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Howard murphet


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LAS LUCES DEL HOGAR

POR
HOWARD MURPHET

Traducción de Herta Pfeifer

Santiago de Chile, diciembre de 2003

Este libro está dedicado con amor y gratitud al Señor Siva,


ya que sin su oportuno recuerdo en cuanto a que aún faltaba otro libro y

que mi labor en la tierra no se había completado,


este libro jamás habría sido escrito.

Al dedicárselo al Señor Siva,

el libro está dedicado también, automáticamente,
a nuestro bienamado Sai Baba,
a través de cuyos labios el Señor Siva le habla,
en general aunque no exclusivamente,
al mundo de hoy.

PREFACIO
Si tuviéramos muchas vidas en la tierra, y me asiste la certeza de que son cientos, ¿cuándo será que comienza nuestro viaje consciente de regreso al hogar? ¿Cuándo nos damos cuenta en verdad que vamos de vuelta a casa?


Pienso que por muchas, muchísimas vidas somos como el hijo pródigo de la parábola, tan enfrascados en los placeres terrenales, tan seducidos por las atracciones del mundo, que nos olvidamos por completo de quienes somos y de donde venimos, y no escuchamos llamado alguno de nuestro hogar celestial. El poeta William Wordsworth habla de que el cielo se encuentra alrededor nuestro en nuestra infancia, pero estaba escribiendo acerca de su propia experiencia y creo que debe haber estado en su última o cerca de su última encarnación. Inevitablemente empero, no cabe duda que después de siglos de la dura vida en la tierra, cada alma humana comienza a experimentar débiles recuerdos, vagos indicios, de esa distante, feliz, región espiritual en que tuviera su inicios antes de verse envuelta, por alguna misteriosa razón, en la larga aventura terrenal.
Hay algo que trae de vuelta a la conciencia los dulcísimos recuerdos de allí de donde hemos venido y a donde pertenecemos realmente. En la medida en que estas remembranzas se van haciendo más fuertes, tal vez después de muchas vidas más, al igual que el hijo pródigo volvemos el rostro y encaminamos nuestros pasos hacia nuestro verdadero hogar. Sentimos que las alegrías verdaderas están allí, que allí no hay sufrimiento y que en ese hogar está nuestro Padre afectuoso. En este viaje de regreso a casa aparecen muchos obstáculos, muchas diversiones que nos hacen volver nuestros pasos en otras direcciones y puede que nos volvamos a extraviar en las tentaciones de los placeres del mundo, fracasando en llegar al hogar en esa vida. Incluso los grandes yogis, quienes están muy cerca del hogar, caen en tentaciones a veces y renacen una vez más en la tierra, como el hermoso ‘bebé del vibhuti’ que viera un año en Prasanthi Nilayam. Swami nos dijo que este bebé, de cuya piel surgía vibhuti, era de hecho un yogi caído, mas había nacido muy cerca del Ashram del Avatar y entendí que estas almas tan avanzadas que caen de la gracia en la última etapa de su viaje a casa, nacen siempre en circunstancias afortunadas. (La historia de este ‘bebé del vibhuti’ la relato en uno de mis libros anteriores sobre Sai Baba, “Sai Baba Avatar”).
Una de las señales que muestra, a mi entender, que uno está conscientemente encaminado de vuelta a casa es cuando en su vida no pueden asaltarle ni desviarle a uno tentaciones de ningún tipo, porque todas le parecen huecas y vanas; cuando existe en realidad un deseo, una atracción, y eso es la gloria que le espera a uno en el hogar celestial. Algunos grandes maestros dicen que aun llegando hasta las rejas de ese hogar, se deberá únicamente a la gracia de Dios el que uno, el hijo pródigo, pueda traspasar esos sagrados portales. Tal vez esto se indique en el hecho de la fábula según el cual el amoroso padre sale al encuentro del hijo largamente perdido, y le da la bienvenida, abrazándole y conduciéndole a través de las puertas del hogar. Es posible también que la verdad de la necesidad de la gracia al final del trayecto se muestre simbólicamente en la “Odiseade Homero, en donde la Diosa Atenea se le aparece a Ulises en la playa de su isla-hogar y le presta la ayuda sin la cual jamás habría podido ingresar a su palacio.
Solamente el gran amor y la compasión del Padre divino pueden ayudarnos a completar el viaje. Mas, aunque ninguna tentación, ninguna Calypso, ninguna Circe, tengan el poder para desviarnos de nuestra meta, siempre existe la posibilidad que Poseidón pueda desencadenar una gran tormenta que haga perder el rumbo a nuestro barco enfilado al hogar. Lo único que podemos hacer entonces es el mantener firmemente asida la caña del timón y los ojos fijos en la brújula, para poder hacer que el barco recupere el curso, hasta que veamos nuevamente las Luces del Hogar brillando frente a nuestra proa y sepamos que vamos derecho a nuestro puerto de origen. Manténganse firmes y confiados y déjenle el resto a la gracia de Dios.
Me parece que en ese período de vida que ha de conducir al tramo de regreso al hogar, en donde vemos frente a nosotros nuestro puerto de origen, podemos, en retrospectiva, reconocer la secuencia de eventos que llevaran a este viaje de vuelta. Desde la niñez hasta la vejez podemos dibujar el arco iris en medio de la lluvia de la vida, por así decirlo. Es por eso que comienzo este libro con algunas reminiscencias de mis primeros años.


Howard Murphet

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RECONOCIMIENTOS


Este libro, al igual que los dos anteriores, “En Donde Termina el Camino” e “Intro-Vistas con Sai”, es por necesidad un libro ‘hablado’, vale decir lo fui dictando en cassettes de audio, lo que me obligó a tender un puente hacia la palabra escrita con la ayuda de alguien.
Las dos damas que tendieron el puente para mí, dactilografiando el libro, fueron Karen Peterson, quien reside en las Montañas Azules, y Fran Pearce, la horticultora del sur de Australia. Quien también me ayudara mucho con mis dos últimos libros. Mis profundos agradecimientos para ambas ayudantes tan bien dispuestas en el servicio a Sai. Karen también me ayudó para la edición final, leyendo en voz alta los capítulos dactilografiados, permitiéndome introducir cambios o correcciones.
Hubo también otros que ayudaron para completar felizmente esta orden desde lo alto, es decir, del Señor Siva mismo. Sobresale entre ellos Pru Remme, quien ayudó de varias formas, incluyendo indicaciones de redacción.
Deseo dejar constancia aquí de mi eterna gratitud para todas.
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PRIMERA PARTE


REMINISCENCIAS
DE LOS PRIMEROS AÑOS

1
ALGUNOS RECUERDOS DE MI MADRE
El Paraíso se encuentra bajo los pies de tu madre.

  • Mahoma

Según mis más tempranos recuerdos de ella, mi madre era una mujer hermosa, con una frente alta y grandes ojos grises, bien separados lo cual, según supe más tarde, es un signo frenológico de magnanimidad. Una pequeña y recta nariz señalaba hacia una boca movible y una barbilla hendida. Su estatura debe haberse situado entre los cinco pies cuatro o cinco pies cinco pulgadas. En mis más tempranos recuerdos la veo llevando un vestido ‘eduardiano’, con una falda ajustada a la cintura y con un amplio ruedo que le llegaba a la altura de los tobillos aproximadamente. Aparte de su amabilidad, un rasgo sobresaliente en ella era su gran dulzura. De hecho, me recuerda a la encantadora dulzura de otra mujer, la Duquesa de York, la Reina Madre (fallecida muy recientemente – N. de la T.). Era aún muy joven cuando divisé a la Duquesa parada sobre una plataforma en un parque en Tasmania, junto a su marido, el Duque de York en aquel entonces y posteriormente, Su Majestad Jorge VI. Me impresionó tanto la dulzura de su sonrisa que, después de pasar frente a ella, atravesé una pequeña portezuela en la reja del parque y me volví a poner al final de la fila de personas que pasarían frente a ella. Para cuando me tocó el turno, estaba entre los rezagados y me pareció que me sonreía con esa inexpresable dulzura suya.


Paradójicamente, a pesar de su gentileza y dulzura, mi madre imponía una firme disciplina. Incluso recurría a los castigos corporales si lo juzgaba necesario. Extrañamente, jamás lo usó con mi hermana Rita, la que era como diecisiete meses mayor que yo. No me castigaba así muy a menudo, pero tengo recuerdos de que me golpeaba sobre las pantorrillas o a veces mis posaderas. En el momento sentía enojo y resentimiento, aunque el gran amor que emanaba de ella, hasta cuando me castigaba, me hacía perdonarla rápida y fácilmente. Para cuando caía la noche y estaba arrodillado junto a mi cama, recitando las plegarias que ella me había enseñado, ya la había perdonado totalmente. A veces, cuando Rita y yo éramos castigados, corríamos a ocultarnos en algún ropero, detrás de la ropa que colgaba en él y gritábamos, “¡Le vamos a contar a Papá cuando llegue a casa!” Mas, cada vez que se lo decíamos, él simplemente nos respondía, “Y bien, deben haberlo merecido”. Sabiamente, siempre estaba del lado de mi madre en estos asuntos.
Para mis ojos de niño mi madre era tan hermosa que no podía entender por qué no había sido hecho reina de algún país. Pero mi madre no era sólo físicamente bella, también estaba rodeada por una luminosa espiritualidad. Mucho antes de que tuviéramos la edad como para ir a la escuela, ella nos narraba bellas historias de la Biblia que conocía muy bien. Más tarde supe que su fe y amor por ese libro provenían de su padre, John Presnell, de Ross, Tasmania, en donde mi madre naciera y fuera criada. John Presnell era un fiel y sincero seguidor de John Wesley, quien produjera, junto con su hermano, un renacimiento espiritual en la Inglaterra del siglo XIX. La iglesia fundada en su nombre es llamada a veces, ‘Wesleyana’ y a veces, ‘Metodista’. La que existía en Ross llevaba este último nombre y allí pasaba mi abuelo los domingos, a veces como predicador seglar y siempre como director del coro. También llenaba con su religión los días de la semana, con oraciones diarias en familia y enseñándole a sus numerosos hijos las estrictas y hasta cierto punto puritanas normas del vivir para Dios, como lo prescribía John Wesley.
Carolina María, mi madre, debe haber sido una de sus más aprovechadas pupilas. La religión que aprendimos sentados en sus rodillas a nuestra edad preescolar, sería tildada hoy en día de fundamentalista. En el lenguaje simple que ella empleaba, los principales rasgos de la enseñanza religiosa que nos impartía eran los siguientes : existe un Dios Padre que vive allá arriba en el Cielo y a cuya semejanza fue hecho el primer hombre, Adán. (Esto, evidentemente, me entregaba la imagen de Dios como un anciano, un sabio anciano, que tal vez llevaba una larga barba blanca. Por supuesto que había de ser muy viejo puesto que existía por tanto tiempo). Nuestra madre nos dijo que, aunque Dios el Padre estaba tan lejos en el Cielo, veía y escuchaba todo lo que hacíamos o decíamos. Además, todo eso lo registraba en un Libro de la Vida, de modo que si hacíamos algo malo como decir una mentira o robar, ello quedaba anotado en ese gran libro. Pero también nuestras buenas acciones eran inscritas en él. En el Cielo se encontraba también el Hijo de Dios, cuyo nombre era Jesús. Una vez, hace mucho tiempo, cuando el mundo se estaba volviendo muy malvado y perverso, este Hijo había venido a la tierra como hombre. Había nacido de la Virgen María en Palestina y, por algunos años, caminó por ese país, sanando a los enfermos y, normalmente en reuniones al aire libre, enseñando la verdad acerca de la vida y la muerte, y sobre la manera correcta en que el hombre había de vivir para complacer al Padre amoroso y, así, ir al Cielo cuando muriera. Si alguien no lograba complacer al Padre, y si tenía muchos errores o pecados de los que no se arrepentía registrados en el Libro de la Vida del Padre Dios, iría a un lugar terrible llamado Infierno, en donde sufriría un castigo eterno. Cuando fui algo mayor, reflexioné que esto representaba un castigo demasiado severo para quizás una sola maldad, aunque en ese tiempo aceptaba la enseñanza.
Otra de las enseñanzas fundamentalistas de mi madre que, según creo es impartida todavía en alguna de las denominaciones cristianas, era la que decía que al morir permanecemos dormidos en la tumba hasta el día del Gran Juicio de Dios. Ese día seríamos resucitados en un cuerpo similar al que se había descompuesto durante años y posiblemente hasta siglos en el sepulcro, y nos pararíamos en medio de multitudes frente al sitial del Juicio de Dios. Entonces, ya sea nos encontraríamos entre los virtuosos dirigiéndonos al Cielo o entre los malvados incontritos, camino al Infierno. No era esta una escena muy atractiva para mi mente infantil, aunque me parecía aún peor el prospecto de yacer en la tumba fría, tal vez por cientos de años, aguardando el terrible Día del Juicio. A lo largo de mis años de la educación superior descarté toda la idea y traté de persuadir a mi madre de que era algo equivocado. Ella, que era psíquica, había tenido numerosas experiencias extrañas acerca de la muerte, como por ejemplo, una visión de su madre a su muerte, que se produjo a unas veinte millas del lugar en que vivía mi madre, siendo llevada al cielo por una banda de ángeles. Frecuentemente también, escuchaba un golpecito en la ventana de su habitación en el momento en que algún pariente o amistad cercana moría en algún lugar distante. A veces solía ver también, parada al pie de su cama, la figura de algún familiar que hubiera fallecido. Yo argüía que tales experiencias probaban que las gentes no dormían en sus tumbas, sino que iban a algún lugar desde donde podían contactarla por estos medios. Ella se mostraba algo obstinada frente a la idea de tener que renunciar a las creencias Metodistas que su padre le había enseñado. Me sentí feliz, porque poco antes de morir, había descartado la horrorosa idea del esperar en la tumba el Día del Juicio.
Había otro aspecto en las enseñanzas de John Presnell que me fue transmitido por boca de mi madre : se trataba de la puritana represión de la era Victoriana de los impulsos sexuales. El sexo se podía satisfacer únicamente dentro del matrimonio. Cualquier tentación de satisfacer los deseos sexuales antes del matrimonio o sin estar casado, a cualquier edad, representaba ciertamente un pecado en contra de los mandamientos del Padre Dios. Esto nos lo enseñó mi madre cuando éramos algo mayores, aunque aún no sabíamos de dónde provenían los bebés. Este delicado asunto lo aprendimos desde otras fuentes. Tal vez se debió a la influencia de mi madre el que me mantuviera virgen hasta después de los veintiún años, aunque fue un logro muy difícil y, como fuera el caso de muchos jóvenes de la época, llevé una vida sexual escondida, llena de sentimientos de culpa, durante los años anteriores a mi primer matrimonio, a los treinta años. A lo largo de mis años de universidad encontré a jóvenes que habían descubierto diferentes maneras de apaciguar este tan poderoso y casi intolerable impulso sexual, las que incluían la masturbación regular y las visitas a burdeles. Por ahí por la mitad del siglo veinte, la generación joven arrojó a los cuatro vientos la moralidad victoriana y se dedicó al amor libre con la ayuda de una píldora anticonceptiva, pero este poderoso instinto sexual de que nos dotara Dios, sigue causando mucho sufrimiento e incluso tragedias entre la juventud del mundo. ¿Cuál será la respuesta? John Presnell no la tenía, puesto que dos de sus hijas menores escandalizaron a su madre, después de la temprana muerte del padre, teniendo cada una un hijo ilegítimo.
Y, volviendo a mi querida madre, debo mencionar otra forma en la que cumpliera con la declaración de Sathya Sai Baba en cuando que la madre de un niño ha de ser su primer guru. Aunque tuviera que revisar muchas de sus enseñanzas metodistas y fundamentalistas a lo largo de mi vida, creo que de todas maneras fueron mejores que la visión atea en la que se cría a muchos, por no decir a la mayoría, de los niños de hoy. Por lo menos eso le hacía darse cuenta a uno del ingrediente espiritual fundamental para la vida. Mamá, siendo la mujer de un granjero y, por ende, una dueña de casa muy atareada, se hizo el tiempo para enseñarnos a leer y escribir a Rita y a mí, e incluso a manejar una aritmética simple antes de que fuéramos a la escuela. Y también nos entregó, en nuestra niñez, a un amigo invisible que había muerto por nosotros en la cruz y que aún nos ayudaba en nuestra vida cotidiana en cuanto a los problemas de qué debíamos o no hacer. Como lo creíamos, era Él quien nos hablaba en la voz de la conciencia. Le amábamos muy sinceramente. Su nombre era Jesús.
Quisiera terminar este capítulo con algunos significativos e interesantes, según creo, contactos que tuve con mi madre después de su fallecimiento en 1957. Cuando ella murió, yo estaba en un noventa y nueve por ciento seguro en cuanto a que había vida después de la muerte. Eventualmente la contacté algunos meses después del funeral, a través de una mujer clarividente de Brisbane, llamada Anne Novak. Descubrí felizmente que el amor que había mostrado por ella en mi búsqueda psíquica le había ayudado mucho y que se encontraba ahora en buenas condiciones y en un buen lugar que parecía situarse en las subdivisiones superiores del plano astral. Tengo plena esperanza en que la volveré a ver cuando yo mismo abandone esta tierra.
Después de la muerte de Iris, mi segunda mujer, en 1994, tuve más contactos con mi madre a través de ella. Cuán afortunado fui al conocer a la devota de Sai y gran clarividente Joan Moylan, durante ese tiempo de la terrible pérdida y tristeza que me significó el que Iris me dejara para proseguir su aventura espiritual más allá. He relatado en otros lugares como solía venir a mi estudio en el jardín de mi casa en las Montañas Azules y allí, Iris, quien parecía saber lo que sucedía a este lado del velo, siempre aparecía a los pocos minutos de que hubiéramos tomado asiento en el estudio. Siempre solía quedarse toda la mañana y, en una ocasión, se quedó todo el día mientras hablábamos de recuerdos y de su vida al otro lado. A algunas de estas sesiones venían mi hermana Rita y la menor Leone, la cual según me dijera Swami, era mi alma gemela. Iris me había dicho que había visitado a mi madre y que la había encontrado muy feliz en su morada astral. En una ocasión le dije a Iris que mis hermanas y varios viejos amigos habían vuelto, mas no así mi madre. De inmediato replicó, “¿Te gustaría que viniera? Si fuera así, la voy a buscar.” Se levantó y se fue, y en menos de cinco minutos estuvo de regreso con mi madre.
En mis estudios de ciencia psíquica, particularmente cuando era miembro de la Sociedad para la Investigación Psíquica en Londres, aprendí que en el plano astral, en donde las vibraciones son más altas y, por ende, la materia es más liviana y más fácilmente moldeable por el pensamiento, las personas son capaces de eliminar cualquier defecto de sus cuerpos, los cuales son una réplica de su último cuerpo en la tierra [El Dr. Benito Reyes, el gran devoto de Swami que solía viajar al más allá para ayudarle a las personas que estaban desorientadas –por haber muerto en un accidente, por ejemplo- a poderse acomodar en esa dimensión, denominaba ‘parasomático’ a este cuerpo – N. de la T.], y de asumir la apariencia de la edad que elijan; algunos, sin embargo, como Sri Yukteswar, el guru de Yogananda, eligen permanecer con la edad a la que fallecieran aunque otros prefieren rejuvenecer. Fue así que mi madre apareció viéndose casi de la misma edad que Iris, es decir entre los veinte y los treinta años. Por cierto que la clarividente, Joan, jamás había visto a mi madre en vida ni tampoco una fotografía, entonces ¿cómo podía estar segura que el espíritu o cuerpo astral que apareciera era en verdad mi madre? Sin embargo, la reconoció de inmediato y me la describió. Una cosa interesante que dijo fue, “Tu madre está rodeada por tanta dulzura. Me hace recordar a la Reina Madre”. En cuanto a mí, la identifiqué de inmediato por las cosas que me dijo. Cuando recién llegó, pareció olvidarse por un momento y me llamó, “Bebé”, como si el recuerdo de mi infancia hubiera sido muy fuerte. Noté con algo de sorpresa que llevaba su libro favorito bajo el brazo, la Sagrada Biblia. En todas las sesiones psíquicas que tuvimos después de esa, mi madre siempre aparecía muy poco después de Iris, llevando la Biblia en la mano o bajo el brazo, Iris respetuosamente dejaba la silla que habíamos dispuesto para ella y se la ofrecía a mi madre. Esta última siempre me mencionaba un texto de la Biblia, indicando el libro, capítulo y versículo que quería que yo leyera y acerca del cual meditara.
Durante el invierno de 1998, cuando pasé un par de meses en una casa en Oyster Cove, al norte de la Costa de Oro, hubo varias sesiones con la clarividente Joan que vivía en el área. En una de ellas sucedió algo extraño. No debiera haber sido extraño, puesto que en el bien conocido libro “Narada Bhakti Sutras” yo había leído algo en el sentido que, cuando uno llega a un progreso suficiente en la senda espiritual, ello se convierte en una bendición para sus ancestros por dos o tres generaciones y también para los descendientes de uno por varias generaciones. Tuve una prueba de esto en una de las sesiones. Mi madre estaba sentada en la silla que le había cedido Iris. Parado cerca de la silla, con Su espalda hacia la pared, estaba Swami en Su cuerpo sutil. Al término de la Sesión, Iris se levantó de donde estaba sentada, a los pies de una cama cerca de Joan y de mí, pasó por detrás de nosotros hacia donde estaba parado Swami y se arrodilló para tocar Sus pies. Joan había mencionado antes que había una fila de personas junto a una de las paredes, a las cuales no podía identificar individualmente, pero que sabía que eran mis ancestros. Joan no se sorprendió al ver que mi madre se levantaba de su silla para ir a arrodillarse ante Swami, pero si se sorprendió muchísimo al ver que los ancestros formaban una cola y se arrodillaban uno tras otro para hacer el mismo gesto que todos los devotos de Sai conocen como padanamaskar, o presentar un respetuoso saludo a los pies. Narada, el gran sabio de la antigüedad, había estado diciendo siempre la verdad y sentí una gran alegría al comprobar que estaba sirviendo de medio para ayudar a mis ancestros.
No obstante, para mí se produjo un evento aún más feliz durante la última sesión psíquica que tuve con mi difunta mujer y mi madre a través de Joan. Estábamos por cerrar la sesión y mi madre me estaba hablando acerca del último texto bíblico que me había señalado en una sesión anterior. Y dijo entonces, “Pero ya no voy a seguir trayendo más la Biblia, porque siento ahora que no es justo concentrarse en un solo libro espiritual. Incluso pensando que la Biblia es la mejor guía, siento que debiera ampliar mi punto de vista y voy a comenzar ahora a leer los libros de los que hablan tu y algunas de las personas que vienen acá.” Supe, por supuesto que quería indicar los libros sobre las enseñanzas de Sai. Pensando al respecto más tarde, sentí una profunda alegría sabiendo que mi bienamada madre parecía estar logrando un buen progreso espiritual que la llevaría a niveles superiores de alegría y bienaventuranza en el inmenso ámbito astral, conducente a los planos Dévico y Causal.
En el próximo capítulo revelaré la búsqueda psíquica de mi padre.

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2
MI PADRE
Si el rojo asesino piensa que ha matado,

y si el asesinado piensa que ha muerto,

ambos no conocen bien los sutiles

comportamientos que mantengo y uso y desvío.
“Brahma” de Emerson

Cuando era un niño de ocho o nueve años, una de mis alegrías era la de sentarme en el granero con mi padre, la puerta abierta de par en par para que pudiéramos ver como caía gentilmente la lluvia, mientras él me contaba Historias. Algunas eran acerca de los héroes troyanos, como Aquiles y Héctor, o del astuto Ulises : mi muy grata introducción a la mitología griega. A veces me relataba historias acerca de su propia niñez, sus días de escuela y las peleas a puñetazos que sostenía con niños de otras escuelas. Parecía que siempre ganaba estas escaramuzas, de modo que se convirtió en un héroe para mí, como Héctor y Ulises. Aquiles estaba algo más abajo en la escala, porque me parecía menos generoso, menos magnánimo. A veces me contaba acerca de los antepasados de la familia, pero todo lo que recuerdo al respecto es que su propio abuelo, con varios de sus hijos, se vino de Inglaterra a Tasmania en algún momento anterior a mediados del siglo diecinueve. Aparentemente provenían del Condado de Cambridgeshire. Deben haber sido granjeros, porque adquirieron terrenos en los ricos y fértiles distritos del norte de Tasmania. Recuerdo que uno de los hijos se llamaba Samuel, porque ese era el nombre de mi propio abuelo, pero nunca le conocí, porque murió muy joven, cuando mi padre no tenía sino cuatro o cinco años de edad. La granja del abuelo Samuel estuvo en alguna parte del distrito de Carrick. Esta aldea, según creo, había sido bautizada así por una aldea en Escocia. El nacimiento de mi padre fue registrado en una iglesia allí y se había producido en noviembre de 1872. Lo habían inscrito con el nombre de Edward Joseph Murphet.


El mayor de los hijos de la familia de Samuel había sido George y entre él y el joven Edward había cuatro o cinco hermanas. Estas se habían dispersado tanto en los años después de la muerte de su padre que llegué a conocer a sólo dos de ellas, las tías Lily y Ada, que vivían ambas en Melbourne cuando yo era niño. Mi abuela paterna, cuyo nombre era Susan, debe de haber tenido enormes problemas al quedar frente a una familia numerosa, huérfana de padre, en una granja que nadie podía manejar. El hermano de Samuel, David, cuya granja quedaba a varias millas de distancia, aceptó ayudarla llevando al hijo menor, Edward, llamado Teddy, para acogerlo en su propia familia consistente de dos hijos y dos hijas. Todos eran algunos años mayores que el pequeño Ted, tal vez como de la edad de nuestro tío George quien, presumiblemente, estaba en la mitad de su adolescencia. Fue así que mi padre se convirtió en parte de la familia del tío David. Recuerdo haber visto a este tío abuelo cuando mi padre me llevó a visitarle en un hogar para ancianos en la pequeña ciudad de Perth, en el norte de Tasmania. Para mí fue una figura impresionante, sentada en un sillón, dándole la espalda a un muro cubierto por enredaderas. Me pareció que su barba era muy larga. Era completamente blanca, salvo algunas manchas de tabaco de la pipa que fumaba. Estuvo allí sentado, hablándole de manera bondadosa y cariñosa a mi padre, quien había pasado sus años de niñez y de juventud en la extensa y aparentemente muy rica granja del tío David. Allí, junto a sus primos Horacio y Arturo había aprendido a ser granjero. Cuando oí una vez a un viejo jinete referirse al tío David como un ‘caballero granjero’, quedé con la impresión que este venerable anciano le había dejado la mayor parte, si no todo el trabajo a sus hijos y a los obreros agrícolas.
Mi padre me contó una vez que su tío le había ofrecido prolongar su educación como para que pudiera trabajar en un banco si quisiera, en lugar de ser granjero. Pero mi padre sentía que estaba en deuda con el bondadoso tío que había cuidado de él desde la niñez y que debía quedarse en la granja por todo el tiempo que su tío lo necesitara. Fue así que se convirtió en granjero en lugar de empleado bancario. Debo decir, sin embargo, que mi padre no tenía la contextura ni la apariencia del granjero típico, tal como les conocía. Tenía huesos pequeños y livianos, manos delicadas con los dedos largos de un músico y, en general, rasgos más bien finos. Pensaba para mí que era un hombre bien parecido, con cálidos ojos castaños, pelo negro, una nariz perfilada, bajo la cual usaba un bigote eduardiano con las puntas curvadas hacia arriba, como inclinado a ser un mostacho como manillar. Tenía una buena voz de barítono para cantar y le gustaba pararse al lado del piano y entonar himnos. Cuando el tío David se retiró de la granja, vendiéndola presumiblemente, mi padre fue a unírsele a Horacio, el primo hermano mayor, el que había comprado un ingenio molinero cerca de la aldea de Hagley. Rita y yo éramos niños aún cuando fuimos por primera vez a esta granja, uno de cuyos ángulos lindaba con la estación del ferrocarril y el otro, tenía un gran portón que llevaba a la aldea de Hagley. El tío Horacio, como se suponía que debíamos llamarle, tenía una inmensa barba negra y respondía más al tipo rudo de granjero que mi padre. Por alguna razón, Rita dio en llamarle tío Lobby y fue por ese nombre que le llamamos hasta que se retiró a la más grande de las casas de Hagley, en donde murió pocos años después.
Fue en esta granja donde mi padre conoció a mi madre, Carolina Mary Presnell. En la época ella vivía como compañera y ayuda para una anciana muy rica, la cual ocupaba una gran casa cerca de la estación del ferrocarril. La manera más fácil para Carolina, entonces una jovencita cercana a los veinte años, para ir hasta la aldea a hacer las compras necesarias, era atravesando la granja del molino para salir por el portón del otro lado. Era un paseo agradable, por suaves senderos flanqueados por setos de espinos que servían de cercos entre los diferentes campos. Un día en que cruzaba por ahí, vio a un joven que estaba quemando hojarasca en alguna parte del sendero. Cuando se acercaba, él lanzó otro montón a las llamas, haciendo que el humo se hiciera más espeso. Ella pensó que lo había hecho a propósito para que ella se dirigiera hacia el lado en que él estaba, para evitar pasar por el lado del humo. Para eludirlo, pasó justamente por el medio del humo espeso y acre, mas no pudo esquivarlo. Al salir de la espesa nube de humo, se encontró cara a cara con el joven que venía para presentarle sus disculpas por la humareda que había causado. De modo, que tal como él lo había planeado, se conocieron y muy poco tiempo después, el joven llamado Edward Joseph Murphet la fue a visitar en la mansión junto a la estación del ferrocarril.
El matrimonio que contrajeron, se celebró en Ross, la aldea nativa de mi madre. El abuelo John Presnell había fallecido algunos años antes, mas mi abuela Carolina y algunas de sus hijas estuvieron presentes. Mi bien parecido padre parece haberse hecho muy popular entre ellas, como lo era también entre la mayoría de las gentes.
Después de la boda, la pareja se fue a vivir en una granja en el noroeste de Tasmania que mi padre había estado compartiendo con su hermano George. Recuerdo muy vagamente a la familia de niños y algunas niñas del tío George, como asimismo a él, ya que falleció siendo yo aún muy pequeño, tal vez de tres o cuatro años de edad. Pero siguió siendo muy popular entre Rita y yo, porque, siendo muy práctico, nos había hecho una silla alta que heredé de Rita cuando tuve la edad suficiente como para sentarme a la mesa y ella ya podía utilizar las sillas corrientes. Pienso que la granja tuvo que ser vendida, porque, eventualmente, nos fuimos a vivir a la nuestra en el distrito de Westwood que quedaba a unas siete millas de Hagley y aproximadamente a otro tanto de Carrick. La granja se llamaba “Meadow Lynn” lo cual, aparentemente, significa ‘una pradera con una laguna en medio de ella’. En esta laguna fue que tuve la experiencia de muerte clínica que relato en mi libro “En Donde Termina el Camino”. En ese mismo libro cuento la extraña historia de mi visión de una gran ventana en el cielo a través de la cual veía figuras celestiales y escuchaba música sagrada. En la época esto me pareció como un testamento con las enseñanzas de mi madre, aunque tal vez deba considerarlo como el prefacio para mi viaje de regreso al hogar.
En esta granja pasamos muchos de los años de la infancia inocente con nuestros amantes padre y madre. En muchos sentidos, mi padre era más un compañero que un padre. No aplicaba disciplina alguna, salvo un grito de vez en cuando, aunque siempre apoyaba las medidas disciplinarias de mamá. Yo estaba como a dos meses de cumplir los diez años, cuando mi padre nos llevó a mi hermana y a mí al dormitorio matrimonial para ver algo maravilloso : una pequeña bebita con ojos negros y un mechón de pelo negro también. Mi madre la tenía en brazos en la cama. Con gran excitación le preguntamos a Papá de dónde había venido el bebé. Sabíamos que una enfermera había llegado a residir recientemente en casa y pensamos que tal vez ella la había traído. Pero no. Mi padre nos informó, “La encontré esta mañana bajo el macizo de lilas. Allí estaba en un agujero.” Salimos corriendo a mirar el hermoso y perfumado arbusto. Era primavera y estaba en plena floración. Bajo él había un agujero alargado, como una cuna, con la tierra recién removida. “¿Quién cavó este hoyo?” le preguntamos a papá que se había reunido con nosotros. “¡Vaya! ¡Por supuesto que lo hicieron los ángeles!”, replicó. Lo que se me pasó por la mente fue que los ángeles manejaban muy bien la pala, ya que yo mismo había aprendido a hacerlo. Como fuera, lo grandioso era que teníamos una nueva y maravillosa adición a la familia. También ella fue bautizada como Carolina y con el segundo nombre de Leone, por el que pasó a ser llamada. Nació el año 1916 y medio siglo después fue que Sathya Sai Baba me informara que mi hermana Leone era, de hecho, mi alma gemela. Entendí entonces la razón por la cual habíamos sido tan íntimos, sabiendo cada uno a menudo lo que el otro pensaba y por qué había ella sentido el golpe en la cabeza que casi la lanzara escaleras abajo, cuando yo, encontrándome a unas veinte millas de distancia, me había caído de mi moto y quedé inconsciente al lado del camino.
El efecto que produjera en mí la presencia de mi hermanita en el mundo fue el de hacerme sentir adulto y capaz de ayudarle a mi padre en cualquier labor que emprendiera en la granja. Mi madre lo notó con algo de alarma y, aparentemente, le había dicho a mi padre en una ocasión, “Recuerda que todavía no ha crecido”. Mas yo pensaba que sí era grande y mi padre pareció considerarlo así también. En los próximos cinco años me enseñó a usar cada uno de los implementos de la granja, salvo la máquina segadora y agavilladora. Para la mayoría de estos implementos tenía que conducir a un grupo de tres fuertes caballos de labranza. Por cierto que aprendí a montar a todos los caballos de la granja y a un caballo de carrera en una granja vecina. Mi favorito, empero, era un pequeño y gordo pony llamado Taffy, al que solía montar a pelo, cayéndome muchas veces. En ocasiones, Taffy esperaba hasta que me ponía de pie y montaba de nuevo. En otras, seguía galopando de vuelta a casa y yo tenía que caminar. Afortunadamente, jamás resulté lesionado por estas caídas mientras aprendía a montar un caballo, por lo cual me encantaba y me convertí en un buen jinete. No obstante, cerca de los once años, tuve muchos deseos de andar en bicicleta. El tener una me permitiría recorrer los campos y llegar tan lejos como las aldeas de Hagley o Carrick o, incluso recorrer las catorce millas hasta la ciudad de Launceston, en donde había visto la luz del día, hacía mucho tiempo, en casa de mi abuela. Mi padre podía haberme comprado fácilmente una, pero por alguna razón que sólo él conocía, dijo que debía ganarme el dinero para adquirirla. “¿Cómo voy a ganar dinero?”, le pregunté. Lo pensó por algunos minutos y me dijo, “Bueno, podrías ponerle trampas a los conejos que dejan su rastro bajo el seto entre campo de treinta acres y el matorral.” No dije nada, mas la idea me pareció como la imposición de una sentencia para mi buen corazón.
Algunos años antes, cuando tenía como cinco años, solía llorar cuando, inadvertidamente, llegaba a pisar a alguna pequeña araña en el suelo. En una época habíamos tenido algunos conejos entre nuestras mascotas, las que incluían cobayos y corderitos, cuando hubiera muerto una madre oveja o hubiera descuidado a sus crías. Y ahora se esperaba de mí que le pusiera trampas, matara y desollara a pequeños gazapos. “No se como armar una trampa”, le dije a mi padre. “Yo te enseñaré”, respondió. Y lo hizo, mas no fui un buen alumno y cogí muy pocos conejos en ellas. Al primero que cogí pensé en dejarlo ir, pero al darme cuenta que sus patas delanteras estaban quebradas, me forcé a matarlo. Esto me produjo una sensación de horror, en especial cuando sentí como su cuerpecillo peludo y tibio se estremecía sobre mi rodilla, cuando le quebré el cuello. Luego mi padre me enseñó a desollar al conejo que había matado y estaquillar la piel para secarla y dejarla vendible.
Pienso que la tan deseada bicicleta no habría sino quedado como un sueño si no hubiera sucedido algo especial. Una tarde, justo antes de la puesta del sol, cuando estaba tratando de poner mis trampas en el límite de la granja, se me acercó tranquilamente un hombre montado. Me saludó y, desmontando se acercó hacia donde me afanaba con las trampas. Yo le conocía y, en cierto sentido él se había convertido en mi héroe. Su nombre era Vern Jones. Yo sabía que había estudiado en la Escuela Secundaría Anglicana de Launceston y que había ido a la Universidad de Tasmania, después de lo cual había viajado por las áreas de las llanuras desérticas del interior de Australia, ‘on the track’ (recorriendo – N. de la T.) como se llamaba. Ahora había estado viviendo por algunos meses en Westwood con algunos amigos granjeros ayudándoles, como también a mi padre, en especial en la época de cosecha. Era un personaje conocido y muy popular en el distrito de Westwood. En las reuniones sociales, como los bailes organizados en la leñera de alguna granja, no resultaba difícil persuadirle para que cantara una de sus cómicas canciones. Una vez, cuando se quedó en el distrito durante los meses de invierno, hizo algo que le aseguró una popularidad permanente entre los granjeros. Estaban tratando de reunir un equipo de football para jugar con el equipo de Hagley. Incidentalmente, el football que se juega en Tasmania era el ‘Rules Football’ popular en Australia. No era fácil para los de Westwood el encontrar a dieciocho hombres aptos y que supieran algo del juego. Y fue así que Vern logró traer a ocho de los jugadores de su antigua escuela. Todos eran del Equipo de Honor de la Secundaria que parecía ganar siempre en todos los partidos interescolares de Tasmania y eran jugadores de primera clase. Alojaron en el distrito la noche previa al partido y, a mis ojos eran figuras muy atractivas con sus coloridos gorros escolares y uniformes de football, y anhelaba ser uno de ellos. Finalmente, con este tipo de ayuda experta, Westwood batió por amplio margen a Hagley. Los muchachos de la Secundaria junto a Vern habían jugado brillantemente y los granjeros junto con mi padre, tuvieron muy poco que hacer. Y bien, esta figura heroica era la que me comenzó a enseñar ahora a armar una trampa para conejos. Lo convertía casi en un arte, de modo que se volvió en un arte para mí en el futuro. Pero aún detestaba matar a los gazapos que cogía en gran número ahora.
Finalmente ya tenía un buen número de pieles secas para cuando el comprador pasara en su ronda regular, pero aún no reunía el dinero suficiente como para comprarme una bicicleta, de modo que mi padre decidió ayudarme. En las claras noches de luna, me llevó junto con su escopeta de dos cañones, a las colinas boscosas en el límite del distrito. Me encantaban estas caminatas por el matorral a la luz de la luna. Parecía que estábamos casi por llegar a los Western Tiers, el formidable muro azul que para mí, parecía formar el borde de las tierras agrícolas de Westwood. En un momento, durante nuestra primera noche de cacería de zarigüeyas, cuando la luna parecía estar ya muy cerca del horizonte, decidimos regresar a casa. Mi padre me pasó la escopeta para que yo la llevara, mientras él se colgaba del hombro la bolsa con cerca de una media docena de zarigüeyas de cola anillada y emprendió la marcha en lo que a mí me pareció una dirección totalmente equivocada. “¿Estás seguro, Papá, que este es el camino a casa?”, le pregunté. Se detuvo y apuntó hacia el cielo lleno de titilantes estrellas. “Me guío por las estrellas para encontrar mi camino” – dijo – “¿Ves esa muy brillante, allá, hacia el horizonte?” “Sí”, repliqué. “Bueno, si caminamos hacia ella, nos llevará hasta un punto en Westwood no lejos de casa.” Y comenzó a caminar de nuevo entre los helechos y troncos, mientras yo le seguía con la escopeta sobre mi hombro.
Mi padre era como los marinos de antaño, pensé, los que solían mantener el curso de sus barcos guiándose por las estrellas, antes de que se inventara la brújula. Esto me reveló una faceta suya que no conocía. Fue así que nos internamos muy lejos por el territorio en muchas noches hasta que, finalmente, tuve el dinero suficiente para comprar la ansiada bicicleta. Sentí una gran emoción hasta que aprendí a montar en ella y exploré todos los caminos del distrito, llegando por último a recorrer las catorce millas hasta la ciudad de Launceston hacia el norte.
En el libro “En Donde Termina el Camino” mencioné la forma en que la salud de mi padre se fue deteriorando cuando tenía poco más de sesenta años, de cómo renunció a la granja y se trasladó a Sydney, en donde yo estaba trabajando, y de cómo murió allí a la edad de sesenta y cinco años. Su muerte me causó un inmenso pesar, ya que no sólo se llevó al gran compañero de mi niñez, sino que también hizo sentir el primer quiebre en el círculo familiar que había significado tanto para mí. A medida que pasaban los años y mis pensamientos volvían atrás hacia nuestra perfecta camaradería, mi amor por él fue creciendo más y más y comencé a anhelar el momento en que volvería a verle al otro lado de la muerte. Luego llegó la época en que, como lo describí en el capítulo anterior, comencé a ver a mi fallecida mujer, a través de Joan Moylan, y como ella me relató acerca de encontrarse con mi madre y dos hermanas fallecidas en los ámbitos del más allá de la muerte. Comencé a preguntarme acerca de mi padre, ya que ella no lo había mencionado. Cuando pregunté si lo había visto, dijo, “No, pienso que debe haber reencarnado”. Entonces, mi fallecida hermana Carolina Leone atravesó el prado hacia el estudio en el jardín y se paró cerca de mí, le dije, “¿Qué has hecho con nuestro Papá?” Ella me contó que, algunos años atrás, él había reencarnado en un pequeño y montañoso país de Europa llamado Lichtenstein. “¿Y qué es lo que está haciendo un granjero australiano que jamás en su vida saliera de Australia en ese pequeño país montañoso?”, pregunté. Ella replicó, “Dijo que había una familia allí que podía ayudarle con uno de sus principales problemas y que sabía que él también podía ayudarles. Es por eso que fue a esa parte del mundo”. Leone me indicó su nombre actual y su edad aproximada. Qué extraño sería, pensé que fuera hasta allá y le dijera a ese joven que era mi padre. Mas yo ya estaba demasiado viejo para una tal aventura y tuve que contentarme con la idea de que lo ubicaría, nuevamente, en alguna forma, en el vasto para siempre que se extiende más allá de la existencia terrenal.

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