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Historiografía clásica y revisionismo histórico conservador en los primeros decenios de siglo XX


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historiografía clásica y revisionismo histórico conservador

en los primeros decenios de siglo XX


Por Leopoldo montenegro



El problema que se plantea en una reseña de la historiografía chilena de fines del siglo XIX y primeros decenios del XX, es poder distinguir cuáles son las corrientes historiográficas hegemónicas, y dentro de ellas los historiadores más relevantes, sus ideas y aportes: y dentro de esto interesa poner la atención sobre el llamado revisionismo histórico conservador. También interesa resaltar sumariamente los avances en la profesionalización de la producción histórica.
Una primera corriente es la de los historiadores que continúan la tradición clásica, predominante en el siglo XIX cuyos representantes más significativos fueron Barros Arana, Benjamín Vicuña Mackena y Amunategui. Los historiadores que juegan un rol de transición entre lo clásico y la nuevo son José Toribio Medina, Tomás Thayer Ojeda y Gonzalo Bulnes. Y quiénes heredan esta tradición son Guillermo Feliú Cruz, Ricardo Donoso y Eugenio Pereira Salas. Una segunda corriente que domina la escena historiográfica en los primeros decenios del siglo XX es lo que se ha venido en llamar “historiadores conservadores” entre los que se destacan Alberto Edwards Vives, Francisco Antonio Encina y Jaime Eyzaguirre.
En un sentido general estas dos corrientes coexisten y se retroalimentan mutuamente no obstante que en uno u otro caso la matriz de su labor se origina desde el seno de la universidad o desde un trabajo más bien solitario. La matriz universitaria, heredera más bien de la escuela clásica, por ejemplo, desde un punto de vista de la participación en política es, en términos generales, prescindente, mientras que los historiadores conservadores son activos actores, con responsabilidades directas o desde la trinchera de las ideas, de la lucha política nacional (CARLOS RUIZ, 1992).
El rasgo general de todos estos historiadores conservadores desde el punto de vista de la teoría y del método fue de revisar los postulados sobre la cual había descansado la historiografía del siglo XIX hegemonizada por la visión liberal. Revisión que no sólo obedecía a una reacción ante la pérdida de los valores e influencia de la aristocracia, sino también se conectaba con las nuevas teorías de la historia en boga asociadas a otras crisis revolucionarias generales en curso, especialmente en el viejo continente (FRANCISCO ENCINA, 1935).
Las opiniones de algunos pares universitarios sobre los historiadores conservadores apuntan al hecho que con el cambio de siglo comienza la decadencia de la aristocracia chilena como clase dominante y hegemónica, debido a la emergencia de otros sectores sociales, y que por lo tanto ellos reflejan en sus trabajo esta pérdida de posición estratégica, colocando el acento estos historiadores conservadores en aquellos aspectos del pasado más nostálgicos y útiles a la batalla política y cultural de su propio presente (RICARDO DONOSO, 1969).
Estos y otros aspectos trataremos de reseñar en este trabajo.
La tradición clásica y la Profesionalización de la labor

De aquellos historiadores que juegan un rol de bisagra entre lo antiguo y lo nuevo, el más importante es José Toribio Medina Medina. Esto porque su producción apuntó esencialmente a la creación de una base documental y bibliográfica que le diese sustento a los estudios históricos sobre América y Chile, a futuro y entre los jóvenes historiadores contemporáneos. Medina era liberal, financió su gran obra de su propio bolsillo aunque también por un corto período fue funcionario del gobierno de Balmaceda (1883-1891), estuvo exiliado en Argentina después del 91, de donde volvió a Santiago a continuar sus trabajos documentales. En un sentido general la obra de Medina parte en el año 1873 y termina en el momento de su muerte, en 1930, habiendo sido prácticamente finalizado el conjunto de su trabajo en 1923. Hay que resaltar que sólo con respecto a la historia de Chile Medina publicó trescientos y setenta y ocho grandes volúmenes. De otra parte la base de la construcción intelectual de Medina era el razonamiento sobre los hechos y una memoria prodigiosa que al parecer dejaba poco espacio para la abstracción y para la elaboración de investigaciones más complejas, teniendo en consideración las montañas de materiales que se encontraban a su disposición, por lo que su labor propiamente de interpretación y comprensión histórica no tuvo la misma trascendencia que su aporte en el plano de la construcción de las bases documentales y bibliográficas para la historia de Chile y América(FELIU CRUZ, 1952).


La crítica a la tradición clásica en la historiografía chilena -especialmente la de Barros Arana-, la más sistemática y profunda, a pesar de las opiniones descalificatorias en las cuales venía envuelta, provino de Encina. En lo fundamental este historiador reprochaba a los historiadores liberales no haber roto los cánones del método positivista en historia y no haber trabajado con el respaldo de una filosofía de la historia, y en esto se acercaba a Lastarria, que permitiera dar cauce a la intuición histórica, vale decir la capacidad de develar los rasgos esenciales de un hecho histórico, lo que posibilitaría a su vez interpretar esa realidades y procesos fundantes asociados y encadenarlas entre sí, y así poder tener un representación del pasado verdaderamente fecunda (FRANCISCO ENCINA, 1935).
La tradición historiográfica clásica proveniente del siglo XIX conserva, con sus continuadores del siglo XX, los elementos centrales del método histórico: investigación sobre hechos respaldados con pruebas y documentos; gran capacidad crítica; y representación sistemática del pasado. A esto se agregan los nuevos avances asociados al desarrollo de las ciencias sociales, a la emergencia de otros actores sociales y al proceso de institucionalización de la labor del historiador, en el Estado a través de la Universidad y en la sociedad civil, a través de las Academias y Sociedades.
El panorama historiográfico chileno, de principios de siglo, estuvo entonces marcado por esta especie de búsqueda de ampliación del contenido y horizonte de la labor del historiador, y aún cuando residualmente, la dicotomía liberal conservador permanecía en el ambiente, los aportes de unos y otros de estos nuevos actores intelectuales, contribuyeron a la construcción de una visión y método historiográfico avanzado, cuyo mérito central, desde el punto de vista científico, radica precisamente en el hecho de poder criticar las investigaciones de otros y abstraer de ellas aportes a la disciplina (ALBERTO EDWARDS, 1982). Hay que observar al respecto que, de las controversias sobre historia en este período reseñado y de los avances provocados por esas discusiones, son herederos la gran mayoría de los historiadores del siglo XX, independientemente de sus inclinaciones conservadoras, liberales, radicales o socialistas: no obstante un gran parte de ellos empezará a tener como casa común la universidad, excepto Encina que se negó permanentemente a ser académico de la Universidad de Chile (RICARDO DONOSO, 1969).
Desde un punto de vista de clase, los historiadores de este período que hacían referencia a los nuevos sectores emergentes de las clases medias tuvieron en la universidad el centro de su actividad intelectual y profesional. Allí, en el trabajo común, se expresaban las ideas políticas, sin el protagonismo de sus predecesores, las opciones ideológicas, pero también se adquiere la audacia para enfrentar nuevas temáticas históricas, de manera particular y más cercana a los intereses de estas nuevas clases y fracciones de clases emergentes (GUILLERMO IZQUIERDO, 1974).
Los historiadores universitarios continuaron de lo clásico la erudición y el sesgo positivista, sin embargo ya comenzaba a evidenciarse el alejamiento al modo de ser del historiador clásico: aristócrata; autosuficiente en lo material; en una cierta manera un personaje solitario como historiador, pero muy comprometido políticamente. Los historiadores herederos de la tradición clásica, ahora académicos universitarios o futuros profesores, a diferencia de los historiadores conservadores revisionistas, sus contemporáneos, se mantienen alejados de la militancia política parlamentaria o ministerial. Lo que no implica no comprometerse con las grandes opciones en juego, las cuales ya comienzan a considerar a las grandes masas de ciudadanos, mostrando una nueva realidad fruto de la desoligarquización de la política y de la cultura de principios de siglo, la cual fue analizada por los historiadores conservadores como la pérdida de liderazgo de la aristocracia, desorden social y crisis de autoridad (CARLOS RUIZ, 1992).
Los Historiografía Conservadora en el Siglo XX

En historia nada está dicho sino se miran los acontecimientos en el largo plazo y si no se observan esas realidades como antesala de situaciones que vivimos como contemporáneos, las cuales serían ininteligibles si no se intentara comprender lo sucedido en esos momentos.


El período histórico abierto en 1973 en Chile nos retrotrae a la importancia de la producción histórica del llamado revisionismo conservador. En los hechos las concepciones y afanes de estos historiadores -Edwards, Encina e Eyzaguirre-, constituyeron parte importante del imaginario colectivo de la dictadura (1973-1990) y sus partidarios, estableciéndose un nexo de largo plazo entre hechos y actores históricos en distintas época, aparentemente inconexas entre sí. Es probable que la fisonomía de Chile de fines de siglo XX tenga mucho que ver, con efecto retardado, con las soluciones que afanosamente cavilaron estos historiadores a la crisis de dominación de las clases pudientes, a las cuales pertenecían, en su época.
Entre los factores causales del nacimiento de una corriente revisionista conservadora en la historiografía a principios del siglo XX en Chile está en primer lugar la crisis de la dominación oligárquica. En efecto las contradicciones entre los sectores aristocráticos debido a las pugnas por la renta salitrera habían derivado en un régimen político parlamentario incapaz de enfrentar las nuevas realidades y al mismo tiempo en la emergencia de formas de transacciones de poder, alejadas de las concepciones y del imaginario del período portaliano.
Esta crisis de la dominación de la aristocracia, era el resultado de la existencia de distintas fracciones y variantes alternativas en el bloque de clases dominantes. Conocida genéricamente como aristocracia, es necesario señalar que en su interior convivían en pugnas de interés y perspectivas de desarrollo, en una lucha a veces abierta y otras veces soterrada, de nuevas y antiguas fracciones burguesas y pre burguesas.
Sin embargo en la percepción en los historiadores conservadores sobre el momento que se vivía, había un denominador común, que era la idea que se habían perdido los valores de la autoridad y gobierno fuerte. No obstante al mirar más de cerca trayectoria de cada uno de ellos, vemos que sus visiones se acomodan de acuerdo al desempeño de alguna de estas distintas fracciones: Eyzaguirre, podemos decir, se acercaba más a la sensibilidad de la oligarquía terrateniente; Edwards participa en la dictadura de Ibáñez y no desecha cierto dirigismo impulsado por la burguesía desde el estado; Encina, en su momento, con sus concepciones, se acerca a fracciones burguesas monopólicas y financieras.
En algunos casos la crítica de estos historiadores al antiguo régimen y sus cuestionamientos a aspectos del nuevo que estaba naciendo, podía tener visos de crítica al sistema capitalista o de la dominación oligárquica. Según se haga esta desde la óptica de aquel que añora las viejas relaciones tradicionales agrarias, puestas en cuestión por la progresión capitalista. O se hiciese desde la óptica de quién reconoce como factor determinante del progreso de las sociedades el orden y la autoridad. O como, en el caso de Encina, desde el ángulo del nacionalismo económico y de la crítica a una cierta inferioridad mental de los aristócratas y de la sociedad en su conjunto, para emprender en la industria y la innovación (CARLOS RUIZ, RENATO CRISTI 1992).
Crisis de la sociedad y toma de posición de clase asociada a la aristocracia, es el común denominador que influye en la elaboración histórica y en la conducta pública de todos los historiadores revisionistas conservadores. Estos historiadores en los hechos producen otra lectura del pasado, revisan las investigaciones de sus antecesores y a través de formas intuitivas, inspiradas en diversas fuentes teóricas conservadoras, representan un pasado de manera distinta de lo conocido hasta ese momento: es por esto que quizás ocupan tanto lugar en el imaginario historiográfico chileno.
Otro aspecto común de la corriente conservadora es la adhesión a las ideas de Spengler, historiador alemán que postulaba una concepción en donde la historia de las sociedades, asemejaba a un ciclo biológico de nacimiento, desarrollo, decadencia y muerte, y que en cierto sentido calzaba, en lo que se refiere a la etapa del tramonto, con ciertos síntomas de decadencia, anarquía y fin de época en la que se debatía la propia aristocracia chilena de principios de siglo. Pero también cada uno de ellos recorre caminos particulares, cubre temáticas propias y produce obras históricas que con el tiempo se han depreciado o adquirido más valor sea para los especialistas como para el público en general.
Alberto Edwards (1874-1932) es el historiador que inicia la crítica a la historiografía liberal y a sus continuadores. Intelectual multifacético, logra dar las concepciones conservadoras chilenas un espesor significativo, en un momento precisamente de crisis y debilitamiento de la hegemonía aristocrática. Su obra principal, La Fronda Aristocrática, es al mismo tiempo una crítica a los errores de la dominación aristocrática y un llamado a asumir sus responsabilidades, a aquella clase social, representante por sobre todo del “alma nacional”, sobre la cual descansaba el peso de conducir a la sociedad con gobiernos fuertes e impersonales (ALBERTO EDWARDS, 1982). Políticamente Edwards fue un hombre del poder establecido, y cuando tuvo que actuar de manera contrarrevolucionaria, como ministro de la dictadura de Ibáñez, lo hizo inspirado en las ideas de orden y gobernabilidad de Diego Portales y sus continuadores, y en sintonía con las ideas, tanto filosóficas como políticas fascistas europeas. Desde el punto de vista historiográfico es evidente el aporte de Edwards más que a la investigación al ensayo histórico, lo que a juicio de otros historiadores constituye una contribución al proceso de construcción del conocimiento histórico, en una época “dominada todavía por el respeto irrestricto a la escuela decimonónica” (MARIO GÓNGORA, 1982).
En el caso de Jaime Eyzaguirre (1908-1968) el rasgo más notable como historiador es su hispanismo. Al final de una evolución personal e intelectual, que parte de un catolicismo milenarista, sigue con acercamiento a las ideas corporativistas, de moda en los veinte y los treinta en Europa, se consolida, en el amor a la tierra, su idea de “ver el espíritu universal del cristianismo encarnado en la acción histórica de España”, reflejada en su obra misional y civilizadora de los indios, en la defensa de la cristiandad y en el imperio de la justicia (VILLALOBOS, 1983). Ahí se encuentra el núcleo de sustento de su producción histórica, específicamente en los ensayos Fisonomía Histórica de Chile e Hispanoamérica del dolor. Eyzaguirre es definido por estudiosos de los años ochenta como un intelectual católico “profundamente hostil al liberalismo, la democracia, el socialismo y la política misma, que confluye en la propuesta de un orden político sin democracia formal, dirigido por gremios profesionales únicos por ramas de actividad y del que se espera el retorno de la sociedad a la disciplina, la autoridad y la jerarquía dentro de un orden moral integralmente católico” (CARLOS RUIZ, RENATO CRISTI, 1992).
Francisco Antonio Encina (1874-1965), de los tres representantes de la historiografía conservadora, fue el que más reivindicó la crítica a la generación anterior de historiadores. En lo formal este ajuste de cuentas con la tradición clásica fue en algunos casos destemplado, desproporcionado y fuera de lugar (RICARDO DONOSO, 1969). Pero en el plano de los contenidos la crítica se expresó una propuesta historiográfica, que descansando sobre lo ya producido por Barros Arana, combina la descripción de los hechos con la interpretación, radicando en este esfuerzo de comprensión del pasado el mayor mérito de su obra(F. A. ENCINA, 1935). Esta ha sido profusamente criticada, por otros historiadores, por apoyarse en teorías científicamente discutibles, también por una incapacidad de explicar las circunstancias históricas en las cuales se daban los acontecimientos y desplazaban los actores, unida a la creencia que los factores raciales y psicológicos eran determinantes en las conductas y proyectos colectivos, especialmente en el plano económico, llegando a ser decisivos en el grado de progreso o atraso de una nación, lo cual no deja de ser más que una superchería a la luz de los niveles de racionalización alcanzados a la época por la disciplina económica. El método de aproximación al pasado histórico de Encina, a pesar de que él lo proclamaba como una renovación y enriquecimiento de la disciplina, resultó ser anticuado y distante de los progresos en las ciencias sociales, ya vigentes en su época de creación del grueso de su obra (SERGIO VILLALOBOS, 1982).
En el período considerado es notoria la coexistencia de dos corrientes historiográficas, cada una ocupando su espacio, sea en el ámbito institucional universitario, como asociativo en la sociedad civil. Sin embargo las nuevas realidades nacidas con posterioridad a la crisis nacional de los años veinte y principios de los treinta irán acercando cada vez más los valores republicanos a los conceptos de democracia, sociedad pluriclasista y participación ciudadana, irán abriéndose paso nuevos actores, y sus antepasados que poco a poco irán ocupando un lugar en las preocupaciones de las nuevas generaciones de historiadores.


BIBLIOGRAFÍA
Donoso, Ricardo. Francisco Antonio Encina, simulador. 2 Vols. Ediciones Ricardo Neupert, Santiago, 1969-1970. Vol. I, Capítulos XV y XVI, pp. 168-195.
Edwards Vives, Alberto. La fronda aristocrática en Chile. Editorial Universitaria, varias ediciones. Léase el prólogo sobre “Alberto Edwards Vives” escrito por Mario Góngora, pp. 11-25.
Encina, Francisco A., La literatura histórica chilena y el concepto actual de la historia, Editorial Nascimento, Santiago, 1935. Capítulos II, III, VI y VII. (Versión digital en www.memoriachilena.cl)
Eyzaguirre, Jaime. Fisonomía histórica de Chile. F.C.E., México, 1948. Hay diversas reediciones en Editorial Universitaria. Completo.
Feliú Cruz, Guillermo. “Medina (1852-1930) Radiografía de un espíritu”, en José Toribio Medina. Homenaje en el centenario de su nacimiento. Número extraordinario de Revista Atenea. Editorial Nascimento, Santiago, 1952, pp. 94-175.
Guerrero Yoacham, Cristián. “Aportes de don Guillermo Feliú Cruz a la historiografía chilena”, en Cuadernos de Historia, n°20, Santiago, 2000, pp. 9-63.
Izquierdo, Guillermo. “Pereira Salas en la historiografía chilena”, en Boletín de la Academia Chilena de la Historia, nº 88, Santiago, 1974, pp. 15-32.
Ruiz, Carlos y Renato Cristi El pensamiento conservador en Chile. Seis ensayos. Editorial Universitaria, Santiago, 1992. Ensayos I, II y III.
Villalobos, Sergio. “Introducción para una nueva historia”, en Historia del Pueblo Chileno. Tomo I. Empresa Editora Zig-Zag-Instituto Chileno de Estudios Humanísticos, Santiago, 1983 (1980), pp. 24-42.





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