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Huelga de masas, partido y sindicatos Rosa Luxemburgo


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Huelga de masas, partido y sindicatos
Rosa Luxemburgo

   


1. La Revolución Rusa, el anarquismo y la huelga general

 

Casi todos los trabajos y declaraciones del socialismo internacional sobre el tema de la huelga general datan de la época anterior a la Revolución Rusa [la de 1905. Ed.], la primera experiencia histórica en la que este medio de lucha fue utilizado en vasta escala. Por lo tanto es evidente que la mayoría de dichos textos están desactualizados. Su concepción es esencialmente la de Engels que, en su crítica a los garrafales errores revolucionarios de los bakuninistas en España, escribió en 1873:



“En el programa bakuninista, la huelga general es la palanca de que hay que valerse para desencadenar la revolución social. Una buena mañana, los obreros de todos los gremios de un país y hasta del mundo entero dejan el trabajo y, en cuatro semanas a lo sumo, obligan a las clases poseedoras a darse por vencidas o a lanzarse contra los obreros, con lo cual dan a éstos el derecho a defenderse y a derribar, aprovechando la ocasión, toda la vieja organización social. La idea dista mucho de ser nueva; primero los socialistas franceses y luego los belgas se han hartado, desde 1848, de montar este palafrén que es, sin embargo, por su origen, un caballo de raza inglesa. Durante el rápido e intenso auge del cartismo  entre los obreros británicos, que siguió a la crisis de 1837, se predicó, ya en 1839, el “mes santo”, el paro en escala nacional, y la idea tuvo tanta resonancia que los obreros fabriles del norte de Inglaterra intentaron ponerla en práctica en julio de 1842. También en el congreso de los aliancistas celebrado en Ginebra el 1º de septiembre de 1873 desempeñó un gran papel la huelga general, si bien todo el mundo reconoció que para esto hacía falta una organización perfecta de la clase obrera y una caja bien repleta. Y aquí reside precisamente la dificultad del asunto. De una parte, los gobiernos, sobre todo si se les deja envalentonarse con el abstencionismo político, jamás permitirán que la organización ni las cajas de los obreros lleguen tan lejos; y, por otra parte, los acontecimientos políticos y los abusos de las clases gobernantes facilitarán la emancipación de los obreros mucho antes de que el proletariado llegue a reunir esa organización ideal y ese gigantesco fondo de reserva. Pero, si dispusiese de ambas cosas, no necesitaría dar el rodeo de la huelga general para llegar a la meta”.

He aquí el razonamiento característico de la actitud de la socialdemocracia internacional hacia la huelga de masas en las décadas siguientes. Se basa en la teoría anarquista de la huelga general –o sea, en la teoría de la huelga general como medio para desencadenar la revolución social, en contraposición con la lucha política diaria de la clase obrera– y se agota en este simple dilema: o bien el proletariado en su conjunto no posee aún la poderosa organización y los recursos financieros necesarios, en cuyo caso no puede llevar adelante la huelga general; o ya está lo suficientemente bien organizado, en cuyo caso no necesita la huelga general. Este razonamiento es tan simple y a primera vista tan irrefutable que, durante un cuarto de siglo, prestó un excelente servicio al movimiento obrero moderno como herramienta lógica contra el fantasma anarquista y como medio para llevar la idea de la lucha política a amplias capas de la clase obrera. Los enormes saltos dados por el movimiento sindical en todos los países capitalistas durante los últimos veinticinco años son la evidencia más concluyente del valor de las tácticas de la lucha política en las que insistieron Marx y Engels en oposición al bakuninismo; y la socialdemocracia alemana, en su posición de vanguardia de todo el movimiento sindical internacional, no deja de ser el producto directo de la aplicación consecuente y enérgica de esas tácticas.

La Revolución Rusa ha traído ahora como consecuencia una revisión radical de este razonamiento. Por primera vez en la historia de la lucha de clases se ha logrado una grandiosa concreción de la idea de la huelga de masas y, como demostraremos luego, ha madurado la huelga general, abriendo por lo tanto una nueva era en el desarrollo del movimiento obrero. De esto no se desprende, por supuesto, que las tácticas de lucha política recomendadas por Marx y Engels fueran falsas o que fuera incorrecta la crítica que hacían del anarquismo. Por el contrario, es en la misma línea de pensamiento, en el mismo método, en las tácticas de Marx y Engels, en que se basa toda la práctica previa de la socialdemocracia alemana; y que producen ahora en la Revolución Rusa nuevos factores y nuevas condiciones en la lucha de clases. La Revolución Rusa, el primer experimento histórico de huelga de masas, no sólo no ofrece una reivindicación del anarquismo sino que en realidad implica la liquidación histórica del anarquismo. La penosa existencia a la que se vio condenada esta tendencia en las últimas décadas por el poderoso desarrollo de la socialdemocracia en Alemania puede, en cierta medida, explicarse por el dominio exclusivo y la larga duración del período parlamentario. Una tendencia basada enteramente en el “primer golpe” y la “acción directa”, una tendencia “revolucionaria” en el más crudo sentido del llamado al patíbulo, no puede menos que languidecer temporariamente en la calma del momento parlamentario y, cuando vuelve el período de lucha directa abierta, renacer y desplegar su fuerza inherente.

Rusia, particularmente, pareció haberse convertido en un campo experimental para las heroicas acciones del anarquismo. Un país en que el proletariado no tenía ningún derecho político y sus organizaciones eran extremadamente débiles, un complejo multicolor de diversos sectores de población, un caos de intereses en conflicto, un bajo nivel de educación en la masa del pueblo, una brutalidad extrema en el uso de la violencia por parte del régimen dominante: todo parecía a propósito como para darle al anarquismo un súbito, si bien tal vez efímero, poder. Además, Rusia fue la cuna histórica del anarquismo. Pero la patria de Bakunin iba a convertirse en la tumba de sus enseñanzas. No sólo no estuvieron ni están las anarquistas rusos a la cabeza del movimiento de la huelga de masas. No sólo está toda la dirección política de la acción revolucionaria y también de la huelga de masas en manos de las organizaciones socialdemócratas, a las que los anarquistas rusos se oponen amargamente tachándolas de “partidos burgueses”, o parcialmente en manos de organizaciones socialistas más o menos influidas por la socialdemocracia o más o menos cercanas a ésta (como el partido terrorista, los “socialistas revolucionarios”); sino que los anarquistas directamente no existen como tendencia política seria en la Revolución Rusa. Sólo en una pequeña ciudad de Lituania, donde las condiciones son particularmente difíciles –una confusa mescolanza de nacionalidades entre los obreros, una industria a pequeña escala muy dispersa, un proletariado muy seriamente oprimido–, en Bíalistok, hay, entre los siete u ocho grupos revolucionarios diferentes, un puñado de “anarquistas” imberbes que siembran la confusión y el desconcierto entre loes obreros lo mejor que pueden; y finalmente en Moscú, y tal vez en otras dos o tres ciudades, se hace ver un puñado de gente de ésta.

Pero aparte de estos pocos grupos “revolucionarios”, ¿qué papel real juega el anarquismo en la Revolución Rusa? Se ha convertido en el símbolo del robo y del pillaje comunes; una gran proporción de los innumerables robos y actos de saqueo a personas privadas se llevaron a cabo en nombre del “anarco-comunismo”, actos que se volverían como un ala tumultuosa contra la revolución en cada período de depresión y en cada período defensivo temporario. En la Revolución Rusa, el anarquismo no se ha convertido en la teoría de la lucha del proletariado sino en la bandera ideológica del lumpenproletariado contrarrevolucionario que, como una escuela de tiburones, pululan tras el barco de guerra de la revolución. Por lo tanto la carrera histórica del anarquismo está poco menos que liquidada.

Por otra parte, la huelga de masas en Rusia no se ha realizado como un medio para evadir la lucha política de la clase obrera, y especialmente del parlamentarismo, o de saltar repentinamente a la revolución social por medio de un golpe teatral, sino como medio para, en primer lugar, crear las condiciones para la lucha política diaria del proletariado y especialmente del parlamentarismo. El pueblo trabajador, y especialmente el proletariado de Rusia lleva a cabo la lucha revolucionaria por esos derechos políticos y esas condiciones cuya necesidad e importancia en la lucha por la emancipación de la clase obrera señalaron por primera vez Marx y Engels, y por las cuales lucharon contra el anarquismo con todas sus fuerzas en la Internacional. Así, de la dialéctica histórica, la roca sobre la que se apoya toda la enseñanza del socialismo marxista, resultó que hoy en día el anarquismo, con el cual está indisolublemente asociada la idea de la huelga de masas; se ha vuelto en la práctica contrario a ella. Por otro lado, la huelga de masas, que fue combatida como opuesta a la actividad política del proletariado, aparece hoy como el arma más poderosa de la lucha por los derechos políticos. Por lo tanto, si bien la Revolución Rusa hace imperativa la necesidad de una revisión fundamental de la antigua posición marxista sobre la cuestión de la huelga de masas, una vez más el método general y los puntos de vista del marxismo son los que salen ganadores, esta vez de una manera nueva. “A la amada del moro sólo la puede matar la mano del moro”.

 

2. La huelga de masas, producto histórico y no artificial

 

En la que hace a la cuestión de la huelga de masas, lo primero que la experiencia de Rusia nos lleva a revisar es la concepción general del problema. En la actualidad, cuando ya todo se ha dicho y hecho, nos encontramos con que la posición de los más fervientes defensores de “ensayar la huelga de masas” en AlemanIa, como Bernstein, Eisner, etcétera, y la de los más enconados adversarios de esta idea, como por ejemplo Bomelburg en el campo sindical, en la práctica resultan lo mismo, es decir, la concepción anarquista. Los polos aparentemente opuestos no se excluyen uno al otro sino, como siempre sucede, se condicionan y al mismo tiempo se complementan. Pues el modo de pensar anarquista es la especulación directa sobre el “gran Kladderadatsch” [gran ruido] sobre la revolución social simplemente como característica externa e inesencial. Lo esencial del anarquismo es la concepción abstracta, ahistórica, de la huelga de masas y de las condiciones en que generalmente se libra la lucha proletaria.



Para el anarquista existen sólo dos cosas como supuestos materiales de sus especulaciones “revolucionarias”: primero la imaginación, y segundo la buena voluntad y el coraje para rescatar a la humanidad del valle de lágrimas del capitalismo. Este caprichoso modo de razonar tuvo como resultado que hace sesenta años se concibiera la huelga de masas como el camino más breve, seguro y fácil para saltar a un futuro social mejor. El mismo modo de razonar originó recientemente la idea de que la lucha sindical era la única y verdadera “acción directa de las masas”; y también la única lucha revolucionaria verdadera. Esta, como sabemos, es la última posición de los “sindicalistas” franceses e italiano. Lo fatal para el anarquismo fue siempre que los métodos de lucha improvisados en el aire son como invitaciones a una casa cuyo dueño está ausente, es decir, son puramente utópicos. Además, estas, especulaciones que en un momento dado fueron en general revolucionarias, al no contar con la despreciable y vil realidad, son transformadas por ésta, de hecho, en instrumentos de la reacción.

Los que hoy fijan un día en el calendario para la huelga de masas en Alemania, como si se tratara de un compromiso anotado en la agenda de un ejecutivo; los que, como los participantes del congreso sindical de Colonia, pretenden eliminar por medio de una prohibición “propagandística” el problema de la huelga de masas de la faz de la tierra, se guían por estos mismos métodos de observación abstractos y ahistóricos. Ambas tendencias se basan en el supuesto netamente anarquista de que la huelga de masas es un medio de lucha puramente técnico, que puede “decidirse” a placer y de modo estrictamente consciente, o que puede ser “prohibido”, una especie de navaja que se guarda cerrada en el bolsillo “lista para cualquier emergencia”, y se puede abrir y utilizar cuando uno lo decida. Los adversarios de la huelga de masas reclaman para sí el mérito de tomar en cuenta la situación histórica y las condiciones materiales de la situación actual en Alemania, al contrario de los “románticos revolucionarios” que flotan en las nubes y que no cuentan en ningún momento con la dura realidad, con las posibilidades e imposibilidades. “¡Hechos y cifras, cifras y hechos!”, claman, igual que Mr. Gadgring en Tiempos difíciles de Dickens.

Para el adversario sindical de la huelga de masas “base histórica” y “condiciones materiales” significan dos cosas: por un lado la debilidad del proletariado, por otro la fuerza del militarismo prusiano-germano. La inadecuada organización de los obreros y la imponente bayoneta prusiana: éstos son los hechos y cifras sobre los cuales basan los dirigentes sindicales su política práctica en este caso. Ahora bien; es cierto que la caja fuerte de los sindicatos y la bayoneta prusiana son fenómenos materiales y muy históricos; pero la concepción que se apoya en ellos no es materialismo histórico en el sentido marxista sino materialismo policial a lo Puttkammer. Los representantes del Estado policial capitalista toman muy en cuenta, por cierto casi exclusivamente, tanto la fuerza real que en ocasiones tiene el proletariado organizado como el poder material de. la bayoneta. De la comparación de estas dos hileras de cifras extraen siempre la reconfortante conclusión de que el movimiento obrero revolucionario es producto de demagogos y agitadores individuales. Por lo tanto, la prisión y las bayonetas son el, medio adecuado para reprimir ese desagradable “fenómeno pasajero”.

Los obreros alemanes con conciencia de clase han entendido por fin lo ridículo de la teoría policial de que todo el movimiento obrero moderno es un producto artificial, arbitrario, de un puñado de “demagogos y agitadores” inconscientes.

Sin embargo, es exactamente la misma concepción la que se refleja cuando dos o tres respetables camaradas constituyen una brigada de vigías voluntarios con el fin de advertir a la clase obrera alemana contra la peligrosa agitación de unos pocos “románticos revolucionarios” y su “propaganda de la huelga de masas”. O la que se expresa cuando, por otro lado, aquellos que creen que pueden evitar el estallido de la huelga de masas en Alemania estableciendo acuerdos “confidenciales” entre el ejecutivo del partido y la comisión general de los sindicatos lanzan una ruidosa e indignada campaña.

Si dependiera de la inflamada “propaganda” de los románticos revolucionarios o de las decisiones secretas o públicas de la dirección partidaria, en Rusia no se hubiera dado todavía una sola huelga de masas seria. En ningún país del mundo –como ya lo señalé en marzo de 1905 en el Sachische Arbeiterzeitung– se “difundió” o incluso se “propagó” tan poco la huelga de masas como en Rusia. Los ejemplos aislados de las decisiones y los acuerdos del ejecutivo del partido ruso, que realmente pretendía proclamar por su cuenta la huelga de masas (como lo demuestra, por ejemplo, el último intento en agosto de este año después de la disolución de la Duma), carecen prácticamente de valor.

Por lo tanto, si algo nos enseña la Revolución Rusa, es, sobre todo, que la huelga de masas no se “fabrica” artificialmente, que no se “decide” al azar, que no se “propaga”; es un fenómeno histórico que, en un momento dado, surge de las condiciones sociales como una inevitable necesidad histórica. Por lo tanto, no se puede entender ni discutir el problema basados sobre especulaciones abstractas sobre la posibilidad o la imposibilidad, sobre lo útil o lo perjudicial de la huelga de masas. Hay que examinar los factores y condiciones sociales que originan la huelga de masas en la etapa actual de la lucha de clases. En otras palabras, no se trata de la crítica subjetiva de la huelga de masas desde la perspectiva de lo que sería deseable, sino de la investigación objetiva de las causas de la huelga de masas desde la perspectiva de lo históricamente inevitable.

En el terreno irreal del análisis lógico abstracto, se puede demostrar con la misma fuerza que la huelga de masas es absolutamente imposible y será derrotada o que sí es posible y su triunfo incuestionable. En consecuencia, el valor de la evidencia a que apela cada parte es el mismo: cero. El temor a la “propagación” de la huelga de masas, al que se blande como un anatema formal contra las personas acusadas de tal crimen, es solamente el producto de la,.extraña confusión de algunos. Es tan imposible “propagar” la huelga de masas como medio abstracto de lucha como lo es propagar la “revolución”. La “revolución”, como la “huelga de masas”, es una forma externa de lucha de clases, que sólo adquiere sentido y significado en determinadas situaciones políticas.

Si alguien se dedicara a hacer de la huelga de masas en general, como forma de acción proletaria, el objeto de una agitación metódica, y fuera de casa en casa solicitando apoyo para esta “idea” a fin de ganar gradualmente para ella a la clase obrera, resultaría una ocupación tan vana, inútil y absurda como lo sería la de hacer agitación especial alrededor de la revolución o de la lucha de barricadas.

La huelga de masas se ha convertido ahora en el centro de interés de la clase obrera alemana y mundial porque es una forma nueva de lucha, y como tal constituye un síntoma seguro de una revolución interna total, tanto en las relaciones entre las clases como en las condiciones de la lucha de clases. El que, a pesar de la obstinada resistencia de sus dirigentes sindicales, la masa proletaria alemana tome este nuevo problema con tanto interés constituye un testimonio de su probado instinto revolucionario y su rápida inteligencia.

Pero no es el caso, en vista de este interés y este extraordinario afán intelectual y de realizaciones revolucionarias de los obreros, de entrenarlos en una gimnasia mental abstracta sobre la posibilidad o la imposibilidad de la huelga de masas. Se los debe esclarecer sobre el desarrollo de la Revolución Rusa, la importancia internacional de esa revolución, la agudización de los antagonismos de clase en Europa Occidental, las más amplias perspectivas políticas de la lucha de clases en Alemania, el rol y las tareas de las masas en las luchas por venir. Sólo de esta manera la discusión sobre la huelga de masas contribuirá a ampliar el horizonte intelectual del proletariado, a agudizar su pensamiento, a impulsar sus energías.

Considerando el problema desde esta perspectiva, se ve qué absurdas son las medidas que quieren tomar los enemigos del “romanticismo revolucionario” por el hecho de que éstos, al analizar la cuestión, no se adhieren estrictamente al texto de la resolución de Jena. Los “políticos prácticos” están de acuerdo con esta resolución cuando les conviene, porque relacionan la huelga de masas principalmente con el destino del sufragio universal, de lo que se deduce que ellos pueden creer dos cosas: primero, que la huelga de masas es puramente defensiva; segundo, que la huelga de masas está incluso subordinada al parlamentarismo, es decir, que se ha vuelto un simple apéndice del parlamentarismo. Pero el meollo real de la resolución de Jena en relación a esto es que en la situación actual de Alemania un ataque por parte de la reacción predominante contra el voto parlamentario sería probablemente la señal que desataría un período de tormentosas luchas políticas en las que la huelga de masas probablemente se utilizaría como arma de lucha por primera vez en Alemania.

Pero intentar, por medio de la resolución de un congreso, ahogar y limitar artificialmente el objetivo histórico de la huelga de masas como fenómeno y problema de la lucha de clases, limitar su alcance histórico, es un error que por la falta de visión sólo puede compararse con el veto a la discusión que se impuso en el congreso sindical de Colonia. En las resoluciones del Congreso de Jena la socialdemocracia alemana tomó conciencia en forma oficial del cambio fundamental que produjo la Revolución Rusa en las condiciones internacionales de la lucha de clases proletaria, demostrando su capacidad para desarrollarse en un sentido revolucionario y adaptarse a las nuevas exigencias de la próxima etapa de la lucha de clases. Allí reside la importancia de la resolución de Jena. En cuanto a la aplicación práctica de la huelga de masas en Alemania, lo decidirá la historia, así como lo decidió en Rusia; la historia, de la cual la socialdemocracia alemana es, por cierto, un factor importante, pero al mismo tiempo sólo un factor entre muchos.

 

3. Desarrollo del proceso de la huelga de masas en Rusia

 

La huelga de masas, tal como se la encara hoy en la discusión en Alemania, aparece como un fenómeno aislado muy claro y simple, agudamente delineado. Se habla exclusivamente de la huelga política de masas, entendiéndose ésta como un gran levantamiento único del proletariado industrial, que se produce por algún móvil político de la mayor importancia. Este levantamiento se encara en base al entendimiento mutuo entre las autoridades dirigentes del partido y las de los sindicatos. Se lleva adelante con disciplina partidaria y en perfecto orden. En un orden más perfecto aun –como una señal dada en el momento preciso– se presentan ante los comités, los cuales determinan de antemano, con exactitud, la organización del apoyo, el costo, el sacrificio, en una palabra todo el balance material de la huelga de masas.



Ahora bien, cuando comparamos este esquema teórico con la huelga de masas real, tal como se dio en Rusia hace cinco años, nos vemos obligados a decir que esta representación, que en la discusión en Alemania ocupa el lugar central, difícilmente concuerde con una sola de las muchas huelgas de masas que ya han tenido lugar. Por otra parte, la huelga de masas en Rusia desplegó tal multiplicidad de formas de acción diferentes que resulta prácticamente imposible hablar de “la” huelga de masas en forma abstracta y esquemática. Todos los elementos de la huelga de masas y sus características no sólo son diferentes en cada una de las ciudades y distritos del país, sino que además su carácter general muchas veces ha ido cambiando en el transcurso de la revolución. La huelga de masas vivió en Rusia. una historia muy definida, y todavía la está viviendo. Por ende, para hablar de la huelga de masas. en Rusia, antes que nada hay que tener presente su historia.

La actual etapa oficial, por así decirlo, de la Revolución Rusa comienza con el levantamiento del proletariado del 22 de enero de 1905, cuando la manifestación de doscientos mil obreros terminó en un aterrorizante baño de sangre ante el palacio del zar. La masacre de San Petersburgo fue, como se sabe, la señal para el estallido de la primera serie gigantesca de huelgas de masas que se extendieron sobre toda Rusia en pocos días, llevando el llamado revolucionario a la acción desde los confines de San Petersburgo a todos los rincones del imperio y a las más amplias capas del proletariado. Pero el levantamiento de San Petersburgo del 22 de enero fue sólo el momento crítico de una huelga de masas emprendida por el proletariado de la capital zarista en enero de 1905. Esta huelga de masas de enero se emprendió sin ninguna duda bajo la influencia inmediata de la gigantesca huelga general que estalló en el Cáucaso (Bakú) en diciembre de 1904, que durante largo tiempo mantuvo en suspenso a toda Rusia. Por su parte, los acontecimientos de diciembre en Bakú fueron la última y poderosa ramificación de esas tremendas huelgas de masas que, como episódicos temblores de tierra, sacudieron el sur de Rusia, cuyo preludio fue la huelga de masas de Batum, en el Cáucaso, en marzo de 1902.

Este primer movimiento de huelgas de masas dentro de la serie continua de erupciones revolucionarias actuales está separado por cinco o seis años de la gran huelga general de los obreros textiles de San Petersburgo de 1896 y 1897. Varios años de aparente estancamiento y reacción separan a ese movimiento de la revolución actual. Pero cualquiera que conozca el desarrollo político interno que siguió el proletariado ruso hasta alcanzar su presente nivel de conciencia de clase y energía revolucionaria reconocerá que la etapa actual de la lucha de clases se inicia con aquellas huelgas generales de San Petersburgo. El consecuencia, éstas son importantes para dilucidar los problemas que plantea la huelga de masas porque ya contienen en germen los principales elementos de las que la sucedieron.

Nuevamente, la huelga general de San Petersburgo de 1896 aparece como una lucha salarial parcial puramente económica. Sus causas fueron las intolerables condiciones de trabajo de los hilanderos y tejedores de San Petersburgo; la jornada de trabajo de 13, 14 ó 15 horas; la miserable paga por pieza y un montón de subterfugios despreciables utilizados por los empleadores.

Esta situación, sin embargo, fue pacientemente soportada por los trabajadores durante largo tiempo, hasta que una circunstancia aparentemente trivial hizo desbordar la copa. En mayo de 1896 se celebró la coronación del actual zar (Nicolás II), que se había venido posponiendo durante dos años por temor a los revolucionarios. En esa ocasión los patrones de San Petersburgo dieron libre cauce a su celo patriótico otorgando a sus trabajadores tres días de vacaciones obligatorias que, resulta curioso decirlo, no pensaban pagarles. Los trabajadores, furiosos, comenzaron a moverse. Se celebró un congreso en los jardines de Ekaterinof con la participación de alrededor de trescientos obreros de los más conscientes, que decidió ir a la huelga por las siguientes reivindicaciones: pago de los feriados por la coronación, jornada laboral de diez horas, aumento de la paga por pieza. Esto sucedió el 24 de mayo. En una semana estaban paradas todas las hilanderías y fábricas textiles, y cuarenta mil obreros habían ido a la huelga general. Hoy este acontecimiento, comparado con la gigantesca huelga de masas de la revolución, puede parecer muy poca cosa. Dentro de la polar rigidez política de la Rusia de esa época, una huelga general era algo nunca visto; era una revolución total en pequeño. Allí comenzó, por supuesto, la persecución más brutal. Alrededor de mil obreros fueron arrestados y se levantó la huelga general.

Ya aquí vemos aparecer las características fundamentales de las huelgas de masas posteriores. El movimiento siguiente fue enteramente accidental, casi sin importancia, su estallido muy elemental. Pero su éxito hizo evidentes los frutos de la agitación de la socialdemocracia, que venía trabajando desde hacía varios años. En el curso de la huelga general los agitadores socialdemócratas se pusieron a la cabeza del movimiento, lo dirigieron y lo utilizaron para impulsar la agitación revolucionaria. La huelga era una simple lucha económica salarial, pero la actitud del gobierno y la agitación de la socialdemocracia la transformaron en un fenómeno político de primera línea. Y finalmente la huelga fue liquidada; los trabajadores sufrieron una “derrota”. Pero en enero del año siguiente los trabajadores textiles de San Petersburgo fueron a la huelga general una vez más, y esta vez lograron un éxito notable: el reconocimiento legal de la jornada de trabajo de once horas para toda Rusia. Sin embargo, se logró un resultado mucho más importante: desde esa primera huelga general de 1896, en la que no había ni trazas de organización o fondos de huelga, comenzó una intensa lucha sindical en la misma Rusia; que se extendió desde San Petersburgo al resto del país, que abrió perspectivas enteramente nuevas a la agitación y organización socialdemócratas. Ello les permitió realizar un trabajo clandestino de preparación de la revolución, durante el período siguiente, de aparente calma chicha.

En marzo de 1902 estalló otra huelga en el Cáucaso, aparentemente accidental y provocada por causas parciales puramente económicas (aunque la produjeron otros factores), igual que la de 1896. Estaba relacionada con la seria crisis industrial y comercial que precedió en Rusia a la guerra japonesa y que, junto con ella, fue el detonante más poderoso del incipiente fermento revolucionario. La crisis produjo una enorme masa de desempleados que alimentó la agitación entre las masas proletarias, y por lo tanto el gobierno, para restablecer la tranquilidad entre los trabajadores, tomó a su cargo trasladar en grupos a las “manos superfluas” a sus respectivos hogares. Esta medida, que afectaba a alrededor de cuatrocientos obreros petroleros, provocó una protesta masiva en Batum, que derivó en manifestaciones, arrestos, una masacre, y finalmente en un juicio político en el que el motivo parcial y puramente económico se transformó súbitamente en un acontecimiento político y revolucionario. La consecuencia de la “infructífera” huelga de Batum, que agonizaba y fue suprimida, fue una serie de manifestaciones obreras revolucionarias y masivas en Nijni Novgorod, Saratov y otras ciudades, y por lo tanto un poderoso avance de la marea revolucionaria.

Ya en noviembre de 1902 se hizo sentir el primer eco revolucionario genuino en la huelga general de Rostov, sobre el río Don. Las disputas sobre los salarios a pagar en los talleres del Ferrocarril del Vladicáucaso dieron impulso a este movimiento. Como la administración trataba de disminuir los salarios, el comité del Don de la socialdemocracia lanzó una proclama llamando a la huelga por las siguientes reivindicaciones: jornada de nueve horas, aumento de salarios, abolición de las multas, destitución de los ingenieros más detestados, etcétera. Participaron de la huelga talleres ferroviarios enteros. Enseguida se les unieron las demás industrias, yen un momento imperó en Rostov una situación nunca vista hasta entonces: Todos los centros industriales estaban paralizados. Todos los días se celebraban al aire libre gigantescos mítines de 15.000 a 20.000 personas, a veces rodeados por un cordón de cosacos.

Por primera vez se escuchó a los oradores socialdemócratas; se pronunciaban inflamadas arengas sobre el socialismo y la libertad política, que eran recibidas con inmenso entusiasmo, y se distribuían decenas de miles de copias de llamamientos revolucionarios. En la rígida Rusia absolutista, el proletariado de Rostov ganó por asalto, por primera vez, el derecho de reunión y de libre expresión.

Ni falta hace decir que hubo una masacre aquí también. Las disputas salariales en el ferrocarril del Vladicáucaso devinieron en pocos días en una huelga política general y en una batalla callejera revolucionaria. Las siguió inmediatamente una huelga general en la estación de Tichoretzkaia, en el mismo ferrocarril. Aquí también tuvieron lugar una masacre y un juicio; también Tichoretzkaia ocupa su lugar en la ininterrumpida cadena de acontecimientos revolucionarios.

La primavera de 1903 fue la respuesta a la derrota de las huelgas de Rostov y Tichoretzkaia; en mayo, junio y julio se encendió todo el sur de Rusia. Bakú, Tiflis, Batum, Elisavetgrado, Odesa, Kiev, Nikolaev y Ekaterinoslav estaban en huelga general, en el sentido literal de estas palabras. Aquí tampoco el movimiento surgió sobre la base de algún plan preconcebido; se desencadenó por razones diferentes, en lugares diferentes y de forma diferente para confluir luego. Comenzó en Bakú, donde varias luchas salariales parciales en distintas fábricas y departamentos culminaron en una huelga general. En Tiflis iniciaron la huelga dos mil empleados de comercio, cuya jornada de trabajo se extendía desde las 6 dé la mañana hasta las 11 de la noche. El 4 de julio dejaron los negocios y recorrieron la ciudad exigiendo que los propietarios los cerraran. La victoria fue total; los empleados de comercio consiguieron que su jornada comenzara a las 8 de la mañana y terminara a las 8 de la noche, y los siguieron inmediatamente todas las fábricas, negocios y oficinas. No salieron los periódicos y no pudieron hacer andar el transporte tranviario bajo custodia militar.

El 4 de julio comenzó una huelga en Elisavetgrad, en todas las fábricas, levantando reivindicaciones puramente económicas. Se concedieron casi todas y la huelga terminó el 14. Sin embargo, dos semanas después estalló nuevamente. Esta vez empezaron los panaderos, y se les unieron los a1bañiles, los carpinteros, los tintoreros, los molineros y finalmente todos los obreros fabriles.

En Odesa el movimiento comenzó con una lucha salarial durante la cual se impuso la central sindical “legal”, fundada por agentes del gobierno según el programa del famoso gendarme Zubatov. La dialéctica histórica otra vez tuvo ocasión de jugar una de sus maliciosas bromitas. Las luchas económicas del primer período (entre ellas la gran huelga general de San Petersburgo de 1896) desviaron a la socialdemocracia rusa hacia la exageración de la importancia de lo “económico”; de esta forma quedó preparado el terreno para la actividad demagógica de Zubatov. Después de un tiempo, sin embargo, la gran corriente .revolucionaria hizo dar un viraje a ese barquito que navegaba con su bandera falsa y lo obligó a encabezar la flota del proletariado revolucionario. Los sindicatos zubatovianos dieron la señal para la gran huelga general de Odesa en la primavera de 1904 y para la huelga general de San Petersburgo en enero de 1905. Los obreros de Odesa, que no se dejaban engañar por la actitud aparentemente amistosa del gobierno hacia los trabajadores y su simpatía por las huelgas puramente económicas, exigieron que se lo probaran con un ejemplo, obligando al “sindicato obrero” zubatoviano de una fábrica a declarar una huelga por reivindicaciones muy moderadas. Inmediatamente fueron despedidos, y cuando exigieron la protección de las autoridades que les había prometido su dirigente, el caballero se hizo humo, dejándolos sumidos en la mayor de las furias.

Los socialdemócratas se pusieron inmediatamente a la cabeza y el movimiento huelguístico se extendió a otras fábricas. El 1º de julio, 2.500 estibadores abandonaron el trabajo exigiendo aumento de salarios (de 80 kopecs a dos rublos) y la reducción en media hora de la jornada de trabajo. El 16 de julio los marineros se unieron al movimiento. El 13 comenzó una huelga del personal tranviario. Luego se realizó un mitin del todos los huelguistas, unos 7.000 u 8.000 hombres; fueron en manifestación de fábrica en fábrica, creciendo como una avalancha; entonces, una multitud de 40.000 a 50.000 hombres se dirigió a los muelles para hacer parar allí todo el trabajo. Pronto toda la ciudad se embarcó en una huelga general.

En Kiev comenzó el 21 de julio una huelga de los talleres ferroviarios. Aquí también la causa inmediata fueron las miserables condiciones de trabajo, y se presentaron demandas salariales. Al otro día siguieron el ejemplo los trabajadores de las fundiciones. El 23 de julio ocurrió un incidente que dio la señal para la huelga general. Dos delegados ferroviarios fueron arrestados durante la noche. Los trabajadores en huelga inmediatamente exigieron su libertad; como no fue concedida, decidieron no permitir que los trenes partieran de la ciudad. Todos los huelguistas se sentaron en el andén con sus esposas y familiares, un mar de seres humanos. Fueron amenazados con salvas de rifle. Los obreros se pusieron delante y gritaron “¡tiren! “ Dispararon una salva contra la multitud indefensa sentada en el andén; quedaron en el suelo de 30 a 40 cadáveres, muchos de mujeres y niños. Al conocerse el hecho, toda la ciudad de Kiev fue a la huelga el mismo día. Los cadáveres de los obreros asesinados fueron llevados en alto por la multitud en una manifestación masiva. Mítines, discursos, arrestos, luchas callejeras aisladas: Kiev estaba en plena revolución. El movimiento pronto terminó. Pero los imprenteros lograron la reducción en una hora de su jornada de trabajo y un aumento de salarios de un rublo; en una fábrica de levadura se introdujo la jornada de ocho horas; se cerraron los talleres ferroviarios por orden del ministerio; otros departamentos continuaron con huelgas parciales por sus reivindicaciones.

En Nikolaev se declaró la huelga general bajo la influencia inmediata de las noticias que venían de Odesa, Bakú, Batum y Tiflis, a pesar de la oposición del comité socialdemócrata, que quería postergar el estallido del movimiento hasta eh momento en que los militares dejaran la ciudad para irse de maniobras. Las masas se rehusaron a esperar; comenzó una fábrica, las huelgas se extendieron de taller en taller. La resistencia de los militares sólo echó leña al fuego. Se realizaron manifestaciones masivas que marchaban al son de canciones revolucionarias, en las que participaban todos los obreros, empleados, personal tranviario, hombres y mujeres. El paro fue total. En Ekaterinoslav salieron a la huelga los panaderos el 5 de agosto, el 7 los trabajadores de los talleres ferroviarios y el 8 el resto de las fábricas. Pararon los tranvías y no salieron los periódicos.

Así nació la colosal huelga general del Sur de Rusia en el verano de 1903. Por los infinitos pequeños canales de las luchas económicas parciales y los pequeños “incidentes” confluyó rápidamente en un rugiente mar, y transformó durante algunas semanas todo el sur de Rusia en una extraña república obrera revolucionaria. “La multitud que inundaba las calles de la mañana al atardecer se confundía en abrazos fraternales, gritos de gozo y entusiasmo, canciones de libertad, risas alegres, humor y alegría. Los ánimos estaban exaltados; casi se podía creer que una vida nueva y mejor comenzaba en el mundo. Un espectáculo muy solemne, y al mismo tiempo idílico, conmovedor”. Así se expresaba entonces el corresponsal del periódico liberal Osvoboshdenie [Liberación] de Peter Struve.

El año 1904 trajo consigo la guerra y un intervalo en el movimiento huelguístico de masas. Al comienzo asoló todo el país una ola de manifestaciones “patrióticas” impulsadas por la policía. La sociedad burguesa “liberal” resultó herida de muerte por el chovinismo zarista liberal. Pero pronto los socialdemócratas se hicieron dueños del terreno; a las manifestaciones del lumpenproletariado patriótico organizadas bajo el patrocinio de la policía se opusieron las manifestaciones de los obreros revolucionarios. Al fin las vergonzosas derrotas del ejército zarista despertaron de su letargo a la sociedad liberal; comenzó entonces la era de los congresos democráticos, banquetes, discursos, llamados y manifiestos. El absolutismo, momentáneamente disminuido por el bochorno de la guerra, dio amplia libertad de acción a estos caballeros, que de más en más veían todo color de rosa. Durante seis meses el liberalismo burgués ocupó el centro de la escena y el proletariado quedó en las sombras. Pero después de una larga depresión el absolutismo resurgió, y bastó un único y poderoso movimiento de la bota cosaca para que el liberalismo quedara relegado en un rincón. Se prohibieron los banquetes, discursos y congresos tachándolos de “intolerable presunción”, y el liberalismo se encontró de pronto con que se le había acabado la cuerda.

Pero exactamente en el punto en que quedó agotado el liberalismo comenzó la acción del proletariado. En diciembre de 1904 estalló la huelga general en Bakú a causa del desempleo; la clase obrera nuevamente estaba en el campo de batalla. Prohibida la palabra, comenzó la acción. En Bakú, durante la huelga general, los socialdemócratas tuvieron la dirección durante algunas semanas como dueños absolutos de la situación. Los acontecimientos de diciembre en el Cáucaso habrían causado una inmensa sensación si no hubieran sido tapados tan rápidamente por la ascendente marea revolucionaria que justamente ellos habían puesto en movimiento. Aún no habían llegado a todo el imperio zarista las noticias confusas y fantásticas de la huelga general de Bakú cuando en enero de 1905 estalló en San Petersburgo la huelga de masas.

Aquí también, como es sabido, la causa inmediata fue trivial. Dos trabajadores de los establecimientos de Putilov fueron despedidos por estar afiliados al sindicato legal zubatoviano. Esta medida provocó una huelga general de solidaridad, el 16 de enero, de los 12.000 empleados de esos establecimientos. Los socialdemócratas aprovecharon la huelga para comenzar una viva agitación en pro de la extensión de las demandas; planteaban la jornada de ocho horas, el derecho de asociación, la libertad de palabra y prensa, etcétera. La inquietud reinante entre los trabajadores de Putilov se comunicó rápidamente al resto del proletariado, y en pocos días estaban en huelga 140.000 obreros. Tuvieron lugar congresos unitarios y discusiones violentas, de los cuales resultó ese programa proletario de libertades burguesas, encabezado por la consigna de la jornada de ocho horas, con el cual el 22 de enero 200.000 obreros, dirigidos por el padre Gapón, marcharon al palacio del zar. El conflicto de los dos obreros de Putilov sometidos a un castigo disciplinario se transformó en una semana en el preludio de la revolución más violenta de los tiempos modernos.

Lo que siguió es bien conocido. La masacre sangrienta de San Petersburgo tuvo como respuesta gigantescas huelgas de masas y la huelga general, en enero y febrero, en todos los centros y ciudades industriales de Rusia, Polonia, Lituania, las provincias del Báltico, el Cáucaso, Siberia, de norte a sur y de este a oeste. Un examen más atento, sin embargo, revela que la huelga de masas se estaba dando en formas distintas a las del período anterior. En todas partes las organizaciones socialdemócratas iban a la vanguardia con sus proclamas; en todas partes se planteaba explícitamente la solidaridad revolucionaria con el proletariado de San Petersburgo como la causa y el objetivo de la huelga general; en todas partes, al mismo tiempo, había manifestaciones, discursos, conflictos con los militares.

Pero incluso en este caso no hubo un plan determinado previamente, no hubo una acción organizada; las proclamas de los partidos apenas podían seguir el paso a los levantamientos espontáneos de las masas; los dirigentes apenas tenían tiempo de formular las consignas para la ferviente multitud proletaria. Además, las primeras huelgas de masas y generales se originaron en la confluencia de luchas salariales aisladas que, en el clima general creado por la situación revolucionaria y bajo la influencia de la agitación socialdemócrata, se transformaban rápidamente en manifestaciones políticas. El factor económico y el carácter disperso del sindicalismo eran el punto de partida; la acción generalizada de la clase y la dirección política, la consecuencia. Ahora el movimiento se revertía.

Las huelgas generales de enero y febrero se lanzaron como acciones revolucionarias unificadas que comenzaron bajo la dirección de los socialdemócratas; pero pronto derivaron en una serie interminable de huelgas locales parciales, económicas, en distintos distritos, ciudades, departamentos y fábricas. Durante toda la primavera y mitad del verano de 1905 una ininterrumpida huelga económica contra el capital, que abarcó casi al conjunto del proletariado, fermentó a través del inmenso imperio. Por un lado, entraron en la lucha todas las profesiones pequeñoburguesas y liberales, los empleados de comercio, los técnicos, actores y artistas. Por otro, el movimiento penetró en el servicio doméstico, en las categorías más bajas de la policía, incluso en el lumpenproletariado. Simultáneamente se extendió de las ciudades a los distritos campesinos, y llegó a golpear los portones de hierro de los cuarteles.

Es un fresco gigantesco y multicolor de un enfrentamiento general entre el capital y el trabajo, que refleja toda la complejidad de la organización social y de la conciencia política de cada sector y cada distrito. La escala se extiende desde la lucha sindical ordenada de una capa selecta y probada del proletariado de la gran industria hasta la protesta informe de un puñado de obreros rurales y los primeros temblores leves de una guarnición militar agitada; de la revuelta bien educada y elegante de los trabajadores de puños almidonados y cuello duro en las oficinas de un banco hasta los tímidos murmullos de una tosca reunión de policías insatisfechos en un sucio puesto de guardia oscuro y lleno de humo.

Para los teóricos amantes de las luchas “ordenadas y bien disciplinadas”, que siguen un plan y un esquema; especialmente para aquellos que siempre, desde lejos, pretenden saber mejor que nadie “cómo habría que haber actuado”, que la gran huelga general política de enero de 1905 haya degenerado en un montón de luchas económicas fue “un gran error”, que arruinó esa acción y la convirtió en un “fuego de artificio”. La socialdemocracia rusa, que participó en la revolución pero no la “hizo”, que tuvo que aprender sus leyes en el mismo curso de la lucha, en primera instancia se desorientó durante un tiempo por la marea aparentemente estéril levantada por la tormenta de la huelga genera1. Sin embargo, la historia, que cometió ese “gran error”, realizó, pese a los razonamientos de sus profesores oficiosos, un gigantesco trabajo en favor de la revolución, que era tan inevitable como incalculables fueron sus consecuencias.

El súbito levantamiento proletario general de enero, provocado por el ímpetu poderoso de los acontecimientos de San Petersburgo, fue exteriormente un acto político, una declaración revolucionaria de guerra al absolutismo. Pero esta primera acción general directa detonó, como una corriente eléctrica, una poderosa reacción interna, ya que por primera vez se despertaron en millones de personas los sentimientos y la conciencia de clase. Y ese despertar del sentimiento de clase se expresó luego en el hecho de que la masa de millones de proletarios tomó conciencia, rápida y agudamente, de lo intolerable de esa existencia económica y social a la que la condenaba el capitalismo, existencia que había sobrellevado pacientemente durante décadas. Acto seguido comenzó un espontáneo movimiento general sacudiendo y rompiendo esas cadenas. Los innumerables sufrimientos del proletariado moderno les recordaban sus viejas heridas siempre sangrantes. Aquí se peleaba por la jornada de ocho horas; allí se resistía el trabajo a destajo; aquí se “sacaba del medio” a los capataces brutales embolsados en una carretilla; en otro lugar se luchaba contra el infame sistema de multas; en todas partes se peleaba por mejores salarios y en uno u otro lugar por la abolición del trabajo domiciliario. Los oficios más retrasados y degradados de las grandes ciudades, las pequeñas poblaciones de provincia, que hasta entonces habían dormido un sueño idílico, la aldea con su herencia feudal, súbitamente puestos en pie por el rayo de enero, reflexionaban sobre sus derechos y febrilmente trataban de recuperar el tiempo perdido.

La lucha económica no fue en este caso un retroceso, una dispersión de la acción; se trató simplemente de un cambio de frente, de la alteración súbita y natural del primer enfrentamiento generalizado con el absolutismo en un choque generalizado con el capital que, conforme a su naturaleza, asumió la forma de luchas salariales aisladas, dispersas. En enero, el cambio de la huelga general en huelgas económicas no destruyó ninguna acción política de clase, sino al contrario; después de agotado todo el contenido político posible de la acción en esa situación dada y en esa etapa determinada de la revolución, irrumpió como acción económica, o más bien se transformó en ésta.

De hecho, ¿qué más podría haber logrado la huelga general de enero? Solamente la total falta de reflexión podía pretender destruir al absolutismo de un golpe, con una huelga general única “de larga duración”, según el plan anarquista. En Rusia, el absolutismo debe ser derribado por el proletariado. Pero para ser capaz de ello el proletariado necesita un alto nivel de educación política, de conciencia de clase y de organización. Estas condiciones no se logran con folletos y volantes sino únicamente con la escuela política viva, con la lucha y en la lucha, en el proceso continuo de la revolución. Además, no puede derribarse el absolutismo en el momento en que se lo desee, solamente con “esfuerzo” y “perseverancia”. La caída del absolutismo será la expresión exterior del desarrollo interno social y de clase de la sociedad rusa.

Antes de que se den las posibilidades de derribar al absolutismo debe formarse en el interior del país la Rusia burguesa, con sus modernas divisiones de clase. Ello exige el agrupamiento de las distintas capas e intereses sociales, además de la educación de los partidos proletarios revolucionarios, y también de los liberales, radicales pequeñoburgueses, conservadores y reaccionarios. Exige conciencia de sí, conocimiento de sí y conciencia de clase no solamente de los sectores populares sino también de las distintas capas burguesas. Estas también podrán constituirse y madurar solamente en la lucha, en el proceso mismo de la revolución, en la escuela viva de la experiencia, enfrentándose con el proletariado y entre ellas mismas en un incesante choque. El peculiar rol dirigente del proletariado por una parte traba y dificulta esta división y maduración de clase de la sociedad burguesa, mientras que su lucha contra el absolutismo, por otra parte, la estimula y acelera. Las diferentes corrientes subterráneas del proceso social revolucionario se entrecruzan, chocan unas con otras, incrementan las contradicciones internas de la revolución, pero al final aceleran su estallido haciéndolo más violento.

En consecuencia, este problema simple y puramente mecánico puede plantearse así: el derrocamiento del absolutismo es un proceso social largo y continuo, y su solución exige que se socaven totalmente las bases de la sociedad. Lo de arriba ha de ser tirado abajo y lo de abajo elevado, el “orden” aparente debe transformarse en caos y el caos aparentemente “anárquico” debe transformarse en un nuevo orden. Ahora bien, en este proceso de transformación social de la vieja Rusia jugaron un rol indispensable no sólo el luminoso enero de la primera huelga general sino también las tormentas de primavera y verano que lo siguieron. La manera descarnada en que se plantearon las relaciones entre el trabajo asalariado y el capital contribuyeron en igual medida al agrupamiento de los diferentes sectores populares y de los sectores burgueses; a la toma de conciencia de clase del proletariado revolucionario y a la de la burguesía liberal y conservadora. Y de la misma manera en que la lucha salarial urbana contribuyó a la formación de un fuerte partido monárquico industrial en Moscú, el violento levantamiento rural en Livonia condujo a la rápida liquidación del famoso liberalismo aristocrático-agrario de los zemstvos.

Al mismo tiempo, el período de luchas económicas de la primavera y el verano de 1905 permitió al proletariado urbano, a través de la agitación y dirección de la activa socialdemocracia, asimilar luego las lecciones del preludio de enero y comprender claramente los objetivos ulteriores de la revolución. En relación con esto, se da otra circunstancia de carácter social duradero: un aumento general del nivel de vida del proletariado, económico, social e intelectual.

Casi todas las huelgas de enero de 1905 terminaron en un triunfo. Como prueba aportamos algunos datos de la enorme y casi inaccesible masa de material, referidos a algunas de las huelgas impulsadas solamente en Varsovia por el Partido Social Demócrata Polaco y Lituano. En veintidós grandes fábricas metalúrgicas de Varsovia los obreros ganaron, después de huelgas de cuatro a cinco semanas (desde el 25-26 de enero), la jornada de nueve horas, un 25 por ciento de aumento de salarios y obtuvieron varias concesiones menores. Las fábricas son: Lilpop Ltda.; Ran y Lowenstein; Rudzki y Cía.; Borman, Schwede y Cía.; Handtke, Gerlach y Pulst; Geisler Hnos.; Eberherd, Wolsky y Cía.; Konrad y Yarnuszkiewicz Ltda.; Weber y Dajehu; Ewizdzinski y Cía.; Establecimientos Metalúrgicos Wolonski, Gostynski y Cía. Ltda.; Rrun e Hijo; Frage Norblin; Werner; Buch; Kenneberg Hnos.; Labor; Fábrica de Lámparas Dittunar; Serkowski; Weszk. En los grandes talleres de la industria de la madera en Varsovia: Karmanski, Damieki, Gromel, Szerbinskik, Twemerovski, Horn, Devensee, Tworkowski, Daab y Martens (doce en total), el 23 de febrero los huelguistas habían obtenido la jornada de nueve horas; no contentos con esto, insistieron en la jornada de ocho horas, que también ganaron, junto con un aumento de salarios, después de otra semana de huelga.

El 27 de febrero fue a la huelga toda la industria de la construcción exigiendo, en conformidad con la consigna de la socialdemocracia, la jornada de ocho horas. El 11 de marzo ganaron la jornada de diez horas y un aumento de salarios para todas las categorías, el pago regular de los salarios semanalmente, etcétera. Los pintores de obra, los carreteros, los talabarteros y los herreros obtuvieron todos la jornada de ocho horas sin disminución del salario.

Los telefónicos pararon diez días y ganaron la jornada de ocho horas y un aumento de salarios de entre el diez y el quince por ciento. Las grandes hilanderías de lino de Hielle y Dietrich (10.000 obreros) obtuvieron luego de una huelga de nueve semanas la reducción en una hora de la jornada laboral y un aumento salarial del cinco al diez por ciento. Similares resultados, con infinitas variaciones, se observaron en las ramas más antiguas de la industria en Varsovia, Lodz y Sosnovitz.

En Rusia propiamente dicha, consiguieron la jornada de ocho horas en diciembre de 1904 una cuantas categorías de obreros petroleros en Bakú; en mayo de 1905 los trabajadores azucareros del distrito de Kiev; en enero de 1905 todas las imprentas de Samara (donde al mismo tiempo se obtuvo un aumento de la paga por pieza y la abolición de las multas); en febrero en el establecimiento donde se fabrican los instrumentos médicos para el ejército, en una fábrica de muebles y en la fábrica de municiones de San Petersburgo. Luego se introdujo la jornada de ocho horas en las minas de Vladivostock, en marzo en los talleres mecánicos estatales y en mayo para los empleados del ferrocarril eléctrico de Tiflis. En el mismo mes se ganó la jornada de ocho horas y media en la gran fábrica de tejidos de algodón de Morosov (también la abolición del trabajo nocturno y un aumento de salarios del ocho por ciento); en junio, la jornada de ocho horas en algunos talleres petroleros de San Petersburgo y Moscú; en julio la jornada de ocho horas y media para los herreros de los muelles de San Petersburgo; en noviembre en todas las imprentas privadas de la ciudad de Orel (y al mismo tiempo un aumento del 20 por ciento en la paga por hora y un 100 por ciento en la paga por pieza, además de una comisión conciliadora donde obreros y patrones están paritariamente representados).

La jornada de nueve horas se introdujo en febrero en todos los talleres ferroviarios; también en muchos talleres del gobierno, militares y navales, en la mayoría de las fábricas de la ciudad de Berdiansk, en todas las imprentas de las ciudades de Poltava y Munsk; de nueve horas y media en los astilleros, talleres mecánicos y fundiciones de la ciudad de Nikolaev; en junio, después de una huelga general de mozos en Varsovia, en muchos restaurantes y cafés (y al mismo tiempo un aumento salarial del 20 al 40 por ciento y dos semanas anuales de vacaciones).

La jornada de diez horas se impuso en casi todas las fábricas de las ciudades de Lodz, Sosnovitz, Riga, Kovno, Oval, Dorfat, Minsk, Jarkov, en las panaderías de Odesa, para los mecánicos de Kishinev, en algunas fundiciones de San Petersburgo, en las fábricas de fósforos de Kovno (con un aumento de salarios del diez por ciento), en casi todos los astilleros estatales y para todos los estibadores.

Los aumentos de salarios fueron en general menores que la reducción de las horas de trabajo, pero siempre más significativos: en Varsovia la municipalidad fijó, a mediados de marzo de 1905, un aumento del quince por ciento para las fábricas que dependen de ella; en el centro de la industria textil, Ivanovo Vosnesensk, el aumento fue del 7 al 15 por ciento, en Kolvno afectó al 73 por ciento de los obreros. Se introdujo un salario mínimo fijo en algunas panaderías de Odesa, en los astilleros Neva de San Petersburgo, etcétera.

De más está decir que estas concesiones fueron retiradas luego en uno u otro lugar. Esto, sin embargo, provocó nuevas luchas y llevó a batallas aun más enconadas. Así, el período de huelgas de la primavera de 1905 se transformó en el preludio de una serie infinita, que todavía continúa, de luchas económicas que se expanden y se entrelazan. En la etapa de aparente estancamiento de la revolución; cuando el telégrafo no transmitía ninguna noticia sensacional del campo de guerra ruso al mundo exterior, cuando el europeo occidental hacía a un lado su periódico desalentado por la noticia de que “nada se estaba haciendo en Rusia”, en realidad se llevaba a cabo el gran trabajo revolucionario clandestino sin pausa, día a día y hora a hora, en el corazón mismo del imperio. La incesante e intensa lucha económica efectuó, con métodos rápidos y abreviados, la transición del capitalismo de la etapa de acumulación primitiva, de formas de trabajo patriarcales y ametódicas, a un capitalismo sumamente moderno y civilizado.

En la actualidad, la jornada de trabajo real de la industria en Rusia dejó atrás no sólo la legislación fabril rusa, o sea la jornada legal de once horas, sino también la situación real imperante en Alemania. En la mayor parte de la gran industria rusa predomina la jornada de diez horas, considerada un objetivo inalcanzable por la legislación social alemana. Y lo que es más, en medio de la tormenta revolucionaria y de la revolución misma nació el tan añorado “constitucionalismo industrial”. que tanto entusiasmo despierta en Alemania y en función del cual los partidarios de la táctica oportunista están dispuestos a proteger de la más leve brisa las aguas estancadas de su parlamentarismo que todo lo aguanta, así como las del “constitucionalismo político”. En realidad no se trata simplemente, de que haya tenido lugar una elevación del nivel general de vida o del nivel cultural de la clase obrera. En la revolución no se alcanza un nivel de vida material como etapa permanente de bienestar. Llena de contradicciones y contrastes trae simultáneamente sorprendentes victorias económicas y los más brutales actos de venganza de parte de los capitalistas; hoy la jornada de ocho horas y mañana los lock-outs masivos y el hambre para millones de personas.

La consecuencia más preciosa, por lo permanente, de este rápido flujo y reflujo de la marea es su sedimento mental: el crecimiento intelectual y cultural del proletariado, que avanza a saltos, y que ofrece una inviolable garantía de su irresistible progreso en la lucha económica y política. Y no sólo eso. Incluso las relaciones del trabajador con su patrón se han dado vuelta; desde la huelga general de enero y las huelgas de 1905 que la siguieron, el principio del capitalista “señor de su casa” fue abolido de facto.

En las fábricas más grandes de todos los centros industriales importantes se estableció, tomo cosa natural, el comité obrero, el único con el que negocia el patrón y el que decide en todos los conflictos.

Y finalmente otra cosa: las huelgas aparentemente “caóticas” y la acción revolucionaria “desorganizada” posterior a la huelga general de enero se están convirtiendo en el punto de partida de un febril trabajo de organización. La señora Historia, allá lejos, se mofa sonriente de los fantoches burocráticos que vigilan celosamente el destino de los sindicatos alemanes. Las firmes organizaciones que, según su hipótesis, para que estallara una eventual huelga de masas en Alemania deberían estar fortificadas como inexpugnables ciudadelas, en Rusia, por el contrario, nacieron de la huelga de masas. Y mientras los guardianes de los sindicatos alemanes temen por sobre todo que el huracán revolucionario haga caer las organizaciones haciéndolas pedazos, como si fueran una rara porcelana, los revolucionarios rusos nos muestran un cuadro exactamente opuesto; del huracán y la tormenta, del fuego y la hoguera de la huelga de masas y de la lucha callejera, surgen, como Venus de las olas, sindicatos frescos, jóvenes, poderosos, vigorosos.

Otra vez un pequeño ejemplo, que sin embargo es típico de todo el imperio. En el segundo congreso de los sindicatos rusos, que tuvo lugar a fines de febrero de 1906 en San Petersburgo, el representante de los sindicatos petersburgueses, en su informe sobre el desarrollo de las organizaciones sindicales en la capital zarista decía:

“El 22 de enero de 1905, que barrió con el sindicato de Gapón, fue un momento decisivo. La experiencia enseñó a gran cantidad de obreros a valorar y comprender la importancia de la organización, y que sólo e1los pueden crear estas organizaciones. El primer sindicato –el de los tipógrafos– se creó directamente relacionado con el movimiento de enero. La comisión designada para fijar las cotizaciones elaboró los estatutos y el 19 de julio el sindicato comenzó su existencia. También por esta época nació el sindicato de empleados de oficina y tenedores de libros.

“Además de estas organizaciones, que funcionaban casi abiertamente, surgieron entre enero y octubre de 1905 sindicatos semilegales y legales. Entre los primeros estaba, por ejemplo, el sindicato de asistentes de laboratorio y empleados de comercio. Entre los sindicatos ilegales se debe prestar especial atención al de relojeros, que celebró su primera sesión secreta el 24 de abril. Todos los intentos por celebrar un mitin público chocaron con la obstinada resistencia de la policía y de los patrones, agremiados en la Cámara de Comercio. Este hecho desafortunado no impidió la existencia del sindicato. Sus afiliados se reunieron secretamente el 9 de junio y el 14 de agosto, además de las sesiones que celebró el ejecutivo sindical. El sindicato de sastres y modistas se fundó en 1905 en un mitin que se realizó en un bosque al que asistieron 60 sastres. Luego de discutirse la formación del sindicato se designó una comisión a la que se le encargó la tarea de redactar los estatutos. Fracasaron todos los intentos de la comisión de conseguir la legalidad para el sindicato. Su actividad se limitó a la agitación y al reclutamiento de nuevos miembros en los talleres aislados. Similar destino le estaba reservado al sindicato de zapateros. En julio se realizó una reunión nocturna secreta en un bosque cerca de la ciudad. Concurrieron alrededor de 100 zapateros; se leyó un informe sobre la importancia del sindicalismo, su historia en Europa Occidental y sus tareas en Rusia. Se decidió entonces formar un sindicato; se designó una comisión de doce personas para redactar los estatutos y convocar una asamblea general de zapateros. Los estatutos se redactaron, pero hasta ahora no fue posible imprimirlos ni se llamó a asamblea general”.

Así fueron los primeros y difíciles comienzos. Luego vinieron las jornadas de octubre, la segunda huelga general, el manifiesto del zar del 30 de octubre y el breve “período constitucional”. Los obreros se zambulleron con ardiente celo en la corriente de las libertades políticas con el fin de utilizarlas para el trabajo organizativo. Además de las reuniones políticas diarias, los debates y la formación de clubes, tomaron inmediatamente la tarea de impulsar el sindicalismo. En octubre y noviembre aparecieron 40 sindicatos nuevos en San Petersburgo. Se estableció un “buró central”, es decir, un consejo sindical, aparecieron varios periódicos sindicales y desde noviembre se publica un órgano central, El Sindicato.

Lo que informamos sobre Petersburgo es válido también para Moscú y Odesa, Kiev y Nicolaev, Saratov y Voronez, Samara y Nijni Novgorod y para todas las ciudades grandes de Rusia, y más aún para, Polonia. Los sindicatos de las distintas ciudades tratan de mantenerse en contacto y se celebran congresos. El fin del “período constitucional” y el retorno a la reacción en diciembre de 1905 pusieron punto final por el momento a la actividad abierta de los sindicatos pero no la apagaron del todo. Funcionan como organizaciones secretas y ocasionalmente llevan a cabo luchas salariales abiertas. Se está imponiendo una peculiar combinación de legalidad e ilegalidad en la vida sindical, que se corresponde con la situación revolucionaria sumamente contradictoria.

En medio de la lucha el trabajo organizativo se extiende cada vez más, a fondo y hasta con cierta pedantería. Los sindicatos del Partido Social Demócrata de Polonia y Lituania, por ejemplo, que en el último congreso (1906) contaban con cinco delegados que representaban a 10.000 miembros, cuentan con los acostumbrados estatutos, carnets impresos de afiliados, declaraciones de adhesión, etcétera. Y los mismos panaderos y zapateros, ingenieros y tipógrafos de Varsovia y Lodz, que en junio de 1905 estaban en las barricadas y en diciembre sólo esperaban la señal de Petersburgo para lanzarse a la lucha callejera, encuentran tiempo y entusiasmo, entre una y otra huelga: de masas, entre la cárcel y el lock-out, bajo el estado de sitio, para elaborar sus estatutos sindicales y discutirlos acaloradamente. Estos luchadores de las barricadas de ayer y de mañana más de una vez recriminaron severamente a sus dirigentes amenazándolos con irse del partido por no haber impreso aquéllos las desgraciadas listas de afiliados sindicales con suficiente rapidez (en imprentas secretas y bajo una incesante persecución policial). Hasta hoy continúan este celo y entusiasmo. Por ejemplo, en las dos primeras semanas de julio de 1906 aparecieron 15 sindicatos nuevos en Ekaterinoslav, seis en Kostroma, varios en Kiev, Poltava, Smolensk, Cherkasi, Proskurvo, hasta en las más insignificantes poblaciones de provincia.

En la sesión del 4 de junio de este año del consejo sindical de Moscú, después de la aceptación de los informes individuales de los delegados sindicales, se decidió “que los sindicatos deben disciplinar a sus miembros y abstenerse de participar de reyertas callejeras porque no se considera que sea momento oportuno para la huelga de masas. Ante una posible provocación del gobierno, debemos tener cuidado de que las masas no se vuelquen a las calles”. Finalmente, el consejo decidió que si en algún momento un sindicato salía a la huelga los otros tenían que abstenerse de cualquier lucha salarial. En la actualidad la mayor parte de as luchas económicas están dirigidas por los sindicatos.

Vemos así que la gran lucha económica que siguió a la huelga general de enero y que no se ha detenido hasta la actualidad constituyó un amplio trasfondo revolucionario. De allí, en una recíproca e incesante acción con la agitación política y los acontecimientos exteriores de la revolución, surgen aquí y allá nuevas expresiones aisladas y nuevas acciones generales del proletariado. Se destacan contra este trasfondo los siguientes acontecimientos, uno después de otro; en las manifestaciones del 1º de mayo hubo en Varsovia una huelga general total que terminó en un sangriento encuentro entre la multitud indefensa y los soldados. En junio, un acto masivo en Lodz que fue dispersado por los soldados llevó a una manifestación de 100.000 trabajadores en el funeral de algunas de las víctimas de la soldadesca brutal y a un nuevo enfrentamiento con los militares; finalmente, el 23, 24 y 25 de junio se llevó a cabo la primera lucha de barricadas del imperio zarista. También en junio estalló la primera gran revuelta de los marinos de la flota del Mar Negro, en el puerto de Odesa, a partir de un incidente trivial a bordo del acorazado Potemkin, que provocó inmediatamente una violenta huelga de masas en Odesa y Nikolaev. La siguieron como un eco lejano la huelga de masas y las revueltas de los marineros de Kronstadt, Libau y Vladivostok.

En el mes de octubre se realizó el grandioso experimento de San Petersburgo con la introducción de la jornada de ocho horas. El consejo general de delegados obreros decidió conquistar la jornada de ocho horas de manera revolucionaria. En el día señalado todos los obreros de Petersburgo debían informar a sus patrones que no querían trabajar más de ocho horas diarias y abandonar los lugares de trabajo transcurrido ese lapso. La idea causó gran agitación, los obreros la aceptaron y aplicaron con entusiasmo, pero no se pudieron evitar grandes sacrificios. Por ejemplo, la jornada de ocho horas significaba una enorme disminución en el salario de los textiles, que hasta entonces habían trabajado once horas y a destajo. Sin embargo, lo aceptaron voluntariamente. En una semana se había impuesto la jornada de ocho horas en todas las fábricas y talleres de Petersburgo; la alegría de los trabajadores no tenía límites. Pronto, sin embargo, los estupefactos patrones prepararon su defensa; amenazaron en todas partes con cerrar las fábricas. Algunos trabajadores aceptaron negociar y obtuvieron en determinados lugares la jornada de diez horas y en otros la de nueve. La élite del proletariado de Petersburgo, los obreros de los grandes talleres mecánicos estatales, permaneció firme; el lock-out dejó en la calle durante un mes entre 45.000 y 50.000 hombres. El movimiento por la jornada de ocho horas llevó a la huelga general de diciembre, preparada en gran medida por el lock-out.

Mientras tanto, la segunda formidable huelga general de todo el imperio se lanza en octubre como respuesta a la Duma de Buligin, huelga que fue iniciada por los ferroviarios. Esta segunda gran acción del proletariado ya tiene un carácter esencialmente distinto de la de enero. El elemento “conciencia política” juega ahora un rol mucho mayor. Aquí también, la razón inmediata del estallido de la huelga de masas fue secundaria y aparentemente accidental; el conflicto de los ferroviarios con la administración por los fondos para pensiones. Pero el levantamiento general del proletariado industrial que lo siguió fue llevado adelante con ideas políticas claras. El preludio de la huelga de enero fue una procesión pidiéndole al zar mayores libertades políticas; la consigna de la huelga de octubre era “¡Terminemos con la comedia constitucional del zarismo!”

Y gracias al inmediato éxito de la huelga general, al, manifiesto del zar del 30 de octubre, el movimiento no se repliega en sí mismo sino que se expande en la ansiosa actividad de la libertad política recientemente adquirida. Manifestaciones, reuniones, una prensa nueva, discusiones públicas y masacres sangrientos al final de la historia, y luego nuevas huelgas de masas y manifestaciones; éste es el tormentoso cuadro de los días de noviembre y diciembre. En noviembre, a instancias de los socialdemócratas de Petersburgo, la primera huelga de masas de protesta surge a partir de una manifestación contra los sangrientos hechos y el establecimiento del estado de sitio en Polonia y Livonia.

El fermento del breve período constitucional y el despertar brutal finalmente conduce en diciembre al estallido de la tercera huelga general en todo el imperio. Esta vez su curso y sus resultados son totalmente diferentes de los de los dos casos anteriores. La acción política no se transforma en económica como en enero, pero tampoco logra una rápida victoria como en octubre. La camarilla zarista ya no hizo más intentos de conceder una libertad política real, y entonces la acción revolucionaria, por primera vez en su historia, chocó contra los espesos muros de la violencia física del absolutismo. Por la lógica interna del proceso, de asimilación de la experiencia, esta vez la huelga de masas se transforma en insurrección abierta, en barricadas armadas, y en Moscú en lucha callejera, Las jornadas de diciembre en Moscú cierran el primer año de la revolución, y constituyen el punto culminante de la línea ascendente de la acción política y el movimiento de huelgas de masas.

Los acontecimientos de Moscú muestran un cuadro típico del desarrollo lógico y a la vez del futuro del movimiento revolucionario de conjunto: su culminación inevitable en una insurrección general abierta, que tampoco puede darse de otra forma que a través del entrenamiento en una serie de insurrecciones parciales preparatorias, que momentáneamente acabarán en “derrotas” parciales que, consideradas aisladamente, pueden parecer “prematuras”.

El año 1906 trae consigo las elecciones y los incidentes en la Duma. El proletariado, por su poderoso instinto revolucionario y su claro conocimiento de la situación, boicotea la farsa constitucional zarista y el liberalismo ocupa durante algunos meses el centro de la escena. Parece que se hubiera vuelto a la situación de 1904, cuando se pronunciaban discursos en lugar de actuar, y el proletariado, durante un tiempo, se retira en las sombras para dedicarse con esmero a la lucha sindical y al trabajo organizativo. Ya no se habla de huelga de masas, mientras se disparan día tras día los fuegos de artificio de la retórica liberal. Por fin se arranca la cortina que parecía de hierro, se dispersan los actores y de los artificios liberales ya no queda más que el humo y el vapor. El intento del Comité Central de la socialdemocracia rusa de impulsar una huelga de masas como demostración de fuerzas ante la Duma y la reapertura del período del discurseo liberal cae totalmente en el vacío. Quedó agotado el rol de la huelga de masas puramente política pero al mismo tiempo no se realizó la transición de la huelga de masas al levantamiento popular general. El episodio liberal ya pertenece al pasado; el episodio proletario todavía no comenzó. Por el momento el escenario está vacío.

 

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