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Historia de la iglesia


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John N. Darby, 1830

En Inglaterra e Irlanda comenzó un movimiento simultáneo entre personas totalmente desconocidas entre sí. Hubo una obra independiente del Espíritu de Dios en los corazones y en las conciencias de muchos fieles seguidores de Cristo, entre los que se podrían mencionar específicamente a John N. Darby, Edward Cronin, John G. Bellet, Anthony N. Groves y George V. Wigram. J. N. Darby, erudito de considerable fama y abogado, fue convertido mediante la lectura de las Sagradas Escrituras. En sus años tempranos aceptó un subrectorado protestante en el sur de Irlanda, pero más tarde quedó muy impresionado por la verdad de que la Cabeza de la iglesia era Cristo glorificado, de lo que dedujo que debía haber un organismo en la tierra, un cuerpo espiritual, en el que Su condición de cabeza debía ser expresado. El llamado de esta verdad lo llevó a salir de sus conexiones eclesiásticas, como Abraham en la antigüedad, que, llamado por Dios, obedeció saliendo sin saber a donde iba (He 11:8). Al mismo tiempo, otros hombres eran similarmente movidos, por el estudio de la Escritura, a juzgar el sistema sacerdotal como inicuo, por cuanto todos los cristianos son llevados al mismo lugar de cercanía y libertad para con Dios por el Evangelio, y por recibir el don del Espíritu Santo vienen a ser miembros del Cuerpo de Cristo. Por ello, todo sistema regido por un sacerdote oficial niega la primera de estas verdades cardinales, y cualquier asunción de derechos exclusivos de ministerio niega la segunda.

El reconocimiento de estas verdades capitales llevó a estos cristianos a dejar aquellas asociaciones que las negaban, para reunirse en toda sencillez para participar de la cena del Señor tal como había sido establecida por el mismo Señor y siguiendo la enseñanza inspirada del Apóstol Pablo. Reconocieron la presencia personal del Espíritu Santo y Su disposición soberana de poder como el canal para el ministerio de la Palabra de Dios, mientras que las Escrituras fueron reconocidas como el único criterio infalible de la verdad y del error. Este movimiento, que comenzó en Dublín y en el sur de Inglaterra alrededor de 1832, pronto se extendió con considerable rapidez por medio de la predicación del Evangelio y del ministerio de la Palabra. Así surgieron por toda Inglaterra y en Francia, Suiza, Alemania, y por todos los países de habla inglesa del mundo, reuniones constituidas en base de la aceptación del principio de que la separación de la iniquidad era la única verdadera base para la unidad.

El avivamiento del verdadero carácter de la iglesia

El hecho de que esta obra comenzó simultáneamente, aunque de manera independiente, por muchas partes del mundo, demostró, como había sucedido trescientos años antes durante la Reforma, que el mismo Dios estaba obrando. Las notas clave de este avivamiento eran el llamamiento distintivo y celestial de la iglesia (o asamblea) y la consiguiente necesidad de la separación del mal —tanto eclesiástico como moral—, mientras que la sencillez y el gozo de los primeros tiempos de la historia de la iglesia fueron avivados en muchas pequeñas reuniones.

Las personas que se reunían de esta manera no asumieron una posición pública, y permitieron ser llamados simplemente por el nombre de «hermanos». Al aceptar esta designación, no lo hacían en ningún sentido más estrecho que el comunicado por las palabras del mismo Señor: «Uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos». No iniciaron nada nuevo, ni tampoco trataron de reformar nada. Sencillamente reconocieron que la asambea seguía ahí, y que formaban parte de ella, a pesar de la ruina pública.

La verdad, comprometida

Pero con el paso del tiempo, las verdades y principios que gobernaban a J. N. Darby y a otros no fueron mantenidas por todos los que profesaban tomar el terreno de separación de la Iglesia Establecida y de las denominaciones, y han surgido varias crisis entre los «Hermanos». La verdad de Cristo y de la asamblea, al no ser mantenida en poder espiritual, llevó a diferencias de opinión y pronto se reveló la presencia de algunos que estaban dispuestos a aceptar una norma inferior o contemporizaciones. Había, por ejemplo, los que mantenían que la asamblea en su aspecto universal se había vuelto invisible, y que nada quedaba ahora sino establecer asambleas locales, cada una de ellas completa en sí misma, y sin responsabilidad para con otros grupos similares. Cada una de ellas sería así libre de recibir a cada creyente individual, suponiendo que fuera perfectamente sano en la fe, sin tener en cuenta las asociaciones a las que pudiera estar vinculado. La verdad de la asamblea en su unidad general —tan enérgicamente mantenida por J. N. Darby— perdió entonces su lugar debido, se abrió de par en par la puerta a la contemporización con el mal, y el curso del testimonio durante los últimos cien años ha estado repetidamente marcado por conflictos. No obstante, el movimiento original, que siguió al avivamiento de la década de 1830, se ha mantenido y expandido entre muchos que buscan humildemente y con la energía de la gracia divina «contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos».

El resultado de este conflicto por la fe y de la actividad de Satanás en su intento de corromper la verdad se puede observar hoy en todas partes, con la existencia de docenas de diferentes asociaciones religiosas. Es uno de los hechos más humillantes y penosos que tales condiciones deban caracterizar los últimos días de la historia de la iglesia.

La ruina pública de la iglesia y la pequeñez y debilidad externas de aquellos en ella que buscan mantener la palabra del Señor y no negar Su nombre, se hacen tanto más evidentes cuando los contrastamos con las grandes entidades apóstatas, las cosas del mundo, sean civiles o eclesiásticas, que están creciendo en fortaleza y magnificencia externas según se va aproximando su día del juicio. Pero todo ello está en conformidad con la profecía inspirada. Las exaltadas pretensiones de la gran apostasía están vívidamente exhibidas en las páginas de la Sagrada Escritura, mientras que no hay ninguna promesa en el Nuevo Testamento de que la iglesia vaya a recuperar su consistencia y hermosura antes de su arrebatamiento.

Ésta, pues, es la posición que nos confronta en el período presente de la historia pública de la iglesia, y, desde luego, la finalización de esta historia no puede retardarse ya mucho. En palabras de otro, la iglesia está a punto de pasar de sus ruinas a su gloria, mientras que el mundo va de su magnificencia a su juicio.




«UNA PUERTA ABIERTA»

La historia que constituye la sustancia de este libro concluye con una referencia a las muchas sectas y denominaciones religiosas, cuya existencia caracteriza el día presente. Debido a esto, puede que surja en la mente de algún lector interesado una sensación de aturdimiento, y un deseo de saber qué pasos debiera tomar. Es con el fin de indicar aquella luz o guía que el mismo Dios pueda haber dado proféticamente en las Sagradas Escrituras acerca de esta cuestión que se da esta sección adicional. A la luz de las propias palabras del Señor, «el que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios» (Jn 7:17), podemos tener la certeza de que Dios nunca dejará que un indagador sincero quede en la incertidumbre acerca de la verdad y de la luz que en todo momento debiera gobernar cualquier postura. Al apelar a la Palabra de Dios, se supone que el lector acepta inequívocamente su inspiración y autoridad, y que está dispuesto a permitir que la palabra tenga su pleno efecto sobre la conciencia, y que luego controle las acciones. En el espíritu de una indagación dependiente y seria, podemos entonces preguntar: «¿Qué dice la Escritura?»

En primer lugar, no se nos deja con ninguna duda acerca de que por negras que sean las tinieblas de los últimos días, lo que es de Dios permanece, y que nunca queda sujeto a fracaso ni deterioro alguno. Al registrar la triste ruina de la iglesia y el desmoronamiento de lo público, es de suma importancia reconocer esto. Las normas divinas son invariantes, y el Espíritu Santo de Dios (mencionado por el Señor como «el Espíritu de verdad,» Jn 15:26) está aquí para mantener todo lo que es de Dios, hasta la venida del Señor y la consumación de la historia de la iglesia sobre la tierra.

Pablo, Juan, Pedro y Judas se refieren todos a las condiciones de los últimos días, y todos, a su manera, se aferran a la luz sin sombras de la verdad divina frente a las tinieblas de la apostasía. Pedro, por ejemplo, en el segundo capítulo de su segunda epístola, describe el tiempo de apostasía con las palabras más solemnes, y sin embargo, en aquel mismo capítulo se refiere a «el camino de la verdad» (v. 2), «el camino recto» (v. 15), y «el camino de la justicia» (v. 21), como para destacar el hecho de que hay un camino incluso en medio de tales condiciones. Luego Pablo, en su segunda epístola a Timoteo, se refiere a los últimos y peligrosos días, pero da al mismo tiempo esta palabra: «Pero el fundamento de Dios está firme» y «Conoce el Señor a los que son suyos» (2 Ti 2:19).

Ahora bien, estas palabras del Apóstol Pablo, que deben traer consuelo al corazón de cada uno que ame al Señor Jesús, van de inmediato seguidas por esta palabra a la conciencia: «Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo». La cristiandad profesante es asemejada, en este pasaje, a «una casa grande», en la que hay vasos para honra y para deshonra, y si alguno quiere ser útil para el Maestro, este pasaje enseña que ello sólo puede ser purificándose a sí mismo, separándose de los vasos para deshonra. ¿Qué es entonces lo que se quiere decir por «apartarse de iniquidad» y por «separarse de vasos para deshonra»?

Está claro por pasajes de la Escritura como Lv 5:15 que la iniquidad en «las cosas santas del Señor» es tan solemne como la violación de los principios morales entre los hombres, y es lo primero cuyo verdadero carácter se tiene que discernir antes que se pueda obtener un entendimiento correcto de la iniquidad como Dios lo tiene o que uno pueda formarse un juicio acerca de ella. Cuando el Señor es presentado en Apocalipsis en Su gloria judicial, se dice de Sus ojos que son «como llama de fuego». Es así que Él observa lo que está aconteciendo en la iglesia, y siete veces repite: «Yo conozco tus obras». Necesitamos siempre tener esto presente si hemos de ser preservados de caer en el error de juzgar en base de las degradadas normas del hombre caído.

La intrusión de la mano del hombre en las cosas santas de Dios, con toda su extendida implicación en el cristianismo profesante, ha sido con justicia designada como iniquidad, y el llamamiento ahora es: «Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor» (2 Co 6:17). En palabras de J. N. Darby, «Dios está obrando en medio del mal para producir una unidad de la que Él sea el centro y manantial, y que reconozca de manera dependiente Su autoridad. Él no lo hace todavía por medio de la eliminación judicial de los malvados: él no puede unirse con los malos ni tener una unión que los sirva. ¿Cómo puede ser, entonces, esta unión? Él separa del mal a los llamados: «Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré». Ésta es la manera en que Dios reúne. Por cuanto existe el mal, no puede haber una unión de la que el Dios santo sea el centro y el poder, excepto por medio de separarse del mal. La separación es el primer elemento de la unidad y de la unión. ... Separarse del mal es la consecuencia necesaria de la presencia del Espíritu de Dios bajo todas las circunstancias en cuanto a la conducta y la comunión».

De esta manera, J. N. Darby (discerniendo claramente el gran apartamiento del cristianismo profesante de la verdad y reconociendo humildemente su parte de responsabilidad), reconoció que la Escritura proveía una puerta abierta por la que escapar a las cosas que son a la vez inconsecuentes con la verdad y con la comunión a la que él era llamado como creyente. Por ello, se separó totalmente de todos los sistemas caracterizados por un orden humano o por un oficio clerical, o en los que se reconociera un vínculo sectario, y sus razones para ello están expuestas en los siguientes extractos de uno de sus escritos. Contienen ellos uno de los más solemnes alegatos contra el cristianismo profesante que jamás haya sido escrito, y merecen el cuidadoso estudio en oración por parte de todos los que se sienten ejercitados acerca del actual estado de la cristiandad:

«Después de haber estado convertido por seis o siete años, aprendí por enseñanza divina lo que dice el Señor en Juan 14: «En aquel día vosotros conoceréis ... [que estáis] en mí, y yo en vosotros» —que yo era uno con Cristo delante de Dios—, y encontré la paz, y nunca, aunque con muchos fallos, la he perdido desde aquel entonces. La misma verdad me llevó fuera de la Iglesia Establecida. Vi que la iglesia estaba compuesta de aquellos que estaban así unidos con Cristo. ... La presencia del Espíritu de Dios, el prometido Consolador, había entonces llegado a ser una profunda convicción de mi alma en base de las Escrituras. Esto pronto fue de aplicación al ministerio. Me dije a mí mismo: Si Pablo viniera, no podría predicar; no tiene cartas de orden; si el más acerbo oponente de su doctrina viniera, y las tuviera, tendría derecho a predicar, en base del sistema. No se trata de un hombre malo que pueda infiltrarse (esto puede suceder en cualquier lugar): es el sistema en sí. El sistema está mal. Pone al hombre en lugar de Dios. El verdadero ministerio es el don y poder del Espíritu de Dios, no la designación humana. ... Creo yo que el «Concepto del Clérigo» es el pecado contra el Espíritu Santo en esta dispensación. No quiero decir con esto que alguien lo esté cometiendo voluntariosamente, sino que la cosa en sí misma es así con respecto a esta dispensación, y tiene que resultar en su destrucción. La sustitución de otra cosa en lugar del poder y de la presencia de aquel Espíritu santo, bendito y bendiciente, es el pecado que caracteriza a esta dispensación.»

Posteriormente, muchos han sido llevados a emitir un juicio similar y, aceptando el carácter autoritativo de la Palabra de Dios, se han separado de todo lo que no es conforme a ella.

Este procedimiento está notablemente establecido como un tipo en Éxodo 32 y 33. El pueblo de Dios, en aquel tiempo, se había separado ya de aquello que se correspondía con el mundo (Egipto), pero había caído en el pecado de idolatría al adorar el becerro de oro. Dios mismo había sido desplazado en las mentes y en los afectos de Su pueblo; Su ira había ardido contra ellos, y había hablado a Moisés de consumirlos. Frente a todo esto, Moisés (un hermoso tipo de Cristo) se puso en pie a la entrada del campamento, y llamó a todos los que estuvieran del lado del Señor a que acudieran a su lado. Pero se precisaba de algo más que el reconocimiento de la autoridad del Señor; porque el propósito del corazón se había de traducir en un movimiento concreto, y Moisés procedió a levantar la Tienda de Reunión fuera del campamento. La puerta quedaba abierta así para que todo el que buscara a Jehová saliera a Él allí.

Toda esta instrucción tipológica es transportada a nuestra dispensación, y queda muy conmovedoramente vinculada con la muerte de Cristo, como se dice en Hebreos 13:12, 13: «Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio». ¿Podría acaso ninguna exhortación afectar más a una conciencia sensible?

Así, el primer paso tiene que ser tomado en relación con el Señor mismo. La separación tiene que ser a Él y con la disposición a caminar, si es necesario, en solitario. Pero la palabra en Timoteo sigue diciendo: «sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor» (2 Timoteo 2:22). Al entrar en un camino recto según los principios divinos, el creyente es contemplado como encontrando de inmediato a otros que invocan al Señor de puro corazón. Así pueden caminar juntos en los vínculos de una comunión feliz y santa, y por cuanto este camino está claramente abierto a todos los creyentes que estén dispuestos a reconocer la instrucción escrituraria de 2 Timoteo, es posible y correcto decir que no se ha tomado ningún terreno sectario. Es de gran importancia reconocer esto, porque el establecimiento de una nueva secta o sistema sólo añadiría a la confusión y negaría la verdadera unidad de la iglesia de Cristo. Los que caminan de esta manera no pretenden ser «la» iglesia, sino que tratan de andar a su luz, reconociendo que «el fundamento de Dios está firme» y que lo sigue estando, y que todo lo que Pablo estableció de manera pública (y a lo que se refirió como «mandamientos del Señor») sigue estando en existencia. Aunque en medio del pueblo de Dios se han hallado el error y el fracaso, todos los principios divinos que gobiernan la asamblea en lo externo y en lo interno pueden funcionar hoy en día en la práctica a pesar del estado de debilidad.

Es por la aceptación de un camino de separación de todo lo que no es consecuente con la verdad de Dios, o de donde se estorba la libertad del Espíritu Santo, que los cristianos de hoy pueden encontrar el camino divino de salida de toda la admitida confusión y que pueden en consecuencia conocer el gozo de estar a disposición del Señor Jesús y de tener parte en la alabanza y el culto de Dios en la asamblea.

Se dan hoy en día todas las indicaciones de que estamos en los días finales de la cristiandad. La iglesia está muy cercana al final de su peregrinación aquí en la tierra y está a punto de ser arrebatada para encontrarse con el Señor en el aire. El santo privilegio de ministrar gozo a Su corazón en este que es aún el tiempo de Su rechazamiento ya ha casi acabado. Los días de dar testimonio de un Cristo rechazado en la tierra y de un Cristo exaltado en la gloria pronto habrán acabado. La historia pública está a punto de consumarse y la cristiandad profesante —como abominable para el Señor— está para ser escupida de su boca. Que cada lector cristiano examine su corazón, su posición y sus asociaciones a la luz de estos hechos solemnes, porque, ¿cuál debería ser la posición de los que desean guardar la palabra del Señor y no negar Su nombre? Es para éstos que se da la provisión de la gracia del Señor: «He aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta (Ap 3:8). Las instrucciones en la Escritura son claras y explícitas; ¿tenemos nosotros el deseo y el valor de caminar de acuerdo con ellas?




APÉNDICE

NOTA 1.— Parece que hay una buena justificación para decir que «Constantino era pagano de corazón, y cristiano sólo por motivos militares». Su bandera imperial, que exhibía de manera destacada el símbolo de la cruz, llevaba también en oro la imagen del emperador, y estaba dispuesta para ser objeto de culto tanto para los soldados paganos como para los cristianos. Además, aunque reconocido como cabeza de la iglesia, nunca renunció al título de «sumo pontífice» de los paganos. Volver al texto

NOTA 2.— Para dar al lector una cierta idea de lo que significaba el interdicto papal en Inglaterra en las Edades Oscuras, será de utilidad la siguiente cita tomada de Miller: «En un momento cesaron todos los oficios divinos por todo el reino, excepto el rito del bautismo y de la extremaunción. Desde Berwick hasta el Canal de la Mancha, desde Land's End hasta Dover, se cerraron las iglesias, callaron las campanas; el único clero que podía verse caminar de incógnito y en silencio era el que iba a bautizar a niños recién nacidos o a oír las confesiones de los moribundos. Los muertos eran echados de las ciudades, y eran sepultados como perros en algún lugar sin consagrar, sin oraciones, sin que doblaran las campanas, sin ritos funerarios. Sólo podrán juzgar de la naturaleza del interdicto papal los que consideren cuán plenamente la vida de todas las clases estaba afectada por el ritual y por las ordenanzas diarias de la iglesia. Todos los actos importantes eran llevados a cabo con el consejo del sacerdote o del monje. Las festividades de la iglesia eran las únicas fiestas que se celebraban, las procesiones de la iglesia los únicos espectáculos, y las ceremonias de la iglesia las únicas diversiones. El hecho de no oír ni oraciones ni salmodias, de suponer que el mundo iba a quedar rendido a la influencia desenfrenada del maligno y de sus malos espíritus, sin santo que intercediera ni sacrificio para detener la ira de Dios, cuando no había una sola imagen expuesta a la contemplación, y todas las cruces estaban cubiertas por un velo; ... se había roto del todo la relación entre Dios y el hombre; las almas eran dejadas en la perdición, o bien se les administraba de mala gana la absolución justo en el momento de la muerte. Y, para inspirar un pavor y fanatismo más profundo, los cabellos debían ser dejados crecer y la barba sin afeitar, había quedado prohibido el uso de la carne, e incluso se habían prohibido las salutaciones ordinarias». (Miller, Church History, Vol. II, pág. 445.) Volver al texto

NOTA 3.— La total dependencia de Lutero de Dios quizá nunca se vio de manera más notable que durante las horas que precedieron de inmediato a su defensa delante de la Dieta de Worms. Su oración en aquella ocasión, oída casualmente y registrada por un amigo, la citamos aquí de la Historia de D'Aubigné: «¡Oh Dios Omnipotente y Eterno! ¡Cuán terrible es este mundo! ¡He aquí que abre la boca para tragarme, y yo ... confío tan poco en ti! ... ¡cuán débil es la carne y cuán poderoso es Satanás! ¡Si es en el poder de este mundo en lo único que puedo confiar, todo ha terminado! ... ¡mi última hora ha llegado, ha sido pronunciada mi sentencia! ... ¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ... ¡Oh Dios! ¡Ayúdame Tú contra toda la sabiduría del mundo! Haz esto; deberías hacerlo ... sólo Tú ... porque ésta no es mi obra, sino la tuya. Nada tengo yo que hacer aquí, ¡nada por lo que luchar contra estos grandes del mundo! Desearía que mis días pasaran pacíficos y felices. Pero la causa es tuya ... y es una causa justa y eterna. ¡Oh Señor, ayúdame! ¡Dios fiel e inmutable! No pongo mi confianza en hombre alguno. ¡Sería en vano! Todo lo que pertenece al hombre es incierto; todo lo que viene del hombre fracasa. ... ¡Oh Dios, mi Dios ¿No me oyes? ... Dios mío, ¿acaso estás muerto? ... ¡No, Tú no puedes morir! ¡Tú sólo te ocultas! ¡Tú me has escogido para esta obra. Lo sé bien! ... Obra, oh Dios, entonces. ... Quédate a mi lado por causa de tu amado Jesucristo, que es mi defensa, mi escudo y mi castillo fuerte. ¡Señor! ¿Dónde estás! ... ¡Oh, Dios mío! ¿dónde te encuentras? ... ¡ven! ¡ven! ¡Estoy dispuesto! ... Estoy listo para poner mi vida por tu verdad ... paciente como un cordero. Porque ésta es la causa de la justicia —¡es tu causa! ... ¡Nunca me separaré de ti, ni ahora ni para la eternidad! Y aunque todo el mundo estuviera lleno de demonios, —aunque mi cuerpo, que sigue siendo obra de tus manos, fuera muerto, fuera estirado sobre el suelo y despedazado, ... reducido a cenizas ... ¡mi alma es tuya! ¡Sí! Tengo la certidumbre de tu palabra. Mi alma te pertenece. Para siempre morará contigo. ... ¡Amén! ... ¡Oh Dios! ¡Ayúdame! ... Amén». (D'Aubigné, History of the Reformation, Vol. II, pág. 242.) Volver al texto

NOTA 4.— El comentario del mismo Lutero acerca del papel jugado por Melancton en la Reforma Alemana es digno de ser citado. Dice él: «Yo he nacido para ser un rudo polemista; yo limpio el terreno, arranco los hierbajos, lleno los hoyos y allano los caminos. Pero edificar, plantar, sembrar y regar, adornar el país, le pertenece, por la gracia de Dios, a Felipe Melancton». Volver al texto

NOTA 5.— Calvino mantuvo que los sufrimientos de Cristo en vida subieron a Dios para obrar justicia por expiación y que Su vida, lo mismo que Su muerte, e incluso Su sufrimiento, en sus palabras los tormentos del infierno, fueron necesarios para consumar nuestra justicia. Al escribir así, es probable que tratara de distinguir la muerte corporal del Señor de Su sufrimiento por lo que se debía al pecado y a los pecados en el justo juicio de Dios. Calvino también consideraba a los creyentes como justificados antes de nacer, y que la fe simplemente les daba el conocimiento de ello. Los comentarios de J. N. Darby acerca de Calvino son interesantes. Dice él: «Puedo ver en Calvino una claridad y un reconocimiento de la autoridad de la Escritura que le libró a él y a aquellos a los que él enseñó (aun más que a Lutero) de las corrupciones y supersticiones que habían abrumado a la cristiandad, y por medio de ella a las mentes de la mayoría de los santos». Volver al texto

NOTA 6.— Una característica destacable del avivamiento evangélico en el siglo dieciocho fue el gran número de himnos que se escribieron por aquel tiempo, como por ejemplo: «Al contemplar la asombrosa cruz», de Isaac Watts, 1707; «Amor divino, que a todos sobrepuja», de Carlos Wesley, 1747; «Roca de la Eternidad», de A. M. Toplady, 1775; «Dios se mueve de forma misteriosa», de W. Cowper, 1779, y «Cuán dulce el nombre es de Jesús», de John Newton, 1779. Volver al texto




ÍNDICE DE NOMBRES APARECIDOS
EN ESTA SINOPSIS HISTÓRICA


Adriano

Agustín de Canterbury

Antonio

Arrio


Atanasio

Badby, John

Beckett, Tomás

Bellet, J. G.

Bernardo, Abad

Booth, William


Calvino, Juan

Carey, Guillermo

Carlomagno

Carlos II

Carlos V

Catalina de Aragón

Cipriano de Cartago

Cobham, Lord

Columba


Constantino el Grande

Coverdale, Miles

Cranmer, Tomás

Cronin, Edward


Darby, John N

Darwin, Charles

D'Aubigné, Dr. J. H. Merle

de Bruys, Pedro

de Montfort, Simón

Diocleciano

Domingo

Eduardo VI

Elisabet, Reina



Enrique, emperador de Alemania

Enrique II

Enrique IV

Enrique VIII


Farel, Guillermo

Francisco I

Gregorio Magno

Gregorio VII

Groves, Anthony N.

Guillermo, Príncipe de Orange

Guiscard, Robert


Hamilton, Patrick

Hildebrando, véase Gregorio VII

Hooper, Obispo

Hughes, Thomas

Huss, Juan


Ignacio


Inocencio III

Jacobo II

Jerónimo de Praga

Juan sin Tierra, Rey

Justino

Keble, J.

Kingsley, Charles

Latimer, Hugh

Luís el Gentil

Lutero, Martín


Lyell, Sir Charles



Mahoma

María, Reina

Maurice, F. D.

Melancton, Felipe

Neander, Dr. August

Nerón


Newman, J. H.

Pelagio


Perpetua

Policarpo

Pusey, E. B.

Sajonia, Elector de

Shaftesbury, Lord

Somerset, Duque de


Tetzel, Juan

Timoteo

Tyndale, William


Urbano


 

Waldo, Pedro

Wesley, Carlos

Wesley, Juan

Wessel, George

Whitefield, Jorge

Wigram, G. V.

Wilberforce, William

Wishart, George

Wittembach, Thomas

Wolsey, Cardenal

Wycliffe, Juan


Zuinglio, Ulrico




Publicado en castellano en forma de libro por:

Verdades Bíblicas



Apartado 1469
LIMA 100, PERÚ.


Publicado en forma electrónica por

SEDIN - Servicio Evangélico de Documentación e Información.
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