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Transiciones: Los orígenes del desarrollo diferencial

TRANSICIONES: LOS ORÍGENES DEL DESARROLLO DIFERENCIAL

Inicios de la prensa periódica en Argentina

Julio E. Moyano

HISTORIA DE LOS MEDIOS - UBA

Año 2011
Transiciones: Los orígenes del desarrollo diferencial

1. Europa y América

Comparado con Europa, el tiempo histórico del desarrollo de la prensa periódica en nuestro país entre sus orígenes y su ingreso en la modernidad es sumamente breve. Si tomamos en consideración que la extraordinaria experiencia de impresión realizada por los jesuitas a lo largo del siglo XVIII quedó trunca y no llegó a ligarse a la práctica periodística (aunque sí a la argumentación polémica a través de libros y folletos), entonces habremos de reconocer los primeros esbozos de nuestra historia en la segunda mitad de ese siglo, cuando en Gran Bretaña ya han pasado décadas de prensa burguesa, con cantidades y variedades de periódicos en crecimiento exponencial, sumando millones de ejemplares por año y a un paso de su conexión con la primera revolución industrial, fenómeno observable también en los Países Bajos, y novedosamente, también en el territorio americano de las trece colonias británicas, donde una región que durante el primer siglo de colonialismo español en América era absolutamente marginal y carente de valor en los términos del metalismo imperante, se transformó en apenas un siglo (desde 1639, y especialmente desde 1648), en un pujante territorio en dirección al capitalismo moderno. Si la llegada de la imprenta a la Hispanoamérica del imperio absolutista precedió en más de cien años a la imprenta norteamericana, en el siglo XVIII las primeras gacetas norteamericanas precedieron en dos décadas a las primeras hispanas aparecidas en México en 1722. Ejemplo típico de esta nueva situación fue Benjamin Franklin1.

Aún en las regiones más atrasadas de Europa occidental, las gacetas se hallaban en pleno auge desde la primer mitad del siglo XVII, y la circulación de noticias, literatura de cordel y aún pasquines era creciente.

En los centros universitarios del Alto Perú ya existía imprenta desde tiempo atrás debido precisamente a su cercanía con el centro político-económico peruano y con las regiones mineras, pero no había aún movimiento alguno de periodismo. En el resto del Río de la Plata, y particularmente la región del Litoral y las pampas, que en el futuro hegemonizarían la formación de la argentina moderna, no había siquiera, por esta época, actividad de imprenta. Apenas se observaban en ese momento las primeras noticias manuscritas que difundían las noticias bajadas de los barcos: Situación de la corte, guerras, acontecimientos extraordinarios (como epidemias o terremotos), e información comercial. Son ejemplo de eso un papel manuscrito titulado “Noticias comunicadas desde la colonia del Sacramento a esta ciudad de Buenos Aires en 5 de diciembre de 1759”, y una Gaceta de Buenos Aires de 1764, también manuscrita, que sólo produjo unos pocos números y ejemplares.

No había aún, en el Río de la Plata, necesidad de periódicos, dado el carácter marginal del territorio tanto en su valor económico como militar en relación con las potencias modernas que utilizaban prensa periódica, y de hecho los primeros que se conocen son transcripciones manuscritas de noticias de gacetas que llegan “del Janeyro” o directamente desde España, a través de Colonia del Sacramento o Montevideo: datos sobre las mercancías –y su precio- que trae algún barco, así como sus horarios y días de llegada y salida. Estos pequeños papeles, típicos de la circulación comercial europea desde el siglo XVI, no parecen tener gran mercado en la aún pequeña Buenos Aires. La serie más larga y con pretensiones de “Gaceta” (publicación continua) que se conoce de este tipo de publicación, fue la mencionada Gaceta de Buenos Aires de 1764, en pequeño formato al que aún le sobraba espacio en blanco en las últimas páginas de los cuatro pequeños pliegos, que no se alcanzaba a llenar. Se conocen de ella cuatro números, publicados entre el 19 de junio y el 25 de setiembre de aquel año.

2. Carlos III y las reformas de 1778


La llegada al trono español del Rey Carlos III en 1759 acelera la posibilidad de disposición de imprentas en el imperio a través de numerosas medidas de fomento que abarcaron todos los aspectos de la actividad: desde la rebaja del precio oficial del plomo hasta el proteccionismo de las imprentas españolas respecto de las extranjeras. En el Río de la Plata los jesuitas habían dispuesto la hoy famosa imprenta de las misiones durante casi siete décadas del siglo XVIII hasta su expulsión. Otra imprenta llega hacia 1765 a Córdoba, pero su uso es abortado por la expulsión. Desde entonces, sólo pasan 15 años para que nos encontremos con un Buenos Aires capital de virreinato, la ampliación del comercio atlántico legal o ilegal, la profusión de pequeños papeles informativos, y el traslado de la imprenta de Córdoba a Buenos Aires para su puesta en funcionamiento. No hay evidencias de grandes “prohibiciones” –como sí las hubo de ingreso de libros inquisitorialmente clasificados- que trabasen un impulso de los particulares a la publicación de periódicos, tal como insinúa Quesada en la carta mencionada al comienzo de este informe. Más bien parecen sumarse los cambios de virrey, los problemas del sistema de concesión, con sus correspondientes presiones, la falta de mercado, y muy especialmente, la total ausencia de personas capacitadas para el sostén de una publicación regular. Una autorización denegada al francés Liniers (hermano de Santiago) más bien parece ligada al temor de la nacionalidad del peticionante, y efecto de la prohibición general de gacetas realizada en la metrópoli ese mismo año, como producto del temor estatal a la difusión de eventos en el momento más radical de la revolución francesa, prohibición que tardaría muchos meses en derogarse.

Luego, según hemos visto, la creación del Virreinato vino acompañada por la recuperación de la imprenta jesuítica de Córdoba en 1780, transformada en la Imprenta de los Niños Expósitos, la cual permitió la modernización de la administración estatal, y complementariamente, la impresión de algunas de aquellas noticias hasta entonces manuscritas, como por ejemplo, unas Noticias recibidas de Europa por el correo de España, y por la vía del Janeyro. Buenos Aires, a 8 de enero de 1781, salidas de la imprenta de los Niños Expósitos. Este tipo de sueltos, avisos, noticias y relaciones comenzó a aparecer primero esporádicamente, y luego más intensamente hacia el fin de siglo y en la etapa final del virreinato. De ellos se conservan muchos ejemplares en la actualidad, tanto en la Biblioteca Nacional como en el Museo Mitre.

En paralelo con esta aparición de un muy tenue espacio proto-periodístico, comenzó la circulación –también tenue- de papeles anónimos con breves y muy sencillas interpelaciones de protesta. Dice al respecto Juan P. Echagüe:

“Aunque no entren propiamente en la categoría de periódicos, cabe mencionar, en ausencia de éstos, la aparición de pasquines en las calles de la ciudad, durante el virreinato de Juan José de Vértiz, en los cuales se protestaba por el aumento del dos por ciento en el tributo de las alcabalas. La difusión de tales anónimos y pasquines motivó el bando del 23 de octubre de 1779 por el cual se hizo saber a los vecinos que debían abstenerse de “componer, escribir, trasladar, distribuir y expender semejantes papeles sediciosos e injuriosos, y de permitir su lectura en su presencia””. (Echagüe, Juan Pablo: “El Periodismo”. En: Historia de la Nación Argentina, T6, Cap. II, edic. 1946, pág. 59. Cfr. también Pillado, José Antonio: Buenos Aires Colonial).


Durante la década de 1790, cuando las reformas borbónicas llegaron a su punto culminante en nuestra región con la ampliación de posibilidades asignada al puerto de Buenos Aires, comenzó a esbozarse una primer vinculación con la práctica periodística: En primer término, por la labor de quien debería ser reconocido como primer periodista argentino, el funcionario del Consulado y futuro prócer patrio Manuel Belgrano, quien realizó numerosos informes breves y monografías impulsando el potencial económico y de progreso material y cultural de la región. Muchos de esos materiales fueron efectivamente publicados en España. También puede observarse en esta década los prolegómenos de la aparición de una prensa local, no sólo porque la elite local efectivamente adquiere la práctica de la lectura de gacetas llegadas de España, según reconoce gran cantidad de protagonistas de esa época en cartas y memorias, sino porque se registran los primeros pedidos de licencia para realizar una publicación, pedidos que –aunque son efectuados por personajes ligados a la nobleza (como el mencionado marqués Liniers), son de momento rechazados.

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