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Histrion del espacio john brunner


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H
ISTRION DEL ESPACIO

JOHN BRUNNER


Edición original



Ediciones VERTICE Barcelona 1966

Colección: Galaxia Ciencia Ficción nº. 51

Traductor: F: Sesen
Edición electrónica: diaspar. Málaga agosto de 1999


I
Era una noche salvaje. El viento por entre los arboles como el hijo de un gigante, gritando su tristeza hacia el negro cielo, cubierto de nubes hui­dizas, y la lluvia se vertía y salpicaba en la tierra, arrancando incluso de su sitio la tosca hierba de Argus, bailoteando como una nube de diablos a través de los viajeros como una miríada de agu­jas de hielo, empapando las banderas imperiales del castillo de los reyes hasta que fueron demasiado pesadas para flamear en sus astas ante el impulso del viento, demasiado pesadas para revelar que on­deaban boca abajo para significar la muerte de un rey.

En el exterior del negro castillo la gente aguar­daba, mirando. Eran gente gris, gente vulgar, hom­bres con toscas manos de granjeros y mecánicos, mu­jeres, con rostros surcados de arrugas y ojos como brasas moribundas.

Sonaba una campana.

La tormenta azotaba las ventanas de un solita­rio helicóptero que estaba a pocas millas de dis­tancia en la noche. No tenía el aspecto de haber sido echo con manos humanas, porque venia de uno de los mundos mutantes de más allá de los límites del Imperio, donde los niños inhumanos de los hombres hablan sido acorralados por el la­tigazo del odio, y donde habían construido para sí mismos una cultura que aún conservaba el conocimiento perdido del Imperio en la Larga Noche que inundó las estrellas, hacia diez mil años.

El hombre ante los mandos manipuló con de­licadeza, porque el navío rebrincaba como una cosa viva y este movimiento impaciente podría desgarrar sus aspas arrancándolas de los zumbantes motores y arrojarlos en una caída de dos kilómetros contra las tierras yermas de abajo. Tenía una frente alta y despejada y unos labios sensitivos, la nariz y los ojos de un águila y las manos eran pálidas y largas. Su voz, cuando habló, era baja y agradable.

Miró durante un segundo de reojo por encima de su hombro y dijo:

- Hermoso tiempo, ¿eh, Sharla?

Habían otras dos personas en la cabina tras él, incómodas en los asientos construidos para no-hom­bres mayores que simples humanos. La muchacha de la izquierda se estremeció y se arrebujó más en la capa, tratando de acercarse el máximo al rincón donde se sentaba. Dijo:

- Landor, ¿queda mucho todavía?

Landor arriesgó a dirigir una rápida mirada desde el frenético mundo exterior hasta el señalador le posición que lucía como una luciérnaga en una esquina del panel de control. Dijo:

- No mucho. Quizás otros diez minutos de vuelo nos llevará hasta allí.

El tercer pasajero gruñendo expresivamente, dijo:

- Esto es la cabalgada de las furias, Ser Lan­dor, sin la menor duda.

Landor soltó una breve carcajada, sin apartar los ojos de la tormenta ni levantar las manos del cuerpo una fracción infinitesimal. Contestó:

Tiene usted madera de poeta, Ordovic.

¿Poeta? Yo no repuso Ordovic, sus ojos va­gando desde las ventanas al rostro pálido y firme de Sharla, que ocupaba el asiento de su lado -. sólo soy un vulgar hombre de lucha, más a gusto con la espada que con la pluma y más feliz con la daga que con otra cosa.

Llevó su mano al cinturón donde pendía su propio acero y el metal sonó suavemente dentro de su funda, y ante el ruido sus oscuros ojos se lle­naron de algo que suponía era autodepreciación.

Añadió, llevándose la mano al broche de su cuello.

Tiene usted frío, mi señora. ¿Quiere mi capa? Sharla le detuvo con un gesto.

- Ahora no, Ordovic. Sólo nos quedan de vuelo diez minutos y no deseo que usted se congele du­rante ese lapso de tiempo. Habrá calor en el cas­tillo:

Landor dijo con intención:

- Puede que nos preparen una cálida recepción en el sentido más extenso de la palabra, Sharla. Ordovic, yo no soy hombre de lucha... mi afición a la espada acabó con mi juventud... y pongo nues­tra seguridad en sus manos.

Ordovic cuadró los hombros y bajo su áspera capa parda se oyó el chasquido del metal.

- Veinte años, Ser Landor - alardeó -, y tan fuerte como un toro Thanis.

Sharla le miró rápidamente y apartó la vista. Su adorable rostro parecía apenado.

II
La multitud ante el castillo se dispersó notablemente. Muchos llevaban esperando desde la puesta del sol de la última tarde, viendo cómo se hundían las banderolas y se alzaban de nuevo bajo la tenue luz roja del sol de invierno, y cuyas banderolas habían sido izadas al Grito de Muerte por An­dalvar de Argus, como si fueran vigilantes en ho­nor a su gobernante, durante el frío húmedo de la tempestad.
En una roca lisa y desnuda junto al camino esperaba un muchacho de unos siete años y un viejo de sesenta, inclinado y gastado, porque la vejez llegaba, rápidamente en aquel áspero mundo. El muchacho bostezó y se apiñó apretándose contra el anciano, mejor dicho, contra la anciana, porque sólo mirando de cerca podía distinguirse en aquellos rasgos de suma vejez, el sexo del acompañante del muchacho. Cerca oyóse el impacto de la deto­nación. También cerca los hombres echaron a. Co­rrer frotándose y soplándose las manos. Al sacu­dirse resbalaba agua de sus chaquetas de cuero.

De pronto la anciana cerró los ojos, y juntando las manos susurró:

- ¿Ronail?

- Aquí estoy, abuela contestó el muchacho, rodeándole sus escuálidos hombros.

- Ronail, presiento malos días - murmuró la anciana, su voz como un rumor de hojas secas bajo el viento - Ronail, veo malos días por delante de Argus, y me da lástima.

Uno de los hombres próximos se volvió de pron­to, su barba salpicada de gotas de lluvia que relucía como diminutos diamantes. Se inclinó y dijo apre­miante al muchacho:

- ¿Qué fue eso?

El muchacho contestó con la indiferencia e in­consecuencia de la juventud.

- Es sólo la abuela. Es una agorera.

Los ojos del hombre se iluminaron y se inclinó todavía más para oír el débil susurro de las palabras que salían de los labios cortados y ajados de la mujer. Otro individuo se acercó.

- Ronail... Ronail, ¿dónde estás?

- Aquí, abuela dijo el muchacho consolador, oprimiéndóse contra ella.

- Ronail... veo próximos malos tiempos para Argus. Veo al brujo negro intrigando para opri­mirnos y olvidar el Imperio... a la gente gimiendo y a los soldados en pie... El Imperio se ha hecho polvo.

- ¡Ay! - exclamó el hombre de la barba - El brujo negro, Andra ¡Este es un día malo para Argus!

- ¡Chisst! - dijo un hombre tras é1-. Pueden haber más.

- El purgar del fuego y el flagelar del látigo - recitó la vieja con sus murmullos -. Las ofen­sas y la ira de los señores...

El de la barba se persignó, y el muchacho después de quedarse por un instante maravillado, hizo lo propio.

- Ay, la oscuridad de la Larga Noche está próxima a ser vista, aparecerá el brujo negro y serán más negros aún para Argus...

Se produjo otro sonido distinto al de la tem­pestad, débil, lejano, como el zumbar de una mosca monstruosa, y la anciana abriendo los ojos miró sin hacia el castillo.

El zumbido creció. Incluso los sordos podían oírlo ahora. Un zumbar grande y firme que los oídos y agarrotaba los corazones. Todos quedaron plantados, registrando el desnudo cielo negro.

Luego allí apareció una lucecita que se hizo mas brillante que todas las lunas de Argus, cada una con el nombre del dios de ojos múltiples, nue­ve nombres, nueve satélites, que destelló de la nada en el firmamento y se fijó mientras el ruido crecía. Por encima se vio algo parecido a las alas de un in­secto

¡Un diablo! - gritó alguien y la multitud pareció dispuesta a huir, pero el de la barba los contuvo diciendo desdeñoso:

¿ Qué diablo se aventuraría acercarse al cas­tillo de los reyes? No, es una máquina, una máqui­na de volar. Las he visto en mis viajes, pero jamás creí poder ver una de ellas en el aire de Argus.

La explicación pasó de boca en boca, suspiraron y se plantaron con más energía. Despacio, la luz se posó, agitada por el viento pero acercándose gentilmente hasta el espacio desnudo que había dejado el primer movimiento de huida de la multitud. El ruido era como el tamborilear de un demonio.

Tocó el húmedo suelo ante el castillo y la luz desapareció cesando al mismo tiempo el ruido.

Se abrió la puerta de la máquina y tres figuras emergieron, las primeras dos dejándose caer ligera­mente en el suelo y volviéndose después para ayu­dar a la tercera.

Juntos, los recién llegados pasaron por entre la multitud, que se apartó ante el aire de autoridad empleado por el que parecía el jefe. Este era un hombre alto, con un casco brillante y una capa que parecía seguir prolongándose tras él como si fueran un par de grandes alas, marchando a través de las ráfagas de viento como si la tempestad no existiera.

Ante las poderosas puertas de hierro del castillo se detuvo. Luego con el pomo de la espada marti­lleó, y echando la cabeza hacia atrás gritó con una voz de toro que hizo retumbar el castillo y apagó el clamor de la tempestad.

- ¡Abrid! ¡ Abrid en nombre de la hija de An­dalvar, la princesa Sharla de Argus!
III
Senchan Var alzó la cortina de la estrecha tronera de la pared y miró por ella a la negra noche ex­terior. Dijo:

- Quedan unos pocos, mi señora.

- Naturalmente, Senchan - contestó perezosamente Andra con un atisbo de risa en su voz - ¿Esperabas menos de gente leal a sus reyes?

Dejó caer nuevamente la cortina y se volvió para apoyarse contra el muro, con el rostro pensa­tivo.

- Han ocurrido cosas, mi señora... antes de lo que esperábamos. Quizás demasiado pronto. Yo calculé un mes más.

Andra se arrebujó en los almohadones de seda amarilla de su diván como un gato bien alimenta do. Tenía también ojos de gato, amarillentos, pesados párpados, y su pelo negro le discurría por los hombros como el manto de la noche cubría el castillo.

- ¿Por qué dices eso, Senchan - dijo con indi­ferencia, pellizcando uvas de un frutero ante ella y partiéndolas con sus dientes perfectos -. ¿Por qué nuestros planes no han de resultar perfectos ahora como más tarde? - arrojó una de las frutas al mono negro siriano encadenado a la pared opuesta de la sala y soltó una risita cuando el animal lo atrapó y lo rechazó. Los de su especie no eran vegeta­rianos.

Senchan Var siguió el movimiento con sus ojos y se estremeció. Confesó francamente:

No es que nuestro plan no funcione, mi señora. Va demasiado bien. Todo marcha como una seda. No puedo librarme, sin embargo, del temor de que haya un fallo.

-¿Es la idea de Sharla lo que te da miedo, Senchan? ¿Una niña... olvidada, perdida? Hace siete años que no ha sido vista ni se han tenido no­ticias de ella, Senchan.

Senchan con el codo se apartó de la pared y ca­mino inquieto de arriba a abajo, con sus pies des­nudos pardos y delgados en la blanca como nevada alfombra. Dijo:

- No, mi señora. Sharla es el factor más impro­bable en que contar. Si no ha muerto, no se ente­rará dé la muerte de su padre durante mucho tiem­po, después de que usted sea establecida regente.

- ¿Entonces es Penda quien te preocupa? A propósito, ¿dónde está?

- Durmiendo, mi señora. Hace rato exhibió mucho pesar... lloró y se durmió.

- Claro - comentó Andra -. Es natural a su edad.

- ¡Natural! - exclamó Senchan Var con des­dén -. Perdón, mi señora, pero llorar como una chica a su edad es vergonzoso. Si mi hijo lo hicie­ra siendo como es de la misma edad que el príncipe Penda... Rey Penda, debería decir, supongo... me levantaría de mi lecho de muerte y le golpearía.

Andra curvó sus carnosos labios en una sonrisa y cogió un hueso ensangrentado del suelo cerca de su persona. Ante el movimiento, el mono en la otra parte de la habitación se incorporó y avanzó todo lo que permitía su cadena, dejándose caer de rodillas, sus espesos labios retirados mostrando unos dientes como cinceles. Ella volvió a reír, con mu­cha suavidad.

- Este es un sentimiento leal, Senchan - dijo a é1 -. Lo que me recuerda... llevó a su lebrel al comedor de nuevo hoy, contra las órdenes de su padre. Haz que venga Dolichek, ¿quieres? Y el en­cargado del látigo.

El rostro tosco de Senchan Var se volvió para mirarla asombrado. Dijo:

- Mi señora, en mi opinión Dolichek es la mi­tad de los motivos que tiene Penda para ser inso­lente. Si me permite la sugerencia, Dolichek debe­ría ser despedido ahora mismo y esta práctica suspendida.

Los dedos de Andra se plegaron como un cepo de acero cerrándose sobre el hueso que sostenía y la sangre de la carne brotó roja por entre sus dedos. Dijo con una especie de susurro sibilante:

- No, Senchan. ¡Piensa! Mal criado puede es­tar... mal criado lo está. Pero así conviene más a nuestros propósitos. Trae a Dolichek.

Senchan se encogió de hombros, y con una muda rebelión ardiendo en sus ojos, contestó:

Muy bien, mi señora; pero me duele el corazón al ver cómo el fruto de un buen árbol se pudre.

Andra se relajó y el mono chilló tentativo, extendiendo sus negras zarpas sin pelo hacia el hueso. Ella con impaciencia se lo arrojó. Lo atrapó en el aire y se acurrucó contento para mordisquearlo en el suelo.

Débilmente por encima del apagado rumor de la tempestad, y amortiguado por dos metros de pie­dra, hubo un zumbido como el de una mosca gi­gantesca. Senchan Var lo advirtió frunciendo el ceño, pero puesto que Andra no hizo el menor co­mentario, nada dijo, si no que tiró del cordón de la campanilla junto a la ventana, y un sonido metá­lico retumbó en alguna parte exterior.

Un esclavo con la piel cálida y parda de un marzón y los ojos desviados de un hombre nacido bajo una estrella variable, entró en silencio y se paró a la espera de órdenes.

Andra cogió más fruta del frutero de plata y dijo, mientras mordisqueaba una suave pasa sire­niana:

- Samsar, que venga Dolichek y el amo del lá­tigo.

El esclavo se inclinó y volvió a desaparecer y ella dijo con malicia a Senchan Var:

- ¿Senchan, qué ocurre ahí fuera?

- No lo sé, mi señora - informó Senchan, tra­tando de perforar con sus ojos la densa oscuridad exterior - Ahí fuera está tan negro como la boca de un lobo.

- Entonces deja caer la cortina - ordenó An­dra -. Ya hace bastante frío así. Y continuará du­rante varios días. Ya conoces estas tormentas

El esclavo se plantó de nuevo, silencioso, en el extremo lejano de la estancia, a tres pasos del mono negro que gruñía mientras roía su hueso. Dijo:

- Mi señora, Dolichek y el amo del látigo es­peran.

- Que entren - ordenó Andra, inclinando la cabeza. Senchan Var rezongó y volvió a acercarse a la ventana. Se quedó inmóvil de espaldas a la entrada mientras el esclavo introducía a Dolichek y al poseedor del látigo.

Dolichek era un muchacho de unos quince años, de rostro delgado y puntiagudo y un cuerpo con mas huesos que carne y escaso en desarrollo. Se echó hacia atrás un mechón rebelde de cabello ru­bio, salpicado de suciedad, y trató de hacer una re­verencia a Andra, que sonrió despacio mientras to­rnaba otra fruta.

- Dolichek dijo ella - príncipe Penda... rey Penda, ....... llevó su lebrel al comedor otra vez hoy, contra la orden de su padre - parecía encon­trar un malicioso placer al anunciarlo.

Dolichek suspiró tan ligeramente que era difícil advertirlo, y dijo:

- Muy bien, mi señora. La última vez fueron tres golpes.

- Pues esta vez que sean cuatro - dijo Andra con indiferencia -. ¡Esclavo, cuatro latigazos!

El dueño del látigo era un negro de dos metros de altura. Procedía de Leontis donde sus anteceso­res, bajo el primer rey de Argus, habían sudado en la mina de platino de un mundo a millones de ki­lómetros lejos de su primitiva fuente de ascenden­cia. Cuando asintió con la cabeza ante la orden de Andra, los músculos de su cuello, pecho y hombros se hincharon. Se escupió en las manos y humedeció la lengua de su látigo con montura de plata, flexionándolo, alzando el brazo...

Andra le detuvo con un gesto.

- ¡Escucha! - exclamó -. Senchan, ese ruido ha cesado. Mira a fuera.

Senchan Var sólo necesitó un paso para alzar la cortina amarilla de la ventana. Miró en la noche, y sacudió la cabeza.

- Demasiado oscuro y más aún por la luz de aquí dentro - informó -. Parece que hay alguna especie de carruaje fuera en el camino del castillo.

De algún lugar inferior llegó el sonido de metal contra madera y Andra se quedó petrificada cuando tal sonido saltó de piedra a piedra recorriendo el edificio. En un profundo silencio, exceptuando los lloriqueos del mono sobre su hueso, oyeron la voz de un hombre gritando:

-¡Abrid! ¡Abrid en nombre de la hija de An­dalvar, la princesa Sharla de Argus!



IV
Kelab el Conjurador miró a ambos lados de la Calle de la Mañana contemplando las piedras gris­es húmedas del rajado pavimento y los charcos de agua en las bocas obturadas de las alcantarillas.

A pocos metros calle abajo, una vieja arrugada, una de las muchas mendigas que ocupaban la Calle de la Mañana, estaba acurrucada en un umbral. La miró detenidamente, desde sus ojos cerrados hasta manos rígidas y pies desnudos, y se fijó en la boca, abierta como la de un idiota. Estaba muerta.

Se persignó, como cualquier individuo haría, y arrojó unas pocas monedas en la taza de estaño de sus pies. Ningún buscavidas tocaría aquellas mone­das, porque eran dinero para el entierro, y como tal, maldito. La vieja tendría su funeral.

Olisqueó el aire. Tenía un olor en parte limpio, motivado por las calles recién lavadas y de otras millares sin lavar de la Ciudad Baja, y lo inhaló agradecido. Sus ojos recorriendo los desiguales te­jados de las casas hasta que se pararon en el mástil 4e la bandera de la fortaleza en la Colina de los Re­yes, a dos kilómetros de distancia.

La bandera estaba boca abajo, el orgulloso sol de oro colgando triste en el cuartel inferior en lu­gar de estar en lo alto. El lema en letras negras de la Casa de Argus invertido por encima. Los labios de Kelab formaron despacio las palabras.

- Sé fuerte; sé justo; sé fiel.

Sin apartar los ojos de la bandera buscó en sus bolsillos y sacó un reloj, un reloj que jamás salió de ninguna forja del Imperio. Lo miró y sus ojos se llenaron de satisfacción y sus labios adoptaron la forma de una sonrisa sombría.

Bajó el oscilante letrero salpicado por la lluvia que una vez dijo: «La Casa de la Fuente Burbujeante», se detuvo y se frotó la barbilla recién afei­tada. Pareció llegar a una rápida decisión. Descen­dió los escasos escalones de debajo del cartel y abrió la mal encajada puerta.

Más allá, el aire era espeso, varias veces respira­do; estaba cargado con olor a sudor, a licor y a dro­gas humeantes. En una mesa un grupo de hombres espaciales, delgados, de ojos inquietos, rodeaba cin­co vacías botellas de «tsinamo», dedicándose al jue­go sin fin llamado «shen fu»y sus apuestas hechas en voz baja y el chasquear de las fichas eran los úni­cos ruidos de la estancia.

Había un largo mostrador a la izquierda, cu­bierto con cartones vacíos de bebida y manchado por el licor derramado. Tras él un hombre gordo con un pelo ralo y pajizo estaba sentado de espaldas a la habitación, tocando una sonata en color sobre un cromógrafo Mimosan.

No se movió cuando se acercó Kelab al mostra­dor y se instaló en un asiento razonablemente lim­pio, si no que sólo dijo:

-¿Qué desea?

Kelab contestó:

- Agua, Finzey. Agua de la Fuente Burbujeante.

Finzey apagó el cromógrafo y se dio la vuelta, su rostro grueso partido por una sonrisa maliciosa. Exclamó con tono explosivo:

- ¡Kelab! ¿ Cuánto tiempo ha estado en el mundo?

Desde casi media noche... y tuve una llegada dura, también. No habla ni un kilómetro de tiem­po claro entre las Montañas Silenciosas y esta ciu­dad.

- Fue muy malo - dijo Finzey con sabiduría, buscando por debajo del mostrador una botella y un jarro -. Pero ya se sabe lo que dicen... mal tiempo, buen negocio.

- El negocio parece haber sido bueno - asin­tió Kelab, mirando en torno a la sucia estancia. Tomó el jarro que Finzey le había llenado con aquel humeante y poderoso licor que entre risas llamaba agua de la Fuente Burbujeante, lo olisqueó y be­bió unos cuantos sorbos.

Finzey instaló su masa en un taburete opuesto y le dijo ansioso:

- ¿Dónde ha estado usted últimamente, Ke­lab... eh? No ha tocado Argus desde... casi hace dos años.

- Y dos meses - afirmó Kelab -. He estado en el Imperio, por sus límites. Aprendiendo algu­nas nuevas jugarretas en los mundos mutantes has­ta que me arruiné y luego abriéndome paso de nuevo hasta el gran dinero. Pero he visto la bandera invertida en la fortaleza.

Señaló con la cabeza hacia oriente.

Finzey se pellizcó el labio inferior con sus gor­dezuelos dedos.

-¡Ay! - asintió -. Vino un hombre la media noche con la noticia de que Andalvar había muerto.

-¿Tienes el dinero del entierro? - preguntó Kelab, y Finzey le acerco un tarro blanco de cerá­mica. Estaba lleno a mas de la mitad de monedas, imperiales y extranjeras. Kelab lo sacudió reflexi­vo, añadió otra moneda y lo apartó.

Los ojos de Finzey se desorbitaron y tocó la mo­neda con el dedo para asegurarse que era real.

Dijo incrédulo:

-¡Dijo usted que estaba en la ruina, Kelab!

El Conjurador se encogió de hombros.



- Estaba. Dicen que el dinero dado por una buena causa, es dinero ganado, y yo puedo recupe­rarlo otra vez dentro de tres días. El pobre necesi­ta el dinero para el entierro de los reyes.

- Hay alguien fuera que necesitará que se le entierre - añadió, tomando su bebida.

Finzey asintió.

- Eso se me ha dicho. Se quedara ahí hasta medio día... hasta que el dinero para el entierro crezca. Yo me encargaré de su funeral. Pero, Kelab, ¿no se ha enterado?

-¿Enterado de qué, gordo?

-¿La bandera fue la primera noticia que tuvo de la muerte de Andalvar?

Kelab asintió y Finzey siguió adelante, burbu­jeando como su propio licor a causa de la excita­ción.

- Entonces nadie le ha dicho cómo se encontró esta mañana una máquina de volar distinta a las se han visto alguna vez en Argus y que aterrizó ante el Castillo de los reyes en donde yace Andalvar, llevando, según me dijeron, a un soldado, un con­sejero y a la princesa Sharla.

La mano de Kelab vaciló durante una ligerísima fracción de segundo y mientras apartaba el jarro de su boca su voz era tranquila cuando habló.

- ¿Sharla, gordo? Hablas en enigmas. La hija de Andalvar se llama Andra.

- No, no lo entiende - Finzey luchó por expli­carse -. La princesa Sharla es la princesa perdida, la que se creía muerta.

Pensativo, Kelab apuró el jarro y lo dejó sobre el mostrador.

Dijo:

Algunas historias me ruedan por la cabeza... pero, recuerda, Finzey, no soy argiano y ocurre tanto en el Imperio que no conozco todas las noticias. Cuéntame.



- Bueno, como usted indudablemente sabe, An­dalvar se casó ya entrado en años, hace unos veinte y pico, y su esposa Lora le dio primero una hija, a la que llamaron Sharla. Puesto que era rey, espera­ba que un hijo ocupase su lugar en el trono de los años, pero su esposa volvió a darle a luz a otra hija. Andra... a quien llaman la bruja negra, aunque es una belleza sorprendente.

Los ojos humosos de Kelab miraron fijamente a la pantalla blanca del cromógrafo y dijo:

- Adelante.

- Entonces, cinco años después, por último dio a luz a un hijo... Penda, que ahora es rey oficialmente... y murió durante el parto. Y Andalvar, temiendo que su vida fuese corta, aseguró un buen regente para cuando su hijo tuviera edad, enviando a Sharla... de unos doce años, la edad que ahora tienen Penda, para estudiar en una escuela lejana de aquí, en donde se conservaban las artes de la Edad de Oro, según se dice.

»Al cabo de dos años desapareció ella y nadie encontró rastro. Hicieron pedazos el Imperio... bus­cándola y me sorprende que no sepa nada de eso.

Mecánicamente, Kelab cogió la botella y rellenó el jarro.

- Hace siete años yo estaba fuera del Imperio. Oí sólo rumores - dijo.

- Aún así, estoy sorprendido - prosiguió Fin­zey -. Sin embargo, ella desapareció y se informó creíblemente que su pérdida casi vuelve loco a An­dalvar. En su gobierno, como siempre, era justo y en sus tratos, agudo pero no toleraba que sus otros hijos sufriesen el más ligero daño. Por ejemplo, no consentiría que Andra fuese adiestrada para la re­gencia como tenía que haberlo sido Sharla, ni su­friría que su hijo fuese golpeado o castigado por sus desobediencias. Conservó a un esclavo de su hijo, un tal Dolichek, como sustituto para los azotes, de acuerdo con la antiquísima costumbre instalada previamente en estos cuatrocientos años. Y me han dicho, deducido por la disciplina que hizo de An­dalvar un gobernante firme, que Andra ha crecido mal criada caprichosa y egoísta, y que no hay en Penda rastro de la cualidad que haría de él un buen rey.

- Comprendo - dijo Kelab reflexivo - Dime mas... ¿ quién se considera que es la fuerza de la corte?

Finzey se hacía cada vez más expansivo. Los es del espacio traskaler siguieron haciendo sus susurrantes apuestas y las curiosas fichas azu­les cambiaron de manos con un suave chasquido. Finzey dijo:

- Oh, la propia Andra, claro, y Senchan Var, un hombre al que llaman el Señor Gran Chambelán. Dicen que tiene en el bolsillo al Consejo de Seis... es decir el consejo de los gobernantes de los mundos vasallos, ¿sabe?

Kelab asintió. Habían seis mundos en el Impe­rio que tenían nominalmente derechos iguales que Argus en gobernar los restos dispersos de una unión que antaño se extendió por media galaxia, pero eran impotentes singularmente donde Argus resul­taba todo lo contrario. Su riqueza, en estos días en que la riqueza se media por navíos y hombres de combate, sólo se equilibraba a la de Argus cuando se unían. Aparte de eso, eran despreciables.

- ¿Qué clase de hombre es ese Senchan Var?

- Noble - contestó Finzey -. De buena ascendencia. Y honrado también... pero si se me per­mite el juicio, está enamorado de la bruja negra. Dicen que sostiene que Andalvar era más que justo en sus tratos con sus súbditos... mejor y generoso... y que pronto un gobierno con mano de hierro, que conocieron nuestros antecesores, servirá para paliar la suavidad de los tribunales revolucionarios. Pero se le admira por sus hazañas en la guerra cuando era joven. Su calidad de espadachín fue legen­daria. Creo que el pueblo le seguiría.

- ¿Por qué añades eso, gordo? - preguntó Ke­lab.

Finzey se encogió sus elefantinos hombros.

- Sin motivo, excepto que usted me preguntó quién tenía el poder en la corte. El es el más gran­de después de Andra... excepto quizás Sabura Mo­na. Nadie conoce mucho de ella.

-¿Y quién es Sabura Mona?

- Eso es algo que no puedo responder. Es una mujer, gorda... más que yo y con mucho, lo que no es un tamaño despreciable. Hay rumores... pero sólo rumores. Dicen que ella ha hablado en cada potaje cocinado en el Imperio, que Andalvar con­fiaba en ella implícitamente, que ella le aconseja­ba. Pero rarísimas veces se la ve en público, no apa­rece en las funciones palaciegas y si los sirvientes del castillo la sirven, o lo hacen alguna otra clase de criados, no hablan de su ama.

- Enigmático - comentó Kelab.

- Verdaderamente - asintió con énfasis Fin­zey -. Y no sé más de ello que lo dicho, así que no necesita sentarse aquí mirando como si alguien no se atreviera a satisfacer lo que le apetece a la boca.

Kelab sonrió como un muchacho, mostrando sus dientes blancos en su oscuro rostro, mientras con la mano se alisaba el pelo negro, anudado detrás con una cinta de colores. Tenía un diminuto disco do­rado en el lóbulo de su oreja izquierda que refle­jaba la luz de las lámparas de la sala.

Dijo:

- Está bien, Finzey, pero eres el primer hombre con quien he hablado en Argus desde hace dos años y las cosas cambian durante ese tiempo. Y la voz de la gente... ¿qué dice ahora?



Finzey contestó con viveza.

- ¿Se refiere usted a la gran voz o a la pequeña voz?

La pequeña voz - dijo Kelab. Hizo que el girase en el fondo de su jarro -. La voz que importa.

Finzey miró más allá de él, al grupo de hom­bres del espacio. Nada parecía haber cambiado a primera vista, pero en sus ojos aparecieron de pronto unas miradas abstractas e hicieron sus apuestas en un susurro, y las fichas cambiaron de mano a mano deslizándose, en lugar de sonar como antes contra la mesa. Bajó ruidosamente del taburete y se afanó en pasar el trapo por el mostrador.

Kelab sonrió con debilidad y una bruma azu­lada se alzó como humo entre el mostrador y los hombres del espacio que estaban jugando. Se rizó y se retorció como algo vivo y permaneció, una cor­tina pendiendo de la nada, una telaraña agitada por vientos intangibles... y una barrera que ningún sonido atravesaría.

Dijo:


- Finzey, ¿qué dice la vocecita?

Con precaución el gordo tabernero se apoyó sobre el mostrador y asintió mirando al velo azul.

- No me acordaba de eso - dijo -. Por algo le llaman a usted el Conjurador. Pero no se puede decir en esta época quien no busca ganar algún di­nero como soplón.

- Habla - le ordenó Kelab impaciente.

- Dicen que han habido profecías. A veces de destrucción y muerte como suelen ser siempre las profecías. Cuando Sharla desapareció y de nuevo la voz de los agoreros se oyó. Dicen que la palabra se dijo anoche ante el castillo de los mismos reyes. Negros días para Argus, amigo mío, y el Imperio empolvado y olvidado... y que la bruja ne­gra es la causa. La princesa Andra. Hay quien dice que su regencia podrá finalizar con el Imperio.

Kelab asintió. Sus ojos relucían con brillo som­brío, igual que una lámpara con pantalla de cuer­no.

- Por lo que has dicho de ella, lo creo. Y la vocecita... ¿se queja?

- Ruge como un león enjaulado - dijo Finzey llanamente.

-¿Y qué dice de la venida de Sharla?

- Por ahora, nada. Pero hay muchas esperanzas...

- Comprendo - dijo despacio Kelab -. ¿Y el entierro de Andalvar será... cuándo y dónde?

- El tercer día después de la muerte, como es costumbre, y en el castillo de los reyes. Los jefes y los señores asistirán y llegarán aquí mañana o pa­sado y serán recibidos por la princesa Sharla, pre­sumo... si ella es la verdadera Sharla.

Kelab detuvo su jarro a mitad de camino de sus labios y habló con lentitud.

- Claro, no había pensado en eso.

- La decisión corresponde al Consejo de los Seis tanto como a la Regencia, claro, pero tradicional­mente la hija mayor de un rey muerto es elegida regente si es preciso. Pero en teoría, podría ser de otra manera.

Kelab apuró el resto de la bebida y dijo:

-¿Cuánto te debo?

Pillado por sorpresa, Finzey parpadeó. Dijo:

- ¿Tan pronto. ? ¿Pero por qué? Quería que me contase sus viajes maravillosos desde que nos vimos por última vez. ¿Por qué quiere irse?

Kelab sonrió y señaló con un pulgar la moneda de mil círculos que había dejado en el recipiente destinado para recibir donativos funerarios, mien­tras que con la otra mano alzaba el velo azul y lo hacía desaparecer en la nada.

- Tengo que ganarme el pan. ¿Cuánto?

- Un regalo, Kelab - dijo Finzey, extendiendo sus gruesas manos -. Llámelo mi parte en esa moneda. Pero los ingresos para los otros serán pequeños ­hasta que hayan pasado los días de luto.

- Correré el riesgo - contestó Kelab el Conjurador.

­Salió del bar, apartándose de las chicas borrachas ­y de los hombres del espacio que jugaban «shen fu» y del olor a licor rancio, y caminó duran muchas horas por la parte de la Ciudad Baja, sus tacones sonando en el pavimento y su cabeza doblada sobre el pecho, sumido en pensamientos.

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