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I. A. Las ideas centrales de la tlv


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III. B. Dinero contable, crédito y financiación de la inversión
¿Qué añadir sobre el dinero y el crédito en una sociedad C-I? Ya se dijo que el crédito es históricamente anterior al dinero capitalista, pero también será diferente en el comunismo en la medida en que ahora no hará falta que haya un depósito de valor que materialice en su valor de uso la función de equivalente general del mundo de las mercancías. Lo que hace falta ahora tan sólo es la función contable del dinero; es decir, la sociedad C-I sólo necesita un “dinero contable” que puede instrumentarse a través de un mecanismo planificado de crédito organizado centralmente pero gestionado conjuntamente con el sistema descentralizado de decisión. Es aquí donde corresponde a la vez el análisis del otro componente de la demanda: la inversión, así como su “financiación”, que, como veremos, difiere de la financiación del consumo.
Supongamos que una sociedad nacional concreta decide destinar a inversión el 30% de lo que produce para cubrir las necesidades expresadas por la demanda, incluyendo entre estas las que procedan de los PND en términos de equipos y tecnologías que en parte llegarán por una vía pública57. El organismo central correspondiente fijará el límite de la inversión global en el 30% de lo producido, fijará asimismo el reparto de ese 30% entre los sectores existentes (incluyendo los nuevos sectores que surjan de la innovación técnica que se produzca en el interior de los sectores existentes con anterioridad), y podrá fijar un reparto con criterios geográficos o de otro tipo si las condiciones sociales así lo aconsejan. Por otra parte, dentro de la restricción global que por estas diversas vías se impone al sector productivo en su conjunto, cada empresa competirá con todas las demás por el acceso a los fondos crediticios que el planificador central pone a disposición del colectivo.
El límite de crédito global debe estar determinado por el ritmo de expansión de la economía. Eso quiere decir que el banco planificador debe fijar una tasa media de crédito (o de endeudamiento) aproximadamente constante en el tiempo, de forma que como media el volumen total de crédito de la economía crezca a la misma tasa que esta58. Por su parte, el crecimiento del crédito recibido (no necesariamente el solicitado) por cada empresa vendrá dado tendencialmente por el ritmo de generación de su propio excedente, a su vez determinado por su volumen de empleo y la productividad del trabajo. El banco centralizado, parte del organismo planificador central de la economía, podría fijar o no un tope (un determinado porcentaje del valor añadido de la economía: Y) para la inversión máxima de cada sector productivo, o podría hacerlo sólo para algunos sectores y no para otros. En cualquier caso, las empresas de todos los sectores deberán competir por un volumen limitado de crédito, y lo podrán hacer en mejores o peores condiciones unas que otras, en función de su relativa velocidad de crecimiento, ya que en la medida en que crezcan más o menos su producción y su excedente, comparados con los de las demás empresas, y en función de su respectiva eficiencia59 productiva, crecerá más o menos la necesidad que tiene cada una de abastecerse de los diferentes medios de producción y fuerza de trabajo requeridos.
El reparto de crédito, lo que en el fondo implica es que la decisión de ampliación de cada empresa sea una decisión compartida entre los gestores internos de la misma y los planificadores centrales en su función de banqueros centrales (evidentemente, este carácter central no implica necesariamente un único nivel de decisión; sólo requiere que el reparto de capacidades entre los diferentes subniveles de ese nivel central sea consistente, es decir, que permita una decisión única). En esa colaboración, la iniciativa corresponde realmente a las empresas –es descentralizada– pero siempre dentro de las restricciones impuestas desde el nivel centralizado. Con el manejo del crédito, el banco central podrá controlar hasta cierto punto el ritmo de expansión de cada empresa de un sector, y codeterminar de esta manera la orientación de otras empresas del mismo sector hacia la reconversión o el cese de actividades.
¿Qué decir de la inversión y el crédito en relación con la posibilidad de creación de nuevas empresas a iniciativa descentralizada de los propios trabajadores, ya se trate de grandes empresas, ya de pequeñas (un pequeño restaurante de barrio, digamos)? En este terreno, el organismo planificador podrá fijar otros límites y condiciones pertinentes, de forma que quienes tengan la iniciativa de creación de esa empresa, en la medida en que respeten las condiciones de vinculación temporal, geográfica, etc., con los puestos de trabajo concretos que ocupaban anteriormente (o que ya han dejado de ocupar si se encuentran en situación de “desempleo”), y en la medida en que puedan reunir los fondos de crédito necesarios –es decir, si convencen al banco planificador de la viabilidad del nuevo proyecto–, tendrán la oportunidad de demostrar que la empresa recién creada es eficiente dentro del conjunto empresarial del sector (o del nuevo sector que con ella se está creando, en su caso). En cualquier caso, su supervivencia exigirá que en cada momento sea capaz, como las demás empresas, de sobrepasar los costes de producción y obtener el volumen de excedente adecuado para la continuación de la actividad.
Como ningún particular puede ahora contratar a nadie y toda la mano de obra lo será de una empresa, grande o pequeña, y como ninguna persona puede obtener una remuneración más elevada que otra, podrán crearse pequeñas empresas con el fin de mantener una actividad laboral razonable y un modo de vida tranquilo a la vez que estable60, pero nunca con vistas a enriquecerse, medrar socialmente o adquirir poder o influencia. Evidentemente, el organismo de planificación debe haber definido previamente las condiciones de establecimiento de nuevas empresas, para evitar que ninguna de ellas pueda convertirse en un refugio donde impere la baja eficiencia productiva.
III. C. Más sobre el valor de uso
Ya sabemos que el campo de las relaciones internacionales, con la necesaria planificación mundial de los flujos de fuerza de trabajo y medios de producción entre PD y PND, será un ámbito privilegiado para el empleo del criterio del valor de uso en la economía. Otro tanto puede decirse de la propia fuerza de trabajo nacional y mundial, que al dejar de ser mercancía y poseer valor, se transforma en el valor de uso social por excelencia, superador de las relaciones capitalistas de valor. Y asimismo de la vivienda (aunque este último caso no va a ser analizado aquí).
La fuerza de trabajo ya no es una mercancía. Cada uno de los mil millones de africanos tendrá ahora61 derecho al mismo nivel de consumo que cada estadounidense o suizo, simplemente por ser un ciudadano del mundo o, más simplemente, un homo non economicus. La necesidad de desplazar a especialistas y técnicos de producción, docentes, médicos… a las zonas del mundo donde las fuerzas productivas están menos desarrolladas exige que se dote a esos países de infraestructuras de todo tipo de las que ahora carecen. La necesidad de hacer efectiva esa convergencia mundial de niveles de desarrollo en un plazo razonable de tiempo exige a la vez, si se mantienen las mismas tendencias demográficas, que enormes flujos de población emigren desde los PND a los PD, de forma que la producción aumente en esos países más productivos (pero más despacio que en los PND) y al mismo tiempo la productividad crezca más deprisa en el resto de países, hasta acercarse al nivel de los primeros. Según nuestras tablas, los PND pasarán de representar el 86% de la población mundial a representar sólo el 70%, pero al mismo tiempo su cuota en la producción mundial subirá desde el 50% hasta el 67%. Sólo así se podrá conseguir la convergencia en los niveles de desarrollo.
Estas necesidades exigen el abandono del mecanismo de precios en este ámbito. Si ese mecanismo siguiera funcionando, la maximización de la eficiencia capitalista impulsaría a la economía en la misma línea de desarrollo desigual y creciente. ¿Por qué? Porque esa desigualdad creciente es lógica consecuencia de la brecha abierta, por razones históricas, entre los niveles de desarrollo científico, técnico, educativo, etc., existentes en los países del norte en comparación con los del sur. Un mecanismo de mercado sin planificación previa sería igual, a este respecto, que el sistema del beneficio capitalista, y dirigiría la inversión y el crecimiento allí donde la eficiencia técnica tuviera un nivel superior. Pero por eso mismo genera atraso relativo allí donde se parte de un rezago inicial. Si no se sustituye el mecanismo de valor por el mecanismo del valor de uso en las relaciones internacionales, ningún cambio hacia el comunismo será posible. De la misma manera que sería imposible avanzar en la misma dirección sin suprimir de golpe la mercancía fuerza de trabajo. Cuando los críticos del comunismo difunden la idea de la imposibilidad del cálculo en una sociedad no capitalista, se basan a menudo en una descalificación caricaturesca de la tesis de la necesidad de aumentar el papel del valor de uso en la economía. Lo que demuestran con ello es simplemente que olvidan el papel de los mecanismos de planificación y valor de uso que estamos señalando. No hay nada más planificado que la eliminación del mercado de trabajo y la determinación de los flujos de movimientos migratorios a escala mundial.

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1 “No pretendemos en ningún punto demostrar que nuestra lectura de Marx sea la única posible. Tal lectura ‘única posible’ nunca existe con referencia a la obra de un pensador. Lo que sí hay son lecturas imposibles, o, para ser más exactos, presuntas lecturas que no son lecturas. En otras palabras: el conjunto de las lecturas posibles podrá ser ‘infinito’, pero es todo lo contrario de indeterminado” (Martínez Marzoa, 1983, p. 29).

2 Marx (1875). Véase una sugerente interpretación de estas cuestiones en Chattopadhyay (1994).

3 Entre otras cosas porque en el periodo de parto mismo la actividad económica será cualquier cosa menos “organizada”, ya que las condiciones sociales no pueden ser entonces normales, sino desordenadas y excepcionales, como corresponde lógicamente a un periodo de revolución social.

4 Claro que todo eso no puede hacerse tampoco en el vacío. La discusión dentro del movimiento socialista y comunista debe hacerse en buena parte sobre la base de planteamientos teóricos que vayan más allá de las luchas cotidianas por objetivos a corto plazo. Y a esa discusión, a esa reflexión teórica sobre las bases más fundamentales de la organización económica y social comunista a la que aspiramos, es a lo que vamos a dedicar las páginas siguientes.

5 El autor se ha encontrado a menudo con este tipo de problemas en sus trabajos teóricos, y por sólo citar un ejemplo, aunque sólo tenga indirectamente que ver con el tema que aquí nos ocupa, mencionemos el caso de la posición teórica de Lenin, un marxista cercano a su propio punto de vista político, en torno a la cuestión del monopolio y el imperialismo entendido como capitalismo monopolista. Si el lector se interesa por estas cuestiones, puede encontrar argumentos en Guerrero (1997), donde el autor ha criticado dicha concepción teórica de Lenin y muchos de sus seguidores políticos, y en Guerrero (2004b) y (2007b), donde se muestra cómo un no marxista como Hobson puede estar más cercano a los planteamientos de Marx de lo que en realidad lo estaba el propio Lenin.

6 En el El Manifiesto Constitutivo de la Unión Latinoamericana por la Democracia Participativa, se afirma que “los principales contenidos del Nuevo Proyecto Histórico se encuentran en tres libros”, de los cuales los dos primeros son de Dieterich (et al. 1998, 2001) y el tercero el libro de los autores marxistas W. Paul Cockshott y Allin Cottrell, Towards a New Socialism. Aunque este último libro es mucho más sofisticado teóricamente que los otros dos, en gran medida sus tesis fundamentales coinciden, lo cual resulta bastante extraño tratándose de autores que son buenos conocedores de la TLV. Pero la sintonía entre ambas escuelas queda de manifiesto en la recentísima toma de postura de Cockshott (2007), quien, al identificar a los autores que últimamente “han enfatizado de nuevo la teoría del valor de Marx como guía para la planificación socialista”, menciona a los de ambas escuelas a la vez: “Dieterich (2001), Peters (1996), Peters [and Zuse] (2000), Cottrell and Cockshott (1992[3a])”. Un resumen del libro de estos dos autores puede verse en Cockshott y Cottrell (2006, p. 1; véanse también Cockshott, 2007, y Cockshott & Cottrell, 1993b, 1993c, 1993d, 1997, 2006), según el cual lo que pretenden demostrar es “cómo una economía basada en el valor-trabajo sería superior a los previos sistemas económicos socialistas”. Para ello, consideran que su propuesta puede resumirse en el eslogan “Lange más Strumilin”, y más en concreto: “De Oskar Lange (…) tomamos una versión modificada del proceso de prueba y error, por el que se usan los precios de mercado de los bienes de consumo como guía para la asignación del trabajo social entre los distintos bienes de consumo; de Strumilin tomamos la idea de que en el equilibrio socialista el valor de uso creado en cada sector productivo debería estar en una proporción única con el tiempo de trabajo social gastado.” (ibid., p. 5). En cuanto a la escuela de Bremen, sus principales integrantes son, aparte de Dieterich, el geógrafo Peters (véase Peters, 1990, 1995, 1996), el tecnólogo Zuse (véase Alex et al, 2000, y Peters & Zuse, 2000) y el economista, especialista en tablas input-output, Carsten Stahmer (véanse Stahmer, 2000; Stahmer, Kuhn and Braun, 1996 y 1998; Stahmer, Stahmer, Herrchen, Schaffer, 1998; Stahmer and Franz, 1991; Stahmer, Ewerhart, Herrchen, 2002; Strassert & Stahmer, 2002; y Radermacher & Stahmer, 1996).

7 Aunque se trate de un partido tan importante como el alemán, en el que él y Engels militaban: véase Marx (1875).

8 Véase el resumen de Guerrero (2004c).

9 Peters, el mentor teórico de Dieterich, parece adoptar más bien una posición similar a la del socialista ricardiano John Gray, y sentir simpatía por otras corrientes del socialismo utópico anterior a Marx, todas ellas criticadas por el propio Marx (véase, por ejemplo, un resumen de estas críticas en Saad-Filho, 2003).
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