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I. A. Las ideas centrales de la tlv


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II. A. La distribución de la “renta”
Empecemos por la distribución de la “renta”, y antes aún por la aclaración del misterioso uso hecho hasta ahora de las comillas. Como no sabemos si estamos hablando de una renta monetaria o de qué, porque nada hemos dicho todavía de la existencia o no de dinero en esta nueva sociedad, usaremos de momento estas comillas para los conceptos de los que, teniendo su correspondencia monetaria en el capitalismo, no sabemos aún si son “monetarios” o no. De momento, las comillas sólo significan que este asunto está pendiente. Simplemente adelantemos que con los conceptos de dinero y crédito31 ocurre lo mismo que con el mercado, el empresario y otros conceptos similares. De forma que si podemos concebir un “dinero” que no sea el dinero capitalista pero que cumple alguna de sus funciones, podríamos seguir utilizando ese término y otros parecidos entrecomillados para mejor entender de qué estamos hablando.
Preguntémonos por ejemplo si, de las diversas funciones que tiene el dinero en el capitalismo, podrían desaparecer algunas y subsistir otras en el postcapitalismo. Pensemos en su función de “unidad de cuenta”, es decir, de puro instrumento contable de la producción, distribución y consumo, en un contexto social donde los productos ya no son mercancías pero tienen que seguir distribuyéndose a corta y larga distancia, transportándose, almacenándose… y sobre todo demandándose y produciéndose con toda la complejidad, rapidez e interdependencias que requiere un desarrollo alto de las fuerzas productivas de las sociedad comunista, que tendrá un nivel incluso más elevado que el del capitalismo actual. Todo eso hace que los productos tomen la apariencia de mercancías. Pero sin una unidad de medida de este tipo es difícil pensar cómo podrían y deberían ser evaluados socialmente los diversos productos, cómo usar un criterio homogéneo, o patrón de medida universal, que permita compararlos entre sí.
Para entender si estamos o no ante una economía de mercado, miremos hacia atrás en el tiempo y preguntémonos qué es lo que distingue realmente a una sociedad precapitalista, donde ya existían mercados, de una sociedad capitalista desarrollada que puede considerarse ya una “sociedad de mercado” genuina. La diferencia fundamental estriba en el carácter de mercancía que adopta en esta última la fuerza de trabajo humana32. Por consiguiente, el corte radical que supone la sociedad comunista respecto de la capitalista, si realmente quiere romper con ella y superarla, debe ser la supresión de esa mercancía fuerza de trabajo33. Esto es la diferencia esencial y eso permite que otras cosas subsistan sin que el capitalismo siga estando. Por ejemplo, ya no habrá asalariados ni capitalistas ni explotación…, pero seguirá habiendo trabajo y también plustrabajo.
Veamos. En el comunismo se identifican trabajador y ciudadano. Lo que ya se venía dando en el capitalismo como mero proceso –el proceso de proletarización que a la vista de todos está34– se habrá trastocado en identidad. Cada miembro de la población activa tiene ahora el derecho y el deber de trabajar, y asimismo el derecho y deber de participar en el consumo y la gestión de todo lo producido con ese trabajo, empezando por lo que estamos llamando consumo centralizado (o colectivo o público) y descentralizado (privado). Pero ambas parejas de derechos y deberes ya no se relacionan entre sí por medio de un contrato de trabajo privado. Podría decirse que ahora se instaura una especie de contrato social por el cual cada miembro de la sociedad debe trabajar porque es un ciudadano (y un ciudadano igual) y asimismo puede consumir igual que los demás porque es un ciudadano (y un ciudadano igual). El ciudadano se define por tanto de esa doble manera, de forma que, trabaje o no, el ciudadano podrá consumir, incluso si ese comportamiento no puede eximirlo nunca de su deber de trabajar (salvo por causas reconocidamente justificadas), e incluso si fueran sólo los que trabajan los que decidieran cuánto puede consumir.35
Pero vayamos ahora a la cuestión específica de la distribución de la renta en el comunismo, o sea, la de cómo se dividiría el producto social en los términos más generales posibles. La TLV nos explica por qué y cómo en el capitalismo este se descompone en tres partes principales, que podemos llamar c, v y pv, o capital constante, capital variable y plusvalor. Con el valor total de lo producido y vendido se hace tres cosas: 1) se repone los medios de producción consumidos (es decir, los elementos materiales de la producción que los capitalistas compraron con la parte constante de su capital y ya no están disponibles); 2) se repone los bienes y servicios consumidos por los trabajadores o productores (que son todos asalariados si estamos analizando un capitalismo puro), previamente comprados con el salario recibido por estos cuando los capitalistas gastan su capital variable, y 3) se obtiene una diferencia cuyo valor es el plusvalor36 total y se expresa, en términos monetarios, en la masa de beneficio o ganancia obtenida. Veamos a continuación con más detalle cómo se distribuyen 2) y 3).
En cuanto a la suma salarial recibida por los trabajadores, en el capitalismo no era el resultado de multiplicar un salario único por el número de esos trabajadores, sino que cada uno de ellos, demostrando así el carácter mercantil de su fuerza de trabajo, podía vender la suya a un precio diferente, más concretamente al precio preciso que se determina de acuerdo con la ley del valor explicitada por la teoría laboral del valor. Es decir, en este caso, al precio determinado por los costes laborales distintos que tiene reproducir una unidad de ese tipo, y no otro, de fuerza de trabajo. Como a la sociedad le cuesta más trabajo (re)producir un ingeniero que (re)producir por ejemplo el albañil que construye la Escuela de Ingeniería –pero, ¡ojo!: reproducirlo como asalariado, no como ciudadano igual: en el comunismo cuesta igual reproducir a un individuo, como ciudadano, que a otro–, el valor de la fuerza de trabajo del primero será más alto que la del segundo de acuerdo con la ley capitalista. Por esta razón vemos en el capitalismo salarios que son muchos más altos en unos casos que en otros, en función de la categoría profesional, el sector productivo, el nivel de estudios, etcétera.
Ahora bien, una vez que la sociedad acaba con el carácter asalariado del trabajo y con la forma mercantil de la fuerza de trabajo, las cosas dejan de ser así. La sociedad y la democracia exigen ahora que el “salario” de todos sea idéntico37. O sea, que cada uno participe del consumo en igualdad de condiciones que todos los demás, por la sencilla razón de que todos somos iguales y ahora sí se puede defender la dignidad humana por la vía democrática. Ya no existe, pues, auténtico salario, pero sí podríamos hablar de una retribución o recompensa social igual para cada trabajador, y no vemos inconveniente, aclarado esto, en hablar de “salarios” en la sociedad comunista. Recuérdese que este sistema distributivo no es el que corresponde a la sociedad C-II que tenía en mente Marx en su famosa crítica del programa de Gotha, sino a la sociedad C-I, una sociedad comunista que se organiza a partir de las condiciones capitalistas de las cuales ha nacido y en la que no se ha sobrepasado todavía “el estrecho horizonte del derecho burgués”. Para decirlo con las palabras de Marx: si estuviéramos en C-II la norma imperante sería “De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades”; pero en C-I todavía regirá una norma inferior, menos desarrollada, que reza así: “De cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo” (Marx, 1875).
Dos cosas hay que retener, por tanto. No estamos hablando de una sociedad donde la parte descentralizada del consumo, como el consumo en su totalidad, se lleva a cabo en función de las necesidades de cada cual, sino de una sociedad aún no tan avanzada, donde esa norma se aplica sólo al consumo centralizado, pero donde la fracción descentralizada se rige por la aportación laboral de cada miembro de la sociedad, de forma que quien no es un trabajador no puede ser tratado como el resto, y quien necesita más pero trabaja igual no por ello tiene derecho a recibir más que quien trabaja igual pero necesita menos. En segundo lugar, estamos hablando sólo del principio distributivo básico de la sociedad: eso quiere decir que la fidelidad a dicho principio no exige su aplicación exacta y/o permanente a la hora de su puesta en práctica efectiva; simplemente, no es el momento ahora de entrar en el detalle de las posibles vías de flexibilización o modificación de ese principio que se consideren convenientes. Lo único que está claro es que será la discusión democrática la que podrá ahora definir en detalle esa concreción, sin que una parte de la sociedad se la imponga a la otra.
En cuanto a la parte del producto social que correspondía al plusvalor en la distribución capitalista de la renta, la TLV nos muestra que todo el valor añadido que no correspondía a salarios es una fracción de la forma monetaria de aquel plusvalor. La ganancia neta resultante, una vez descontados los impuestos y la renta (de la tierra) pagada a los terratenientes, no es ni más ni menos una parte del plusvalor que lo que lo son estos dos últimos. Y tampoco la división de esa ganancia neta entre sus diversos componentes, ya sea en la forma de intereses, de (ganancia o) margen comercial o de beneficio industrial, modifica lo anterior en ningún sentido. Asimismo, el destino último o uso final que se hace de esos fondos no cambia tampoco el hecho de que todos ellos son el resultado de la explotación global del trabajo asalariado por el capital. Por último, el que el Estado se gaste su presupuesto, que se alimenta necesariamente por esos impuestos, en partidas de mayor o menor carácter “social”; o el que las ganancias privadas en su conjunto se destinen a su vez a un uso más o menos consuntivo (el consumo privado de las familias que viven del plustrabajo), en gran medida suntuario, o bien se empleen productivamente (es decir, para la acumulación de capital y la creación de nueva riqueza capitalista), tampoco afecta a la explotación del trabajo en sí, aunque sí condicione el ritmo de crecimiento económico futuro que resultará de esas prácticas colectivas presentes.
Pero pasemos del capitalismo al comunismo, del plusvalor al plustrabajo. Este último sí seguirá existiendo en la sociedad comunista, y lo hará además en una proporción cada vez mayor comparada con la del trabajo necesario (el que se requiere para mantener a la fuerza de trabajo). Es decir, la tasa de plustrabajo tenderá a crecer en el tiempo. Pero, como ya se ha dicho varias veces, esto no equivale a afirmar que la tasa de explotación crecerá ni siquiera que subsista la explotación. Quiere decir simplemente que el incremento de la productividad del trabajo traerá consigo la posibilidad de emplear una proporción decreciente de la jornada laboral a la reproducción de las necesidades directas de consumo de quienes producen. Para ver esto con más claridad, construyamos el siguiente ejemplo. Supongamos que en la sociedad capitalista c = 100, v = 50, y pv = 50. Esto significa que la tasa de plustrabajo, que en este caso sí es una tasa de explotación, es del 100% (p’ = pv/v = 50/50 = 1). Supongamos que, de esos 50 de pv, sólo 15 son los fondos que la clase propietaria (capitalistas y rentistas, que en la práctica ya son una misma cosa) dedica a su consumo privado. Prescindamos una vez más del momento del parto de la sociedad comunista (es decir, dejemos de lado cómo es el proceso revolucionario real porque esto no puede analizarlo un economista) y supongamos que nos encontramos ya en una sociedad C-I. Está claro que, con independencia de lo que se decida sobre las otras partes del excedente, una posibilidad sería que ese consumo de los antiguos propietarios se destinara ahora a consumo individual de sus antiguos explotados (aunque ahora los trabajadores incluirían entre sus filas a los antiguos explotadores).
Supongamos que la incorporación de los antiguos propietarios, convertidos ahora “instantáneamente” en nuevos trabajadores, supone un incremento del 5% en la población activa real, y que la nueva población activa total, ahora acrecentada, puede mantener el nivel medio de productividad anterior, de forma que el valor añadido pasará de 100 a 105. Si se mantuviera el “salario” medio, “v” sería ahora 52,5 (un 5% más que los anteriores 50) y pv habría subido a otros 52,5. Si suponemos que este incremento del excedente en un 5% coincide con que todas sus fracciones crecen en ese mismo porcentaje, la parte de “pv” destinada a consumo podría ser ahora 15,75 (en vez de 15). Supongamos por último que la sociedad decide destinar esos 15,75 para aumentar el consumo privado de los trabajadores. Simplemente tendría que transferirlos y sumarlos a los 52,5 de “v” ya contabilizados, con lo que obtendríamos una “v” final de 68,25 y una “pv” final de 36,75 (o sea, 52,5 – 15,75). El resultado de una decisión así significaría una reducción inmediata de la tasa de plustrabajo desde el 100% (50/50) al 53,8% (36,75/68,25), es decir, una rebaja de casi la mitad, lo que equivale a una ganancia inmediata del 30% (de 52,5 a 68,25) en el nivel de vida de los trabajadores.38
Hasta ahora nos hemos limitado a la clásica perspectiva “nacional”, indudablemente más pragmática pero también más miope que la necesaria: la internacional o mundial. El supuesto anterior sobre el mantenimiento de la productividad media, como consecuencia directa de la pura incorporación al trabajo de los no trabajadores, no es nada descabellado (al menos si se interpreta como algo realmente no “inmediato”, sino que se deja que opere el necesario periodo de ajuste). Pero los cambios en la productividad y los salarios a escala internacional tendrán que ser tan enormes que todo lo anterior no puede por menos que relativizarse. Pero antes de ver esto último, complementémoslo con una reflexión sobre las distintas posibilidades que abre en cualquier sociedad el aumento de la productividad del trabajo social. Para esto puede ser útil descomponer previamente la expresión de la productividad social media del trabajo (entendida como PIB o renta per cápita, o cociente entre el Producto Interior Bruto y la Población total, o sea, PIB/PT) en varios componentes. Si elegimos los cinco siguientes, escribiremos:
(1) (2) (3) (4) (5)

PIB/PT = PIB/HT * · HT/PO * · PO/PA * · PA/E * · E/PT [I],


donde todo se computa en términos de medias sociales y las siglas, aparte de las ya indicadas, significan lo siguiente: HT = número total de horas trabajadas por la sociedad en su conjunto; PO: población ocupada; PA = población activa; E = población en edad de trabajar. Por tanto, es evidente que (1) PIB/HT es la productividad por hora trabajada; que (3) PO/PA nos da la tasa de ocupación de la población activa, siendo la tasa de desempleo u = [PA – PO]/PA = 1 – (PO/PA); y que del producto de los dos últimos factores, (4)·y (5), resulta la tasa de actividad de la población, o PA/PT. A su vez, el segundo de los factores (2) puede descomponerse en otros dos, ya que el cociente HT/PO nos da la “jornada anual” efectiva, y esta puede obtenerse también como el producto de la jornada diaria, J, y el número medio de días trabajados al año, ND. Por tanto, podemos escribir finalmente la renta per cápita de un país en función de un total de seis factores:
(1) (2) (3) (4) (5) (6)

PIB/PT = PIB/HT * · (J * · ND) * · PO/PA * · PA/E * · E/PT [II]


El análisis de la expresión [II] arroja luz sobre lo siguiente. Al aumento tendencial de la productividad por hora trabajada (1), que ya se daba en el capitalismo, se unen ahora otros dos factores típicos del paso a la sociedad comunista, como son la eliminación de la tasa de desempleo (que hace que aumente (4)) y la desaparición de esos parásitos sociales típicos del capitalismo que ya no pueden vivir sin trabajar (que incrementa (5)). De forma que tenemos un total de tres factores que, al crecer, permiten la disminución de alguno o todos los tres factores restantes, y por tanto abren nuevas vías para la mejora del bienestar social incluso en condiciones en que la producción y la población del país crezcan ambas al mismo ritmo, y el cociente PIB/PT tan sólo se mantenga. Así, el aumento de (1), (4) y (5) permite elegir en qué medida y proporción se quiere hacer descender el valor de (2), (3) y/o (6), hasta el punto de poderse, simultáneamente, disminuir la jornada de trabajo (2), aumentar el número de días de vacaciones al año (descenso de (3)) y/o favorecer el nivel educativo medio aumentando el número de años de educación obligatoria, o bien acortar la duración de la vida activa (que en ambos casos significa un descenso de (6)).
Una vez explicada la descomposición anterior, podemos comprender que incluso una sociedad que no aumente su producto per cápita también puede mejorar su nivel de vida por distintas vías. Pero supongamos que el producto per cápita del país (o el salario real en los países ricos, como veremos enseguida) no aumente con el desarrollo económico, porque se subordina a las necesidades de la planificación de la igualdad a nivel mundial. Eso es compatible con que, para el conjunto mundial, aumentará sin duda esa renta per cápita. Desarrollemos esto a partir de la observación de las Tablas I y II.



Tabla I: A) La población mundial y su descomposición entre los PD y PND, en el supuesto de que

las tasas de variación anual entre 2007 y 2037 sean de 1,2% (mundo), 0,7% (PND) y 4% (PD).

B) Población de España si su población crece a ese 4% anual



















A) ESTRUCTURA DE LA POBLACIÓN MUNDIAL




B) POBLACIÓN ESPAÑOLA




Valores absolutos (millones)

(En %)




(Millones)




MUNDO

OCDE

NO OCDE

OCDE

NO OCDE







2007

6600

924

5676

14,0%

86,0%




44,5

2008

6677

961

5716

14,4%

85,6%




46,3

2009

6755

999

5756

14,8%

85,2%




48,1

2010

6835

1039

5796

15,2%

84,8%




50,1

2011

6918

1081

5837

15,6%

84,4%




52,1

2012

7002

1124

5877

16,1%

83,9%




54,1

2013

7088

1169

5919

16,5%

83,5%




56,3

2014

7176

1216

5960

16,9%

83,1%




58,6

2015

7266

1265

6002

17,4%

82,6%




60,9

2016

7359

1315

6044

17,9%

82,1%




63,3

2017

7454

1368

6086

18,3%

81,7%




65,9

2018

7551

1422

6129

18,8%

81,2%




68,5

2019

7651

1479

6172

19,3%

80,7%




71,2

2020

7753

1539

6215

19,8%

80,2%




74,1

2021

7858

1600

6258

20,4%

79,6%




77,1

2022

7966

1664

6302

20,9%

79,1%




80,1

2023

8077

1731

6346

21,4%

78,6%




83,3

2024

8190

1800

6391

22,0%

78,0%




86,7

2025

8307

1872

6435

22,5%

77,5%




90,1

2026

8427

1947

6480

23,1%

76,9%




93,8

2027

8550

2025

6526

23,7%

76,3%




97,5

2028

8677

2106

6571

24,3%

75,7%




101,4

2029

8807

2190

6617

24,9%

75,1%




105,5

2030

8941

2277

6664

25,5%

74,5%




109,7

2031

9079

2368

6710

26,1%

73,9%




114,1

2032

9221

2463

6757

26,7%

73,3%




118,6

2033

9366

2562

6805

27,4%

72,6%




123,4

2034

9517

2664

6852

28,0%

72,0%




128,3

2035

9671

2771

6900

28,7%

71,3%




133,4

2036

9830

2882

6949

29,3%

70,7%




138,8

2037

9994

2997

6997

30,0%

70,0%




144,3
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