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I. A. Las ideas centrales de la tlv


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II. B. De la demanda agregada a la oferta agregada y el empleo.
Si ahora pasamos a las otras secciones características de los Informes macroeconómicos actuales, podemos empezar por la descomposición de la demanda agregada capitalista:
Y = C + I + G + (X-M),
donde Y = demanda agregada (del mismo valor que la renta nacional), C = consumo privado, I = inversión privada, G = demanda pública44, X = exportaciones y M = importaciones. Supongamos que la estructura porcentual de esa demanda total es, como media, de C = 60%, I = 25%, G = 15% y (X-M) = 0%. Por lo que hasta ahora hemos dicho de la nueva distribución de la “renta” y la riqueza, es obvio que, aunque se mantuvieran esos mismos porcentajes en la sociedad C-I, las cosas pueden cambiar radicalmente. Pero analicemos los otros cambios previsibles.
Para empezar, el consumo privado estaría distribuido ahora de forma igualitaria, de manera que a cada trabajador y su familia le correspondería la misma participación en el total que a los demás, lo cual no significa que el destino de esa capacidad sea el mismo o más uniforme para todos ellos; al contrario, al estar ahora en una situación democrática e igualitaria, cada familia estará en condiciones de ejercer con una libertad mayor sus verdaderas preferencias, las que resultan del principio democrático de su distribución entre la población, no del plutocrático, de forma que cada una podrá proveerse de los bienes y servicios que más se conformen a sus gustos. Como no habrá familias con alto poder adquisitivo por comparación a la media, los bienes de lujo tenderán a desaparecer del panorama de la producción.45
Evidentemente, este cambio en el consumo privado, al ser este el elemento más importante cuantitativamente de la demanda, tendrá una influencia decisiva sobre la estructura de la producción, que necesariamente se modificará, como ya se ha apuntado en parte. Pero lo mismo ocurrirá con la producción si cambian los otros componentes de la demanda agregada, que ahora sí –pero no en el capitalismo– estarán determinados en último término, todos ellos, por las necesidades de la población y no de la acumulación de capital.
Veamos cómo afectará el cambio en las pautas de consumo y demanda a la producción (la oferta). Si ya no se pueden “comprar” Rolls Royces, ninguna empresa podría venderlos tampoco, por lo que los fabricantes de este bien y de tantos otros similares tendrán que reconvertir su aparato productivo hacia la producción de otro tipo de bienes. En los casos en que ello no sea posible, el cambio social obligará a cerrar esa empresa, y sus antiguos trabajadores deberán encontrar un puesto de trabajo distinto en otro sitio. En principio, esta posibilidad de desaparición de puestos de trabajo podrá parecerles a muchos un residuo de la sociedad capitalista y un regreso a la amenaza del “desempleo”. Pero eso sólo ocurre porque los esquemas mentales antiguos están tan arraigados que algunos seguirán viendo siempre a los trabajadores como si fueran los antiguos asalariados dependientes del mercado de trabajo capitalista. No se dan cuenta de que los mercados de trabajo habrán desaparecido en esta nueva sociedad, y en ella el hecho de que se cierre una empresa ya no implica en absoluto, para ningún ciudadano implicado en esa eventualidad, cambio alguno en su derecho y deber de trabajar, así como tampoco en su capacidad de acceso igual al consumo descentralizado y centralizado.
Ningún cambio en la estructura productiva generará ya un auténtico desempleo. Globalmente, la pérdida de empleo en una empresa o en un sector será compensada con aumentos en otras empresas o sectores. Pero a nivel descentralizado, hay que perfilar más. En primer lugar, en un sector donde la producción global resulte excedentaria como consecuencia de un desplazamiento de la demanda desde ese sector a algún otro, la tendencia a la caída inmediata del “precio” puede ser sólo el prólogo de mayores problemas para algunas empresas del sector, pudiéndose llegar incluso al cierre de las empresas menos eficientes. Si realmente se quiere mantener la eficiencia económica, los costes deben computarse correctamente, de forma que estos costes laborales de quienes están en transición entre un puesto de trabajo y otro se tendrán que asumir y trasladar a los precios de alguna empresa (salvo que se decidan “socializar” en forma de gasto a cargo del presupuesto público, G). Conocida la duración media del periodo de ajuste (entre un empleo y otro) para un trabajador que cambia de empresa, siempre se puede atribuir los costes laborales de esos trabajadores durante ese periodo a la empresa en la que han dejado de trabajar. O bien repartir, según una regla conocida de antemano por todos, esos costes entre la empresa que despide y la empresa que resulte ser la contratante, que en este sistema no tiene ningún incentivo para contratar a otros trabajadores a un coste inferior, por la sencilla razón de que no existen. O, como tercera posibilidad, hacer intervenir además un fondo específico centralizado como una nueva manera de flexibilizar el método anterior.
En cualquier caso, además, si la economía convierte en redundante una parte del trabajo social, la respuesta no será el desempleo, como en el capitalismo, y por tanto la amenaza sobre las condiciones de vida del trabajador y su familia, sino algo tan opuesto a eso como es la redistribución del empleo total de la sociedad de acuerdo con el principio de reducción del tiempo de trabajo medio para cada trabajador.
Cabría preguntarse si la existencia de un mecanismo de ajuste como este no significa realmente la pervivencia de las relaciones mercantiles que se pretenden superar, puesto que ahora estamos hablando nada menos que de la fuerza de trabajo, cuya mercantilización en el capitalismo habíamos considerado el elemento definitorio de este último sistema. Ya hemos dicho que, en nuestra opinión, nada de eso ocurre. En primer lugar, en esta economía operan las fuerzas de la planificación centralizada y de la descentralización al mismo tiempo. El problema es que se ha tendido a ver en ambos mecanismos una contraposición o polaridad irresoluble, un antagonismo que necesariamente se debe resolver con el dominio de uno de ellos sobre el otro y el sometimiento de este al primero. Pero en la nueva sociedad46, ambos mecanismos pueden colaborar sin imponerse el uno al otro47, en primer lugar porque los que trabajan en la planificación central tendrán tanto interés en conseguir los mismos objetivos que quienes trabajan en la esfera de la “planificación descentralizada”.
La expresión “planificación descentralizada” puede sorprender al principio, pero no si se reflexiona un poco sobre ella. Todo el mundo sabe que en el capitalismo las empresas planifican, sobre todo las grandes pero también las pequeñas (aunque se haya tendido a enfatizar esta conducta en el caso de las primeras). Pues bien, el que ahora exista un órgano planificador central no elimina el campo ni las posibilidades de planificación individual por parte de las empresas comunistas. Todas ellas querrán adaptarse a la demanda real y por tanto producir de acuerdo con las necesidades vitales y sociales de la población, y todas serán conscientes de que la estructura del consumo privado y familiar determinará además la estructura de la demanda de inversión, y que ambas cosas se producirán una vez definida previamente la esfera de la demanda pública (G).48 Pero una vez que la sociedad decida en qué porcentaje se distribuirá el producto global entre esos varios componentes, el margen que queda para la decisión descentralizada es todavía enorme.
Las empresas saben que producen para la sociedad –ahora sí, no en el capitalismo–, para cubrir las necesidades de la población de la mejor manera posible. Saben que la población va a decidir, dentro de su capacidad de compra global, si consume el producto A o el B, o más del uno o del otro. Si la gente cambia de gustos y pasa de preferir A a preferir B, las empresas tendrán que reorientar su producción de A a B. ¿Cómo se conseguirá que las empresas lleven a cabo esa reorientación productiva? ¿Tendrán que esperar a que lo decida el planificador central? ¡No! ¿Qué necesidad hay de que sea así cuando la información se puede transmitir directamente a las empresas a través de las preferencias49 que las propias decisiones de consumo expresan?
En realidad, no hay ningún problema para que las empresas comunistas imiten el mecanismo de la “Mano invisible” típico del capitalismo, sin que ello suponga un riesgo de caer en el capitalismo. Esto quiere decir que los gestores-planificadores de las empresas, que serán los propios trabajadores (aunque sometidos a las restricciones que se les impone desde fuera), pueden planificar la producción con todas sus consecuencias, fijando la cantidad producida al nivel en que, a priori50, piensan que el excedente (lo que queda tras asumir y computar todos sus costos de producción a esos precios contables, que a su vez querrán minimizar) será máximo. Así como en el comunismo habrá plustrabajo pero no plusvalor, habrá también maximización del excedente aunque no haya maximización del beneficio y la explotación. Y, lo que es más importante, aunque se querrá maximizar el excedente en cada empresa, ello no se deberá a que las empresas sigan dominadas por la fuerza compulsiva de la acumulación por la acumulación misma –compulsión que caracterizaba al capitalismo y sólo significaba la voluntad y a la vez necesidad para cada capitalista de incrementar el crecimiento de su propiedad a la máxima velocidad posible–, sino que se hará como el medio y la garantía de conseguir la máxima eficacia posible en la producción. ¿Por qué y quién iba a querer acumular por acumular si ya nadie puede contratar trabajadores a su servicio ni enriquecerse a su costa, y nadie puede “ganar” ni consumir más que los demás?
Repitamos una vez más la misma idea. La eficacia o eficiencia en sí es algo positivo que todo agente económico en el comunismo debe buscar, y por tanto también en el terreno de la producción. El problema del capitalismo no era la búsqueda de la eficiencia sino el tipo de eficiencia que se buscaba en esa sociedad. En ese sistema la eficiencia estaba inseparablemente ligada a la obtención del máximo grado de explotación posible del trabajo por el capital, y en consecuencia a la prolongación e intensificación de la jornada de trabajo de la mayoría, el uso del mercado de trabajo y el desempleo como mecanismo regulador, y, en definitiva, todo lo que hacía posible la creciente polarización de la sociedad (la “ley general de la acumulación capitalista”: Marx, 1867). La eficiencia capitalista iba dirigida a la maximización de la plusvalía absoluta y relativa. En cambio, la sociedad comunista se dirigirá a la maximización de lo que podríamos llamar, parafraseando los términos anteriores, “plustrabajo relativo”, y a la disminución simultánea del “plustrabajo absoluto”. Por eso, en esencia, el resultado final era que en el capitalismo la mayoría tenía que trabajar demasiado para que unos pocos trabajaran demasiado poco, y a la vez que los primeros tenían que renunciar al tiempo libre y el ocio enriquecedor, que quedaba convertido en el auténtico bien de lujo de la minoría de privilegiados propietarios.
No hay que temer el objetivo de la eficiencia. Lo que hay que hacer es superar la eficiencia capitalista simplemente reemplazándola por la eficiencia comunista, que por cierto será superior. Y la eficiencia comunista exige que tanto el planificador central como los planificadores descentralizados persigan sus objetivos de producción, en realidad coincidentes, al menor coste posible, y para ello deberán computar esos costes empleando la guía de los precios contables a los que nos referimos a continuación.51
III. LA EMPRESA COMUNISTA Y EL MECANISMO DE LOS PRECIOS CONTABLES
Hay que tener en cuenta que la sociedad comunista, antes de poder hacer nada, se encontrará con el equipo productivo heredado del capitalismo y no otro, que aparecerá ante ella como una primera restricción objetiva de su capacidad planificadora. Asimismo, le vendrán dadas unas relaciones de precios determinadas, que son las que imperaban en la sociedad capitalista de la que ella misma ha surgido. Pues bien: de la misma forma en que debe tomar el aparato productivo como algo que está dado pero se puede cambiar, la sociedad comunista podría –y según defendemos aquí, debería– tomar esos precios absolutos y relativos como punto de partida y, a partir de ahí, dejar que las nuevas decisiones de planificación, tanto la centralizada como la descentralizada –es decir, los cambios, ya analizados, en la distribución, en la demanda y en la producción–, a través del mecanismo de precios comunistas, cambien las cosas y definan la senda de evolución que debe sufrir en el tiempo ese conjunto de “precios”.52
La victoria de la sociedad comunista sobre la ley del valor capitalista significa que la sociedad será ahora capaz de cambiar las reglas del juego. La ley del valor significaba explotación del trabajo y una determinada serie de precios: la que viene dada por la conversión de la fuerza de trabajo en mercancía y la determinación de valor de acuerdo con el principio general del valor de las mercancías. Su superación por el comunismo significa que, a la vez que se termina con la explotación, se cambian con ello los “precios” y las relaciones de eficiencia. Se sigue, por tanto, operando con las empresas ya existentes y se determina, en función de las condiciones completamente modificadas de distribución de la renta y la riqueza y de demanda, los nuevos precios resultantes a los que habrá que contabilizar las transacciones de todo tipo de medios de producción y de consumo. Sólo entonces se podrá saber si esto o aquello se puede producir o no, y en qué cantidad, si se quiere realizar la eficiencia económica.
La diferencia esencial es consecuencia de que cada trabajador supone ahora para la empresa un coste idéntico al de cualquier otro trabajador. Las diferencias se verán claramente en el siguiente ejemplo. Si el salario medio de la economía capitalista heredada era 100, y en una determinada empresa A el abanico salarial iba de 50 a 400, ahora tendremos que todos los “salarios” son iguales a 100. Si había, digamos, 600 trabajadores cobrando 50, 100 cobrando 120, 36 cobrando 250, y 4 cobrando 400, tenemos una masa salarial en la empresa A de 52.600, que dividida entre 740 trabajadores da un salario medio de 71. Al pasar de 71 a 100 el salario en esta empresa A, este incremento del 40% en el coste del trabajo se debe computar en esta empresa, exactamente igual que habrá que computar como ahorro de costes el que deriva de los descensos que se producirán en las empresas donde el salario medio era antes superior a la media. Dado que la productividad marginal de los factores productivos variables es decreciente53 con el aumento del volumen de esos factores, dada una determinada masa de factores fijos, esto producirá un aumento de la producción en el segundo tipo de empresas (y un descenso de su composición de capital) y un descenso en la producción en las primeras (y aumento de su composición en valor del capital).
Por consiguiente, el cambio distributivo no sólo afecta a la demanda sino asimismo a la estructura de “costes” de la empresa y al precio final de sus productos. Pero todos estos cálculos sólo serán posibles si partimos del nivel cuantitativo definido por los antiguos precios y salarios capitalistas y se convierten eficientemente en los modificados “precios” y “salarios” comunistas, medidos en el nuevo dinero contable.
Pero si los precios absolutos y relativos de los productos cambian como simple consecuencia del cambio soecioeconómico sistémico, esto significa que también los productos que entran como insumos materiales en la producción variarán su precio y por tanto tendremos un segundo factor de cambio en los costes de producción que afectará al conjunto de empresas de la economía. Lo que debe hacer la contabilidad comunista es tener muy en cuenta la influencia modificada que tiene cada factor productivo en cada proceso de producción, ya que la combinación eficiente de factores en la producción debe tener en cuenta la valoración relativa que tiene cada uno de esos factores.
Resumiendo: la tesis fundamental de este artículo es que los precios actuales, capitalistas, deben ser el punto de partida de la contabilidad comunista que seguirá siendo necesaria para garantizar la eficiencia productiva en los sectores productivos que dependen de la demanda descentralizada (C y, como hemos visto, también I) tanto como en aquellos que dependen de la demanda colectiva (G). El cambio global que se manifiesta en la redistribución de la capacidad de acceso a los bienes modifica toda la estructura de la demanda, por una parte, y toda la estructura de costes, por la otra. Pero el mecanismo que permite a la sociedad ajustar ambas estructuras de forma eficiente puede seguir siendo básicamente descentralizado, de forma que no sólo los individuos sino también las empresas mantendrán una autonomía54 muy importante frente a las necesidades de la planificación central. De hecho, ese mecanismo y esa autonomía serán la mayor ayuda para el propio plan central, aparte de ser imprescindibles para la eficiencia económica global.55
Si antes operaba la Mano invisible del mercado capitalista (la derecha), acompañada por la visible mano izquierda del Estado capitalista, ahora existen la Mano invisible del mecanismo comunista de precios y la mano visible de la planificación democrática. A continuación detallamos este mecanismo de precios, a partir de una exposición gráfica que simplifica la parte más técnica de la explicación, y terminamos con varios puntos relacionados que complementan lo anterior.
III. A. Una versión gráfica del mecanismo de los precios contables
Hemos visto que la empresa de la fase C-I, aunque no será capitalista, seguirá usando muchos de los mecanismos operativos que la sociedad ya descubrió en la era capitalista, aprovechando así las ventajas asociadas al desarrollo de las fuerzas productivas que, como explicara Marx, y con independencia de los problemas asociados a la economía del beneficio privado, experimentan un incremento general ya durante esa época. La contabilidad empresarial se llevará a cabo en gran medida sobre las mismas bases. Puesto que habrá producción, los economistas y los ingenieros podrán seguir dibujando funciones de producción, determinando las escalas productivas más adecuadas y, lo que es mucho más importante, prestando atención a la evolución temporal de los costes de producción…
Supongamos el caso particular de una empresa capitalista como la de la Figura 1, en la que están representadas las curvas de costes tradicionales sólo con algún pequeño añadido. Nótese que los manuales neoclásicos identifican coste y precio porque incluyen entre los costes el beneficio considerado normal, lo que llaman “rendimiento normal de la inversión”. Esa es la razón de que el “beneficio cero” defina para ellos la situación de equilibrio: quieren decir con ello, en realidad, que en equilibrio no hay beneficios extraordinarios sino sólo beneficios normales o medios. Por tanto, lo que esos manuales llaman coste medio no es el CMEn de la Figura 1, sino Pn, mientras que la curva CMEn = CMEm representa los auténticos costes pagados por las empresas. En realidad, Pn son los costes de la TLV más la ganancia media sobre el capital, es decir, el precio de producción (PPm) de Marx. Recordemos que para la TLV el PPm puede ser mayor, menor o igual que el precio directo (o expresión monetaria del valor proporcional al trabajo). En el caso representado en la Figura 1, tenemos un PP inferior al valor o precio directo (VUm), lo cual significa que estamos ante una empresa de algún sector productivo con composición de capital inferior a la media de la economía.


FIGURA 1: Los costes de la empresa y la terminología neoclásica

En la Figura 2 representamos el cambio de situación originado por el paso a la sociedad comunista C-I. Concretemos lo antes dicho haciendo el precio de producción capitalista igual a 12 euros (mientras que, según se ve, el valor unitario podría ser de unos 13). Pues bien, sabemos que como consecuencia de los cambios que genera el paso a C-I, las condiciones de costo cambian. Si nos fijamos, en primer lugar, en la repercusión que tienen los cambios en la distribución de la renta sobre los salarios, dejando de lado otras modificaciones indirectas de los costes, el efecto inmediato será una subida del precio si estamos en un sector en el que predominaban anteriormente los bajos salarios. Al subir ahora el salario al nivel medio de la economía, los costes suben directamente por esta razón y el precio se eleva en consecuencia hasta Pc1 = 15. Simétricamente, si se trata de un sector con altos salarios relativos en el capitalismo, el precio bajará ahora hasta Pc2 = 10.




FIGURA 2: Del precio capitalista al precio comunista

Finalmente, completemos lo anterior con una representación más completa de los efectos que el uso del mecanismo de precios tendría sobre la economía si se tiene en cuenta el cambio salarial y al mismo tiempo el cambio en la demanda, y los subsiguientes cambios en la oferta que se producen como respuesta a los dos primeros. En la Figura 3 se representa, en la parte derecha, una situación opuesta a la de la Figura 2, en la que se supone ahora que el precio baja de 12 a 10 (porque es un sector con altos salarios relativos capitalistas), y además que estamos ante una empresa que producía y produce bienes que son de consumo popular masivo, de esos cuya demanda aumentará aunque sólo sea por la reconducción de una parte de la demanda que se dirigía antes hacia bienes de lujo ahora inexistentes.
Partamos de la “situación de equilibrio” de los manuales de economía, representada por el punto 0 de la figura. Los cambios reales son todos simultáneos, pero para mayor claridad descompongamos analíticamente los efectos del cambio de precio en dos pasos sucesivos. Si hacemos esto, podemos ver en primer lugar que, al descender los costes (el paso de la curva de precio capitalista a la de precio comunista, en la parte derecha), la curva de oferta OO se desplaza a la derecha hasta llegar a O’O’, para cuyo nivel la intersección con la antigua curva de demanda, DD, produce un nuevo equilibrio en el punto e (se representa como la 2ª “”, que se produce como respuesta a la 1ª “” y significa un aumento de la producción desde IA a IB). En segundo lugar, suponemos que nos enfrentamos ahora a los cambios en la propia curva de demanda, debidos a una mayor preferencia del público por este bien cuando estas se expresan democráticamente en vez de plutocráticamente. Esto se representa por un movimiento ascendente de DD hasta D’D’. Como el equilibrio estaba en e, podría pensarse que el equilibrio final terminaría siendo e’, donde se cruzan O’O’ y D’D’. Pero no es así, y en esto consiste precisamente, como se sabe, el juego de la Mano invisible del mercado. Puesto que e’ implica un precio de venta superior al precio regulador comunista56 (= nuevos costes más excedente medio sobre los nuevos costes), eso entrañaría una “rentabilidad” superior a la media de la economía, y también en el comunismo eso incentivaría la entrada de nuevas empresas deseosas de aprovechar esa condiciones preferenciales. Por consiguiente, la oferta no será O’O’ sino que terminará siendo finalmente O’’O’’, la cual, enfrentada a la nueva demanda D’D’, produce un equilibrio en i, no en e’. Por consiguiente, hay que añadir otro desplazamiento (la 3ª “”) que hará que la producción final no sea ni IA ni IB sino IC.

FIGURA 3: El mecanismo de los precios comunistas “normales”



Por consiguiente, también en C-I obtenemos el mismo resultado que preveía Marx para el capitalismo (y cuyo análisis detallado encontramos en Rubin, 1928, siguiendo a Marx): que la relación entre oferta y demanda es de asimetría, y no la simetría que defendió Marshall y detrás de él todos los neoclásicos. Esto significa que son las condiciones de coste, es decir, de oferta, las únicas que influyen en la determinación del precio normal o de equilibrio (que en nuestro caso baja de 12 a 10), mientras que los cambios en la demanda sólo tienen una influencia a corto plazo sobre el precio, aunque la cantidad ofrecida en el mercado a ese precio sí será fijada finalmente por la demanda existente a ese precio.
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