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Infancia en tacna


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INFANCIA EN TACNA*

"Todos somos jóvenes ante la vida y el paso de los años es, una marcha hacia el territorio del enemigo"

Henry James

"Entre Bremen y Nápoles, entre Viena y Singapore he visto más de una linda ciudad; ciudades junto al mar y ciudades en lo alto de las montañas; y, peregrino, de alguna fuente he tomado un trago del que luego se me formó el dulce veneno de la nostalgia”.

"Pero la ciudad más hermosa de todas las que conoz­co es Calw, a orillas del Nagold, una ciudad suaba, pe­queñita, antigua de la Selva Negra.

"Si ahora vuelvo por acaso a Calw, voy bajando len­tamente desde la estación, por delante del templo católico, por delante del "Adler" y del "Waldhorn", y, avanzando por la calle del Obispo, sigo, riberas del Nagold, hasta el "Weinsteg", o bien hasta el "Brühl"; luego cruzo el río y, por la calle baja de Curtidores (1), subo uno de los em­pinados callejones laterales hasta la Plaza del Mercado, paso bajo el Pórtico de la Casa del Concejo, continúo ante las dos enormes y viejas fuentes, echo una mirada a lo alto, hacia los antiguos edificios del Instituto Latino, oigo cacarear las gallinas en el huerto del "Kannenwirt", me encamino de nuevo hacia abajo, pasando ante el "Hirsch" y el "Rossle", y me demoro un buen rato en el puente. Este es el lugar que más quiero de la pequeña ciudad. Frente a él no es nada para mí la plaza de la Catedral de Florencia.

"Si ahora, sobre el bello puente de piedra, miro desde el río hacia abajo y hacia arriba, veo casas de las que no sé quién vive en ellas. Y si en una de esas casas se asoma una linda muchacha -que siempre las ha habi­do en Calw-, no sé cómo se llama.

"Pero hace treinta años, tras esas numerosas venta­nas no había muchacha, ni hombre, ni vieja, ni perro, ni gato que yo no conociese. Por el puente no pasaba carro ni trotaba rocín del que no supiera a quién pertenecía. Y así, todo me era conocido: los muchos chicos de la escue­la, y sus juegos, y sus apodos, las panaderías y sus artícu­los, los carniceros y sus perros, los árboles y, encima de ellos, las mariquitas de mayo y los pájaros y los nidos y las varias clases de uva espina que había en los huertos.

"De ahí le viene a Calw esa rara belleza. No necesito describirla, porque está en casi todos los libros que he es­crito. No habría tenido que escribir de ella si me hubie­se quedado a vivir en ese hermoso Calw. Cosa que no me estaba destinada.

* El texto de este ensayo difiere sustancialmente del que apareció en un lindo opúsculo publicado en 1959 por Pablo L. Villanueva. El cuidado de aquella edición estuvo a cargo de Sebastián Salazar Bondy.

(1) Traduzco convencionalmente Ledergrasse, calle o calleja del Cuero, o de los Cueros, que bien puede equivaler a Curtido­res. Otros nombres como Adler (El Águila) Waldhorn (El Cuerno de Caza) etc., que son, sin duda, denominaciones de fondas o puntos llamativos del lugar, los dejo sin traducción (N. del T)

"Pero cuando ahora, lo que desde la guerra se ha ido repitiendo con intervalos de unos cuantos años, vuelvo a detenerme por un cuarto de hora en el pretil del puente sobre el cual, siendo muchacho, eché mil veces el hilo de mi caña de pescar, siento profundamente y con una extra­ña emoción todo lo hermoso y singular que fue para mí esa experiencia: haber tenido alguna vez una patria; ha­ber conocido alguna vez, en un pequeño lugar de la Tierra, todas las casas y sus ventanas y todas las gentes que esta­ban tras ellas Haber estado ligado alguna vez a un determinado lugar de la Tierra, como el árbol con raíces y vida, está ligado a su lugar.

"Si yo fuera un árbol, estaría aún allí. Pero no pue­do pretender cambiar lo que ya fue. Esto lo hago, a las veces, en mis sueños y en mi creación literaria, sin aspi­rar a hacer lo mismo en la realidad.

"Ahora, de cuando en cuando hay alguna noche en que siento nostalgia de Calw. Pero si viviera allí, a toda hora del día y de la noche, tendría nostalgia del lejano tiempo hermoso de treinta años atrás, que ha mucho huyó deslizándose bajo los arcos del puente viejo. Eso no esta­ría bien. De los pasos que se han dado, y de las muertes que hemos muerto, no hay que arrepentirse.

"Sólo de vez en cuando puede echarse una mirada por allí, vagar por la calle de los Curtidores, pararse un cuarto de hora en el puente; aunque sea tan sólo en sue­ños y aunque no se haga muy a menudo".

Hermann Hesse (1918)

"La sangre, ese frágil árbol escarlata que llevamos adentro..."

Sir Osbert Sitwell

I En la Plaza. La pila y la Guía Azul Hachette. El espacio hállase subordinado al tiempo. Doña Carlota, maestra peruana. Genoveva y Natividad: Penas y gen­tiles. El "jorobadito". Canciones de moda. La vida co­tidiana. La ciudad. El tren. El minifundio. La Alameda. Angostos canales. La quinta de doña María Tinajas. Recordar. Raíces en la tierra.

Los recuerdos de la infancia en Tacna en los días de la ocupación chilena no son para mí una serie de hechos, o de rostros, o de panoramas eslabonados sistemáticamen­te en el tiempo. Superviven, más bien, dentro de un vasto conjunto indiferenciado, como el mar aparece ante los ojos de quien lo contempla desde una playa o desde un barco. Se mezclan dentro de ese todo el hogar, la familia, la ciu­dad natal, los amigos, cosas que ocurrieron o que oí rela­tar, sucesos en los que participé o que vi, o que creo exis­tieron, sentimientos o impresiones cuyo aroma aún me sirve de compañía, mezclados con fragmentos de experien­cias más recientes.

Mi vieja casa familiar con su fachada de piedra, que el afeite de una pintura sacrílega mancilló no hace mucho tiempo, ubicábase en la plaza Colón, en una esquina. Al lado derecho veíamos a la Catedral, entonces inconclusa, pero con sus dos torres, erectas como si fueran mástiles orgullosos sobre un barco varado sobreviviente de alguna, silenciosa tempestad. Está hecho aquel edificio con el rosá­ceo sillar tacneño, más hermoso aunque menos conocido que el blanco de Arequipa.

La Catedral de cuarzo con su casto domo

ha escrito el poeta Guido Fernández de Córdoba.

Hoy, ella ha sido, al fin, terminada con algunos cam­bios en relación con el proyecto inicial. Más alta y más grande que la de Lima donde el barro no está ausente, la rodea un espacio libre poco común, es decir no la circun­dan calles estrechas. Deja, en conjunto, una impresión fría pero imponente.

En la otra esquina de nuestro hogar veíamos, en cam­bio, algo mucho más prosaico y siempre lleno de actividad el sobrio local donde funcionaban la autoridad política de la provincia, la Corte de Apelaciones y el Correo.

La plaza asóciase también en mi recuerdo con dos pal­meras solitarias, una delante de la Catedral y otra en la glorieta con la estatua de Cristóbal Colón obsequiada por la siempre poderosa colonia italiana en 1892; monumento que, imitando al personaje en él simbolizado, ha hecho ya tres viajes en la ciudad y pronto efectuará, según espera­mos, el cuarto y último. Evoco también las acacias y el ja­carandá del jardín cerrado por una reja de fierro y la pila que trazó y construyó la firma francesa de Gustavo Eiffel.

No es hiperbólico calificar a la pila, sobreviviente in­cólume del antiguo régimen peruano, como una joya. Cada vez que vaya Tacna, cumplo con el deber de ir a visitar­la, Con sus seis metros de alto, es armoniosa y redonda y se diferencia mucho en sus variados ángulos, sin que se deteriore la armonía y la gracia del conjunto. En la parte superior brotan como de un ánfora, múltiples y delgadísi­mas hilos de agua. Luego hay una fuente, gracias a la cual se renueva con igual finura, la marcha armoniosa de ellos. Más abajo, cuatro niños están de pie y se dan la mano. También aparecen figuras de pescados y se ve una ta­za más grande orlada por símbolos ornamentales marinos de los que emanan unos veinte pequeños conductos por los cuales se sigue expandiendo el delicado follaje acuático. Vienen, ya en otro plano, cuatro figuras femeninas, de perfil clásico, en don osas actitudes, atadas entre sí, con los pechos descubiertos. Sus túnicas llegan a las esbeltas pier­nas y dejan los pies desnudos. Representan quizás a las cuatro estaciones o a símbolos del poder fructificador de la tierra. Junto a ellas van cayendo los chorros sutiles del líquido vital en la dirección de una gran taza. Estas muje­res simbólicas tienen sus brazos en actitudes diversas y el talante de cada una es pensativo. Hállanse junto á unos tritones, de cuyas fauces también brota el agua hacia el último y más vasto nivel de la pila. Jamás hay aquí un rui­do excesivo. Percíbese, más bien, un murmullo discreto del que emerge una sensación dulce e inalterable dé sobrie­dad y de elegancia

No obstante mi admiración por la pila, he leído con amargura no hace mucho tiempo en la famosa Guide BLeu de la librería Hachette de París correspondiente a 1975 so­bre el Perú y La Paz, menos de una página dedicada a Tacna (la obra tiene 315); Y en ella el curioso del mundo entero halla apenas lo siguiente: "Esta ciudad no tie­ne gran cosa que ofrecer al turista de paso, quien se de­berá contentar en la Plaza de Armas con una fuente de bronce fabricada en Bélgica e instalada en 1869" (l). Es éste de un manual cuya circulación es enorme y su texto despectivo acusa severamente a los dirigentes del turis­mo en el Perú cuyo ramo ha sido elevado por el gobierno actual al más alto nivel: el de un Ministerio. Desde aquí hay también un indignado grito acusatorio. ¿Por qué las espléndidas aguas termales de Calientes son un rincón sucio y abandonado y no han hecho surgir a su alrededor un hotel con amplias facilidades no únicamente sanitarias sino deportivas y recreativas, es decir un lugar de atracción que bien hubiera podido superar al estupendo "mo­tel" chileno de Azapa? ¿Por qué no han sido descubiertos y utilizados otros lugares placenteros en la campiña? ¿Por qué no existe una guía histórica y descriptiva de la ciu­dad, orientadora en relación con sistemáticos paseos a lugares de interés incluyendo a alguna de las bellas quintas de antaño? ¿Por qué ha habido silencio ante el esfuerzo del ingeniero F. Corante, cuyas fotos y "maquetas" ya son los pilares de un hermoso Museo de la Tacneñidad? ¿Por qué se hostiliza o se ignora al Grupo Teatral Tacna? ¿Por qué no se expande la biblioteca hasta convertirla en un centro de documentación sobre toda la zona del cono del Pacífico Sur que atraiga a estudiosos dé Chile, Bolivia y el Perú cuando menos, bajo los auspicios de la Junta de Cartagena, de la Organización de Estados Americanos y de Naciones Unidas? ¿Por qué no se desarrolla la obra de la Universidad hasta el punto de que impregne la vida diaria citadina? ¿Por qué no se reconstruye alguna de las grandes mansiones del próspero siglo XIX, tal como se ha hecho con no pocas en Arequipa, Trujillo, Ayacucho y otras ciudades? ¿Por qué no se convoca a una asamblea de tacneños representativos de la que pueden emerger distintas sugerencias con la finalidad de dar nueva vida a la tierra de Zela, Vigil e Inclán?

El espacio hallase subordinado al tiempo. Después de abandonar, junto con los míos, nuestra casa solariega en 1912, cuando apenas había cumplido nueve años, volví a encontrarme delante de ella sólo en 1925, en que regresé a Tacna con motivo del plebiscito; pero sólo la vi de afuera, porque era entonces un casino militar chileno. En 1931, cuando Tacna había sido incorporada al Perú, atravesé su umbral de nuevo, después de diecinueve años. Funciona­ba allí la oficina de la Caja de Depósitos y Consignacio­nes. Ahora sirve como local para el Banco de la Nación. Con sorpresa constaté que, en realidad, los patios, las habitaciones y los corredores eran mucho más pequeños de lo que creía. La memoria, sea porque la edad y la

(1) Les Cuides Bleus Hachette. Pérou. La Paz. París, Hachette, 1975, pág. 266.

estatu­ra influyen en la mente, sea porque la perspectiva de los años y la distancia agrandan las cosas, había cambiado la dimensión de esos lugares en los que tantos años viví y que tan familiares me habían sido.

Oficialmente las escuelas peruanas habían sido clau­suradas en 1900, porque en ellas se incumplía uno de los artículos de la ley chilena de 24 de noviembre de 1860, por la que la instrucción primaria debía darse bajo la direc­ción del Estado y la enseñanza de la geografía y de la historia de aquel país era obligatoria (2).

Asistí a una escuela de primeras letras y de educa­ción primaria, que bajo el nombre de "Liceo Santa Rosa" usado antes por otro plantel, regentaba la señora Carlo­ta Pinto de Gamallo, en su casa particular, en la misma plaza donde vivíamos. La enseñanza que doña Carlota, an­tigua maestra peruana, junto con don Pedro Quina Castañón, impartía a un grupo muy reducido de niños, pre­sentaba, para nosotros, las apariencias de la clandestini­dad. Experimentábamos la sensación de ir a clases día a día como quien va a algo prohibido. Hasta los policías de las esquinas conocían, sin duda, la existencia de ese cen­tro escolar; pero como era pequeño y aislado, habían de­cidido tolerarlo.

No recuerdo exactamente lo que me enseñaron, salvo que usé el libro chileno —¡chileno!— de Abelardo Núñez y que deletreábamos en coro. No va en contra de mi cari­ño y de mi gratitud por doña Carlota, anotar que, cuando viajé a Lima, a los nueve años, sabía leer muy bien, pero, como buen zurdo, sólo podía escribir con la mano iz­quierda.

Sospecho que tuve como verdaderas maestras a mi madre y mi hermana Luisa y también a mi nodriza Geno­veva Salinas. El cariño ciego y absoluto de ésta, indepen­diente de que yo fuese buen mozo o feo, popular o aislado, famoso o desconocido, venció al tiempo, a la ausencia, a las mudanzas de la fortuna. Tampoco he olvidado a la mo­rena Natividad, una vieja doméstica afectuosamente in­corporada, de hecho, a través de muchos años, como Ge­noveva, a la familia.

Natividad nos dejó muchos recuerdos. Entre ellos, el de su actitud cuando vio por primera vez el teléfono, el fonógrafo, la bicicleta y la máquina de escribir. En cada uno de esos momentos, se limitó a decir: "Lo que inventan los gringos para ganar la plata". Y en estas palabras jun­tábanse la sorpresa y el desdén.

(2) Las escuelas peruanas en Tacna fueron organizadas por Modesto Molina, en cumplimiento de órdenes del Presidente Nicolás de Piérola. En mayo de 1900 estaban regentadas por las siguientes personas: Carlota Pinto de Gamallo (calle Comercio N. 248, Escuela. de Mujeres); María Luisa Rospigliosi de Quiroz (Calle Comercio N. 200, Escuela de Mujeres); Clorinda F. Vda. de Benavides (Calle Comercio N. 17, Escuela Mixta); Carolina Vargas de Vargas (Avenida Bolívar N. 53, Escuela Mixta); Zoila Sabel Cáceres (Calle Zela N. 111); Eduardo Zevallos Ortiz (Calle Zela N. 124, Liceo Mercantil); Rosa Román (Calle Zela N. 64); José A. Saona (Calle Zela N. 655); María F. y Celinda 14arca (Calle Sucre. 114, Colegio de Mujeres); Perfecta Vda. de Taillacq (Calle Gamarra N. 146, Escuela Preparatoria de Varones); Juana A. Vda. de Mansilla (Ca­lle Bolívar N. 490); Manuel O. Silvestre (Pallardelli N. 29, Escuela Preparatoria); Ricardo M. Mena (Alameda N. 162, Colegio Primario de Varones); Leonor Vera (Calle Bolívar N. 532); Matilde Arbulú de Rospigliosi (Avenida Dos de Mayo, Escuela Mixta N. 26). Zoila Sabel Cá­ceres protestó altivamente contra 81 actos de fuerza que se estaba come­tiendo y se negó a firmar la notificación respectiva. Lo mismo hizo Ca­rolina Vargas de Vargas. También fueron clausuradas las escuelas de Ari­ca, Pára, Azapa, Calana, Molino, Pachía, Tarata, Codpa, Belén, Estique, Socoroma, Putre y Livílcar. Quiere decir, pues, que la gran mayoría de IOR tacneños y ariqueños que optaron por la causa peruana en las jomadas plebiscitarias de 1925 y 1926 había sido educada en planteles chile­nos. Hubo reclamos infructuosos del canciller Enrique de la Riva Agüero y del ministro en Santiago, Cesáreo Chacaltana, éste en notas de 14 de noviembre de 1900 y de 24 de diciembre del mismo año. Sobre este triste episodio véanse el libro de Víctor M. Maúrtua La cuestión del Pacífico. Lima, Imprenta Moreno, 1901, pp. 312-315; la obra de Carlos Alberto Gon­zález Marín La escuela peruana en Tacna, (1793-1907) Lima, Talleres Grá­ficos Moreno, 1970; y el reciente estudio de Raúl Palacios Rodríguez La chilenización de Tacna y Arica, Lima, Editorial Arica, 1974, págs. 73-78. Rómulo Paredes publicó una llamada "zarzuela dramática", en 1908, con 43 páginas en dos actos y en verso bajo el título de La última escuela, Episodio de la ocupación chilena en Tacna. No llegó a ser representada y no existió una partitura para ella. Guillermo Ugarte Chamorro es po­seedor de un inconcluso manuscrito con el título Escuela peruana en Tac­na de niñas. Comedia infantil en dos actos y en prosa. La adquirió en Lampa; y cree que el autor fue un maestro, presumiblemente primario, llamado Rufino Escobar. Debió escribirla, asevera Ugarte Chamorro, hacia 1902.

Sabía ella, además, numerosos cuentos y también la historia de las "penas" o sea de las almas de los muertos que no recibieron cristiana sepultura o que tratan de se­ñalar la existencia de algún entierro o tapado, es decir un tesoro oculto durante muchos años. Antonio Oliver Belmás afirma que las "penas" de estas tierras son her­manas de los "aparecidos" o almas de Vasconia que sur­gen a veces en los cruceros de los caminos en aquel país; de los duendes gallegos llamados "encantos"; de los "ujanos" de la Montaña santanderina; del "follet" catalán, del "Martinico" de Granada, todos ellos parientes lejanos de los gnomos del Norte (3).

Además resultaba la inolvidable Natividad depositaria exclusiva de otras manifestaciones de la vida de ul­tratumba y también de su geografía pues, según ella re­petía con solemne seriedad, tenían lugares favoritos en la casa. Uno de dichos rincones estaba junto a la "desti­ladera" de agua.

Los "gentiles", en cambio, decía, eran espíritus que, secos y viejos, habitaban en el campo y en los cerros, so­bre todo entre piedras. No tuvieron Dios, rezaron al sol, a la luna y hasta a animales feos como las culebras. Casti­gados, no consiguen volverse polvo como los demás; arras­tran sus huesos sin poder morir bien; vuélvense secos co­mo una chalona. A quien encuentran, le soplan su aliento y lo vuelven anciano que comienza a doblarse y temblar y sólo puede hallar salvación si toma agua bendita.

En el folklore hogareño, si la "pena" ostentaba viejí­simo abolengo español, el "gentil" provenía de arcaicas supersticiones indígenas. De este modo, Natividad nos in­trodujo en nuestros primeros años a un mundo de seres sobrenaturales oriundos de las dos principales corrientes de la formación histórica nacional y nos ofreció, sin saber­lo ella ni nosotros, una lección viva de mestizaje mítico.

Estudié durante los años de Primaria y casi todos los de Secundaria en el Colegio Alemán de Lima. Bajo un se­vero régimen disciplinario correspondiente a la época de Guillermo II, las distintas asignaturas (menos Historia del Perú y Castellano) fueron enseñadas en aquel idioma. En nuestras tareas escolares, en nuestras lecturas, en nues­tras charlas, en nuestros cantos, en nuestros paseos, los alumnos de ese plantel tuvimos que usar el alemán. No vino a ser sorprendente y, por el contrario, resultó inevi­table que me familiarizara, al igual que mis compañeros, con las culturas alta y popular de la tierra de mis antepa­sados maternos.

Las "penas y los "gentiles" son pequeños hijos de la inquietud de la gente sencilla de estas latitudes ante el gran enigma de la vida ultraterrena y sobrenatural. Tan hondo problema ha interesado vivamente a los seres hu­manos de todos los tiempos. El racionalismo que se propa­gó desde el siglo XVIII no ha logrado, ni remotamente, erradicarlo. Múltiples formas de superchería y de engaño han surgido y continúan brotando alrededor de esta sa­grada inquietud; al lado de ellas, la parapsicología trabaja con seriedad y constancia y los resultados finales de sus investigaciones llegarán quizás a ser tangibles algún día.

Al hacernos ciudadanos del mundo cínico de nuestro tiempo, miramos a las "penas" y los "gentiles" con un escepticismo total que puede estar acompañado por un inte­rés anecdótico. Al fin y al cabo, se trata de hipotéticos seres ajenos a nosotros. En cambio, ha quedado indeleble

(3) Antonio Oliver Belmás, José Calvez y el modernismo, Lima, Universidad Na­cional Mayor de San Marcos 1974, págs 119-121. Corresponden estas refe­rencias a una glosa (leí artículo do Calvez titulado "Los mil y un fantasmas de Lima".

en mi memoria, desde los años escolares, la figura del "jorobadito", el Gucklicht Mannlein, personaje de los cuen­tos de hadas germánicos inmortalizado en la famosa colec­ción de poesía folklórica que se titula Das Knaben Wunderhorn. Aparece él en los siguientes versos.

Cuando voy a la bodega a sacar un poco de vino, allá está el jorobadito que me roba la botella.

Cuando entro en la cocina y quiero preparar la sopa, allá está el jorobadito que me ha quebrado la olla, (4)

Es un duende en tenaz acecho para malograrnos, bur­lón y hostil, las cosas buenas, o gratas, o favorables en el instante menos pensado. Suele hacer suyos los objetos que caen bruscamente de nuestras manos, o que se nos tras­papelan en el instante en que más los necesitamos. El también nos empuja para que caigamos al suelo; o nos ciega cuando incurrimos en errores imperdonables; o fa­cilita la ocasión para que, sin motivo, nos pesque una en­fermedad. Asimismo, está ahí para hacernos desaprove­char las ocasiones propicias y para confundirnos si a nues­tro alcance está, muy cerca, el camino mejor. Representa el símbolo de lo que llaman los italianos la "jettatura" y los españoles "la mala pata"; eso contra lo cual los gitanos creen que se defienden encogiendo el dedo pulgar y los intermedios de las manos y abriendo lo más que pueden ambos dedos restantes. Todos hemos encontrado a perso­nas y aun a familias por las que parecería tener predilec­ción, a veces durante largos años y a veces bruscamente para llevarlos a las más diversas modalidades del infortu­nio. Y si bien no podemos achacar siempre nuestros fra­casos y nuestros desengaños a tan enigmático personaje, en más de una oportunidad se nos ha ocurrido, contra todos los argumentos de la razón y del sentido común, el absurdo de que él se introdujo o se introduce en el meollo de nuestro vivir.

En toda niñez, los juegos, las aventuras, las pequeñas o grandes incidencias cotidianas, las lecturas y los sueños del que entra en la vida invaden el continente ignoto de la "gente grande", con sus negocios, sus preocupaciones, sus asuntos propios. Es una mezcla extraña de dos planos o niveles separados, entre los cuales sólo los padres y algunos mayores afectuosos —los hermanos y quizás una tía o un ama— suelen servir, parcialmente y a ratos, en condición de intermediarios. ¿Cómo eran, en realidad, en ese período, mi casa y mi ciudad? Algo supe más tarde de los asuntos de nuestra familia y del rumbo general de las cosas políticas que, en nuestro caso, querían decir la política internacional peruano-chilena. Pero, ¿y el ambien­te? ¿Las fiestas a las que iban los jóvenes de entonces, hoy gente muy envejecida o, en la mayor parte de los casos, difunta?, ¿La música, los libros, los versos que pre­firieron? ¿Los vestidos que usaban?

Mis hermanas, sus amigas, toda la "gente grande" de la ciudad que yo conocía, seguían, inevitablemente, los gustos y aficiones de su época. En el piano, bello ins­trumento muy difundido entonces, en contraste con la época actual en que, por desgracia, pasó de moda, o en un primitivo fonógrafo, oí tocar los aires comunes a aque­lla generación. Eran, sobre todo, cantos del repertorio romántico español y sudamericano. Algunos hasta prove­nían de Chile, como el que se llamaba

(4) Sobre el "jorobadito" Walter Benjamín, Ensayos escogidos, Buenos Aires, "Sur", 1967 pág. 72. Hannah Arcndt, "Walter Benjamín", en Eco, Bogotá Nº 149. setiembre de 1970.

"Río, Río", o sea que hasta el nivel del arte como en el de la cultura, si se toma como símbolo el libro de lectura de Abelardo Núñez, no alcanzaba el altivo e intransigente veto a los ocupantes de Tacna. Dicha melodía llegó hasta las generaciones más jóvenes, pues la volví a escuchar a unas muchachas chi­lenas cuando viajaba en un barco de Nueva York al Callao en 1950. Pero lo que, sin duda, representa a aquella época son los valses de las operetas vienesas. Recuerdo haber visto en mi casa las coloreadas cubiertas de sus partitu­ras con el texto alemán. Así, en la pequeña y lejana Tac­na, entre 1907 y 1912, como en Europa, La viuda alegre y otras obras de Franz Lehar y sus contemporáneos, sedu­cían por su encanto internacional, rompían las barreras de los provincialismos y reflejaban, en cierto modo, todo un período. Expresaban ellas la ligereza, la banalidad, la confianza en la vida, no exenta de encanto, de los años que precedieron a la primera guerra mundial. Eran el símbolo de un mundo burgués que soñaba con los restau­rantes o los teatros frívolos; de una época ingenua que se jactaba de un aparente cosmopolismo y, en realidad, rendía homenaje al dinero, herramienta decisiva para ob­tener las maravillas allí loadas.

Otra canción que escuché varios años en mi hogar y en vísperas del 25 de diciembre, tenía, seguramente, vieja procedencia española y decía inicialmente así:

Esta noche es Noche Buena

y mañana Navidad

y nosotros nos iremos

para no volver jamás.

Erasmo en sus Coloquios expresó que cuando aspira­ba el olor de una rosa, los recuerdos de la infancia vol­vían a su memoria. Alguien ha escrito, después de citar estas palabras, que, al abrir los viejos libros, el olor de ellos hace vivir de nuevo un período lejano de la vida, dentro de un momento difícil de ubicar, pero con una in­tensidad que, de otro modo, no hubiera tenido. Guarda­mos recuerdos fugitivos e inasibles en los que se juntan hechos sin coherencia hasta que, de pronto, un olor, una escena, una palabra, un objeto, despiertan de improviso el pasado personal de modo evidente. Pero él está salvaguardado, a veces, mejor por una melodía que, de pronto, reaparece con una penetrante y asombrosa exactitud, por una melodía de antaño que volvemos a escuchar ocasio­nalmente: el aire que tarareaba nuestra madre en la inti­midad, la canción que alguna vez nos conmovió. Aquella música, en otras circunstancias, hubiera quedado sepul­tada para nosotros; pero el azar ordena que resulte uno de los dones más preciosos atesorado en nuestra memo­ria, Cierto es que podríamos haber dicho: vivimos en aque­lla casa, mi madre cantaba a veces en la cocina, escucha­mos muchos acordes, quizás los más impresionantes para nosotros, los niños pequeños de Tacna, cuando provenían de bandas militares. Hubiéramos evocado los hechos, concretos o vagos en sí; y, sin embargo, esa visión íntima del pasado no llevaría plenamente toda su carga emocional. Los hechos allí están: son el esqueleto del pasado. Pero aquello que convierte mágicamente los hechos en nuestro "ayer", el recuerdo de lo que ya no volverá y por eso nos conmueve tanto, es el bien más inefable de todos, y se esconde en la música.

En aquellos, tiempos (en Tacna también por aquello que tiene la moda siempre de contagiosa aunque, feliz­mente, sin la rapidez y la prisa que han generado el ser­vicio de los aviones y la propagación de la radio y el televisor) las mujeres preferían como colores favoritos el malva, el violeta, el rosa; y no se consideraba (la qué épo­ca tan distinta pertenecemos!) cosa elegante la delgadez o la flacura. Los vestidos femeninos, muy largos, debían ser usados con guantes también largos.

Ya habían llegado hasta nuestra ciudad, en sus toscos modelos iniciales, repito, el fonógrafo, el teléfono, la má­quina de escribir, la bicicleta. Pero, en cambio, no vimos el automóvil que, con el motor de combustión interna, asimismo utilizado por el aeroplano, iba a hacer, y muy pron­to, añicos a todo aquel modo de existir.

Salvo los incidentes ocasionados por el litigio peruano-chileno, la vida en Tacna tal como la recuerdo en mis años de infancia, se desenvolvía dentro de un ritmo sere­no y acompasado. El primer toque del pito del tren de Arica, a las 8 y 15 de la mañana, servía para arreglar muchos relojes de la ciudad. Era un tren viejísimo, regido por una compañía inglesa en espléndido aislamiento y cu­yo tráfico quienes habían ido a otros lugares consideraban un milagro: una pesada locomotora, crepitante y frágil, un furgón para las mercaderías y un coche para los viajeros. Diríase que, en cualquier momento, chirriante y como desperezando a los rieles enmohecidos, el convoy iba a su­cumbir bajo el peso que soportaba; mas nunca dejó de llegar a su destino. Y al atardecer, el que de Arica venía, anunciaba puntual y triunfalmente su llegada a las 6 y 15 de la tarde y a las 6 y 30 ya estaba en la estación; y mu­cha gente iba a esperarlo, por no tener otra cosa que hacer.

Se sabía los nombres de gran parte de quienes camina­ban por las aceras de las calles centrales, salvo que fueran las indias que llegaban de Tarata y otras regiones altas trayendo fruta, "chuño" y queso; o las de Cochabamba con sus altas botas negras, sus sombreros de paño y sus numerosas polleras multicolores y cuyos bailes del miér­coles de ceniza en el barrio llamado "alto de Lima", eran famosos. Por las calzadas sin pavimentar, a veces inverosímilmente estrechas y no siempre rectas, trotaban los ca­ballos de quince o veinte coches de alquiler; antaño las familias acomodadas habían tenido coches particulares pero de ellos sólo quedaba el recuerdo; y al servicio público pertenecían algunos de esos viejos cocheros, gene­ralmente italianos, como ocurre con todos los inmigrantes tenaces subidos luego a niveles muy superiores. Nos co­nocían ellos por nuestros nombres y nosotros sabíamos perfectamente los suyos. En el verano, unas cuantas fami­lias viajaban a Arica; si bien una versión popular afirma­ba que no era sano estar allí en la época de entrada del río, en enero, porque la terciana aumentaba al mezclarse el agua dulce y la salada. La residencia de otras familias, era, en la estación de calor, alguna quinta de Pocollay en el sector llamado Chorrillos. A Pocollay hacíanse periódi­camente paseos, acontecimientos sociales que llevaban a las familias más lejos, hasta Peschay o Piedra Blanca.

El día de la Candelaria, en febrero, señalaba la fecha simbólica para la siembra del maravilloso zapallo que ya había madurado espléndidamente en julio. Los había de muchas clases: de planta, de carga que era grande y redondo, de gallinazo, de Mogollo y de Para. A una fecha anterior, fines de diciembre o principios de enero, corres­pondía la ciruela, simultánea con el damasco. Marzo y abril eran dueños del encanto de los duraznos. Los primeros recibían el nombre de "colorados"; pero allí tam­bién estaban los alinéate, los blancos, distintos a los blan­quillos por su mayor tamaño, los aurimelos amarillos y albos, considerados como los mejores, los "carne de vaca". También a marzo pertenecían los melones entre los cuales destacábanse los llamados "cambray", Entre fines de mar­zo y comienzos de abril eran saboreadas las uvas con sus variedades la "ciruela", la "moscatel", la "blanca", la "negra", la "mollar" y la "tunibo", esta última de la sierra. Aunque no era cultivada en el valle de Tacna sino en el cercano de Locumba (que jamás llegó a ser ocupado por Chile) la vanidad local se ufanaba del pisco llamado "Ita­lia Ward" cuya producción iba exportada íntegramente a Inglaterra por los señores Ward, dueños de este negocio. Decían los peritos que, después de beber tan exquisito li­cor, si los labios se aproximaban al vaso ya seco, todavía era dable percibir el olor y el sabor del jugo puro de uva.

El 8 de diciembre gozaba de la particularidad de traer el nacimiento de la primera breva; y a esta deliciosa fru­ta seguía el higo con su comida blanca o roja. Antes de las brevas, venían las ciruelas conocidas como "Reina Claudia", "Santa Rosa", "japonesa", la negra con carne blanca, la blanca con carne negra y la adamascada o híbrida con el damasco, única en el mundo. Más o menos de marzo eran las peras, subdivididas en "canela", "palta", "de a libra", "colpa", "colorada" o peruana y 'pera peri­lla". En cambio, la "pera mota" venía en febrero.

Otras frutas deleitaban, además, al paladar lugareño. Allí estaba la guayaba de Calientes en invierno, oriunda de una zona donde hay unos deliciosos baños termales y donde podría construirse, repito, un hotel de turismo con anexos para el ejercicio del golf y del deporte ecuestre y, que, sin embargo, hállase hoy totalmente abandonada con unas chozas inmundas que sería vergonzoso ocupar. No deben ser olvidados aquí tampoco el membrillo, subdividido en "lúcuma" y "zonzo"; el pacae; el granado acce­sible a cualquiera en los numerosos callejones; la frutilla; la mora obscura y delgada como un gusano; la espléndida naranja del valle de Azapa, en Arica, que hoy parece per­tenecer a un mundo extraterrestre.

Desde abril hacíase la melcocha, la buena melcocha de antes con puro jugo de caña de azúcar mezclado con chancaca, nueces, cáscara de naranja y cocos, elaborada en la presencia misma del consumidor. Ahora dícese que han sido eliminados algunos de estos aditamentos y que se utilizan colorantes.

Pero en uno de mis viajes últimos, he creído encontrar en una callejuela lateral en la parte sur de la Alameda el mismo lugar a donde fui en mi infancia en más de una oportunidad, jubilosamente, a buscar esta golosina y en donde ella sigue elaborándose. Actualmente ya no está junto a enrevesados callejones sino en una zona hace po­co tiempo urbanizada, sin olor, color ni sabor locales.

Cosas agradables podían tener no sólo origen cam­pestre. Florecían también la pequeña industria doméstica, la primorosa e inexportable tradición familiar o local, el arte que se crea en poca cantidad, en ocasiones especiales, o para clientes selectos, o para consumo mínimo. Recuerdo siempre el alfajor moqueguano de vaporosa y arqueada pasta amarilla, con un miel color chocolate, que se vendía en las calles; las creaciones de la "Pitis", admirable mujer especialista en golosinas, cuya tienda estaba en la calle La Mar; y el pan llamado de "Saravia". con una harina más blanca que la de la "marraqueta" aún no perdida los variados "pecesitos", es decir los caramelitos típicos que eran obra de una francesa, esposa del comerciante chile­no Jaramillo, residente en Tacna, según me dicen, hasta después de 1929; y el "chinchiví", precursora bebida ga­seosa local.

Ni altos edificios, ni palacios señoriales, ni escudos solariegos, ni conventos o iglesias imponentes, ni balcones morunos, ni rejas lujosas, ni ruinas seculares habían en Tacna. La ciudad, pequeña en sentido horizontal, con sus diez mil habitantes, lo era también en la medida vertical: dos pisos a lo más y, casi siempre, un piso en las casas de bellos y típicos techos muchas veces en linda forma del mojinete que hoy, por desgracia, van desapareciendo y con las paredes de la calle pintadas de colores variados pero sin estridencias: amarillo púrpura, naranja o zapallo, verde lechuga. En las calles de admirable limpieza aún no del todo olvidada y cuya luz era de patio, según las palabras de Jorge Luís Borges al evocar a Montevideo, se solía respirar (y aquí no hay retórica) un olor a fruta y a flor. Cerca de muros o balcones, de verjas y patios, de glorietas y quintas florecían geranios, alhelíes, lirios, claveles, rosas, nardos, azucenas, jazmines, hortensias, heliotropos, juncos. Pero acaso, para un blasón evocador, habría habido que trasplantar de la ciudad la buganvilla y de la campiña la humilde y omnipresente retama. Y en cuanto a los árboles, era indudable que tenían una ca­lidad representativa la vilca y el molle, aunque este último se ha esparcido por todo el Perú como pidiendo que lo reconozcan como árbol nacional. Por otra parte, el grana­do, con el que tantas veces tropezábamos, circunda, asi­mismo, doblemente, al recuerdo y a la nostalgia.

Muy cerca de la ciudad, cercándola, había vastas zo­nas desérticas donde la tierra semejaba la pelleja de un tambor guerrero. Otras veces podía parecer que cami­nar por allí, tan cerca de la acogedora atmósfera urbana, era navegar por un mar de llanuras o de colinas cenicientas, en el que no se podía divisar ni siquiera los barcos desmantelados de unas míseras chozas.

El recorrido en tren desde Tacna hasta Arica, que nunca hice de niño sino el día en que melancólicamente partí y lo volví a emprender muchos años después ya de lejos de la adolescencia, en 1925 y 1926. Rodeado de peligros y esperanzas, daba sobrecogedora impresión. El viajero tropezaba con las dunas cercadas por una asamblea de cerros, entre los cuales los de más atrás, los gigantescos, llevan como diadema su blancura de nieve en la cabeza. Los rieles y los postes telefónicos eran la única señal de vida y de triunfo sobre la desolación en aquellos parajes. Los lechos secos de ríos perdidos durante siglos parecen gigantescas tumbas custodiadas irrisoriamente, como i fuera centinelas enanos, por unos cuantos tallos, de espontánea vegetación y que se mueren de sed. Cuando, después de pasar por la casa o estación llamada Hospicio, donde hay una corriente subterránea de agua después de cuatro interminables horas en aquellas época) la línea ancha del océano iba reduciéndose y acercándose y se divisaban la bahía, el morro, las casas de puerto y el mar con sus incontables, largas y peristentes olas jorobadas, era irreprimible el alivio como sale de lo que podía parecer un mal sueño si no estuviese inmutable ese paisaje allí y en tantas otras vastas zonas de la comarca.

Las aguas vertidas desde los nevados del Tacora, el Barroso y el Chiquiña y recogidas por el río Caplina en las quebradas de Toquela y Arcos, forman el valle de Tacna con su tierra buena, esponjosa, blanda, fecunda, agradecida. Apenas son hilos de agua que se esparcen en un abanico de acequias por entre las pequeñas cha­cras cultivadas dentro de horas exactas con el esmero y el primor de una artesanía artística según el orden, fija­do desde antes de los Incas, a través de minúsculas áreas o pagos avaramente medidos en Pachía, Calaña, Piedra Blanca, Pocollay, o Peschay. A lo largo del tiempo, el latifundio, como la gran producción industrial, resultaron imposibles por todo ello; y los pequeños agricultores, due­ños de lo suyo, diéronse el lujo de tener, dentro de su pobreza, comodidades mínimas, saber leer y escribir, ser independientes y amar a la patria.

Aunque con una jerarquía netamente urbana y un ai­re de innato señorío que una civilidad sencilla hacía resal­tar y no disminuir, Tacna de mis primeros años vivía muy cerca del paisaje rural y, en algunos sitios, entraba oron­da en él como si lo hubiese incorporado a su predio. Al mismo tiempo, recibía constantemente la visita o el men­saje de la campiña. La Alameda era una invasión come­dida y cortés de ella. Se venía entonces caminando la arbo­leda desde el mercado que los tacneños llamaban "recova" y se alineaba, elegante, entre la doble hilera de casas que hacían guardia al río, núcleo de aquel paisaje magnífico. Tan auténtica es esta fraternidad que, en la época con­temporánea, la Alameda se ha desarrollado mucho en la dirección norte, con desmedro del ámbito tradicional y no es posible ya ubicar los límites de antaño. Las casas eran, a veces, las bellísimas quintas tacneñas, maternales en lo que resultaban acogedoras; o moradas discretas en su extensión aunque llenas del encanto de una arquitectura que espontáneamente, sin cátedras ni manuales de urba­nismo, supo hacer creaciones encantadoras y típicas. Más de una ostentaba el blasón de haber resistido temblores y terremotos. Hoy un lamentable a la vez que inevitable afán de imitar, ha hecho que se vayan multiplicando al lado de algunas residencias magníficas surgidas sobre todo en la parte moderna, fachadas anónimas aunque pre­tenciosas dignas de pertenecer a los barrios de Jesús Ma­ría o de Lince en la capital y no pocas tiendas, algunas de ellas invasoras de viejas casonas, Pero esta "destacneñización" de Tacna ayudada por la indiferencia munici­pal y la del Instituto de Cultura limeño, aún no ha logra­do su final victoria y quedan reductos impertérritos de la autenticidad y del buen gusto, a veces no incompatibles con una digna pobreza.

A pesar de todo, no son muchas las urbes en el mundo con un lugar de residencia y de caminata con las carac­terísticas de anchura, longitud, uniformidad en el trazo y el encanto de la Alameda. Ante ella no caben ni el olvi­do ni el desdén del viajero más cosmopolita (5)

En la Tacna de mis recuerdos a veces no se sabía dónde terminaba la campiña y dónde empezaba la ciudad. Al avanzar por una calle, tropezábamos inesperadamente con un rincón ungido por la soledad rústica; y, en pleno centro, irrumpía de pronto el verdor campesino de una huerta, un jardín o una placita florida. La ciudad le da­ba al campo su lección de buenas costumbres mediante la belleza y la pulcritud de los caminitos bordeados por cercos floridos, así como a través de la parcelación geo­métrica de la propiedad. El campo, eterno maestro de la vida, ofrecía, en retorno, al micro universo citadino, una atmósfera de sencilla, casi infantil hermosura.

En Lima el rincón que más se parece a la Alameda tacneña es la de los Descalzos. Bello exponente, sin duda, de gracia y señorío cortesanos. Sin embargo, esta ancha y enrejada vía hállase al margen de la actividad y el bu­llicio cotidianos; y, en nuestra época, quienes la recorren parecen fantasmas. Además, estuvo siempre divorciada del Rímac que, a lo lejos, pasa, como un extranjero, en un sentido transversal a ella. Por el contrario, nuestra Ala­meda origínase precisamente gracias al avance audaz del "valle viejo" por entre el poblado. Al valle le roba su teso­ro esencial: el río. Es el Caplina, ínfimo caudal de agua que, orondo, llega después de cumplir, gracias a la cente­naria sabiduría de los chacareros indígenas, el milagro de las siembras y de las cosechas a través de numerosas generaciones. Ingresa él, como si fuese un huésped ilustre, al centro de la Alameda desde donde ella empieza hasta su final.

Tal como lo contemplé en mis primeros años, avanzaba descubierto con dos acequias laterales. La corriente central fluía grácilmente. Las riberas estaban muy lejos de hallarse distantes como almenas enemigas. Entre ellas, no había puentes monumentales que se agarrasen desesperadamente con sus manos de piedra. El Caplina era fácil de atravesar con una pirueta, bondadoso gran señor con el que los niños jugábamos en cualquier momento, como si él fuese tan infantil como nosotros. Mediante ágiles saltos, era posible ir de uno a otro lado de sus orillas. No faltaba el sarcasmo en los labios de los extraños frente a este liliputiense congénere del Amazonas. ¡Un río dócil y que, por añadidura, sólo tiene agua unos cuantos días de la semana. Pero la verdad es que la corriente, enana se comporta como una gran arteria que vi­vifica toda la región. Desángrase íntegramente, una y otra vez, en ofrenda del paisaje. Gracias a su ímpetu, la tierra se fertiliza y concibe. El río diminuto y revoltoso es querido como si se adivinara que un corazón late bajo su pecho cristalino. Cuando, jovenzuelos, íbamos a la re­cova o a una casa amiga de la Alameda, la transparen­cia y el frescor de la mañana parecían emerger de

(5) Se ha repetido por los historiadores que la Alameda fue obra del prefecto Manuel de Mendiburu, con la canalización del río Caplina. Parece que se inició antes de él. Sin embargo, léese en el folleto de Belisario Gómez El Coloniaje (Tacna, Imprenta de "El Porvenir" por José Huidobro Molina, 1861): "La Alameda regalada por el Sr. Carrillo (se refiere al gran bene­factor de Tacna Camilo Carrillo cuyo obsequio efectuóse en diciembre de 1833) ya no existe: la columna (en homenaje a Francisco Antonio de Zela) fue trasladada hacia el Oriente de la nueva pintoresca Alameda debido a los esfuerzos del Sr. Gral. D. Juan Antonio Pezet, prefecto del departa mentó en esa época y hoy 2° Vice Presidente de la República" (pág. 44) Pezet debió concluir la obra de Mendiburu.

la linfa. Los chilenos lo cubrieron y ocultaron para hacer a la Alameda lisa y llana. Fue el único gran acto costoso en beneficio de Tacna a lo largo del régimen entre 1881 y 1929. Pero lo que pareció una muestra de cultura y pro­greso, era contrario a la tradición y a la estética. Los vie­jos tacneños rezongaban: "Estaba mejor la Alameda an­tes" Las nuevas generaciones ya se olvidaron de eso, como de muchas otras cosas típicas. También eliminaron los ocupantes, los sauces de las acequias y las acacias del centro y los reemplazaron desde 1916 por las palmeras de los costados, a las que vimos todavía niñas y frágiles en los días del plebiscito. La memoria traicionera impide hacer comparaciones exactas entre ambas viñetas: la ne­bulosa del ayer y la prístina de la actualidad. Y aunque la fiereza chauvinista de algún munícipe en los comien­zos de la segunda época peruana quiso eliminar a las pal­meras como símbolos de la chilenización, allí se han que dado ellas como si hubiesen decidido firmar una inexpirable carta de ciudadanía en la Alameda.

Ofrece ella el atractivo de la alegría sana de la vida, del aire libre, del panorama distante de los cerros que, con la nieve al fondo, encierran al valle. A los tacneños nadie les ha enseñado la belleza inefable de pasear por gusto sistemáticamente en la Alameda rodeados por el jubiloso frescor de la mañana, o en la calma filosófica del amanecer, o en la soledad de la noche que allá no es to­davía peligrosa. El tráfico, cada vez más intenso y rudo, los llamativos avisos comerciales al lado de las aceras, uniformes en su mal gusto; y la presencia de los vendedo­res de escudos chilenos, en acecho de quienes intentan el contrabando con Arica no han logrado aún en los días actuales quitar su poesía a este fácil entretenimiento en una ciudad donde él no abunda.

El parque final contrasta con la clásica geometría de la Alameda en sus sectores alto y medio. Aparecen glo­rietas, fuentes y bancas colocadas en forma irregular. Júntanse indiscriminadamente alcornoques o árboles del corcho, vilcas, pinos, alisos, molles, cipreses, laureles ro­jos y blancos con sus flores en ramillete y otras varieda­des del mundo vegetal cuyo desorden no perturba. Este parque originalísimo acogió en tardes soñadoras nuestras confidencias Cías mías fueron a los veintidós años; y qui­zás sentimos la angustia de alguna ilusión demasiado be­lla en la prosaica compañía de esos cactus aparentemente secos, cuyo jugo usan, sin embargo, los mexicanos para fabricar el pulque.

Y en una de las residencias de allá al final de la Ala­meda, quisiéramos pasar los últimos días de nuestra vida y, rodeados por este paisaje, cerrar los ojos para siempre.

A pesar de todas las grandezas que hemos visto en otras ciudades y en otros paisajes, para nosotros, pobres, humildes, nuestra ciudad chiquita y desventurada y la tie­rra árida que la circunda nos hacen agolpar, a pesar de todo, una extraña sensación en la garganta, nos hacen latir el pulso más aprisa, nos enriquecen con algo que no puede expresarse en palabras, nos infunden alegrías que podrían parecer primitivas y penas que, más allá de los años, desbordan el corazón. Emanan del terruño familiar y no pueden ser descritas ni olvidadas. Aunque estamos presos en la cárcel de la mortalidad y sin desmedro de nuestra autonomía, de nuestra soledad y de los diversos vínculos que por afecto, deber, azar, capricho o elección madura podamos tener, él hizo que, inevitablemente, sea­mos acordes, a veces disonantes, dentro de una larga y aún inconclusa sinfonía, brochazos leves en un cuadro panorámico, gotas fugaces inmersas en una corriente que, a pesar de todo, nos une por hilos de sangre en cuyas esencias hay algo del aire, el agua, la luz o el alimento comunes; y corre, a través del tiempo inconmensurable, por canales más angostos que las acequias parcas de aque­llas chacras pródigas.

Los vagos y dispersos retazos de la fisonomía del am­biente se confunden con impresiones obtenidas posterior­mente y, como ya he indicado, con la memoria de rasgos o episodios estrictamente familiares o personales que, pre­cisamente, por eso, no van a ser tratados aquí. Una de las casas, por ejemplo, que más impresión ha dejado en mi memoria, está situada todavía en la Alameda. Dicha man­sión era una quinta a la que hemos debido ir habitualmente. En la huerta sentía yo la voluptuosidad de coger sa­brosas frutas de los árboles mismos. Lo que me dejó una impresión que no puedo olvidar fueron las salas de esa entonces vacía residencia, adornadas por finos objetos que evidenciaban una lejana y elegante prosperidad. Detrás de vitrinas y aparadores se alineaban figurillas de porcelana, cristal, marfil y piedras preciosas que, junto con las alfombras, los jarrones, las lámparas, los muebles, sin duda llegadas de Europa, exhalaban, pese a su calidad supe­rior, el triste perfume de las cosas guardadas. ¡Cuántas reuniones o saraos, o tertulias pudo haber habido antes en esa vieja y atractiva casa! Nadie la habitaba entonces. La propietaria, doña María Tinajas de Bockeham, madri­na y casi una segunda madre para mi madre, habíase ido a Inglaterra.

Este fragmento de mis recuerdos de infancia carece­ría de importancia si no sospechase que aquí hubo como un presentimiento de lo que, ya en la madurez y en el crepúsculo de la vida, me ha sido dable ver con máxima lucidez: la inexorable huella del tiempo silenciando lo que en un momento fue vocinglero, deteniendo lo que tuvo la espléndida palpitación de la vida, marchitando lo que un día lució lozano y arrogante como si confiara en su excepcional inmortalidad. Más que en el cementerio, de donde emana la sensación siempre fría o lúgubre de algo separado y distante, allí, en el silencio tibio de la quinta de la Alameda, encontré acaso la primera muestra de la fugacidad de las cosas humanas. Lo mismo que le ocu­rrió a ese inmueble, le sucedería después a nuestro ho­gar y a otros que en mi infancia vi con todos los atribu­tos de la plena existencia; porque también las cosas en­vejecen y mueren. Y en el fondo, ¿qué es la historia sino un patético afán de hurgar en las tumbas, un ademán solemne e iluso de querer detener el tiempo; un esfuerzo vano, de encontrar, revivir y comprender algunas de las huellas de ese tránsito y relacionarlas con nosotros mis­mos, ya no en lo que atañe a unos cuantos individuos o familias, sino a los pueblos y a las civilizaciones?

Y así mi niñez se compone, como todas, de momentos que parecieron sin consecuencia y se alojaron en el re­cuerdo y en el subsuelo abisal; de hecho que la casualidad impregnó de un especial aroma; de episodios con la se­milla de la alegría y la tristeza de la vida, más importan­tes, a la larga, que lo solemne o lo ruidoso. Los rostros de los seres queridos que estaban cerca al dormir y al des­pertarnos; el gotear del agua en la "destiladera"; el pai­saje esfumado por la niebla del invierno o "camanchaca" como si le mirase a través de un cristal empañado; los techos convexos de las viejas y acogedoras construcciones lugareñas; el sol que, de algún modo, no faltaba nin­gún día del año; el sano frío serrano de las noches; la pers­pectiva malva de las cordilleras distantes presididas por la pirámide nevada del Tacora, frente a la ciudad y el valle; el paso prusiano de los soldados chilenos con sus decorativos uniformes y sus rítmicos desfiles perfectos por la plaza, ante nuestro hogar, el 18 de setiembre; las retretas vespertinas que a pesar de todo, nos atraían ha­cia la banda marcial; nuestros juegos por los rincones pol­vorientos de la Catedral inconclusa; la acogida cálida en casas amigas como en la de mi madrina, doña Josefa Bil­bao de Salkeld, junto a cuyo recuerdo grato está el de su esposo, Enrique Salkeld, que, erecto no obstante su cojera, agitando el bastón, por él usado cotidianamente, nos recibía siempre con bromas cuya cáscara de severidad era deshecha por expresiones bondadosas intensificadas gracias a una voz sonora, más notable por la calidad de sus poblados bigotes blancos y sus vivarachos ojos azu­les; rostros innumerables ya desaparecidos; voces que se esfumaron; la luz del día apagada; las risas y las lágri­mas que allá dejamos; la calidad, alta, triste, remota de los atardeceres con su flora de colores ocre, cárdeno, azul, rosa o lila invitando a la poesía y a la pintura dentro de su reposo clásico y su dignidad, ellos sí, inconmovibles; la tierra muda y silenciosa que, sin embargo, parecía acariciarnos en su vastedad impenetrable y en sus rinco­nes preferidos, en su riqueza y en su pobreza, en su mis­terio eterno y en su familiaridad profunda, dejándonos en la memoria una huella encantada, indeleble.

Sentirse enraizado en la tierra propia es, acaso, el me­jor privilegio que un niño puede alcanzar. Si el terruño posee belleza y personalidad, le ha de estampar, sin que de ello se dé cuenta, ese sentido de compenetración con el mundo físico circundante que es el más humilde y el más feliz de los dones otorgados por la vida. Y aquella lección será un tónico cuando llegan las crisis de identi­dad juvenil y de la mayor edad. Por eso, ahondar en los recuerdos de la época primera, ubicados en el rincón al que el destino nos arrojó, es ir mucho más lejos y más hondamente que cualquier palabra, lo cual es evidente como resultado del hecho incontestable de que, en la ta­rea diaria, cada una de ellas implica una vana respuesta intelectual frente a lo inasible. Dichos recuerdos jamás están circunscritos únicamente a personas, cosas o suce­sos dulces. Hállanse uncidos también, inevitablemente, a lo prosaico, a lo triste, a lo violento, o a lo sucio. Pero las cosas que, en su hora, fueron negativas o nocturnas, con el tiempo resultan interesantes o estimulantes tal como fueron las cosas bellas; porque ostentaron el privilegio de haberse incrustado en nuestra vida y en sus contor­nos.

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