Página principal

Horacio Verbitsky editorial contrapunto


Descargar 471.8 Kb.
Página1/12
Fecha de conversión21.09.2016
Tamaño471.8 Kb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12


www.elortiba.org

EZEIZA




Horacio Verbitsky



editorial

CONTRAPUNTO



COLECCIÓN MEMORIA Y PRESENTE

Director: Eduardo Luis Duhalde



Diseño tapa: Susana Rochocz

© Horacio Verbitsky

© Editorial Contrapunto S.R.L.

Tucumán 1438,1, Of. 110

Buenos Aires

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso en la Argentina - I.S.B.N.
ÍNDICE


EZEIZA 1

Horacio Verbitsky 1

editorial 1

CONTRAPUNTO 1

Diseño tapa: Susana Rochocz 2

INTRODUCCIÓN 6

PRIMERA PARTE

LOS PREPARATIVOS 9

La botella de champagne 9

López & Martínez 12

El plan policial 15

Un torturador 16

El brigadier discreto 19

José 21


El ministerio del pueblo 23

Un general golpista 26

Los fierros 29

Ciro y Norma 35

El Automóvil Club 38

Los comparsas 40

SEGUNDA PARTE

LOS HECHOS 43

El Hogar Escuela 43

El Palco 45

Iñíguez se va a la guerra 49

El agresor agredido 52

Alto el fuego 54

El micrófono 55

¿Peronistas o hijos de puta? 58

La pista segura 61

Muertos y heridos 64

Osinde vs. Righi 66

Bunge & Born lo sabía 71

EPÍLOGO


PERÓN 74

TERCERA PARTE

LOS DOCUMENTOS 76



A la memoria de Pirí Lugones, quien me suministró las cintas grabadas de las comunicaciones del COR, CIPEC, la SIDE y el Comando Radio-eléctrico de la Policía Federal, del 20 de junio de 1973.

Fue secuestrada el 21 de diciembre de 1977 de su departamento en Buenos Aires y vista por otros cautivos en un campo clandestino de concentración. Quienes la conocieron allí cuentan que enfrentó a sus captores con altivez e ironía a pesar de las torturas y los golpes. Fue asesinada en un traslado masivo, el 17 de febrero de 1978.

INTRODUCCIÓN


La masacre de Ezeiza cierra un ciclo de la historia argentina y prefigura los años por venir. Es la gran representación del peronismo, el estallido de sus contradicciones de treinta años.

Es también uno de los momentos estelares de una tentativa inteligente y osada para aislar a las organizaciones revolucionarias del conjunto del pueblo, pulverizar al peronismo por medio de la confusión ideológica y el terror, y destruir toda forma de organización política de la clase obrera.

Ezeiza contiene en germen el gobierno de Isabel y López Rega, la AAA, el genocidio ejercido a partir del nuevo golpe militar de 1976, el eje militar-sindical en que el gran capital confía para el control de la Argentina.

El proyecto instaurado en 1955 mediante la penetración de los monopolios extranjeros que se apoderaron de los recursos económicos del país, desnacionalizaron industrias, compraron bancos, asfixiaron regiones enteras, no pudo consolidarse nunca en un régimen estable.

La clase trabajadora no podía plegarse, y no se plegó, a ese modelo que suponía la superexplotación, pese a las intervenciones y las cárceles del 55, los fusilamientos del 56, la integración del 58, la opción del 63, la dictadura del 66, el GAN del 71. En su máxima consigna, el regreso de Perón, resumía su decisión de que con él regresara una política antioligárquica y antiimperialista, mientras los demás sectores del frente roto en 1955 se alejaban en busca de otras alternativas políticas.

Esa negativa de los trabajadores es lo que convirtió al peronismo en el hecho maldito, la porción de nacionalidad irreductible a la dominación, el soporte de los planes de lucha gremial, las jornadas insurreccionales, y la guerrilla. Esas instancias desembocaron en el regreso de Perón en 1972 y el triunfo electoral del 11 de marzo de 1973.

Las fuerzas derrotadas en esos días históricos no estaban sin embargo destruidas, las clases dominantes no se habían suicidado. Antes que se extinguieran los ecos de los aplausos y las manifestaciones estaban poniendo en práctica el más lúcido de sus planes: integrar no ya un peronismo perseguido con su jefe exiliado y proscripto, sino al peronismo en el gobierno.

Durante quince años Estados Unidos había dedicado recursos y esfuerzos a la captación de los dirigentes sindicales peronistas, con los cursos y las becas del Instituto para el Desarrollo del Sindicalismo Libre, dirigido por la AFL-CIO y financiado por la AID con fondos de la CÍA. Y uno de sus hombres inició en España la relación directa de la Central de Inteligencia estadounidense con el entorno peronista, que luego continuaría en la Argentina.

La derecha peronista debía encargarse de impugnar los designios revolucionarios desde las apariencias de un nuevo frente nacional.

La masacre de Ezeiza es también un escalón fundamental en la aplicación de crecientes cuotas de terror contra la movilización popular, que desbordaba todos los esquemas y rompía todas las tentativas de sometimiento.

Tres pronunciamientos históricos guiaron a la clase trabajadora: los de La Falda en 1957 y de Huerta Grande en 1962, emitidos por plenarios conjuntos de la CGT y de las 62 Organizaciones Gremiales Peronistas, y el programa de la CGT de los Argentinos de 1968. En ellos se expresaron las reivindicaciones de la base obrera antes que las clases medias volvieran al peronismo, desde la izquierda revolucionaria, el nacionalismo católico o la mayoría silenciosa.

Incluían la planificación de la economía, la eliminación de los monopolios mercantiles, el control del comercio internacional y la ampliación y diversificación de sus mercados. La nacionalización del sistema bancario, el repudio a la deuda financiera contraída a espaldas del pueblo, la reforma agraria para que la tierra sea de quien la trabaja, formaban parte de esos programas que el peronismo enarboló en los años de la adversidad y detrás de los cuales se encolumnó para conquistar el futuro. Contemplaban la protección arancelaria de la industria nacional, la consolidación de una industria pesada, la integración de las economías regionales, la nacionalización de los sectores básicos de la economía (siderurgia, petróleo, electricidad, frigoríficos), una política exterior independiente y de solidaridad con los pueblos oprimidos.

El 11 de marzo de 1973 el Frente Justicialista de Liberación sólo había llevado al triunfo un programa mínimo que no podía dejar de expresar sin embargo los objetivos básicos del peronismo, las aspiraciones populares que trascendían la formalidad de un acto electoral y que sólo podían ser satisfechas en el ejercicio real del poder. Esto implicaba un sueldo digno y un trabajo estable para todos, casa para los que no tenían casa, hospitales para los enfermos, justicia para los que nacieron o envejecieron bajo la injusticia.

Su instrumento necesario debía ser un Estado Popular donde participara la clase trabajadora decisivamente a partir de las estructuras que se había dado, y no de aquellas otras que la dictadura instrumentó para esterilizar sus luchas. Aparatos burocráticos, logias reaccionarias, asociados con banqueros y generales no podían estructurar ese Estado, porque sus intereses se oponían a los del pueblo.

Las más claras exigencias históricas del peronismo se daban en la relación del Estado Popular con las Fuerzas Armadas, porque de tales relaciones dependía la existencia misma de semejante Estado. Un Ejército que hasta el 25 de mayo había combatido en el frente interno contra su pueblo, una Marina que nueve meses antes había ejecutado y justificado una masacre imperdonable, sólo hubiera podido ser una apoyatura real del gobierno peronista si se hubiera producido una profunda renovación en sus cuadros y su doctrina y el acceso generalizado a posiciones de mando de oficiales identificados con los objetivos de la Nación y subordinados a la voluntad del pueblo. No eran suficientes Carcagno y Cesio, aislados en la punta de una pirámide hostil.

Estas eran las expectativas populares, pero había muchos equívocos que en Ezeiza se disiparían brutalmente. Dentro de la concepción de Comunidad Organizada, que Perón expuso por primera vez en un congreso de filosofía en la década del 40, la clase trabajadora necesita organización gremial pero no política, para actuar como factor de presión dentro de un sistema donde la decisión reside en el Estado arbitro. Por lo tanto no hay lugar en ella para la organización de la clase obrera como un poder en sí, que a través del control del Estado conquiste el poder total y lo ejerza, como se deducía de la práctica de los sectores más dinámicos del Movimiento, el sindicalismo combativo, la CGTA, la Juventud, y de la teorización de las organizaciones armadas peronistas.

De estos sectores provinieron a partir de 1968 las acciones que forzaron a la dictadura a concebir una salida electoral que incluyera por primera vez al peronismo como una opción aceptable. Lo sucedido en Ezeiza el 20 de junio se resume así en una frase del discurso pronunciado por Perón la noche del 21: "Somos lo que dicen las 20 Verdades Justicialistas y nada más que eso". En ellas no cabía el programa socializante que el peronismo se dio en la oposición, cuando la soledad de la derrota lo redujo a poco más que su componente obrero. La proximidad del poder a partir del derrumbe de Onganía en 1970 volvió a ampliar el espectro representativo y generó contradicciones internas que deflagraron a partir del 25 de mayo con el regreso al gobierno, y dispersaron a las fuerzas contenidas, a partir del 20 de junio.

El hombre viejo y enfermo que descendió en la base militar de Morón no podía salvar ese abismo, conciliar las tendencias antagónicas que se mataban en su nombre. Intentó repetir su experiencia anterior sin advertir que el frente de 1946 había respondido a una coyuntura que no existía en 1973, y avaló a la derecha del Movimiento, lanzada en son de guerra contra quienes pedían coherencia desde el gobierno con los objetivos de transformación social profunda por los que se había peleado.

La izquierda peronista cometió errores que la condujeron indefensa al desfiladero del 20 de junio. Ignoraba que eran tan peronistas las posiciones de sus adversarios internos como las propias y planteó la pugna en términos de lealtad a un hombre cuyas ideas no conocía a fondo. No se detuvo a consolidar los avances conseguidos entre 1968 y 1973 ni a estudiar las reglas del juego de la nueva etapa. Imaginó que su mayor capacidad de movilización y organización de masas bastaría para inclinar la balanza en su favor frente a la dirigencia sindical burocrática. Creyó que sería posible compartir la conducción con Perón en cuanto éste reparara en su poder. Se acostumbró a interpretar la realidad política en términos de estrategia militar, pero no previo que se recurriría a las armas para frenar su marcha impetuosa. Fue a un tiempo prepotente e ingenua.

Los militares del Gran Acuerdo Nacional exhibieron mayor sabiduría política. No participaron directamente en la masacre, pero crearon las condiciones para su producción, apañaron sus preparativos y encubrieron a los responsables, para que les desbrozaran el terreno de los obstáculos que ellos no podían remover.

En torno de la masacre de Ezeiza y de sus consecuencias comenzó a manifestarse la alianza entre la derecha peronista y la derecha no peronista, que tan clara se hizo durante el gobierno militar 1976-1983 y en los comienzos de la restauración constitucional.

El Rucci que en 1973 reúne y arma a todos esos sectores es precursor del Herminio Iglesias de la década siguiente. El mismo Julio Antún que en 1974 acompañó al coronel Navarro en el botonazo, recibirá la adhesión del general Camps en un acto peronista de 1985. El C de O y la CNU que Osinde puso sobre el palco de Ezeiza dieron sus hombres a los servicios militares de informaciones para el control de campos de concentración en la segunda mitad de la década del setenta, y para la intervención en Centroamérica decidida por la dictadura al empezar la del ochenta. Al peronista-reaccionario Osinde corresponde con simetría el reaccionario-peronista Acdel Vilas. Por eso su estudio nos habla tanto del pasado como del presente, en el que el C de O sigue idolatrando al comisario Villar y los diputados del minibloque peronista exaltan a Galtieri.

A pesar de los años transcurridos no se ha publicado ninguna investigación sobre la masacre de Ezeiza, que ha llegado a convertirse en nuestro mayor tabú político. La interpretación que en forma difusa se ha ido imponiendo es la de dos extremos irracionales que se masacran mutuamente, ante un pueblo ajeno a ambos que sólo quería asistir a una fiesta.

La investigación que empecé la misma noche del 20 de junio, interrumpida y reiniciada varias veces en esta década, consultando documentos oficiales, recogiendo testimonios de los dos bandos, cotejándolos con fuentes públicas y con los materiales de los servicios de informaciones a los que pude acceder, no demuestra esa hipótesis.

En este libro me propongo establecer:


  • que la masacre fue premeditada para desplazar a Cámpora y copar el poder.

  • que mientras unos montaron un operativo de guerra con miles de armas largas y automáticas, los otros marcharon con los palos de sus carteles, algunas cadenas, unos pocos revólveres y una sola ametralladora que no utilizaron.

  • que el grueso de las víctimas se originó en este segundo grupo.

  • que el número de muertos fue muy inferior al de las leyendas que aún circulan.

  • que los tiroteos más prolongados se entablaron por error entre grupos del mismo bando, ubicados en el palco y el Hogar Escuela, y que tomaron a la columna agredida entre dos fuegos.

  • que los tiradores ubicados sobre tarimas en los árboles también respondían a la seguridad del acto.

  • que no hubo combate sino suplicio de indefensos.

  • es decir, que los masacradores lograron su propósito.



  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje