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Historia de una maestra


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Quizás el aspecto más interesante de la novela de Josefina Aldecoa sea la relación que establece la autora entre la memoria de la narradora y sus anhelos o sueños acerca del porvenir. En este sentido, el epígrafe al capitulo "La voz de la memoria" resulta muy elocuente, porque señala cómo la memoria, según Aldecoa, selecciona aquellos hechos que se dan por buenos y rechaza las versiones del pasado que resultan inquietantes. Esta especie de método inconsciente para re-crear el pasado también afecta la forma en la que se define la identidad, en este caso la identidad femenina y la identidad maternal. A mi ver, en Historia de una maestra la autora proyecta en su protagonista una imagen doble: por una parte, Gabriela está muy consciente de su papel como educadora y de la importancia de su activismo ideológico, pero, por otra, debido a la conexión biológica madre-hija, Gabriela asume un rol de mujer tradicional y madre abnegada que parece contradecir su forma de entender el mundo. De este modo, la protagonista escoge la faceta femenina que más le conviene en concordancia con una lógica inconsciente que funciona de la misma forma que la voz de la memoria: por ejemplo, Gabriela admira la fortaleza de una mujer como Regina, que tiene muy claro que "una mujer de verdad no necesita ser esclava, pero tampoco una soberbia que no da su brazo a torcer" (146) (sobretodo cuando lo que está de por medio son los hijos), y, de la mima forma, intenta conciliar, mostrando cierta indiferencia frente a una dinámica que parece no incomodarle: la de ser el ‘ángel del hogar’, la inconformidad de Marcelina cuando ésta reclama el derecho a que su labor como ama de casa y madre sea reconocido como un trabajo igualmente valiosos al que hacen los hombres en la mina. También esta imagen de mujer dual, consciente de las problemáticas sociales pero pasiva en su intervención pública, queda clara en su defensa constante de la educación no politizada, idea totalmente opuesta a las que ella misma admira en su marido. Es precisamente debido a esta alternancia constante que la forma en que se presentan los hechos más trágicos de los primeros días de la Guerra, hacia el final de la novela, produce en el lector la sensación de que Gabriela ha perdido contacto con la realidad (quizás como una respuesta defensiva o un reflejo protector para su hija) y que, como consecuencia, su memoria ha decidido hacer un recuento arbitrario de los acontecimientos olvidándose del exterior para concentrarse, en cambio, en las sensaciones de temor conectadas con el instinto maternal. Al final de la novela, cuando los sueños de la narradora han quedado completamente destrozados por el advenimiento de la Guerra, surge nuevamente la voz de la memoria para resaltar el pasado, dejando de lado los aspectos más dolorosos de lo que realmente ocurrió y abrir un espacio a la esperanza de que pueda haber un porvenir diferente.


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