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I. A. Las ideas centrales de la tlv


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EN EL POSTCAPITALISMO>>

(Una interpretación de la concepción

económica del comunismo en Marx)
Diego Guerrero


VII COLOQUIO LATINOAMERICANO DE ECONOMISTAS POLÍTICOS
II COLOQUIO DE LA SOCIEDAD LATINOAMERICANA DE ECONOMÍA POLÍTICA Y PENSAMIENTO CRÍTICO (SEPLA)
Caracas, 14-16 de noviembre de 2007

Índice

Introducción p. 1

I. Teoría laboral del valor versus Teoría bremeniana del valor. Precios y valores en el capitalismo y el socialismo p. 4

I. A. Las ideas centrales de la TLV p. 4

I. B. Mercado y socialismo: TLV vs. TBV p. 8

II. Mercados y plan. Distribución de la renta, demanda agregada y oferta agregada en la sociedad comunista p. 13

II. A. La distribución de la “renta” p. 15

II. B. De la demanda agregada a la oferta agregada y el empleo p. 26

III. La empresa comunista y el mecanismo de los precios contables p. 30

III. A. Una versión gráfica del mecanismo de los precios contables p. 32

III. B. Dinero contable, crédito y financiación de la inversión p. 36

III. C. Más sobre el valor de uso p. 38



Bibliografía p. 39

Resumen
Este artículo tiene dos partes bien diferenciadas aunque relacionadas. En la primera se pasa revista a algunos de los planteamientos fundamentales de lo que se ha dado en llamar la “Escuela de Bremen”. Estos autores, y Heinz Dieterich en particular, defienden una concepción del socialismo que se basa en ideas y categorías ajenas a la teoría laboral del valor de Marx, y eso puede condicionar el debate teórico y político sobre cómo llevar a cabo la lucha por el socialismo en un país como Venezuela, donde la influencia de las ideas de Dieterich es muy grande, y al mismo tiempo sus líderes creen erróneamente que Dieterich y Marx afirman lo mismo. En la segunda parte se avanza la interpretación del comunismo de Marx que hace el propio autor. Su tesis fundamental es que los precios actuales, capitalistas, deben ser el punto de partida de la contabilidad comunista que seguirá siendo necesaria para garantizar la eficiencia productiva tanto en los sectores productivos que dependen de la demanda descentralizada (los bienes de consumo directamente, pero también la inversión) como en aquellos que dependen de la demanda colectiva planificada previamente. El cambio global que se manifiesta en la redistribución de la capacidad de acceso a los bienes modifica toda la estructura de la demanda, por una parte, y toda la estructura de costes, por la otra. Pero el mecanismo que permite a la sociedad ajustar ambas estructuras de forma eficiente puede seguir siendo básicamente descentralizado, de forma que no sólo los individuos sino también las empresas mantendrán una autonomía muy importante frente a las necesidades de la planificación central. De hecho, ese mecanismo y esa autonomía serán la mayor ayuda para el propio plan central, aparte de ser imprescindible para la eficiencia económica global.
INTRODUCCIÓN
En el debate teórico y político sobre la posibilidad y necesidad de una revolución social en la actualidad, y en particular sobre las características de la transición desde una sociedad capitalista hasta el socialismo y el comunismo, tienen que intervenir toda una serie de consideraciones que en este trabajo se dejarán voluntariamente de lado, para centrarnos sólo en un aspecto de la cuestión. No ignoramos que de la teoría a la práctica hay mucho trecho y que en la realidad las cosas aparecen siempre entremezcladas y formando parte de un sistema que las engloba y hace que ninguna de ellas opere con independencia de las demás, por todo lo cual el análisis se vuelve mucho más complejo. Pero como aquí sólo pensamos realizar un trabajo teórico con la idea de establecer ciertas premisas para posteriores investigaciones (o debates, o comportamientos), pensamos que es legítimo usar un método aproximativo del problema, el usual en la investigación científica, que consiste en abstraer un solo aspecto del problema para, en un primer momento, centrar el foco de atención sólo en él, suponiendo que las otras dimensiones del problema están dadas, por así decir, y no ejercen influencia sobre ese único aspecto de la cuestión elegido para el análisis. Como todos sabemos que esto no es cierto en la práctica, es evidente que ninguna de las conclusiones obtenidas en un trabajo de esta naturaleza puede tomarse como un resultado teórico definitivo, sino tan sólo como algo provisional y pendiente de posteriores puntualizaciones o modificaciones. Es decir, sean cuales sean las conclusiones que se extraigan de este artículo, estas sólo servirán como un paso intermedio dentro de una reflexión que se desea abrir pero que no puede acabar ahí y sólo puede tener sentido si es complementada con pasos subsiguientes de acercamiento al problema, en los que se vaya introduciendo los diversos aspectos que, provisional y conscientemente, aquí se dejaron de lado.
Antes de comenzar con la reflexión sobre varios aspectos de la organización económica de una sociedad postcapitalista, se impone realizar otra consideración preliminar. El enfoque que utilizaremos en nuestro análisis se inspira en la teoría de Marx, pero lo hace de la única manera legítima en que creemos que es posible hacer esto, es decir, presentándolo al mismo tiempo como una determinada interpretación personal que el autor ofrece de esa teoría, sin pretender que sea la única posible1; interpretación que en nuestro caso adopta el punto de vista político que el autor llama comunista. Por consiguiente, lo que aquí nos preocupa es la reflexión sobre la transición desde el capitalismo al comunismo, no al socialismo, en el bien entendido de que el comunismo es algo más que el socialismo.
Siguiendo las pistas del propio Marx, entenderemos que hay dos fases en la sociedad comunista, de forma que si llamamos “comunismo puro” a la segunda de ellas (y la representamos por C-II), podremos decir que centraremos nuestro análisis en el “comunismo de transición” (que representaremos por C-I), que es precisamente aquello a lo que se refería Marx cuando escribía que esta última sería la sociedad comunista “tal como surge de las entrañas de la sociedad capitalista” (nuestra C-I) y no tal y como se manifiesta una vez que puede desarrollarse “sobre su propia base”2 (nuestra C-II). En principio, no hay mayor inconveniente en llamar también “socialismo” a C-I, tal como se hace habitualmente. Pero creemos preferible llamarlo comunismo de transición por dos razones: primero, porque así queda expresamente dicho que se trata de un paso intermedio hacia algo que hay más allá; y, segundo, porque se evita con ello una parte de la confusión que aqueja al término “socialismo”, cuyo uso está asociado hoy en día con los más diversos postulados teóricos y políticos, algunos de los cuales son de índole claramente procapitalista y no superadores del capitalismo.
Con esto empieza a aclararse el “punto de vista comunista” del autor: lo que habitualmente se conoce como la “transición hacia el socialismo” no es más que el corto paso que va del capitalismo a C-I (corto, porque si se alarga demasiado, ese mismo hecho será señal de que el paso en realidad no se ha dado, que no se ha logrado salir de las entrañas del capitalismo). Pero este paso no es lo esencial, al menos para nuestro análisis. Y lo que pretendemos es, por una vez, mirar más allá de él, con la esperanza de que esa mirada nos ayude a comprender mejor la realidad a la que aspiramos y nos ofrezca nueva luz sobre cómo abordar la lucha por ella en el presente. Para Marx, ese paso, que debe por supuesto darse en forma revolucionaria, es “un parto”, algo que acontece de forma más o menos rápida. Pensamos que la auténtica transición es la que define la evolución desde C-I en dirección a C-II, y prestar atención al análisis de las vías de construcción y organización económica de la sociedad comunista es algo que no se suele hacer pero ayudará a entender mejor los dolores del parto revolucionario3. Esto es importante porque cuando muchos analistas insisten en la importancia de la “fase de transición hacia el socialismo” puede que en realidad estén simplemente aconsejando que el parto mismo sea tan lento que, de llevarse a la práctica tal consejo, la criatura ya nazca muerta.
Más allá de los socialistas que no lo son –los que tan pacíficamente conviven con las estructuras de la sociedad capitalista, preocupados acaso tan sólo por la apariencia cosmética de ese sistema–, hay todavía muchas clases de socialistas y comunistas, de diversas tendencias, bien intencionados y deseosos de superar de verdad la sociedad capitalista. No me atrevo a decir, y mucho menos en un trabajo como este, qué estrategia, qué conducta o qué planteamientos prácticos son los más adecuados para la actividad de los individuos y organizaciones de todo tipo que se autodenominan socialistas o comunistas. Si acaso, aquí sólo cabe aprovechar la oportunidad para lamentarse de la falta de unidad que caracteriza a todos cuantos nos movemos dentro de esos referentes políticos, pues cada grupo y cada pensador individual, sea o no un intelectual, harían bien en tratar de comprender al otro, empeñándose en una batalla sin fin por superar las diferencias teóricas que nos separan.4 Además, es importante ser conscientes de que no siempre se da una correspondencia entre el punto de vista político y el punto de vista teórico. Más a menudo de lo que se cree, lo que hay es más bien una típica falta de correspondencia, de forma que puede verse a “enemigos” políticos (dentro del ámbito socialista-comunista al que nos referimos) que utilizan un punto de vista teórico más afín al nuestro que el de las personas y colectivos que nos son políticamente más cercanos5.
En nuestra opinión –y esto tiene especial trascendencia aquí por el ámbito geográfico y político en el que se desarrolla este Coloquio latinoamericano–, esto es lo que ocurre en un caso particular al que nos vamos a referir enseguida. Digamos que, sin entrar a valorar directamente la posición política del importante asesor del presidente Chávez que es el profesor Heinz Dieterich, en la sección I de este trabajo revisaremos detenidamente los fundamentos teóricos de dicha posición, o al menos de sus propuestas políticas más difundidas, así como los de lo que él mismo considera sus “escuelas” de referencia, la de Bremen especialmente, pero también la llamada “escuela escocesa”6.
Avancemos únicamente que lo que se presenta en los escritos de este autor –que muchos comentaristas consideran erróneamente un desarrollo de la teoría de Marx– no es realmente compatible con la auténtica teoría de Marx, y en especial con su componente fundamental, que es su Teoría laboral del valor. Como cualquier reflexión sobre la organización económica de la sociedad postcapitalista tiene que recaer necesariamente sobre las categorías básicas que precisan para ello todas las teorías existentes del valor –estamos refiriéndonos a los conceptos elementales de “valor”, “precio”, “dinero”, “mercado”…–, el lector comprenderá que es de importancia decisiva saber si las categorías que se utilizan en cada caso corresponden a, digamos, la teoría A o pertenecen más bien a la teoría B, la C o la que sea. Si no se hace así para evitar que todo quede envuelto en una neblina de confusión, si no se persigue la mayor claridad posible en ese terreno teórico, difícilmente se podrá contribuir adecuadamente a la construcción práctica de esa nueva economía real, entre otras cosas porque los que participen de forma efectiva en dicha construcción no podrán saber realmente en qué clase de edificio están trabajando y ni siquiera en qué dirección lo están levantando.
Por tanto, este trabajo pretende ser, más específicamente, una contribución a la importante tarea de deshacer esas neblinas y aportar claridad sobre la estructura y forma del edificio que quieren construir los comunistas.

I. TEORÍA LABORAL DEL VALOR VERSUS TEORÍA BREMENIANA DEL VALOR. PRECIOS Y VALORES EN EL CAPITALISMO Y EL SOCIALISMO.
La Teoría laboral del valor (TLV), tal como la deja elaborada Marx a lo largo de su vida entera de escritor, es una teoría que pretende explicar lo fundamental del comportamiento del capitalismo. Aparte de ser una teoría que permite entender la explotación del trabajo por el capital, la teoría es también una teoría de los precios que se forman en los mercados capitalistas. Todo el mundo sabe que Marx escribió poco sobre la sociedad socialista, mucho menos que sobre la capitalista; pero cuando lo hizo, no lo hizo tanto en el texto al que todo el mundo se refiere al tratar este tema, y que no era sino un corto escrito donde en realidad se debatía el programa político de un determinado partido socialista7, sino en el interior de sus trabajos teóricos fundamentales, donde la reflexión básica versaba sobre la sociedad capitalista. Todas las ideas de Marx sobre el comunismo y el socialismo deben entenderse en ese contexto y analizarse sobre la base de su teoría de la sociedad capitalista, que él expuso sobre todo en El capital (1867, 1885, 1994, incluido su volumen cuarto, que es la historia de las Teorías de la plusvalía: Marx, 1862-3) y en los trabajos preparatorios que condujeron a él, en especial la Contribución a la crítica de la economía política (Marx, 1859) y los Grundrisse (1857-8)8.
Seguidamente, repasaremos algunas categorías básicas de la TLV en relación con el capitalismo (A) y nos preguntaremos a continuación por su posible aplicación a la sociedad postcapitalista.
I. A. Las ideas centrales de la TLV
La teoría, la economía y la filosofía de Marx se contienen en El capital y básicamente consisten todas en su teoría del valor. Y la idea central que resalta de esta teoría es la de que los precios mercantiles de los distintos bienes y servicios son una expresión de las cantidades de trabajo necesarias para su producción y reproducción en las condiciones normales de la sociedad capitalista del momento. Y esas cantidades de trabajo se refieren no sólo a la que llevan a cabo los trabajadores que operan directamente en la empresa que produce esas mercancías, sino que incluyen también las de los trabajos necesarios para producir y reproducir los medios de producción (es decir, máquinas, materias primas, energía, etc.) que se usan en dicha producción.
Pues bien, antes de entrar en otros detalles que dan contenido y concreción a esta teoría de Marx, lo primero que hay que dejar claro es que la teoría del valor que defienden Dieterich y la escuela de Bremen (a quienes a partir de ahora llamaremos, para mayor comodidad, DEB) no tiene nada que ver, a pesar de las apariencias, con la teoría de Marx9. A esta nueva teoría de estos autores nos referiremos en este trabajo como “Teoría bremeniana del valor” (TBV), por oposición a la teoría laboral del valor de Marx. Y ello es así por mucho que la apariencia sea otra y que en sus libros estos autores hablen de valores, trabajo, precios, mercados… y el resto de categorías que también se encuentran en Marx; y por mucho que citen y se refieran a este autor, cuyas citas entremezclan continuamente con sus escritos10. Veamos a continuación por qué.
1. Para Marx, el precio depende y es expresión de la cantidad de trabajo total empleado en la reproducción normal de la mercancía, mientras que para DEB el precio depende de un montón de cosas distintas con las que se podría construir, no una, sino varias teorías del valor diferentes, al menos 4. En los escritos de DEB se pueden encontrar, en medio de una confusión general, cuatro elementos o factores que en su opinión contribuyen a determinar el nivel del precio de mercado, de forma que según pongan más énfasis en uno u otro de esos elementos podemos apreciar los indicios de 4 teorías o semi-teorías diferentes. Esos elementos son, por increíble que parezca, los siguientes: 1) la cantidad de trabajo (que es el elemento único que aparece en la TLV); 2) los costes monetarios11, entendidos como algo diferente de lo anterior, y en cuya determinación interviene a su vez un batiburrillo de factores, entre los que el papel central se concede al juego de la oferta y la demanda, por una parte, y por la otra, y en especial, a la concepción subjetiva12 del valor típica de la teoría de la utilidad marginal; 3) en tercer lugar, la estructura del mercado prevaleciente, en especial si predomina el monopolio o no; 4) y, por último, el poder político o poder genérico que opera y domina sobre los mercados.13
2. Para Marx, el valor de una mercancía, en una sociedad capitalista desarrollada, se tiene que expresar necesariamente en dinero. Por eso afirma que el precio no es sino “otro nombre del valor”. Más en detalle, afirma que el valor (su sustancia) se manifiesta en un “valor de cambio”, cuya forma más desarrollada es la monetaria, y eso es el precio. En cambio, la teoría bremeniana contrapone valor y precio como si fueran los dos términos polares de una relación antagónica, y ello no sólo es así dentro del capitalismo sino que aparece la misma idea cuando ellos comparan entre sí el capitalismo y el socialismo.14 Según estos autores, no sólo se trataría de magnitudes distintas, sino de fenómenos explicables por causas y mecanismos diferentes, y de realidades cargadas de contenidos normativos y éticos completamente contrapuestos. Dejando el aspecto cuantitativo para el punto siguiente, digamos que estos autores distinguen la naturaleza del precio de la del valor (que ellos llaman “valor objetivo”) argumentando que el valor sería supuestamente producto sólo del trabajo y existiría sólo en el socialismo, mientras que el precio, que es típico del capitalismo, es determinado por los 4 factores señalados más arriba. Por su parte, la comparación moral queda evidenciada en la afirmación de que “la genealogía del precio nos indica que es el hijo espurio del costo y del poder, que nada tiene que ver con el heraldo de la justicia, el valor” (Dieterich, 2001, p. 7; cursivas añadidas: DG).
El aspecto cuantitativo de la relación entre valor y precio lo explica Marx, en el libro III de El capital, en relación con lo que llama la “transformación”15 de los valores en precios de producción. En Marx esa transformación es puramente cuantitativa pero no cualitativa, al contrario de lo que ocurre con DEB, para quienes es ambas cosas a la vez. Para Marx, la cantidad que se modifica es la de las unidades monetarias que en principio expresan el valor como una magnitud proporcional a la cantidad de horas trabajadas –que la literatura especializada suele llamar “precios directos” o “precios simples”– y se convierte, después de “transformada”, en una magnitud distinta que se suele llamar “precio de producción”. Aparte de que este último concepto ni siquiera aparece en la obra de la escuela bremeniana, donde se confunde el precio de producción con el precio efectivo de mercado16, lo importante es que DEB parece olvidar que se trata en ambos casos de precios monetarios, y además de precios igualmente capitalistas y, por tanto, idénticamente buenos, malos o neutros en términos de la valoración ética que nos puedan merecer.
3. ¿Por qué debe un teórico del valor “transformar” un precio directo de 85 bolívares, o euros, en un precio de producción de 82 o 91 o lo que sea, también en bolívares o euros? Porque ambos son categorías teóricas que le permiten ir avanzando en la comprensión y/o explicación de los precios reales y efectivos. Y ese paso es necesario, debido a que hay que dar cuenta del fenómeno de la competencia entre los distintos capitales individuales que se enfrentan en la economía capitalista. Necesitamos dos precios distintos porque el primero se corresponde con el capital unido y enfrentado al trabajo, y el segundo se corresponde con el capital dividido y enfrentado a sí mismo, compitiendo cada unidad con las demás.
Lo que Marx explica en El capital es precisamente que, a pesar de la apariencia en contra, el análisis basado en la TLV permite descubrir la realidad que hay debajo. Y esta es que ambos precios teóricos son expresiones de la cantidad de trabajo que la sociedad necesita para reproducir las diversas mercancías. La suma de los precios de producción del conjunto de mercancías producidas coincide con las suma de los precios directos de ese mismo conjunto. Y no puede ser de otra manera porque de lo que se trata es de entender una misma realidad desde dos puntos de vista distintos, el capital frente al trabajo o el capital frente a sí mismo. Lo que exige este último, es decir, la competencia, es una mera redistribución cuantitativa de la plusvalía o plusvalor generado en la producción (trabajo frente a capital).
Pero las formas cuantitativas de esa redistribución no son arbitrarias sino que están perfectamente explicadas por la TLV (a la vez que absolutamente desconocidas para la TBV): la creación de plusvalor depende de la magnitud del capital variable adelantado, pero la competencia hace que su expresión monetaria deba corresponder al capital total adelantado (tanto si es variable, v, que es el que permite crear valor nuevo, como si es constante, c, que no crea valor nuevo alguno). Por consiguiente, si para producir diversas mercancías se usan técnicas de producción diversas, que en cada rama de la producción exigen una proporción diferente entre las sumas de c y v, los precios que incluyen el plusvalor directo creado (extraído por el capital al o frente al trabajo) no pueden coincidir con los que incluyen el plusvalor redistribuido y apropiado (en la lucha entre cada capital y los demás), que se distribuye de otra manera para que la ganancia final pueda ser proporcional al capital invertido, generando una rentabilidad normal que es la que sirve de referencia a quienes participan en la competencia capitalista.17
4. En cuanto a las aplicaciones posibles de la teoría del valor o de los precios capitalistas a la sociedad postcapitalista, también aquí las diferencias que separan a la TBV de la TLV son enormes. La TBV imagina que el precio corresponde al capitalismo y el valor corresponde al socialismo. Nada de eso ocurre en el pensamiento de Marx, para quien las relaciones de valor y precio sólo se dan en el capitalismo, de forma que lo que los marxistas debaten en este terreno específico es por qué cosa, por qué tipo de nuevas relaciones sociales más concretamente, es por lo que se sustituyen los valores y precios capitalistas en una sociedad distinta que ha superado ya esas relaciones capitalistas.18
I. B. Mercado y socialismo: TLV vs. TBV.
La mayoría de los autores marxistas han defendido siempre que el paso del capitalismo al socialismo (o, como diría Marx, al comunismo o sociedad de los “productores libres asociados”19) supone la desaparición de las relaciones mercantiles –el “mercado”– y monetarias –el dinero–, y su sustitución por algún tipo de relaciones no mercantiles20. Se admite que ciertas relaciones mercantiles puedan sobrevivir en un “periodo de transición”, incluso el dinero, pero se defiende la idea de que las relaciones de valor que expresa el mercado capitalista desaparecerán con la propia sociedad capitalista y serán sustituidas por un tipo nuevo de relaciones económicas y sociales que vendrán definidas en buena medida por:1) un papel acrecentado del valor de uso (en su calidad de categoría contrapuesta al valor); y 2) un mayor recurso a la dirección centralizada y consciente de los mecanismos económicos por la vía de la planificación.
Pero algunos autores marxistas, una minoría, y también no marxistas partidarios de algún tipo de economía socialista, han defendido en cambio la supervivencia del mercado y son conocidos por ello como “socialistas de mercado”21. No podemos entrar aquí a repasar la historia de los largos e intensos debates sobre esta cuestión del “socialismo de mercado”, debates que en parte se han dado en el terreno teórico y en buena medida se han producido también en el seno de experiencias históricas concretas, la mayoría dramáticas, donde la realidad enriquece siempre y aumenta el número y magnitud de los problemas considerados en cualquier discusión teórica. Pero sí tenemos que ocuparnos de la esencia que contienen esas tres categorías fundamentales que son el valor de uso, la planificación y el mercado.
En nuestra opinión, lo que se mantiene y se debe mantener en la fase C-I no es el mercado sino una forma descentralizada de gestión de la demanda y de la planificación, que no es sino un “sistema de decisión descentralizada” que debe ser compatible con el sistema de decisión centralizada en que consiste la clásica planificación. Pero como son evidentes los parecidos entre esa descentralización y el mercado, algo que de entrada no es fácil de aceptar por los marxistas mayoritarios, hay que explicar por qué razón lo que proponemos no es encontrar un nombre con el fin de disfrazar una oculta defensa del mercado. Parte de los malentendidos a este respecto surgen de que históricamente hablando, tanto la descentralización como el mercado surgieron en el capitalismo, o mejor dicho: la descentralización, ligada en realidad a la especialización del trabajo y al desarrollo de las fuerzas productivas, surgió precisamente bajo la forma (social) particular de “mercado”. La posibilidad de superar esta forma, a la vez conservando la descentralización, requiere en primer lugar la comprensión plena de la auténtica relación que existe entre ambas.
Sin embargo, antes de entrar en materia a partir de la sección siguiente, abordemos la contraposición entre este sorprendente “comunismo de mercado” (como quizás alguno quiera bautizarlo) y la posición de Dieterich y su escuela, que más bien parecen rechazar el papel del mercado en su “socialismo del siglo XXI”. En realidad, la posición de DEB tampoco es clara en este punto. Según su respuesta a la pregunta “¿Qué papel tiene el mercado?” en la nueva sociedad, podría parecer que, para Arno Peters, “en la economía equivalente ya no habrá ningún mercado” porque, entre otras cosas, “el precio no resultará de la oferta y la demanda, sino del valor de los bienes producidos y del salario”22. Sin embargo, Dieterich admite otra forma de mercado: “solo en la economía de equivalencias bajo control democrático, puede el mercado recuperar su carácter de foro de intercambios equivalentes. Sin embargo, tal situación presupone el establecimiento de la nueva sociedad socialista.” (2003, p. 9; cursivas añadidas: DG). La verdad es que, aunque un “foro de intercambios equivalentes”23 no sonara a mercado, habría que decir que, al menos desde el punto de vista de la TLV, lo recuerda bastante.
¿Cabe perfilar un poco más? En su libro, Dieterich cita muy extensamente a Peters, de quien se deshace en elogios y a quien admira profundamente. Pero las citas a Peters en el libro de Dieterich resultan bastante confusas, como por ejemplo la nueva respuesta del primero a otra pregunta similar a la anterior: “¿Con su propuesta se eliminarían las relaciones mercantiles? ¿O el producto seguiría siendo mercancía?”. Respuesta: “‘Mercancías’ son bienes destinados a la venta, quiere decir que llegaron al mundo con el surgimiento del comercio, y que desaparecerán con su fin (fin de la economía de mercado). Entonces (en la economía equivalente), los bienes sólo se producirán para cubrir las necesidades, y serán consumidos por el productor, o se canjearán al mismo valor (base de la distribución en la economía equivalente).” (Citado en Dieterich 2001, p. 43; cursivas añadidas: DG).
Por una parte, este “canje” del que habla Peters recuerda mucho al citado “foro de intercambios equivalentes” de Dieterich, y en ambos tiene claras resonancias el más familiar concepto de “trueque”. Está claro que este, por definición, no es un mercado monetario, pero parece difícil dudar del contenido mercantil de ese canje o trueque. Por otra parte, lo que es evidente también es que la forma de trueque aparece históricamente en, y parece corresponder con, una fase anterior en la evolución de la sociedad humana. Y esto no puede olvidarse en la actualidad, por la trascendencia política inmediata que puede tener en América Latina, y en especial en Venezuela, una posible política económica que pretendiendo apuntar al futuro en realidad se oriente al pasado.24
Por otra parte, sabido es que Dieterich distingue entre el socialismo histórico, o “socialismo real”, y su ideal socialista25, lo cual le lleva a distinguir entre dos tipos de mercado en las sociedades pre-socialistas. En Dieterich (2007a, p. 178) la economía de mercado dominante pasa a ser la “economía de mercado crematística”, y el calificativo de “economía de mercado no-crematística” (ibid., 187) parece reservarse para economías como la cubana, de la que afirma que no es una auténtica economía socialista.26
Ambas cosas –la idea del canje y la caracterización del socialismo real– aclaran algo la cuestión, pues parece que lo que el llamado Nuevo Proyecto Histórico27 de esta escuela (o “Socialismo del siglo XXI”28) desea superar no es tanto el mercado en sí como la crematística, es decir, la falta de democracia capitalista, que se basa en el principio plutocrático. Y es evidente que esa conclusión final tiene un parecido real con la posición que defendemos en este artículo. Y es que, para disolver la paradoja presentada al principio, creemos que lo esencial es comprender que entre “mercado” y “decisión descentralizada” existe el mismo tipo de relación que entre “capital” y “medios de producción”, o entre “esclavo” y “negro” (en el conocido ejemplo de El capital), o entre “capitalista” y “empresario”... Un medio de producción que sobreviva al capitalismo dejará de ser capital porque las relaciones capitalistas a las que estaba sometido antes habrán desaparecido ya. Un negro es sólo un esclavo en ciertos contextos sociales, pero fuera de ellos es simplemente un negro. Un empresario es algo que existirá allí donde haya empresas, sean estas capitalistas o no, pero sólo en nuestro régimen actual “empresario” puede querer decir lo mismo que “capitalista”29.

II. MERCADOS Y PLAN. DISTRIBUCIÓN DE LA RENTA, DEMANDA AGREGADA Y OFERTA AGREGADA EN LA SOCIEDAD COMUNISTA.
En una sección posterior desarrollaremos con detalle cómo es el mecanismo de funcionamiento de esta especie de “mercado” que en nuestra opinión debería mantenerse en la sociedad comunista. Pero antes de formalizar ese punto, ¿qué puede decirse de la relación entre el par “mercado-valor”, por una parte, y el par “plan-valor de uso” por otra parte, en una economía postcapitalista y democrática, es decir, en una economía más avanzada que la capitalista y donde los trabajadores, que serán ahora todos los miembros de la población activa, regirán democráticamente las empresas?
En primer lugar, debe quedar claro que son las mismas clases de personas y los mismos intereses esenciales los que estarán representados tanto en la gestión de las empresas como en la gestión del Plan. Extrañamente, muchos analistas suelen tender a pensar de manera distinta y creen que, mientras los planificadores pueden servir efectivamente los intereses del pueblo, las empresas están condenadas a seguir ligadas a oscuros intereses capitalistas y no democráticos. Pero esto es un error. Recuérdese que no estamos hablando aquí del “parto” social del que surge la sociedad C-I, sino de la organización de la propia C-I, ella misma una sociedad de transición hacia el auténtico comunismo. Eso quiere decir que el presupuesto necesario de nuestro análisis es que ya no hay capitalistas ni terratenientes ni privilegiados que estén liberados o exentos de contribuir al trabajo social por razones de clase, posición económica o cualquier otra.
Además, todos tendrán derecho a la misma capacidad de “compra”, o mejor de consumo, en términos cuantitativos, aunque cada uno podrá desde luego orientar esa capacidad en dirección a uno u otro tipo de bienes y servicios. Pero esa parte descentralizada, familiar y “privada” del consumo social es sólo una fracción del producto total, la que restará después de detraer una primera fracción que se define previamente en forma centralizada y planificada: la parte del producto social que debe consumirse en forma colectiva o bien usarse para garantizar la reproducción y, en su caso, el crecimiento económico. Aclaremos esta distinción entre consumo privado y consumo público.
En otro lugar (Guerrero, 2004a) hemos defendido el uso de una “tarjeta”, similar a las de crédito actuales, como el medio adecuado para instrumentar el consumo democrático de la población. Técnicamente, no existe dificultad real para poner en marcha el uso universal de estas tarjetas, dado que ya hoy la sociedad cuenta con el nivel técnico necesario para dotar a cada uno de los 7.000 millones de personas que poblarán el mundo muy pronto de una tarjeta personal informática donde esté contabilizada la capacidad de compra idéntica que le corresponde a cada uno por periodo de tiempo, así como el uso que se va haciendo de la misma hasta completar su saldo. No habrá ya razones para derrochar ni estímulos para endeudarse desenfrenadamente –aunque sí habrá espacio para las “compras” a plazo, incluidos el piso, el coche o los electrodomésticos en su caso– ni muchos de los otros rasgos de comportamiento típicos del consumidor capitalista. Simplemente, cada persona tendrá constancia de su capacidad de compra y un instrumento propio para administrar su presupuesto. A su vez, el resto de la sociedad dispondrá así de un mecanismo para controlar que ninguna persona caiga en la tentación de posibles comportamientos antisociales, al menos por la vía del consumo desigual.
Mediante el uso de los precios contables a los que nos referiremos en la sección III, que serán usados en la práctica por parte de todos los agentes económicos de la nueva sociedad –empresas, consumidores y planificadores–, la eficiencia puede estar garantizada. Más tarde se explica ese mecanismo de eficiencia en el terreno de la producción, pero en el del consumo digamos que, una vez que esté adecuadamente determinado el “precio” de cada bien y servicio, el consumidor sabrá definir sus cantidades, es decir, cómo va a distribuir su presupuesto entre los diferentes bienes y servicios, sabiendo que cada uso que haga de él implica renunciar a posibles usos alternativos. Los costes de oportunidad, algo que está inscrito en la propia naturaleza de las cosas, seguirán existiendo, claro está, en la sociedad comunista, al menos en la fase C-I que estamos investigando, puesto que en ella continúa el dominio de la “necesidad” frente a una futura sociedad C-II que pueda ya basarse en la libertad y la abundancia.
En cuanto al consumo colectivo (educación, sanidad, transportes, vivienda y potencialmente diversas cosas más…), será decidido “políticamente”, por medio de algún tipo nuevo de organización representativa, y es obvio que en esta podrán tener participación órganos de diferente nivel territorial: estatal –porque el Estado seguirá existiendo, así como la política misma, hasta que no se alcance el nivel correspondiente a C-II–, regional, local… y –esto lo trataremos más tarde– también internacional.
Por su parte, el volumen total de la inversión (que en el capitalismo adoptaba la forma de acumulación de capital) será determinada centralmente en parte –en forma de una “tasa de acumulación” social que haga posible la reproducción simple y, en su caso, ampliada de la base económica– y en parte también con la ayuda de las decisiones descentralizadas que veremos. Volveremos más tarde a ello, pero adelantemos que eso significa, en primer lugar, que los fondos o recursos totales disponibles para este fin no quedan al arbitrio de las empresas. Pero, en segundo lugar, que, una vez definidos centralmente esos totales –previamente desdoblados y desagregados hasta convertirse en un sistema de topes diversos, establecidos con carácter geográfico, sectorial u otros–, su reparto entre las empresas individuales dependerá de la decisión individual de todas y cada una de ellas, por una parte30, y de la instrumentación de este apartado del plan por parte del banco centralizado que debe controlar su asignación. Más adelante, al analizar el papel de la demanda, volveremos a este punto esencial.
Pero si estamos hablando ya del consumo público y privado, la inversión, etc., podemos preguntarnos ahora si conviene que hagamos un análisis general de la nueva economía siguiendo el esquema expositivo usado por organismos económicos de hoy en día, como son los institutos nacionales de estadística, los bancos centrales y diversos organismos internacionales, que sistematizan el estudio de una economía siguiendo un criterio universal de división en tres partes: Oferta, Demanda y Distribución de la renta. A nuestro juicio, podemos y debemos seguir este procedimiento, pero lo haremos invirtiendo el orden habitual. Se trata de una manera, no sólo de ordenar la exposición, sino además de empezar a desarrollar el necesario análisis comparativo entre la sociedad capitalista y la postcapitalista, o comunista, puesto que una comprensión de las diferencias básicas que resultan de dicha comparación es uno de los bagajes más importantes que debe conocer cualquier ciudadano interesado en la superación efectiva del capitalismo, al menos si quiere contribuir a la construcción social positiva sabiendo hacia dónde se dirigen sus esfuerzos y los de sus iguales, en vez de hacerlo a ciegas.
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