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Humor cósmico Joe Haldeman (Re) Título original: cosmic laughter edición en lengua original


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Humor cósmico

Joe Haldeman (Re)

Título original: COSMIC LAUGHTER


Edición en lengua original:

© Joe Haldeman – 1974

© M.ª T. Segur – 1977
Traducción

© Jorge Sánchez – 1977
Diseño y realización de la cubierta

La presente edición es propiedad de EDITORIAL BRUGUERA, S. A. Mora la Nueva, 2. Barcelona (España)


1ª edición: abril. 1977

Impreso en España Printed in Spain

ISBN 84-02-05111-1

Depósito legal: B. 1l.932 - 1977

Impreso en los Talleres Gráficos de EDITORIAL BRUGUERA, S. A. Carretera Nacional 152, Km 21,650

Parets del Vallès - Barcelona – 1977

Escaneado y corregido por: Jota

Índice

Un ligero error de cálculo, por Ben Bova

¡Es un pájaro, por es un avión!, por Norman Spinrad

Los robots están aquí, por Terry Carr

/ de Newton, por Joe Haldeman



Los hombres que asesinaron a Mahoma, por Alfred Bester

Servir al hombre, por Damon Knight

Una bomba en la bañera, por Thomas N. Scortia

El hechicero negro del castillo negro, por Andrew J. Black Offutt

Gallegher Plus, por Henry Kuttner

Introducción

Gran parte de la ciencia ficción es terriblemente seria. Los autores urden historias para advertirnos de que «nos estamos agotando». Inventan nuevos universos y nuevas razas de hombres, como marcos y protagonistas de vastos dramas. Con todo el Universo, pasado, presente y futuro, como escenario, no es de extrañar que el pincel sea grueso y las pinceladas audaces.

La ciencia ficción hace mucho ruido; el zumbido de las pistolas lanzarrayos, el choque de los planetas, el rugido de las metáforas cósmicas. Pero si escuchamos atentamente, oiremos una risita ocasional, alguna carcajada, incluso, y más allá —a cuatro años luz al sudeste de Alfa del Centauroun coro de estridentes risas. Porque también existe una ciencia ficción para divertirse.

Lo único que todos los relatos siguientes tienen en común es que me han hecho reír. Por lo demás, son muy diferentes. Encontramos constantes y burlonas extravagancias en las fabulosas máquinas de Henry Kuttner, pero también un relato de Damon Knight que parece muy sensato y serio... hasta la última línea. Tenemos el más negro de los humores negros y algunas frivolidades puramente divertidas. Ambas cosas en el mismo relato, escrito por una extraña persona con el nombre en minúscula, llamada andy offutt.

Están ustedes a punto de conocer a personas tan inverosímiles como Caedman Wickes (investigador privado, especialista en denuncias singulares), un ejército de Clark Kents, y Félix Funck, supersiquiatra. Naturalmente, hay unos cuantos sabios distraídos, e incluso uno que se desvanece gradualmente.

Y las máquinas: un enorme aparato aparentemente construido con la única finalidad de comer tierra mientras canta «St. James Infirmary», una pelota de hojalata con todo el encanto .del Viejo Mundo, un robot transparente enamorado de sus propias vísceras, y una ególatra bomba H que habla y tiene un ojo azul.

Pero no todo es frivolidad y ligereza, ¡oh, no! Estos relatos versan sobre temas tan enormemente serios como terremotos catastróficos, un mundo, que se ha vuelto loco, canibalismo, la invasión de las arañas, un dispositivo ideado para hacer estallar todo el Universo en calidad de, uh, terapia,

Los temas, al menos, son serios

Joe Haldeman



A mi padre y a mí madre

UN LIGERO ERROR DE CALCULO

BEN BOVA

Nathan French era un matemático puro. Trabajaba para un laboratorio de investigación situado en la cumbre de una colina que dominaba la costa del Pacífico, pero su despacho no tenía ventanas. Cuando su laboratorio obtenía sus ingresos por una investigación sobre bombas nucleares, Nathan se dedicó a hacer ecuaciones para colocar a hombres en la Luna con un mínimo de consumo de combustible. Cuando su laboratorio obtuvo un importante contrato para realizar el proyecto de un vuelo lunar, Nathan empezó a preocuparse acerca de la polución atmosférica.

Nathan no tenía mucho aspecto de matemático. Era alto y delgado, le gustaba jugar a balonmano, hablaba con un ligero ceceo cuando se excitaba, y tenía una cara que recordaba claramente a un caballo. Esto le ayudaba a mantenerse puro en otras cosas que no eran las matemáticas. Lo único que permitía deducir su clase de trabajo era que, últimamente, había empezado a bizquear bastante. Pero no parecía nada nervioso ni impresionable, y aún sonreía a menudo, mostrando sus grandes dientes de caballo.
Cuando el laboratorio obtuvo su primer contrato (del estado de California) para estudiar la polución atmosférica, los puros pensamientos de Nathan se volvieron —naturalmente— en otra dirección.

—Creo que es posible encontrar un método para predecir los terremotos —dijo Nathan al jefe del laboratorio, el viejo y bondadoso doctor Moneygrinder.

Moneygrinder miró fijamente a Nathan por encima de sus bifocales

—Muy bien, Nathan, hijo mío —dijo con entusiasmo—. Adelante; puedes intentarlo. Ya sabes que siempre me ha interesado el progreso del hombre en la comprensión de su universo.

Cuando Nathan hubo salido del suntuoso despacho del jefe, Moneygrinder alzó su panzudo cuerpecito del cómodo sillón donde estaba aposentado y se acercó a la ventana. Su despacho tenía dos ventanas: una de ellas dominaba una hermosa vista del Pacífico; la otra daba al aparcamiento, para que el jefe pudiera comprobar quién llegaba a trabajar y a qué hora.

Y detrás de ese aparcamiento, que estaba medianamente lleno de coches pasados de moda (los negocios no iban bien desde hacía varios años), entre los eucaliptos y la refrescante hierba, había una pequeña elevación de terreno notablemente recta, de una altura no superior a un metro veinte. Se extendía como un alargado escalón por detrás de toda la fachada del laboratorio, hasta más allá de la iglesia de estuco rosa abandonada en la cresta de la colina. Una pequeña elevación de tierra cubierta de hierba que era denominada la Falla de San Andreas.

Moneygrinder contemplaba a menudo la falla desde su ventana, repitiendo mentalmente lo que debía hacer cuando la tierra empezara a temblar. No era miedo, sólo prudencia. Una vez había habido un temblor mientras celebraban una reunión con el personal. Moneygrinder había saltado por la ventana, atravesado el aparcamiento, y alcanzado el otro lado de la falla (el lado oriental, o «seguro») antes de que hombres mucho más jóvenes que él se hubieran levantado de la silla. El personal habló durante meses de la asombrosa agilidad del rechoncho hombrecillo.

Justo un año después, el aparcamiento estaba ligeramente más lleno, y algunos de los coches eran nuevos. El tema de la polución empezaba a interesar, desde el desastroso smog de San Clemente. Y el laboratorio también había logrado conseguir unos cuantos contratos de las Fuerzas Aéreas... por una cantidad de dinero seis veces mayor que la obtenida por el trabajo sobre la polución.

Moneygrinder estaba recostado en el cómodo sillón de su despacho, intentando parecer interesado y reservado al mismo tiempo, cosa muy difícil de lograr, pues nunca podía seguir a Nathan cuando el matemático intentaba explicarle su trabajo.

—Azi que ez una zimple cueztión de tranzponer la progrezión —ceceaba Nathan, hablando demasiado de prisa porque estaba excitado, mientras garabateaba ecuaciones en la pizarra de color fucsia con chirriantes trazos de tiza amarilla.

—¿Lo ve? —dijo Nathan al fin, colocándose junto a la pizarra. Esta se encontraba totalmente cubierta con sus números y símbolos casi ilegibles. Una nube de polvo amarillo flotaba a su alrededor.

—Hum... —dijo Moneygrinder—. De modo que tu conclusión...

—Eztá perfectamente clara —dijo Nathan—. Zi ze tiene una aceptable baze de datoz, no zólo ez pozible predecir cuándo y dónde ze producirá un terremoto, zino también cuál zerá su intenzidad.

Moneygrinder entrecerró los ojos.

—¿Estás seguro?

—He repazado la teoría con los geofízicos de la Ezcuela Tecnológica de California y eztán de acuerdo conmigo.

—Hum. —Moneygrinder tabaleó sobre la superficie de la mesa con sus dedos gordezuelos—. Ya

sé que esto se aparta un poco de la cuestión, Nathan, pero... ah, ¿puedes realmente predecir los terremotos? ¿O no es más que teoría?

—Claro que puedo predecir loz terremotoz —dijo Nathan, sonriendo como la mula Francis—; como el del próximo juevez.

—¿El del próximo jueves?

—Zí. Habra un gran terremoto el próximo juevez.

—¿Dónde?


—Aquí mizmo. A lo largo de la falla.

—¡No!


Nathan lanzó distraídamente al aire un trozo de tiza, pero no pudo volver a cogerla, y cayó sobre la moqueta.

Moneygrinder, ligeramente más pálido que la tiza, preguntó:

—¿Has dicho un gran terremoto?

—Uh-huh.


—¿Es que..., es que los de la Escuela Tecnológica han hecho la predicción?

—No, fui yo. Ellos no eztán de acuerdo. Dicen que tengo un factor gamma invertido en la decimocuarta serie de ecuaciones. La computadora lo está comprobando en este momento.

Algo de color volvió a las fláccidas mejillas de Moneygrinder.

—Oh..., oh, comprendo. Bueno, notifícame el resultado de la computadora.

—Desde luego.

A la mañana siguiente, mientras Moneygrinder contemplaba la llegada de los coches a través de los visillos que cubrían la ventana de su despacho, sonó el teléfono. Sabía que su secretaria había trasnochado y que aún no había llegado. Frunciendo el ceño, Moneygrinder se aproximó a la mesa y contestó personalmente el teléfono.

Era Nathan.

—La computadora está de acuerdo con los muchachos de la Escuela Tecnológica, pero yo creo que la programación no es correcta. No se puede confiar ciegamente en las computadoras; no son mejores que las personas encargadas de ellas.

—Comprendo —repuso Moneygrinder—. Bueno, sigue adelante con las comprobaciones. Sonrió con ironía al colgar el aparato. ¡El bueno de Nathan! Inmejorable como teórico, pero inútil en el mundo real.

Sin embargo, cuando su secretaria apareció y le trajo su café y pastilla matinales y le mordisqueó la oreja, comentó pensativamente:

—Quizá debiera hablar con esos banqueros de Nueva York.

—Pero si dijiste que no necesitarías su dinero ahora que este asunto está cobrando interés —ronroneó ella.

El asintió blandamente.

—Sí, pero de todos modos... arréglame una entrevista con ellos para el próximo jueves. Me iré el miércoles por la tarde y me quedaré el fin de semana en Nueva York. Ella le miró fijamente. —Pero tú me dijiste que iríamos.,. —Ya lo sé, ya lo sé..., pero los negocios van primero. Puedes coger el avión de la noche del viernes y esperarme en el hotel. Sonriendo, ella contestó; —Sí, cariño.


Matt Climber acababa de llegar de un almuerzo en el Pentágono cuando recibió la llamada telefónica de Nathan.

Climber había trabajado para Nathan hacía varios años. Empezó como programador de computadoras, ayudante de Nathan. Al cabo de dos años se había convertido en jefe de sección, y supervisor directo de Nathan. (Sólo nominalmente. Nadie podía mandar a Nathan; él trabajaba independientemente.) Cuando Moneygrinder se dio cuenta de que Climber aspiraba a ocupar su propio puesto, el jefe del laboratorio proporcionó a su joven ayudante un empleo administrativo en Washington. Una buena experiencia para un ejecutivo que promete.

—Hola, Nathan, ¿cómo va el trabajo de investigación? —dijo Climber mientras consultaba su agenda de entrevistas. Tenía dos conferencias y dos reuniones de personal aquella misma tarde. —Espera, espera, no tan de prisa —dijo Climber, con acento amistoso, pero expresión sombría—. Ya sabes que nadie puede entenderte cuando hablas a esta velocidad.

Treinta minutos más tarde, Climber estaba retrepado en su sillón, con los pies encima de la mesa, la corbata floja, el cuello de la camisa abierto y las dos primeras reuniones de su lista tachadas.

—A ver si lo he entendido bien, Nathan —dijo, asiendo el receptor con fuerza—. Predices un gran terremoto a lo largo de la falla de San Andreas para el próximo jueves por la tarde a las dos y media, hora del Pacífico. Pero los de la Escuela Tecnológica y tu propia computadora no están de acuerdo contigo.

Al cabo de otros diez minutos, Climber dijo:

—Sí, sí..., claro que me acuerdo de que a veces nos equivocábamos en la programación. Pero tú también cometías errores. Está bien, está bien..., te diré lo que vamos a hacer, Nathan; sigue verificando las cifras. Si llegas a la conclusión de que la computadora está equivocada y tú no, llámame inmediatamente. Me pondré en contacto con el mismo presidente, si es necesario. ¿De acuerdo? Estupendo. No dejes de telefonearme.

Colgó bruscamente el auricular y puso los pies en el suelo, con la misma expresión de inquietud.



El viejo ha perdido un tornillo, se dijo Climber. El próximo jueves. ¡Ja! El próximo jueves. Hummm...

Hojeó apresuradamente la agenda. Tenía una reunión con los de la Boeing el jueves siguiente.



Si hay un gran terremoto, toda la maldita costa occidental se hundirá en el Pacífico. Vamos a ver..., no seas tonto. Nathan está loco, eso es todo. Sin embargo..., no sé si la falla llega tan al norte.

Se inclinó sobre la mesa y apretó el botón del interfono.

—¿Sí, señor Climber? —contestó la voz de su secretaria.

—Esa conferencia con los de la Boeing sobre transportes de estratorreactor hipersónico del próximo jueves —empezó Climber, titubeando un momento. Pero, con total decisión, ordenó—: Cancélela.


Nathan French no era aficionado a la bebida, pero el martes de la siguiente semana fue directamente del laboratorio a un pequeño bar que estaba asentado sobre un saliente rocoso que dominaba el océano.

Estaba extrañamente desierto aquel martes por la tarde; de modo que Nathan acaparó la completa atención del preocupado camarero y la prostituta recién pintada que trabajaba durante aquel primer turno con un vestido de cóctel exageradamente corto y rociada de penetrante perfume.

—Vaya desastre, el negocio nunca había ido tan mal como ayer y hoy —gruñó el camarero. Se agitaba de un lado a otro de la barra, sin nada que hacer. El único vaso sucio de todo el establecimiento era el de Nathan, y él lo tenía agarrado porque le gustaba masticar los cubos de hielo.

—Sí —convino la chica—. A este paso, volveré a ser virgen a final de semana.

Nathan no dijo nada. Tenía la boca llena de cubos de hielo, que masticaba con distraída cacofonía. Seguía intentando descubrir por qué él y la computadora no coincidían acerca de la decimocuarta serie de ecuaciones. Todo lo demás encajaba a la perfección: la hora, el lugar, la intensidad según la escala de Richter. Pero el vector, el valor direccional..., alguien seguía interpretando mal sus instrucciones para la programación. Era la única explicación posible.

—La bolsa de valores está por los suelos —dijo tétricamente el camarero—. Mi agente dice que la Boeing va a poner de patitas en la calle a la mitad del personal. El transporte estratorreactor que iban a construir está paralizado. Y el laboratorio de la colina pasará a manos de algunos bancos de la Costa Este. —Meneó la cabeza lentamente.

La muchacha, sentada junto a Nathan con los codos sobre la barra y el sostén relleno de goma espuma claramente perfilado, le sonrió y le dijo:

—Oye, ¿qué te parece si..., muchacho? Sólo para que no me olvide de cómo hacerlo, ¿eh?

Con un último mordisco al último cubo de hielo, Nathan dijo:

—Oh, discúlpeme, tengo que verificar el programa de la computadora.


Por la mañana del jueves, Nathan estaba verdaderamente preocupado. No sólo la computadora seguía insistiendo en que él se había equivocado en la ecuación decimocuarta, sino que ninguno de los programadores se había presentado a trabajar. Evidentemente, uno de ellos —quizá todos ellos— había saboteado su programa. Pero ¿por qué?

Recorrió a grandes zancadas todos los pasillos del laboratorio en busca de algún programador, cualquiera..., pero el laboratorio estaba prácticamente vacío. Sólo un puñado de personas había acudido a trabajar, y tras una hora aproximada de conversaciones a media voz en la cafetería, empezaron a desfilar hacia el aparcamiento, donde subieron a sus coches y se alejaron.

Dio la casualidad de que Nathan iba por un pasillo cuando uno de los físicos investigadores—uno nuevo, perteneciente a un departamento con el que Nathan nunca trataba— chocó con él.

—Oh, perdone —dijo apresuradamente el físico, haciendo ademán de dirigirse a la puerta que había al final del corredor.

—Espere un momento —dijo Nathan, asiéndole por un brazo—. ¿Sabe programar una computadora?

—Uh, no, no sé.

—¿Dónde se ha metido hoy la gente? —se preguntó Nathan en voz alta, sin soltar el brazo del hombre—. ¿Es que es una fiesta nacional?

—Pero, hombre, ¿no se ha enterado? —preguntó el físico, con ojos saltones—. Habrá un terremoto esta misma tarde. ¡Todo el estado de California se hundirá en el mar!

—Ah, es eso.

Desasiéndose, el físico siguió pasillo abajo. Al llegar a la puerta, gritó por encima del hombro:

—¡Salga de aquí ahora que aún puede! ¡Hacia el este de la falla! ¡Las carreteras se están llenando muy de prisa!

Nathan frunció el ceño.

—Aún queda una hora o más —se dijo—. Y sigo creyendo que la computadora se equivoca. Me pregunto cuáles serían los efectos de la marea en el océano Pacífico si todo el estado se hundiera en el océano.

Nathan no se dio realmente cuenta de que estaba hablando consigo mismo. No había nadie más con quien hablar.

Excepto la computadora.

Estaba sentado en el cuarto de la computadora, absorto todavía en las tercas ecuaciones, cuando empezó el ruido. Al principio fue apenas audible, como un trueno muy distante. Después la habitación empezó a temblar y el ruido aumentó de intensidad.

Nathan consultó su reloj de pulsera: las dos y treinta y dos.

—¡Lo sabía! —dijo alegremente a la computadora—. ¿Lo ves? Apuesto cualquier cosa a que el resto también está correcto; incluyendo la ecuación decimocuarta.

Andar por el pasillo era como ir por el corredor de un barco azotado por la tormenta. El suelo y las paredes se balanceaban violentamente. Nathan consiguió mantenerse en pie, a pesar de algún que otro tropezón.

No se le ocurrió que podía morir hasta que salió al exterior. El cielo estaba oscuro, el suelo se movía, y el ruido le ensordeció. Un fuerte viento levantaba polvo por todas partes, añadiendo su estridente furia al torturado lamento de la tierra.

Nathan no podía ver a un metro y medio por delante de él. Zarandeado por el viento y con los ojos llenos de polvo, no sabía en qué dirección avanzar. Sabía que el otro lado de la falla significaba la salvación, pero ¿dónde estaba?

Entonces se produjo un relámpago bíblico y el último rugido, estridente, chirriante y atronador. Una tremenda onda de choque lanzó al suelo a Nathan, y perdió el conocimiento. Su último pensamiento fue: «Yo tenía razón y la computadora estaba equivocada.»

Cuando se despertó, el sol brillaba débilmente a través de una neblina gris. El viento había amainado. Todo estaba insólitamente silencioso.

Nathan se puso trabajosamente en pie y miró a su alrededor. El edificio del laboratorio aún seguía allí. El estaba en medio del aparcamiento; el único coche a la vista era el suyo, cubierto de polvo.

Más allá del aparcamiento, donde habían estado los eucaliptos, se veía el borde de un acantilado, donde rocas aún humeantes y tierra virgen se derrumbaban hacia el mar espumeante.

Nathan se acercó tambaleándose al borde del acantilado y miró al mar, hacia el este. De algún modo se dio cuenta de que la tierra más cercana era Europa.

—Maldita sea —dijo con desacostumbrada vehemencia—. La computadora tenía razón, después de todo.

¡ES UN PAJARO, ES UN AVIÓN!

NORMAN SPINRAD

El doctor Félix Funck puso torpemente una nueva cinta en la grabadora que tenía escondida en el cajón central de su mesa mientras la voluptuosa señorita Jones introducía a un nuevo paciente. El doctor Funck contempló con anhelo a la señorita Jones, cuya corta bata blanca de enfermera dejaba adivinar su contenido de la manera más efectiva sin revelar ninguno de los detalles más íntimos e interesantes. Si la visión de rayos X fuera realmente posible y no parte del maldito síndrome...

«¡Domínate, Funck, domínate!», se dijo Félix Funck por decimoséptima vez aquel mismo día.

Suspiró, se resignó, y dijo al joven de aspecto serio que la señorita Jones había llevado a su despacho:

—Por favor, siéntese, señor...

—¡Kent, doctor! —repuso el joven, sentándose cuidadosamente en el borde de un sillón demasiado relleno enfrente del escritorio de Funck—. ¡Clark Kent!

El doctor Funck hizo una mueca, y después sonrió débilmente.

—¿Por qué no? —dijo, examinando el aspecto del joven. El joven llevaba un arcaico traje azul cruzado y gafas de montura de acero. Su cabello

era de un azul acerado—. Dígame..., señor Kent, ¿por casualidad sabe dónde se encuentra?

—¡Desde luego, doctor! —repuso vivamente Clark Kent—. ¡Estoy en un gran hospital mental público de la ciudad de Nueva York!

—Muy bien, señor Kent. Y ¿sabe usted por qué está aquí?

—¡Creo que sí, doctor Funck! —contestó Clark Kent—. ¡Sufro de amnesia parcial! ¡No recuerdo cómo ni cuándo vine a Nueva York!

—¿Quiere decir que no recuerda su vida pasada? —preguntó el doctor Félix Funck.

—¡Claro que no, doctor! —dijo Clark Kent—. ¡Me acuerdo de todo hasta hace tres días, cuando me encontré súbitamente en Nueva York! ¡Y me acuerdo de los últimos tres días aquí! ¡Pero no me acuerdo de cómo llegué!

—Así pues, ¿dónde vivía antes de encontrarse en Nueva York, señor Kent?

—¡En Metrópolis! —respondió Clark Kent—. ¡Eso lo recuerdo muy bien! ¡Soy periodista del Daily Planet de Metrópolis! Es decir, ¡lo soy si el señor White no me ha echado por no presentarme en tres días! ¡Debe usted ayudarme, doctor Funck! ¡Tengo que regresar inmediatamente a Metrópolis!

—Bueno, lo único que tiene que hacer es coger el próximo avión —sugirió el doctor Funck.

—¡No parece haber ningún vuelo de Nueva York a Metrópolis! —exclamó Clark Kent—. ¡Tampoco hay autobuses ni trenes! ¡Ni siquiera pude encontrar un ejemplar del Daily Planet en el quiosco de Times Square! ¡Ni siquiera puedo acordarme de dónde está Metrópolis! ¡Es como si alguna fuerza maligna hubiera borrado todo rastro de Metrópolis de la faz de la Tierra! ¡Este es mi problema, doctor Funck! ¡Tengo que regresar a Metrópolis, pero no sé cómo!

—Dígame, señor Kent —dijo lentamente Funck—, ¿por qué es tan imperativo que regrese inmediatamente a Metrópolis?

—Bueno..., uh..., ¡está mi empleo! —repuso Clark Kent con desasosiego—. ¡Perry White debe de estar furioso a estas alturas! ¡Y está mi chica, Lois Lane! ¡Bueno, quizá no lo sea todavía, pero lo será!

El doctor Félix Funck esbozó una sonrisa de conspirador.

—¿No hay alguna razón más apremiante, señor Kent? —preguntó—. ¿Algo que tenga que ver con su identidad secreta?

—¿Identidad secreta? —balbuceó Clark Kent—. ¡No sé de qué está usted hablando, doctor Funck!

—¡Oh, vamos, Clark! —dijo Félix Funck—. Hay mucha gente que tiene identidades secretas. Yo mismo tengo una. Dígame cuál es la suya, y yo le revelaré la mía. Puede confiar en mí, Clark. El juramento de Hipócrates, y todo eso. Su secreto está a salvo conmigo.

¿Secreto? ¿De qué secreto está hablando?

—¡Vamos, vamos, señor Kent! —apremió Funck—. Si quiere que le ayude, tendrá que jugar limpio conmigo. No me creo toda esa palabrería humilde y suave de periodista. Sé quién es usted en realidad, señor Kent.

—¡Soy Clark Kent, periodista humilde y suave del Daily Planet de Metrópolis! —insistió Clark Kent.

El doctor Félix Funck metió la mano en un cajón de la mesa y extrajo un pequeño trozo de roca cubierta con pintura verde.

—¡Usted es, en realidad, Supermán —exclamó—, más rápido que una bala, más fuerte que una locomotora, capaz de saltar altos edificios de un solo brinco! ¿Sabe qué es esto? —chilló, lanzando la roca verde a la cara del desventurado Clark Kent—. ¡Es kriptonita, eso es lo que es, auténtica kriptonita, inspeccionada por el gobierno! ¿Qué me dice de eso, Supermán?

Clark Kent, que en realidad es el Hombre de Acero, trató de decir algo, pero antes de que pudiera articular sonido alguno, perdió el conocimiento.

El doctor Félix Funck se inclinó por encima de la mesa y desabrochó la camisa de Clark Kent. Como era de esperar, debajo de su ropa de calle, Kent llevaba un mono de lana teñido de azul y carcomido por las polillas, sobre cuya parte delantera había sido cosida una «S» de tela burda y desigual.

—Un caso clásico... —murmuró para sí el doctor Funck—. Como sacado de un libro de texto. Incluso ha perdido sus poderes imaginarios cuando le he enseñado la falsa kriptonita. ¡Otro trabajo para Supersiquiatra!

«¡Domínate, Funck, domínate!», volvió a decirse el doctor .Félix Funck.

Meneando la cabeza, tocó el timbre para llamar a los enfermeros.


Cuando los enfermeros se hubieron llevado al Clark Kent número 758, el doctor Félix Funck sacó un montón de comics del cajón de su mesa, los extendió encima de ella, los contempló inexpresivamente y gimió.

El síndrome de Supermán estaba escapando a todo control. «Sólo en este hospital, ya hay 758 casos clasificados del síndrome de Supermán, pensó desesperadamente, y sólo Dios sabe cuántos superchalados esperan ser clasificados en el pabellón de ingresos.»

—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? —murmuró Funck, mesándose el cabello cada vez más escaso.

El sabía que, naturalmente, la razón básica, fundamental, ineludible e incurable era que el mundo estaba lleno de Clark Kents. Hombres de maneras humildes y suaves. Perdedores natos. Claro que ninguno de ellos se veía a sí mismo como a un inepto. Todos los ratones se consideran leones. Todo el mundo tiene una identidad secreta, la imagen soñada de sí mismo, posterior de poderes fantásticos, capaz de enfrentarse con situaciones normalmente imposibles...

Incluso los psiquiatras tenían identidades secretas, pensó abstraídamente Funck. Al fin y al cabo. ¿quién más que Supersiquiatra podía enfrentarse con un pabellón repleto de supermanes?

¡Supersiquiatra! ¡Más fuerte que un psicópata, violento! ¡Capaz de diagnosticar una verdadera neurosis en una sola sesión! ¡Más rápido que Freud! ¡Más hábil que Adler! Este, disfrazado como el doctor Félix Funck, cabeza calva y atormentada del pabellón del síndrome de Supermán de un gran manicomio metropolitano, libra la guerra interminable de la adaptación. ¡Análisis neo-freudiano, dicotomía y American Way!

«¡Domínate, Funck, domínate!»

«Hay un pequeño Clark Kent en el mejor de nosotros», pensó Funck.

Esa era la razón de que Supermán hubiera pasado al folklore desde hacía tanto tiempo. Supermán y su alter ego, Clark Kent, constituían la expresión franca y perfecta del dilema humano (Kent) y la correspondiente realización de sus deseos (El Hombre de Acero). Para los niños era normal asimilar el mito sintético en sus descuidados subconscientes. Pero para ellos también era normal superarlo más tarde. Unas cuantas tendencias esquizoides infantiles nunca perjudican a nadie. Todos los niños están un poco locos, razonaba sabiamente Funck.

¡Ojalá alguien hubiera detenido a Andy Warhol antes de que fuese demasiado tarde!

Eso fue lo que abrió la fétida lata de gusanos, pensó Funck... El furor del pop-art. Repentinamente, los comics dejaron de ser asunto de niños. Repentinamente, los comics pasaron a ser Arte con una «A» mayúscula. Estaban de moda, los llamados adultos ya no se avergonzaban de arrebatárselos a los niños y leerlos ellos mismos.

En toda América, hombres de maneras humildes y suaves daban marcha atrás y revivían su juventud a través de los comics. Millares de patanes de maneras humildes y suaves se identificaban una vez más con el periodista de maneras humildes y suaves del Daily Planet de Metrópolis. Era como regresar de nuevo a casa. Supermán era la figura que encarnaba perfectamente la realización de todos los deseos. Nadie dudaba de que pudiera pulverizar a 007, saltar por encima de un atasco de tráfico en la autopista de Long Island de un solo brinco, ver a través de la ropa femenina con su visión de rayos X, y, voilà, ¡el síndrome de Supermán!

Primera etapa: la víctima de maneras humildes y suaves se identifica con ese prototipo de todos los zoquetes, Clark Kent.

Segunda etapa: empieza a encontrarse cada vez más parecido a Clark Kent; empieza a soñar que es Supermán.

Tercera etapa: un momento de intensa frustración, un desaire de alguna Lois Lane, una reprimenda de algún airado equivalente de Perry White, y algo se rompe, encontrándose en las garras del síndrome de Supermán.

Generalmente, todo empezaba con disimulo. La víctima se procuraba un mono de lana, lo teñía de azul, cosía una «S» sobre él, y llevaba ocasionalmente el traje por debajo de su ropa de calle, en días de depresión.

Pero una vez dado el primer paso fatal, el síndrome de Supermán era irreversible. La víctima acababa llevando el traje todos los días. Tarde o temprano, la tensión y fatiga de la realidad eran demasiado, y se producía un estado de amnesia temporal. Durante la amnesia, la víctima se teñía el cabello del mismo azul acerado que Supermán, se compraba un traje azul cruzado y gafas de montura metálica, se olvidaba de quién era, y una mañana se despertaba con una serie de recuerdos extraídos de los comics. Era Clark Kent, y tenía que regresar a Metrópolis.

Ya era bastante horrible que miles de locos se pasearan por la ciudad creyendo que eran Clark Kent, pero lo peor resultaba que Clark Kent era el Hombre de Acero. Eso significaba que miles de hombres adultos se tiraban de los edificios, intentaban detener locomotoras con sus manos desnudas, abordaban a criminales armados en las calles y encontraban otras mil formas de hacerse el harakiri.

Y lo peor de todo era que, habiendo tantos superchalados merodeando por el país, todo el mundo había visto a Supermán por lo menos una vez, y bastantes de ellos habían conseguido realizar alguna hazaña —salvar a una ancianita de una banda de asaltantes, frustrar el inexperto robo a un banco con su sola aparición—, de modo que cada vez era más difícil convencer a la gente que no existía ningún Supermán.

Y cuanta más gente se convencía de que existía un Supermán, más gente caía víctima del síndrome, y más gente se convencía...

Funck soltó un gruñido. Incluso había un conocido locutor televisivo que sugirió, en broma, la posibilidad de que Supermán fuera real, y los locos fueran todos los que creyeran que no lo era.

Funck se preguntaba si eso era posible. Si la cordura estaba definida por la norma, por el estado mental de la mayoría de la población, y la mayoría de la población creía en Supermán, entonces quizá los que no creyeran en Supermán tenían un tornillo flojo...

Si los locos estaban cuerdos, y los cuerdos estaban locos, y los locos constituían la mayoría, la verdad tendría que ser...

—¡Domínate, Funck! —gritó el doctor Félix Funck—. ¡Supermán no existe! ¡Supermán no existe!

Funck introdujo nuevamente los comics en el cajón y apretó el botón del ínterfono.

—Puede enviarme al próximo superloco, señorita Jones —dijo.
La voluptuosa señorita Jones parecía muy sonrojada cuando introdujo al siguiente paciente en el despacho del doctor Funk.

Funck observó instantáneamente que había en él algo insólito. Llevaba las gafas usuales y el traje azul cruzado usual, pero se podía decir que casi le favorecían. Tenía la complexión de un bunker, y el teñido azul acerado de su cabello parecía verdaderamente profesional. Funck olfateó el dinero. Al fin y al cabo, uno de los poderes de Supersiquiatra era su misteriosa capacidad para calcular instantáneamente la cuenta bancaria de un paciente en potencia. Quizá hubiera algún medio para quedarse con aquél en calidad de paciente particular...

—Tome asiento, señor Kent —dijo el doctor Funck—. Es usted Clark Kent, ¿verdad?

Clark Kení se sentó en el borde del sillón, sin abandonar la extrema rigidez de sus anchas espaldas.

—¡Pues, sí, doctor! —repuso—, ¿Cómo lo ha sabido?

—He visto su fotografía en el Daily Planet de Metrópolis, señor Kent —dijo Funck. «He de seguirle la corriente», pensó. «Aquí hay dinero. ¡El teñido está tan bien hecho que debe de haberle costado cincuenta pavos como mínimo! ¡Un buen trabajo para Supersiquiatra!»—. Bueno, usted dirá cuál es el problema, señor Kent —prosiguió.

—¡Se trata de mi memoria, doctor! —dijo Clark Kent—. ¡Al parecer sufro una extraña forma de amnesia!

—¿De veras? —preguntó suavemente Félix Funck—, ¿Será quizá que..., que se ha encontrado súbitamente en Nueva York sin saber cómo ha llegado hasta aquí, señor Kent? —inquirió.

—¡Pero esto es asombroso! —exclamó Clark Kent—. ¡Ha dado usted en el clavo!

—¿Y no podría ser también —sugirió Félix Funck— que tuviera usted la necesidad de regresar inmediatamente a Metrópolis? ¿Que sin embargo, no encontrara ningún avión, ni tren ni autobús que le llevara hasta allí? ¿Que no ha logrado encontrar un ejemplar del Daily Planet en los quioscos de la ciudad? ¿Que, de hecho, ni siquiera recuerda dónde está Metrópolis?

Los ojos de Clark Kent parecían a punto de salírsele de las órbitas.

—¡Fantástico! —exclamó—. ¿Cómo puede saber todo esto? ¿Es posible que no sea usted un psiquiatra ordinario, doctor Funck? ¿Es posible que el doctor Félix Funck, cabeza calva y atormentada de un pabellón en un gran manicomio metropolitano sea en realidad... Supersiquiatra? —¡Oh! —exclamó el doctor Félix Funck. —No se preocupe, doctor Funck —dijo Clark Kent con voz cálida y comprensiva—, ¡su secreto está a salvo conmigo! Nosotros, los superhéroes, tenemos que ayudarnos mutuamente, ¿no es verdad?

—¡Hum! —dijo el doctor Félix Funck. ¿Cómo era posible que lo supiera? Entonces, tenía que ser... ¡Gulp! Aquello era ridículo. «¡Domínate, Funck, domínate!» Después de todo, ¿quién era el psiquiatra allí?

—Así que sabe que Félix Funck es Supersiquiatra, ¿eh? —dijo astutamente—. En ese caso, también debe saber que no puede ocultarme nada; que yo también conozco su identidad secreta.

¿Identidad secreta? —repuso Clark Kent con gazmoñería—. ¿Quién? ¿Yo? ¡Pero si todo el mundo sabe que sólo soy un periodista de maneras humildes y suaves de un gran periódico…!

Con un salvaje alarido, el doctor Félix Funck se inclinó repentinamente sobre su mesa y abrió de un tirón la camisa del atónito Clark Kent, dejando al descubierto un mono azul muy ajustado con la insignia de una «S» roja cosida sobre el pecho. Obra de un excelente sastre, pensó aprobadoramente Funck.

—¡Ajá! —exclamó Funck—. ¡Así que Clark, el periodista de maneras humildes y suaves, es, en realidad, Supermán!

—¡Mi secreto ha sido descubierto! —dijo Clark Kent con estoicismo—. ¡Espero que crea usted en la Verdad, la Justicia, y la American Way!

—No se preocupe, amigo Clark. Su secreto está a salvo conmigo. Nosotros, los superhéroes, tenemos que ayudarnos mutuamente, ¿no es verdad?

—¡Absolutamente! —dijo Clark Kent—. En cuanto a mí problema, doctor…

¿Problema?

—¿Cómo voy a regresar a Metrópolis? —preguntó Clark Kent—. ¡A estas alturas, las fuerzas del mal deben de estar disfrutando de un día de fiesta!

—Mire —dijo el doctor Funck—. En primer lugar, no hay ninguna Metrópolis, ningún Daily Planet, ninguna Lois Lañe, ningún Perry White,-y ningún Supermán. Todo esto son imaginaciones, amigo.

Clark Kent contempló al doctor Funck con expresión inquieta.

—¿Se encuentra bien, doctor? —preguntó solícitamente—. ¿Está seguro de que no ha trabajado demasiado? ¡Todo el mundo sabe que hay un Supermán! Dígame, doctor Funck, ¿cuándo se dio cuenta de que tenía esta extraña dolencia? ¿Es posible que algún trauma infantil le haya inducido a dudar de mi existencia? Quizá su madre...

—¡No se meta con mi madre!— chilló Félix Funck—. ¿Quién es el psiquiatra aquí? No quiero oír ninguna historia sucia acerca de mi madre. ¡No hay ningún Supermán, usted no es él y puedo demostrarlo!

Clark Kent asintió pacientemente con la cabeza.

—¡Claro que puede, doctor Funck! —le apaciguó.

—¡Mire! Si usted fuera Supermán no tendría ningún problema. No tendría que... —Funck paseó nerviosamente la mirada por su despacho. Estaba en el piso décimo. Tenía una ventana. La ventana tenía barrotes de acero de treinta milímetros de grosor. No podía hacerse daño, pensó Funck. ¿Por qué no? ¡Que se enfrentara con la realidad, él truncaría sus delirios de grandeza!

—¿Qué estaba diciendo, doctor? —preguntó Clark Kent.

—Si usted fuera Supermán, no tendría que preocuparse por trenes, aviones o autobuses. Usted puede volar, ¿no? Puede retorcer una barra de acero con sus manos desnudas. Pues entonces, ¿por qué no arranca los barrotes de la ventana y regresa volando a Metrópolis?

—¡Pues..., pues tiene usted toda la razón! —exclamó Clark Kent—. ¡Naturalmente!

—Ah... —dijo Funck—. Así que se ha dado cuenta de que ha sido víctima de una ilusión. Progreso, progreso. Pero no crea que ya está completamente curado. Ni siquiera Supersiquiatra puede lograr tanto. Necesitará muchas horas de consulta particular, al modesto precio de cincuenta dólares la hora. Debemos averiguar cuáles son las causas psicosomáticas básicas que...

—¿De qué está hablando? —exclamó Clark Kent, levantándose de un salto de la silla y despojándose del traje con asombrosa celeridad, dejando al descubierto un mono de Supermán, completado por una capa escarlata de lujoso aspecto que Funck examinó ávidamente.

Corrió hacia la ventana.

—¡Naturalmente! —dijo Supermán—. ¡Claro que puedo retorcer una barra de acero con las manos desnudas! —Diciendo esto, dobló los barrotes de acero de treinta milímetros con sus manos desnudas como si fueran barras de regaliz, las arrancó y saltó al alféizar de la ventana.

—¡Gracias por todo, doctor Funck! —dijo—. ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Y en marcha! —Extendió los brazos y saltó de la ventana del décimo piso.

Horrorizado, Funck se precipitó hacia la ventana y sacó la cabeza por ella, esperando ver un terrorífico panorama sobre la acera. En cambio:

Una figura cubierta con una capa que disminuía rápidamente de tamaño planeaba sobre Nueva York. Desde la calle abarrotada de gente, estridentes exclamaciones llegaron a oídos del doctor Félix Funck.

—¡Mira! ¡En el cielo!

—¡Es un pájaro!

—¡Es un avión!

—¡Es SUPERMÁN!

El doctor Félix Funck vio cómo el Hombre de Acero ejecutaba un giro hacia la izquierda y se dirigía hacia el Empire State Building. Durante un momento, el doctor Funck se quedó aturdido, perplejo. Después comprendió lo que había sucedido y lo que le tocaba hacer.

—¡Está loco! —gritó Félix Funck—. ¡Este hombre ha perdido la razón! Le falta un tornillo. ¡Cree que es Supermán, y está tan loco que es Supermán! Ese hombre necesita ayuda. ¡Este es un trabajo para SUPERSIQUIATRA!

Y con estas palabras, el doctor Félix Funck saltó al alféizar de la ventana, se quitó el traje de calle, dejando al descubierto un brillante y ajustado mono rojo con una gran «S» azul cosida en la parte delantera, y saltó de la ventana gritando:

—¡Espéreme, Supermán, neurótico patético, espéreme!

El doctor Félix Funck que, después de todo, es en realidad Supersiquiatra, giró hacia la izquierda y voló sobre el Hudson en dirección a Metrópolis, en algún lugar más allá de Secaucus, Nueva Jersey,


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