Página principal

Humberto beck


Descargar 29.68 Kb.
Fecha de conversión23.09.2016
Tamaño29.68 Kb.


PRESENTACIÓN: SOBRE LA HISTORIA CONTRAFACTUAL

HUMBERTO BECK
BECK, Humberto. Presentación: Sobre la Historia Contrafactual, [en línea]. Letras Libres. Convivio, octubre 2008

<http://www.letraslibres.com/index.php?art=13256>, [consulta: 30-10-2008]

Se conoce como historia contrafactual el ejercicio de imaginar escenarios alternativos que respondan a la pregunta “¿Qué hubiera pasado si...?” La historia contrafactual es, simultáneamente, un método de análisis historiográfico y un género de creación literaria. Opera en dos momentos. En el primero se identifica un punto de divergencia con la historia real (una bifurcación significativa, la supervivencia o muerte de un personaje, la derrota o victoria en una batalla crucial). En el segundo se realiza la reescritura de la historia de manera consecuente con los cambios introducidos por la divergencia.

¿Qué hubiera pasado si Napoleón no es derrotado?, ¿si los confederados triunfan en la Guerra Civil norteamericana?, ¿si Alemania vence en la Segunda Guerra Mundial?, ¿si el comunismo soviético no se derrumba en 1991?, han sido algunas preguntas contrafactuales célebres, con respuestas diversas lo mismo en la historia que en la literatura.

Tito Livio formuló, hace casi dos mil años, el primer contrafactual del que se tenga noticia: si Alejandro Magno hubiera emprendido su conquista hacia el oeste en vez del este, habría iniciado una guerra con el Imperio romano. En el siglo XVIII, Gibbon se preguntaba: ¿qué hubiera pasado si los sarracenos vencen a Carlos Martel en el año 773? Entre burlas y veras, respondía: las verdades del Corán se proclamarían en las cátedras de Oxford ante un público de circuncidados.

Si bien existían antecedentes dispersos, el filósofo francés Charles Renouvier inauguró formalmente la historia contrafactual como género literario con la publicación en 1876 de su obra Ucronía: Esbozo histórico apócrifo del desarrollo de la civilización europea tal como no ha sido, tal como habría podido ser. El título de su obra acuñó una nueva palabra y contribuyó a definir un concepto: el de los contrafactuales como el equivalente de la utopía (un no lugar) en la historia. La genealogía iniciada por Renouvier cuenta entre sus miembros a autores como Winston Churchill, Philip K. Dick, Vladimir Nabokov, José Saramago y Philip Roth.

Asimiladas en el ámbito literario, las ficciones históricas han sido, sin embargo, repetidamente rechazadas en el mundo de la historiografía. No pocos historiadores las han juzgado juegos inconsecuentes, basura imposible de respetar académicamente. Convencido de la esterilidad de cualquier planteamiento contrafactual, el historiador británico E.H. Carr afirmó: “La historia es el registro de lo que la gente hizo, no de lo que dejó de hacer.” Ante una censura tan categórica, ¿por qué interesarse entonces en lo que no pasó?

Las razones son ricas y diversas. Si se desea realizar un análisis comparativo de las explicaciones causales en la historia, la perspectiva contrafactual es una necesidad lógica, como ha señalado Niall Ferguson. Del mismo modo, si se pretende conocer plenamente el pasado, los contrafactuales constituyen una exigencia metodológica, pues para comprender lo que ocurrió es imprescindible considerar todas las alternativas que en un momento histórico dado se manifestaron como posibles. Descontar estas alternativas como irreales porque no se cumplieron es, en palabras de H.R. Trevor-Roper, “no sólo un error, sino un error craso. Un error porque, aun cuando se frustraron, explican los motivos de los personajes y encierran una lección histórica”. Si ofrecen preguntas y respuestas plausibles, los escenarios contrafactuales pueden ser algo más que una especulación sin sentido: productos de la imaginación con una base empírica. Isaiah Berlin afirmaba, en un espíritu similar, que el realismo histórico consiste, precisamente, en “situar lo que ocurrió en el contexto de lo que pudo haber ocurrido”.

No es difícil entrever una razón adicional: los ejercicios contrafactuales nos liberan de la prisión de la necesidad histórica, recordándonos que la historia no tiene una orientación anticipada ni es gobernada por leyes filosóficas, materialistas o espirituales, sino que es el escenario de un enfrentamiento entre la libertad, la fortuna y la imaginación. Nos enseñan que la historia es una materia indeterminada, una sustancia más parecida a una nube que a un reloj.

Al concebir el devenir histórico como un territorio poblado de accidentes, actuaciones espontáneas y actos fallidos, las ucronías nos revelan, sobre todo, la prueba de nuestra fragilidad, y nos rescatan de la versión más obstinada del determinismo: la de pensar que las circunstancias del presente eran la única conclusión histórica posible. “La miseria del historicismo –es decir, de las visiones deterministas de la historia– es la miseria de la falta de imaginación”, sostenía Karl Popper, señalando una carencia menos estética que moral.

Los ejercicios de historia imaginaria ocurren en el cruce de la crítica y la fantasía, una fantasía que supone la crítica: el imaginarnos otros o disueltos en la nada implica suspendernos, mirarnos desde fuera con ojos descreídos. Las ficciones históricas son fantasías críticas que demuestran la inestabilidad del presente, la historia, la realidad.

Conjeturar un país imaginario, lo mismo a través de la historia que de la literatura, es arrebatar del limbo de la posibilidad algunos de los innumerables países que, latentes, también habitan nuestra historia: gemelos enemigos, desdoblamientos inquietantes, sombras de nosotros mismos frente a las cuales el país real se desdibuja y penetra en la irrealidad.

Nada distingue, en el ámbito de la posibilidad, a la historia existente de las historias imaginarias. El número de los pasados apócrifos que en su momento fueron tan plausibles como el pasado real es considerable. Nada los distingue, tampoco, en su verosimilitud. Bien mirado, nuestro pasado resulta tan inaudito como el más delirante de los pasados imaginarios, y pareciera que su único rasgo distintivo es haber sufrido el accidente de ser real. Este mapa, esta historia, pudieron haber sido la brutal fantasía de una imaginación feroz. Esbozar los pasados imaginarios de México es admitir la contingencia de nuestra historia y, desde ese extrañamiento, indagar en un pasado que nos conduzca, todavía más, al asombro.


UNA INDEPENDENCIA PACÍFICA. RAPSODIA DEL IMPERIO

BRADING, David A. Una independencia pacífica. Rapsodia del imperio, [en línea]. Letras Libres. Convivio, octubre 2008



<http://www.letraslibres.com/index.php?art=13259>, [consulta: 30-10-2008]
Como todo colegial sabe, el primer eslabón en la cadena de acontecimientos que condujo a la independencia de México y al establecimiento del Imperio fue la irrupción de una violenta tormenta en el Caribe a principios de junio de 1794, y el consiguiente hundimiento del navío de guerra español Europa, con grandes pérdidas humanas. Entre las víctimas que se ahogaron se encontraban el marqués de Branciforte, virrey entrante de la Nueva España, y su esposa, María Josefa Godoy, hermana del primer ministro de Carlos IV, Manuel Godoy. Desde luego, este “acto de Dios”, como más tarde se llamó a la tragedia, no era en sí mismo políticamente significativo, puesto que sin dificultad se habría encontrado a otro candidato para ocupar ese alto cargo. Lo que transformó la situación fue la reacción del virrey saliente, el conde de Revillagigedo, quien al oír las noticias regresó inmediatamente al palacio de gobierno para comenzar una intensiva secuencia de consultas.

Desde su llegada a la Nueva España en octubre de 1789, el virrey se había ganado el respeto de sus súbditos, gracias a la rectitud y energía administrativa de su régimen. Además, se había hecho querer por todos los criollos piadosos cuando decidió recibir su insignia de mando, su bastón, en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en el Tepeyac. Un erudito cubano canónigo de Puebla, Francisco Javier Conde y Oquendo, comentó en aquella ceremonia: “Puede ser que fuese con la idea de recibirlo de mano de la Virgen, junto con la luz que necesitaba para el acierto en su gobierno, como sucedió en efecto, pues que todos lo veneraron como don del cielo...”. Conde y Oquendo exclamó a continuación: “¿a dónde ha habido, desde la Conquista, un virrey que se aventaje al segundo conde de Revillagigedo? Ninguno más sabio a la verdad, en materia de gobierno”. Consciente lo mismo de sus indudables logros como de su popularidad, en octubre de 1794 Revillagigedo entró de nuevo en el santuario de la Virgen y en esa ocasión recibió su bastón virreinal de manos del abad de la colegiatura de canónigos, acto cuyo significado se interpretó como que había sido la Patrona Principal y Universal de la Nueva España, La Guadalupana, quien lo había designado virrey por un segundo periodo de cinco años. En retrospectiva, está claro que este noble español fue guiado a la vez, y contradictoriamente, por los principios de la raison d’état maquiavélica y una forma profética de guadalupanismo.

Pero, ¿cuáles fueron los motivos que impulsaron a este virrey a independizarse, no importa qué tan cautelosamente, de la autoridad de Madrid? Para empezar, no debe olvidarse que Revillagigedo era un criollo, un español americano nacido en La Habana en 1738 y educado en México, y que tenía diecisiete años cuando pisó por primera vez suelo español. Su padre, el primer conde de Revillagigedo (1681-1766), fue un soldado de Cantabria que sirvió en Cuba como capitán general y gobernador de 1734 a 1746, y luego como virrey de la Nueva España de julio de 1746 a noviembre de 1755. A lo largo de este último periodo, el joven Juan Vicente Güemes Pacheco y Padilla vivió con sus padres en el palacio virreinal y ahí bebió los principios y la práctica del gobierno colonial. Cualquier esperanza inmediata que hubiera albergado de emular la carrera de su padre pronto se estrelló contra el suelo, cuando al unirse al ejército un error temprano le costó la desaprobación de Carlos III y la pérdida de cualquier progreso en su carrera. Fue sólo después de la muerte de aquel monarca que el conde de Floridablanca intervino para nombrarlo virrey de la Nueva España. Pero con el advenimiento de Manuel de Godoy todas las esperanzas futuras de reconocimiento oficial fueron truncadas abruptamente, sobre todo porque Godoy había nombrado a Branciforte como su sucesor mucho antes del final de su periodo completo como virrey.

Si Revillagigedo fue capaz de continuar como virrey sin encontrar oposición, fue porque ya había tenido éxito dominando la burocracia colonial. En una denuncia secreta, escrita en enero de 1792, el arzobispo Alonso Núñez de Haro se quejó de que ni él ni la audiencia habían sido recibidos con las tradicionales señales de honor en el palacio virreinal, y añadió que cuando había apelado a la audiencia para poner un alto a la conducta arbitraria de Revillagigedo, descubrió que “los oidores, con el terror pánico que tienen al virrey, viendo lo tan acalorado y empeñado, no sabían qué hacer”. Para resolver su condena, Haro observó: “el corazón del virrey, por lo que yo he advertido en sus conversaciones, está penetrado de todas las máximas que los filósofos de este siglo han esparcido en sus libros sobre lo que ellos llaman libertad de hombres. Se le trasluce que aprueba en la sustancia la revolución de Francia, y sólo reprueba el exceso a que se han precipitado aquella acción”. Lo que Haro no advirtió, sin embargo, fue que Revillagigedo era un exponente del gobierno ilustrado que rechazaba la democracia de la Revolución. De hecho, en una carta a Floridablanca, escrita en septiembre de 1790, este se refirió a “las consecuencias temibles de ese fanatismo o locura increíble de nuestros vecinos por los Pirineos”, que ofrecían una amenaza mayor a España que los proyectos imperiales de Gran Bretaña. Además, antes de zarpar hacia México, argumentó que la autoridad del rey en el Nuevo Mundo sólo podía sostenerse con “ilusión y amor”, ya que una expedición militar nunca podría someter a la Nueva España en contra del deseo de sus habitantes. En este contexto, criticó severamente la política de José de Gálvez, ministro de Indias durante el reinado de Carlos III, quien había demostrado abiertamente su desprecio por los criollos al negarles la entrada a la burocracia colonial, ocupando los nuevos puestos que había creado con oficiales y soldados enviados desde la Península.

Dos años después de haber entrado en su segundo periodo como virrey, Revillagigedo se enteró con creciente consternación de la humillante derrota de España a manos de las fuerzas francesas, que obligó a la monarquía a pactar una alianza subordinada y que implicó una reanudación de la guerra con Gran Bretaña y el subsiguiente bloqueo naval que interrumpió todo el comercio español con sus posesiones americanas. Para salvaguardar a la Nueva España, Revillagigedo reunió un ejército regular de diez mil soldados, apoyados por otros veinte mil milicianos, reclutados a lo largo del reino. A los criollos jóvenes se les dio la oportunidad de abrazar una carrera militar, y los terratenientes ricos y los mineros de plata recibieron los rangos de coronel y teniente coronel, a condición de que ayudaran a financiar el suministro de sus regimientos. Por otro lado, Revillagigedo obtuvo la profunda lealtad del clero cuando suprimió toda legislación emanada de Madrid que amenazara las finanzas y privilegios de la Iglesia. Así, por ejemplo, cuando recibió el decreto de Consolidación de noviembre de 1804, que reclamaba la venta de todas las tierras de la Iglesia y la recuperación de todo su capital, acogió con beneplácito la ráfaga de protestas que esto provocó y decidió no poner en práctica la medida. Si Revillagigedo fue capaz de actuar con tal independencia fue porque todos los intentos de Madrid de llevar a un nuevo virrey fueron detenidos en Veracruz por oficiales leales y la guarnición local. Al mismo tiempo, Revillagigedo estableció excelentes relaciones con la flota británica en el Caribe y permitió que los navíos “neutrales” entraran sin impedimentos en el puerto de la Nueva España. En cuanto a Madrid, Godoy fue tranquilizado en parte por el envío de grandes sumas en lingotes a la cuenta del rey, plata que ayudó a la monarquía a sobrevivir la virtual bancarrota en la que había caído.

Pero si una raison d’état maquiavélica, perspicaz y cautelosa guió a Revillagigedo cuando estableció los cimientos de un Estado autónomo en México, fue él quien finalmente legitimó la independencia absoluta mediante la invocación de una forma profética del guadalupanismo. Los excesos anticlericales de la Revolución francesa habían despertado un fervor expectante entre ciertas secciones del clero mexicano; la Iglesia americana era ahora imaginada como el vehículo elegido para un resurgimiento católico. En particular, como Conde y Oquendo relatara en la década de 1790, él había oído a varios predicadores citar y reiterar la profecía que descubrieron en un sermón pronunciado en 1748 por un jesuita mexicano, Francisco Javier Carranza, en relación con “la transmigración de la Silla Apostólica y residencia de los Papas en este continente”. Aquí encontramos una aplicación política de una fantasía teológica. Carranza había especulado que, en los últimos días del mundo, el Anticristo aparecería y tomaría posesión del Viejo Mundo sólo para encontrar a las Américas defendidas resueltamente por Nuestra Señora de Guadalupe y el Arcángel San Miguel. En ese punto, el penúltimo Papa abandonaría Roma y sentaría su residencia en México, y pronto se le uniría el rey de España para establecer la última monarquía universal. En su aplicación de esta profecía, los predicadores en México simplemente identificaron la Revolución francesa y a Napoleón como encarnaciones sucesivas del Anticristo y definieron su país como un baluarte católico en una era en que la marea del ateísmo y el anticlericalismo amenazaba la existencia de la Iglesia en Europa. Fue en estas especulaciones descabelladas donde Revillagigedo encontró la solución de sus problemas políticos.

Hacia 1807, tras una racha de victorias militares, Napoleón Bonaparte era el amo de Europa continental. Mientras que en 1804 había convocado a Pío VII a París para oficiar en su coronación como emperador, aunque él mismo se coronó, ahora proponía abolir los Estados Papales, pese a las protestas del pontífice. Ese mismo año profético había enviado tropas a España para ayudar en una invasión conjunta a Portugal. Con el fin de evitar la captura, la corte portuguesa completa zarpó hacia Brasil, escoltada por la flota británica, y estableció la capital de la monarquía en Río de Janeiro. Para Revillagigedo, este hecho representó un poderoso ejemplo a seguir. Entonces escuchó las palabras de José Mariano Beristáin de Souza, un culto canónigo criollo de México, quien lo animó a invitar a Pío VII y al príncipe de Asturias a refugiarse en México. En respuesta, el virrey ordenó a Beristáin y a Manuel Abad y Queipo, cuyo memorial en contra del decreto de Consolidación lo había impresionado enormemente, abordar un navío de guerra británico y dirigirse a Lisboa. En esa ciudad, los dos emisarios se reunieron con Fray Servando Teresa de Mier, un dominicano exiliado. Tras encontrar a la corte española absorta en sus propias intrigas entre facciones y sin interés por un refugio americano, los tres clérigos se embarcaron hacia Italia para conversar con Pío VII, quien hacia 1808 había sido amenazado por las tropas francesas, y se enfrentó a la alternativa de huir o confinarse en Francia. Impresionado por los entusiastas argumentos de este heterogéneo pero complementario trío, el pontífice aceptó su invitación. Una fragata británica esperaba en Ostia y los transportó a Lisboa, donde un navío de la línea escoltó al Papa y a su pequeño séquito a Veracruz. Inmediatamente después de su tumultuosa recepción en la ciudad de México, el 12 de diciembre de 1808, Pío VII celebró la misa en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y proclamó que la Virgen era la Patrona Universal y Emperatriz de las Américas y Reina de México. A partir de entonces nombró a Beristáin arzobispo primado de México y a Abad y Queipo arzobispo de Valladolid. La jerarquía católica de la Nueva España fue reaprovisionada y vigorizada por la creación de nuevos obispados, con criollos que recibieron la mayoría de los nuevos nombramientos. El propio Papa sentó su residencia en Chapultepec, donde el palacio fue rápidamente ampliado.

Pero aún había que resolver el problema de la independencia mexicana, sobre todo porque para entonces España había caído bajo el dominio francés. El propio Revillagigedo nunca se había casado y no ambicionaba convertirse en rey. Nombrar a un criollo habría suscitado celos y disensión, y en ese tiempo ningún Borbón estaba disponible. En esta coyuntura, Pío VII propuso el nombre del comandante de su guardia papal, el coronel Maximiliano Francisco de Habsburgo, descendiente directo tras dos generaciones del emperador Leopoldo I. Soldado que había luchado tanto contra los turcos como contra los franceses, hombre alto, de complexión sólida y de aproximadamente cuarenta años, soltero y católico devoto, Maximiliano Francisco era un candidato ideal. Revillagigedo comisionó inmediatamente a Fray Servando Teresa de Mier a redactar su famosa Memoria político-instructiva en la que denunciaba las tiranías de Carlos III y Carlos IV y, en contraste, elogiaba la justa y venerable constitución que la Nueva España había tenido durante la época de los Habsburgo. Ahora era el momento de volver a esa constitución, en la que los poderes civiles y espirituales, cada uno con su jurisdicción, rentas y tribunales, habían existido en armonía. A instancias de Pío VII, quien como obispo de Imola había publicado una famosa carta en la que confirmaba la compatibilidad del catolicismo y la democracia, Revillagigedo convocó a una asamblea nacional, formada por delegados de todos los ayuntamientos del virreinato, pero que también incluía a representantes de los capítulos de la catedral y de órdenes religiosas. El resultado fue la aprobación universal de la proclamación de la independencia y la fundación simultánea del Imperio de México, con Maximiliano Francisco de Habsburgo como su soberano. El 15 de septiembre de 1810, Pío VII ofició en la coronación, colocando la corona en la cabeza de su soldado austriaco, quien adoptó el título de Maximiliano Francisco I, “Emperador Constitucional de México y Gran Maestre de la Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe”. En la ceremonia, el predicador celebró el establecimiento de una monarquía católica que protegería a México de las incursiones de las máximas execrables de Rousseau y Voltaire. Entre la multitud de dignatarios eclesiásticos que asistieron a los espléndidos actos se encontraba Miguel Hidalgo y Costilla, el primer obispo de Querétaro.



Este no es espacio para rastrear la historia y caída del Primer Imperio. Baste decir que Revillagigedo murió tranquilo en su cama en 1812 y Pío VII regresó a Roma en 1814. Un año después de su coronación, el emperador invitó a una princesa alemana de noble linaje, virtud irreprochable y temperamento ecuánime, a convertirse en su consorte. Su unión pronto llenó su aljaba de hijos, cuyos descendientes, según se dijo, pueden encontrarse aún en los estados más remotos de la república moderna.
Traducción de Marcela Pimentel




La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje