consumo no conlleva a un aumento proporcional del beneficio de los consumidores, dada la continua aparición de llamativos productos que por medio de anuncios comerciales pasan a ser parte de nuevas y más altas pautas de consumo. En tercer término, en los países en desarrollo se presenta un serio problema adicional. En la medida en que el modelo está regido por las leyes de mercado, sus principales actores son aquellos que tienen los medios con que consumir los bienes y servicios que se ofrecen. Por lo tanto la satisfaccion de necesidades, que constituye uno de los derechos ciudadanos básicos, queda fuera de toda consideración universalista y se logra sólo para aquellos que perciben ingresos suficientes. La distribución del bienestar, definido en términos de la cobertura de necesidades básicas, corre el riesgo posible de empeorarse (Stewart, 1998).
La visión de un vehículo que avanza a gran velocidad, movido por la expansión del consumo global, deja por fuera toda discusión respecto al desarrollo humano, puesto que da por sentado que el incorporarse al mercado global produce un crecimiento económico que el mercado se ocupa de distribuir entre los distintos sectores sociales. Sin embargo esta visión carece de sustentación real y ha comenzado a resquebrajarse también con temible velocidad, tal como lo estamos viendo en el contexto de la crisis de los mercados financieros (Minujin y Sunkel, 1999).
Se destaca que si bien los grandes cambios que se han observado a nivel mundial han afectado significativamente las economías y en 1990 el crecimiento promedio en los países en desarrollo había duplicado el observado en los años 80, también es evidente que se está consolidando un nuevo orden global caracterizado por la polarización económica y la exclusión social. A pesar de que entre 1960 y 1989, el PIB mundial disponible para los países en desarrollo pasó del 30% al 59%, en la actualidad, el 20% más pobre del planeta recibe el 1.4% del producto mundial, mientras que el 20% más rico recibe el 85% (PNUD, 1998). La globalización ha contribuido a delinear aún más la división de la sociedad en dos grupos: una minoría con el capital y las habilidades necesarias para competir en el mercado global y una mayoría menos afortunada que se debate en un terreno de incertidumbre e informalidad.
Las tendencias hacia la polarización económica y la exclusión social que se vienen manifestando a nivel global se ven aún más agudizadas en América Latina y el Caribe. En la actualidad, la región presenta los más altos niveles de desigualdad del ingreso a nivel mundial, lo cual tiene repercusiones de gran envergadura sobre los niveles de bienestar de la población y constituye además una gran amenaza para la estabilidad política, la democracia y el crecimiento económico. Así mismo, las situaciones de exclusión económica, la cual está estrechamente relacionada con el empleo y la protección social, así como de exclusión social, que toma en cuenta las interrelaciones individuales y colectivas, incluyendo una serie de factores decisivos para el bienestar del ser humano en su vida individual, familiar, comunitaria y social, afectan de manera creciente a un importante porcentaje de la población en la región.

Se evidencia entonces que uno de los mayores riesgos que acarrean la globalización y las recientes tendencias económicas y sociales, radica en las crecientes dificultades que afronta un gran porcentaje de la población para su inclusión social. En la actualidad se reconoce que a pesar de los avances macroeconómicos en la región, la situación social se ha deteriorado y se observa, además de las mayores desigualdades de ingreso, un deterioro de las condiciones del empleo, una contracción de los recursos fiscales y reducidas posibilidades para la intervención del Estado. Cada vez más se reconoce que el buen funcionamiento de los mercados y de las estructuras públicas son instrumentos complementarios para alcanzar objetivos que más allá del crecimiento económico, incluyan la equidad y la cohesión social, la sostenibilidad y el desarrollo democrático (Ocampo, 1998). Una serie de voces se hacen oir advirtiendo sobre la necesidad de un cambio cualitativo de orientación que pueda combinar el mercado con otras alternativas que abran posibilidades reales para todos aquellos que en forma creciente están quedando por fuera.

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